Capítulo 1
Yo no buscaba coronas, ni gloria, ni poder; mi reino eran los árboles y mi hogar, cada amanecer que se filtraba entre sus ramas. Vivía lejos de las guerras, donde el río sabía cantar sobre las piedras y la niebla cubría los senderos antes de que despertaran los pájaros. Había jurado a las estrellas no volver a invocarlas, y durante mucho tiempo creí que bastaría con esconderme para que ellas olvidaran mi nombre.
Cada mañana despertaba con la luz entre las ramas y el murmullo del viento peinando los campos. Conocía el lenguaje de las hojas, el secreto de las raíces y el camino de las nubes. Sabía qué corteza aliviaba la fiebre, qué flor anunciaba una tormenta y en qué claro danzaban las luciérnagas cuando la luna era nueva. No necesitaba más que un fuego pequeño, agua limpia y la certeza de que, al caer la noche, el bosque volvería a recibirme en silencio.
Pero hay promesas que pesan más cuando se pronuncian bajo el cielo. Las estrellas guardaban nombres antiguos y recuerdos de un tiempo en que mi voz podía despertar fuerzas dormidas bajo montañas enteras. Por eso elegí el destierro de los palacios y el olvido de los mapas; preferí caminar sin estandartes, dejando que mis huellas se borraran con la lluvia. Cada noche, antes de dormir, repetía mi juramento como una plegaria: nunca más permitiría que la magia decidiera quién debía vivir y quién debía arrodillarse.
Así pasaron los años, entre senderos cubiertos de musgo y tardes doradas junto al río. Hasta que una noche de lluvia apareció un extraño en el límite del bosque, tambaleándose entre los helechos, con la sangre empapándole la ropa y la muerte siguiéndole los pasos. Lo escondí bajo mi techo y atendí sus heridas. Durante siete largas noches no me separé de su lado: cambié vendajes, bajé su fiebre y escuché cómo, incluso dormido, pronunciaba nombres que no conocía. Cuando por fin abrió los ojos, tardó unos momentos en recordar cómo respirar. Después me miró y preguntó:
- ¿Quién eres? -
Sonreí, aunque hacía demasiado tiempo que no recordaba cómo hacerlo. -Solo una mujer del bosque- respondí. Y, por primera vez, alguien me creyó sin hacer más preguntas.
Pasaron lunas, pasaron inviernos, y aquel extraño se quedó. Al principio reparaba el techo o cortaba leña en silencio, como si temiera que una palabra pudiera romper la paz que había encontrado. Después comenzó a contarme historias junto al fuego, y me enseñó que entre mis ruinas todavía podía crecer el amor. Construimos una casa donde antes solo había dolor. Allí nacieron dos pequeñas vidas que correteaban tras el ruiseñor: el niño tenía sus ojos y la niña se parecía a mí. Algunas tardes los observaba jugar entre las flores y pensaba que, quizá, el mundo por fin me permitiría ser feliz.
Había enterrado mi pasado bajo raíces y carbón. Quemé los libros que conservaban mis conjuros, rompí los talismanes y borré de las piedras hasta el último signo de invocación. Por él… por ellos… juré no volver a tocar aquello que una vez hizo temblar a los reyes. Si alguna voz antigua me llamaba desde la oscuridad, yo cerraba los ojos y escuchaba las risas de mis hijos hasta que el silencio regresaba.
Yo era una mujer tranquila. Solo quería mi hogar, dos pequeñas vidas riendo y unos brazos a los que regresar. No quería tronos ni guerras, ni contemplar otro reino arder. Había pagado demasiado por mi poder y estaba dispuesta a morir en el anonimato con tal de conservar aquella paz. Pero los hombres del rey no me dejaron escoger.
