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La clase de los muertos

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Sinopsis

Camila Reyes no esperaba encontrar a Jaime en aquel salón. Cinco años atrás lo amaba. Cinco años atrás también ocurrió algo que ninguno de los dos ha conseguido dejar atrás. Desde entonces, no han vuelto a dirigirse la palabra. Ahora ambos forman parte de un exclusivo seminario de criminología forense en el que doce estudiantes deberán reconstruir una serie de muertes a partir de expedientes reales. El primer caso debería ser solo eso: un caso. Hasta que Camila reconoce el nombre de la víctima. Fabiola. La chica que desapareció de sus vidas cinco años atrás. La chica que, según aquel expediente, murió hace apenas tres meses. Y mientras Camila intenta entender qué ocurrió durante todos esos años, comienza a sospechar que quizá entrar en aquella clase nunca fue una casualidad. Once muertos. Doce expedientes. Y demasiados secretos que deberían haber permanecido enterrados.

Estado:
Completa
Capítulos:
16
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Clasificación por edades:
18+

Los doce

Nunca entendí por qué me aceptaron en ese seminario.

No es falsa modestia. Mis calificaciones eran buenas, lo suficiente para conservar mi beca, evitar llamadas incómodas de mi madre preguntándome si estaba desperdiciando mi futuro y sentir que tenía mi vida medianamente bajo control.

Pero no eran extraordinarias.

Y Criminología Forense Avanzada tenía doce lugares.

Doce.

Ciento cuarenta y siete solicitudes, según el correo que la Universidad San Jerónimo había enviado para recordarnos lo especiales que debíamos sentirnos por haber sido seleccionados.

Yo había mandado la mía a las dos de la mañana, después de tres cervezas y de escuchar a una amiga decirme durante cuarenta minutos que jamás iba a descubrir qué quería hacer con mi vida si seguía teniendo miedo de intentar cosas nuevas.

Dos semanas después recibí la aceptación.

Mi primera reacción fue pensar que se habían equivocado.

Mi segunda fue aceptar antes de que se dieran cuenta.

El lunes en que comenzó el seminario llegué siete minutos tarde. No porque quisiera hacer una entrada dramática, sino porque Monterrey había decidido cocinarme viva.

Crucé el campus con el sol de septiembre cayéndome directamente sobre la cabeza, una botella de agua que ya parecía caldo dentro de la mochila y el cabello pegándoseme a la nuca. Para cuando llegué al edificio de Ciencias Sociales estaba convencida de que estudiar cadáveres era una elección profesional bastante coherente, porque yo misma estaba a diez minutos de convertirme en uno.

Subí las escaleras de dos en dos hasta encontrar el aula 304.

Abrí la puerta.

Once personas voltearon a verme.

Perfecto.

—Qué bueno que decidió acompañarnos —dijo el hombre frente al pizarrón.

Tendría unos cuarenta y tantos años. Era alto, delgado, llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos y sostenía unos lentes en una mano. Me observaba como si mi retraso hubiera confirmado alguna teoría que ya tenía sobre mí.

Detrás de él había escrito su nombre.

ERNESTO VILLASEÑOR.

Debajo, ocupando casi todo el pizarrón, había una frase:

UNA MUERTE NO COMIENZA CUANDO EL CORAZÓN DEJA DE LATIR.

—Camila Reyes —dije, todavía intentando recuperar el aire—. Perdón por llegar tarde.

—Sé quién es, señorita Reyes. Su nombre lleva siete minutos en mi lista junto a una silla vacía. Tome asiento, por favor.

Fantástico. No llevaba ni un minuto dentro y ya le caía mal.

Busqué rápidamente un lugar libre. Había uno en la segunda fila, junto a una chica de cabello oscuro que apartó su mochila cuando me vio acercarme.

—Gracias —murmuré mientras me sentaba.

—De nada. Y tranquila, todavía no ha matado a nadie —respondió en voz baja—. Aunque por la cara que te puso, yo no descartaría que tú seas la primera.

Tuve que contener una sonrisa.

Saqué mi libreta y un bolígrafo mientras Ernesto retomaba la clase.

—Como les decía antes de que fuéramos interrumpidos, la mayoría de ustedes llega a este seminario creyendo que la criminología consiste en encontrar culpables. Si eso es lo que esperan aprender aquí, probablemente se equivocaron de clase.

