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Embriagame con tus besos |BL|

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Sinopsis

Ethan Williams vive una vida perfecta como el joven heredero de unos de los empresarios más importantes del país, aun así, vive metiéndose en problemas: alcohol, mujeres y fiestas. Su padre sin saber que hacer por él decide enviarlo con su tía a un alejado pueblo en las afueras de la ciudad; tendrá que aprender lo que significa trabajar para tener algo. Conocerá a muchas personas que le enseñaran lo valioso que puede ser las cosas simples. Pero sobre todo, con mi conocerá a Anton Cruise, el hombre más importante del pueblo quien tiene una hermosa viñeta que es la joya del Valle de Dionisio, quien desde que lo conoce lo rechaza por ser un chico arrogante e inutil, dañando el gran orgullo de Ethan. Entre música, vino y besos… ¿Podrá Ethan encontrar algo que ame o tal vez… a alguien?

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Besos_Love
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Dicen que el verano llega en el suspiro de una brisa cálida que se cuela por las rendijas de las ventanas, prometiendo noches eternas, libertades absolutas y ese tipo de calor que te hace sentir invencible. Es la estación de las promesas doradas, del aire dulce que te acaricia la piel y te susurra que todo es posible.

Pero nadie te advierte sobre lo que esa misma brisa puede arrastrar consigo. A veces trae el perfume embriagador del jazmín; otras, el polvo asfixiante de tu propia ruina. Para mí, la brisa de aquel junio no trajo un perfume de flores. Trajo la cruda y palpitante realidad de una resaca horrible.

Eran las primeras horas de la mañana y mi cabeza estaba apunto de estallar.

—Mierda… —susurré, enterrando los dedos en mi cabello.

Al forzar la vista, la habitación de hotel se enfocó. Y con ella, los cadáveres de mi noche. Dos pelirrojas desnudas dormían a mi lado; había que admitir que sabían lo que hacían, la noche anterior fue espectacular, pero ahora solo quedaban los residuos de ese éxtasis.

Me arrastré fuera de la cama, envolviéndome en una sábana blanca para llegar al baño. Tome una ducha de agua helada, me vestí a ciegas entre la ropa esparcida y antes de irme, no me olvide de dejar un par de billetes en la mesilla de noche como agradecimiento por la noche que compartimos.

Baje cauteloso por la recepción esperando no ser notado, finalmente salí del hotel. Me pare por un taxi para irme a mi casa, me dejé caer en el asiento trasero del vehículo y lo primero que hice fue encender mi teléfono. Me dio un escalofrió encontrarme con veinte llamadas perdidas de papá.

—Estoy jodido —murmuré, dejando caer la cabeza contra el cristal frío.

—¿A dónde lo llevo, joven? —preguntó el taxista, echando un vistazo a mi traje de marca, calculando mentalmente la propina.

—Ni yo mismo lo sé… —respondí al vacío.

—¿Disculpe?

—Al barrio Royal Marigold.

El chófer asintió y encendió la radio. Un violín lloraba por los altavoces, mezclándose con el zumbido del tráfico.

-Oh, esta canción es buena ¿como se llamara? Sera de ese músico que todos mencionan ¿Vibals… o Vivaldi?- dijo esperando romper el silencio.

—Tchaikovsky. Concerto para violín en Re mayor —corregí con la voz muerta, cerrando los ojos. El taxista entendió el mensaje y calló.


Mi mansión se alzaba imponente, una obra de arquitectura que resaltaba incluso para los estándares de Royal Marigold. Entré por la verja de bronce. La casa estaba sumida en ese silencio sepulcral. Camine directo al comedor, bajo la mirada juzgadora de una araña de cristal antigua.

—¡Joven Ethan! —la voz de la señora Miller, el ama de llaves, resonó con el pánico — ¿Hace cuánto que…?

—Acabo de llegar—respondí, sonriendo con pereza— El monstruo de la resaca pide huevos revueltos. Y café, uno que pueda despertarme de entre los muertos.

La mujer asintió, nerviosa, y se retiró. Yo jugueteaba con una manzana cuando la puerta del comedor se abrió de golpe. No fue la señora Miller con mi desayuno. Un jarrón con un ramo de flores formidable explotó en mil pedazos contra el suelo de caoba, salpicando de pequeños cristales mis zapatos y petalos. En un rápido giro, vi a mi padre que me miraba con el ceño fruncido

—¡¿Dónde demonios has estado, Ethan?!

Me tapé los oídos. —Papá, por favor, baja la voz. Me estoy muriendo.

