CAPÍTULO 1: SANGRE EN EL ASFALTO DE CHICAGO
SECCIÓN 01: EL FRÍO DEL DISTRITO 11
Viernes, 18 de febrero de 2027. 04:15 AM.
La humedad invernal de Chicago no caía en forma de nieve limpia, sino como una llovizna helada y grasienta que se filtraba por las costuras del chaleco antibalas de Elias Reyes. A sus veintiséis años, el peso del equipo —casi catorce kilos entre las placas de cerámica, la radio, los cargadores de repuesto, las esposas de bisagra y el cinto de servicio— ya no le causaba molestias físicas en la espalda; se había integrado a su cuerpo como una segunda piel mineral.
Lo que no lograba asimilar era el olor del Distrito 11. Un tufo rancio a escape de diésel quemado, sal de deshielo acumulada sobre el asfalto resquebrajado y ese aroma metálico y dulzón que flota en el aire de la zona oeste cuando la temperatura cae bajo cero. El olor de la sangre vieja disuelto en la lluvia.
Elias mantenía los dedos enguantados sobre el volante del patrullero. Las luces de la unidad estaban apagadas. El parabrisas, empañado en las esquinas por la falla de la calefacción, devolvía el reflejo de sus propios ojos: dos cuencas oscuras marcadas por el insomnio crónico, la sombra indeleble de la muerte de su madre en la sala de urgencias de un hospital público y la distancia fría de un padre que había regresado a Chile a morir en silencio, dejando a Elias con una placa de la Policía de Chicago y una incapacidad patológica para sentir paz.
—Deja de mirar la nada, Reyes. Pareces un gato de escayola —murmuró Arturo Mendoza desde el asiento del copiloto.
Mendoza tenía cuarenta y cinco años, la piel del rostro marcada por cicatrices que los inviernos de la "Ciudad de los Vientos" habían endurecido hasta parecer cuero viejo. Llevaba dos décadas patrullando aquellas calles. Apoyaba una mano pesada sobre la empuñadura de su pistola mientras con la otra sostenía un vaso de papel cuyo café ya estaba helado.
—No estoy mirando la nada, Arturo. La radio lleva callada cuarenta minutos. En esta calle eso no es tranquilidad. Es que la gente tiene más miedo de llamar a la policía que de lo que está pasando en sus sótanos.
Elias habló con una cadencia seca, un inglés perfecto moldeado en las escuelas públicas del norte de la ciudad, pero atenuado por el matiz suave del español que su madre le obligaba a hablar dentro de casa.
—Esta zona no es nuestra, muchacho —dijo Mendoza, escupiendo a la alfombrilla del suelo—. Los desaparecidos de esta semana... la niña de catorce años, el tipo del taller... eso huele a intervención federal desde hace un mes. Pero la Jefatura no quiere soltar los presupuestos. Si los federales meten las narices, a nuestro Capitán le quitan las medallas.
—Los federales no bajan a los pasillos con moho, Mendoza. Se quedan en las oficinas comiendo ensaladas de diez dólares.
—Y por eso viven más años que nosotros, brillante imbécil —respondió Mendoza, ajustándose el cuello del abrigo sobre la garganta.
El silencio volvió al coche, roto solo por el chisporroteo estático de la radio.
A las 04:22 AM, una furgoneta gris de los noventa, sin matrícula trasera, dobló la esquina de la Calle 24 a velocidad reducida. Inmediatamente detrás, guardando distancia, la seguía un todoterreno negro con los cristales tintados al cien por cien y el chasis sospechosamente bajo por el peso de un blindaje pesado.
Los dos vehículos apagaron las luces a mitad de la cuadra y se desvió hacia el camino de entrada de una casa victoriana de tres plantas, revestida de madera podrida y con las ventanas tapiadas. La dirección estaba grabada en la memoria de Elias: 2438 West 24th Street. La residencia de Williams Jones, un tipo cuya ficha llevaba tres semanas marcada en la base de datos de sospechosos habituales.
—Central, unidad 11-40 —dijo Elias por el micrófono de solapa, manteniendo la voz plana mientras desenganchaba el pestillo de su funda—. Avistamiento de sospechosos y dos vehículos en el 2438 de la 24 Oeste. Solicitamos apoyo y verificación. Procedemos a vigilancia discreta.