Caminó despacio frente al pizarrón y dejó los lentes sobre su escritorio.

—Si quieren aprender a señalar al hombre que sostiene un cuchillo y decir que es el asesino, pueden quedarse en casa viendo documentales. A mí me interesa una pregunta mucho más complicada: ¿cuántas decisiones fueron necesarias para que ese cuchillo terminara en su mano?

Algunas personas comenzaron a escribir. Yo hice lo mismo.

—Una muerte puede comenzar diez minutos antes, pero también puede comenzar diez años antes. Una llamada que alguien decidió no hacer. Una denuncia que nadie quiso escuchar. Una puerta que no debió abrirse. Un automóvil que tomó la dirección equivocada. Una mentira que parecía insignificante cuando fue dicha.

Se volvió hacia nosotros y apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—O una persona que decidió guardar silencio cuando todavía estaba a tiempo de hablar.

Mi bolígrafo se detuvo.

No sé por qué.

Era solo una frase, probablemente una de esas cosas que un profesor repite todos los semestres porque sabe que sus alumnos van a anotarla.

Aun así, sentí algo incómodo en el estómago.

—En la ciencia forense no buscamos únicamente quién apretó el gatillo —continuó Ernesto—. Buscamos la cadena de decisiones que permitió que alguien llegara hasta ese punto. Porque, en ocasiones, la responsabilidad no termina en quien sostiene el arma. A veces también pertenece a quienes tuvieron la oportunidad de impedirlo y sobrevivieron para contarlo.

La chica a mi lado se inclinó ligeramente hacia mí.

—Este hombre lleva hablando menos de diez minutos y ya consiguió hacerme sentir culpable de cosas que ni siquiera he hecho.

Solté una risa silenciosa.

—Yo llegué tarde. Técnicamente ya tengo algo por lo que sentirme culpable.

—Valeria —susurró, ofreciéndome la mano por debajo de la mesa.

—Camila.

—Ya sé. Hiciste una entrada bastante memorable.

—Fueron siete minutos.

—Casi ocho.

—Retiro lo dicho. Ya no me caes bien.

Valeria sonrió y volvió a mirar al frente.

Me cayó bien inmediatamente.

Yo también regresé la vista hacia Ernesto.

Y fue entonces cuando lo vi.

Estaba tres filas delante de mí.

Al principio solo distinguí el cabello negro, más largo de lo que lo recordaba, rozándole los hombros. Después vi el cuello y las líneas oscuras de varios tatuajes que desaparecían bajo una camiseta negra.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

No.

No podía ser.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza mientras Ernesto hablaba y pude ver parte de su perfil.

La línea de la mandíbula.

La nariz.

Un pequeño aro plateado en la oreja.

Cinco años habían pasado y mi cuerpo lo reconoció antes de que mi cerebro terminara de aceptar lo que estaba viendo.

Jaime.

Me quedé completamente inmóvil.

Podía escuchar a Ernesto hablando, pero había dejado de entender las palabras. Toda mi atención estaba concentrada en el hombre sentado a unos metros de mí.

Jaime estaba en mi clase.

No. Ni siquiera era una clase normal. Era un seminario de doce personas al que habían solicitado entrar casi ciento cincuenta estudiantes. Estadísticamente, ninguno de los dos debería estar ahí y, sin embargo, habíamos terminado en la misma habitación.

Sentí el impulso absurdo de esconderme detrás de Valeria. En lugar de hacerlo, bajé la mirada hacia mi libreta y descubrí que había escrito la misma palabra tres veces.

Decisiones.

Decisiones.

Decisiones.

Taché las dos últimas.

—¿Estás bien? —preguntó Valeria.

—Sí, solo estaba pensando en algo.

Mentira.

No estaba bien.

Habían pasado cinco años sin verlo. Cinco años sin escuchar su voz, sin recibir un mensaje, una llamada o siquiera un miserable feliz cumpleaños.

Nada.

Durante los primeros meses había esperado que apareciera. Después había esperado que se disculpara. Más tarde había llegado una etapa en la que esperaba que se muriera.

No literalmente.

Bueno, no todos los días.

Eventualmente había aprendido a no esperar absolutamente nada de él.

Y ahora estaba sentado a seis metros de mí.

Había cambiado. Por supuesto que lo había hecho. A los dieciocho ya era alto, pero ahora parecía ocupar demasiado espacio incluso sentado. Tenía más tatuajes. Reconocía algunos de los que cubrían sus brazos, pero los que subían por su cuello eran nuevos. Su cabello también era mucho más largo.