Aquella tarde fui al bosque como tantas veces. Llevaba flores para mi niña, unas manzanas para compartir y una pequeña talla de madera que había prometido terminar para mi hijo. Antes de alcanzar el sendero de regreso advertí que las aves no cantaban. Los ciervos huyeron entre los troncos y, sobre las copas, vi ascender una columna de humo negro. Corrí hasta sentir que las piernas se me quebraban; corrí sin aire, arañada por las ramas, suplicando llegar a tiempo. Pero cien soldados rodeaban lo que alguna vez llamé hogar. La puerta era ceniza y las paredes estaban ennegrecidas. Busqué sus voces entre el humo, removí vigas ardientes con las manos desnudas, llamé sus nombres hasta quedarme sin voz. Busqué sus manos, sus pasos, sus risas. No encontré una sola vida… ni una.
Me arrodillé entre las cenizas y sostuve lo único que reconocí: la cinta azul de mi hija, chamuscada en los bordes. El mundo dejó de hacer ruido. Ni el fuego, ni los caballos, ni las voces de los soldados pudieron atravesar aquel vacío. Entonces comprendí que mi juramento había muerto junto con ellos y que, bajo mis rodillas, algo mucho más antiguo comenzaba a despertar.
Los soldados se rieron. Uno de ellos escupió cerca de mis pies y dijo:
-Orden de la corona. Aquí no queda nada para ti- dijo uno. Otro, más joven, me apuntó con la espada y preguntó mi nombre. Levanté la mirada y sonreí. Qué extraño: después de tantos años, nadie me recordaba.
Porque antes de ser esposa, antes de ser madre, antes de aprender a sonreír sin miedo, hubo reyes que temblaban al escuchar mi nombre. Hubo sacerdotes que quemaron mis libros en plazas públicas, ejércitos enteros enviados para arrancarme la piel y bardos pagados para convertirme en monstruo. Durante cien inviernos me llamaron “la Antigua Bruja del Bosque”, y ningún reino consiguió enterrarme del todo.
-¡Yo soy la Bruja del Bosque! -grité, y mi voz se extendió entre los árboles como un trueno -Soy la que los cuentos quisieron borrar, la que hizo arrodillarse a los nobles, la que ningún rey pudo llevar a la hoguera-.
Había jurado no usar mi magia. Había elegido desaparecer y convertirme en una mujer cuyo nombre no figurara en ninguna crónica. Pero mataron todo aquello por lo que decidí abandonar la leyenda. -Ahora recen a sus dioses. Ahora aprendan a correr- susurré mientras el suelo temblaba bajo sus botas. -Porque la bruja que enterré acaba de volver-.
La tierra abrió sus entrañas. Los árboles crujieron como gigantes despertando de un sueño cruel y sus raíces atravesaron escudos, armaduras y estandartes. El cielo dejó de alumbrar; una bóveda de nubes negras cubrió el claro y apagó el sol. Los caballos huyeron sin jinetes, las campanas de aldeas lejanas sonaron sin que nadie tirara de sus cuerdas y los soldados que llegaron creyéndose invencibles no alcanzaron siquiera a pedir perdón.
No pregunté quién había dado la orden; no lo necesitaba. Si vestían aquel escudo, responderían por él. Seguí los estandartes que los fugitivos abandonaban en el barro y avancé hacia la capital. Pueblo tras pueblo, torre tras torre, muralla tras muralla, la noticia de mi regreso corrió delante de mí. Donde marchaba la corona, el bosque reclamaba el camino y toda resistencia se deshacía antes de que yo levantara la mano.
Decían que venía un ejército; yo veía hombres condenados por la obediencia. Decían que sus muros eran altos; yo veía piedras apiladas sobre raíces pacientes. Decían que la corte era intocable y que allí gobernaba un rey elegido por los dioses. Pero, después de perder mi mundo, ya no quedaba nada en el suyo que pudiera inspirarme temor.
-¡Yo soy la Bruja del Bosque, la que juró no regresar! Pero ustedes quemaron mi refugio, profanaron mi paz y arrancaron de este mundo los nombres que me mantenían humana. Ahora contemplen lo que han despertado: yo quemaré su eternidad-.
Dejé lagos de carmín a mi paso hasta las puertas de la ciudad. Las estatuas de antiguos conquistadores se partieron al verme llegar y las puertas de hierro se cubrieron de enredaderas que las arrancaron de sus goznes. La corte, vestida de oro y seda, corrió por salones que jamás habían conocido el miedo; aquella noche, sin embargo, hasta sus candelabros se tiñeron de rojo.