La voz de la operadora sonó distante: —Unidad 11-40, mantengan posición. Unidades de respaldo ocupadas en una llamada de emergencia. Prioridad baja para su sector salvo disparo confirmado.
—Qué sorpresa —masculló Mendoza, soltando el vaso de café—. Vámonos de aquí, Elias. Esto apesta a movimiento de mercancía dura. No es nuestro problema sin tres patrullas cubriéndonos.
Elias no respondió. Sus ojos estaban fijos en la portezuela del todoterreno negro, que se abrió con un chasquido metálico.
Del vehículo no bajó un pandillero común. El hombre que puso un pie en el barro helado vestía ropa táctica oscura, botas de caña alta y una chaqueta sin insignias. Sostenía un subfusil silenciado pegado al pecho. Su forma de verificar las esquinas de la calle antes de pisar el bordillo era la memoria muscular de alguien que había pasado años ejecutando entradas de precisión en el ejército o en empresas de seguridad privada.
—Mendoza... la postura de ese tipo —susurró Elias. La adrenalina no le provocó un choque de pánico, sino una contracción súbita de las pupilas. Su campo visual se estrechó hasta convertirse en una línea directa.
—Mierda —dijo Mendoza, desabrochándose el cinturón—. Mierda. Eso es armamento militar. ¡Sal del coche, Reyes! ¡A la cubierta del motor!
SECCIÓN 02: LA FRICCIÓN DEL METAL
El primer intercambio de fuego fue una explosión sorda y confusa. El silenciador del subfusil enemigo amortiguó los disparos, pero el impacto de las balas contra la carrocería del patrullero sonó como hachazos secos sobre chapa fina.
El cristal de la ventanilla del conductor saltó en mil fragmentos que golpearon la cara de Elias, dejándole un corte sangrante en el pómulo izquierdo.
—¡Nos disparan! ¡Nos disparan! —gritó Elias, arrojándose fuera del vehículo y arrastrándose sobre el barro helado hasta quedar parapetado detrás del bloque del motor. Era lo único en la calle capaz de detener balas de alto calibre; las puertas de un coche de patrulla estándar son poco más que papel de fumar.
El sonido se volvió ensordecedor cuando Mendoza devolvió el fuego desde la parte trasera derecha. Tres disparos rápidos de su pistola retumbaron en la calle. El resplandor de las detonaciones iluminó la noche helada mientras los casquillos rebotaban contra el capó.
El tirador enemigo reaccionó con una frialdad aterradora. No gritó. Se dejó caer sobre una rodilla detrás del neumático del todoterreno, buscando el ángulo inferior para disparar directamente a las piernas de Elias por debajo del patrullero.
Elias vio la bota del sujeto ajustando la posición en el barro. Apretó la empuñadura de su pistola con ambas manos, sintiendo el sudor helado en las palmas, e intentó alinear la mira con la silueta que asomaba en la oscuridad.
Apretó el gatillo. ¡PUM!
El primer disparo de Elias atravesó la chaqueta del agresor en el hombro. El impacto desplazó el cuerpo del hombre hacia atrás, pero no lo detuvo. Elias no esperó a ver el daño. Apretó el gatillo una segunda vez en un acto de pura desesperación por sobrevivir. ¡PUM!
La segunda bala impactó de lleno en la parte alta del pecho del tipo. El hombre dejó caer el subfusil con un ahogado borbotón de sangre, desplomándose de lado sobre la nieve sucia, mientras sus piernas convulsionaban en el barro.
—¡Otro en la furgoneta! —bramó Mendoza desde el otro lado. El impacto acústico de las detonaciones dentro del espacio cerrado de la calle les había dejado los oídos pitando con un chillido agudo.
Elias giró sobre sus rodillas, sintiendo la humedad helada atravesarle los pantalones. La puerta lateral de la furgoneta se abrió de golpe y un segundo individuo asomó el cuerpo armado con una escopeta.
Mendoza disparó a ciegas tres veces a través del cristal lateral del vehículo. Las balas reventaron la ventana en una nube de fragmentos. Dos de los disparos alcanzaron al tirador en el cuello y el rostro. El hombre cayó pesado sobre el volante, haciendo sonar el claxon en un tono estruendoso, continuo y enloquecedor que inundó la calle.
