Prólogo
En un caluroso verano de 1919, un pequeño fruto chocó contra la cabeza de una joven chica. Su mano se desplazó hacía la parte superior de su cabeza para acariciar su adolorido cráneo mientras le sonreía al joven sentado a su lado. Este chico fijó su mirada en sus bellos ojos marrones. El joven la tomó de la mano para ayudarla a ponerse de pie, entretanto le devolvía la sonrisa nerviosa de su rostro.
Los dos caminaron cerca de la playa y sus pies rozaban el suave toque de la arena.
—¡Atrapame si puedes! —anunció ella mientras corría hacia la dirección opuesta de donde caminaban—.
—¡EY! ¡Espera! —gritó él al salir corriendo detrás de ella.
El joven chico atrapó su mano nuevamente para detenerla y sonreirle. Los dos empezaron a reír alborotadamente. Se sentaron en el lugar exacto donde las olas acariciaban sus pies. Este, con la respiración entrecortada y su corazón latiendo rápidamente, paró de reír y entrecerró sus ojos para acercarse a la joven. Esta también se acercó cerrando sus ojos y sus labios se rozaron lentamente.
La chica se alejó un poco y soltó una risita nerviosa. El chicó la imitó.
—Ven, te debo mostrar algo —mencionó la joven haciéndole seña con los ojos de que la siguiera.
—Claro Laia, te sigo —contestó el chico caminando detrás de ella.
La joven lo dirigió hacía una casa blanca grande con ventanales azules decorada con flores de múltiples colores y plantas que colgaban. Agarró su mano y subieron juntos las escaleras hasta llegar a su dormitorio
—Siéntate acá —susurró la joven señalando su cama mientras ella buscaba entre sus cosas. Encontró un sobre y se giró para dárselo al chico quien la esperaba sentado con un regalo.
—Oh,… tu… —murmuró la muchacha al ver que él también tenía algo.
—Si, te… —tartamudeo el chico con una sonrisa nerviosa— te lo compré en una de las tiendas que me mostraste ayer. Toma, me pareció que sería el estilo de cosas que combinan contigo.
—¡Gracias! Yo también tengo algo para tí —dijo la joven dándole la carta al chico y tomando su regalo.
La chica quitó el envoltorio para descubrir un hermoso álbum de fotos con una portada de color morado con bellas flores como las que decoraban su casa.
—Es, es hermoso! —sonrió alegremente la chica enfocándose en los ojos avellana del chico quién leía con asombro la carta.
—Sabía que te gustaría, y tu escribes muy bien, ¡me encanta! —respondió el joven—. Tengo una sorpresa más, mira esto —anunció el chico—. ¡Mira debajo de tu cobija!
—Dejame revisar —avisó la joven fijándose que había debajo de su cobija. Cuando la chica vió lo que había, se quedó muy conmovida. En sus ojos había un destello y una sonrisa amplia se formó en sus labios—. Recordaré por siempre este verano.
—Si, este bello y magnífico verano de 1919 —sonrió el muchacho.




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