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MAYA

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Sinopsis

En el corazón de una ciudad de piedra y lluvia, una joven habita el silencio de un exilio que nadie más puede ver. Sus días transcurren entre versos de Darwish y el refugio de una soledad que la protege del mundo. Sin embargo, existe alguien que recorre los mismos pasillos, una presencia constante que habita sus pensamientos más profundos sin saberlo. El destino ha comenzado a trazar hilos invisibles entre sus pasos, convirtiendo los encuentros fortuitos en el único mapa hacia un hogar perdido. Ahora, cada palabra escrita en los márgenes de sus libros parece buscar una mirada que, por fin, la rescate de su propia invisibilidad.

Genero:
Romance
Autor/a:
Hikaya
Estado:
hace 30 minutos
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1. LAS VIEJAS CALLES DE EDIMBURGO

LAS VIEJAS CALLES DE EDIMBURGO

Maya conocía las viejas calles de Edimburgo como la palma de su mano. Sabia porque camino podía evitar resbalarse, el atajo más rápido hacia la biblioteca o la forma más rápida de llegar a su cafetería preferida sin tener que encontrarse con las zonas más concurridas.

Salía de su viejo apartamento en la Old Town, cerca del South Bridge y caminaba por unos minutos hasta un túnel en forma de arco. Sus pequeños mocasines de cuero negro pisaban las hojas caídas de otoño y las piedras resbaladizas del suelo escoces. Caminaba despacio y sin prisa, mirando al frente mientras en sus cascos sonaba una suave melodía.

Cruza la pendiente de South Bridge con cuidado, sabe que ciertos adoquines, tras la lluvia, se vuelven resbaladizos, especialmente en las esquinas de los edificios antiguos, o cerca de los canales de drenaje

A medida que se adentra en la ciudad, olor a humedad y piedra antigua se cruzaba con la ligera esencia del pan recién horneado o el café recién molido. Miraba los escaparates de cada tienda pensando en parar a tomar algo, pero sabía que si se distraía nunca iba a llegar a su destino.

Así que seguía caminando.

Antes de llegar a la Royal Mile, tomaba un desvío por Advocates Close, un callejón estrecho y empedrado. Allí tenía especial cuidado, ya que los escalones se vuelven especialmente húmedos en otoño, aunque no lloviese, por lo que era fácil resbalarse. Cruzando el callejón se abre otra calle que desemboca cerca de Victoria Street.

Allí estaba su librería favorita, Old Town Bookshop. Su fachada azul destacaba con carteles algo gastados, vitrinas con mapas antiguos, títulos raros y los libros que asomaban desde adentro pidiendo su atención. No podía evitar entrar, pasear entre los estrechos estantes, tocar las tapas de los libros más antiguos y dejar que ese olor a papel viejo mezclado con madera y polvo la arropase por unos cuantos minutos.

Tras ver varios títulos de su interés, ya sea poesía o filosofía, siempre terminaba en el pequeño espacio dedicado a la literatura en otros idiomas. Entonces buscaba títulos en árabe, si tenía suerte podía encontrar entre esos pocos libros alguno de sus autores favoritos. A veces, una vez cada mucho tiempo, encontraba literatura palestina entonces no podía más que tomarlo entre sus manos y sonreír como si tuviese un pedazo de su tierra en sus manos.

Siempre los pedía prestados.

Podía comprarlos, guardarlos en su biblioteca y leerlos cada vez que eche de menos su tierra, pero pensaba en las manos que podían pasar las hojas de ese libro, los ojos que podían leer y conocer parte de su país en las palabras.

Entonces, por muy qué le pesase, tras terminar de leer el libro, lo devolvía a la biblioteca como si fuese a enterrar a un miembro de su familia.

Con el corazón encogido y una tristeza llenando su mente.

Una hora después salía de la pequeña tienda y seguía su ruta hacia su cafetería favorita. Pasaba cerca de EH1-2 Old Town Florist, donde sabía que iba a comprar unas flores a la vuelta a su casa.

