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Cap I/II
Los inviernos en Seúl eran especialmente fríos. Hoy día las calles se encontraban repletas de una gruesa capa de nieve, misma que dificultaba el andar y obstruía las avenidas. Las personas deambulan por las calles con afelpados abrigos y sombrillas sobre sus cabezas, eso junto con un sentimiento de inexplicable resiliencia, pues, quedarse en casa no resultaba una opción, al menos no para quienes debían seguir con su ajetreada vida laboral.
Los copos de nieve caían en una hipnotizante danza por su lento, pero calculado, camino hacia las pequeñas montañas de nieve sobre las aceras. El viento gélido golpeaba fieramente sobre su piel fría y sensible como cientos de pequeñas agujas afiladas. El paisaje lucía silencioso, pero seguía habiendo vida en el. Las llantas de los automóviles chapoteaban sobre el pavimento húmedo y brillante. Los árboles, carentes de toda hoja, se mostraban abatidos a los costados de las aceras. Aun así, todo seguía en movimiento. Las personas esperaban en autobús de las ocho como siempre, con él único consuelo de que este no tardaría demasiado en llegar.
Blanco. Brillante. Solitario y algo silencioso. Siempre iniciaba muy pronto y terminaba muy tarde. Él había vivido en Seúl toda su vida, pero odiaba el invierno.
El reloj en su muñeca marcaba las ocho en punto y Kyu Hyun caminaba por las heladas calles del centro en lugar de encontrarse en casa. Llevaba consigo una gabardina beige que le cubría desde los hombros hasta las pantorrillas. Debajo de esta llevaba un traje gris oscuro que le ceñía la figura; este traje había sido su última pésima inversión del año. En la base del cuello, uno tan blanco y pulcro como la nieve que cubría el paisaje urbano, colgaba una corbata azul marino con una bufanda beige sobre una impecable camisa blanca. Su cabello, de un castaño intenso, se encontraba húmedo gracias a la nieve que caía sobre su cabeza, pues había olvidado su sombrilla en casa. Su flequillo, dividido en dos secciones, se elevaba más del lado izquierdo que del derecho.
Con una impaciencia evidente, Kyu Hyun esperaba parado frente a la entrada del Blue Parallel, uno de los tantos hoteles cuatro estrellas de la calle Bukshon. Sus pulmones se llenaron de aire frío y su garganta se seco. Ante tal incomodidad tuvo que tragar saliva con fuerza, desgraciadamente, aquella no era la única parte de su cuerpo que le dolía. El castaño exhaló en forma de un firme suspiro. Su aliento, aún tibio, se convirtió en una nube de vapor que se deshizo paulatinamente frente a sus ojos.
La nieve endurecida crujió debajo de sus zapatos. Había inquietud en su mirada mientras observaba la puerta de cristal que lo separaba del vestíbulo. Su cuerpo, tenso y frío, se regocijó gustoso ante la avasallante calidez dentro del lugar cuando la puerta finalmente se abrió frente a él. Primero pensó en quitarse el abrigo, pero luego se dijo a sí mismo que lo haría una vez que estuviese en la habitación. El castaño, de figura y perfil recto, caminó con tiento e indecisión hasta la recepcionista.
Todo el living brillaba intensamente en una reconfortante mezcla de tonalidades cálidas. La madera era una pieza indispensable de la arquitectura, le daba un toque rústico y acogedor en contraste con el paisaje urbano. El aire cálido se deslizó agradablemente por su garganta y lleno sus pulmones. Olía a cedro y musgo; producto de la madera muy seguramente.
Kyu Hyun frotó sus manos una contra la otra. Le dijo a la chica tras el mostrador, esa de uniforme negro y blusa blanca con una pequeña placa de metal en el mecho, de la cual ni siquiera se molestó en saber su nombre, que le entregara la llave de su habitación. La chica de estatura bajita y cabello recogido le sonrió amablemente y le entregó la llave. Habitación ciento ochenta y cuatro. El pálido hombre no sonrió ni tampoco lo aparentó. Tomó su llave y se retiró al elevador.
Ya se encontraba un poco familiarizado con la situación. Dicho de otra forma, esta no era la primera vez que estaba en este hotel. Esta no era la primera vez que estaba dentro de este elevador. No era la primera vez que observaba el mismo tablero de botones negros y se preguntaba si debía darse a la retirada cuando las puertas se abrieran. Esta no era la primera vez que su corazón palpitaba a un compás inflexiblemente errático o que su cuerpo vibraba ante una impaciencia casi sofocante.
Sabía mejor que nadie que esto estaba mal. No era estúpido, o al menos, no lo suficientemente estúpido como para no saberlo. A estas alturas, saber que la situación iba más en su contra que a favor, era completamente inútil. Lo terriblemente irónico aquí era que, a pesar de saber que estaba cometiendo un error, no podía sentirse enteramente miserable. Como es bien sabido, el arrepentimiento siempre viene después. La culpa siempre corrompe una vez que te saciaste.
Su vida, en toda la extensión de la palabra, era un pleno fracaso en toda la extensión de la palabra. Si su vida estuviese en una balanza, indudablemente siempre estaría inclinada hacia lo monótono y lo terriblemente ambiguo. Tenía un trabajo —estaban en Corea del Sur, así que eso lo ponía en el porcentaje de fracasados con alguna posible oportunidad de éxito— no era uno que deseara o que lo satisficiera, pero al menos tenía uno. Vivía en un apartamento frío y vacío, como una caja sin fondo que lo retenía a él y su miserable existencia dentro. No había una relación sentimental de la cual mofarse, ni mucho menos un recuero grato al que aferrarse. No estaba de más decirlo, así que sí, estaba sexualmente frustrado, otra de sus tantas y fascinantes frustraciones que encabezaba ese estancamiento suyo y una nula percepción de nuevas posibilidades. Había llegado a la conclusión de que alguien como él siempre iba a estar perdido. Jamás iba a pertenecer a ningún lugar. Estaba condenado. Jamás encontraría salida alguna a ese inminente y aterrador vacío.
Adoraba emborracharse; esto era lo único seguro en su devastado mundo. Bebía casi todos los días en su apartamento. Las excusas nunca faltaban, eso era algo bueno, también estaba bien que nadie, más que él mismo, pudiese juzgarlo. Sus padres llamaban de vez en cuando. Le preguntaban cuándo es que planeaba casarse; como si su evidente abstinencia de sexo a lo largo de seis meses los hubiese perturbado o esperanzado repentinamente.
Cuando cometió el terrible error de beber en compañía de alguien más y no en la seguridad de su apartamento, ese fue el momento en que ocurrió. Tenía una tarjeta de crédito con los fondos del mes, estaba ebrio, tremendamente frustrado y algo, una estupidez en toda la extensión de la palabra, terminó orillándolo a poner sobre la balanza una locura que mandaría el equilibrio a la mierda. Así fue como sucedió.
El arrepentimiento se percibe como una delgada tela traslucida. Te cubres los ojos, vez difusamente a través y es fácil desprenderse de ella. Desde hace cinco meses Kyu Hyun continuaba en una lucha incesante contra el arrepentimiento. Era un ir y venir en donde nadie salía victorioso. Por eso se encontraba aquí. Quería enfrentarse a sí mismo y a esa dualidad de un mismo sentimiento, contrario y latente, inherente a su existencia.
Ni siquiera podía ponerle un nombre —eso era lo peor de todo—. Si algo que, estaba tan mal y no se sintiera tan bien, puede que hubiese dejado de venir a este lugar desde hace mucho tiempo.
—¿Aún no está aquí? —se preguntó antes de dejar su gabardina sobre el perchero. Dio un vistazo rápido al pequeño escalón frente a él, lugar donde se dejaban los zapatos. Tras descalzarse, caminó lentamente hasta la sala de estar—. Creo que tomaré una ducha.
Kyu Hyun deshizo el nudo mal hecho de su corbata y la dejó caer en algún lugar junto a su camisa blanca. Sus pantalones terminaron hechos nudo en el piso del baño junto al pequeño montículo que formaban su ropa interior y sus calcetines.
Encendió las luces del pequeño cuarto. Para un hotel cuatro estrellas no estaba nada mal. El baño tenía un excelente tamaño, como la mayoría de estos, se encontraba recubierto enteramente de un impecable azulejo blanco. Los canceles alrededor de la ducha eran de cristal traslucido —otorgándole una buena visión a cualquier espectador lejano— y también había una tina.
Le dolía el cuello, sufría de torticolis crónica, de hecho. La duchas calientes siempre le venían bien; una estadía larga en la tina siempre era mejor elección, pero no tenía tiempo para eso. Los músculos de su cuerpo se tensaron y relajaron rápidamente bajo el constante chorro de agua tibia. Afuera estaba nevando. Kyu Hyun había pasado todo el día en una silla casi inservible en una oficina durante casi doce horas, así que este efímero momento le supo a gloria.
El jabón se deslizó por su cabello y por su piel blanca. De un momento a otro bajó la vista a su vientre. No se encontraba tan en forma como le gustaría. Jamás se preocupó demasiado por su aspecto. Sabía que dicho detalle era indispensable para una vida exitosa, pero decidió pasarlo por alto hasta que fue demasiado tarde. Estuvo ganando unos cuantos kilos desde este último verano. Sus caderas estaban más abultadas, sus mejillas resaltaban en esa cara redonda suya y su vientre, el que nunca fue firme, estaba a la par de un suave trozo de tofu.
Giró sobre sus talones. Se observó a sí mismo en el espejo en la pared. Sonrió para sí mismo por un segundo, un corto segundo que apenas y notó.
—No tienes experiencia en esto ¿no es así? —recordó vagamente.
Se permitió temblar y apretó sus labios.
No, jamás fue un experto en el tema, de haberlo sido, con probabilidad hubiese tenido más cuidado. “Esa noche estaba ebrio y furioso”. Era lo que siempre se repetía con tal de compensar los cuestionable de sus acciones. Todo fue una locura, la peor locura que había cometido en toda su vida. Aun así, ¿por qué no podía arrepentirse y no volver a caer?
En medio de aquella pregunta Kyu Hyun escuchó cómo la puerta del baño se abría lentamente. Ni siquiera se molestó en cubrir su figura o en sentir vergüenza de que estuviese enteramente expuesta. No giró siquiera. Sabía bastante bien de quién se trataba. A sabiendas de ello, tembló anticipadamente y permitió que la emoción, un sentimiento escaso en su vida, lo consumiera.
Kyu Hyun nunca era el mismo dentro de estas cuatro paredes. Kyu Hyun no era el mismo cuando estaba cerca de él.
El recién llegado cerró la puerta detrás de sí—¿Iniciaste sin mí? —dijo en un tono profundo y juguetón.
Su voz era una de las tantas cosas que Kyu Hyun mantenía anclada a un estándar casi inexistente de lo que un hombre debía ser o provocarle. Su voz era tan clara y sexi, masculina e inevitablemente abrumadora, le recordaba a Kyu Hyun por qué su voluntad no valía nada.
KyuHyun sonrió con levedad. Nunca sonreía. Descubrió que tenía esa capacidad hasta que lo conoció—. Dijiste que ibas a tardar —se permitió usar esa misma familiaridad.
El rubio sonrió con algo de picardía mientras se deshacía de su camisa negra—. Lo lamento —dijo, como si no fuese nada. Ni lento ni perezoso, se deshizo de su ropa con una habilidad visible en un acto que tenía tan bien grabado como su nombre.
El más joven le dio un vistazo a ese dulce trasero detrás del cristal traslucido y mordió su labio inferior con ansias. Como siempre, la sangre viajó rápidamente a su entrepierna y sus sentidos vibraron de forma inexplicable ante este hombre. Deseaba en gran medida al castaño detrás de esa cortina de cristal y no podía ocultar del todo esa emoción aun cuando no le costaba hacerlo con alguien más.
—No importa —dijo Kyu Hyun mientras lo escuchaba aproximarse. Su cuerpo se revolvió en una oleada de calor incontrolable, casi como si el invierno no lo hubiese tenido cautivo hace apenas algunas horas.
El rubio ingresó en la ducha. Sonrió y dejó un pequeño beso sobre el hombro desnudo y sonrojado del castaño. Era una de las tantas cosas que le gustaban de Kyu Hyun. Le encantaba su piel, lo sensible y fácil de sonrojar de esta.
—¿Todo bien en el trabajo? —preguntó como si la situación diese para una pregunta así.
Aun así, Kyu Hyun terminó soltando un amargo suspiro. No tendía a hablar de sus problemas con nadie, no le veía sentido, es decir, no era como si estos fuesen a resolverse mágicamente y tampoco lo aliviaba que alguien más supiera lo patética que era su vida. Pero con Yesung, por alguna razón, con él no le costaba hablar. Había hablado más en estos cinco meses que en toda su vida. Podía hablar de cualquier cosa con este hombre, incluso las que no tenían sentido, y jamás se sentiría avergonzado o juzgado.
Siempre es más sencillo hablar con un desconocido. Este chico de aquí, pese a conocerlo desde hace cinco meses, seguía siendo un completo extraño adverso a su mundo.
—Lo sabes, pésimo como siempre —KyuHyun dejó ir su cabeza hacia atrás y sonrió como todo un estúpido cuando el rubio lo cobijó reconfortantemente con sus brazos repletos de tatuajes. Poco a poco la cercanía de este hombre, su aroma, su inconfundible y relajante voz varonil apagaron cada uno de sus sentidos. Se olvidó de todo—. Eso se siente bien.... —con él todo se sentía bien aun cuando no lo estuviera—. Mmgh.... —se sentía con la libertad de besarlo aunque no debía, pero lo hizo.
El contrario sonrió ante esa actitud sumisa y permisiva. Elevó sus labios y besó a Kyu Hyun en la mejilla, un acto que, aunque simple, se sentía como el peor de los atrevimientos.
—Puedo hacerte sentir aún mejor —apretó uno de los glúteos del más alto y se regocijó cuando lo vio morder su labio inferior—. KyuHyun.
