Héroe Invisible
Una Última Promesa
最後の約束 (Saigo no Yakusoku)
Autor: Jaime Fernández-Marcote
___
Capítulo I — Héroe Invisible
La carretera era un río negro que la tormenta había desbordado.
Llovía con la furia impersonal de las cosas que no odian a nadie en particular, y el limpiaparabrisas luchaba contra el cristal con un ritmo que ya no lograba ganar. Cada gota que caía sobre el capó devolvía, por un instante, el resplandor de los faros lejanos, como si la carretera entera estuviera hecha de agujas de luz líquida.
—¿Seguro que tomaste el desvío correcto? —preguntó ella, sin apartar los ojos de la ventanilla.
No era una acusación. Era el tipo de pregunta que solo puede hacerse después de muchos años compartiendo el mismo silencio en un coche.
—Lo revisé dos veces antes de salir —dijo él. Sus manos, sin embargo, sujetaban el volante con una firmeza que no necesitaba ningún desvío mal tomado para justificarse.
En el asiento trasero, un niño de dos años dormía con la cabeza apoyada contra el cristal empañado, un muñeco de trapo enredado entre los dedos. El tablero proyectaba sobre sus mejillas un resplandor tibio, casi doméstico, ajeno por completo a la tormenta que golpeaba el techo del coche como algo vivo.
—Ojalá pare pronto esta lluvia —dijo ella, ajustándose la manta sobre las piernas—. Siempre me da la sensación de que quiere tragarnos.
Él no contestó. Miró un instante al espejo retrovisor, hacia el niño, un gesto tan breve que apenas podía llamarse gesto.
Entonces llegó el rugido.
Un camión de carga apareció en la curva, sus luces altas cortando la lluvia como dos cuchillas gemelas. El asfalto, traicionero bajo el agua, no perdonó al conductor: las ruedas traseras patinaron, el chasis se ladeó, y durante un segundo la carretera entera pareció sostener el aliento.
—¿Qué…? —La voz de él se quebró en una sola sílaba.
—Tranquilo —dijo ella, aunque su propia voz ya temblaba.
El niño se removió en el asiento, arrancado del sueño por el bandazo del coche.
—mmm —murmuró, parpadeando, sus ojos azules aún nublados.
No hubo tiempo para una respuesta. El camión devoró la distancia que los separaba con una velocidad que el mundo no pudo procesar del todo: el chirrido del metal, la explosión de los cristales, la lluvia entrando como agujas heladas por el hueco donde antes había una ventanilla.
El niño sintió el tirón brutal del cinturón contra su pecho, el peso repentino de la nada bajo sus pies, el olor a gasolina y ozono llenando un mundo que ya no tenía arriba ni abajo.
Un brazo —el de su madre— se extendió hacia él en la fracción de segundo en que todavía existía tiempo para intentarlo.
No fue suficiente.
Después llegó el silencio. Un silencio distinto al de la carretera, más pesado, interrumpido solo por un goteo que no era lluvia. El niño abrió los ojos —no supo cuánto después— y no reconoció el mundo: su padre inmóvil sobre el volante, una línea oscura resbalando por su sien; su madre, quieta, con la mano todavía tendida hacia el asiento trasero, como si el gesto hubiera decidido quedarse aunque ella ya no pudiera sostenerlo.
A lo lejos, una sirena. Un destello azul y rojo que teñía la lluvia de un color que el niño no tenía nombre para describir.
Y entonces, solo el sueño. Y una certeza que tardaría años en encontrar palabras: que él era el único a quien la noche había decidido perdonar.
❦
Yokohama, distrito de Naka — dieciséis años después
La ciudad se desplegaba bajo un cielo de acero pulido, sus torres de cristal devolviendo el mismo gris indiferente con el que las miraban. Abajo, en las calles, la vida se movía sin pedir permiso a nadie: el traqueteo de una bicicleta rozando la acera, el humo especiado de un carrito de takoyaki, los charcos de la tormenta de la noche anterior guardando todavía, como monedas caídas, los reflejos rotos de los neones apagados.
Ryo Nagai caminaba entre la multitud con las manos hundidas en los bolsillos y el paso de alguien que ha dejado de tener prisa por llegar a ningún sitio. La gente lo rodeaba como un río sortea una piedra: sin detenerse, sin mirarlo. Tenía dieciocho años, casi un metro ochenta de estatura y una manera de caminar erguida que no era arrogancia, sino el hábito de sostener un peso que nadie más podía ver.
Su cabello, negro y ligeramente revuelto, le caía sobre la frente sin que a él pareciera importarle. Pero eran los ojos —de un verde esmeralda intenso, grandes, de un tono que la gente solía calificar de “bonito” antes de olvidarlo enseguida— los que hacían el trabajo de decir lo que su boca casi nunca decía. Había en ellos una calma que no era paz: era la calma de quien ya ha visto suficientes veces cómo termina la misma película.