Entonces llegaba a The Milkman Cafe, donde la mayoría de los trabajadores la conocían pues era una de las clientes más leales del lugar.

Visitaba ese café tes veces a la semana, lunes, miércoles y viernes, los días menos ajetreados donde la cafetería tenía un nivel de clientes medio. Los lunes pedía un curassant y un café con leche, los miércoles iba a por algo más salado y crujiente y se pedía una empanada vegetal con un café macchiato, los viernes en cambio solo pedía un café negro con una cookie de chocolate negro. Siempre era así, la mayoría del tiempo por lo menos.

Los trabajadores la saludaban cuando entraba, los camareros le daban las buenas tardes y la propietaria del café comenzaba una conversación animada con ella mientras preparaba su pedido.

Maya era una chica algo tímida, sonreía más de lo que hablaba, escuchaba con atención y te dejaba hablar y desahogarte.

Muchos aprovechaban eso de ella y por lo menos los primeros 15 minutos de su tarde eran para alguna historia dramática sobre algún problema o disturbio que hubo durante el resto de la semana.

Maya escuchaba con atención viendo como la mujer de edad algo avanzada preparaba su cookie de chocolate negro y su café.

-... entonces nos tomaremos un descanso merecido, Jacob y yo iremos de vacaciones a las Highlands donde crecí -decía la señora, de nombre Shona, su acento escoces era muy marcado y eso hacía que las conversaciones fuesen aún más interesantes -Sera como una segunda luna de miel -rio divertida -A mi edad, ¿Imagínate?

Maya sonrió mirando a Shona con ojos dulces, viendo la felicidad que surcaba su rostro, aun las marcas de envejecimiento que mostraba los recuerdos y las experiencias que la tallaron.

-Disfruta mucho Shona, te mereces este descanso, has hecho un gran trabajo -su voz era pequeña, suave y sincera.

Shona inclino la cabeza a un lado devolviéndole la misma mirada de cariño -Eres un amor Maya.

Maya amplio aún más su sonrisa y sus ojos se achinaron ligeramente ocultando el color oliva oscuro de sus ojos.

-No te emociones Maya -un joven en sus 25 la hablo desde una de las mesas donde recogía los restos de café y comida. Ese era Ewan, un amigo de la vieja pareja propietaria de esa cafetería. Trabajaba ahí desde que tenía conocimiento, sobre todo por las tardes o fines de semana -Alguien tendrá que tomar el puesto de Jacob y Shona, seguro será algún indecente que no sepa preparar un buen vaso de café.

Maya elimino lentamente su sonrisa y miro a Shona esperando una respuesta. La mujer rio divertida -No te preocupes cariño, será alguien decente, le enseñare bien.

Maya asintió escuchando el bufido de Ewan mientras traía una bandeja llena de tazas de café -Esperemos o perderás a una cliente muy valiosa, verdad Maya -se giró a verla.

Maya sintió sus mejillas sonrojarse, pero negó con las manos mientras escuchaba la risa de Ewan.

Ewan conseguía ponerla algo nerviosa, era envidiablemente atractivo, rubio de ojos marrones potentes, tenía una voz gruesa, una sonrisa que hacía suspirar a media población femenina de Edimburgo y a unos otros cuantos hombres.

Era innegablemente atractivo y el hecho de que tuviese una relación amistosa con el seguía sorprendiéndola. ¿Como pudo alguien como el, decidir que Maya podía ser una buena compañera de conversaciones?

-No, no dejare de venir -dijo ella mirando a Shona, esta seguía mirándola con cariño mientras golpeaba con suavidad a Ewan -Si es muy malo... esperare a que vuelvas -susurro.

Ewan le dedico una sonrisa dulce mientras limpiaba las tazas usadas. -Qué suerte la tuya Shona -susurro bajando la mirada con una sonrisa de preciosos hoyuelos.

-Celoso -dijo a su vez la mujer dejando el pedido de Maya en la barra.

-Gracias -dijo Maya dejando el billete con el que solía pagar su comida. Le dedico una última sonrisa a Shona y otra a Ewan que se la devolvió con un pequeño guiño.