¡BIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!
—¡Central! ¡Tiroteo! ¡Nos están disparando! ¡Oficiales bajo fuego en la 24 Oeste! —chilló Mendoza por el micro de la solapa, mientras las manos le temblaban de forma violenta al intentar cambiar el cargador. Se le cayó el cargador lleno al suelo fangoso; tardó tres segundos eternos en recogerlo y lograr encajarlo, preso del pánico.
Elias se puso en pie con la pistola levantada, tiritando por la mezcla de frío y descarga pura de adrenalina. El corazón le golpeaba el pecho como si fuera a romperle las costillas.
—Mendoza... cubre la puerta. Entramos —dijo Elias, con la voz entrecortada.
—¡Ni de coña, Reyes! ¡Esperemos a los refuerzos! ¡Hay dos tíos muertos en el suelo!
—¡La puerta de la casa está abierta! Si hay alguien dentro destruyendo pruebas o matando a la gente que falta, no van a esperar a que venga la patrulla del mañana. ¡Cúbreme!
Elias no esperó. Subió de dos en dos los escalones de madera del porche, que crujieron bajo su peso. Empujó la puerta principal con el pie.
El olor lo golpeó de inmediato.
No era el tufo dulzón de la marihuana ni la acidez de la droga barata. Tampoco olía solo a la pólvora quemada del tiroteo. Olía a desinfectante de hospital, a productos químicos industriales y a carne podrida que intentaba ser cubierta con litros de lejía. El ambiente estaba saturado por una bruma tenue y fría.
Elias avanzó con la pistola apuntando al frente, con la espalda pegada al pasillo. Mendoza entró detrás, jadeando y maldiciendo en voz baja.
Las paredes de la casa habían sido vaciadas. No había muebles ni decoración; solo cables expuestos y tuberías recubiertas de plástico transparente. En el centro del salón, un agujero en el suelo de madera daba paso a una escalera de hormigón que bajaba hacia el sótano.
Desde abajo llegaba un zumbido sordo y constante: motores, extractores de aire y maquinaria funcionando sin pausa.
Elias se asomó al borde del hueco. Al fondo, bajo tubos de luz blanca y fría, no había una cocina clandestina de barrio.
Era un laboratorio médico provisional. Mesas de acero inoxidable, centrífugas de análisis, bolsas de suero colgadas en soportes y decenas de frascos de vidrio alineados en estantes. En el centro de la habitación, sobre una mesa de metal, yacía un cuerpo cubierto con una sábana térmica.
SECCIÓN 03: EL "MARTILLO" FEDERAL
06:30 AM.
La calle era ahora un caos de luces azules y rojas. Una docena de patrullas, camiones de bomberos y ambulancias bloqueaban el paso. El parpadeo de los rotativos rebotaba contra las fachadas de la cuadra, iluminando el barro y la nieve derretida.
El cordón policial del departamento fue apartado sin contemplaciones cuando tres todoterrenos negros con cristales opacos frenaron en seco en mitad de la calle.
Del segundo coche bajó la Agente Especial Supervisora Alexandra Huerta.
Tenía veintiocho años y una postura rígida, imponente. Hija de un oficial del ejército español y de una veterana de la agencia antidroga, llevaba la disciplina marcada en cada gesto. Vestía un abrigo oscuro sobre un traje gris y llevaba una credencial metálica colgada del cuello.
Su rostro era duro y tenaz. Sus ojos oscuros no mostraban rastro de cansancio; mostraban una furia fría y calculadora.
Avanzó entre los policías locales como si no existieran. Los agentes del grupo de operaciones especiales, hombres curtidos en redadas, se hicieron a un lado al ver los documentos que su ayudante mostraba.
Elias estaba sentado en el parachoques trasero del patrullero dañado. Un paramédico intentaba ponerle un vendaje en el corte de la cara, pero Elias lo apartó con el brazo. Tenía las manos manchadas de hollín y sangre seca. Le habían retirado su arma de dotación para la investigación reglamentaria, dejando la funda de su cinturón vacía.
Huerta se detuvo a un paso de él.
—¿Oficial Elias Reyes? —preguntó. Su voz no era un grito, pero tenía una dureza que cortaba el ruido de los motores de los camiones.