No quedó noble en su mesa, ni guardia en el salón. No quedó rey sobre su trono, ni heredero que alzara su blasón. Cuando el silencio ocupó el palacio, caminé hasta la corona caída y la contemplé entre el polvo. Yo no había venido por un reino, ni por justicia, ni por poder. Había venido buscando tres vidas: una voz que me esperaba al regresar y dos risas que llenaban mi casa. Tres vidas que ningún rey, ningún dios y ninguna victoria podrían devolverme jamás.
Zero cerró aquel diario sin darse cuenta de que las lágrimas le surcaban las mejillas. El leve golpe de la cubierta al cerrarse resonó en la cámara como si hubiera sellado una tumba. Durante unos instantes permaneció inmóvil, con los dedos apoyados sobre el cuero envejecido, temiendo que, al retirar las manos, las palabras escritas en sus páginas pudieran desvanecerse y la mujer que las había trazado quedara condenada a un segundo olvido. Aún escuchaba en su mente aquella voz nacida de la tinta: primero serena, después quebrada por la pérdida y, al final, terrible como un bosque ardiendo. La historia había dejado de parecerle una leyenda. Ahora poseía el peso de un recuerdo ajeno, la tristeza de una vida arrancada demasiado pronto y el eco de un dolor que ni siquiera el paso de los siglos había conseguido silenciar.
Levantó la mirada y contempló con renovada cautela la cueva fría y húmeda que había encontrado por casualidad. Las paredes de piedra, cubiertas de musgo pálido, parecían inclinarse sobre él; pequeñas gotas de agua resbalaban por las grietas con una lentitud solemne y caían en algún punto de la oscuridad, marcando un ritmo constante. Afuera, la ventisca continuaba rugiendo. El viento golpeaba la entrada con una furia blanca que borraba el horizonte y hacía imposible distinguir el día de la noche. Zero jamás habría imaginado que, al buscar refugio de la tormenta, el desprendimiento de una pared revelaría un pasadizo estrecho y, tras él, aquella cámara oculta bajo la montaña. El lugar había permanecido protegido durante generaciones por la roca, el hielo y el silencio, como si la propia tierra hubiera decidido custodiar lo poco que quedaba de la bruja.
En aquel recinto había encontrado el diario junto a varias hojas sueltas, quebradizas por el tiempo, y objetos cubiertos por una fina capa de polvo: un broche ennegrecido, restos de plantas secas, una cinta azul cuidadosamente doblada y una pequeña figura de madera sin terminar. A primera vista, nada parecía valioso para alguien que ignorara la historia. Sin embargo, después de leerla, Zero comprendía que cada fragmento guardaba una parte de la mujer a la que los relatos habían reducido a un monstruo. La cinta ya no era un trozo de tela, ni la talla un simple juguete abandonado. Eran pruebas silenciosas de que allí había existido una madre, una esposa, alguien capaz de renunciar al poder por una vida sencilla. No había leído la confesión de una criatura sedienta de destrucción, sino el testimonio de alguien que tuvo un hogar, una familia y razones para apartarse de la oscuridad, hasta que otros decidieron arrebatárselo todo.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo, aunque el aire helado le quemó los pulmones. Tal vez aquel día se sentía más humano y menos como un vampiro de Nivel E. Tal vez, por una vez, la sed que le arañaba la garganta, la culpa y el agotamiento que arrastraba consigo habían quedado relegados a un rincón lejano de su conciencia. Conocía demasiado bien el miedo a convertirse en aquello que los demás esperaban ver; conocía las miradas que juzgaban antes de escuchar y el peso de luchar contra una naturaleza que parecía dictar su destino. Frente a aquellas páginas, Zero no se sentía un ser condenado ni un monstruo aguardando el momento de perder el control. Era simplemente una persona incapaz de permanecer indiferente ante el sufrimiento de alguien que había amado y perdido demasiado. Y esa compasión, breve pero intensa, le recordó que todavía quedaba en él algo que ninguna maldición había conseguido devorar.
