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Hasta que el odio nos separe

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Sinopsis

Toda historia de amor termina con un beso. Esta se rompe justo después. Durante años, el mundo creía que eran la pareja perfecta. Compartía piso, trabajo, amigos y hasta una facilidad irritante para comunicarse sin hablar. Incluso en el instituto donde daban clases. Sus alumnos incluso les habían puesto nombre de pareja. Hasta que dejan de serlo. Ella enseña Matemáticas, no soporta que le digan cómo hacer las cosas y tiene la peligrosa costumbre de confiar en que siempre podrá arreglar las consecuencias después. Él enseña Economía, sabe escuchar, sabe caer bien y sabe exactamente qué decir para que todo parezca razonable. Incluso cuando no lo es. Cuando el instituto organiza la competición de final de curso, cada uno es nombrado mentor de un equipo. Hasta ahora siempre habían colaborado. Este año, por primera vez, compiten. Lo que empieza como una rivalidad juguetona entre novios termina en ruptura, alumnos que toman partido, compañeros que rezan por no quedar en medio y una guerra en la que ya no importa quién gane el concurso, sino quién consigue que el otro pierda. Porque conocer demasiado bien a alguien no siempre te acerca a él. A veces te enseña exactamente dónde hacer daño. Esta no es la historia de dos enemigos que se enamoran. Es la de dos personas que se quisieron muchísimo y que acabaron siendo lo último que esperaban ser el uno para el otro.

Estado:
hace 10 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1. Una competición "amistosa"

Hay pocas más peligrosas que darles clase a veinticinco adolescentes llenos de hormonas, sueño y demasiado tiempo libre. Después de tres años dando clase en Bachillerato debería haber aprendido a no dejar las cosas a su alcance, pero parece que todavía confío en estos pequeños monstruitos.

- Gabriel.

No se mueve ni un centímetro, lo que reduce considerablemente la lista de sospechosos. Tampoco ayuda que Abril, sentada dos mesas más allá, lo mire como esperando cuánto dura antes de derrumbarse bajo presión.

- Gabriel -repito.

Esta vez levanta la cabeza. Lleva un papel pegado en la frente, justo encima de la ceja. No tengo ni idea de por qué ha llegado hasta ahí, y despues de conocerlo desde septiembre, tampoco tengo interés en averiguarlo. Hay preguntas que a veces generan más preguntas, y con estos chavales, alguna llamada a los de mantenimiento.

- ¿Sí?

- ¿Dónde está mi grapadora?

Gabriel mira hacia su izquierda. Abril niega con la cabeza antes de que el empiece a hablar. Prueba hacia el otro lado, donde Hugo se tapa la cara y se hunde en la silla.

Maravilloso, tengo ante mí un equipo de criminales con cero espíritu de supervivencia.

Vuelve a mirarme.

- ¿Qué grapadora?

Dejo el rotulador sobre la mesa y espero. No hace falta que diga nada todavía. A estas alturas ya ellos deberían conocer esta mirada.

- La azul. Gabriel.

- Ahhh, la azul.

- Cinco segundos.

Frunce el ceño, como si estuviera intentando resolver el problema más complicado que ha podido tener en su corta existencia. Y teniendo en cuenta que hace dos semanas me respondió “menos siete” a una pregunta en la que lo único que tenía que hacer era era dejar planteada una ecuación, tampoco quiero pedir milagros.

- No sé.

Vuelve a encogerse de hombros, pero no consigue parecer demasiado convincente. Tiene esa expresión de quien todavía confía en que si aguanta unos segundos más el problema va a desaparecer, pero no va a ocurrir, no conmigo.

- Cuatro.

- Profe...

- Tres.

- Esto es abuso de autoridad

- Dos.

- ¡La tiene Hugo!

Hugo finalmente aparta de golpe las manos de la cara y gira la cabeza hacia él con una expresión que, durante un segundo, parece la de alguien que acaba de sufrir la peor traición de su vida.

- ¡Serás rata!

Varias mesas empiezan a reírse y tengo que esperar a que el ruido baje un poco antes de volver a Hugo. Él ya sabe lo que se le viene, se le nota en cómo encoge los hombros.

- Hugo.

- Perdón

No me lo creo, ni siquiera hace el esfuerzo en fingir que lo hace de verdad.

- ¿Mi grapadora?

Hugo señala con la barbilla hacia la otra punta del aula.

- La tiene Nico.

Toda la clase dirige su cabeza al mismo tiempo. Nicolás levanta la vista del cuaderno de forma muy teatral, como si acabara de descubrir que sus propios amigos lo han entregado a la policía.

- Yo no sé por qué me sigo juntando con ustedes.

- Nicolas

Él suspira, abre la mochila y saca mi grapadora. la sostiene con dos dedos como si fuera una prueba de una investigación policial.

- No la robamos.

Extiendo la mano para que me la de.

- La cogimos para una cosa.

- ¿Para qué?

Nico me la entrega, aunque durante un segundo ninguno de los dos la suelta. Él tira un poco.