El pequeño sonrojo volvió a sus mejillas.

Se sentó en su mesa habitual, una cerca de los ventanales o cerca de las esquinas, dándole la espalda a una pared, donde podía verlo todo desde un solo punto.

Saco su laptop y una pequeña libreta de color marrón. Saco un bolígrafo negro y lo colocó paralelamente a la libreta.

Mientras su ordenador encendía, le dio el primer sorbo a su café sintiendo como la amargura pasaba por su garganta dejando un sabor agrio y cálido en su paladar.

Volvió a ponerse sus cascos y una melodía le dio la bienvenida para comenzar a escribir la historia a la que llevaba dedicando tanto tiempo desde hace unos cuantos años.

Bebió otro sorbo de café y se adentró en ese mundo.

Mientras sus dedos tecleaban las letras y las palabras se iban creando una tras otra, ella volvía en el tiempo, viajaba a la realidad que vivió hacia tantos años y a la realidad a la que su gente seguía siendo víctima.

Entro en otro cuerpo, en el cuerpo de Safia, una joven de su edad, una hija, una hermana, una amiga y compañera.

Safia tenía 23 años. A diferencia de ella, Safia no pudo completar sus estudios, ni elegir un camino que recorrer. Safia tenía dos hermanos pequeños, uno de 10 años y otro de 6. Hacía de su hermana, de su padre y de su madre, ya que las dos figuras paternas fueron asesinadas por las fuerzas israelís en uno de los tantos ataques que hubo a lo largo de la historia.

Su madre murió por desnutrición, su padre por un trozo de un edificio que le atravesó el costado.

Safia era una mujer fuerte, resiliente, luchaba por las injusticias, luchaba por salvar a sus hermanos, luchaba por traerles de comer, luchaba por todo lo que merecía ser luchado.

Era conocida por ser la mujer de la revolución y ella no estaría tranquila hasta ver la justicia hacerse realidad.

Safia era Maya en otra vida, era su subconsciente, su otra yo, Safia era la persona que deseaba ser, la mujer que lo daría todo por la justicia.

Esa tarde, Maya escribió a Safia con mucha furia, con ganas de quemarlo todo a su paso, la escribió imaginándose la libertad, el día de la justicia echa verdad. La escribió sufriendo, riendo, librando batallas, llorando y en agonía. Hizo que Safia sintiese mil y una sensación mientras las horas en ese genocidio pasaban una a una. Quería que quien leyese esa historia sintiese su corazón sangrar cada vez que las palabras se formaban, quería que las lágrimas cayesen por cada caído en esa atroz realidad.

Quería que el mundo pidiese perdón, quería que todos pidiesen perdón por lo que estaba pasando.

Y algún día lo lograría, Safia... ella, algún día lo lograrían.

(...)

Las rutinas se repetían y las viejas calles de Edimburgo escribían la historia de Maya con cada paso que daba. Seguían sus pasos y escuchaban sus conversaciones, leían su mirada y escribían sus pensamientos. Las viejas calles de Edimburgo eran testigos de la realidad de Maya.

Sobre todo, ese edificio de piedra que hacía de universidad. Se encontraba en el George Square, no muy lejos de la zona en donde vivía.

Iba caminando todas las mañanas con el bolso lleno de libros colgando en su hombro. Su vestimenta reflejaba mucho quien era, solía ir por tonos beiges, claros, marrones, blancos, que contrastaban con su tez pálida. Vestía telas suaves, ligeras, faldas largas de otoño, suéteres oscuros o jerséis de punto. Su hiyab siempre la acompañaba, casi no recordaba cuando no era así. Bajaba suelto por su espalda cubriendo su cabello y cuello. Sus mocasines eran otra cosa que siempre la acompañaba, le daba altura a su poca estaturas y confianza al caminar. Era simple, casi tirando a básica, no llamaba la atención ni era del todo invisible. Existía, tenía su pequeño espacio y con eso le valía.

Sus clases eran mayoritariamente por la mañana. Entraba con una energía controlada y saludaba a los pocos que conocía.