El más alto giró entre los brazos del contrario—. ¿No tienes modales? —coló sus brazos por detrás del cuello del rubio—Sigo siendo mayor que tú ¿sabes? —le observó fijamente. Se dedicó a observar cada uno de esos hermosos, masculinos, pero delicados rasgos que el joven poseía.
El rubio sonrió. Pronto se halló acorralado contra el azulejo. Una penetrante sensación helada lo invadió e inevitablemente se arqueó contra el cuerpo desnudo y aceitunado del hombre frente a él. Era mucho más joven que Kyu Hyun, pero también es cierto que era quien más experiencia tenía de los dos.
—¿Eso cuándo ha sido importante? —preguntó sobre los carnosos labios de KyuHyun. Su voz vibró sobre la piel sensible y rosada—. Te extrañé, Kyu —dijo dulcemente a su oído y el castaño decidió creerle, al fin y al cabo, no sería la primera vez que lo hacía—. ¿Tú me extrañaste?
Todo con él era tan enfermizamente maravilloso. Quería creer sus mentiras. Quería creer que le pertenecía a alguien y que este le correspondió de igual forma. Quería creer que el centro de su universo era este chico y que siempre sería de esa manera.
KyuHyun le miró fijamente—. Sí.... —cómo si hubiese podido decirle que no—. Te extrañé.... —cerró sus ojos lentamente—. Yesung.
Estaba mal que dijera ese tipo de cosas. También estaba mal que quisiera y hubiese empezado a creerlas, que tuviese una fe infundada en ellas. Esa cercanía entre ambos no era otra cosa más que una de sus muchas alucinaciones, una que iba a terminar muy pronto y muy mal.
Kyu Hyun sabía todo eso, pero no era importante cuando lo tenía cerca. Creía siempre en aquellas pequeñas frases vacías que provenían esos atrayentes, delgados y expertos labios. Le gustaba sentirse especial. Por un breve, muy breve momento, sentía que todo cobraba sentido.
A lo largo de su vida, de su precaria y apenas existente vida social, solo tuvo sexo con dos hombres. No, Cho Kyu Hyun no era experto en el tema. Yesung si lo era, probablemente sabía más del sexo que de otra cosa y sabía perfectamente cómo enloquecer a cualquier persona con ese inigualable y etéreo atractivo. Con él todo se sentía bien. Con Yesung todo era tan enfermizo y embriagante al mismo tiempo. Apenas tuvo la oportunidad Kyu Hyun había descubierto lo sencillo que era ponerse de rodillas ante un hombre con una mirada como la suya. Había descubierto la versión más pura y desquiciante de la lujuria, esa que le empujaba a rogar por ser cogido sin piedad. Antes de Yesung, ni siquiera sabía cómo hacer un oral; eso ya es mucho decir ¿no es así?
Solo tenían sexo, algo tan simple como eso donde no se necesitaba profundizar o darle sentido a nada. No hacía falta que supieran mucho del otro. Saber mucho de ambos no solo era innecesario, también era peligroso.
Yesung cerró las llaves del agua. Kyu Hyun sintió como su cuerpo se estremecía entre los brazos del menor ya que, desde hace un rato que había sentido la evidente erección del rubio rozándose sobre uno de sus muslos. Yesung siempre se tomaba su tiempo, hacia de esta una tortura perversa, e indudablemente, satisfactoria. El castaño se había acostumbrado a ello como a muchas otras cosas. Se había acostumbrado a su aroma, a su voz, a su cercanía. En cinco meses se había acostumbrado demasiado rápido a todo lo que el rubio tenía para ofrecerle, pero él, en un pensamiento mezquino, siempre deseaba más. Kyu Hyun no estaba conforme. Quería más de lo que Yesung podía darle. Sí, demasiado egoísta de su parte.
¿Cuándo se volvió tan ambicioso, ocurrió al mismo tiempo en que se volvió estúpido?
Los músculos de su pequeña entrada se tensaron, luego se aflojaron suavemente en un intento por provocar al hombre que rozaba su imponente erección alrededor de sus pliegues. Sin embargo, como una cruel respuesta a sus pretensiones, Yesung jamás perdía el control. No importaba lo que hiciera, nunca era suficiente para hacerlo perder las riendas de la situación. Inamovible, frívolo incluso, demasiado calculador y tan endemoniadamente irresistible.
Aquellos fieros ojos profundamente negros como el ébano lo observaron fijamente con una diversión igualmente evidente como bien oculta. Le gustaba la forma en que Kyu Hyun se desinhibía por completo. Se sentía poderoso al saberse el único con el control ejercido sobre ese cuerpo, no solo eso, también tenía poder sobre la mente del castaño. En dualidad con sus creencias, a creer que tenía todo bajo control, también estaba al tanto de que Kyu Hyun y toda su existencia representaba lo único permanente en su abatido mundo, uno que inevitablemente nunca permanecía en el mismo sitio. Dentro de estas cuatro paredes era completamente suyo. Podía obligarlo y disponer de él, su cuerpos y sus dedos de la forma en que quisiera. Yesung podía saciar el cuerpo de Kyu Hyun y el propio como le diera su gana y amaba cuando Kyu Hyun rogaba por él.
—Yesung... —gimió tal y como este hombre le había enseñado a hacerlo. Sintió a Yesung tirando de sus hebras castañas hacia atrás y sonrió en el acto. Su garganta quedó desprotegida junto con muchos otros de sus puntos sensibles. Mierda, él los conocía todos. El rubio lo obligó a apoyar ambas manos contra el azulejo y KyuHyun supo que tendría que rogar por un poco de piedad—. No..... espera ahghg~
—Estoy seguro de que no muchos pueden gozar de esta vista —se deleitó con la suave y blanquecina espalda tan tersa de KyuHyun esa que le invitaba a marcarla por completo, cosa que no podía hacer porque estaba prohibido. Había uno o dos lunares tan lindos que le habría gustado besar sin descanso, pero ya tendría tiempo para eso—. ¿Quieres que te joda en una posición específica? —uno de los glúteos del castaño tembló cuando lo azotó—. ¿Debería hacértelo de la forma en que yo quiera?
¿Por qué este hombre lo hacía olvidarse de todo? Era demasiado sencillo olvidar sus principios y sus creencias. Con Yesung era demasiado sencillo convertirse en otra persona, la persona que el rubio estaba esperando.
Kyu Hyun tembló. Era ridículo que Yesung le preguntara algo como eso, pues era él quien tenía el completo control de la situación. Era él quien podía hacer lo que quisiera, y sí, eso incluía cualquier forma o posición para jodérselo duramente toda la noche. Sin importar qué, Kyu Hyun aceptaría todo lo que él quisiera darle, aun cuando esto terminase dañándolo irreparablemente.
—Haz lo.... lo que quieras —sentenció como siempre.
Yesung se acercó lentamente a su oído. Kyu Hyun sintió como tiraba con más fuerza de su cabello—. Ese es mi chico —le dio otra nalgada—. Ya que insistes, cumpliré cada uno de tus deseos —mordió el lóbulo de su oído—. Haré absolutamente todo lo que quiera contigo esta noche.
Con Yesung todo era bueno. Kyu Hyun se culpaba por sentirse de esa forma. Estaba sobrepasando los límites cuando sabía perfectamente que jamás iba a poder salirse con la suya. Nada bueno iba a salir de esto.
—¡Ahghh! —gimió agudamente, todo un delirio para el hombre detrás suyo.
—Dime lo que quieres.... —susurró dentro de su oído. Sintió como su húmeda y caliente lengua delineaba su cuello y finalmente el rubio lo embistió con fuerza.
A ti. Te quiero a ti. Solo a ti, Yesung. Pensó.
La locura comenzó hace cinco meses; hablaba de un estimado, porque en realidad no sabía cuándo fue que comenzó realmente. No le gustaba pensar en ello. Estaba mucho más concentrado en el eclipsante placer que le otorgaba este hombre como para pensar en otra cosa que no fuese él.
Kyu Hyun, impaciente, desbordado de emociones junto a su propia y anhelante desesperación, llevó una de sus manos a la de Yesung, misma que permanecía bien aferrada a su cintura. Apretó la hábil mano entre la suya con fuerza y rogó por un poco de piedad. Yesung respondió de inmediato y entrelazó los dedos de ambos. El castaño pudo encontrarse con su mirada cuando giró por sobre su hombro. No hacía falta que hablara, le estaba pidiendo que siguiera, que fuera tan duro como quisiera, tan duro y sofocante que, definitivamente iba a lamentarlo más tarde, iba a lamentarlo aún más de lo que ya lo hacía justo ahora.
Yesung sonrió y le mostró sus caninos en medio de una casi perversa y erótica sonrisa—. Eres adorable —dijo y su expresión cambió a una más oscura y deseosa.
La primera ronda siempre era la más apasionada e impaciente sin lugar a dudas, era como si ambos estuviesen siendo consumidos por aquella despiadada y sofocante añoranza. Kyu Hyun quiso creer en esa mentira. Se dijo infinitamente que Yesung también sentía lo mismo. Quiso creer que no estaba fingiendo, al menos no por completo. Quiso creer que había una parte de aquel inalcanzable hombre, pequeña si quieren, pero algo que, al fin y al cabo, le pertenecía solamente a él.
Kyu Hyun sabía que era pedir demasiado. Para una persona como él, era pedir demasiado.
PRELUDIO
“El dulce calvario a la espera de un tonto”
Kyu Hyun tenía semanas huyéndole a las insistentes llamadas de sus padres. Tenía meses huyéndole a las reuniones familiares, mismas que predisponían el hecho de que debía hablar sobre su vida privada y lo patética que seguía siendo aún a sus treinta y cinco años. Sus padres se lo dijeron claramente: “¿Cuándo es que planeas casarte?”
Pensaba responderles, como una de las más grandes revelaciones, que si estaban esperando que contrajera nupcias con alguna de las mujeres que seguramente tenían en lista, mejor ni mantuviesen vivas las esperanzas. Él prefería los penes a una vagina. No había tenido tiempo de decirles a sus padres sobre sus preferencias sexuales, no le pareció un buen tema para la cena de navidad. La realidad es que, después de irse de casa, se convenció de que sospecharían por su cuenta y todo terminaría por resolverse solo en medio de un silencio incómodo cuando tuviese que presentarles a su pareja, un hombre.
Eso no sucedió. Quién sabe, puede que sus padres hubiesen tenido más oportunidades de darse cuenta si hubiese mostrado interés en algún prospecto a lo largo del tiempo. Ya saben, la clase “amigo” que se quedaba demasiado tiempo en casa y con quien hacía “pijamadas” de vez en cuando. Desafortunadamente su vida amorosa nunca dio para tanto, estaba tan muerta como las flores junto a su ventana; le había dicho a Ahra que no iba a tener tiempo de cuidarlas, pero su noona insistió.
Kyu Hyun terminó de colocarse el traje y salió del apartamento.
Aparte de huir a las llamadas y mensajes de sus familiares, también intentaba absolverse de cualquier cosa que tuviese que ver con sus desastrosos años como estudiante. Eso quería decir que no le interesaba formar parte de la reunión de ex alumnos de esta noche. Choi Min Ho, un compañero de trabajo y quien alguna vez también fue su compañero de grado en la universidad de economía. Este personaje no hacía otra cosa que preguntarle si asistiría a dicha reunión o no. Kyu Hyun siempre le respondía que no estaba seguro, que estaba demasiado ajetreado con todo el trabajo pendiente como para pensar en eso.
Su vida social no había sido tan excluida como el resto de su existencia. Había muchas personas conocidas, es decir, formaban parte de ese conjunto de rostros familiares, mismos a los cuales no podía ponerles un nombre, o bien, había un nombre, pero no un apellido. Choi Min Ho. Lo más seguro es que se habría olvidado de él de no ser porque, de alguna manera, terminaron trabajando juntos en la misma compañía. Ambos se graduaron de economistas. Trabajo que, lo sabía perfectamente, podía asegurarle un poco de éxito a futuro, eso más las conexiones que tenía su padre en el ámbito y su propia visión como un chico ambicioso.
Kyu Hyun no era de esa forma. No deseaba dinero, mucho menos fama. Jamás había deseado nada en su vida, de hecho. Jamás había esa banal necesidad humana de obtener algo sin importar el precio.
Llevaba cinco años trabajando codo a codo con Min Ho, pero no eran amigos, es decir, probablemente era lo más cercano a uno de lo que jamás tendría, pero prefería que su relación se conservara a una distancia prudentemente extensa.
Las relaciones con otras personas no importaban. Es lo que siempre se decía. Era demasiado problema lidiar con otra persona cuando ni siquiera podía lidiar con los problemas que le daba su, nada exuberante, vida. Aun así, nadie niega que el sexo es bueno, lo más rescatable quizá. Sin embargo, yacía frustrado sexualmente, un secreto a voces, por cierto. Durante sus años como universitario tuvo dos experiencias con dos hombres de quienes tampoco recordaba sus nombres, pero quienes, al menos, le había dejado el pequeño beneficio de jactarse de ya no ser virgen. Y sí, no había otra cosa que presumir aparte de eso.
Esta noche sería la reunión de ex alumnos en el Boss Rose, un bar/restaurante que frecuentaba de vez en cuando, eso solo cuando el bullicio sonaba, por alguna razón, más tentador que su apartamento.
Ahora mismo daban las ocho de la noche y Kyu Hyun yacía detrás de su escritorio cuestionándose en si debía ir a dicha reunión o no. Era una locura, él no era un hombre locuras. Se había pasado todo este mes diciéndose que no lo haría, que no iba a cometer semejante acto bochornoso. No solo se trataba de una reunión nostálgica. Las olían mal desde un principio, desde que Min Ho le dijo que se trataba de un encuentro “casual” para enorgullecer aún más a la ególatra más insoportable de la universidad, Lee Eun Kyung, en otras palabras, aquella que se jactaba de zorra, pero aparentaba no serlo. Poco podía decir Kyu Hyun sobre ello, salvo mencionar su naturaleza entrometida y propiamente repelente. A Eun Kyung le gustaba fingir que era amiga de todos. Kyu Hyun no se salvaba de esa constante. La chica solía hablarle cuando tenía o se hacía se la oportunidad y, al igual que con todos, intentaba indagar dentro de su vida privada para hacer uso de esa información cuando más le conviniera. Lee Eun Kyu era impertinente e inoportuna. Tenía una lengua filosa, misma que escondía detrás de una personalidad sumisa y amigable.
