Parte 1 - Tu mamá está re buena
El supermercado huele a plástico y carne. Macarena pasa los dedos por el empaque de las frutas, sintiendo la textura húmeda de los duraznos demasiado maduros. Los aprieta suavemente, casi como si acariciara algo vivo, y los deposita en el carrito. Sus uñas están perfectas, como siempre. Como todo en ella.
Camina por los pasillos y siente las miradas. Las siente en la nuca, en la curva de la cintura, en el balanceo de sus caderas. El pantalón de jean le queda ajustado, marca cada pliegue de sus nalgas grandes y tonificadas, esas que el gimnasio le esculpió con paciencia de amante. Su cabello rubio oscuro cae en ondas sobre los hombros, y cada tanto se lo aparta con un gesto lento, casi inconsciente. Los ojos verdes recorren los precios con fingida indiferencia.
—¿Necesita ayuda, señora? —un repositor joven, apenas un chico, la mira con los ojos brillantes.
—No, gracias —responde, y su voz sale grave, un poco ronca. El chico se queda mirando cómo se va, clavado entre las latas de tomate.
Macarena sonríe para sí. Cuarenta años. Cuarenta años y el cuerpo todavía habla antes que ella.
Paga con tarjeta, guarda las bolsas en el auto. El sol de la tarde le quema los hombros descubiertos. Piensa en Alessandro, en cómo habrá estado su día en la universidad. Ojalá esté mejor. Ojalá esos idiotas lo hayan dejado tranquilo.
Pero cuando sale del estacionamiento, lo ve.
Alessandro camina por la vereda, la mochila colgando de un hombro, los anteojos empañándose con el calor. Y alrededor de él, cuatro siluetas que Macarena reconoce antes de verles las caras. Los mismos de la secundaria. Lucio, el más alto, el más ancho, el que siempre habla mientras los otros ríen. Rodean a su hijo como hienas, sus bocas se mueven, ella no escucha las palabras, pero las conoce. Las ha escuchado mil veces en la cabeza de Alessandro, aunque él nunca las repite.
Alessandro baja la cabeza. Sus hombros se encorvan. Sigue caminando, no responde, no mira. Lo rodearon en la secundaria y ahora hasta la universidad, como si el mundo fuera un pasillo interminable donde siempre lo esperan para recordarle que no encaja.
Macarena aprieta el volante. Las uñas se clavan en el cuero.
No intervengas. Es grande. Tiene que manejarlo solo.
Pero el corazón le late en la garganta, y cuando Alessandro dobla la esquina sin mirar atrás, ella se queda allí, con las bolsas del supermercado en el asiento de atrás y el motor encendido, sintiendo cómo la impotencia le pudre las entrañas.
Llega a casa antes que él. Ordena las compras con movimientos automáticos: las latas en la alacena, las verduras en la heladera, el vino tinto en la mesada porque sabe que esta noche lo va a necesitar. La casa es amplia, con ventanales que dejan entrar la luz naranja del atardecer, pero todo se siente pesado, húmedo, como si el aire mismo estuviera cansado.
Cuando la puerta se abre, Macarena ya está en la cocina, con un vaso de agua en la mano, esperando.
Alessandro entra sin hacer ruido. Deja la mochila en el piso, se saca los anteojos, los limpia con el borde de la remera. Es flaco, demasiado flaco. Los brazos parecen ramas, las piernas apenas se notan bajo el pantalón ancho. El pelo oscuro, siempre desordenado. Los ojos, sin los anteojos, son grises y están vacíos.
—¿Cómo te fue, amor? —pregunta ella, y la voz le sale suave, pero hay algo que tiembla adentro.
—Bien —él no la mira. Se sienta en la silla de la cocina, toma el vaso que ella le acerca, bebe un sorbo.
—¿Seguro?
—Seguro.
Macarena lo observa. Las ojeras. La mandíbula tensa. La forma en que sus dedos aprietan el vaso como si quisieran romperlo.
"Alessandro —piensa ella, y las palabras se quedan pegadas en la lengua—. Decime la verdad. Decime qué te hicieron."
Pero él sonríe, una sonrisa chiquita, rota, y dice:
—Tuve un parcial. La pasé bien. ¿Vos compraste todo?
Ella asiente. No insiste. Pero mientras prepara la cena, mientras pica cebolla y siente el ardor en los ojos, una idea se va haciendo más grande en su cabeza. Una idea caliente, peligrosa.
Yo puedo solucionarlo. Yo puedo hacer que terminen.
Los encuentra al día siguiente.
Están en la plaza que queda a dos cuadras de la universidad, los cuatro sentados en un banco, riéndose de algo. Lucio es el más grande, el que parece ya un hombre aunque tiene dieciocho: espalda ancha, brazos marcados, mandíbula cuadrada. Cuando ve a Macarena acercarse, sus ojos la recorren enteros, sin disimulo. Los otros tres también la miran, pero él lo hace de otra forma. Como si ya supiera.
—Señora —dice, y la palabra se le enreda con una sonrisa lenta.
