CAPÍTULO 1: LA ÚLTIMA LUZ
Hay mundos que nacen mirando hacia las estrellas, deseosos de saber qué hay más allá de su propio cielo. hay otros que nacen mirando hacia atrás, temerosos de lo que dejó una guerra que nadie recuerda haber empezado. Y existen mundos silenciosos, mundos que no saben que están esperando, que sin saberlo aguardan a que alguien cargue con la memoria que ellos mismos no pueden sostener. Ninguno de esos mundos elige su condición: la eligen las cicatrices que arrastran, las ausencias que dejan sus muertos, la forma en que la luz decide o no decide volver a sus cielos. Este es el relato de uno de esos mundos, y del hombre que terminó por pertenecerles a todos.
La ciudad portuaria brillaba como si el amanecer hubiera decidido quedarse a vivir entre sus calles. Faroles flotantes recorrían las avenidas dibujando estelas doradas sobre el empedrado húmedo. Barcos de velas azules entraban en el puerto trayendo especias de mundos que no tenían nombre en ningún mapa conocido, y sobre las torres, pequeñas criaturas de luz escribían anuncios en el aire, letras que se deshacían antes de poder leerse por completo. Olía a sal, a pan recién horneado y a ese aroma extraño que dejaban los portales cuando se abrían demasiado cerca del mercado. Paul caminaba sin armas. A veces le gustaba hacerlo así, sin espada, sin capa, sin el peso invisible que todos llamaban destino, como si por unas horas pudiera quitarse una armadura que llevaba puesta incluso al dormir. A su lado iba la persona que más había llegado a significar para él, hablando de algo insignificante -una discusión con un mercader por el precio de una fruta que cambiaba de sabor quien mordiera- y riéndose por una tontería que ni ella misma habría sabido repetir después: Paul sonrió, un gesto que le costaba menos trabajo del que solía costarle. Durante unos minutos pudo imaginar, con una honestidad casi dolorosa, que era simplemente un hombre. No un Guerrero. No una leyenda repetida en mil idiomas. solo alguien caminando junto a otra persona en una mañana cualquiera.
Entonces apareció la estrella. No fue una estrella fugaz ni un cometa, esas cosas que la gente señala y olvida antes del mediodía. Era un punto negro clavado en el horizonte, demasiado oscuro para pertenecer al cielo, como si alguien hubiera perforado la tela del amanecer con la punta de una aguja fría. El puerto entero se quedó en silencio, un silencio que se sintió físico, que empujó contra los oídos de las multitudes que presenciaban el evento. Los barcos dejaron de balancearse, como si el agua misma hubiera contenido la respiración. Las voces murieron a mitad de frase. Hasta la música de los mercados se apagó como una cuerda cortada de un tajo. Paul levantó la mirada, y algo en su pecho -algo antiguo, algo que había aprendido a temer mucho antes de tener nombre para ese miedo - se tensó como una cuerda de arco. El punto en el cielo se abrió. Una línea cruzó las nubes de lado a lado y una espada gigantesca apareció suspendida sobre la ciudad, sostenida por una figura cuya forma parecía no haber sido terminada por la realidad, como un boceto al que le faltaran los últimos trazos.
-No- Susurró Paul. La palabra le salió sola, sin permiso, como si su cuerpo hubiera reconocido el peligro antes que su mente terminara de procesarlo. La persona junto a él le tomó la mano. Fue un gesto sencillo, casi infantil, el tipo de gesto que se hace sin pensar, por costumbre, por cariño. -Sea lo que sea--Dijo, con una calma que le pareció casi insoportable-- ya he visto cosas peores-. Paul quiso creer. Sintió miedo por primera vez en mucho tiempo. No miedo por si mismo--hacía siglos que había dejado de temer por su propia vida, una vida que insistía en continuar sin permiso-- sino miedo por la posibilidad de perder aquello que había aprendido a amar después de dos mil años de despedidas, dos mil años de aprender el nombre de alguien y luego aprender a vivir sin pronunciarlo. La figura alzó una espada. El mundo respondió con un sonido profundo, como si una montaña hubiera respirado por primera y última vez.
Entonces, una onda expansiva llegó sin viento, lo cual la hacía más terrible: no hubo advertencia física, ningún soplo de aire anunciara su llegada. Primero tocó los edificios, que se volvieron grises, un gris que no que no era sombra ni ceniza sino ausencia pura de color. Después los barcos. Luego las calles. Luego las personas. Los colores desaparecieron de todo lo que alcanzó, como alguien hubiera pasado un trapo húmedo sobre una pintura fresca. No hubo fuego. No hubo sangre. Solo ausencia, una ausencia que dolía más que cualquier herida que Paul hubiera sufrido en dos milenios de guerra. Paul intentó avanzar, empujar contra lo inevitable como había hecho tantas veces antes, pero una pared invisible lo golpeó y lo detuvo en seco. Vio como la mano que sostenía la suya de deshacía en luz cenicienta, los dedos primero, después la palma, luego el brazo entero, como si fuera arena que se escapa entre los dedos del que intenta sujetarla con más fuerza. Entonces ella abrió la boca, pero salía ningún sonido sonido, como si hasta su voz hubiera decidio que ese dolor al desaparecer no mereciera ser dicho en voz alta.
La onda prosiguió avanzando, y, cuando atravesó a Paul, él siguió de pie, siendo esto lo más cruel de todo, continuar vivo mientras los demás habían caido y desaparecido.
Miró sus manos, seguían siendo humanas, con las mismas líneas que había mirado durando dos mil años preguntándose si algún día dejarían de pertenecerle. Sus ojos seguían abiertos y brillando, pero en cambio el resto del mundo que quedó asolado: el puerto sin barcos que se balancearan, los mercados vacíos, sin nadie que ofreciera nada, sin una sola voz que respondiera a la suya. A kilómetros de distancia, otras ciudades sufrían mas del mismo desastre cósmico. Y la cosa no se quedó solo en este mundo. Los universos paralelos, más alla del lugar donde encontraba Paul también habían sido afectados por la onda expansiva. Decenas de miles de personas habían desaparecido en cuestión de segundos, sin saber porque, quien o que estaba detrás de todo esto. La vida dejaba de tener sentido, el ciclo se repitió una vez más, sin poder detenerle.
Paul cayó de rodillas en el muelle y gritó el nombre de aquel hombre que ya no tenía dueño, que por codicia y afán de poder, se convirtió en el ser más oscuro y amenazante que el multiverso hubiera concido en millones de años. El silencio continuó, pero ya no era por miedo, sino el adiós definitivo a un mundo bello con un potencial que se podría haber explotado durante más tiempo.
Mirando hacia el cielo, la figura oscura, causante de la masacre silenciosa, hizo un gesto de guardar la espada, y esta desapareció. Entonces, comenzó a descender hacia tierra firme. Parecía que todo desafiaba las leyes de la física, de una manera muy delicada. Por un isntante, la figura se mostró ante él como una copia de Paul, en una versión malvada y oscura. Paul se dió cuenta al observar ese rostro deteriodado por la maldad de algo muy importante que aprendió todo este tiempo. Luego comprendió, con más claridad, que esto no era una guerra normal contra un villano convencional, sino una batalla infinita contra la memoria, el duelo, y los recuerdos de los mundos caídos. He aquí, la razón de esta historia, la lucha por la salvación y la aceptación.


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