- No se enfade.

Cuando la cosa empieza con esa frase no me gusta nada. Se que nunca anuncia nada que vaya a mejorarme el día. Tiro suavemente de la grapadora y esta vez la suelta

- ¿Qué han hecho?

El silencio llega demasiado rápido. Gabriel intenta despegarse la tira de papel de la frente y solo consigue engancharla todavía más al pelo de la ceja. Abril, que hasta hace un momento seguía la escena con bastante descaro, de pronto parece encontrar fascinante la ficha que cinco minutos antes no quería ni mirar. Hugo, por su parte, se gira hacia la ventana con un interés sospechosamente profundo por lo que sea que esté ocurriendo fuera.

Perfecto. Qué rápido desaparece el compañerismo cuando empiezan a aparecer las consecuencias.

- No se hagan los locos.

- No es nada grave – dice Gabriel.

- Eso depende mucho de la persona que lo dice.

- Desde nuestro punto de vista no lo es – añade Hugo.

- Justamente ese es el punto de vista que menos me interesa.

Una risita se escapa desde el fondo del aula. Elena, naturalmente. Está sentada con las piernas cruzadas y el cuaderno abierto delante, aunque lleva al menos diez minutos sin escribir una sola línea. No necesita hacerlo para enterarse de todo; tiene esa capacidad irritante de parecer completamente distraída y, aun así, saber antes que nadie cuándo está a punto de pasar.

- ¿Tú sabes algo?

Ella se encoge de hombros, demasiado inocente para resultar convincente.

- Yo no he dicho nada.

La ignoro, de ella no voy a sacar nada.

- Para que querían la grapadora.

- Profe… - empieza Nico

- Ahora.

Hugo se agacha debajo de la mesa y saca una cartulina amarilla doblada por la mitad. Lo primero que pienso es que es demasiado grande. Lo segundo, que si hace falta que Abril se levante para ayudarlo a desplegarla, probablemente ya he perdido cualquier posibilidad de terminar la clase como una persona funcional.

En el centro hay una fotografía mía. De perfil. Escribiendo en la pizarra. No recuerdo que nadie me la sacara, lo que tampoco me tranquiliza demasiado. Debajo, en letras rojas enormes, alguien ha escrito:

NORA AL DESAFÍO 360

LO IMPORTANTE ES PARTICIPAR

Me quedo mirando la cartulina unos segundos. No demasiados, porque bastante satisfacción les daría saber que ha conseguido afectarme, pero los suficientes para localizar un par de detalles más. En una esquina hay una calculadora con cara triste sosteniendo una medalla de plata. En la otra, una copa enorme con el nombre de Sergio escrito en medio y varios billetes dibujados alrededor, como si además de profesor de Economía fuera el lobo de Wall Street.

Muy bonito, esto me demuestra el tiempo libre que les dejamos.

- ¿Quién os ha contado lo del desafío?

Hugo abre la boca. En ese momento Abril lo golpea con el codo antes de que sea capaz de decir nada.

- Ahora sí aparece el compañerismo.

- No podemos revelar nuestras fuentes – dice Gabriel.

- Gabriel, tienes un trozo de papel pegado en la ceja.

Se lo toca como si acabara de recordar que eso estaba ahí.

- Eso no tiene nada que ver.

- Tiene todo que ver con tu credibilidad.

Vuelvo a mirar el cartel. Lo de “lo importante es participar” me molesta más de lo que debería. No porque piense que voy a perder, sino porque dan por echo que voy a hacerlo.

- ¿Y lo de Sergio de dónde sale?

Todos vuelven a repartirse, algunos mirando al techo, otros a la ficha, incluso Nico se pone a rebuscar en el estuche.

- Ayer estábamos en Economía – empieza Gabriel- y salió el tema.

- Que casualidad.

- Estábamos hablando de las competencias. Y el profe dijo que este año lo del Desafío iba a estar complicado.

- Ajá

- Y luego dijo que, bueno… que si usted participaba, igual no iba a ser tan difícil ganar.

El aula vuelve a llenarse de risas y, aunque intento mantener la compostura, se me termina escapando una sonrisa. No porque la dichosa broma me haga gracia, sino porque ya puedo imaginarme a Sergio diciendo algo asó con esa cara de inocencia que pone cuando sabe que me está tocando las narices.

- ¿Dijo eso?

- Más o menos- dice Abril.

- No fue exactamente así- añade Nico.

Nico duda antes de contestar, y esa pequeña pausa me demuestra que lo que sigue no me va a gustar ni un pelo.

- Dijo que si usted llevaba un equipo, él ya sabía al menos contra quién no tenía que preocuparse.

Apoyo las manos en los bordes de a mesa y asiento una sola vez, intentando que no se me note lo mal que me ha sentado todo esto. No porque tenga razón, sino porque ha dado por hecho delante de los alumnos que voy a perder incluso antes de que sepamos en que consiste la competición.

- Qué bien.

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