Esta, lejos de todo, sonaba como la excusa perfecta que ella obviamente había ideado para presumir lo que ya todos sabían, incluso el mismo Kyu Hyun. Ella iba a casarse. ¿Qué mejor pretexto para mofarse a tiento sobre las fracasadas vidas que llevaba el resto? No había nadie más patético que Cho Kyu Hyun, ella por supuesto lo sabía. Ir a esta reunión era cometer suicidio. Lo último que el castaño necesitaba era que alguien le echase en cara algo que ya sabía.
Entonces ¿cómo fue que accedió al final? ¿Qué, exactamente, estaba haciendo en esa mesa al lado de Choi Min Ho y esos otros tantos rostros conocidos, pero sin nombre, que escuchaban atentamente los alaridos de Lee Eun Kyung?
—No lo sé —respondió para sí mismo y bebió enteramente el contenido de su tarro de cerveza.
—Kyu Hyun ¿Estás bien? —preguntó el otro castaño mientras colocaba su mano sobre la pierna de Kyu Hyun, un acto que, aunque obvio, no despertaba segundas intenciones en Kyu Hyun.
—Perfectamente —no lo estaba, ya que aún no había bebido demasiado. Debió haber sospechado cuando tuvo que pagar una cuota de consumo previa. No podía irse, no iba a desperdiciar ese dinero yéndose a mitad de la velada antes de siquiera haber caído borracho sobre la mesa.
Min Ho lo observó con curiosidad. Luego de ver que su poco disimulado acto no tuvo efecto en el contrario, retiró su mano lentamente.
Cuando la octava ronda de cervezas llegó, Kyu Hyun seguía consciente. Tenía una buena resistencia al alcohol, esta era conveniente algunas veces, pero muchas veces decidía jugarle en contra.
Observó a Eun Kyung. La mujer tenía el cabello negro, lacio y largo, tal y como lo había tenido desde que iban juntos a la universidad. Dinero o cirugías, la maldita seguía viéndose despampanante. Su trasero estaba tan firme como nunca lo estaría el suyo. Kyu Hyun observó su sonrisa y para sentirse un poco mejor se dijo que había pagado miles por una reconstrucción como esa. Su prometido debía ser millonario o muy seguramente imbécil —quizá se trataba de ambas—.
Kyu Hyun observó el fondo vidrioso y húmedo de aquel tarro de cristal. Intentó perderse en sus pensamientos, en encontrar una buena excusa para terminar de convencerse a sí mismo de que no importaban unos cuantos wones y que debía regresar a casa. Eun Kyung había acabado con casi todos los presentes. La mujer indagó en sus vidas tal y como se le daba bien. Aquella mujer, Hae Yoon, fue la primera de sus victimas, pero esta le sonrió como si nada detrás de ojos vidriosos y salió corriendo al baño después de que las burlas referentes a su divorcio hubiesen cesado. El próximo fue Park Lee Teuk, de quien Eun Kyung se mofó de su inversión fallida y problemas con el banco. Lee Teuk sonrió, como si nada y pidió una ronda más, pero no volvió a abrir la boca en toda la noche.
Kyu Hyun decidió hundirse en el asiento y rogó no ser el próximo. Desgraciadamente, lo próximo que supo fue que Eun Kyung estaba a su lado. Cuando la mujer se movía, de forma involuntaria, todos las seguían cual borregos. Cuando ella hablaba, borrachos o no, todos guardaban silencio. Kyu Hyun despreció verse como el nuevo centro de atención, pero ya era demasiado tarde como para huir al baño. Eun Kyung sonrió y pasó un brazo por detrás de su espalda como si ambos fuesen de los más íntimos.
—Kyu Hyun-ah —estaba ebria. Tenía el rostro sonrojado y la ropa desarreglada. Kyu Hyun pudo ver perfectamente cómo los tirantes de su sostén caían por sus hombros—. Siempre tan callado —sonrió con burla—. ¿Por qué no nos cuentas algo interesante?
Todos le aplaudieron y le hicieron segunda a su petición. El castaño la ignoró. Min Ho, allí presente, observó la situación. Sabía que Kyu Hyun estaba incómodo, podía verlo en su comportamiento y en su mirada, pero no tuvo el valor de interferir.
—¿Mmm? ¿Me escuchaste? —se acercó a su oído y volvió a repetir—. Puedes contarnos algo interesante, lo que sea.
Kyu Hyun giró a verla de soslayo—. No, gracias.
La chica comenzó a aplaudir sin reparo—. Omo, creo que estás un poco borracho —rio con ganas—. No te preocupes, todos los estamos . O es que acaso —hizo un corto silencio que puso en alerta a todos— ¿alguien te está esperando en casa? ¿Le molesta que pases tiempo con amigos?
La pregunta, aunque ambigua y predecible, perturbó a Kyu Hyun. Tal y como la genuina entrometida que era, Eun Kyung forzó aquel pequeño engrane dentro del castaño. La situación pintaba a que ella sabía algo de su nula vida amorosa y de su clara frustración sexual. Una locura. Ella no podía saberlo ¿verdad? Nadie aquí podía saberlo. Era solo su imaginación.
Ella continuó—. Obviamente alguien te está esperando —insistió en ello—. Ya tenemos treinta y cinco años ¿puedes creerlo? —empujó su mejilla sobre el hombro del castaño—. Es momento de que sentemos cabeza. Mis padres no podrían estar más orgullosos de que por fin vaya a casarme —presumió mientras arrastraba las palabras—. ¿Piensas casarte pronto?
Kyu Hyun desvió la mirada y dio otro trago a la cerveza.
—Con ese rostro tan lindo —llevó su mano a las mejillas del castaño—. Es una lástima. Deberías casarte pronto, Kyu Hyun-ah, me encantaría asistir a tu boda —lo abrazó fuertemente—. ¡Todos iremos a tu boda! ¿verdad?
—¡Sí! —respondieron al unísono.
Kyu Hyun no pudo decir ni una maldita palabra. Ella estaba ebria. Podía ser gentil con la mujer y justificarla diciendo que no sabía lo que decía y que solo había sacado el tema de la pareja y la boda porque ella estaba a punto de casarse y el asunto le rondaba la cabeza más que otra cosa. Pudo hacer eso, pero, ya que se trataba de Eun Kyung, ella definitivamente lo había hecho a propósito.
¿Por qué me molestó tanto? Kyu Hyun bebió hasta la onceava ronda y salió del establecimiento a base de tropezones. Observó su reloj. Era pasada la media noche. Tenía que encontrar un taxi o morir en el intento —lo segundo opción sonaba más tentadora—. Min Ho se había ofrecido a llevarlo a casa, pero le dijo que no era necesario.
—Maldición.... —murmuró con los labios aplastados. Lo ocurrido ni siquiera era para tanto. Todos estaban ebrios e iban olvidarlo para mañana. Sin embargo, Kyu Hyun sintió como si su vaso por fin se hubiese rebalsado. No era culpa de Eun Kyung, por muy perra que fuese, la casi insólita verdad era que había estado lidiando con esa clara frustración desde hace un tiempo. Lo único que hizo esa mujer fue recordarle que no era tan indiferente al tema de la soledad y la soltería como aparentaba.
Entre sus planes nunca estuvo casarse. No era un sueño ni mucho menos un propósito que quisiera cumplir. La soledad nunca le molestó, pero jamás la tuvo frente a sí mismo tan palpable como en este momento. A sus treinta y cinco años solo había tenido sexo en dos ocasiones. Eso sonaba como algo demasiado malo hasta para alguien como él. Así que, más que estar enojado con la perra de Eun Kyung, estaba enojado consigo mismo por haber dejado que las cosas terminasen de esta manera.
De cualquier forma, ahora mismo estaba ebrio, también estaba enojado consigo mismo, con su patética vida y con lo vacío que se sentía.
El castaño, con pasos tambaleantes, caminó por unos cuantos callejones que le fueron entre conocidos y nuevos al mismo tiempo. Al final terminó llegando a la zona de bares, lugares que frecuentaban los jóvenes universitarios. Alguna vez fue uno de ellos, pero jamás llegó a ir a un lugar como estos. Jamás se le dio bien ser la clase de chico con naturaleza coqueta y sociable que podía asegurarle un poco de éxito con los hombres. A Cho Kyu Hyun no se le daba bien llamar la atención. Sinceramente, había tenido suerte de perder su virginidad.
A pesar de que ya estaba ebrio y que había perdido la cuenta de cuánto había bebido o de cuánto debía hasta ahora, pidió una botella más. No recordaba cómo había llegado hasta ese banquillo entre montones de púbertos que preferentemente ignoraban su presencia. La música era una mierda, pero al menos aturdió sus sentidos lo suficiente como para que luego de unos minutos dejase de importarle.
No estuvo seguro de cuánto tiempo transcurrió.
—Hola, amigo —dijo alguien a su espalda—. ¿Buscas algo de diversión? —sus ojos marrones apenas y pudieron enfocar a la persona detrás de él.
Se trataba de un chico pelinegro de cabello largo, ojos felinos y una piel lechosa.
—¿A qué te refieres? —preguntó como pudo. Dudaba que este hombre estuviese intentando ligar con él. De haber sido así, lo habría rechazado, no le iban bien los tipos que se veían mucho más pasivos que él.
El hombre le entregó una tarjeta—. Algo de diversión, ya sabes a lo que me refiero—la tarjeta no decía mucho, salvo el nombre del posible negocio. “Midnight Red”, escritas con una tipografía bastante subjetiva—. A los hombres como tú les viene bien un pequeño relajante de vez en cuando.
Aun así, Kyu Hyun no comprendió de qué estaba hablando.
—No, lo lamento —le regresó la tarjeta y desvió la mirada, pero el tipo no se fue.
—Seré sincero contigo —apenas y podía escucharlo debido al sonido de la música—. Te estuve observando y créeme, te estoy haciendo un favor.
Todo permanecía a oscuras, el ambiente perfecto para chicos calientes que buscaban satisfacer sus fantasías, como si hacerlo en una esquina sucia o en un baño lleno de vomito sonase como la idea más candente de todas. Las luces led cegaban sus ojos y poco a poco comenzaba a sentirse más mareado. Kyu Hyun pensó que todo estaría bien. Seguiría embriagándose hasta morir una vez que este sujeto se fuera.
—Por favor.... no me interesa —soltó un tierno hipo y sorbió por la nariz.
El hombre chasqueó su lengua—. ¿Sabes? Estoy seguro de que tengo al chico perfecto para ti —sonrió. Le mostró dos perfectas hileras de dientes blancos a la par en que sus mejillas se hinchaban y sus ojos se hacían más delgados—. Es todo un caballero, no hay cliente a quien no haya complacido del todo.
—¿Cliente? —parpadeó con confusión. La figura frente a él comenzaba a hacerse cada vez más y más difusa conforme el sonido de la música se volvía más estruendoso en sus oídos.
—Lo amarás, todo el mundo lo ama —sonrió. Lo vio tomar su teléfono y desaparecer luego de un segundo.
Kyu Hyun se encontraba lo suficientemente mareado como para creer que se había tratado de una alucinación. Tomó el último trago y como pudo se levantó del banquillo de madera mientras apoyaba una de sus manos sobre la barra. Le entregó al barman su tarjeta de crédito y esperó pacientemente a que se la entregara. Tan atento joven merecía algo de propina, así que la dejó sobre la bandeja de metal luego de haber gastado parte de su sueldo del mes en el bar de antes y en este.
Creía tener la suficiente fuerza como para llegar a la avenida a tomar un taxi, aunque, de hecho, esa era su única opción en este momento. Se había quedado sin batería y no podía conseguir ningún auto con la aplicación que había descargado y aprendido a usar hacer poco.
Caminó entre toda esa multitud. El calor se expandía por su cuerpo. Estaba sudando como si fuese uno de los tantos que estaban bailando en la pista. Parpadeó más de una vez en un intento por espabilarse, pero lo único que vio fue una cortina desteñida de cientos de luces que se agitaban dentro de sus ojos y lo cegaban permanentemente cada vez que apretaba los parpados. Sea como sea, logró llegar hasta la escalera de metal. Se sostuvo con fuerza y subió escalón por escalón sin que su mentón terminase en la orilla de uno de estos en medio de un baño de sangre.
Había estado lloviendo estas últimas semanas. El aire a su alrededor se sentía húmedo y un poco pesado. Alzó su vista nublada hacia el cielo que permanecía en las mismas condiciones y tomó todo el aire que pudo. Agitó su mano en el viento, pero ningún auto se detuvo. Lo hizo por unos cuantos minutos más hasta que sintió como pronto se desvanecería en aquella acera de la avenida.
—¿Te encuentras bien? —preguntó una profunda voz que provenía de su costado derecho. Kyu Hyun no pensó que le estaban hablando a él así que no giró—. Hey, te estoy hablando a ti.
El castaño respingó en su lugar. Giró lentamente hasta dicha persona y entonces lo vio.
Ojos penetrantes y negros como el ébano. Cabello castaño claro, casi rubio. Piel acanelada y sonrisa seductora. Una voz vaporosa y sexi que le estaba llamando a él, no a ninguno otro de los chicos que estaban embobados viéndolo. El joven llevaba un chaleco de cuero negro. Sus brazos estaban descubiertos. Estos eran delgados, pero fuertes. Lo que más destacaba de estos eran las decenas de tatuajes que los adornaban. Llevaba un pantalón igualmente negro bastante ajustado y una polera blanca. Kyu Hyun observó esa preciosa frente descubierta y esos lindos ojos rasgados. El chico lo observaba fijamente.
