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Lealtad Deseo y el Deber

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Sinopsis

​Someterse a la corona es un mandato; someterse a Dorian Hendricks es una perdición. Para el futuro rey de Hapsburg-Krone, el deseo no es un privilegio: es una traición a la dinastía, un pecado que se paga con el trono y un escándalo capaz de incendiar el imperio. En una corte donde cada caricia a puerta cerrada es un acto de alta traición y cada gemido en la penumbra desafía al imperio entero, lo prohibido deja de ser una tentación para convertirse en el único territorio donde el monarca no gobierna... sino que se entrega.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
LIG YLAROD
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

Kaelen

El Gran Salón de los Espejos relucía bajo el fulgor de docenas de arañas de cristal, pero para mí, la estancia no era más que un páramo desprovisto de vida. Se celebraba otra velada protocolaria de la corte, otro compromiso sofocante al que debía asistir como heredero del reino. Me encontraba de nuevo forzando risas huecas ante chistes de nobles cuyo nombre apenas recordaba, fingiendo ser quien no soy en este mismo lugar aburrido y solitario. A mi alrededor, las miradas evasivas, la pleitesía forzada y el sordo miedo de los miembros de la corte construían muros invisibles de falsedad.

Sin embargo, todo en esa sala siempre desaparece cuando lo veo a él.

Casi puedo verlo hasta en mis sueños. Cada paso que doy en esta vida de apariencias, cada movimiento que hago en este palacio se siente perdido y sin dirección. Tengo que seguir intentándolo, me repetía en silencio, apretando la copa de plata entre los dedos. Tengo que mantener mi cabeza en alto. Sé bien que siempre habrá una montaña en el camino, una montaña de deberes, intrigas y expectativas que querré mover. Sé que habrá batallas cuesta arriba, las cuales algunas veces perderé. Pero esto no se trata de cuánto tiempo me tarde en llegar a la corona, aunque sé perfectamente lo que me espera en el trono.

Hay un millón de pensamientos en mi cabeza librando una guerra constante. ¿Debería dejar de escuchar a mi corazón? Hasta ahora me he mantenido firme, nada está perdido, pero me falta algo vital. No puedo decidir qué está mal ni qué está bien, ni qué camino debería tomar. Si solo supiera lo que mi corazón me está diciendo... No sé qué estoy sintiendo; por momentos me digo que esto debe ser algún tipo de enfermedad del alma. Si solo pudiera leer las señales frente a mí, tal vez podría encontrar el camino hacia quien de verdad estoy destinado.

Y aun así, con cada paso y cada palabra, sé que estoy cayendo hacia alguien hacia quien no debo.

Todo el ruido de la fiesta se redujo a un murmullo lejano cuando vi sus ojos desde el otro extremo del salón. Su silueta, erguida y sobria, comenzó a acercarse a mí atravesando a la multitud.

—Su Alteza —dijo al llegar a mi lado, inclinando la cabeza con una reverencia impecable.

—El cortesano de Baldassarre —espeté con una leve sonrisa, usando aquella vieja broma privada entre los dos.

Dorian esbozó una mueca casi imperceptible, guardando la compostura protocolaria que exigía la mirada atenta de los duques y barones a nuestro alrededor, aunque en sus ojos brillaba la complicidad de quien llevaba años compartiendo mi vida y mis secretos.

—Si nuestra Alteza se refiere al tratado sobre las virtudes del diplomático perfecto, sabe bien que solo intento cumplir con mi deber al servicio de la corona —respondió Dorian en voz baja, dando un paso discreto hacia mi flanco—. Aunque admito que la diplomacia de esta noche resulta en extremo agotadora.

—Agotadora es poco, Dorian —murmuré, manteniendo la vista al frente mientras fingía observar a los invitados—. Siento que cada gesto que hago en este lugar carece de rumbo. Los miembros de la corte rinden pleitesía a un título, no a un hombre. Me observan esperando ver al futuro rey, pero por dentro me encuentro caminando a ciegas.