—Preludio en si menor, Op. 32 n.º 10 —de Serguéi Rajmáninov—. El lector puede escuchar esta pieza en este punto. Lugansky - Rachmaninoff Prelude in B minor, Op. 32, No. 10 Lugansky - Rachmaninoff Prelude in B minor, Op. 32, No. 10
En la esquina de Bashamichi, una anciana dejó caer una bolsa de tela. El semáforo parpadeaba en rojo y nadie se detuvo. Ryo sí. Se agachó, recogió la bolsa y se la tendió sin decir más que:
—Aquí tiene.
—Muchas gracias, joven. Qué amable —dijo ella, sorprendida de que alguien todavía se detuviera por algo tan pequeño.
Ryo asintió y siguió caminando, ya perdido de nuevo entre la multitud antes de que la anciana terminara de guardar la bolsa. Para Yokohama, no era más que otro rostro anónimo. Para él, Yokohama no era más que otro lugar donde desaparecer sin necesidad de irse a ninguna parte.
Se detuvo en el puente peatonal que cruzaba la avenida y se apoyó en la barandilla, el metal frío calándole las palmas. Abajo, los coches trazaban dos ríos de luz —blanco y rojo— que no tenían principio ni fin. Cerró los ojos un instante y dejó que el viento le despeinara el flequillo.
El chirrido del metal doblándose. Los cristales cayendo como una lluvia distinta. La mano de su madre, tendida hacia un asiento vacío.
Abrió los ojos. El tráfico seguía ahí, imparable, indiferente, exactamente como siempre.
—¿Es suficiente cambiar veinte minutos —pensó— cuando todo lo demás sigue roto?
No había nadie para responderle. Nunca lo había habido.
❦
Yamate, parque con vistas al puerto
Kenta Yamamoto corría con la misma regularidad con la que otros rezan: todas las mañanas, lloviera o no, hubiera alguien esperándolo o no, como aquel día.
Encontró a Ryo apoyado contra la verja de hierro que separaba el sendero del acantilado, la respiración todavía entrecortada de quien ha corrido para llegar tarde en lugar de llegar, simplemente, a tiempo.
—Veintitrés minutos —dijo Kenta, sin detener del todo la trotada, solo aminorando el paso lo justo para no dejarlo atrás—. Es un récord, Nagai. Hasta para ti.
—Me quedé dormido.
—Ya. —Kenta no lo dijo con sorna, sino con la naturalidad de quien ha aceptado hace tiempo las mentiras de alguien a quien quiere lo suficiente como para no exigirle la verdad—. Un día de estos vas a tener que explicarme adónde vas cuando desapareces, Nagai. —No lo dijo como una acusación. Lo dijo como quien deja una puerta abierta y se va a dormir tranquilo, seguro de que, tarde o temprano, alguien terminará por cruzarla.
Ryo se incorporó, todavía con una mano en el costado, y echó a correr junto a él, el ritmo desigual durante los primeros metros hasta encontrar, como siempre terminaba encontrando, el compás de Kenta. Tres años mayor, con la complexión sólida de quien lleva media vida practicando judo y una energía que no necesitaba café para sostenerse antes de las siete de la mañana, Kenta tenía una manera de estar presente que no exigía nada a cambio: ni explicaciones, ni puntualidad, ni la promesa de una respuesta que Ryo no estaba en condiciones de dar.
—Tienes mala cara —añadió, esta vez sin la broma en la voz—. Peor que la semana pasada.
—Es el frío. Marzo miente mucho con eso de que ya no hace frío.
—Ya —repitió Kenta, y aunque no insistió, sus ojos se quedaron un instante de más en la palidez de Ryo, en la manera en que la respiración le costaba un poco más de lo que debería a alguien que corría cada semana la misma distancia.
No dijo nada más. Aceleró el paso, obligando a Ryo a hacer lo mismo, y durante los siguientes minutos el único sonido entre ambos fue el del asfalto bajo las zapatillas y, más abajo, el de las grúas del puerto despertando para la jornada, un rugido metálico y distante que Ryo había aprendido a querer precisamente porque no le pedía nada. Kenta nunca lo presionaba. Y aunque a Ryo le costó años advertirlo, aquella ausencia deliberada de preguntas —esa constancia sin testigos, sin gratitud, sin necesidad de que nadie retrocediera ni un solo minuto para sostenerla— pesaba, a su manera, tanto como cualquiera de las cosas que él mismo hacía por las calles de Yokohama.
Se despidieron en el cruce donde sus caminos se separaban, Kenta hacia el gimnasio, Ryo hacia el instituto.
—Mañana no llegues tarde —dijo Kenta, ya alejándose, sin volverse—. O sí. Da igual. Aquí seguiré.