El aroma que desprendía era casi tan delicioso y seductor como su apariencia y aura misma. Esta era la primera vez que Kyu Hyun se topaba con semejante espécimen de hombre.
Estaba ebrio, pero ni estándolo cientos de veces su imaginación habría podido crear un oasis tan atrayente como este.
—Yo.... —Kyu Hyun tartamudeó como nunca—. Estaba....
El chico sonrió de lado y aminoró la distancia entre ambos—. ¿Quieres un poco de compañía? —susurró dentro de su oído.
—¿Qué.... —la respiración de Kyu Hyun se descompuso— clase de compañía? —apretó sus manos mientras sus parpados se cerraban suavemente.
El rubio volvió a sonreír. Uso esa misma voz rasposa y sexi para hablarle al oído. Fue como un tramo de ceda la rosara tibiamente y otro de lija le rasgara con fuerza. Las rodillas del castaño temblaron y estuvo a punto de caer.
—Soy lo que venías necesitando, créeme —sentenció antes de que todo alrededor del castaño se hundiera en la oscuridad.
Sus ojos se sentían pesados, dolían cuando intentaba abrirlos, pero también lo hacían cuando se forzó a mantenerlos cerrados. Pensó que se encontraría en su apartamento con una fuerte resaca y con un poco de vomito en su camisa, pero cuando sus ojos castaños finalmente se abrieron se dio cuenta de que, en efecto, estaba ebrio, pero la sensación de la resaca no era la que había estado esperando. Todo lo contrario, y es que comenzaba a sentirse cada vez más y más despierto conforme enfocaba todo a su alrededor. No tenía vomito sobre su camisa y tampoco se encontraba en su habitación.
Sus ojos se agrandaron de golpe. Observó a su alrededor, pero sin tener la fuerza suficiente como para levantarse de la cama. Todo estaba un poco oscuro, a excepción de una ligera luz rojiza que pintaba el techo y las mesitas de noche a su lado. Kyu Hyun centró su vista en las cortinas. Estas permanecían cerradas y eran de un impenetrable color negro. Aun así, pudo ver por una pequeña hendidura de estas que aún no había amanecido. El castaño presionó sus manos sobre el colchón, luego pasó saliva y resintió la sequedad de su garganta. Como pudo, levantó su mano para cerciorarse de qué hora era, pero no llevaba puesto su reloj en el mismo lugar de siempre.
Ya un poco más espabilado y alterado, intentó incorporarse sobre la cama hasta que una fuerte punzada en la parte posterior de su cabeza lo obligó a gruñir y a contraer sus dientes. Apretó su mandíbula con fuerza mientras medio cerraba los ojos. Llevó una de sus manos a su cabeza, pero no había indicio alguno de que hubiese recibido algún golpe. Al poco rato se dio cuenta de que su ropa estaba desarreglada, de que había perdido su saco en algún lugar y que no llevaba su cartera encima. Esto no pintaba nada bien. Al parecer, cuando salió del bar, alguien lo había traído hasta aquí y le quito todo su dinero,
¿Solo eso? Se preguntó. Lo pensó un momento, pero sus suposiciones eran ridículas. Obviamente nadie se había aprovechado de él. No estaba desnudo y tampoco tenía ningún otro tipo de dolor en el cuerpo que no fuese el de la cabeza.
Kyu Hyun intentó tranquilizarse, pero no lo logró ni un poco cuando uno de las puertas de la habitación se abrió repentinamente. Una luz blanca inundó el cuarto, como si de una aureola mística se tratara. Kyu Hyun dirigió su vista hacia ese lugar solo para encontrarse con la imagen de un chico rubio, sin camisa, lleno de tatuajes y con los jeans abiertos. Los ojos de Kyu Hyun se agrandaron aún más ante la perfecta vista de su ropa interior negra, misma que no dejaba nada a la imaginación.
Este sujeto.... Pensó el castaño.
—Oh, despertaste, bonito —el chico llevó su cabello húmedo hacia atrás—. ¿Te sientes bien?
Kyu Hyun contó hasta tres y entonces saltó de la cama rumbo a cualquier lugar donde se encontrara la salida. Esto no es real. No está pasando. Esto no me está sucediendo. Se dijo incesantemente hasta que sintió como alguien tiraba de su brazo con fuerza y lo regresaba a su lugar.
—Hey, ¿adónde vas? —preguntó con aparente amabilidad mientras mostraba una sonrisa juguetona—. Todavía ni hemos comenzado.
Kyu Hyun intentó zafarse, pero fue inútil. A pesar de su apariencia flacucha, el chico le ganaba en fuerza.
—¡Suéltame! —dijo con convicción—. ¡Ya tienes mi cartera y mi reloj! ¡Ya no tengo nada más!
—Yo no te robé nada —intentó aclarar—. Nosotros....
Kyu Hyun entró en pánico—. Por favor, ni siquiera sé que estoy haciendo aquí o quién eres. ¿quién mierdas eres? —esta era la primera vez en mucho que se sentía tan exaltado y que elevaba el tono de voz de esa forma.
—¿Uh? —soltó una pequeña risita. Dejó el brazo de Kyu Hyun y alzó ambas manos en forma de rendición—. Soy Yesung, tu acompañante personal de esta noche. Nos encontramos afuera del bar, pero casi te desmayas así que tuve que traerte cargando. Tomé tu cartera para poder pagar el taxi, eso es todo.
De todo lo que dijo, había algo que resonaba más que cualquier otra cosa—. ¿Ac-compañante?
¿Este chico estaba hablando de sexo, no es así?
K.B.: ¿Hablamos de comida, verdad?
El chico rebuscó algo dentro de sus pantalones y frente a Kyu Hyun colocó una tarjeta que ya había visto antes, era la misma que ese extraño sujeto le había mostrado en el bar.
—Yo no....
—No tienes por qué ser tímido. Sé que a hombres como tú, tan elegantes, les gusta mantener su imagen, pero no pienso juzgarte —guardó la tarjeta—. ¿Quieres ducharte primero o....
—¡Espera! —colocó una mano frente al rostro del chico y la otra la llevó a su propio rostro. Estaba demasiado sobrepasado por todo—. Yo no contraté a nadie para que fuera mi acompañante —su labio inferior tembló—. Jamás haría algo como eso....
—¿Hablas de pagar por sexo?
—¡Ahhh! —cubrió su rostro con ambas manos. ¿Cómo se había metido en este tipo de situación? Esto le pasaba por embriagarse y enfurecerse de más al mismo tiempo—. No digas una palabra más —le advirtió y caminó de regreso a la habitación. Yesung le siguió con la mirada sintiendo un poco de curiosidad por este castaño—. ¿Dónde está mi reloj, mi cartera y el resto de mi ropa?
Lo pensó un momento—. Oh, están por allá —apuntó a una mesita en medio de la habitación—. No creo que vayas a necesitarlos hasta que terminemos.
¿Terminar qué? Se preguntó el castaño y se horrorizó por la familiaridad y descaro con que lo llamaba este sujeto a quien jamás había visto y quien se veía, por mucho, más joven que él—. Deja de hablarme de esa forma —giró a verlo y lo analizó—. ¿Qué edad se supone que tienes? ¿Siquiera eres mayor de edad como para hacer.... bueno, esto?
El chico se cruzó de brazos—. Primero, auch, y segundo, tengo veinticinco años.
—¡Eres diez años menor que yo!
—¿En serio? —le sonrió ladino—. Juraba que teníamos la misma edad, bonito.
—¡No me llames así! —suspiró—. Joder, tengo que salir de aquí —tomó su celular, pero recordó que este no tenía batería—. Grandioso.
Yesung observó la espalda del castaño. A decir verdad, esta no era la primera vez que trabajaba para un hombre con esa misma facha, la de un oficinista demacrado que buscaba un poco de diversión, aunque obviamente no iba a decírselo en la cara. Este castaño lucía como la mayoría, ya saben, cien por ciento gay, pero no con las suficientes agallas para vivir de esa forma. La mayoría estaban encadenados a matrimonios arreglados, tenían familia y no querían problemas. Esas eran el tipo de personas que siempre venían a buscarlo. Siendo sincero se había acostado con más hombres casados y “heteros” de los que podía recordar, pero su trabajo era otorgar placer y no preguntar sus razones.
Cuando su hyung le llamó esta noche y le dijo que este sería su próximo cliente, no se lo pensó mucho, la paga era la paga y este trabajo se le daba bastante bien. Así que sí, tuvo que cargar con el cuerpo ebrio de este castaño hasta el hotel de siempre. Este no tenía indicios de querer despertar, así que solo lo observó de lejos mientras dormía aferrado a una de esas almohadas carmesí. Cuando lo vio bien, se dio cuenta de que tenía una cara juvenil que contrastaba con esa ropa aburrida. Su cabello castaño caía desordenadamente sobre su frente pálida. Sus mejillas estaban severamente sonrojadas por el alto nivel de alcohol en su sangre. A decir verdad, se veía un poco adorable mientras daba vueltas en la cama en un intento por aferrarse a algo.
Este predisponía un trabajo como cualquier otro, una sola noche en donde todo acabaría demasiado pronto y donde ambos terminar disfrutándolo sin duda. Eso fue lo que pensó el rubio hasta que este hombre en la cama despertó.
El castaño decía que quería irse, de hecho, estaba a nada de hacerlo. La situación era interesante. Hace mucho tiempo que una persona no le generaba tanta curiosidad. Es decir, lo pensó por un segundo, pero este hombre no se veía como el tipo a quien le gustaba jugar esa clase de roles. Seguramente no quería ser forzado ni estaba actuando una escena de desentendido.
Curioso e intrigado, Yesung se dijo que tendría que tomar la iniciativa y completar el trabajo. Necesitaba el dinero y este castaño era alguien interesante.
El rubio volvió a jalarlo del brazo mientras el más alto casi terminaba de colocarse su reloj de mano. El cuerpo del castaño cayó sobre la cama pesadamente con el cuerpo de Yesung sobre el suyo. Kyu Hyun pataleó, pero no le funcionó de mucho. Intentó golpear al chico, pero este tenía inmovilizadas sus manos a cada lado por sobre su cabeza.
Tras luchar por otro instante más, Kyu Hyun se quedó bien quieto ante la visión de este chico, una que lo dejó petrificado. Observó sus profundos y penetrantes ojos. Su sonrisa ladina y esos pómulos elevados. Lo escuchó soltar una risita ahogada, casi como un profundo eco que brotó de su garganta como un murmullo arrebatador que lo dejó helado. Los mechones rubios colgaban frente a Kyu Hyun. Pronto se encontró teniendo un visión estimulantemente tentadora de un joven de poco más de veinte años demasiado hermoso, sin camisa y dispuesto a tener sexo con él. El rubio le estaba poniendo al alcance toda esa vitalidad repleta de sensualidad que mostraba en cada suspiro o sutil movimiento.
Aún un poco ebrio y con toda la frustración sexual que venía guardando desde hace un tiempo, fue seducido por esa imagen.
—Al fin te calmaste —su cálido aliento choco con el de Kyu Hyun en medio de una nube húmeda y vibrante—. Veo que no tienes experiencia en estas cosas. Te creo, pero también pienso que eres muy lindo. Dime ¿es tu primera vez? —al ver la reacción del castaño, se apresuró a corregir—Es decir, la primera vez que haces algo como esto, contratar a alguien para....
—¡Yo no te contraté! —volvió a patalear, pero sin importar cuánto hiciera, era como si su cuerpo no quisiera moverse de allí, de debajo del cuerpo imponente y exquisitamente expuesto del más joven.
—Bien, bien, lo entiendo, pero —se inclinó más cerca sobre el rostro del castaño— podrías intentarlo. Las nuevas experiencias nunca están de más—repasó el cuerpo del más alto con una rápida vista de arriba abajo—. Por mí no hay problema.
Kyu Hyun sintió miedo. ¿Realmente estaba considerando tener sexo con un jovencito como este?
No, por supuesto que no—. Eso no....
Yesung llevó su dedo índice a los rosados labios de Kyu Hyun—. Relájate, no te morderé a menos que me lo pidas —susurró dentro de su oído. Soltó las manos del castaño, mismas que cayeron pesadamente sobre las almohadas, pero que ya no intentaron alejarlo—. Los besos no están permitidos, pero ya que es tu primera vez —elevó su mentón— podría hacer una pequeña excepción por ti, hyung —sonrió—. ¿Así está mejor? Puedo ser un buen chico.
—Yo....
Hace tanto que no lo besaban así de bien. No, de hecho esta era la primera vez que alguien lo besaba de esa manera. Los labios eran sin duda expertos. Movía su lengua con tal maestría que Kyu Hyun se sintió como un completo pelele en sus manos. Su aliento era tan infernalmente caliente. La esencia que se desprendía de sus labios era dulce y amarga al mismo tiempo. Kyu Hyun apretó sus labios. Imposible que hubiese hecho falta tan poco para que cayera en una locura como esta. Todo parecía un sueño mal ideado por su mente frustrada.
—Abre la boca.... —pidió el chico mientras se frotaba sobre su pecho—. Ábrela... —le pidió nuevamente, pero tuvo que guiarlo con su pulgar hasta que el castaño finalmente cedió—. Ese es mi chico —dijo con un tono de voz dulce y seductor al mismo tiempo.
Kyu Hyun sintió aquel trozo de carne, caliente, húmedo y escurridizo hundiéndose dentro de su garganta, saboreando su paladar y degustando todo a su alcance. Casi termina ahogándose a falta de oxígeno, o más bien, por un momento se olvidó de como respirar correctamente sin antes tener que renunciar al exquisito roce que le estaba proporcionando ese joven tan sublimemente atractivo. Kyu Hyun veía hombres atractivos a diario, muchos de ellos eran su tipo, pero jamás hizo algo al respecto. Estaba ebrio hace un momento, así que la iniciativa no fue suya, sino de este rubio. Al parecer, el chico era alguna especie de trabajador sexual que le estaba ofreciendo sus servicios.