Me pregunté si sus ojos seguirían siendo igual de azules.

Me odié inmediatamente por preguntármelo.

—Durante este semestre vamos a trabajar con once expedientes —dijo Ernesto, consiguiendo finalmente arrancar mi atención de Jaime—. Once muertes y once reconstrucciones diferentes. Quiero que olviden todo lo que creen saber sobre cómo se analiza un caso. No me interesa que memoricen procedimientos para repetirlos en un examen. Quiero que aprendan a hacer preguntas, especialmente aquellas que nadie quiso responder cuando todavía importaban.

Sobre su escritorio había varias carpetas negras. No las había notado cuando entré.

Ernesto levantó una.

Un chico sentado al otro lado del aula levantó la mano.

Tenía el cabello castaño, facciones agradables y una sonrisa fácil. Parecía de esas personas capaces de empezar una conversación con un desconocido en la fila del supermercado y salir diez minutos después con una invitación a su cumpleaños.

—Profesor, cuando dice once muertes, ¿habla de casos reales o son ejercicios construidos para la clase?

—Son personas reales, señor Serrano. Los documentos han sido preparados para este seminario, pero los casos ocurrieron.

—¿Y están resueltos?

Ernesto lo observó unos segundos antes de contestar.

—Eso depende de qué entiende usted por resolver un caso. Si se refiere a que existe una versión oficial de lo ocurrido, sí, en muchos de ellos. Si pregunta si esa versión responde todas las preguntas, no estaríamos estudiándolos.

El chico sonrió.

—Entonces básicamente vamos a intentar demostrar que alguien hizo mal su trabajo.

—No, señor Serrano. Ustedes van a intentar demostrar que son capaces de hacer el suyo. Si durante el proceso descubren que alguien más no lo hizo, será un problema diferente.

Varias personas rieron.

El chico levantó las manos en señal de rendición.

—Entendido.

—Nicolás —murmuró Valeria a mi lado—. Lleva hablando menos de un minuto y ya quiero golpearlo.

—Tal vez solo es participativo.

—Tiene cara de ser insoportable.

Nicolás volteó justo en ese momento.

Nos encontró mirándolo.

Valeria bajó la vista inmediatamente hacia su libreta, fingiendo estar concentradísima en algo que ni siquiera había escrito. Yo mantuve la mirada.

Nicolás sonrió, levantó una ceja como si hubiera escuchado perfectamente lo que acabábamos de decir y volvió hacia el frente.

—Retiro lo dicho —susurré—. Definitivamente es insoportable.

—Te lo dije.

Ernesto comenzó a repartir las carpetas.

Cuando llegó a nuestra fila dejó una frente a Valeria y otra frente a mí.

Pesaba más de lo que esperaba.

En la esquina superior derecha había una etiqueta blanca con un número.

EXP. 01.

Debajo aparecía un código alfanumérico y una fecha.

Pasé el dedo por el borde de la carpeta.

—Antes de abrirlo, quiero establecer una regla —dijo Ernesto mientras regresaba hacia su escritorio—. Todo lo que encuentren en estos documentos permanece en esta aula. Algunos materiales han sido anonimizados, otros no. Van a encontrar fotografías, declaraciones, informes médicos y, en ciertos casos, imágenes que pueden resultar difíciles de ver. Si alguno considera que no puede trabajar con material sensible, no hay absolutamente nada vergonzoso en admitirlo, pero necesito saberlo ahora.

Miró alrededor.

Nadie se movió.

—Bien. Entonces pueden abrir el expediente.

Levanté la tapa.

La primera página estaba boca abajo.

Valeria volteó la suya antes que yo.

Escuché cómo inhalaba.

—Mierda.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Volteé la hoja.

Había una fotografía de una mujer joven. Cabello castaño, piel clara y una sonrisa pequeña, casi incómoda, como si alguien le hubiera pedido que posara cuando no tenía ganas.

Debajo aparecían sus datos.

Leí el nombre.

Y dejé de respirar.

FABIOLA MENDOZA RÍOS

Edad al fallecer: 21 años.

Volví a leerlo.

No podía ser.

Había miles de mujeres llamadas Fabiola. Probablemente cientos de Fabiola Mendoza. Podía ser una coincidencia absurda.

Pero no con esa cara.