No tenía muchas amigas en la universidad, no del tipo con el que poder hablar sobre la vida. Compañeras y compañeros amables y educados con los que se juntaba de vez en cuando.

También conocía a algunas secretarias o profesoras con las que aprendía más de lo que esperaba.

Caminaba por los pasillos de piedra hacia la primera clase del día.

Sabía que cuando girase una de las esquinas y se acercase a su clase, el estaría ahí, sentado en una de las primeras filas, cerca de la esquina, con un libro en manos o limpiando sus gafas de montura.

Lo conocía tan bien que sabía que estaría solo, sentado tranquilamente dejándose llevar por una historia en sus manos.

Aidan era el hombre que su corazón había elegido gustar.

Un hombre de mirada suave, ojos verdes, sonrisa preciosa.

Tenía los mejores relatos, la mejor escritura, sus palabras te transmitían a otro mundo y a otra realidad, sus explicaciones eran claras, usaba las palabras perfectas, sabía cómo jugar con ellas.

Era reservado, tenía un solo amigo en todo el campus, no se relacionaba mucho con los demás, pero siempre fue amable y dedicado con todos, le dedicaba a todos el tiempo que se merecían.

Y ella parecía no merecer nada de él.

En esos cuatro años que llevaban estudiando en el mismo lugar, el jamás habló con ella y dudaba que siquiera la hubiese visto o si conocía de su existencia.

Cosa que tampoco le sorprendería, pocos aquí la conocían. Era su culpa ser excesivamente reservada.

Al entrar a clase se sentaba en el lado opuesto al de él, un par de filas atrás, así podía verlo de vez en cuando sin ser notada.

Se sentó sacando una libreta y unos bolígrafos para tomar apuntes, se acomodó en el asiento y miro al frente notando que poco a poco la gente entraba en clase. Grupos pequeños entraban hablando con una sonrisa en la mirada o una seriedad que reflejaba las pocas ganas que uno tenía a las 8:30 de la mañana.

Poco a poco su mirada se iba deslizando hacia su lado, donde toda una barrera los separaba.

Conocía tan bien su espalda, los mechones de su cabello castaño, sus brazos gruesos, sus manos que siempre tenían un libro en ellas o un lápiz escribiendo.

Sabía que a 5 minutos de que entre el profesor, su amigo llegaba y golpeaba ligeramente su hombro derecho.

Él se giraba y le dedicaba una sonrisa seguía de unos buenos días. Conocía su voz bien, ligeramente ronca pero suave y delicada. Nunca lo había escuchado cantar, pero lo sabía sin pruebas, que el sería un muy buen cantante.

Cuando su amigo se sentaba a su lado, el dejaba la lectura o lo que sea que estaría haciendo. Se giraba a encararlo y hablaban durante los últimos 5 minutos antes de que el profesor entrase a la clase.

Sabía que lo primero que hacía era abrir su libreta antes de coger un bolígrafo azul y escribir el nombre de la clase y el día que era en la hoja de la libreta.

Conocía todo lo que era, todo lo que hacía.

Lo conocía tan bien que a veces le dolía.

Muchas veces se levantaba con la idea de dejar de ser una Stalker, ignorarlo durante todas las primeras horas o incluso durante toda una semana, pero entonces tenía que escucharle hablar sobre algún proyecto o reír con su amigo, escribir en un rincón solitario. Y su atención volvía a ser toda suya.

Jamás lograría ignorarlo.

...

Las clases comenzaban, las horas pasaban, ella se mantenía en su propio y pequeño mundo, escribía, tomaba apuntes, escuchaba lo que los profesores decían, pensaba, relacionaba cosas con otras.

Y las horas seguían pasando.

En los descansos salía a una de las cafeterías más alejadas de la universidad, tomaba su habitual pedido y se sentaba en un rincón sola leyendo los capítulos que escribió los días anteriores.

Su vida era simple, tranquila, algo silenciosa y poco llamativa.

Desde lejos parecía una vida interesante, estética. Desde dentro... no era más que una persona más caminando por esas viejas calles de Edimburgo.

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