Bajó la vista hacia el diario y acarició su cubierta con cuidado. Las esquinas estaban gastadas y el lomo apenas resistía, pero el objeto había sobrevivido a la mujer que lo escribió, al reino que la destruyó y a los siglos que intentaron borrar su nombre. Zero no podía devolverle las tres vidas que había perdido, ni borrar la soledad que la empujó a reclamar su antiguo poder. Tampoco podía juzgarla desde la seguridad de un tiempo que no le pertenecía. ¿Qué habría hecho él si le hubieran arrebatado lo único capaz de mantener a raya al monstruo que llevaba dentro? La pregunta lo incomodó porque no encontró una respuesta que pudiera absolverlo. Comprendió entonces que recordar no significaba justificar la sangre derramada, sino negarse a aceptar la versión sencilla de quienes dividían el mundo entre héroes y monstruos. Lo único que podía ofrecerle era conservar su historia y reconocer que, detrás de cada leyenda, había alguien que alguna vez había deseado vivir en paz.
Por eso no pudo evitar sentir el dolor que seguramente había acompañado a aquella bruja. Era un dolor antiguo, profundo y silencioso, semejante a una herida que nunca termina de cerrar porque el recuerdo vuelve a abrirla una y otra vez. Zero guardó el diario contra su pecho y percibió bajo la cubierta el crujido frágil de las páginas. No lo dejaría allí para que la humedad lo consumiera, ni permitiría que su historia volviera a quedar enterrada. Cuando la tormenta amainara, se llevaría el libro consigo y buscaría la verdad que aún faltaba entre sus líneas: quién había ordenado la matanza, por qué aquella cámara conservaba sus pertenencias y qué había ocurrido después de la caída del reino. Afuera, el viento siguió golpeando la montaña, pero ya no sonaba igual. Entre sus bramidos creyó escuchar el rumor de ramas agitándose a lo lejos, aunque bajo kilómetros de nieve no podía haber bosque alguno. Se puso de pie, protegió el diario bajo su abrigo y miró por última vez la cámara olvidada. Algunas historias no esperan ser descubiertas para descansar; esperan encontrar a alguien dispuesto a cargarlas consigo. Sin saberlo todavía, Zero acababa de aceptar ese peso, y con él el primer paso hacia un destino que la Bruja del Bosque había dejado inconcluso.
Zero dio dos pasos hacia el pasadizo, pero se detuvo. Algo en el silencio de la cámara lo obligó a mirar por encima del hombro. La débil claridad que se filtraba desde la cueva apenas alcanzaba a tocar los objetos abandonados, y por un instante le pareció que todos aguardaban una despedida. Regresó junto a ellos despacio, procurando no levantar más polvo del necesario. No podía llevarse cada vestigio de aquella vida, pero tampoco soportaba la idea de dejarlos allí, expuestos a la humedad y al derrumbe. Sacó un pañuelo limpio del interior de su abrigo y envolvió primero la cinta azul. El tejido se había vuelto tan delicado que temió deshacerlo entre sus dedos. Después acomodó junto a ella la pequeña talla de madera, todavía inconclusa, cuidando que ninguna astilla se desprendiera. Al sostener ambas cosas comprendió que no eran reliquias de una leyenda, sino los últimos rastros de dos niños que alguna vez habían corrido por un bosque que ya no existía. Respiró hondo, cerró el improvisado envoltorio y recorrió la cámara con la mirada. Fue entonces cuando distinguió, en un rincón protegido por una saliente de roca, el lomo oscuro de otro libro, mejor conservado que los volúmenes deshechos que yacían alrededor.
