Prólogo
Siempre fui una joven con altas expectativas sobre la vida.
A pesar de haber crecido en un hogar que estaba muy lejos de lo que yo soñaba tener, siempre me repetí que podía lograrlo. Que podía ser como aquellas chicas de las telenovelas que salían del mismo infierno y terminaban junto a aquel hombre que las rescataba y era capaz de dar la vida por ellas.
¿Si ellas lo lograban, por qué yo no podría hacerlo?
Hice una pequeña lista de las cosas que quería conseguir en la vida: graduarme de la secundaria, graduarme de la universidad, tener una familia que me amara y encontrar a un hombre capaz de amarme más que a su propia vida.Creía que, para conseguir todo aquello, solo tenía que dar lo mejor de mí. Porque, de alguna manera, la vida terminaría devolviéndome todo lo que yo había dado.Eso me repetía todos los días.Siempre me encargué de dar lo mejor de mí, incluso cuando mi instinto me gritaba que no era una buena decisión. Mi respuesta siempre fue la misma: decir que sí. Costara lo que costara.Pero, lejos de aquel sueño perfecto, la realidad era otra.
Mi vida distaba mucho de parecerse a lo que alguna vez había soñado. Apenas había logrado cumplir dos de aquellas promesas. Y entonces entré en un mundo del que ya no podía escapar.
Ni siquiera me había planteado hacerlo.
Simplemente no podía...
Y mucho menos sin él.
Él era la jodida razón por la que mi cuarto deseo parecía cada vez más inalcanzable.
Porque siempre esperé que él me enseñara a amar.
Es más, ni siquiera tenía que esforzarse. Le bastaba un solo toque para desestabilizarme por completo.
Nadie podía entender lo que sentía por él. Decían que era un capricho, una obsesión que terminaría destruyéndome.
Y, en el fondo, sabía qué tenían razón.
Ahora, mientras observo las luces de la ciudad del pecado, sé que está con la mujer que ama.
Sé que viene a matarme.
Y, aun así, sigo pensando en él.
Dispuesta a perdonarlo.
No me importa nada de lo que me hizo. Nunca me importó.
Porque siempre estuve dispuesta a curar sus cicatrices, aunque él jamás hubiera querido sanar las mías.
Y eso...
Eso me parece tan irónico.
Porque llegué a su vida para destruir su imperio.
Y ahora...
—Son las 3:33, así que cierra los ojos y pide un deseo, mi reina —susurró suavemente en mi oído mientras me rodeaba con sus brazos.
Su toque me provocó un escalofrío.
Mi piel comenzó a enfriarse al sentir sus manos apretándome en aquellas dos zonas que tanto le encantaban. Pasé de sentir un frío punzante a un calor reconfortante, impregnado de su cuerpo y de ese aroma a hombre que siempre conseguía volverme loca.
Pero mis recuerdos estaban lejos...
Muy lejos de aquella dolorosa realidad.
Abrí los ojos de golpe cuando varios disparos resonaron a mi alrededor.
Me agaché de inmediato y logré sacar el arma que llevaba en el tobillo. Corrí tan rápido como pude hasta cubrirme detrás de un muro y, desde allí, lo vi a lo lejos.
Hermoso.
Dominante.
Intimidante.
Como solo él podía serlo.
—Cómo te amo, maldito infeliz... —murmuré, llorando y riéndome al mismo tiempo.
—¡Sal de ahí, Jazmín! ¡Te tengo rodeada! —gritó mientras cargaba su arma—. ¡Acabemos con esto de una vez!
¿Acabar con esto?
Sí que estaba demente.
Lo nuestro jamás podría acabarse.





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