Pudo haberse negado, pudo haber tratado de huir de la situación y dar por sentado que seguía siendo una persona con raciocinio, lo suficientemente decorosa, como para saber que esto estaba terriblemente mal. Pero había algo en este joven que no podía ignorar. Se sentía atraído por él, como si su encuentro de esta noche no hubiese sido solo simple casualidad. Sonaba estúpido y probablemente seguía tratándose del alcohol en su sistema, pero Kyu Hyun se permitió ser infantil e imbécil por un instante y deseó creer que era así. Esto no era simple casualidad.
¿Qué es lo que me está sucediendo? ¿Me he vuelto loco? Se preguntó mientras sentía cómo su piel era tocada hábilmente con esos finos dedos. Cada roce era excepcionalmente placentero. Tan cálido, tan suave e incitador al mismo tiempo. El joven estaba siendo amable. Kyu Hyun no podía saberlo, solo se había acostado con dos imbéciles hace tanto tiempo. No tenía experiencia con los hombres, pero había algo en su presencia, en su toque, en su voz, incluso su aroma que se sentía tan dulce y considerado, pero sin dejar de lado esa excitación palpable.
—¿Te estoy haciendo daño? —preguntó el rubio cuando dos de sus dedos se adentraron dentro de la cavidad de Kyu Hyun, misma que no había sido tocada de esa forma nunca antes—. ¿Quieres que....
—No los saques.... —rogó mientras mordía sus propios nudillos— se siente... muy bien —se permitió ser sincero por primera vez en la noche.
Yesung sonrió como lo hacía siempre, cauteloso, seductor y controlado. Siempre le mostraba a sus clientes lo que querían de él, les decía lo que esperaban escuchar y se complacía de darles el mismo placer. Hacer sentir bien a los demás era una buena manera de vivir su vida, aun cuando esto significaba tener que ofrecer su cuerpo y todo lo que era a cambio.
Había algo en este castaño. Siendo sincero, jamás se había topado con un chico que no quisiera sus servicios; no quería ser demasiado narcisista, pero conservaba este empleo por una razón y era porque a los clientes les gustaba tener sexo con él. Algunos tenían fetiches raros, les gustaba el sexo violento, los juegos de roles, incluso se mostraban tímidos en un inicio como este castaño de aquí, pero ¿rechazarlo? ¿Huir? No, eso jamás sucedió.
Tenía curiosidad, aunque no demasiada. Nunca era conveniente que supiera mucho sobre sus parejas nocturnas.
Sintió el interior apretado y repleto de músculos moverse inquietamente entre sus dedos. El chico estaba húmedo y caliente, como si no hubiese sido tocado de esta forma en demasiado, en realidad, mucho tiempo. Estaba tan apretado. El cuerpo de este castaño estaba reaccionando más de la cuenta. Sus brazos se movían inquietamente sobre las sábanas. Su piernas se contraían junto con los dedos de sus pies. Su pene, con la cabeza rosada y brillante llena de presemen, se veía demasiado tentador. Era de buen tamaño, no tan grande como el suyo, pero si demasiado adorable a su manera.
Cuando los dedos del rubio abandonaron su interior, Kyu Hyun elevó su rostro. Lo vio acercarse a su vientre. Su lengua rosada y húmeda delineo alrededor de su ombligo, luego bajó a su pelvis e hizo lo mismo mientras repartía un gentil beso de vez en cuando junto con un travieso mordisco que lo hizo respingar más de una vez. Mordió su labio inferior. Las intenciones del joven eran claras, pero Kyu Hyun quiso protestar.
—No.... no es necesario que lo hagas —pidió con los ojos vidriosos y una voz que, en lugar de opositora, sonaba anhelante—. Jamás.... nadie nunca....
—Hey, está bien —de nuevo esa amabilidad—. Sé que los hombres de Corea son un poco cerrados de mente para este tipo de cosas, mojigatos, en realidad, pero para eso me tienes. Puedo hacer todo lo que quieras y te apetezca —sonrió mientras llevaba su mano a su cabello y descubría su frente. Kyu Hyun observó los tatuajes en sus nudillos—. Créeme, jamás te propondría hacerlo si no estuviese seguro de cuánto vas a disfrutarlo —le guiñó un ojo—. ¿Puedo, bonito?
Allí fue cuando Kyu Hyun comprendió que era débil a este hombre y que jamás podría decirle que no.
—¡Ahgh~! —abrió sus labios mientras apretaba las sábanas debajo de su cuerpo. Los dedos de sus pies fueron hacia dentro y su cadera hacia adelante, logrando así que su miembro se internara con más ahínco dentro de aquel húmedo y cálido pasaje.
Yesung llevó sus labios de arriba abajo. Mordió delicadamente un par de veces, como jugando con la paciencia del castaño. Su mano estimuló el pecho de Kyu Hyun, especialmente aquellas dos protuberancias que se alzaban sobre la piel nívea. Abrió los ojos para dar un vistazo al hombre que se deshacía de placer sobre la cama. Era excitante. Jamás había tenido problema alguno para lograr una erección, pero este hombre se lo estaba poniendo demasiado sencillo. Pese a sus repeleos iniciales, terminó cediendo bastante fácil. Esta era la primera vez que veía un cuerpo como ese. Definitivamente era un poco mayor que él, pero eso justamente le daba su encanto. Su vientre, no firme, pero aún así apetecible, le llamaba a tocarlo con frecuencia. Sus piernas abultadas y sus caderas acolchonadas. Su boca roja y esas tiernas mejillas. Esos ojos marrones que, aunque tímidos, tenían una chispa de lívido descontrolado que luchaba por permanecer oculto.
Tras esos ojos vidriosos, Kyu Hyun observó los ojos del rubio mientras este le regalaba el primer y mejor oral de toda su puta vida. Su mano se elevó por sobre la cabeza del más joven, permitiéndose posar esta sobre su cabeza. No ejerció presión, el chico sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Estaba a nada de correrse, pero antes de llegar al preciado y tan anhelado orgasmo, los jugosos y expertos labios le abandonaron dejando una estela de fluidos en el camino.
Kyu Hyun llevó las manos a su pecho, como si hubiese un ente frente a él del que debía protegerse.
Lo siguiente que vio fue al joven sacarse la polla de entre los calzoncillos. Él único completamente desnudo allí era el castaño. Yesung permanecía entre sus piernas con esos jeans desbrochados y ropa interior desacomodada. Era una visión tan sexi. Era la primera vez que un hombre como él, que un hombre tan apuesto y viril como ese estaba entre sus piernas.
Yesung tomó los tobillos del castaño y lo arrastró hacia él. Kyu Hyun soltó un gemido de sorpresa.
El chico rebuscó entre sus pantalones—. Tranquilo, prometo portarme bien —tomó una pequeña bolsita metalizada y la abrió con sus dientes—. Al menos, planeo hacerlo hasta que comiences a acostumbrarte —hábilmente se colocó el condón. Estimuló el pene de Kyu Hyun al mismo tiempo que su pene rozaba contra su entrada que abría y cerraba.
—Espera.... —Yesung llevó uno de sus dedos a los labios del castaño.
—Sé lindo y relájate para mí—dejó un pequeño beso en sus labios—. ¿De acuerdo?
Yesung se deslizó dentro de él. Kyu Hyun cerró sus ojos con fuerza. Joder. No debía sentirse así de bien. El sexo jamás debía sentirse tan adictivamente bien.
Al cabo de un rato, el castaño estaba en cuatro sobre la cama. El rubio sostenía su vientre mientras sus caderas iban de atrás hacia adelante. Una de las manos de Yesung se aseguró en la madera del respaldo de la cama, así encontró un mejor soporté para arremeter con todo contra aquel dulce y apretado trasero.
—Ahgh... mierda ahghh~ —sostuvo las caderas del castaño con fuerza—. Estás tan apretado.... Parece que tenías un tiempo sin hacerlo.... ¿Cómo es eso posible? —con su lengua recorrió toda la línea de su espalda hasta uno de sus hombros.
—Nadie.... ahghh nadie lo haría conmigo —confesó en medio del frenesí mientras llevaba sus caderas al encuentro del rubio.
Yesung observó tan divina figura debajo de él. Pálido, sudado, pero sonrojado en los lugares correctos y completamente deshinbido. ¿Quién iba a decir que ese renuente castaño terminaría siendo tan apasionado?
Yesung rio levemente—. Los hombres deben haberse vuelto locos mghg~ —apretó uno de sus glúteos con fuerza y Yesung mordió su labio inferior al ver cómo su pene salía y volvía a entrar en el castaño—. Eres tan encantador, bonito —se acercó a su oído—. Voy a joderte toda la noche, te lo aseguro, pero no te preocupes —dio una fuerte embestida— te prometo que vas a disfrutarlo.
Final del Preludio
“La agonía de un pobre tonto en manos del seductor”
Todos los pequeños, efímeros y casi imperceptibles momentos que compartía con Yesung significaban algo irreparable, pero especial —al menos, para Kyu Hyun eran especiales—.
Con el paso del tiempo, Kyu Hyun descubrió ciertas manías. Por ejemplo, que podía observar al rubio por horas y horas en la oscuridad de aquella habitación sin cansarse nunca. Se había hallado repasando con la yema de sus dedos las mismas curvaturas de su cuello, clavícula prominente y mandíbula afilada. Se había grabado de memoria cada uno de aquellos tatuajes extravagantes, pero que iban tan bien con él y esa personalidad libertina. Jamás iba a tener suficiente de verlo, tocarlo o sentirlo cerca.
Con frecuencia se preguntaba, con cierta inquietud, cómo un hombre tan joven podía tener tanta mística en cada uno de sus movimientos. Yesung era indudablemente hermoso. Exudaba un encanto sin igual en cada parte de su esencia. Su voz. Sus ojos, su respiración pausada, incluso su andar. Era hermoso, tan hermoso, joven y repleto de posibilidades.
El castaño giró levemente sobre sobre la cama. Su tibia y desnuda figura, impregnada aún por los estragos del sexo, se apoyó suave y temerosamente sobre la delgada espalda del rubio. Kyu Hyun sabía que estaba despierto. Sus lindos ojos marrones, quizá lo único que no había sufrido los estragos del tiempo y que se volvían más joviales cuando estaba con él, se posaron sobre aquella piel aceitunada. En la espalda de Yesung había muchos y pequeños lunares, en los omoplatos y sus hombros también. Pequeñas marcas como esas eran más cautivadoras que cualquier otra cosa que hubiese visto antes.
—¿Qué sucede? —preguntó Yesung con la voz ronca y en un tono perezoso.
Kyu Hyun dejó un pequeño beso sobre su hombro—. No es nada, solo veía tus lunares —confesó con tiento mientras paseaba sus manos pálidas por la superficie. Kyu Hyun rio suavemente—. Oh, tienes otro por aquí —presionó un pequeño lugarcito bastante escondido en la nuca del rubio—. No me imaginé que hubiese tantos.
Ambos se encontraban completamente desnudos entre las sábanas. Sus cuerpos aún estaban húmedos e indudablemente exhaustos, pero detalles como esos no importaron a ninguno.
Yesung se permitió alejarse de las reglas y disfrutó de las caricias del mayor—. ¿Debería contar los tuyos? —tomó una de las manos del castaño y sonrió con picardía.
Negó—. Creo que te vendría bien otro tatuaje en este lugar —acarició su hombro izquierdo antes descender esas pequeñas mariposas azules que revoloteaban en los brazos del menor—. Tienes suerte, no creo que exista otra persona a quien puedan vérseles mejor que a ti.
Kyu Hyun sabía que no estaba bien hacer ese tipo de comentarios. Lo sabía, pero los culpaba a ambos, a Yesung y a él. Kyu Hyun, con el poco raciocinio que le quedaba, alzaba las barreras entre ellos, pero el rubio las derribaba con esa innecesaria y, demasiado confusa, dulzura suya, una tan natural que, inevitablemente, le daba esperanzas al castaño, casi como si no se tratase de un acto bien elaborado, uno que usaba con tantas otras personas.
El rubio rio con diversión—. Tus halagos siempre son algo extraños, bonito —besó sus nudillos—.¿Estás tratando de seducirme? —dejó otro beso en el antebrazo del castaño—. No es que tenga problema, pero hace solo un momento dijiste que ya no podías más.
El castaño se ruborizó—. Yah. ¿Quién está seduciéndote? —empujó su hombro—. Además, no trates de culparme, tú siempre estás excitado.
Yesung sonrió nuevamente—. Es culpa de ese lindo trasero tuyo —giró en un limpio movimiento su sujeto al castaño de tal forma que este quedó sentado sobre sus muslos. Yesung se alejó unos centímetros para observarlo. Sonrojado, lleno de marcas, sudoroso y con su flequillo castaño desbordándose por su frente pálida—. ¿Nos veremos mañana?
¿Por qué pregunta algo como eso? Se dijo el castaño a sí mismo. Si de él dependiera, si realmente fuese su decisión, lo tendría encadenado en esta habitación día tras día para que nadie más pudiese arrebatárselo. Que pensamiento más tonto ¿verdad?
Aun así, negó con la misma fuerza de voluntad que había aprendido a fingir—. Mañana estaré demasiado ocupado —mentira, una que alzaba nuevamente las barreras entre los dos. Kyu Hyun tenía que mantener seguro ese pequeño y casi imperceptible espacio que lo mantenía a salvo para que no le rompieran el corazón—. Seguramente tienes mucho trabajo sin que debas lidiar conmigo.
Yesung lo observó con curiosidad, luego dejó un suave beso sobre la clavícula del castaño—. ¿Sabes? Hasta no hace mucho seguías ocultándote debajo de las sabanas para que no pudiese verte —cambió de tema drásticamente—. Ahora andas desnudo por todo el lugar como todo un sin vergüenza
Yesung nunca hablaba de su trabajo. Nunca le confirmaba que, en efecto, tenía otros clientes a los cuales atender antes o después que a él. Era demasiado amable. Su amabilidad dolía.