Lo tomó con ambas manos y lo abrió con tanta delicadeza como si temiera despertar algo dormido entre sus páginas. El papel crujió débilmente. Zero pasó la primera hoja sin atreverse a respirar demasiado cerca y descubrió líneas casi borradas, dibujos de hojas, raíces y flores, así como anotaciones diminutas escritas en los márgenes. La tinta se había desvanecido en muchos lugares, devorada por los años, pero todavía alcanzó a distinguir un título: «Herbolaria medicinal». Más adelante encontró recetas para bajar la fiebre, ungüentos contra heridas y observaciones sobre plantas que solo florecían bajo la luna. Algunas notas estaban escritas con firmeza; otras parecían apresuradas, como si la autora hubiera trabajado mientras alguien la llamaba desde otra habitación. Aquello no hablaba de guerras ni de conjuros capaces de quebrar reinos. Hablaba de sanar. Zero sostuvo el volumen durante largo rato, consciente de que contenía otra parte de la vida de la bruja, quizá la que nadie se había molestado en recordar. Finalmente lo guardó en la mochila, separado del diario para evitar que ambos se rozaran. Al regresar pediría a Yagari que encontrara algún método mágico o no para conservarlos. Y, si nadie podía detener su deterioro, él mismo transcribiría cada palabra legible, cada ilustración y cada nota antes de que el tiempo terminara de borrarlas.
Cuando creyó que no quedaba nada más que pudiera rescatar, una corriente de aire recorrió la cámara y movió ligeramente el polvo acumulado detrás de una piedra. Allí apareció la esquina de una pequeña caja de madera, casi destruida por la humedad. Zero se arrodilló, apartó la roca y limpió la tapa con la manga. No tenía cerradura; solo un diminuto broche oxidado que cedió al tocarlo. Levantó la tapa con extrema precaución y encontró en el interior un ramillete seco, atado con una cinta cuyo color original apenas podía adivinarse. Los pétalos se habían reducido a sombras quebradizas, pero alguien los había colocado con cuidado antes de cerrar la caja. Tal vez había sido un regalo de su esposo. Tal vez una de las flores que sus hijos recogían cerca de la casa. Zero sabía que jamás podría conocer su origen con certeza, y esa imposibilidad volvió el hallazgo aún más doloroso. Envolvió la caja entera para no separar el ramillete de su refugio y la acomodó en la mochila junto a los demás recuerdos. Después registró el recinto una última vez: apartó polvo con el pañuelo, examinó las grietas, tanteó las piedras sueltas y observó cada sombra. Encontró fragmentos de cerámica, restos de pergamino y madera carcomida, pero nada que pudiera mover sin destruirlo. Se obligó a detenerse. Rescatar no significaba arrancarlo todo de su sitio. Antes de marcharse, inclinó la cabeza ante lo que debía permanecer allí, como si ofreciera a los muertos una disculpa silenciosa.
Con la mochila protegida bajo el abrigo, Zero abandonó la cámara. Avanzó por el pasadizo encorvado, rozando con un hombro la piedra húmeda y comprobando a cada pocos pasos que los libros seguían firmes contra su cuerpo. Detrás de él, la oscuridad fue tragándose la entrada secreta hasta que solo quedó el eco de sus botas. Al alcanzar la cueva principal, la ventisca aún azotaba la montaña. Una cortina de nieve cubría el exterior y el viento se colaba por la abertura con un aullido capaz de helar la sangre. Zero no tuvo más remedio que esperar. Encendió un fuego pequeño, se sentó de espaldas a la roca y mantuvo la mochila entre los brazos durante toda la noche. Durmió a intervalos breves, despertando cada vez que una ráfaga más fuerte sacudía la entrada o cuando le parecía escuchar, bajo el rugido de la tormenta, el rumor imposible de ramas agitándose en las profundidades. Al amanecer, el viento comenzó a ceder. El mundo exterior se extendía blanco y silencioso, con las huellas de la noche borradas por completo. Zero cubrió la abertura de la cámara oculta con varias piedras antes de partir; no era una protección perfecta, pero dificultaría que otro viajero llegara hasta ella por accidente. Luego emprendió el regreso a la Academia Cross. Su misión oficial había terminado al exterminar al vampiro de Nivel E que le habían enviado a buscar. Yagari debía de encontrarse en la Academia, de modo que podría entregarle el informe personalmente y, con un poco de suerte, evitar el viaje hasta la Asociación de Cazadores de Vampiros. Aun así, mientras descendía por la ladera, la misión le parecía cada vez más lejana, casi perteneciente a otra vida.