❦
Yokohama High School, distrito de Naka
El aula olía a tiza y a la humedad que se filtraba por las ventanas mal selladas del tercer piso. Marzo llevaba consigo esa clase de frío que ya no se toma en serio a sí mismo, como si supiera que estaba de salida.
—Nagai —dijo el profesor Takeuchi, sin levantar la vista del libro que sostenía frente a la clase—, ¿qué opina Sócrates de aquellos que conocen la respuesta y aun así prefieren no formular la pregunta?
Ryo, dos filas atrás de la ventana, tardó un segundo de más en responder. Takeuchi tenía esa costumbre: lanzar preguntas de filosofía como quien lanza anzuelos, sin verdadero interés en la pesca, solo en ver quién muerde.
—Que el silencio también es una respuesta —dijo Ryo—. Solo que más cómoda para quien la elige.
Un murmullo de risas recorrió el aula. Takeuchi sonrió apenas, el tipo de sonrisa que un hombre mayor reserva para los estudiantes en los que ha decidido, sin decírselo a nadie, invertir algo de atención extra.
—Interesante —dijo, y no añadió nada más, aunque sus ojos se quedaron un segundo de más sobre Ryo antes de volver al libro.
Retomó la clase donde la había dejado —unos minutos más sobre la mayéutica socrática que Ryo apenas registró—, hasta que, ya cerca del final de la hora, cerró el libro con un gesto lento, casi ceremonial, que en Takeuchi equivalía a un cambio de tema, y se acercó a la ventana, donde los cerezos del patio interior empezaban a mostrar, tímidas todavía, las primeras yemas rosadas de una floración que tardaría dos semanas más en reventar del todo.
—Hay una palabra —dijo, sin dirigirse ya a nadie en particular, como quien piensa en voz alta y no le importa demasiado si alguien lo escucha—: mono no aware. La tristeza suave de las cosas, la llamaban los antiguos. No la tristeza de lo que ya se ha perdido, sino la de saber, mientras todavía lo tenemos delante, que algún día habremos de perderlo.
Nadie levantó la mano. Nadie esperaba que lo hicieran.
—Miradlos —continuó, señalando los cerezos con un gesto casi distraído—. Dentro de tres semanas estarán en flor. Dentro de cuatro, el viento se los habrá llevado. Y sin embargo nadie en esta ciudad deja de mirarlos por eso. Al contrario: los miramos más, precisamente porque sabemos que no van a quedarse. —Se giró hacia la clase, y por primera vez en toda la hora pareció hablarle a alguien concreto, aunque su mirada recorrió el aula entera antes de detenerse, solo un instante, en la ventana junto a la que Ryo tenía los ojos fijos en algo que no eran los cerezos—. Lo efímero no es un defecto de las cosas hermosas: es su condición. Aprended a mirar así, o pasaréis la vida esperando que lo que amáis se quede quieto.
La campana sonó antes de que nadie, ni siquiera Takeuchi, añadiera nada más. Ryo cerró el cuaderno donde no había escrito una sola palabra en los últimos diez minutos y, por un instante, solo uno, se preguntó si el profesor hablaba de los cerezos o de algo que había visto en él sin llegar a nombrarlo.
Al terminar la clase, Sayaka Fujimoto se dejó caer en el pupitre de al lado con la misma familiaridad de quien lleva haciéndolo desde la escuela primaria.
—Un día de estos Takeuchi te va a pedir que sustituyas su clase —dijo, mordiendo la punta de un lápiz—. Tienes esa cara de “sé algo que los demás no saben”.
—Solo leo mucho —respondió Ryo, guardando el libro de texto en la mochila.
—Ya, ya. —Sayaka entrecerró los ojos, esa mirada suya que era mitad broma y mitad diagnóstico—. Sigues sin dormir bien, ¿verdad?
—Duermo lo suficiente.
—Eso no es lo que he preguntado.
Ryo no respondió. Se levantó, se colgó la mochila de un hombro, y Sayaka dejó que el silencio quedara donde estaba, sin insistir, porque llevaba dieciocho años aprendiendo que con Ryo insistir nunca abría ninguna puerta: solo hacía que él cerrara otra, en algún lugar donde ella no podía verlo.
—El sábado toco en El Pasajero —dijo él, ya de camino a la puerta—. Si te aburres.
—Sabes que odio el jazz.
—Lo sé.
Fue lo más parecido a un “ven” que Ryo sabía ofrecer, y Sayaka, que llevaba media vida traduciendo ese idioma, sonrió como si hubiera entendido perfectamente.
❦
Kannai, cerca del estadio
A dos manzanas del estadio, en un local tan estrecho que la barra y las cuatro mesas parecían competir por el mismo metro cuadrado, Ryo pagaba cada tarde un teishoku de quinientos yenes que nunca terminaba de gustarle del todo, con la única condición tácita de sentarse en el taburete más cercano a la televisión muda que colgaba sobre la nevera de bebidas.