—Sí. Oficial Reyes, Distrito 11. Estábamos patrullando cuando—
Huerta no lo dejó terminar. Avanzó un paso, lo agarró con fuerza del chaleco con una sola mano y lo empujó hacia atrás con violencia. La cabeza de Elias golpeó contra la chapa del coche.
—¡Eres un imbécil, Reyes! —dijo ella, pegando su cara a la de él. Elias sintió el olor a café y perfume seco en su aliento—. ¡Seis meses! ¡Seis meses de escuchas telefónicas autorizadas por un juez federal! Teníamos a tres intermediarios clave bajo vigilancia en esa furgoneta. Íbamos a seguir la pista hasta la frontera en dos días.
—Nos dispararon antes de que pusiéramos un pie en el suelo, Agente —respondió Elias, intentando mantener la voz firme mientras los hombros le temblaban por el agotamiento post-tiroteo—. Había personas desaparecidas vinculadas a esta casa. No íbamos a quedarnos parados esperando a que nos cosieran a balazos.
—¡Tu trabajo era dar marcha atrás y llamar al número de emergencia federal! —Huerta lo soltó con desprecio, pasándose la mano por el pelo—. Has matado a dos enlaces clave de la red del Cartel de la Ribera. Los mandos de arriba ya están tirando sus teléfonos a la basura y limpiando los pisos francos. Habéis reventado una operación de millones de dólares por jugar a ser héroes de barrio.
Mendoza intervino, poniéndose entre los dos. —Oiga, señora. A nosotros nos dispararon primero. Si sus hombres de inteligencia no avisaron a la comisaría de que había una operación encubierta en nuestro sector, hable con su jefe.
Huerta miró a Mendoza de arriba abajo con desdén. —Oficial Mendoza. Si da un solo paso más hacia mí, le prometo que mañana estará vigilando un depósito de chatarra sin su pensión.
Volvió a mirar a Elias, sacó un bloc de notas y apuntó algo rápido.
—Entregue el resto de su equipo, Reyes. Está suspendido de servicio activo desde este momento. Mañana a primera hora tiene cita con Asuntos Internos y la Fiscalía. Y como intente tocar un solo papel de este caso, me aseguraré de que termine en una celda federal. Lárgate de mi vista.
Se giró con rapidez y caminó hacia la entrada de la casa sin mirar atrás.
SECCIÓN 04: EL CICLO DEL HAMBRE
07:10 AM. Sótano de la casa.
El aire en el sótano se había vuelto pesado. Los técnicos del equipo forense federal, vestidos con monos blancos de protección y mascarillas, tomaban fotografías y recogían muestras entre las mesas de metal.
En una esquina de la habitación, junto a un foco de alta intensidad, esperaba el Agente Especial a Cargo Michael Davis.
Davis superaba los cincuenta años. Llevaba el pelo canoso cortado al cepillo, un traje impecable bajo una gabardina clara y una sonrisa tranquila que no se correspondía con la frialdad de sus ojos. Parecía más un ejecutivo bancario que un mando policial.
Sobre la mesa frente a él había una bandeja metálica. En el centro reposaba una pequeña bolsa de plástico con varios cristales que brillaban bajo la luz. A diferencia del polvo blanco habitual de la droga, estos cristales reflejaban tonos cambiantes entre el azul, el verde y un naranja intenso.
—Míralo, Alexandra —dijo Davis cuando escuchó los pasos de Huerta.
Huerta se acercó ponte poniéndose unos guantes de goma. —Es la tercera muestra que encontramos este mes en la ciudad.
—No es solo una muestra. Es el producto final —Davis tomó uno de los cristales con unas pinzas—. Fentanilo modificado con calmantes de uso veterinario y un compuesto químico diseñado para fijarse en el cuerpo. Lo llaman el 'Bucle del Hambre'. O simplemente... Ópalo.
—¿Qué efecto tiene? —preguntó Huerta, mirando la sustancia con repulsión.
—La primera dosis destruye la resistencia del cerebro al instante. La dependencia es inmediata. Pero lo peor no es el subidón, Alexandra... es lo que viene después. La sustancia no se elimina rápido; se queda atrapada en el cuerpo y se libera en oleadas cada media hora.
Davis dejó caer el cristal en la bolsa.