Durante el camino, Zero apenas pensó en el informe, en la misión cumplida o en las preguntas que tendría que responder al regresar. Bajo el abrigo llevaba un diario, un tratado de herbolaria y los recuerdos frágiles de una familia desaparecida hacía siglos. El peso de la mochila era escaso, pero a cada paso le parecía mayor. No transportaba simples objetos: llevaba nombres que nadie pronunciaba, una versión de la historia que algún reino había querido convertir en ceniza y la prueba de que la Bruja del Bosque había sido mucho más que la criatura vengativa descrita en los relatos.
El camino de regreso resultó más fácil de lo esperado. La tormenta había dejado atrás un paisaje blanco y silencioso, pero el viento ya no soplaba con la misma violencia y la nieve se había asentado sobre la montaña, formando una capa firme bajo sus botas. Zero llegó a las inmediaciones de la Academia cerca del atardecer, cuando el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violetas. Las primeras luces del edificio se encendían una a una detrás de las ventanas, proyectando destellos cálidos sobre los senderos cubiertos de nieve.
Avanzó con la mochila protegida bajo el abrigo y una mano apoyada sobre ella, como si temiera que los libros y los objetos que llevaba dentro pudieran desaparecer en cualquier momento. El trayecto había sido largo, pero no era el cansancio físico lo que pesaba sobre sus hombros. Desde que abandonara la cueva, una inquietud persistente lo acompañaba. A cada paso, la imagen de la cámara oculta regresaba a su mente: la cinta azul, la pequeña talla de madera, el ramillete seco y aquellas páginas que hablaban de una mujer a quien la historia había condenado sin escucharla.
Al pasar por las grandes puertas de la Academia, se detuvo al escuchar la voz chillona y estridente de Yuuki. La chica había corrido hasta quedar frente a él, con el cabello ligeramente desordenado por la carrera y las mejillas encendidas por el frío. Se plantó en medio del camino, puso las manos en las caderas y lo miró con evidente reproche.
- ¿Adónde te metiste, Zero? - preguntó, sin darle tiempo a responder. - ¿Sabes todo el trabajo que he tenido estos días mientras tú te ibas a no sé dónde? Tuve que hacer los recorridos yo sola y, además, como te marchaste sin avisar, me tocó comer la horripilante comida del director. Me duele el estómago desde hace horas…-
Yuuki hizo una pausa únicamente para tomar aire. Por la forma en que fruncía el ceño y movía las manos, era evidente que pensaba continuar durante bastante tiempo. Normalmente, Zero habría respondido con alguna frase seca o con una mirada molesta. Tal vez incluso habría terminado escuchándola en silencio, acostumbrado a sus quejas y a la energía desordenada con la que llenaba cada rincón de la Academia.
Pero esa tarde no tenía fuerzas para hacerlo.
Por alguna extraña razón, la voz de Yuuki le resultaba insoportable. No porque sus palabras fueran más irritantes que de costumbre, sino porque cada sonido parecía golpearle la cabeza y abrir una grieta en sus pensamientos. Las quejas sobre los recorridos, la comida del director y los días que había pasado lejos de la Academia le parecieron asuntos pequeños, casi irreales, comparados con aquello que llevaba bajo el abrigo. Zero no quería hablar de su misión. Tampoco quería explicar dónde había estado ni por qué había tardado tanto en regresar.
Yuuki abrió la boca para seguir regañándolo, pero Zero pasó de largo antes de que pudiera pronunciar otra palabra. No se detuvo, no respondió y ni siquiera volvió la cabeza. Continuó caminando hacia el edificio principal, dejando atrás el sonido de sus propios pasos sobre la nieve endurecida.
Era algo que jamás habría hecho en circunstancias normales. Incluso cuando Yuuki se volvía insistente o lo obligaba a escuchar historias que no le interesaban, Zero solía permanecer cerca. Podía gruñir, apartar la mirada o decirle que guardara silencio, pero nunca la ignoraba de aquella manera. Esta vez, sin embargo, no tenía deseos de escuchar sus dramas. Ni siquiera podía soportar tenerla tan cerca.