Nadie allí sabía su nombre. La dueña, una mujer de manos ásperas y silencio fácil, le servía el té sin que hiciera falta pedirlo y cambiaba el canal a los partidos de los BayStars en cuanto lo veía entrar, como quien ha aprendido, sin necesidad de explicaciones, las costumbres de un cliente habitual.
Sacó el teléfono. En la pantalla, una aplicación sin logotipo desplegaba una hilera de cifras que subían y bajaban con la misma indiferencia con la que el tráfico fluía bajo el puente donde solía detenerse a pensar: cuotas, mercados en directo, un idioma que había aprendido a leer con la misma frialdad clínica con la que leía un accidente antes de deshacerlo.
No apostaba en grande. Nunca lo hacía. Una cantidad aquí, otra allí, repartidas entre partidos y mercados distintos, nunca la misma cifra dos veces seguidas —una disciplina que no nacía de la prudencia financiera, sino de algo más parecido al instinto de un animal que ha aprendido a no dejar huellas—. El dinero pagaba el alquiler del piso de Yamate, las facturas que ya nadie más iba a pagar por él, la clase de independencia silenciosa que le permitía no rendirle cuentas a ningún adulto sobre dónde pasaba las noches ni por qué llegaba tarde a todas partes menos a las tragedias.
En la octava entrada, con el marcador empatado y las bases cargadas, el bateador visitante conectó una línea que el campocorto no llegó a atrapar por centímetros. Ryo, que había apostado a que sí lo haría, sintió el tirón familiar detrás de los ojos —esta vez no por el instinto de salvar a nadie, sino por el cálculo frío de una cifra a punto de cambiar de signo—. Cerró los ojos. El mundo, obediente, retrocedió cinco minutos.
Cuando volvió a abrirlos, el campocorto atrapó la línea sin esfuerzo, como si siempre hubiera sido así, porque para todos —para la dueña del local, para el bateador, para las decenas de miles de personas en las gradas— siempre había sido así. Solo Ryo recordaba la otra versión: el bate conectando, la pelota silbando hacia el jardín izquierdo, el dinero que ya no iba a perder porque él había decidido, con la misma facilidad con la que otros cambian de canal, que el mundo debía repetir esos cinco minutos hasta darle la razón.
No sintió triunfo. Sintió, como cada vez, el eco hueco de una victoria que nadie más sabía que lo había sido. Se llevó dos dedos al puente de la nariz, esperando el hilo de sangre que a veces llegaba y que, esa tarde, por una vez, no llegó. La dueña le rellenó el té sin mirar el teléfono que él ya había vuelto a guardar en el bolsillo.
Había noches en que se preguntaba si aquello que hacía en esa cafetería —convertir en dinero la misma capacidad que usaba para salvar vidas, por moderada y disciplinada que mantuviera la costumbre— no era una pequeña traición a todo lo demás. Nunca encontraba una respuesta que lo dejara del todo tranquilo. Pero la alternativa era depender de la caridad de algún pariente lejano al que apenas conocía, o aceptar un trabajo diurno que le robaría precisamente las horas en las que el mundo, con más frecuencia de la que nadie sospechaba, necesitaba que él estuviera libre. Entre esas dos opciones, ésta —silenciosa, moderada, tan invisible como todo lo demás en su vida— era la que menos le pesaba en la conciencia.
Guardó el teléfono, dejó el importe exacto del teishoku sobre la barra y salió a una calle donde la tarde empezaba a virar hacia ese azul metálico que en Yokohama nunca terminaba de decidir si era todavía de día.
❦
Motomachi — El Pasajero
El club estaba escondido entre una tienda de té y una sastrería cerrada, tras una puerta sin cartel que solo reconocían quienes ya sabían que estaba ahí. Dentro, la luz era baja y ambarina, el humo de los cigarrillos formaba capas lentas bajo las lámparas, y las conversaciones se sostenían en un tono que nunca llegaba a alzarse del todo.
Ryo se sentó al piano de la esquina, un instrumento más viejo que él, con las teclas amarillentas por décadas de dedos ajenos. No hubo presentación, ni aplauso de bienvenida. Simplemente, cuando sus manos tocaron el teclado, la sala pareció bajar un grado su propio volumen, como si reconociera algo.
Improvisó sobre un compás de blues lento, dejando que los acordes cayeran donde quisieran, sin prisa por resolverse. Era el único lugar de la ciudad donde a nadie le importaba si Ryo hablaba o no, si sonreía o no. Bastaba con que sus manos dijeran algo.
Desde la barra, el dueño del local —un hombre de sesenta años que había dejado de hacer preguntas sobre Ryo hacía mucho tiempo— le sirvió un té frío sin que se lo pidiera. Fuera, al otro lado del cristal esmerilado, las siluetas de los transeúntes de Motomachi pasaban desdibujadas, indistinguibles unas de otras.