—A los treinta minutos, el dolor del mono es tan salvaje que el adicto siente como si le estuvieran rompiendo los huesos desde dentro. El pánico es absoluto. Harán cualquier cosa por otra dosis. No por placer, sino para detener el dolor. Y el ciclo se repite cada media hora hasta que el cuerpo colapsa en unas semanas.
—Esto no es para venderlo en las esquinas, Michael —murmuró Huerta—. Nadie mata a sus clientes en un mes. No tiene sentido para el negocio.
—A menos que el objetivo no sea venderlo en la calle —contestó Davis, mirándola fijamente—. A menos que estén probando la sustancia en personas para ver cuánto aguanta el organismo. Este laboratorio no era para distribuir; era un campo de pruebas.
Huerta miró hacia el fondo del sótano, donde los forenses retiraban la sábana del cuerpo sobre la mesa. Era el cadáver de un hombre joven, con marcas y heridas en la piel anotadas con números y fechas.
Lo que Alexandra Huerta no sabía era que esa misma mañana, horas antes del tiroteo en la Calle 24, una gran suma de dinero había sido transferida en secreto a una cuenta bancaria en el extranjero. Una cuenta a nombre de una empresa tapadera controlada por la familia de Michael Davis.
La corrupción en las altas esferas no siempre requiere tiroteos ni bolsas llenas de billetes. A veces basta con una firma en un informe confidencial y mirar hacia otro lado.
SECCIÓN 05: LA MADRUGADA VACÍA
Dos meses después. Lunes, 19 de abril de 2027. 02:14 AM.
El pequeño apartamento de Elias olía a café cargado, humedad y al humo de los cigarrillos que Mendoza consumía cuando iba a visitarlo. Elias no fumaba, pero el olor se había quedado pegado a las paredes.
Elias no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar las detonaciones del tiroteo y volvía a ver la cara del hombre muriendo en el barro.
Sobre la mesa de la cocina, bajo una flexo encendido, había dos fotos impresas.
La primera era de Cristina Jefferson, catorce años. Desaparecida hacía tres meses en una estación de metro. Una chica joven, con sonrisa de brackets y una pequeña marca en la barbilla.
La segunda foto era de Fernando Maziel, un bebé de siete meses cuyo expediente figuraba en los archivos de protección de menores tras ser separado de su madre, una adicta que había ingresado en urgencias hacía tiempo.
Gracias a la intervención del sindicato, la suspensión de Elias había sido levantada a medias. Había evitado el juicio porque se demostró que les habían disparado primero, pero lo habían relegado al depósito de archivos de la comisaría: ocho horas al día moviendo cajas viejas en un sótano sin ventanas.
Pero Elias no había dejado de buscar.
Usando los ordenadores de la comisaría durante los descansos, había cruzado los registros de traslados de ambulancias con los expedientes de personas desaparecidas.
Encontró un patrón que no encajaba. En los últimos meses, más de veinte personas vulnerables —sin hogar, adictos o jóvenes bajo tutela pública— habían sido derivadas desde pequeñas clínicas hacia el ala sur del Hospital Estatal Primero de Chicago. Ninguno de ellos tenía ficha de salida. Sus expedientes simplemente desaparecían tras una firma: la de la Dra. Margaret Tomas, responsable del área de neurología.
Sonaron tres golpes secos en la puerta del apartamento. Elias se levantó despacio, llevando la mano por instinto a la pistola que guardaba bajo la chaqueta.
—Soy yo, Reyes. Abre —dijo la voz de Mendoza desde el pasillo.
Elias le quitó el cerrojo y abrió.
Mendoza entró con mala cara. Vestía una chaqueta de cuero vieja y vaqueros. Tenía ojeras marcadas y parecía demacrado. Tiró una tarjeta magnética y unas llaves sobre la mesa.
—Tengo acceso a la puerta trasera del muelle de carga del Hospital Estatal —dijo Mendoza—. Un antiguo compañero trabaja en la seguridad nocturna del turno de madrugada.
Elias lo miró con sorpresa. —Arturo... dijiste que no querías saber nada de esto. Dijiste que los federales nos enterrarían si nos metíamos de nuevo.
Mendoza se sentó pesadamente en una silla. Sacó un cigarrillo, lo encendió con mano temblorosa y miró las fotos de los dos niños sobre la mesa.