—Tal vez sea la cirrosis prematura, o el alcohol barata que respiraste anoche —escupió con sarcasmo — ¡A la habitación! ¡Ahora!

Suspiré, ignorando la mirada aterrada de la señora Miller, y subí las escaleras. Pero mi padre no me llevó a su oficina. Me llevó a La Habitación.

El santuario. El altar a mi madre muerta. Velas, lirios blancos y el olor asfixiante del incienso —No vienes aquí desde hace años, a menos que yo te arrastre —dijo, dándome la espalda, mirando el retrato de la mujer sonriente en la foto.

—¿Para qué quieres que venga, papá? ¿A hablar con un pedazo de papel?

Giró en seco, con los ojos brillando de una furia —¿Qué se supone que haga contigo? Vas a fiestas, te emborrachas, te sacan de los clubes a las tres de la mañana. ¿Sabes cuánto me cuesta sobornar a la prensa para que no publiquen que el heredero de los Williams salió de un motel con una actriz de segunda? ¡Tienes un futuro brillante y lo estás usando de cenicero!

—¡No te pedí que me salvaras la cara! —retorcí, dando un paso al frente —Papá, solo fueron un par de tragos, te lo juro...

—¡Ethan! —rugió, mi estomagó se encogió — Estoy harto de limpiar tu desastre. Cuando sucedió lo de tu madre fue un golpe muy duro para toda la familia en especial para ti ¡Trate de ser comprensivo! — exhal — Pense… ¡solo es un niño que perdio a su madre! Solo necesita tiempo y todo volvera a la normalidad. Cuando te expulsaron de la universidad no dije nada, cuando empezaste a irte a fiestas durante la noche tampoco, cuando los periódicos empezaron a llamarme para mostrarme lo que hacías y, cuando venias borracho a casa….! — hablo exaltado — ¡Pero esto no puede seguir más! Ethan date cuenta que estas destruyendo tu vida, tenias un gran potencial, ¿Que planeas hacer con tu vida?

— No hay ninguna puta razón para que me importe.

— Eres un desastre. Cada semana es un nuevo escandalo que hay que cubrir, ¿que tienes en la cabeza? — en dos zancadas ya esta frente a el — Siento vergüenza de mi propio hijo.

Apreté los dientes, una sensación desagradable me subió por la garganta.

Se pasó una mano por el rostro, se mantuvo callado por un momento antes de continuar —No quería hacer esto —murmuró, casi para sí mismo— Pero se acabó, Ethan. Ya no puedo seguir mirando cómo te destruyes.

Sentí un escalofrío. —¿Qué vas a hacer? ¿Enviarme a un colegio militar? ¿A Suiza? ¿A la maldita Antártida?

—Lo pensé —dijo, y una sonrisa amarga curvó sus labios— Pero anoche se me ocurrió algo mejor.

Hizo una pausa. Me miró directamente a los ojos, y supe que lo que venía sería devastador.

—Te enviare con la tía Dalia.

Parpadeé —¿Tengo una tía?

—La hermana mayor de tu madre —respondió, con la voz ahora fría, distante— Antes de que tu madre se mudara a la ciudad, vivía en un pequeño pueblo en las afueras. Un lugar donde no hay cámaras, ni dinero para quemar. Justo lo que necesitas.

Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies —Papá, no...

—Hablé con ella esta mañana —continuó, implacable— Está dispuesta a recibirte. A cuidarte y lo más importante, a enseñarte lo que es el trabajo. Lo que es la vida fuera de estas paredes doradas.

—¡No puedes hacerme esto! —grité, sintiendo cómo el pánico me subía por la garganta— ¡Soy tu hijo! ¡No puedes exiliarme!

—No es un exilio —dijo, con una calma que me heló la sangre— Es una última oportunidad.

—¡Papá, por favor! —di un paso hacia él, extendiendo la mano— No me envíes. Haré lo que quieras. Iré a terapia. Dejaré de beber, dejaré las fiestas. Lo que sea. Pero no me envíes a ese... lejos.

Él miró mi mano extendida. Y luego me miró a los ojos. Y en su mirada, vi la decisión absoluta.

—Empaca —dijo, girándose hacia la puerta— Te vas al pueblo natal de tu madre. Con el inicio del verano.

—¡Papá! —grité, pero ya estaba cerrando la puerta detrás de él.

Me quedé solo en el santuario. Con las velas y los lirios. Con el retrato de mi madre sonriendo desde el marco, eterna, intocable, perfecta. Y por primera vez en años, sentí el impulso de hablarle. De contarle lo que estaba pasando. De pedirle consejo.