—Gobernar con mano firme y corazón justo requiere tiempo, mi señor —dijo Dorian, ajustando con elegancia los puños de su casaca—. Lo conozco desde que ambos éramos niños en los jardines del palacio. He estado a su lado durante años y Lo he visto resistir presiones que habrían quebrado a cualquiera. Nada está perdido mientras no entregue nuestra voluntad a estas paredes de piedra.

—A veces pienso que debería dejar de escuchar a mi corazón, Dorian. Que un príncipe no puede permitirse el lujo de sentir —suspiré, mirando de reojo su rostro sobrio y sereno. Todo lo que puedo pensar en momentos como este es en lo increíblemente atractivo que es, una verdad que he intentado sofocar mil veces en vano—. No sé qué camino tomar, ni si las señales que tengo enfrente me llevarán a la salvación o a mi propia ruina.

Dorian inclinó ligeramente el rostro hacia mí, manteniendo la distancia que imponía la etiqueta pero reduciendo la voz a un tono susurrado que solo yo podía escuchar.

—No hay ley ni protocolo que pueda dictar las señales que el corazón debe seguir, Su Alteza. Si el camino cuesta arriba es difícil, sabe que mi espada y mi lealtad han estado y estarán siempre a su lado para ayudarlo a mover esa montaña. Pero no se traicione a usted mismo fingiendo ser alguien que no es.

Las palabras de Dorian resonaron en mi pecho con una fuerza abrumadora. Cada paso y cada palabra compartida me demostraban que la distancia entre mi deber como príncipe y la verdad de mis sentimientos se reducía peligroso e inevitablemente.

La mirada de Dorian permaneció fija en la mía durante un segundo entero más de lo que dictaba la prudencia, antes de devolver la vista al frente y adoptar esa postura erguida y distante que reservaba para los buitres del Gran Salón. En ese preciso instante, una risa agudo-ensayada cortó la distancia.

La marquesa de Ardennes se aproximaba a nuestro flanco, arrastrando la pesada seda de su vestido verde esmeralda y escoltada por su hija menor, la joven lady Vivienne. No eran las únicas; a lo largo del perímetro de mármol, las damas de las casas nobles más influyentes del imperio nos observaban como halcones midiendo el vuelo de su presa. Sus abanicos de plumas se movían en un acompasamiento hipnótico, susurrando alianzas, dotes y linajes que debían perpetuarse a través de mi lecho.

—Su Alteza Real —inclinó la marquesa el cuello, exhibiendo una gargantilla de diamantes que costaba más que una provincia entera—. Un honor que su presencia ilumine la velada. Mi hija Vivienne comentaba justamente lo majestuosa que resulta la guardia de palacio esta noche, aunque nada rivaliza con la estampa de nuestro futuro monarca.

—La marquesa es demasiado generosa, señora —respondí, modulando la voz con la frialdad exacta que exigía mi rango.

Alcé la copa hacia los labios, dejando que el líquido amargo cubriera mi lengua mientras observaba la escena. Lady Vivienne bajó la cabeza con una timidez estudiada, pero sus ojos, oscuros y calculadores, buscaron los míos a través de las pestañas. Querían la corona. Querían la promesa de una reina sentada en el trono de Hapsburg-Krone. Cada familia de la corte traía a sus hijas en bandeja de plata, listas para venderlas por una cuota de poder en mi futuro consejo. Era un mercado de carne y títulos perfectamente pulido, donde el afecto era una aberración y la conveniencia, la única ley.

Y sin embargo, mientras la marquesa desplegaba su repertorio de halagos para venderme las virtudes de su estirpe, mis ojos se desviaron de forma inevitable hacia el hombre que permanecía a medio paso detrás de mi hombro derecho.

Dorian no necesitaba seda esmeralda ni joyas estrafalarias para eclipsar a cualquiera en este salón. Portaba el jubón de terciopelo negro de la cancillería, sobrio y ceñido a la perfección a la anchura de sus hombros y la línea recta de su espalda. Había algo profundamente exasperante en la serenidad de su porte. Observé el perfil de su rostro, recortado contra el fulgor dorado de los candelabros: la línea recta de su nariz, la mandíbula firme marcada por una elegancia innata y esa tez clara que parecía inmune a la hipocresía que sofocaba a todos los demás.