—Ayer fui a hablar con la madre de la chica Jefferson —dijo Mendoza, echando el humo hacia el techo—. Vive en un piso helado en el oeste. Sigue guardando la ropa de su hija en el armario y le sirve el plato en la comida. Me preguntó a la cara si la policía la estaba buscando o si solo esperábamos a que el río arrastrara el cuerpo.
Mendoza apretó los dientes.
—Llevo más de veinte años en la policía, Elias. He mirado hacia otro lado muchas veces. He cogido dinero de la calle y me he callado cosas que no debía. He sido un mal policía. Pero no voy a morirme siendo un cobarde que dejó tirada a una niña. Si la Agente Huerta o el FBI quieren detenernos, tendrán que venir a por los dos.
Elias miró a su compañero. Por primera vez en mucho tiempo, vio en el rostro de Mendoza una determinación real.
—Nos movemos a las tres —dijo Elias, revisando el cargador de su pistola personal. El chasquido del metal resonó en la cocina—. Sin radios. Sin avisar a nadie. Si algo sale mal ahí dentro, estamos completamente solos.
SECCIÓN 06: LA CARNICERÍA EN EL ALA SUR
03:35 AM. Hospital Estatal Primero de Chicago.
El ala sur del hospital estaba cerrada al público desde hacía años. Las ventanas estaban tapiadas desde dentro y varios carteles de "Prohibido el paso" bloqueaban las puertas de acceso desde el edificio principal.
Elias y Mendoza entraron por la zona de carga de lavandería. La puerta de chapa cedió con un pitido suave al pasar la tarjeta magnética que llevaba Mendoza.
El aire interior era frío y olía a polvo, tuberías viejas y a ese mismo rastro de desinfectante y químicos quemados que habían sentido en el sótano de la Calle 24.
Avanzaron a oscuras por un pasillo de azulejos desgastados, iluminado solo por la luz roja de emergencia del fondo. Elias iba delante con la pistola desenfundada, atento a cualquier ruido. Mendoza cubría la espalda, sosteniendo su arma con ambas manos.
—Elias... escucha —susurró Mendoza, parándose junto a un carro de transporte.
Desde el fondo del pasillo, tras unas puertas dobles con cristales reforzados, se escuchaba un pitido rítmico de monitores médicos y voces de hombres hablando en español.
Elias se pegó a la pared junto a la puerta y echó un vistazo rápido a través del cristal.
Lo que había sido una antigua sala de urgencias se había transformado en una instalación clandestina. Varios focos ilumina ban seis camillas de hospital. En tres de ellas había pacientes inmovilizados, conectados a tubos y máquinas de suero.
En una de las camillas estaba Williams Jones, el tipo de la casa del Distrito 11. Estaba despierto, con los ojos llenos de terror, pero completamente paralizado. Por los tubos que tenía conectados corría un líquido denso que brillaba bajo los focos. El Ópalo.
Junto a él, cuatro hombres armados con pistolas y subfusiles montaban guardia mientras revisaban el goteo de los sueros. En un escritorio cercano, una mujer con bata blanca —la Dra. Margaret Tomas— anotaba datos en una tableta con total frialdad.
Elias sintió un nudo de rabia en el estómago. Pero antes de que pudieran planear cómo actuar, la desgracia se cebó con ellos.
Mendoza intentó cambiar de postura sobre el suelo mojado. Su bota resbaló en un charco de limpiador derramado y la suela hizo un chirrido estridente contra el piso.
Uno de los hombres armados del interior giró la cabeza hacia la puerta.
—¡Hay alguien fuera! —gritó.
Sin mediar palabra, el sujeto apretó el gatillo de un subfusil y soltó una ráfaga a través de las puertas dobles.
Los cristales reventaron en una lluvia de fragmentos afilados. El ruido de los disparos en el pasillo cerrado fue un estruendo ensordecedor que hizo retumbar las paredes.
Elias se arrojó al suelo mientras las balas impactaban contra la pared de su cabeza, soltando metralla de yeso y pintura. —¡MENDOZA! ¡ABAJO!
Elias sacó el arma por la base de la puerta y disparó tres veces a ciegas. Uno de sus disparos alcanzó al tirador en el vientre, haciéndolo caer hacia atrás contra una mesa de instrumental que se vino abajo con un golpe metálico.