Había algo en la presencia de Yuuki que le provocaba malestar. Una sensación fría le descendió por la espalda y se instaló en su pecho, apretándole los pulmones. No era simplemente irritación. Era una incomodidad más profunda, semejante a la que había experimentado en la cámara cuando el aire se movió detrás de la piedra y el polvo reveló la caja de madera. Como si estar junto a ella despertara una presencia que permanecía agazapada en algún rincón de su memoria.
Yuuki se quedó inmóvil en mitad del camino. Su voz se apagó antes de que pudiera terminar la frase y sus manos descendieron lentamente de las caderas. Durante unos segundos no supo qué hacer. Había esperado una respuesta, aunque fuera un gruñido o una de las contestaciones cortantes de Zero. No estaba preparada para que él pasara a su lado como si no la hubiera visto.
—Zero… —murmuró.
Él no se detuvo.
Yuuki levantó una mano con la intención de sujetarlo del brazo. Sus dedos apenas llegaron a separarse del cuerpo cuando un miedo inexplicable le recorrió cada parte del alma. No fue un simple escalofrío. Fue una advertencia brutal, inmediata, que le paralizó la respiración. Sintió como si alguien hubiera colocado una daga contra su cuello y le hubiera susurrado al oído que moriría si daba un paso más.
El aire a su alrededor pareció enfriarse de pronto. Las luces de la Academia se volvieron borrosas y, por un instante, el ruido distante del viento desapareció por completo. Yuuki no podía ver a nadie detrás de ella, pero estaba segura de que algo la observaba. Algo antiguo. Algo que no pertenecía a aquel lugar.
Con cuidado, bajó la mano y giró la cabeza. Después volvió la mirada hacia la espalda de Zero, que ya se alejaba por el sendero principal. Su silueta se recortaba contra la luz rojiza del atardecer y el abrigo oscuro se agitaba ligeramente con la brisa.
Entonces la vio.
Durante un breve instante, una figura femenina pareció caminar detrás de él. Era apenas una sombra, demasiado alta y delgada para confundirse con un efecto de la luz. El contorno de su vestido se desdibujaba entre la nieve, mientras unos mechones de cabello parecían flotar alrededor de un rostro que Yuuki no alcanzó a distinguir. La mujer avanzaba sin dejar huellas, manteniéndose a pocos pasos de Zero como una presencia silenciosa que lo escoltaba.
Yuuki parpadeó y la silueta desapareció.
Solo quedó el sendero vacío, la nieve inmóvil y Zero alejándose sin mirar atrás. Sin embargo, el miedo no se desvaneció con la aparición. Siguió aferrado a su pecho, mientras una certeza inexplicable se abría paso en su mente: algo había regresado con Zero.
Algo que no pensaba dejarlo solo.
Yuuki permaneció allí durante varios segundos, incapaz de moverse. Luego miró hacia las puertas de la Academia, donde las sombras comenzaban a alargarse con la llegada de la noche. Por primera vez, no se preguntó dónde había estado Zero, sino qué había encontrado en aquel lugar y por qué su regreso había cambiado la atmósfera a su alrededor.
Muy lejos de allí, bajo el abrigo de Zero, las páginas del diario crujieron suavemente.
Y, aunque él no pudo escucharlo, una voz femenina pareció susurrar su nombre desde algún punto oscuro entre los árboles.
Zero se detuvo en mitad del sendero con tal brusquedad que la nieve crujió bajo sus talones. Giró lentamente la cabeza hacia un lado y hacia el otro, recorriendo con la mirada los árboles desnudos que bordeaban el camino. La brisa agitó las ramas y dejó caer pequeños montones de nieve con un murmullo tenue, casi semejante al roce de una falda sobre el suelo. No había nadie. Ni una silueta entre los troncos, ni un movimiento detrás de él, ni siquiera el sonido de unos pasos alejándose. Sin embargo, juraría que alguien había pronunciado su nombre muy cerca de su oído.