Era la criatura más fascinante del palacio, y lo sabía. Lo sabía por la forma en que los propios barones interrumpían sus conversaciones sobre impuestos para seguir el rastro de sus pasos cuando cruzaba el estrado, y por la manera en que las jóvenes de la corte ahogaban un suspiro cada vez que él inclinaba la cabeza para saludar. Dorian Hendricks no poseía un título de duque ni una provincia a su nombre, pero en el arte del dominio visual, superaba a cualquiera de los reyes que colgaban en los retratos de las galerías.

—El deber de la realeza es un camino solitario, Su Alteza —reanudó la marquesa, dando un paso más hacia mí, ajena al hilo invisible que ataba mi atención al cortesano—. Pero con la esposa adecuada al lado, el peso del imperio se vuelve... llevadero.

—El imperio exige hombros fuertes, marquesa, no solo sonrisas agradables en el banquete —intervino Dorian con una soltura magistral, sin romper jamás su tono respetuoso pero inyectando la dosis justa de autoridad diplomática—. El príncipe Kaelen analiza en este momento cuestiones de estado fundamentales para las fronteras del norte. Temo que las alianzas matrimoniales deban aguardar a que el consejo de mañana concluya.

La marquesa parpadeó, sorprendida por la interrupción tan impecablemente calculada del cortesano. Lady Vivienne, por su parte, desvió la mirada hacia Dorian por un breve instante; en sus ojos no había molestia, sino un destello de fascinación involuntaria antes de volver a bajar los ojos. Dorian las desarmaba a todas sin mover un solo musculo de más.

—Por supuesto... el deber ante todo —murmuró la marquesa, dando un paso atrás con una reverencia más rígida mientras registraba la negativa velada.

Cuando se retiraron hacia la multitud, dejándonos de nuevo envueltos en nuestro propio radio de sombra, exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Un movimiento audaz, cortesano —dije en voz baja, sin girar la cabeza hacia él—. La casa de Ardennes controla los graneros del sur. Podrían considerar tu intervención como un insulto.

—Que lo consideren como gusten, mi señor —respondió Dorian, rozando apenas la empuñadura ceremonial de su rapia con los dedos largos y firmes—. Un rey no se vende por trigo. Además... conozco bien la mirada de un hombre que se siente acorralado, y Su Alteza parecía a punto de ordenar a la guardia que despejara el salón.

Lo miré de reojo. Sus ojos grises, agudos como el acero de la guardia imperial, me escudriñaban con esa precisión quirúrgica que solo él poseía. Dorian leía los microgestos de mi rostro mejor que cualquier consejero de la corona. Conocía el peso de mi respiración, la rigidez de mi cuello cuando la falsedad de la corte me superaba, y la forma exacta en que mis dedos apretaban el cáliz cuando la frustración amenazaba con desbordarme.

A nuestro alrededor, el salón continuaba su danza de máscaras. Las herederas de las grandes casas seguían desfilando bajo las arañas de cristal, lanzándome miradas cargadas de ambición, pero para mí, la estancia entera volvía a reducirse a una presencia estática. Un hombre rodeado de halcones que querían mi trono, parado justo al lado del único individuo en todo el imperio cuya sola sombra me recordaba quién era yo cuando me quitaba la corona.

El desfile de banquetes y sonrisas ensayadas continuó sin tregua. Una tras otra, las grandes familias de la aristocracia se aproximaban al estrado con el mismo ritmo calculado, ofreciendo reverencias que rozaban el suelo y miradas que medían sin disimulo la anchura de mi corona.

A mi lado, Dorian mantenía la distancia exacta que dictaba el protocolo, pero cada vez que una nueva matrona avanzaba con su correspondiente descendiente, se inclinaba lo justo para que solo yo pudiera escuchar sus comentarios.

—Prepárese, Su Alteza —murmuró Dorian sin mover apenas los labios, manteniendo la vista al frente como el diplomático intachable que aparentaba ser—. A su derecha se aproxima la duquesa de Westfalia con la joven lady Agnes.

—¿Qué tiene de malo Westfalia? —pregunté en un susurro, apretando la copa para disimular la sonrisa que amenazaba con salirme.

