Prólogo
PRÓLOGO
Dos años antes
Evan Hale despertó con sangre en la boca y olor a desinfectante.
Arriba, la fiesta continuaba.
La música hacía vibrar el techo del sótano. Decenas de estudiantes gritaban, bebían y bailaban sin saber que, bajo sus pies, alguien estaba preparando una muerte.
Evan intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a permanecer en el suelo.
La escena ya estaba siendo limpiada.
Antes de que existiera una versión oficial.
Antes de que él estuviera muerto.
Su cuaderno no estaba allí. Lo había escondido bajo el león de piedra de la universidad, donde nadie pensaría buscar algo que no debía existir.
Fechas. Pagos. Fotografías. Nombres.
Y un expediente imposible.
SIENNA CALLOWAY.
La joven aún no estudiaba en aquella universidad. Ni siquiera había solicitado el traslado.
Pero alguien ya había aprobado su llegada.
La puerta del sótano se abrió.
Una silueta descendió los escalones y cerró detrás de sí.
VOZ: —¿Dónde está?
Evan sonrió, aunque la sangre le cubrió los dientes.
EVAN: —Llegaste tarde.
La figura se detuvo frente a él.
VOZ: —Doce personas vieron lo que ocurrió esta noche.
EVAN: —Doce personas repiten lo que les ordenan.
El silencio que siguió fue peor que una amenaza.
Evan pensó en Leah. En la copa. En la mentira que habían construido alrededor de ella.
EVAN: —Leah no tomó nada de mí.
VOZ: —No necesitan que sea verdad.
Entonces lo comprendió.
No pretendían ocultar solamente un asesinato.
Querían fabricar un recuerdo.
La silueta se inclinó. Hubo un destello breve entre sus dedos.
Evan sintió el pinchazo en el cuello.
Intentó apartarse, pero su cuerpo dejó de responderle. Las luces se deformaron y la música comenzó a sonar lejana, como si la casa entera se hundiera bajo el agua.
VOZ: —¿Dónde estás, Evan?
Él apretó los dientes.
Sabía cuál era la respuesta que esperaban.
También sabía que no debía pronunciarla.
Sin embargo, sus labios se movieron solos.
EVAN: —Estoy donde tengo que estar.
VOZ: —Bien.
Después, todo ocurrió exactamente como habían decidido.
Doce testigos repitieron la misma declaración.
La policía habló de una caída.
La universidad protegió su nombre.
Y el expediente de Evan Hale quedó enterrado bajo una verdad que jamás había ocurrido.
Dos años más tarde, Sienna Calloway cruzaría aquellas puertas convencida de que una plaza libre la había llevado hasta allí.
Ella todavía no conocía aquella universidad.
La universidad ya conocía su nombre.




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