Kyu Hyun se pasó esa amargura por su garganta—. Lo aprendí de ti —rio como solo él podía hacerlo, con los ojos levemente apretado, mostrando sus perfectos dientes con esa expresión brillante y malvada en sus ojos marrones.
—Te he mal criado demasiado —apoyó su frente en el pecho desnudo del castaño. Se llenó de los latidos de su corazón y sonrió. KyuHyun era encantador, incluso en momentos así, su respiración y su aroma, todo de él lo aturdía—. Me gustas.
Kyu Hyun acarició su cabello—. Y tú a mí —su expresión cambió de un momento a otro; fue bueno que Yesung no pudiese verla o estaría en graves problemas, se daría cuenta de la tristeza en sus ojos.
Debía disfrutar de estos pequeños y falsos momentos porque no iban a durar demasiado.
—¿Me llamarás mañana? —preguntó de nueva cuenta.
¿Qué está esperando que diga?
Kyu Hyun se la pensó un momento—. No lo creo —sentenció y se desprendió de los brazos del contrario para tumbarse en la cama—. Tengo una reunión mañana —mentira.
Con Yesung aprendió muchas cosas, entre ellas, aprendió a mentir la cual no era más que otra de las tantas medidas que debes tomar para encubrir lo débil que eres.
Yesung entrecerró sus ojos, frunció su ceño y lo observó con una mueca llena de indiferencia por unos segundos, luego de esto los tumbó a ambos sobre la cama. Besó su pecho y Kyu Hyun tembló en todo aquel recorrido hasta que los labios del mayor quedaron sobre su pecho y sus caderas entre las suaves y abultadas piernas de Kyu Hyun. Yesung dejó un beso tras otro sobre la superficie. Se llenó de los gemidos del más alto y sonrió con tintes de soberbia. No tuvo que obligarlo a abrirle sus piernas. Cuando los besos se detuvieron, Kyu Hyun lo observó con curiosidad.
Yesung no era más que una dulce tortura. Sus ojos rasgados e imponentes, tan profundamente negros y audaces. Kyu Hyun se doblegaba ante ellos enteramente con una sola mirada. Apenas y podía recordar cuál era su nombre mientras estaba entre sus brazos.
Kyu Hyun sintió como Yesung abría su trasero con ambas manos. Llevó una de las suyas hasta la cabeza del menor para tratar de apartarlo. Había tomado una ducha antes, pero se sentía algo sucio. Sin embargo, Yesung sujetó alejó sus manos y le miró desde abajo. Solo eso hizo falta para que dejase de luchar. La lengua del lubio delineó lentamente su labio inferior antes de morder el interior de uno de los muslos del castaño. No podía dejar marcas, así que fue solo un instante y luego lo soltó. Kyu Hyun mordió su labio inferior.
—Eres tan necio —llevó dos de sus dedos, ya húmedos a la entrada del castaño. No hacía falta que lo hiciera, Kyu Hyun ya estaba perfectamente abierto y amoldado a él—. Es una suerte que me gustes tanto a pesar de que te comportes tan frío conmigo algunas veces—dijo aquello con un poco de rencor en sus ojos, un sentimiento que Kyu Hyun no capturó de inmediato.
¿Gustarte? Cómo si eso fuese posible. Aun cuando sabía que era mentira y que esta misma lo estaba lastimando, Kyu Hyun nunca dijo nada al respecto, era masoquista de su parte, lo sabía, pero estaba bien con eso. Yesung siempre decía cosas como esas, le decía que era lindo, que lo hacía reír, también le decía que le gustaba. Algunas veces lo llamaba cariño o le sonreía recíprocamente a cada acto o palabra suya que sobrepasaba los límites establecidos entre ambos. Sin embargo, muy a su pesar, nada de lo que salía de esa deliciosa y adictiva boca, era verdad.
Kyu Hyun siempre se decía lo mismo, que recibiría el cariño que Yesung aparentaba darle y que este no trastornaría sus emociones, que jamás iba a enamorarse de un joven así. Sin embargo, se tendió una trampa a sí mismo. Este brillante, hermoso, seductor, la encarnación misma de la seducción, pero hecha hombre, no sería tan cruel para mentirle ¿verdad? Cualquier cosa que saliese de sus labios, esos que, a su vez, eran el pecado mismo, no podía ser todo mentira ¿no es así?
Lo era, todo era mentira.
—¿De verdad te gusto? —preguntó entre gemidos mientras que Yesung alineaba su miembro en su entrada húmeda—. Ye... Yesung ahghh~ —hundió su cabeza en la almohada.
El pelinegro le miró desde esa posición. Rozó a carne viva su pene con la abertura de Kyu Hyun, pero luego se puso un condón y se acercó lentamente a los labios del castaño—. Me gustas, Kyu Hyun —respondió en medio de una aparente expresión de sinceridad que le hizo temer a Kyu Hyun.
El miedo que podía llegar a sentir por este hombre era comparable solo en el deseo y la lujuria que le provocaba, ambas en cantidades igual de peligrosas.
Kyu Hyun llevaba mucho tiempo pensando en eso. ¿Qué iba a suceder cuando se lo dijera? La respuesta era sencilla. Yesung solo le diría lo que quería escuchar aun cuando no sintiera lo mismo, lo haría solo porque era demasiado amable con él, siempre lo había sido. Le diría lo que quería escuchar porque sabía que lo haría sentir bien, y hacer sentir bien a los demás, sin importar quién fuese, era la especialidad de Yesung. Aun así, le creyó por un efímero instante y se dejó embargar por el deseo. Abrió sus piernas automáticamente y atrajo al rubio con sus brazos. Este le respondió como siempre. Lo sintió apretar sus muslos, luego, en un fino y incitador movimiento, elevó sus pantorrillas entre sus antebrazos.
Este era el único momento en que se sentía enteramente pleno. ¿Quién iba a decirlo? Se sentía feliz aun cuando eso también era mentira. Se sentía amado a pesar de que era imposible. Se sentía importante, pero no lo era, mucho menos para él.
Kyu Hyun se había vuelto un experto en el arte del sexo como en el arte de la mentira. Yesung también era bueno mintiendo, con la única diferencia, claro, de que el único que estaba creyendo sus propias mentiras era Kyu Hyun y este era el único que iba a salir lastimado.
A Yesung le gustaba que con Kyu Hyun todo fuese sencillo, así podía acostarse con quien fuese sin pensar mucho en él. Podía decirle cuánto le gustaba, pero el remordimiento no se hacía presente porque Kyu Hyun jamás tenía que saberlo. Más importante, Kyu Hyun jamás renegaba de nada de lo que le daba. Es decir, le gustaba que KyuHyun le fuese incondicionalmente fiel. Eso volvía las cosas más sencillas para un maniaco del control como él.
Yesung tenía muchas cualidades, claro, aparte de un increíble atractivo físico y una entera disposición para satisfacerte en la cama. En algo lo había llegado a conocer, al menos un poco, y por eso pensaba que se trataba de una persona amable, de alguien a quien en gran medida le importaban los sentimientos de los demás. Es decir, Yesung pensaba fríamente antes de actuar. Se le daba bastante bien interpretar el papel del tipo de hombre que jamás haría sentir más o menos importante a cualquiera de las personas con las que llegaba a compartir una cama.
Como ejemplo de su amabilidad, cuando el rubio recibía una llamada, lo cual ocurría constantemente, jamás respondía en la habitación en donde estaba Kyu Hyun, pero tampoco se desprendía fríamente del cuerpo de este. Solía despertarlo con un gentil movimiento. Le decía que regresaría en un momento y entonces lo arropaba suavemente.
En realidad nunca hablaban mucho sobre el trabajo como acompañante sexual de Yesung. Kyu Hyun no le preguntaba. Y no lo hacía porque no era de su incumbencia, porque era un límite que debía respetar con tal de protegerse a sí mismo. Otra de las razones era porque tenía miedo. No quería salir lastimado antes de tiempo.
Kyu Hyun, recostado sobre la cama, fingiendo que dormía, lo observó marcharse. Tenía una sábana sobre su cuerpo, una que apenas y le cubría el trasero y parte de los muslos. Yesung se alejó como siempre, diciéndole que volvería en un momento, pero antes de irse le dedicó otra corta caricia en su cabello castaño. Kyu Hyun, quien había estado vientre abajo, giró sobre la cama y se abrazó con necesidad a la almohada en sus manos.
Una de las mejores cosas de Yesung era su amabilidad, pero también era algo malo, volvía todo más y más difícil.
Estaría siendo egoísta al culpar por completo la amabilidad de Yesung. Puede que más bien se tratase de esa pequeña esperanza de que el rubio hubiese comenzado a verlo de la misma forma en que el lo hacía. Sin embargo, Yesung solo le mostraba lo que quería ver, lo cual facilitaba esa visión suya tan perfecta y considerada. Kyu Hyun sabía mejor que nadie que él no era especial, pero Yesung no iba a confirmárselo ni mucho menos. El castaño sabía que no era más que otra de esas tantas personas con las que se acostaba, pero le costaba comportarse como tal, y sobre todo, mantener los sentimientos al margen. Yesung jamás lo haría sentir como uno más, pero eso también era una forma de herirlo.
Estaba bien, él lo dejaba herirlo cuanto quisiera. La culpa era suya.
El castaño, de manera masoquista se preguntó: ¿A cuántas otras personas él le habrá hablado dulcemente? ¿A cuántos chicos más jóvenes y hermosos no los habría hecho sentir de la misma forma? Pero su necesidad por Yesung se había vuelto tan obsesiva que estaba dispuesto a tragarse ese dolor. Y es que, todo habría sido más sencillo si no hubiese mezclado los sentimientos y si hubiese visto al chico como nada más que una simple herramienta para satisfacer su frustración sexual.
Reflexiones como esas lo ponían en entredicho. Kyu Hyun era una persona emocional. Pensar en herir a Yesung, aun cuando esto era prácticamente imposible, le oprimía el corazón. No podía culparlo. No podía enojarse con él. La culpa era suya y sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Sabía que esta relación debía terminar antes de verse enteramente comprometido.
Entonces ¿por qué estaba en esa cama nuevamente? ¿Por qué se hallaba desnudo y vulnerable a la espera de un hombre que jamás se entregaría a él por completo?
Yesung pertenecía a muchas personas. ¿Qué parte de él le pertenecía a Kyu Hyun? Ojalá pudiese saberlo y así tendría algo de consuelo.
Escuchó como la puerta se abría y fingió estirarse, como si recién hubiese despertado. Escuchó cómo Yesung se acercaba lentamente. Cuando sintió cómo una de sus manos buscaba su rostro, Kyu Hyun los abrió y lo observó fijamente un segundo, segundo en donde se olvidó de todo lo malo que pasaba por su mente siempre que lo tenía lejos. Yesung regresó ya duchado, siempre hacía lo mismo y jamás se quedaba a dormir en la misma cama porque debía ir a la alguien más. Yesung le mostró una sonrisa seductora y lo miró con intensidad.
—Tengo que irme —es lo que él siempre decía. Probablemente debía sentirse acostumbrado. Esa sencilla acción suya era un recordatorio de que todo lo vivido en esta habitación jamás duraría tanto como quería.
Kyu Hyun tenía que alejarse, pero no sabía cómo. Es más, el solo pensamiento le torturaba el alma.
—Lo sé —respondió Kyu Hyun y trató de aparentar fortaleza—. Revisa tu cuenta, el dinero está allí —sonrió como de costumbre, con la misma máscara de indiferencia que usaba para que Yesung pensara que aún continuaban dentro del mismo juego. Kyu Hyun vivía con el miedo constante de que el rubio pudiese ver a través de él.
Yesung asintió levemente. Llevó una de sus manos al cabello castaño del mayor y soltó un pequeño suspiro.
—¿Me llamarás si cambias de opinión? —preguntó como siempre, haciendo sentir a Kyu Hyun que responder con un “sí” a todo lo que él dijera.
Así fue—. Lo haré —apretó las manos y lo observó alejarse en silencio.
A estas alturas ya tenía bien grabado el sonido que hacía la ropa cuando esta abandonaba el cuerpo del chico, pero también reconoció el sonido de la despedida que premeditaba. Cerró sus ojos marrones levemente. Yesung terminó de ponerse su ropa interior, tomó sus jeans, su polera negra y su chaqueta de cuero, la que estaba ya un tanto desgastada.
Kyu Hyun mordió su labio sin poder evitarlo.
—Nos vemos luego, Kyu Hyun —se despidió con un simple movimiento de mano y desapareció como venía haciéndolo desde hace cinco meses.
No, ellos no eran amantes. Compartían su cuerpo el uno con el otro, pero hasta ahí. A su edad y con su aspecto, Kyu Hyun había tenido suerte, más que suerte, había sido un milagro que alguien como Yesung apareciera para acostarse con él. Sí, era a cambio de dinero y eso no le enorgullecía en lo mas mínimo, pero prefería ser egoísta y doble moral antes que elegir la lejanía de ese hombre. Yesung no era su amante, jamás iba a serlo, solo era el chico con el que venía reuniéndose por las noches desde hace cinco meses atrás.
Yesung no era más que el atractivo y cautivador joven de veinticinco años a quien le pagaba para follárselo, pero, claro, también era el hombre de quien se había enamorado estúpidamente.
Esa mañana ya iba tarde al trabajo. Nuevamente se había quedado a dormir en una cama que no era la suya, pero a una que ya debería estar acostumbrado, pues pasaba más tiempo en habitaciones de hoteles que en su propio apartamento. Había olvidado traer un cambio de ropa, así que regresó a casa, tomó una ducha y eligió un traje para ponerse antes de salir al trabajo, en donde perdió más de diez minutos y por eso es que iba tarde.