Pero el lugar era una trampa. Los otros tres hombres abrieron fuego al mismo tiempo. Las balas atravesaron las paredes de pladur del pasillo como si fueran de papel. Una nube densa de polvo blanco inundó el aire, cegándolos y haciendo imposible respirar sin ahogarse.
El pánico se apoderó de la escena. El ruido era destructivo, continuo, un martilleo de detonaciones que no dejaba pensar.
Mendoza, acorralado contra la pared opuesta, intentaba responder al fuego mientras el polvo le impedía ver nada.
—¡Elias! ¡No se ve nada! ¡Sal de aquí! —gritó Mendoza, asomando el cuerpo desesperadamente para disparar.
A través del tabique de yeso que separaba la sala del pasillo, uno de los atacantes disparó una ráfaga a ciegas a la altura del pecho.
Las balas atravesaron la pared de cartón piedra sin perder fuerza. Dos de ellas alcanzaron a Mendoza de lleno en el costado y el cuello.
El impacto no lo desplazó; fue un golpe seco que lo dejó helado.
Mendoza soltó el arma. Un borbotón de sangre le brotó de la boca, manchándole la cara y el abrigo. Miró a Elias con los ojos abiertos de par en par, lleno de espanto y dolor, sin poder articular palabra. Sus piernas cedieron y cayó desplomado sobre el suelo en medio de una charco de sangre que se extendía rápidamente.
—¡ARTURO! ¡NO! —gritó Elias.
La rabia y la desesperación hicieron desaparecer cualquier rastro de duda en Elias. El miedo se convirtió en un instinto salvaje de supervivencia.
Se arrastró por el suelo entre los cristales rotos, ignorando los cortes en los brazos. Asomó el cuerpo por la parte baja del marco de la puerta y disparó dos veces al hombre que había atravesado la pared. Las balas le dieron en el pecho, derribándolo al instante.
Elias se puso en pie de un salto, entrando en la sala envuelto en humo y polvo.
El siguiente atacante intentó encararlo desde detrás de una camilla, pero Elias avanzó encarando la pistola con los brazos temblándole por el esfuerzo. Disparó tres veces seguidas a corta distancia. El hombre cayó pesado sobre los monitores, que empezaron a soltar chispas y a emitir un pitido estridente.
El último sujeto corrió hacia la salida trasera, pero Elias, fuera de sí, le disparó por la espalda. El hombre se golpeó contra el marco de la puerta y quedó inmóvil en el suelo.
El tiroteo cesó tan de golpe como había empezado.
El silencio volvió a la sala, roto solo por el chisporroteo de los cables rotos, los pitidos de las máquinas y el sonido del polvo cayendo del techo.
Elias corrió al pasillo y se tiró de rodillas junto a Mendoza. Le tomó la cabeza con las manos, intentando taparle las heridas con los dedos, pero la sangre le corría entre los puños sin control.
—Arturo... mírame. Quédate conmigo, viejo. ¡Por favor! —suplicó Elias, rompiéndose en sollozos.
Mendoza tenía la mirada fija en el techo. Las pupilas no reaccionaban. Ya no había pulso. Arturo Mendoza había muerto en sus brazos en cuestión de segundos.
Elias se quedó allí agachado, respirando con dificultad, rodeado de sangre y polvo, sintiendo que el mundo se venía abajo a su alrededor.
Un sollozo débil llamó su atención desde el fondo de la habitación.
Elias se levantó despacio, caminando como un autómata con la pistola en la mano.
En una esquina, sobre una mesa, había una pequeña incubadora de transporte. Dentro yacía el cuerpo del bebé Fernando Maziel.
Estaba inmóvil, con la piel de un tono grisáceo y sin respirar. El experimento le había quitado la vida horas antes.
De Cristina Jefferson no había rastro. Solo su carpeta sobre la mesa, con un sello rojo en la portada: EXPEDIENTE CERRADO.
La Dra. Tomas estaba escondida debajo del escritorio, temblando de miedo y llorando descontroladamente. Elias se acercó a ella, le apuntó a la cabeza con la pistola y apretó el gatillo.
El arma solo hizo un chasquido seco. Se había quedado sin balas.
Elias miró la pistola vacía, luego miró a la mujer con una frialdad aterradora.