No con esos ojos.

No con aquella pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que yo había visto cientos de veces cuando tenía diecisiete años.

Mis ojos bajaron hacia la siguiente línea.

Fecha de fallecimiento: 14 de junio.

Tres meses atrás.

Sentí frío.

Un frío completamente absurdo mientras afuera Monterrey seguía derritiéndose bajo el sol.

—Camila, ¿estás bien? —preguntó Valeria, esta vez sin bromear—. Te pusiste blanca. ¿Conocías a esta chica?

No pude contestarle inmediatamente.

La última vez que había visto a Fabiola estaba gritándome.

Yo también le estaba gritando.

Después había salido por una puerta.

Y había desaparecido.

Cinco años sin una llamada, un mensaje o una señal de que siguiera viva. Cinco años sin un cuerpo.

La policía había dejado de buscarla.

Su familia eventualmente se marchó de Monterrey.

Yo había pasado meses despertándome cada vez que sonaba mi teléfono convencida de que alguien iba a decirme que finalmente la habían encontrado.

Nunca ocurrió.

Porque Fabiola no había muerto aquella noche.

Había vivido durante casi cinco años después de desaparecer.

—Sí —conseguí responder—. La conocía. Pero esto no puede estar bien. Ella desapareció cuando teníamos diecisiete años. Nadie volvió a saber nada de ella.

—Pues aquí dice que murió hace tres meses.

—Ya sé lo que dice.

Sonó más agresivo de lo que pretendía.

—Perdón. No era contigo.

Cerré la carpeta demasiado fuerte.

Varias personas voltearon.

Incluido él.

Jaime.

Nuestros ojos se encontraron por primera vez en cinco años.

Y todo lo que alguna vez había sentido por él pareció regresar al mismo tiempo, como si mi cuerpo hubiera estado guardándolo en algún lugar esperando precisamente ese momento.

Amor.

Rabia.

Deseo.

Odio.

Culpa.

Pero hubo otra cosa en su expresión que no esperaba encontrar.

Miedo.

Jaime había reconocido a Fabiola.

—¿Señorita Reyes? —preguntó Ernesto desde el frente—. ¿Hay algún problema con el material?

Aparté los ojos de Jaime.

—Necesito salir un momento. Conocía a la persona del expediente y no estaba preparada para encontrarme con esto.

La expresión de Ernesto cambió apenas. No parecía sorprendido, y eso me incomodó todavía más.

—Entiendo. Puede salir, pero el expediente debe permanecer en el aula.

—Claro.

Lo dejé sobre la mesa y me levanté.

No miré a Jaime al salir.

No hacía falta.

Sentía sus ojos sobre mí.

Llegué hasta la esquina del pasillo y apoyé las manos contra la pared.

Solo necesitaba respirar.

Fabiola había estado viva.

Todo ese tiempo.

Cerré los ojos y un recuerdo apareció antes de que pudiera detenerlo.

Devuélveme el teléfono, Camila.

Abrí los ojos inmediatamente.

No.

No iba a volver ahí.

No todavía.

Escuché la puerta del aula abrirse detrás de mí y después unos pasos acercándose. No necesité voltear para saber quién era.

Siempre había caminado de la misma manera, despacio y seguro, como si el mundo tuviera la obligación de esperarlo.

—Camila.

Cinco años sin escuchar mi nombre en su voz.

Me giré.

Jaime estaba a pocos metros.

De cerca era todavía peor.

Los tatuajes cubrían ambos brazos y subían por su cuello. Una línea de tinta negra desaparecía debajo de la camiseta, sobre el pecho. El cabello le caía alrededor del rostro y una sombra oscura de barba marcaba su mandíbula.

Pero era él.

Absolutamente él.

—No sabía que ibas a estar aquí —dijo después de observarme durante unos segundos—. Si lo hubiera sabido, probablemente habría intentado hablar contigo antes de entrar. Supongo que habría sido mejor que encontrarnos así.

Me reí sin humor.

—¿Después de cinco años tu primera preocupación es que nuestro reencuentro haya sido incómodo? Tranquilo, Jaime. Creo que sobreviviré.

—No dije eso. Y tampoco esperaba que fueras a recibirme con los brazos abiertos. Solo estoy intentando decirte que no planeé esto.

—Qué alivio. Por un momento pensé que habías organizado un seminario completo de criminología únicamente para reencontrarte conmigo. Habría sido un esfuerzo excesivo incluso para ti.