Como el resto de días, hizo su mejor esfuerzo por fingir que no le invadía ese intenso y familiar cosquilleo dentro de su estómago. Cho Kyu Hyun, treinta y cinco años, tenía que seguir fingiendo que era una persona norma con una vida obviamente patética. Nadie podía enterarse de que por las noches se dejaba follar por un joven diez años menor que él quien, por cierto, era un trabajador sexual.
Siempre se preguntó cómo reaccionarían sus padres si se entraran de un escándalo como ese. Probablemente lo amenazarían como todo aquel con un poco de fortuna en Corea del Sur, con eso de desheredarlo o quizá con no volver a dirigirle la palabra por lo que les quedaba de vida. La familia Cho, sus padres y su hermana, Cho Ahra estaban esperando la noticia de un reciente compromiso. Su familia seguía creyendo que él vivía desesperado de obtener esa validación suya que, en el mejor de los casos, lo haría sentir menos fracasado.
Dejando de lado el hecho de que no iba casarse con ninguna chica o que era homosexual, tampoco es como si tuviera a alguien para presentarles.. La única persona que cumplía con un rol mínimamente parecido se hallaba muy lejos de su alcance.
Cómo sea. Ya iba tarde al trabajo. Su estómago continuaba revuelto. Un dolor intensó comenzó a invadirle desde el centro de su frente y terminó expandiéndose hasta sus parpados. No había bebido anoche, pero se sentía como si estuviese teniendo la peor resaca de toda su maldita vida. Muy probablemente ese era otro de los efectos que tenía Kim Yesung sobre él. Tenerlo tanto tiempo en la mente era malo para su pobre y estúpido corazón.
—¿Puedes entregar estos informes más tarde? —preguntó su jefe y él asintió como si nada, como si su cabeza no estuviese en otro lado.
Nunca lo intentó demasiado, pero ya ni siquiera podía concentrarse en su maldito y estúpido trabajo, pero estaba bien, ya que tampoco podía concentrarse en ningún otra cosa. Yesung, ese enigmático y amable chico, se había convertido en una especie de obsesión, o mejor dicho, una especie de infección que no podía detener ni controlar. Yesung ya estaba inmerso en su vida pese a que no debía, pese a que todo debía reducirse a ambos en esa habitación. Él estaba en todo a su alrededor y era sumamente patético porque Kyu Hyun sabía que Yesung ni siquiera pensaba en él, y mucho menos lo haría si estaba con alguien más en estos momentos. No, no estaba pensando en él. Yesung era demasiado amable como para pensar en otra persona mientras se acostaba con otra.
No quería imaginarlo con alguien más, pero era inevitable. Sentía tanta desesperación. Quería monopolizarlo por completo y encontrar algo de paz en ello, pero era imposible. Todo lo que tenemos es esto. Pensó tristemente mientras se apoyaba con ambos antebrazos en la superficie de su escritorio.
—Buenos días, Kyu Hyun —Kyu Hyun giró su silla.
Choi Min Ho, treinta y cinco años, ex compañero de grado y compañero de trabajo desde hace cinco años. Tenía la piel ligeramente bronceada, cabello castaño oscuro. Sus ojos eran brillantes, marrones y muy grandes. Tenía que admitirlo, la perfecta sonrisa de Choi Min Ho era hermosa. El hombre le sonrió como de costumbre. Hoy llevaba consigo un lindo traje de dos piezas negro con una corbata roja y una camisa blanca. Se veía realmente radiante y jovial como de costumbre, aunque, lo más importante de Min Ho es que se trataba del único empleado en su departamento que le saludaba amablemente con un sincero buenos días y una bella sonrisa.
¿Los dos eran amigos? No, a Kyu Hyun no le gustaba pensar en eso. A veces salían a beber, pero no con demasiada frecuencia. También tenían la costumbre de apoyarse mutuamente en algunos proyectos demasiado demandantes para solo uno de ellos. A Kyu Hyun le gustaba la forma en cómo Min Ho maldecía al jefe y cómo ambos se seguían la corriente. Min Ho siempre se ofrecía a llevarlo a casa como el único de los dos que tenía auto, pero Kyu Hyun siempre se negaba.
Joder. Todo parecía apuntar a que realmente tenían una relación de amigos.
—Buenos días —Kyu Hyun intentó responder con el mismo entusiasmo.
Choi Min Ho, quien era su muy apuesto compañero de trabajo, lo observó con curiosidad. Desde hace tiempo que había notado a Kyu Hyun más distante de lo normal y comenzaba a preguntarse exactamente qué podía tenerlo así de pensativo. Había ocurrido desde hace algunos meses, pero la actitud de Kyu Hyun comenzó a cambiar desde esa reunión de ex alumnos en donde la zorra de Eun Kyung salió con esa mierda de casarse. Pero Min Ho no había tenido el valor de sacar el tema a relucir o de preguntarse si acaso, en efecto, esto tenía algo que ver.
—¿Necesitas ayuda con eso? —dijo mientras colocaba un emparedado sobre el escritorio del castaño—. Supuse que no habías desayunado.
Kyu Hyun tomó el sándwich en sus manos y Min Ho aprovechó para colarse detrás de su silla. Una de sus manos rodeó ligeramente uno de los hombros del contrario, ese que permanecía sobre el reposabrazos. Kyu Hyun tembló ante dicha cercanía. Min Ho olía demasiado bien.
—Gracias, pero estaré bien, lo tengo todo controlado—se refirió al trabajo que tenía pendiente y no a los problemas que tenía en en puerta desde hace cinco meses.
—Como digas. ¿Qué opinas si salimos a cenar esta noche? Podemos beber algunos tragos —dijo con cierto aire de coquetería—. ¿Qué opinas?
—Yo no....
No, no era la primera vez que salía a beber con él, pero tampoco iba a ser la primera vez que sonaba como una mejor opción inventar cualquier excusa para declinar del plan. Casi todas las noches veía a cierto chico pelirrubio, pero esta no sería la excepción. Aun así, sonaba como un mejor plan sufrir en la soledad de su habitación en lugar de beber y saber que pudo habérsele soltado la lengua de más con Min Ho.
Su mente necesitaba un poco de distracción, eso era más que obvio, pero ¿estaba bien? Es decir ¿estaba realmente bien salir con otro hombre? No es como si no se le hubiese pasado por la cabeza antes, que quizá otra ilusión igual de potente podía volver difusa la imagen que tenía del rubio. Ilusionarse con otro hombre y dejar que alguien más le lastimara sonaba como una buena salida, pero ni siquiera había tenido la oportunidad de intentarlo. Lejos de eso, no había nadie como Yesung. No había aparecido nadie, ni ahora ni antes, que lo cautivara de la esa manera. Choi Min Ho era un buen y atractivo prospecto, pero no estaba completamente seguro de cómo se darían las cosas.
—¿Kyu Hyun?
Puede que fuese frívolo de su parte plantearse la posible idea de usar a alguien para olvidarse de lo que jamás podría ser, es decir, de Yesung. No podía usar a Choi Min Ho para algo como eso.
—Lo lamento, MinHo —respondió con los labios temblorosos—. Tengo otros planes esta noche.
No, no podía hacerle algo como eso a alguien como MinHo.
Kyu Hyun podía ser el hombre más patético de treinta y cinco años, el mismo que se había acostado solo con dos hombres diferentes a lo largo de su vida, pero también era un hombre lo suficientemente inteligente como para darse cuenta del interés que Min Ho demostraba en él desde hace un tiempo. Lo sabia, pero desde que conoció a Yesung también se le daba bien fingir en los momentos indicados. Aun así, Min Ho siempre seguía siendo insoportablemente amable con él cuando no se lo merecía. Él le agradaba, ese era el problema. Min Ho era un hombre atractivo y amable de quien incluso se sentía culpable por no sentir nada. Siendo honestos, Min Ho era demasiado bueno para alguien como él. Era bastante complicado.
La culpa lo carcomía aun así. No debía sentirse de esa forma ¿no es cierto? Estaba realmente bien que saliera con alguien más aun cuando esa persona no se tratara del siempre amable y lindo Min Ho ¿verdad? Podía ser alguien más, alguien que no le agradara tanto, así sería más sencillo. Eso sonaba mejor que seguir concentrado en aquella nula posibilidad de que entre Yesung y él podía haber algo más de lo que ahora tenían.
Es verdad. No se debían nada el uno al otro. Kyu Hyun no le debía nada a Yesung y viceversa. Los momentos que habían compartido juntos, aparte de todo el grandioso sexo, no significaban nada, o al menos dejaban de significar algo cuando Yesung se despedía fríamente y lo abandonaba antes del amanecer.
Yesung era el más inocente en todo esto. Aun así, aunque para el rubio ni significara nada ¿por qué Kyu Hyun se sentía tan culpable de estar pensando en citas con hombres imaginarios e incluso con el mismo Min Ho que le coqueteaba cada vez que tenía la oportunidad?
Sus pensamientos eran contrarios de un momento a otro. A veces se sentía terrible por querer aprovecharse de alguien, pero otras la imagen de su compañero de trabajo volvía a su mente. Sonaba como la mejor peor opción que podía tomar. MinHo ya le agradaba, era un hombre jodidamente atractivo y tenía una sonrisa encantadora, además, siempre estaba preocupado por él. Seguramente el sexo con él sería bueno. Acostarse con un hombre como Min Ho debía sentirse genial ¿verdad?
En cualquier caso, si las sensaciones fuesen mínimamente parecidas a lo que sentía cuando estaba entre los brazos tatuados de ese joven rubio, estaría bien ¿no es cierto? Ante tal pensamiento, el castaño mordió su labio inferior sin poder evitarlo. Mierda, incluso pensar en Yesung terminaba por excitarlo sin mucho esfuerzo.
De cualquier forma, lo más sensato era ponerle fin a esto.
—Hey —nuevamente se trataba de Min Ho—. Nos vemos mañana.
Kyu Hyun giró a verlo y le sonrió lo mejor que pudo—. Nos vemos, MinHo —lo observó marcharse y soltó un enorme suspiro. Casi todos habían salido de la oficina y solo quedaba él como siempre. Dio un último vistazo a su ordenador, colocó los informes pendientes dentro de su maletín y se aseguró de haber apagado el computador antes de dirigirse al elevador.
Generalmente, en noches como esta, se sentiría emocionado, es decir, lo estaría de poder encontrarse con Yesung en el hotel que siempre frecuentaban. Sin embargo, en un intento suyo de hacerse el fuerte, le dijo al rubio que hoy no podía verlo y se sentía tan perdido como aquella noche en ese bar. No podía llamarlo, Yesung le dijo que podía hacerlo, pero no estaba bien. Ya era demasiado tarde y no quería interferir en su trabajo por caprichos de un adulto de treinta y cinco años con ganas de un poco de sexo y algo de compañía.
KyuHyun salió del elevador y luego del edificio para encaminarse a la parada de autobuses. Afuera seguía haciendo demasiado frío, incluso más que ayer. Jamás le gustó el invierno. Durante su adolescente lo hacía, pero dejó de hacerlo cuando la necesidad de aferrarse a sí mismo le pareció tan aterradora por primera vez en su vida.
El frío, la soledad que acarreaba, dejaba de ser importante cuando estaba con Yesung. La primera vez que el menor le permitió tomar su mano en el camino al hotel, se aferró a ella con fuerza sin pensárselo demasiado. Lo hizo con la misma necesidad que el rubio le demostraba. Cuando estaba con él dentro de esas cuatro paredes compartían efímeramente no solo sus cuerpos, compartían conversaciones sin sentido, rompían ligeramente las reglas que no les permitían saber demasiado del otro. Se habían acostumbrado a la desnudez del otro en estos cinco meses. Cuando estaba con Yesung todo se volvía extraña y cursimente especial.
Ahora que estaba solo, pensó que quizá el invierno no era otra cosa que un recordatorio para los solitarios como él. Les recordaba que siempre era más agradable aferrarse al cuerpo cálido de otra persona que, buscar consuelo en uno mismo.
Kyu Hyun frotó sus manos y se detuvo al otro lado del paso peatonal cuando el semáforo se puso en rojo. Observó cómo las parejas iban y venían en diferentes direcciones y sintió envidia. Se preguntó: ¿Desde cuándo me volví de esta forma?
El semáforo cambio y todas las personas avanzaron antes que él. Kyu Hyun parpadeó y finalmente encaminó sus pasos sobre las líneas húmedas, blancas y brillantes sobre el pavimento.
Estaba actuando cobardemente, pero qué otra opción tenía. Jamás debió pretender ir tan lejos con un hombre como Yesung. Las señales eran claras, sabía perfectamente en dónde se encontraban los límites. Era masoquista de su parte, pero estaba feliz con lo que tenía ahora. Si podía tener a Yesung de esa forma aunque fuese, ¿no estaría todo bien? Tal vez la mejor opción sería decirle al rubio lo que sentía por él, de cómo sus sentimientos se habían acrecentado de esa forma, tanto que ya no podía controlarlos. De rechazarlo, Yesung seguramente lo haría amablemente. Era una persona amable, él jamás lo lastimaría.
Los ojos marrones de KyuHyun se alzaron finalmente al frente.
—Siempre luces encantador —escuchó claramente.
—Eres demasiado bueno con las palabras, cariño —respondió el pequeño pelirrojo mientras se aferraba al cuello del más alto.
Kyu Hyun vio claramente cómo aquellos delgados brazos cubiertos por, aquella tan conocida chaqueta de cuero, rodeaban la cintura del pequeño chico de piel bronceada y mirada brillante. Una de sus manos, esas que conocía muy bien con los nudillos tatuados de estrellas, se instalaron en el rostro del chico y este lo acarició con la misma gentileza que el castaño tenía bien grabada en su piel.
—Me gustas —dijo con voz rasposa y apretó sus ojos rasgados.