—Aparte de que la duquesa financia sus vestidos confiscando el grano de sus vasallos, se dice que lady Agnes colecciona halcones y los entrena para atacar a los sirvientes que no peinan bien a sus perros. Si se casa con ella, mi señor, asegúrese de llevar yelmo a la cama.

Tuve que toser de forma precipitada y llevarme el pañuelo a la boca para ahogar una carcajada que habría escandalizado a la mitad del salón. Dorian ni pestañeó. Su rostro permanecía sereno, la viva imagen de la sobriedad aristocrática, aunque en el fondo de sus ojos brillaba esa chispa de astucia que solo yo conocía.

—Su Alteza Real —saludó la duquesa, empujando con sutileza a su hija hacia adelante—. Lady Agnes ha pasado los últimos tres meses practicando el arpa con la esperanza de ofrecer una serenata en el banquete de su coronación.

—Una dedicación admirable, duquesa —respondí, logrando recomponer la compostura gracias a un esfuerzo monumental—. La música es, sin duda, un don noble.

Cuando la duquesa y su arpista se retiraron, no pasaron ni diez segundos antes de que la baronesa de Valmont ocupara su lugar, trayendo consigo no a una, sino a dos de sus hijas.

—Dos por el precio de una, mi señor —susurró Dorian de nuevo, ajustando los encajes de su puño—. La menor recita poesía trágica al amanecer y la mayor gasta el tesoro familiar en adivinos que le prometen que será reina. Le sugiero que no las mire muy fijamente o la baronesa redactará el contrato matrimonial antes de que termine la pieza musical.

Nuevamente, el pecho me vibró con una risa sorda. La soltura con la que Dorian desarmaba la solemnidad de la noche era el único soplo de aire fresco en medio de tanta falsedad. Llevábamos años haciendo esto; desde niños, cuando nos escondíamos en los graneros reales para escapar de los tutores, él siempre había tenido la capacidad exacta para hacer que el peso de mi apellido resultara soportable. La confianza entre nosotros era un territorio infranqueable, una lealtad tallada a base de años de complicidad absoluta.

Sin embargo, viendo cómo las familias nobles insistían en la idea del matrimonio y la descendencia, una curiosidad genuina y repentina me atravesó el pecho. Observé el perfil de Dorian mientras la marea de la corte nos daba un breve segundo de tregua.

—Y tú, Dorian... —empecé, bajando el tono a una frecuencia más íntima—. ¿No has pensado nunca en esto?

Dorian ladeó ligeramente la cabeza, mirándome de reojo con una ceja elevada.

—¿En soportar a las matronas de la corte, Su Alteza? Preferiría un duelo a espada contra la guardia imperial completa.

—Hablo en serio —insistí, buscando sus ojos—. Formar una familia. Elegir una buena esposa, tener herederos, construir tu propio legado lejos de las sombras de este palacio. Eres uno de los hombres más codiciados de la capital; podrías elegir a casi cualquiera.

Dorian guardó silencio por un instante. La ironía habitual de su rostro se suavizó, dando paso a una expresión serena y pensativa.

—Supongo que sí, mi señor —contestó en voz baja, mirando hacia el centro del salón donde las parejas giraban al ritmo del vals—. Algún día. Encontrar una mujer virtuosa, establecer un hogar tranquilo en alguna finca del condado y criar hijos que no tengan que aprender a cuidarse de los venenos de la corte. Es una idea apacible.

Escuchar sus palabras me provocó una extraña puntada en el estómago, una sensación incómoda que me apresuré a sofocar bajo el manto de mi autoridad como heredero. Lo escuché detenidamente, memorizando la calma con la que hablaba de un futuro que no me incluía a su lado de la misma manera.

—Cuando la corona esté sobre mi cabeza —le dije con firmeza, mirando al frente pero asegurándome de que cada palabra tuviera el peso de una promesa real—, te otorgaré un título de mayor rango. Te daré tierras en el sur, un condado próspero donde puedas construir esa vida. Tendrás una posición influyente en el reino, Dorian. Es lo mínimo que merece tu lealtad.