Una de esas siluetas —delgada, de cabello oscuro, con un paso que arrastraba algo más que cansancio— se detuvo un segundo frente a la puerta sin cartel, como si la música la hubiera rozado desde la calle. Luego, siguió caminando.
Ryo no la vio. Sus ojos estaban cerrados, sus dedos entregados a la melodía. Pero, sin saberlo, en algún compás de esa noche, dos vidas habían estado más cerca de lo que ninguna de las dos sabría hasta mucho después.
❦
Cruce peatonal, avenida principal
La tarde caía sobre Yokohama con ese dorado tenue de marzo que aún no se atreve a ser cálido. El cruce estaba abarrotado: ejecutivos con maletines, estudiantes con las corbatas mal anudadas, el rugido constante de motores esperando el cambio de luz.
Ryo se detuvo en el borde de la multitud, sus ojos recorriendo el gentío con el hábito de quien ha aprendido a desconfiar de la normalidad.
La vio entonces. Una joven de teléfono en mano, auriculares puestos, avanzando hacia la calzada con la mirada perdida en la pantalla, ajena por completo al semáforo, al tráfico, al mundo.
El semáforo cambió. Los motores rugieron.
—No —pensó Ryo, y el cuerpo se le adelantó al pensamiento.
Ella dio el paso hacia la calzada justo cuando el coche apareció, demasiado rápido para la distancia que los separaba. Ryo cerró los ojos.
El mundo se plegó hacia atrás.
No fue un sonido, al principio, sino una presión: algo detrás de sus ojos que empujaba hacia adentro, como si alguien tratara de vaciarle el cráneo desde dentro. Después llegó el zumbido, agudo y constante, y con él, la sensación de que su propio cuerpo era succionado por un desagüe que no tenía fondo. El pavimento tembló bajo sus pies —o quizá era él quien temblaba— y por un instante, un instante que no debería haber podido existir, Ryo se vio a sí mismo en dos lugares a la vez: de pie junto al cruce, y arrodillado sobre un cuerpo que ya no respiraba.
El mundo eligió uno de los dos. A Ryo le tocó cargar con la memoria del otro.
Cuando abrió los ojos, la joven caminaba de nuevo hacia la calzada, teléfono en mano, ajena a que aquel segundo ya había existido y había sido borrado. Ryo no perdió tiempo en recuperar el aliento: avanzó entre la gente, el mareo tirando de sus piernas como un ancla, y llegó justo a tiempo para sujetarla del brazo.
—¡Espera!
Ella se detuvo, sobresaltada, justo cuando el coche pasó a centímetros, el viento de su paso levantándole el flequillo.
—¿Qué…? —empezó a decir, pero Ryo ya la había soltado.
—Ten más cuidado —dijo, la voz baja, sin dramatismo—. El mundo no siempre da una segunda oportunidad.
No esperó respuesta. Se giró y se perdió de nuevo entre la multitud mientras el dolor, puntual como una cita, empezaba a latirle detrás de los ojos.
—No buscan ser salvados —pensó, presionándose las sienes con los dedos—, porque ni siquiera saben que lo han necesitado.
❦
Una calle lateral, cerca de Bashamichi
El bullicio se apagó en cuanto Ryo dobló hacia una calle secundaria, de esas que la ciudad parece haber olvidado a propósito. Los sonidos de la avenida principal quedaron reducidos a un zumbido distante, y en su lugar solo quedó el eco de sus propios pasos y, de tanto en tanto, el rugido breve de algún coche que pasaba sin detenerse.
Se detuvo frente a una tienda cerrada, el escaparate cubierto por una fina capa de polvo que deformaba los objetos expuestos al otro lado del cristal. Dos maniquíes rígidos, vestidos con ropa fuera de temporada, lo observaban con el mismo vacío con el que él, sin proponérselo, empezó a mirarse a sí mismo.
Porque no eran los maniquíes lo que había capturado su atención. Era su propio reflejo.
El joven que le devolvía la mirada desde el cristal tenía dieciocho años, pero algo en su postura —en el modo en que los hombros se le curvaban hacia dentro, como protegiendo algo que ya no estaba ahí para proteger— le añadía edad al rostro. Se inclinó un poco hacia el escaparate, como si penetrar el cristal pudiera enseñarle algo que el mundo se empeñaba en ocultarle.
Cerró los ojos, y los recuerdos llegaron con la puntualidad de siempre. No solo los rostros que había salvado —la mujer apartada de un cruce peligroso, el niño que resbaló al borde de un canal—, sino también otros: otros que habían llegado tarde. La anciana que colapsó en un mercado antes de que él pudiera alcanzarla. El ciclista que un coche arrolló mientras Ryo, distraído por otra tragedia, no supo verlo a tiempo. Cada fracaso era una marca que no se borraba con ningún retroceso, porque para retroceder primero había que llegar. Y él no siempre llegaba.
