Capítulo 1: Bocetos
Cuando comienzas a dibujar, no te das cuenta de lo importante que puede llegar a ser un borrador hasta que adquieres algo más de experiencia. A veces, un simple trazo borrado es la diferencia entre la mirada fría de un soldado que ha visto cosas que ninguna persona debería ver y la de un adolescente ilusionado con la idea de su primer amor.
Aún recuerdo mi primer año en la Escuela de Arte. Te sientes como un pequeño ratón en medio de un nido de búhos y serpientes hambrientas; estás perdido, asustado y, la mayor parte del tiempo, solo. Recuerdo aquellas amistades temporales del primer semestre, esas personas con las que juras que compartirás el resto de la carrera y que, después de las vacaciones de invierno, apenas levantan una mano para saludarte cuando se cruzan contigo en los pasillos. También recuerdo a los profesores que te hacen preguntarte si realmente mereces estar ahí, los mismos que me obligaban a pasar noches enteras rehaciendo trabajos para, al final, revisarlos durante treinta segundos y responder con un simple "está bien".
Pero, sobre todo, recuerdo cómo conocí a Asher.
¿Nunca les ha pasado que, de repente, notan la existencia de una persona y luego comienzan a verla en todas partes? Bueno, algo así pasó conmigo.
Hay algo que deben saber sobre mí: amo los retratos. Comencé a los cuatro años con un hermoso dibujo de palitos que representaba a mi madre, lo colgamos en la nevera y, desde entonces, nunca dejé de dibujar. Me gusta observar a las personas, mirar a los pasajeros en el transporte público, memorizar rostros, dibujarlos en mi bitácora e imaginar qué intentan decir esas miradas o qué historias esconden detrás de una sonrisa. Por eso no era extraño que estuviera sentada en las escaleras de la Facultad de Ciencias sin hacer nada más que observar.
Y fue ahí cuando vi a Asher por primera vez.
Si soy sincera, me sorprende haber tardado casi tres semestres en fijarme en alguien tan llamativo. Y no me refiero únicamente a que fuera atractivo aunque bueno...lo era, sino a que era esa clase de persona que, cuando pasa junto a ti, te obliga a mirar dos veces, como si hubiera algo imposible de ignorar en su presencia, algo que te empuja a guardarlo en un rincón de tu memoria.
Asher era como una canción que escuchas por casualidad en el escaparate de una tienda, una canción que nunca vuelves a encontrar pero que reaparece años después, desde lo más profundo de tu memoria, asociada a un recuerdo que creías olvidado.
En aquel instante no conocía su nombre, no sabía que estudiaba medicina, cómo se habían conocido sus padres, cuánto quería a su abuelo, que había pasado años rogando por un perro o que era ridículamente alérgico a las plumas. No sabía nada de él y, aun así, tuve la sensación de haber encontrado a mi próxima musa.
Durante las semanas siguientes comencé a verlo en todas partes: en la cafetería, en la biblioteca, en los jardines rodeado de amigos. Era como una infección, me había contagiado del virus Asher y no parecía existir una cura.
Y la verdad... no estaba segura de querer una.
Jamás creí en el destino, tampoco en el universo, las señales o las casualidades. Conocer a Asher nunca se sintió como algo importante, pero supongo que las cosas importantes rara vez lo parecen cuando están ocurriendo.
No tenía intenciones de conocerlo, mucho menos de hablarle. Había algo en él que me causaba cierta fascinación, pero me gustaba observar a las personas desde la distancia; eran mi propia película personal. No tenía necesidad de intervenir en sus vidas ni de formar parte de ellas, pero Asher no era de esas personas que dejan pasar las cosas sin más.
—¿En serio tengo un ojo más pequeño?
Aquellas palabras hicieron que diera un pequeño brinco del susto. Levanté la mirada rápidamente y, al verlo frente a mí, mi mente quedó completamente en blanco. Viéndolo en retrospectiva, podría haberle respondido de forma cortante para que se fuera, seguirle la broma o, Dios sabe, cualquier otra cosa, pero compréndanme, no esperas que el chico al que llevas semanas dibujando desde lejos y que ni siquiera conoces aparezca de repente para ver tus bocetos, ¿cierto? Quizás podría haberse molestado, quizás habría pensado que era una acosadora o algo peor.
—¿Puedo?
Señaló la libreta y yo se la entregué con cierta desconfianza, observando cómo comenzaba a hojearla con una tranquilidad que me ponía más nerviosa de lo que me gustaría admitir.
—Wow... esto es impresionante, incluso dibujaste esta amiga de aquí.
Señaló la pequeña cicatriz que tenía bajo el ojo derecho. Estuve tentada a preguntarle cómo se la había hecho, pero me contuve.
—Tus dibujos son increíbles, si mis profesores vieran esta versión de mí creerían que si estudio.
Hizo una breve pausa para leer mi firma antes de pronunciar mi nombre.
—Soy Asher Walker. Creí prudente venir a presentarme, considerando que llevamos un tiempo coincidiendo en los mismos lugares.
Ese comentario me arrancó una pequeña risa. Me devolvió la libreta y extendió la mano hacia mí; correspondí el saludo.
—Serena Castillo, es un gusto conocerte, Asher. Si te molesta que te dibuje, puedo dejar de hacerlo, sé que puede resultar incómodo o extraño para algunas personas.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¡Están increíbles! Sinceramente, me siento halagado de que llegaras a considerarme para ser... ¿cuál era esa palabra que usan ustedes? ¿Musa?
Dijo aquello mientras se sentaba a mi lado como si nos conociéramos desde hacía años.
—¿Puedo ver más?
Asentí levemente y comencé a mostrarle el resto de mis dibujos. Recuerdo que observaba cada página con atención, como si realmente le interesara lo que estaba viendo, haciendo preguntas aquí y allá, señalando detalles que la mayoría de las personas probablemente habría pasado por alto.
Ese fue mi primer encuentro con Asher. Creo que estuvimos una o dos horas hablando aquella tarde; sinceramente, ya no recuerdo de qué hablamos, los detalles se han vuelto borrosos con el paso de los años. Lo que sí recuerdo es la calidez que desprendía al conversar, porque era de esas personas capaces de hacerte sentir cómoda sin esfuerzo, como si te conocieran desde mucho antes de aprender tu nombre.