Dorian se giró hacia mí. Por un segundo, la etiqueta pareció quedar en segundo plano y vi al amigo de mi infancia mirándome con una devoción intacta. Luego, negó despacio con la cabeza y ofreció una sonrisa leve, casi imperceptible.

—Le agradezco la generosidad, Su Alteza —respondió con una voz firme y transparente—, pero no necesito tierras ni castillos lejanos. Mi lugar está aquí. No hay título en este imperio que me importe más que el que ya tengo: el de servirle a usted. Mientras me lo permita, me quedaré a su lado en este palacio.

Sus palabras resonaron en mi pecho con el golpe de un veredicto inevitable. Dorian se negaba a marcharse, inclinando la balanza una vez más hacia esa cercanía peligrosa que ambos alimentábamos. Y mientras una nueva condesa se acercaba con su hija del brazo, supe que, por mucho que la corte exigiera un rey casado, la única presencia sin la cual yo no podía gobernar era la del hombre que continuaba firme a mi derecha.

El bullicio del Gran Salón pareció amortiguarse bajo la pesadez del aire, denso por el aroma a cera quemada, perfumes costosos y las finas telas de los trajes aristocráticos. Mientras el vals continuaba su ritmo pausado, no pude evitar girar el rostro ligeramente, buscando a Dorian de reojo. Lo detallé con una lentitud casi involuntaria: la firmeza de su mandíbula, impecablemente afeitada; la curva pulcra de su cuello enmarcada por el cuello rígido de terciopelo; la forma en que la luz de las arañas de cristal trazaba reflejos cobrizos sobre el negro azabache de su cabello. Había una precisión felina en cada uno de sus movimientos, una elegancia contenida que me resultaba imposible de ignorar.

Un toque de trompetas de plata retumbó desde las galerías superiores, cortando de golpe las conversaciones y haciendo que la orquesta detuviera sus arcos en mitad de una nota. Las pesadas puertas de roble y pan de oro del salón principal se abrieron de par en par.

—Su Majestad Imperial, el Rey Keyden —anunció el heraldo con voz atronadora—, y la Reina Elisabeth.

La corte entera se replegó hacia los laterales como una marea uniforme, doblando las rodillas en una pleitesía ensayada. Mi padre avanzó con paso firme, imponente en su uniforme militar engalanado con las bandas de la orden del Halcón; a su lado, mi madre caminaba con la gracia serena de una soberana nacida para mandar, la cola de su vestido azul zafiro deslizándose sobre el mármol pulido.

Di tres pasos al frente para recibirlos, marcando el protocolo que correspondía al heredero. Justo detrás de mí, como una sombra fiel e invisible para los demás pero omnipresente para mí, Dorian me siguió a paso firme. Su postura cambió al instante: los hombros ligeramente más tensos, la mano diestra descansando con naturalidad sobre el pomo de su ropera, la mirada atenta escudriñando los balcones y las esquinas del salón. Siempre alerta. Siempre cuidándome.

—Padre. Madre —saludé, inclinando la cabeza con el respeto debido.

—Kaelen —asintió el rey, su voz grave resonando por encima del murmullo respetuoso de los nobles.

Dorian dio un paso al frente, bajando la mirada y ejecutando una reverencia impecable frente a los monarcas.

—Majestades.

—Hendricks —dijo mi padre, deteniéndose ante él y cruzando los brazos a la espalda, observándolo con la aprobación de un veterano de guerra—. Me han llegado los informes de la patrulla del paso del norte. Escuché que la escaramuza contra los rebeldes se resolvió sin bajas en nuestras filas gracias a tu estrategia de flanqueo. ¿Es cierto que desarmaste al comandante enemigo antes de que pudiera dar la orden de ataque?

Dorian mantuvo la cabeza inclinada un ángulo perfecto, modesto pero sin perder un ápice de dignidad.

—Las crónicas suelen exagerar el valor de los hombres para entretener a la corte, Sire —respondió con voz serena y pausada—. Solo ejecuté las órdenes de Su Alteza Kaelen y me aseguré de que el acero imperial prevaleciera.

Mi padre soltó una carcajada rotunda, esa risa que solía hacer vibrar las vidrieras de las salas de consejo, y le dio un par de palmaditas firmes en el hombro.