Abrió los ojos. Ahí seguía su reflejo, con esa mezcla de fuerza y cansancio que ya no sabía separar.
Había algo en su poder que nunca dejaba de tentarlo, un murmullo de fondo que jamás terminaba de apagarse: ¿y si retrocedía más allá de los veinte minutos? ¿Y si, solo una vez, cambiaba algo verdaderamente irreversible?
El pensamiento le aceleró el pulso, no por emoción, sino por un miedo antiguo, casi primitivo. Sabía lo que significaba cruzar esa línea. No era morir. Era dejar de haber existido —ser borrado no solo del presente, sino de cada rastro que hubiera dejado en el pasado, como una piedra que nunca hubiera caído en un estanque.
—¿Qué tan lejos podría llegar? —pensó, y de inmediato sintió vergüenza de habérselo preguntado, porque sabía perfectamente adónde llevaría esa pregunta si alguna vez se permitía responderla en voz alta: de vuelta a una carretera bajo la lluvia, de vuelta a dos personas que ya no estaban allí para escucharlo.
No era heroísmo lo que lo empujaba hacia ese abismo imaginario. Era agotamiento. Era el deseo, tan simple como imposible, de traer de vuelta a las únicas dos personas que alguna vez le habían dado sentido a su existencia sin que él tuviera que ganárselo.
Alzó la vista hacia el cielo, donde los edificios más altos parecían rozar las nubes bajas. Cerró la mano en un puño junto al costado. Había líneas que no debía cruzar. Lo sabía. Pero saberlo nunca había hecho que el peso resultara más liviano.
El mundo, mientras tanto, seguía moviéndose, indiferente a su debate interior. Ryo giró sobre los talones y retomó el camino, consciente de que, aunque el tiempo pudiera doblarse bajo sus manos, había un límite que ni siquiera él se atrevía a poner a prueba. Todavía no.
❦
Frente a una tienda de conveniencia, Naka
La noche había caído del todo cuando los gritos lo alcanzaron.
Frente a una tienda de conveniencia cerrada, bajo el resplandor errático de un cartel de neón que proyectaba sombras intermitentes sobre el pavimento húmedo, dos hombres se enfrentaban en plena calle. Uno de ellos, con una chaqueta oscura y el rostro desencajado por la ira, sostenía una botella rota como quien sostiene algo que ya ha decidido usar. El otro, con una sudadera gris, retrocedía a trompicones, el miedo visible incluso bajo la luz mala.
El olor acre del alcohol derramado se mezclaba con el frío cortante de la noche. Ryo se detuvo a unos metros, el cuerpo tenso antes de que la mente terminara de procesar la escena.
El hombre de la chaqueta avanzó. El otro tropezó con el borde de la acera y cayó de espaldas. El tiempo pareció estirarse un segundo, el suficiente para que Ryo, por reflejo, sintiera el tirón familiar detrás de los ojos.
Pero no cerró los párpados. No esta vez.
En lugar de eso, avanzó, insertándose entre ambos con una calma que no sentía del todo.
—Eh. ¿Qué está pasando aquí? —Su voz cortó el aire, firme, sin alzarse más de lo necesario.
—¡No es asunto tuyo! —gruñó el hombre de la chaqueta, apretando la botella como si el filo pudiera intimidar también a Ryo.
—Tal vez no —respondió Ryo, sin apartar la mirada—. Pero dudo que queráis cargar con las consecuencias de lo que sea que estáis a punto de hacer. Pensadlo por un segundo.
Sostuvo la mirada del agresor con una mezcla de autoridad y advertencia implícita que había perfeccionado sin proponérselo, a base de demasiadas noches como esa. El hombre vaciló. El otro, aprovechando el instante, se puso en pie, temblando, pero entero.
Tras varios segundos de tensión que se sintieron mucho más largos de lo que en realidad fueron, el hombre de la chaqueta soltó un bufido y arrojó la botella al suelo, donde estalló en un estruendo que reverberó por la calle vacía. Ambos se alejaron en direcciones distintas, murmurando insultos que ya no iban dirigidos a nadie en concreto.
Cuando todo terminó, Ryo soltó un suspiro que se perdió en la noche. No había necesitado retroceder ni un solo segundo. Solo su presencia, su voz, la certeza fabricada de que algo peor los esperaba si insistían.
Y sin embargo, mientras se alejaba de los pedazos de vidrio esparcidos bajo la luz parpadeante, no sintió el alivio que debería. Había evitado un desastre, sí, como tantas otras veces. Pero la acción, despojada del peso invisible de su don, se sintió extrañamente hueca, como si salvar sin sacrificar nada a cambio no contara del todo como salvar.
Continuó caminando, los hombros ligeramente encorvados, hacia el resto de una noche que aún no había terminado de pedirle nada.