—Quiero que dejen de joder a mi hijo —las palabras salen secas, directas. Macarena se para frente a ellos, los brazos cruzados. Siente el sol en la nuca, el calor que sube por las piernas. No tiene miedo.
Los chicos se ríen. Todos menos Lucio, que sigue mirándola con esos ojos oscuros, brillantes, de animal que ya eligió su presa.
—¿Y por qué haríamos eso? —pregunta.
—Porque es lo correcto.
Él se levanta. Es más alto que ella. La mira desde arriba, y su cuerpo está tan cerca que Macarena puede sentir el olor a tabaco y algo más, algo dulce y macho que no sabe identificar.
—Mirá, señora —dice, y su voz se hace más baja—. A tu hijo lo dejamos tranquilo. Pero todo tiene un precio.
—¿Qué precio?
Lucio sonríe. Se inclina hacia su oído, y su aliento le roza la piel:
—Si me chupas la verga, no molesto más a tu hijo. Pero si no lo haces, más lo vamos a joder.
Macarena siente la sangre subirle a la cara. El enojo, la humillación, la rabia. Abre la boca para insultarlo, para escupirle toda la mierda que se merece, pero las palabras se quedan a medio camino.
Porque ve la cara de Lucio. Ve la seguridad, el deseo, la certeza de que él ya ganó. Y después ve a los otros tres, mirando, esperando. Y después, lo más lejos, en algún rincón de su cabeza, ve a Alessandro. A su hijo flaco, triste, encorvándose mientras lo rodean. No quiero que sufra más. No quiero que sufra por mi culpa.
Pero es por su culpa. Siempre lo supo.
"Tu mamá está re buena." "Qué rico sería cogerla." Las palabras que Alessandro nunca le repitió pero que ella adivinó en cada silencio, en cada mirada baja, en cada noche que él llegaba a casa con los puños cerrados.
Macarena baja la mirada. Sus manos tiemblan. Y después, sin decir nada, se arrodilla.
El asfalto quema las rodillas a través del pantalón. Lucio se acomoda, abre la bragueta, y cuando ella ve su miembro ya semiduro, siente una opresión en el pecho. Terminar rápido. Terminar rápido y que se acabe.
Lo toma con la boca. Está dormido todavía, pero su lengua empieza a moverse, lenta al principio, después con más seguridad. Lucio exhala fuerte, y ella siente cómo se endurece contra su paladar. Las manos de él van a su nuca, la guían, y Macarena cierra los ojos.
—Sabía que eras una buena chupa pija —dice él, y su voz es un ronquido.
Ella no contesta. Sigue moviendo la lengua, recorre la longitud, masajea los testículos con la mano libre. Siente el miembro crecer, llenarle la boca, y por un momento su cuerpo se olvida de quién es, de dónde está. Solo hay calor, sabor, la presión de la mandíbula. Uno de los chicos, el más flaco, saca el celular. Lo enfoca. Ella escucha el clic del obturador y algo se enciende adentro. Algo que no debería.
Me gusta. Me gusta que me miren. Me gusta que me graben.
Lucio la agarra del pelo. Tira fuerte, y a ella se le escapa un gemido contra la piel. Sus pechos grandes se aprietan contra la tela del pantalón de él, y sus manos suben, las aprietan por arriba de la ropa, duro. Macarena sigue chupando, más rápido, la lengua recorriendo la punta, los costados, hundiéndose en la comisura. Escucha las risas de los otros, los murmullos, y el sonido de su propia respiración rota.
—Voy a llenarte de leche—dice Lucio, y ella no se aparta. Las manos de él tiran el pelo hacia atrás, y el chorro caliente le llena la boca, la garganta, las comisuras. Macarena traga, una vez, dos veces. Siente que se ahoga, que se quema, que sus rodillas sangran por el roce contra el piso.
Termina.
Lucio se guarda, se acomoda. Ella sigue de rodillas un segundo más, con los ojos cerrados, la cara mojada. Cuando se levanta, las piernas le tiemblan.
—Ahora seremos más buenos con Alessandro —dice él, y sus ojos tienen algo nuevo, algo que no es solo deseo—. Pero vos vas a tener que pagar una cuota.
Macarena no entiende. O no quiere entender. Se limpia la boca con el dorso de la mano, da media vuelta, y camina hacia el auto con las piernas temblorosas y el sabor todavía en la lengua.
Llega a casa y algo es distinto.
Alessandro está sentado en el sillón, mirando la tele apagada. Cuando ella entra, la mira. Y esa mirada no es la de siempre. No es tristeza, no es vergüenza. Es algo más denso, más oscuro. Una mezcla de odio y deseo que a Macarena le recorre la columna como un escalofrío.
—Hola, mami —dice él, y su voz es rara. Grave.
—Hola, amor —responde ella, y se va directo a la cocina a preparar la cena. Necesita moverse, no pensar, no recordar la sensación del asfalto en las rodillas.
