El último día normal
El despertador sonó a las 5:47 de la mañana.
Leo abrió los ojos y se quedó mirando el techo durante unos segundos.
No quería levantarse.
No porque estuviera particularmente cansado, aunque lo estaba. Simplemente había mañanas en las que levantarse de la cama parecía una tarea demasiado grande.
Apagó el despertador y se incorporó lentamente.
Su pequeño departamento estaba oscuro.
La única luz entraba por las persianas de la ventana, dejando unas líneas grises sobre las paredes.
Leo bostezó.
—Otro día...
Se levantó.
Su departamento no tenía mucho.
Un sofá viejo, una televisión que había comprado de segunda mano, una pequeña mesa con dos sillas y una cocina que apenas tenía espacio para una persona.
Sobre la mesa había varias cartas.
Leo las miró mientras preparaba café.
No necesitaba abrirlas.
Sabía perfectamente qué eran.
Facturas.
Alquiler.
Electricidad.
Una tarjeta de crédito que llevaba meses intentando pagar.
Suspiró.
Tomó una de las cartas y la abrió.
—Perfecto...
La dejó nuevamente sobre la mesa.
Su teléfono vibró.
Yohan:¿Ya estás despierto, dormilón?
Leo sonrió.
Leo:Desgraciadamente.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Yohan:Jajaja. Hoy saliendo vamos por unas cervezas.
Leo miró la hora.
Leo:Si sobrevivo al turno.
Yohan:Dramático.
Leo dejó el teléfono sobre la mesa.
Un segundo después volvió a vibrar.
Esta vez era Valeria.
Valeria:Buenos días :) No olvides que me debes el café de ayer.
Leo soltó una pequeña risa.
Leo:Eso jamás pasó.
Valeria:Tengo pruebas.
Leo:Falsificadas.
Valeria:Te odio.
Leo sonrió.
Era curioso.
Aunque vivía solo, nunca se sentía completamente solo cuando hablaba con ellos.
Terminó su café, tomó una ducha rápida y se puso el uniforme de trabajo.
Antes de salir, revisó nuevamente su teléfono.
Tenía un mensaje de su madre.
Mamá:Buenos días, hijo. Llámame cuando puedas.
Leo respondió:
Leo:Claro, mamá. Te quiero.
Guardó el teléfono.
Tomó su mochila.
Y salió.
El aire de la mañana estaba frío.
Leo bajó las escaleras del edificio con su bicicleta.
El vecindario todavía estaba medio dormido.
Algunos edificios tenían las ventanas rotas.
Las paredes estaban cubiertas de grafitis.
En la esquina había un pequeño supermercado que llevaba meses con un letrero de “SE RENTA”.
Nada fuera de lo normal.
Montó su bicicleta y comenzó a pedalear.
La fábrica quedaba a unos veinte minutos.
Era uno de los edificios más grandes de aquella zona de la ciudad.
Un monstruo de concreto, metal y humo que llevaba décadas funcionando.
Leo trabajaba reparando maquinaria industrial.
No era un trabajo que soñara hacer.
Pero pagaba las cuentas.
O al menos algunas.
Cuando llegó, dejó la bicicleta en el estacionamiento y entró.
—Llegas tarde.
Leo miró a Yohan.
—Son las seis y treinta.
—Exacto.
—Mi turno empieza a las seis y media.
—Por eso.
Leo negó con la cabeza.
—Buenos días para ti también.
Yohan sonrió.
—Buenos días, idiota.
Valeria apareció detrás de ellos con un café en la mano.
—¿Otra vez molestándolo?
—Es mi trabajo —respondió Yohan.
—Pensé que reparaban máquinas.
—Eso también.
Los tres rieron.
Por un momento, todo parecía normal.
El turno transcurrió como cualquier otro.
Máquinas averiadas.
Aceite.
Ruido.
Metal.
Horas que parecían no terminar nunca.
Hasta aproximadamente las tres de la tarde.
Fue entonces cuando Leo notó algo.
Una de las máquinas se detuvo.
No era raro.
Pero antes de que pudiera acercarse, escuchó a uno de los supervisores hablando por teléfono.
—¿Qué hospital?
Leo no prestó demasiada atención.
Continuó trabajando.
Pero unos minutos después escuchó nuevamente la conversación.
—No, señor. No es una intoxicación común.
Pausa.
—¿Cómo que mordió a un enfermero?
Leo levantó la mirada.
Yohan también había escuchado.
Ambos se miraron.
—¿Qué demonios? —murmuró Yohan.
Leo se encogió de hombros.
—Algún loco.
—¿Un loco mordiendo gente?
—Hay gente rara.
Yohan soltó una risa.
—Eso sí.
Pero ninguno volvió a bromear durante unos minutos.
A las cuatro y diez terminó el turno.
Leo salió de la fábrica y respiró profundamente.
Necesitaba comprar algunas cosas antes de regresar a casa.
Así que tomó su bicicleta y se dirigió al supermercado.
Durante el camino notó que había más tráfico de lo habitual.
También había varias ambulancias.
Una.
Luego otra.
Después una tercera.
Leo frenó en una esquina.
—¿Qué está pasando?
Una mujer caminaba apresuradamente por la acera.