❦
Distrito de Yamate — Piso de Ryo
El edificio se alzaba en una esquina tranquila de Yamate, entre casas de estilo occidental y templos escondidos tras los árboles, como si el tiempo hubiera decidido no tomarse la molestia de pasar por allí. El piso de Ryo, en el último nivel, era un estudio de techos altos y paredes de un blanco apagado, salpicadas de manchas de humedad que él nunca se había molestado en reparar.
En el centro de la sala, fuera de lugar por su propio esplendor, un piano de cola negro dominaba el espacio junto al ventanal que se abría a la ciudad. Era el único objeto del piso que parecía verdaderamente habitado. Frente a él, en la pared desnuda, un portarretrato vacío llevaba años colgado sin una sola fotografía dentro, como si Ryo esperara todavía una imagen que no sabía si algún día llegaría a tener.
Aunque, no siempre había estado vacío. Durante años sostuvo la única fotografía en la que aparecían juntos sus padres: Akira, detrás del visor con el temporizador ya activado, corriendo torpemente hacia el encuadre antes de que el obturador disparase; Haruka, todavía a medio girar, sorprendida por la carrera y riéndose de ella. Ryo la retiró una noche que ahora solo recordaba como una sucesión de manos temblorosas y cristal frío contra los dedos. Desde entonces, el marco había quedado así: vacío, pero no en blanco —un hueco con la forma exacta de lo que una vez contuvo.
Bajo la tapa del piano, medio escondida, una caja de cartón guardaba instantáneas que ya no miraba, pero que tampoco había sido capaz de tirar.
Ryo dejó caer la mochila junto a la puerta y no encendió la luz. Se sentó frente al escritorio, donde una libreta de tapas negras, gastada por los años, esperaba abierta por una página a medio llenar. Tomó el bolígrafo.
Caso 2141. Joven, cruce peatonal. Teléfono en mano. Automóvil a exceso de velocidad.
Se detuvo con la punta del bolígrafo sobre el papel, mirando la página en blanco que seguía después. Cada nombre —cada número— era una vida que continuaba sin saber que había estado a punto de no hacerlo. Y cada uno de ellos era, también, un peso más.
Cerró la libreta.
—¿Cuántos más hasta que no queden fuerzas? —preguntó a la habitación vacía, y la habitación, como siempre, no respondió.
❦
Yamate, calle cercana al piso
Dos noches después, Ryo caminaba de vuelta a casa por una calle que conocía de memoria, con las manos hundidas en los bolsillos y el paso lento de quien ya no tiene ninguna prisa por llegar. Las farolas proyectaban su luz amarillenta sobre el pavimento húmedo, y el aire tenía ese frío limpio que precede a la lluvia sin llegar a anunciarla del todo.
Un destello de color le llamó la atención al doblar una curva. Una mujer en bicicleta, con una chaqueta de tonos vivos, avanzaba por la acera de forma errática, los ojos fijos en la pantalla de su teléfono, ajena por completo a la curva que estaba a punto de tomar. El asfalto, aún húmedo por la lluvia reciente, brillaba como un espejo roto bajo las ruedas inestables.
Ryo se detuvo en seco. Podía ver la escena entera antes de que ocurriera: la rueda delantera resbalando, el equilibrio perdido, la caída que no sería mortal pero sí lo bastante dolorosa como para dejar un recuerdo desagradable en la piel y en el orgullo.
Cerró los ojos. Una corriente fría, ya familiar, le recorrió el cuerpo. Retrocedió apenas unos segundos, lo justo.
Cuando volvió a abrirlos, ya estaba en movimiento. Se colocó junto a la acera, y cuando la rueda comenzó a desviarse, alargó la mano y sujetó el manillar justo a tiempo.
—Cuidado —dijo, con un tono neutral, casi automático.
La mujer alzó la vista, sobresaltada, y encontró los ojos verdes de Ryo. Por un instante pareció no entender del todo cómo había evitado la caída. Luego sonrió.
—Oh, gracias. De verdad, muchas gracias —dijo, con una calidez que sonaba más a hábito aprendido que a emoción genuina.
Ryo soltó el manillar y dio un paso atrás. La mujer revisó su teléfono de nuevo casi de inmediato y siguió pedaleando sin mirarlo una segunda vez. Su chaqueta brillante desapareció entre las sombras de la calle en cuestión de segundos, como si nunca hubiera estado allí.
El sabor de la rutina se le quedó pegado al paladar, un recordatorio amargo de que aquello no era más que una repetición entre tantas otras. Gracias, había dicho ella. Pero Ryo sabía que no entendía. Nunca lo hacían. Para ella, sería una anécdota olvidada antes del siguiente semáforo. Para él, era otro peso más añadido a una cuenta que nunca terminaba de saldarse.