Una sonrisa mínima amenazó con aparecer en su boca, pero desapareció enseguida.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué cosa?

—Bromear cuando estás a punto de perder la cabeza.

Sentí cómo se me endurecía la expresión.

—Y tú sigues creyendo que me conoces.

—Te conocí durante casi tres años, Camila. Algunas cosas no se olvidan tan fácilmente.

Aquello me golpeó más de lo que quería admitir.

—Cinco años sin hablarle a alguien ayudan bastante.

Jaime bajó la mirada un instante. Cuando volvió a levantarla, ya no había rastro de sarcasmo.

—Sí. Supongo que ayudan.

Por un momento ninguno dijo nada.

Sus ojos recorrieron mi rostro y después bajaron hacia mi brazo tatuado. No hizo ningún comentario, pero noté la forma en que lo miró.

Odié que me importara.

—¿Sabías que estaba viva? —pregunté.

Jaime volvió a mirarme.

—¿Qué?

—No hagas eso conmigo. Fabiola. ¿Sabías que seguía viva después de aquella noche?

La tensión apareció inmediatamente en su mandíbula.

Eso fue suficiente para que mi estómago se cerrara.

—Camila, acabamos de ver un expediente que dice que murió hace tres meses. No sé qué quieres que te diga.

—Quiero que me contestes una pregunta bastante sencilla. Durante todos esos años en los que nadie sabía dónde estaba, ¿tú sabías que Fabiola seguía viva?

Jaime guardó silencio demasiado tiempo.

Cinco años desaparecieron de golpe.

Otra habitación.

Otra pregunta.

Otro silencio.

—No sé de qué estás hablando —dijo finalmente.

Lo observé.

Podía haber cambiado el cabello, los tatuajes, la forma de vestir y hasta la manera en que pronunciaba mi nombre.

Pero Jaime seguía siendo un pésimo mentiroso.

Al menos conmigo.

—Claro —respondí—. Entonces supongo que no tenemos nada más que hablar.

Intentó detenerme cuando pasé junto a él.

—Camila, espera. No deberías seguir revisando ese expediente hasta que sepamos por qué está aquí.

Me giré.

—¿Hasta que sepamos? No existe ningún “nosotros”, Jaime. Tú puedes hacer lo que quieras con tu expediente y yo haré lo mismo con el mío. Es una dinámica que llevamos practicando cinco años y hasta ahora te había funcionado perfectamente.

—No estoy hablando de nosotros. Estoy hablando de Fabiola.

—Precisamente por eso voy a volver a entrar.

Regresé al aula antes de que pudiera contestarme.

Ernesto dejó de hablar cuando abrí la puerta, pero esta vez no pedí permiso. Me senté y abrí nuevamente la carpeta.

Primera página.

Fabiola.

La pasé.

Informe preliminar.

Otra página.

Cronología.

Seguí avanzando hasta llegar a una fotografía que apenas había alcanzado a ver antes.

Había sido tomada en la terraza de un restaurante.

Fabiola aparecía de perfil. La fecha impresa en la esquina inferior correspondía a unos días antes de su muerte.

Pero no estaba sola.

Al otro lado de la mesa había un hombre.

Cabello negro hasta los hombros.

Tatuajes cubriéndole los brazos.

Jaime.

Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que por un momento pensé que Valeria podía escucharlo.

Entonces vi el collar.

Una cadena plateada rodeaba el cuello de Jaime y de ella colgaba un pequeño aro negro.

Lo conocía.

Yo se lo había regalado cuando cumplió dieciocho años.

—¿Camila? —susurró Valeria—. ¿Ese no es el tipo que salió detrás de ti?

No contesté.

La puerta se abrió.

Jaime acababa de regresar.

Levantó la mirada hacia mí.

Tomé la fotografía y esperé a que llegara hasta su asiento.

—Antes me dijiste que no sabías de qué estaba hablando —dije, lo suficientemente alto para que pudiera escucharme—. Así que ahora sí quiero que me expliques algo.

Giré la fotografía hacia él.

—¿Qué hacías con Fabiola tres meses atrás?

Jaime miró la imagen.

No respondió.

Pero tampoco necesitaba hacerlo.

Vi cómo el color desaparecía lentamente de su rostro.

Y en ese momento entendí dos cosas.

Fabiola había estado viva.

Y Jaime lo sabía.

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