Tenía la ropa manchada de sangre.
Leo la miró.
—¿Señora?
La mujer se detuvo.
Lo miró durante unos segundos.
Parecía aterrada.
—No te acerques.
Leo levantó las manos.
—Tranquila. Solo quería saber si está bien.
La mujer negó con la cabeza.
—No...
Miró hacia atrás.
—No estás a salvo.
Y siguió caminando.
Leo se quedó observándola.
No sabía qué pensar.
Probablemente algún accidente.
Eso tenía que ser.
Cuando llegó al supermercado, notó que había mucha más gente de lo normal.
Y casi todos parecían estar comprando lo mismo.
Agua.
Comida enlatada.
Medicinas.
Papel higiénico.
Leo tomó una canasta.
—¿Qué está pasando aquí?
Una señora que estaba llenando su carrito lo miró.
—Dicen que hay una enfermedad.
—¿Una enfermedad?
—En varias ciudades.
Leo frunció el ceño.
—¿Es grave?
La mujer bajó la voz.
—Dicen que algunas personas se vuelven violentas.
Leo soltó una pequeña risa nerviosa.
—Bueno... eso suena exagerado.
La mujer no se rió.
—Eso espero.
Leo continuó caminando.
Compró arroz.
Pasta.
Agua.
Un par de latas.
Y, después de pensarlo unos segundos, compró también un paquete de galletas.
Cuando llegó a la caja, vio una televisión encendida detrás del mostrador.
El volumen estaba bajo.
Un presentador hablaba rápidamente.
Leo alcanzó a escuchar:
—...las autoridades recomiendan permanecer en casa mientras se investiga un extraño brote que ha provocado comportamientos violentos en varias personas...
La señal se cortó.
La pantalla quedó negra.
Leo miró al cajero.
—¿Qué fue eso?
El hombre continuó pasando los productos.
—No sé.
—¿No dijeron nada más?
—Llevan horas así.
Leo pagó.
Guardó las cosas en su mochila y salió.
Ya estaba oscureciendo.
El camino de regreso se sintió diferente.
La ciudad parecía demasiado silenciosa.
Leo pedaleaba lentamente.
Pasó frente a una gasolinera.
Había tres patrullas estacionadas afuera.
Un hombre estaba sentado en el suelo.
Dos policías lo rodeaban.
El hombre parecía estar temblando.
Leo redujo la velocidad.
Entonces el hombre levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Tenía sangre alrededor de la boca.
Leo sintió un escalofrío.
Uno de los policías gritó:
—¡Aléjate!
Leo no esperó a escuchar más.
Aceleró.
Pedaleó hasta su edificio.
Subió la bicicleta por las escaleras.
Entró a su departamento.
Cerró la puerta.
Y por primera vez en todo el día se quedó completamente quieto.
El departamento estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Dejó las compras sobre la mesa.
Sacó el teléfono.
Tenía cinco llamadas perdidas.
Todas de su madre.
Leo sintió que el estómago se le cerraba.
La llamó inmediatamente.
Una vez.
Nada.
Dos veces.
Nada.
Tres veces.
Buzón de voz.
Leo dejó el teléfono sobre la mesa.
Se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver parte de la calle.
Había algunos autos abandonados.
Una patrulla pasó a toda velocidad.
Después otra.
Leo miró su teléfono nuevamente.
Un mensaje apareció.
Era de Yohan.
Yohan:Bro, ¿estás en casa?
Leo respondió.
Leo:Sí. ¿Qué pasa?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Y finalmente llegó el mensaje.
Yohan:No salgas.
Leo frunció el ceño.
Leo:¿Por qué?
No recibió respuesta.
Leo esperó.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Nada.
Entonces escuchó algo.
Un ruido en el pasillo.
Pasos.
Leo levantó la cabeza.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta.
Silencio.
Leo se acercó lentamente.
Miró por la mirilla.
No había nadie.
Esperó unos segundos.
Entonces escuchó un golpe.
Pum.
Leo retrocedió.
Otro.
Pum.
Y otro.
Pum.
Alguien estaba golpeando la puerta.
Leo se quedó inmóvil.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
El golpe volvió a sonar.
Más fuerte.
PUM.
Leo miró hacia la puerta.
Por alguna razón, no quería acercarse.
Y entonces escuchó algo al otro lado.
Una respiración.
Lenta.
Pesada.
Leo tragó saliva.
—¿Necesita ayuda?
Silencio.
Después, una voz.
Muy baja.
Casi un susurro.
—Ayúdame...
Leo dio un paso hacia la puerta.
Pero se detuvo.
Algo no estaba bien.
La voz había sonado...
vacía.
Como si la persona que estaba al otro lado no supiera realmente lo que estaba diciendo.
Leo retrocedió.
No abrió.
Pasaron varios segundos.
Entonces los golpes cesaron.
Leo permaneció inmóvil en medio de la sala.
No sabía qué estaba ocurriendo.
No sabía qué era aquella enfermedad.
No sabía dónde estaba su familia.
No sabía dónde estaban Yohan y Valeria.
Solo sabía una cosa.
Aquella noche...
algo había cambiado.
Y todavía no sabía que aquel había sido su último día normal.


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