Permaneció inmóvil durante varios segundos, con una mano bajo el abrigo y los dedos apoyados sobre la mochila. La sensación de ser observado no desapareció; se replegó, más bien, hasta quedar fuera del alcance de sus sentidos, como una sombra que hubiera aprendido a ocultarse cuando él intentaba mirarla. Zero frunció el ceño. Conocía la vigilancia silenciosa de los vampiros y sabía distinguir el peligro de una simple impresión. Aquello era diferente: no percibía sed de sangre, hostilidad ni olor alguno que delatara una presencia viva. Quizá solo fuera cansancio. Quizá el frío y las horas sin dormir estuvieran mezclando los recuerdos de la cueva con la oscuridad de la Academia. Aun así, no apartó la mano de la mochila.
Al final dejó escapar el aire lentamente y retomó el camino. No había nada que pudiera enfrentar si ni siquiera era capaz de verlo, y permanecer allí solo conseguiría atraer más preguntas.
Avanzó sin apresurarse, aunque tampoco se permitió mirar atrás de nuevo. El aire nocturno se volvía más frío a medida que la luz rojiza del atardecer desaparecía sobre los tejados. Las ventanas iluminadas de la Academia parecían lejanas, separadas de él por una quietud que ningún estudiante se atrevía a romper. A cada paso, el crujido de la nieve bajo sus botas se mezclaba con el latido constante de su propia sangre. Bajo el abrigo, el diario permanecía oculto junto con los demás objetos. De vez en cuando, el cuero de la cubierta rozaba la tela de la mochila y producía un sonido leve. Zero se dijo que solo eran las páginas moviéndose por el caminar, pero tuvo la incómoda impresión de que el libro respondía a su cercanía.
No tenía ningún deseo de regresar a la casa del director Cross. Imaginó las preguntas, los abrazos teatrales, las bromas absurdas y la insistencia con la que trataría de arrancarle hasta el más insignificante detalle de la misión. En otras circunstancias lo habría soportado con resignación; esa noche, sin embargo, la sola idea le resultaba más agotadora que el descenso de la montaña. Necesitaba ordenar sus pensamientos antes de entregar el informe y, sobre todo, decidir cuánto estaba dispuesto a revelar. Por eso se desvió hacia los Dormitorios del Sol. Allí podría examinar los objetos con calma, comprobar que no habían sufrido daños durante el viaje y encontrar una forma segura de llevarlos ante Yagari.
Cuando llegó a su habitación, abrió la puerta y entró sin encender la lámpara. Cerró tras de sí y permaneció unos instantes con la espalda apoyada en la madera, escuchando. Del pasillo llegaban voces lejanas y el golpe ocasional de una puerta, pero dentro solo reinaba la penumbra. El resplandor pálido de la nieve se filtraba por la ventana y dibujaba rectángulos azulados sobre el suelo. Zero dejó la mochila sobre la mesita de noche con cuidado, retiró el abrigo húmedo y colocó cada objeto frente a él. Después se quedó de pie, observándolos como si esperara que alguno revelara por sí mismo qué había llevado de vuelta a la Academia.
El Diario de la Bruja parecía más pesado que antes, aunque su tamaño no había cambiado. La cubierta oscura absorbía la escasa luz de la habitación, y por un momento Zero creyó distinguir sobre ella líneas que no recordaba haber visto. Parpadeó; solo quedaban las grietas del cuero. Apartó la mirada, fue hasta el armario y abrió una de las puertas. Tras mover algunas prendas, sacó una caja de madera envuelta en una tela clara. La había comprado tiempo atrás con la intención de regalársela a Yuuki. Entonces le había parecido un detalle sencillo, quizá demasiado modesto, pero adecuado para guardar algo importante: una cinta, una fotografía o cualquiera de esas pequeñas cosas que ella convertía en tesoros.
Ahora la caja seguía vacía. Parecía una ironía que el regalo que nunca se había atrevido a entregar fuera a convertirse en refugio para los recuerdos de otra familia.