Cenan en silencio. Alessandro come sin hambre, mirándola por encima de los anteojos. Ella siente esa mirada clavada en la boca, en las manos, en el escote. Intenta no pensar. Falla.
Después de lavar los platos, se mete en la cama. La habitación está oscura, fresca. Cierra los ojos y respira hondo, pero el sueño no llega. Piensa en Lucio. Piensa en los chicos mirando. Piensa en el celular grabando.
Ojalá se termine. Ojalá no pase nada más.
Cuando por fin se duerme, sueña con rodillas sobre asfalto. Pero cuando levanta la vista, no es Lucio quien la mira con ojos fogosos. Es Alessandro.
No sabe cuánto tiempo después se despierta. Hay un ruido. Un crujido de la puerta. Alguien está en su habitación.
Macarena no se mueve. Contiene la respiración y mira desde las pestañas. La silueta de su hijo se recorta contra la puerta entreabierta, la luz del pasillo le dibuja los bordes. Alessandro camina lento, tan lento que parece flotar. Sus pasos no hacen ruido en la alfombra. Se para frente a la cama, la mira dormir —o creer que duerme—, y sus manos tiemblan.
Él levanta la sábana. Despacio. Con una delicadeza que duele. La tela se desliza hacia arriba, y la piel de Macarena se eriza cuando el aire fresco le roza las piernas. Alessandro deja al descubierto sus nalgas grandes, redondas, apenas cubiertas por la tela fina del camisón. Ella siente su mirada en la curva, en la sombra, en la línea de la ropa interior.
Y después escucha su respiración. Se hace más rápida, más húmeda. El sonido de una cremallera. Un suspiro ahogado. Y el ritmo, ese ritmo lento y desesperado que ella conoce aunque no debería.
Alessandro se masturba mirando el cuerpo de su madre.
Macarena debería abrir los ojos. Debería gritar, correrlo, tirarlo de la habitación. Pero no lo hace. No lo hace. Porque algo en su vientre se calienta, porque sus propios muslos se aprietan, porque el deseo es una serpiente que se enreda en sus entrañas y no la deja moverse.
Alessandro gime bajito, casi sin voz. Y Macarena, desde la oscuridad de sus párpados cerrados, lo escucha y lo siente y lo desea.
—¿Qué necesitas, hijo? —pregunta de repente, y su voz sale ronca, dormida, inocente.
Él se congela. El ruido de la masturbación se corta de golpe. Silencio. Un silencio tan pesado que se puede tocar.
—Necesito dormir con vos, mami —dice él, y su voz es un hilo.
Macarena abre los ojos. Lo ve ahí, parado, temblando. Sus anteojos empañados, sus manos escondidas detrás de la espalda. La remera manchada.
Y en lugar de sentir asco, siente ternura. Siente ganas de abrazarlo. Desde que cumplió doce años no le pedía dormir con ella. Y ahora, esta noche, en medio de todo este caos, se lo pide.
—Sí, amor —dice ella, y su sonrisa es real—. Podés.
Alessandro se mete en la cama. Sus cuerpos se acomodan, ella de espaldas, él pegado a su cadera. Un abrazo torpe, filial, roto. El brazo de él rodea su cintura. La respiración de él calienta su nuca.
Y entonces ella siente algo. La dureza. El miembro de su hijo apoyado contra la parte de atrás de su muslo, caliente, tembloroso.
No se aparta.
No debería, pero no se aparta.
Incluso acerca un poco más la cadera, apenas un centímetro, un movimiento tan pequeño que podría ser el sueño. Y él exhala, y ella siente cómo su miembro se mueve contra su piel, y el calor se filtra hasta los huesos.
Qué bien ha crecido. Qué bien ha crecido mi nene.
Alessandro acaba solo al sentir el calor de su madre. Lo siente. Un chorro caliente que empapa la tela de su boxer y moja la pierna de ella, la nalgas. Un gemido ahogado contra su hombro. Y después un sollozo, chiquito, apenas audible.
Macarena aprieta los brazos alrededor de él. Lo abraza fuerte, muy fuerte, y cierra los ojos.
No dice nada.
No hace falta.
A la mañana siguiente, el sol entra por la ventana y todo parece igual. Macarena prepara el desayuno: café, medialunas, jugo de naranja. Alessandro se sienta en la misma silla de siempre, con los mismos anteojos, la misma remera arrugada.
Pero algo es distinto.
Él la mira y ella lo mira, y entre los dos hay una tensión que no existía antes. Un hilo invisible que los une y los separa al mismo tiempo.
—¿Dormiste bien, amor? —pregunta ella.
—Sí —responde él—. ¿Y vos?
—También.
Mienten. Los dos mienten.
Macarena sueña con rodillas sobre asfalto y con la cara de su hijo mirándola desde arriba. Y Alessandro tiene un video en el teléfono que ya vio doce veces, donde su madre está de rodillas y Lucio se corre en su boca.
Ninguno de los dos sabe lo que el otro sabe.
Pero algo cambió.
Y nada volverá a ser igual.
Continuara...