—Siempre tan prudente, muchacho. Un buen soldado y un diplomático aún mejor. Buen trabajo.

La reina le dedicó una leve inclinación de cabeza, cargada de un afecto reservado, antes de que los tres nos dirigiéramos hacia la tarima principal. Nos acomodamos en los tronos de terciopelo y talla dorada: mi padre al centro, mi madre a su derecha y yo a la izquierda, presidiendo la sala desde la altura de la realeza. La orquesta reanudó el vals y la multitud volvió a ocupar la pista de baile en un mar de colores y joyas.

Sin embargo, mis ojos abandonaron de inmediato el centro de la estancia para buscar la figura que se alejaba hacia la guardia real.

Dorian se había colocado cerca de los pilares de granito junto al capitán de la guardia imperial. Desde la distancia, la luz de las velas le daba un contorno casi escultórico. Detallé la anchura real de su espalda marcada por el corte del jubón, la corpulencia de su pecho y la altura de su porte, que sobrepasaba por medio cabeza a la mayoría de los soldados que lo rodeaban. Su cabello negro azabache caía con una soltura elegante sobre su frente, contrastando violentamente con la frialdad metálica de sus ojos grises, que escaneaban a la multitud con precisión quirúrgica. Había una fuerza salvaje contenida bajo esa fachada de cortesano perfecto que me fascinaba.

—Kaelen.

La voz suave y melodiosa de mi madre me devolvió abruptamente a la realidad. Me giré hacia ella. Sentada a mi lado, la reina Elisabeth parecía mi propio reflejo tras el espejo del tiempo. Ambos compartíamos el mismo cabello rubio como el trigo al sol, la misma piel clara y esos ojos azules intensos que heredé de su linaje. Nuestra cercanía no era solo física; había entre los dos una complicidad limpia, una comprensión mutua que no necesitaba de grandes discursos.

—Madre —respondí, disimulando el ligero respingo que me provocó su interrupción.

La reina apoyó su mano cubierta por un guante de encaje sobre el apoyabrazos de mi trono, observándome con una sonrisa tenue en los labios y esa mirada sagaz que todo lo leía.

—Llevas toda la noche observando el salón con el ceño fruncido, hijo mío —dijo en un tono confidencial, que no alcanzaba los oídos de la guardia—. Te he visto hablar con la mitad de las herederas del imperio. Dime... ¿has encontrado a alguien de tu agrado para considerar un posible matrimonio? La corte empieza a impacientarse y tu padre no rejuvenece.

Negué despacio con la cabeza, dejando escapar un suspiro corto que ahogué tras una postura erguida.

—Ninguna, madre. Todas buscan la corona, los títulos o las tierras de la provincia del sur. Ninguna me ve a mí. Solo ven al rey que seré.

La reina esbozó una mueca llena de ironía aristocrática y me apretó la mano con ternura.

—Bienvenido a la realeza, mi amor —murmuró con dulzura—. A mí me tomó dos años de bailes ridículos y conversaciones vacías entender que tu padre era más que sus blasones. No te apresures, pero no cierres el corazón. Un rey necesita una aliada, no solo una reina de porcelana en las celebraciones.

—Lo sé —dije en voz baja, devolviéndole la mirada con una sonrisa franca—. Pero me temo que las damas de esta noche están más interesadas en la seda de mi capa que en lo que tengo para ofrecer.

—Déjalas que sueñen —rió ella suavemente, reajustando el abanico de marfil en sus regazos—. De todos modos, la mayoría de sus madres están intentando venderte castillos que están a punto de quebrarse.

Mientras mi madre continuaba haciéndome comentarios sarcásticos en murmullos sobre los duques que pasaban frente al estrado, mis ojos, traicioneros e inevitables, volvieron a deslizarse hacia la sombra del pilar. Allí seguía Dorian, con su figura alta y dominante, la mirada fija en el salón... hasta que, como si hubiera sentido el peso de mi atención a la distancia, giró la cabeza levemente y sus ojos grises se cruzaron de lleno con los míos.

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author

Qué emoción, ya me atrapó la nueva historia, se ve interesante, muchas gracias por compartir.☺️

un día

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