—Y tú a mí —respondió el joven con una sonrisa—. Vamos, te encantará la habitación que reservé para los dos —entrelazó su mano con la del rubio y caminaron frente a él, pero ninguno notó su presencia. Kyu Hyun pudo jurar que uno de los hombros del rubio rozó muy apenas con el suyo, pero no giró para cerciorarse porque no quería que Yesung lo reconociera.
El castaño se quedó quieto por un momento mientras la nieve se acumulaba en sus hombros. No tenía idea de cómo reaccionar. No estaba seguro de cuánto exactamente debía dolerle o si iba a mostrar una sonrisa de resignación en los labios. Había estado preparándose para esto desde hace mucho tiempo, debería sentirse mucho mejor que esto.
Así que sí, lo único que Kyu Hyun pudo hacer fue sonreír con los labios bien apretados y los ojos cristalinos. Sus labios temblaron a la par de sus manos bien apretadas en forma de puño. No iba a ponerse llorar en un lugar como ese, no frente a todo el mundo, no cuando ni siquiera tenía derecho alguno de hacerlo.
Sabía perfectamente que Yesung iba a lastimarlo tarde o temprano. Por ello, porque lo sabía, decidió tragarse el nudo que se hinchó dentro de su garganta y caminó con la espalda recta hasta el subterráneo. Se sentó la frente en alto y la mirada al frente. Sus manos descansaban sobre sus muslos. Estaba haciendo lo mejor que podía para disimular la dolorosa presión en el lado izquierdo de su pecho. Su estómago se contrajo de pronto y sus ojos ardieron de impaciencia.
No iba llorar. No podía llorar. Se avergonzaría de sí mismo toda la vida si lloraba por Kim Yesung, el chico a quien solo estuvo pagándole para que acostara con él de la misma forma en que lo hacía con muchas otras personas.
Todo este tiempo había elegido ponerse una venda en los ojos. Estaba bien porque el trabajo de Yesung se mantenía en secreto. Lo de era ahora era otra cosa que un recordatorio de la realidad. Kyu Hyun recordó que todo lo que Yesung le daba a él era de los mejores actos bien fingido, uno en el que casi termina cayendo.
Y estaba pensando en decirle que lo quería. Lo habría arruinado todo. Si le hubiese dicho a Yesung que no solo sentía deseo y lujuria por él, este habría tenido que dejar de ser amable y rechazarlo para seguir con su vida. No podía hacerle algo como eso a Yesung. No iba a convertirlo en una mal persona solo por haber ido más lejos de lo que debió.
Había llegado el irremediable final. De haberlo sabido, probablemente se habría aferrado más ahínco al cuerpo del rubio anoche. Se habría tomado más tiempo para guardar en su memoria cada detalle de esos tatuajes, cada pequeño y seguramente atractivo rasgo que había pasado por alto. En cualquier oportunidad probablemente le habría preguntado cuál era su color favorito o habría hecho uno de sus acostumbrados mal chistes solo para escucharlo reír.
Kyuhyun mordió el interior de su mejilla. Dolía. Dolía demasiado.
¿Por qué ni siquiera podía permitirse que le doliera?
Luego de veinte minutos atascados en el subterráneo, Kyu Hyun llegó a su apartamento con un sentimiento helado que nada tenía que ver con el clima. Estaba completamente destrozado, así que terminó desvaneciéndose en la entrada apenas entró. Se preguntó mil veces el por qué. ¿Por qué me siento de esta forma? ¿Por qué le costaba tanto entender que las cosas siempre fueron de esta manera, pero que fue él quien prefirió ignorarlas? ¿Había sido tan malo creer que de verdad era especial para Yesung?
Caminó hasta la sala, en donde dejó su maletín sobre el sofá y se desplomó sobre este.
Luego de unos minutos, en donde se debatía si ducharse o si dormir, sintió la vibración de su celular en su bolsillo. Agotado, lo ignoró, pero finalmente terminó estirando su mano hacia dicho lugar. Por un momento dudó. Muy en el fondo quiso creer que se trataba de él, de Yesung, que de alguna forma este se había enterado de lo que acababa de suceder y que le diría algo, lo que fuese. No importaba en realidad, una sola palabra suya, aunque llena de amabilidad falsa, iba a creerla. Pero cuando encendió su celular, se dio cuenta de que se trataba de un mensaje de Choi Min Ho.
Con desgano, lo abrió.
—¿Estás bien? —preguntaba el contrario junto con un emoji de interrogación.
¿Cómo iba a responderle que no lo estaba? Era lo que venía necesitando en realidad, que alguien le preguntara si estaba bien y así poder llorar sobre su hombro por horas y horas mientras se repetía a sí mismo lo estúpido que había sido. El único problema aquí era que deseaba que ese hombro fuese el de Yesung, la persona que causó esto en primer lugar.
—¿Por qué lo dices? —aun cuando debió decirle que sí, que todo estaba bien y que se iría a dormir, necesitaba ser un poco egoísta y dejarse consolar; ya tendría tiempo para sentirse mal al respecto.
—Te veías algo distraído, hoy —respondió con un emoticón de una cara triste.
Kyu Hyun soltó un suspiro—. Lo lamento —escribió y apretó los labios—. Prometo que saldré a beber contigo la próxima vez.
MinHo tardó un poco en responder. En la pantalla apareció “escribiendo”, pero era como si estuviese borrando el texto una y otra vez .
—Kyu Hyun —decía el primer mensaje—. ¿Quieres tener una cita conmigo?
¿Ah?¿Una cita? ¿Por qué.... tan de repente? Se preguntó con los ojos bien abiertos, incluso se cercioró de leer el mensaje más de una vez para ver si no se trataba de un error. Choi MinHo, su único amigo dentro de la empresa, el chico que le coqueteaba de vez en cuando y ex compañero de la universidad, le estaba pidiendo una cita de la forma más directa posible, y no oculta detrás de un amigable encuentro a beber. KyuHyun dudó. Estuvo a punto de decirle que no, que no podía por un sinfín de motivos, pero cómo iba a decirle que el principal de ellos tenía nombre y un perfecto rostro. ¿Cómo iba a decirle que tenía cinco meses acostándose con un compañero sexual y que torpemente se había terminado enamorando de él?
¿Cómo iba a decirle que no podía pensar en salir con nadie porque justo le habían roto su estúpido corazón?
¿Era esta una especie de prueba que le estaba poniendo el destino? ¿Era esta la forma más amable que tenía para decirle que había muchos más peces en el océano aparte de Kim Yesung?
No es como si no hubiese pensado en eso. Lo había estado haciendo hace casi nada, pero hacerle eso a Min Ho no sonaba correcto. Este era el tipo de cosas que las personas solían hacer por despecho. En teoría, jamás había tenido una relación con Yesung, así que no estaba haciendo nada malo.
Lo cierto es que jamás había pensado seriamente en la posibilidad de darle una oportunidad a Min Ho porque el rubio siempre estuvo de por medio. Lo último que quería era verlo a la cara, no después de verlo besar a ese chico. No quería volver a escuchar su voz diciéndole que le gustaba.
KyuHyun apretó el celular con fuerza.
Sí, no le debía nada a Kim Yesung, absolutamente nada. Además, una cita tampoco significaba mucho. Las cosas podrían no funcionar y no habría nada de que arrepentirse ¿verdad?
Lo volvió a pensar un instante.
—¿A dónde iremos? —preguntó en el mensaje.
Kyu Hyun no había tenido una cita desde hace mucho tiempo, así que sí, en teoría estaba nervioso. No tenía idea de qué usar y la idea en realidad no le entusiasmaba mucho —el sentimiento de indiferencia le hacía sentir culpable—.
En la mayoría de encuentros que tenía con Yesung siempre era después de su horario de trabajo, así que no tenía tiempo que perder yendo a casa a ponerse algo más decente; no había nada y no podía hacer mucho con su aspecto, pero el intento podría haberse hecho. De todas formas siempre llevaba un cambio de camisa y de ropa interior, también un poco de desodorante y loción. Con Yesung las cosas eran más sencillas porque la ropa no le duraba mucho tiempo puesta.
Ahora mismo ni siquiera quería salir, lo único que deseaba era quedarse enredado en sus cobijas todo el resto del día hasta que le doliera la parte trasera de la cabeza o hasta que muriera de hambre, lo que sucediera primero. Igual no es como si tuviese la opción de echarse para atrás.
Kyu Hyun llevaba sintiendo un cosquilleo inusual en la boca del estómago y no sabía muy bien por qué. Podía tratarse de varias razones, por lo nervioso que estaba, por la culpa que seguía sintiendo o porque estaba a punto de comportarse como un completo cretino con una persona tan agradable como Min Ho nada más porque tenía el corazón roto.
No era justo, pero a estas alturas eso ya no importaba. Terminó de colocarse un suéter casual, roció un poco de loción y se aseguró de cargar con su billetera; en sus planes no estaba dejar que Min Ho pagara por la comida. Salió de apartamento y tomó un taxi. Min Ho se ofreció a pasar por él, pero se negó, no quería sentirse más culpable de lo que ya lo hacía.
Min Ho y él tenían la misma edad, a diferencia de unos meses, pero la misma edad al fin y al cabo. ¿Cómo se manejaba el concepto de cita hoy en día entre los jóvenes? Hace años que no tenía una, de algo tenía que servir que no fuesen desconocidos, llevaban trabajando juntos cinco años y eran lo más cercano a amigos. Entonces ¿por qué todo se sentía tan malditamente incómodo?
Kyu Hyun ingresó al restaurante. Llevaba un atuendo un poco más casual del que llevaba en días de trabajo. Llevaba unos jeans medio ajustados, zapatos de vestir, una camiseta blanca y holgada por debajo de un suéter bastante afelpado a pesar de su ligero aspecto. También llevaba una bufanda azul marino al cuello y unos guantes que hacían juego. Aún hacía frío, pero las nevadas ya no aparecían tan frecuentes en el reporte del clima. Todo lo que quedaba sobre las congeladas acercas eran los montículos de nieve que poco a poco se tornaban menos y menos pulcros.
Kyu Hyun observó la hora en su reloj. Min Ho dijo que lo estaría esperando. Lo conocía, así que no había razón alguna para dudar de él como no lo había cuando alguno de los dos debía entregar su parte del trabajo. En efecto, cuando llegó, Min Ho lo saludaba desde una pequeña mesa para dos en el medio del restaurante. No era muy elegante, no llamaba demasiado la atención y había familias más que nada. Parecía el lugar perfecto para una cita.
Tomó un poco de aire de forma que el contrario no notara que estaba nervioso. Se acercó lentamente y este lo sonrió de manera galante mientras le ofrecía sentarse. Kyu Hyun no reparó demasiado en el acto caballeroso, solo se lo agradeció con un ligero asentimiento y apretó sus muslos tan pronto tomó asiento sobre aquella acolchonada silla. El ambiente dentro era agradable, estaba calentito debido a la calefacción, por lo que pudo deshacerse de su bufanda y sus guantes.
—Me dá tanto gusto que aceptaras —sonrió bellamente—. Estaba un poco nervioso —rascó su nuca—. No tienes porque sentirse incómodo. Es decir, no es la primera vez que salimos juntos.
Kyu Hyun sonrió lo mejor que pudo—. Tienes razón.
Lo único que Min Ho logró al decirle que no se pusiera nervioso, fue precisamente eso.
—¿Te gusta algo en específico? —le preguntó a Kyu Hyun cuando lo vio demasiado concentrado, incluso ido, mientras veía las opciones en la carta.
Lo pensó un instante—Probaré lo que sea —dijo con voz tranquila.
Min Ho no podía creer que esto estuviese sucediendo. Por fin, después de tanto tiempo, había tenido el valor de invitarlo a una cita. Después haberlo estado observando a la distancia por cuatro años durante la universidad y que hubiesen terminado trabajando juntos, todo se veía como una llamada del destino. Era momento de actuar. No podía seguir siendo un cobarde.
Kyu Hyun era tan lindo, sus aires de chico tímido y reservado tenían algo que siempre le había causado curiosidad y avidez hacia saber más sobre ese castaño de piel clara y ojos casi inexpresivos. Durante la universidad no hablaron demasiado. Cho Kyu Hyun era un chico de pocas palabras, pero ahí residía su encanto tan puro e inocente, incluso onírico.
Min Ho siempre quiso saber qué sucedía dentro de la cabeza de este chico. Ambos tenían la misma edad así que, en lugar de verlo como un hombre maduro, seguía viéndolo como aquel joven universitario bello y callado con quien quería algo más que una simple relación de colegas.
—Gracias —le dijeron al unísono al chico cuando este dejó los platillos sobre la mesa.
Kyu Hyun se conformó con un estofado de carne con verduras y unos dumplings rellenos de kimchi. Min Ho pidió una orden de pollo y cerdo agridulce acompañada de arroz frito con verduras. Ambos pidieron un botella de soju para compartir a pesar de que aún era un poco temprano.; no se podía hacer nada, los dos eran buenos bebedores.
No era la primera vez que estaban solos, pero no se sentía nada parecido a las ocasiones anterior. Kyu Hyun permaneció en silencio pese a las incontables insistencias del contrario para afianzar más este intento de cita a la que había accedido sin pensarlo demasiado. No fue más que eso, una salida sin muchos altibajos ni ningún otro percance o emoción en general. Min Ho era agradable, demasiado agradable, encantador y atractivo, pero no podía imaginarse a sí mismo viéndolo de la forma que seguramente este estaba esperando.
—¿Kyu Hyun? —el castaño respingó sobre su asiento.
Se dio cuenta recién. Cuando estaba con Min Ho su mente siempre iba a otro lado y este tenía que decir su nombre de esa forma para llamar su atención cada vez. Es curioso que recién se hubiese dado cuenta y se hubiese permitido sentirse mal al respecto por ser tan descuidado con él.
—Lo siento, tengo que ir al baño —se excusó y salió de allí mostrando una sonrisa.
Esto no está funcionando. Se dijo a sí mismo frente al espejo del lavamanos. Aun así ¿qué otra opción le quedaba?


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