—Usted ya está muerta —dijo con la voz completamente helada—. Solo es cuestión de tiempo.
SECCIÓN 07: LA TRAICIÓN INSTITUCIONAL
05:00 AM.
Varios vehículos del FBI y la DEA ocupaban la entrada de urgencias del hospital. El amanecer empezaba a iluminar el cielo de Chicago con un tono gris y helado.
Alexandra Huerta caminó por el pasillo del ala sur. Sus botas dejaron marcas en el suelo manchado de sangre al pasar junto al cuerpo de Mendoza, que ya estaba cubierto con una manta por los sanitarios.
Elias estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con la cara manchada de hollín y la mirada fija en el vacío. Su placa de policía yacía en el piso, a un metro de sus botas. Tenía un corte sangrante en el hombro, pero ni siquiera parecía notar el dolor.
Huerta se detuvo ante él. Miró la sala destrozada, los cadáveres y finalmente se fijó en Elias.
—Lo encontramos —dijo Elias, con una voz rota y raspada—. Tienen las pruebas sobre la mesa. Tienen los expedientes y los nombres. Hay que detener a los responsables de este hospital hoy mismo.
Huerta no respondió. Miró a sus agentes, que estaban metiendo todas las carpetas y discos duros en cajas metálicas de seguridad. Su rostro no mostraba rabia; solo una profunda y amarga resignación.
Se giró y caminó hacia el despacho principal, donde el Agente Especial Michael Davis estaba hablando por teléfono.
Huerta entró en la oficina y cerró la puerta.
Davis colgó el teléfono tranquilamente. Sobre la mesa había una trituradora de papel encendida. Sin prisa alguna, Davis fue introduciendo los informes de autopsia del bebé y los registros médicos firmados en la ranura.
El motor de la máquina empezó a tragar los folios, convirtiéndolos en tiras de papel ilegibles.
¡CRRRRRRRRRRRRRRRR!
—¿Qué estás haciendo, Michael? —dijo Huerta, apretando los puños.
Davis la miró con serenidad. —Estoy protegiendo esta agencia, Alexandra. Y protegiendo tu futuro.
—¡Han muerto niños en este sótano! ¡Han matado a un policía en el pasillo!
—La gente que controla esta red en la frontera es necesaria para otros asuntos de seguridad nacional, Alexandra —contestó Davis con frialdad—. Esta droga es solo un daño colateral. La operación no se va a tocar.
—¿Saben esto en la Jefatura? —susurró Huerta, impactada.
—Washington sabe exactamente lo que pasa. Si intentas acusar a la directiva de este hospital o si dejas que ese policía del CPD hable con la prensa... te quitaré la placa y te meteré en la cárcel por revelar secretos oficiales.
Davis dio un paso hacia ella.
—Tú estás aquí gracias a este sistema, Alexandra. No lo jodas por un policía de barrio que se ha metido donde no le llamaban y un par de adictos de la calle.
Huerta se quedó inmóvil. Se miró las manos enguantadas, sintiendo una mezcla de asco y rabia que le oprimía el pecho. Pero no hizo nada.
Salió de la oficina en silencio.
Cuando volvió al pasillo, los agentes ya se estaban llevando todas las cajas. Solo quedaban el cuerpo de Mendoza cubierto y Elias Reyes sentado en el suelo.
Huerta se agachó frente a Elias.
—Reyes... —dijo en voz baja.
Elias levantó los ojos hacia ella. Ya no había enfado en su cara. Solo una certeza amarga.
—No van a hacer nada, ¿verdad? —preguntó Elias.
Huerta miró al suelo. —El informe dirá que Mendoza y tú entrasteis aquí por vuestra cuenta en un asunto no oficial. Los atacantes eran miembros de una banda que murieron en el tiroteo. No hay pruebas de laboratorio. El caso se cierra hoy.
Elias no gritó. No dijo nada. Miró su placa de policía manchada de sangre en el suelo.
Se puso en pie despacio, sintiendo todo el peso del cuerpo y el dolor de las heridas. Pasó por al lado de Huerta sin volver a mirarla y caminó hacia la salida del muelle de carga.
Al salir a la lluvia helada de la mañana, Elias Reyes supo que la policía había terminado para él. Aquella noche no había habido justicia, pero la historia no iba a quedarse así. El juego acababa de cambiar.
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