—¡Es absurdo! ¡No pueden hacerme esto! —paseaba por mi habitación como un león enjaulado, tirando ropa de mi armario a una maleta— Papá no seria capaz...

Deseaba olvidar todo. Evadir la realidad y olvidarme de los problemas, pero parecía imposible. Pasaron casi dos semanas desde que recibí la la horrible noticia, salí de la habitación furioso, me negaba a aceptarlo. Intente persuadir a mi padre todo este tiempo, pero se mantuvo firme y no paraba de repetirme que con el inicio del verano me iría al jodido pueblo. Suspire frustrado mientras revisaba el calendario.

— Joven Ethan. Su padre lo llama al comedor — llamo detrás de la puerta la Señora Miller — Pregunta si ya esta listo.

— ¿Para qué? ¿Para el exilio?-

¿Como podría hacerme esto? ¡Seria una enorme humillación! Hace unos días que me entero que tengo una tía y ahora era enviado a vivir con ella ¡Increíble! Era como enviarme con unos completos desconocidos.

— Esto es absurdo. No hay manera que lo acepté — dije seguro de mis propias palabras — ¡No pienso salir de esta habitación! Y cuando digo no es no.

Nadie podía obligar a Ethan Williams a nada, ni siquiera mi padre. De eso estaba seguro.

El paisaje urbano repleto de edificios fue remplazado por enormes arboles y horizontes urbanos, la lujosa camioneta Mercedes Benz recorria los caminos de tierra y piedras, hace mucho que habían dejado las calles pavimentadas. Poco a poco el ambiente urbano cambio.

—Jodida mierda —maldije, asomando la cabeza por la ventanilla, asfixiándome con el polvo— ¿Cómo se atreve a amenazarme con desheredarme?

El chófer, un hombre de pocas palabras y mucha lealtad , detuvo el auto frente a un denso bosque —Hemos llegado, joven Ethan.

Miré por la ventana. Solo había árboles. —¿Llegamos? ¿Dónde está el pueblo?

Finn bajó, abrió el maletero y empezó a sacar mis tres maletas permitidas —A unos doscientos metros. Por ese camino de tierra.

—Hum. Pues pon el auto en marcha, vamos.

Finn cerró el maletero y se cruzó de brazos. —Y eso haré. Cuando usted se baje.

—¡¿Qué?! ¡Estás loco! ¡Trabajas para mi familia!

Finn, impasible, sacó su teléfono y me mostró la pantalla. Un mensaje de texto de mi padre, recibido a las 9:05 a.m.:

Finn, deja a mi hijo algo cerca del pueblo. Lección 1: Aprender a ir por su cuenta.

Me quedé boquiabierto. La traición me dolió más que la resaca —Finn… no puedes dejarme aquí. ¿Y si me roban? ¿Y si hay osos? ¡Llévame al pueblo y papá nunca se enterará!

—El camino es recto, señor. Es imposible perderse —dijo, subiendo al auto.

—¡Finn, por favor! ¡Te daré el doble! ¡Te compraré un Rolex!

Me miró por el retrovisor con una media sonrisa de lástima —Esta bien, pero primero baje del auto. Lo llevare pero el camino es demasiado angosto para que vayamos en auto.

Sonreí satisfecho y accedí sin pensarlo dos veces, baje del auto para apoyarme sobre una cerca. Observé como el paisaje urbano había sido devorado por kilómetros de pasto — ¿No te parece que esto es ridículo? Mi papá esta exagerando — señale a mi alrededor — ¿Cree que esto solucionara mi vida? Ya vera que esta en un error, en menos de una semana estará suplicando que regrese a mi casa, estoy seguro que... — mis palabras quedaron suspendidas en el aire con el rugido del motor. Las llantas giraron, lanzando una nube de polvo y lodo que cubrió mi traje de mil dólares. La Mercedes se alejó, dejándome atrás al heredero del imperio Williams, plantado en medio de la nada como un espantapájaros — ¡¿QUÉ?! ¡FINN! ¡FINN, REGRESA TRAIDOR! —grité, tosiendo polvo y pateando una piedra con toda mi fuerza, lo cual fue un error, pues el dolor en mi dedo del pie me hizo saltar a la pata coja— ¡Juro que me las pagaras!

Solo el canto de un grillo y el viento entre los árboles me respondieron. Miré mis maletas, miré el camino de barro, y sentí cómo esa brisa de verano volvía a rozar mi rostro. Pero esta vez, no traía la promesa de noches eternas. Traía el polvo del exilio y por primera vez en mi vida, me di cuenta de que todo mi dinero no servía para comprar ni un puto taxi.

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