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Las huellas de mi padre

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Sinopsis

Horror, todos amamos el horror. ¿Y lo más hermoso del horror? Que se puede presentar en mil formas diferentes y variadas, sea a través de fantasmas, demonios o hasta un familiar. En este primer cuento, podrán ver el retorno de un hombre a la casa de su infancia tras el fallecimiento de su padre, reviviendo en cada rincón recuerdos cada vez más oscuros...

Genero:
Horror
Autor/a:
Pericles26
Estado:
hace 8 minutos
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Las huellas de mi padre

Las huellas de mi padre

Era una mañana de septiembre, donde mis dedos ardían al contacto de las ráfagas gélidas del invierno. Sin embargo, el dolor que afloraba en los confines de mi pecho superaba, por mucho, cualquier molestia física que el exterior de mi cuerpo pudiera sentir.

Mi padre había fallecido el día anterior. Fue inesperado, un terrible cáncer de pulmón lo llevó al otro mundo en menos de un mes. Nadie se había preocupado por acompañarlo en sus últimos días, ni se habían molestado en asistir a su velorio.

Mamá… ya no estaba.

Mis abuelos tampoco.

Hermanos jamás tuve.

Y yo, como David ante Goliat, me paré frente al imponente titán que era su casa. Mi casa durante la infancia.

Mis piernas eran de gelatina. Las dos ventanas, posadas en el segundo piso y de forma circular, eran los visores del gigante de madera. Desde allí, me miraba, me juzgaba y, como una voz lejana, casi onírica, me desafiaba a adentrarme en ella.

Tragué saliva y, tras unos pocos minutos juntando valor, entré.

Al abrir la rechinante puerta, cientos de recuerdos inundaron mi cerebro. En principio, sentí la desoladora realidad de notar el inevitable deterioro: las paredes estaban descascaradas, el piso, de madera flotante, marcado por la podredumbre y capas de polvo que indicaban su falta de cuidado, como así también lo atestiguaba el hediondo olor a humedad.

Inmediatamente alcé mi mirada, posándola en las extensas escaleras rojas, por aquellas en las que en mi niñez subía y bajaba a las corridas. Mi padre jamás me permitió hacerlo. En principio era benigno, o al menos así lo fue hasta que mamá se fue.

El solo pensar en aquello hizo que mi espalda picara.

Sacudí la cabeza y caminé unos metros, hasta el living. Aún estaba la silla mecedora, su silla mecedora. Allí él pasaba horas, fumando sus impasibles cigarros parisien y observándome fijamente mientras hacía la tarea, con la cual nunca me llevé especialmente bien. Su expresión facial era imperturbable, su unicejo apuntaba siempre en mi dirección, presionándome a dar siempre lo mejor, a ser mejor.

Frente a la silla estaba la chimenea. Los pocos momentos en los que papá optaba por no preocuparse por mí eran gracias a esa chimenea y en días invernales tan fríos como estos. Recuerdo verlo pasar horas frente al fuego, observando las llamas, que danzaban encima de las leñas y alumbraban la oscura sala. Una paz que nadie en el mundo tenía permitido perturbar, donde solo estaban permitidos el sonido de las brasas y las pitadas de sus infaltables cigarros. A un costado de la chimenea, observé su atizador, ya oxidado, recostado contra la pared.

Un calor incómodo envolvió mi interior al mismo tiempo que mi espalda me volvía a picar hasta rozar con el ardor. Ofuscado, seguí caminando, necesitado de apaciguar aquella sensación.

No tenía una ubicación en mente, solo me moví por inercia, hasta que llegué al patio que conectaba con el living. Mis ojos se posaron en el añejo limonero, ahora marchito, que otrora rebosaba de grandes limones. Allí, en algunas pocas ocasiones, con papá practicamos con la pelota, utilizando el tronco y algún zapato como arco. Las veces que se dedicaba a atajar, me indicaba cómo debía patear. Pero, como el mejor de los profesionales, se posicionaba con firmeza, extendía sus brazos y me observaba. Hasta el último instante, a tan solo milésimas de impactar el balón, me vigilaba como un ave rapaz a su presa.

Jamás fui capaz de convertirle.

Los recuerdos eran demasiados. Con mi corazón rimbombante aceleré el paso. Me frené de manera abrupta en la entrada y miré una vez más las escaleras. Una breve reminiscencia del pasado atravesó mi mente.

¿Fueron siempre rojas esas escaleras?

No…

En mis primeros recuerdos, eran de abedul, su claridad brillaba con cada pulido de cera.

¿Por qué?

¿Por qué habían cambiado?

Una fuerte migraña perforó mi cabeza, desde el lóbulo frontal, pasando por mis ojos y llegando hasta mi nuca. Fue tan potente que, por un momento, pensé que mis piernas se derrumbarían junto con mi cuerpo. Me puse de cuclillas, la presión me bajaba como lo hacía mi corazón, que saltaba desde el estómago hasta la garganta.

Unos fuertes retumbos, similares a los de un tambor, acompañaron aquella migraña. Como una película antigua, pude sentir el inicio de una filmina que se proyectaba a través de mis ojos.

Ese retumbar no era el de un tambor. Era el de algo muy pesado cayendo por las escaleras. Inundado por la inocente curiosidad de un niño, recuerdo que me sentí sumamente intrigado por ver qué sucedía. Dejé a un lado la tarea y corrí con ingenuidad desde el living hasta la entrada principal, esa misma donde me encontraba parado en aquel preciso instante.

