ASIER
CAPÍTULO 1 ( ASIER )
Me mandaron a una habitación.
Abrí la puerta y allí estaba el experto con el que, según me habían dicho, debía hablar. La habitación era acogedora; no tenía ventanas, pero aun así no me sentía encerrado. Había algo en el aire que transmitía calma, una sensación extraña de seguridad. En el centro, una silla ocupada por él. Justo enfrente, un sillón vacío.
Me indicó que me sentara y que empezara desde el principio.
Le pregunté a qué se refería, que no entendía por qué estaba allí. Me miró sin prisa y respondió simplemente:
—Tú solo habla.
Entonces empecé.
Mi vida siempre había sido normal. Nunca tuve problemas importantes. Vivía bien. No me faltó nada. Tenía amigos, jugaba con ellos, reía con ellos. Nunca me preocupé demasiado por nada.
No hubo ninguna discusión, nadie murió.
Simplemente apareció esa sensación.
Un vacío.
No sabía lo que era, no sabía como llamarlo. Era una especie de tristeza o aburrimiento. Más bien lo sentía como la ausencia de sentimientos. No llegaba a sentir nada.
No tenía una razón concreta para sentirme así. No me faltaba nada y, aun así, algo estaba roto por dentro. Creo que empezó cuando comencé a hacerme preguntas de verdad.
Las primeras fueron sobre mis amigos.
Los conocía desde que éramos pequeños, pero con el tiempo empecé a notar que no me necesitaban. Yo estaba allí… por estar.
No aportaba nada. Y no parecía importarles.
Tal vez eso fue lo que más me dolió: daba igual lo que hiciera, lo que dijera, lo bien o mal que lo hiciera. Todo pasaba sin dejar rastro. Podía faltar un dia y nadie notaria la diferencia. No sumaba ni restaba en ningún momento.
No puedo quejarme del todo. En nuestro grupo había otro chico al que usábamos como bufón.
Asier.
Nunca me pareció bien, pero tampoco hice nada. Me reía con los demás. Él seguramente lo pasaba peor que yo. Pero al menos él sí les importaba. Si decía alguna tontería, todas las miradas iban hacia él. Si hacía algo bien o mal, había una reacción.
Existía.
Si era yo quien hablaba, nadie escuchaba. Si decía algo, era como si no lo hubiera dicho. Continuaban hablando, riendo, viviendo… sin mí. Incluso el bufón tenía más presencia que yo.
Recuerdo un día en el que nos quedamos solos Asier y yo. No sabía cómo hablar con él.
En realidad… no sabía cómo hablar con nadie.
Tal vez por eso a ninguno de mis amigos parecía importarle. No sabía cómo socializar, cómo existir dentro del grupo. No encontraba mi lugar con ellos.
Estuvimos un rato en silencio. Mucho rato.
Ninguno se atrevía a decir nada, hasta que fue él quien habló:
—¿Qué os pasa conmigo?
La pregunta me dejó sin palabras. Aunque, siendo sincero, ya no las tenía desde antes. Aun así, me golpeó con fuerza. En ese momento sentí pena por él. Con esas pocas palabras entendí que le dolía de verdad lo que le hacíamos.
Respondí mal.
—Nada
—Sí que os pasa
Yo sabía la respuesta, solo queríamos alguien de quien reírse. Alguien al que usar de bufón. Aun así, no le dije la verdad.
Simplemente le eché la culpa.
—Eres tú quien provoca las burlas.
—¿Cómo?
Después de su respuesta agaché la cabeza y miré al suelo. Sabía que estaba mal todo lo que hacíamos y lo que le estaba diciendo ahora.
Pero aun así decidí seguir echándole la culpa a él.
—Si no fueras tan tonto no nos reiríamos de ti.
Levanté y giré la cabeza hacia la izquierda y vi la tristeza en su rostro. No lloró. No dijo nada al principio.
Luego me miró y respondió:
—Está bien. Cambiaré.
Al escuchar esas palabras sentí pena por él. En realidad no se que sentí exactamente, solo sé que él era una muy buena persona. Siempre buscaba que todos estuvieran bien y, aun así, nosotros lo tratábamos así solo porque era más ingenuo.
Pocas semanas después dejamos de saber de él. Ninguno del grupo volvió a verlo. Nadie supo nada. Pensábamos que tal vez estaba enfadado con nosotros pero que volvería al poco tiempo. No pensábamos que fuera capaz de dejarnos de lado e irse para siempre.
Días más tarde lo vimos con otro grupo de amigos. Reía y hablaba. Parecía ser feliz. Parecía que encajaba en su nuevo grupo. Allí no era el bufón. El problema no era él. Éramos nosotros. A mi grupo sí le importó su ausencia. Lo mencionaban a menudo, aunque ya no estuviera con nosotros, aunque no supiéramos nada de él. Parecía que Asier sí había dejado un hueco, a ellos sí les importaba Asier. Siempre lo trataban como menos, siempre se metían con él y lo menospreciaban (Yo incluido), y aun así, su ausencia fue notoria dentro del grupo. Yo sí que seguía allí, y a nadie le importaba. Él se había ido y seguía teniendo más importancia dentro del grupo que yo.
El experto se tomó su tiempo callado. Solo se quedó mirándome pero mantenía la misma expresión de siempre. Estaba tranquilo.
Después de un rato callados me preguntó:
—¿Qué sentiste?
—En el fondo me sentía culpable. Aunque no me sintiera orgulloso de mis actos seguí haciéndolos. Burlándome de Asier como todos los demás.
—¿De verdad te sentías culpable?
Esa pregunta me pilló por sorpresa. Volví a pensar de nuevo durante unos segundos y luego respondí:
—En realidad desde un principio sabía que estaba mal, simplemente pienso que la vida es así, injusta. Para que otros brillen muchos tienen que quedarse atrás. Aunque sea de manera injusta.
—¿Qué esperabas recibir después de hacer eso?
Me costó responder a esta pregunta. Pensé en mentir pero no sabia ni como. Al final decidí respondérle sinceramente, ya no tenía nada que esconder.
—Supongo que simplemente esperaba ser como los demás del grupo. Quería encajar. Quería dejar de sentirme vacío…
El experto se quedó en silencio unos segundos.
No parecía juzgarme. Simplemente me seguía observando. Yo me empecé a sentir incómodo. A replantearme todo lo que había dicho y hecho. Aun habiendo llegado hasta aquí, sigo sin tener claro nada de lo que he hecho.




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