Y, efectivamente, algo grande había caído.

“Algo” de unos cincuenta kilos y un metro sesenta de altura.

Mamá.

Mi curiosidad infantil se esfumó en un instante.

No sentí miedo.

En principio, porque simplemente no entendía la situación.

No sentí tristeza.

En gran medida, porque un hombre no llora.

Sin embargo, admito que esos sentimientos fueron especialmente cercanos cuando vi su rostro. Estaba hinchado, su color se había tornado morado. Aún más me impactó su expresión, que indicaba un rastro de horror, de aversión a la situación que la había llevado a ese momento. Por otro lado, en su particular sueño, a pesar del vívido horror en sus facciones, había una inexplicable… paz, que le otorgaba a lo mórbido un extraño lado de belleza.

El trance que tenía al observarla se rompió con un sobresalto al escuchar pasos por la escalera.

Era papá.

Su paso era firme, algo lento, pero firme. Su semblante era severo, como siempre. Mas no miraba a mamá. Sus ojos iban hacia mí. No pestañeó ni un solo segundo, ni un solo músculo de su rostro se movía, no, no solo de su cara; de todo su cuerpo, sus brazos se mantenían firmes a los costados de su torso y sus manos, que chorreaban un líquido amarronado, cerradas. Lo único extraño eran unas marcas verticales y rosadas, aunque intensas, cercanas al rojo, en el costado de su cuello y que parecían extenderse hasta el principio de su mentón.

Sentí miedo.

Sentí tristeza.

No había reacción.

Ni rebeldía.

Solo una larga, casi eterna, espera hasta que terminara de bajar las escaleras.

Recuerdo haberme visto inevitablemente atraído por las huellas que dejó en su andar. Huellas rojas que se impregnaban en el blanco abedul, más intensas en los primeros escalones del segundo piso y más tenues en los primeros.

Cuando por fin llegó a mi posición, pasó por encima de mamá, como si evitara pisar una diminuta hormiga, y colocó su mano sobre mi hombro con una inhabitual gentileza. Lo único más anormal que aquel acto fue cuando esgrimió una sonrisa de oreja a oreja, siendo esa la primera vez que pude ver con claridad sus dientes, algo ennegrecidos.

—¿Cómo va la tarea? —Su tono era seco, no coincidía con su expresión.

No pude responder. Ni siquiera recordaba que estaba haciendo la tarea. El miedo que sentía se agigantó al ser incapaz de responder.

—Lo suponía. Termina con ella. —Su decepción era palpable en su voz.

Aprovechando que tenía su mano en mi hombro, la bajó hasta mi espalda y me empujó levemente en dirección del living. Por algún motivo, fui capaz de caminar y no mirar atrás. En lo más profundo de mi ser, quería voltearme y ver qué sucedía. Mas no pude. Solo escuché el ruido de algo que reptaba en dirección contraria a la mía.

Después de ese incidente, nunca más vi a mamá.

No murió.

Es como… si hubiera dejado de existir.

Ella no tenía amigos ni familia que se preocuparan por ella.

Papá nunca más habló de ella.

Nunca nos sacábamos fotos.

Nada que atestiguara su vida.

Un extraño pensamiento me invadió.

¿Y si existía una prueba de su existencia en el segundo piso?

Un viejo vestido, alguna nota, cualquier cosa…

Cargado de valor, me apresuré a subir.

Puse un pie en el primer escalón.

Ya no pude subir.

Algo me retuvo del hombro, con mucha fuerza.

Asimismo, una incómoda sensación de ser observado desde cada rincón de la casa se hizo presente.

Preso de la paranoia, giré, buscando cualquier cosa que explicara ese cúmulo de sensaciones desagradables.

Pero allí no había nada.

Tragué saliva.

Sentí el soplido del viento proveniente del segundo piso, el cual me obligó a voltear en su dirección. El camino estaba libre. Nada me detenía de seguir mi recorrido. Sin embargo, mi vista se nubló y los escalones ya no estaban allí.

Solo había un espacio negro ascendente donde una única cosa se podía distinguir en cada escalón: las huellas de mi padre.

Mis ojos se humedecieron, mi respiración se agitó y mis extremidades se debilitaron hasta el límite del colapso.

Antes de desvanecerme, usé toda mi voluntad para voltearme y salir corriendo hasta la salida. No solo eso, corrí hasta la vereda, asegurándome de estar lo suficientemente lejos del interior de la casa.

Bajé la cabeza.

Inspiré, exhalé.

Inspiré, exhalé.

Todo estaba bien. La vida siempre te obliga a tomar decisiones difíciles, nadie está exento de esa carga. Ni siquiera papá lo estuvo. Con sus errores, todo lo que yo sé, todo lo que yo soy, él me lo enseñó.

Inspiré y exhalé una vez más, por fin relajado. Prendí un cigarro y lo llevé a mi boca. Di unos pocos pasos más y noté que el sol comenzaba a salir. Pero más allá, en el horizonte. Donde estaba parado, la sombra me abrazaba. Era la sombra que la casa proyectaba.

Giré levemente la cabeza y solo pude notar esos dos ojos redondos.

Una vez más me observaban.

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