Bajó la mirada al reloj de su muñeca. Las manecillas seguían avanzando, implacables. Metió las manos de nuevo en los bolsillos y siguió caminando.
—¡Ryo!
La voz lo detuvo en seco. Un hombre, apenas unos años mayor que él, se acercaba con una sonrisa tan abierta que parecía fuera de lugar en aquella calle vacía. Cabello oscuro, algo revuelto; una chaqueta deportiva que llevaba encima años de historias que Ryo no conocía.
—¿Eres tú? No puede ser. Cuánto tiempo, ¿eh? —El hombre le tendió la mano con la confianza de quien saluda a alguien que espera que le devuelva el gesto sin pensarlo.
Ryo parpadeó. Buscó en algún rincón de su memoria un nombre, una imagen, cualquier cosa que le devolviera el contexto de aquel rostro tan seguro de conocerlo. No encontró nada. Ni siquiera el eco de algo.
—Takeshi. Del club de fútbol, ¿recuerdas? —insistió el hombre, con un gesto que parecía esperar la chispa de reconocimiento que no llegaba.
—Ah... sí, claro. Takeshi —respondió Ryo, tomando la mano por pura cortesía. El apretón fue cálido, real, pero no despertó nada.
Takeshi soltó una carcajada breve, nostálgica.
—Eras el que siempre corría más rápido. Un muro en el lateral. Como para olvidar tus pases, amigo.
Ryo asintió, aunque cada palabra de aquel hombre se sentía como el eco de una vida que tal vez no era la suya. Intentó, sin éxito, encajar aquella complicidad —el “viejo amigo”, el recuerdo tan vívido en el rostro ajeno y tan vacío en el propio— en algún lugar de sí mismo.
—Bueno, no te robo más tiempo —dijo Takeshi, dándole una palmada en el hombro—. Pero me alegra verte. Si algún día quieres ponerte al día, dame un toque. Como en los viejos tiempos.
Se alejó con la misma energía despreocupada con la que había llegado, y Ryo se quedó allí, viendo cómo su figura se perdía entre las sombras y las farolas.
La sensación que le quedó en el pecho no tenía nombre exacto. No era tristeza, aunque se le parecía. Era, más bien, la certeza incómoda de estar viendo el mundo a través de un cristal empañado: una vida —su propia vida— que alguien más parecía haber vivido en su lugar.
¿Cuántos “Takeshi” había dejado atrás sin saberlo? ¿Cuántas tardes de fútbol, cuántas risas compartidas, se habían desvanecido junto con algún retroceso que ni siquiera recordaba haber hecho?
Nunca lo sabría. Ese era, quizás, el precio más silencioso de todos: no solo el mundo olvidaba lo que él hacía por los demás. A veces, él mismo era el que olvidaba lo que una vez había tenido.
Cerró los ojos un instante, dejando que el aire frío le llenara los pulmones sin que lograra aliviar nada. Cuando los abrió, el camino hacia su apartamento le pareció, como tantas otras noches, más largo de lo que debería.
❦
Vagón de metro, línea Negishi
Un titular, en negritas, bajo el brazo tembloroso de un anciano que leía el periódico frente a él: ”Una joven se quita la vida desde un puente en Isogo.”
Ryo se quedó mirando la fotografía que acompañaba la noticia: un pequeño ramo de flores, maltratado por el viento, atado a la barandilla de un puente. El resto del vagón —el traqueteo, las conversaciones, el frío que entraba por las puertas— se desvaneció durante los segundos que tardó en leer el artículo completo.
Siempre es lo mismo, pensó, con una amargura que no había pedido sentir. Tanto dolor, y nadie a tiempo para detenerlo.
El tren frenó en Isogo. Ryo, sin saber muy bien por qué, se bajó.
Nunca entendía aquellos porqués, pero se sentía atraído hacia ellos. No como llamadas o recomendaciones, sino como abismos invisibles que parecían empujarle sin permiso.
❦
Distrito de Isogo
Las calles de Isogo tenían una luz distinta a las de Naka: más apagada, más cansada, como si el barrio entero hubiera decidido, hacía mucho, dejar de esforzarse en parecer algo que no era. Ryo caminó sin rumbo fijo entre los charcos que la lluvia reciente había dejado sobre el asfalto, el frío mordiéndole las manos metidas en los bolsillos.
Y entonces la vio.
Caminaba en dirección contraria a la suya, un abrigo oscuro cubriéndole los hombros caídos, el cabello negro cayendo en ondas que le tapaban parte del rostro. No era su ritmo lo que la hacía destacar —lento, pesado, casi mecánico—, sino la manera en que parecía atravesar la multitud sin tocarla, como si ya no perteneciera del todo al lugar donde ponía los pies.
Ryo se detuvo en seco.
—¿La conozco? —pensó, aunque sabía que no. Y sin embargo, algo en la curva de sus hombros, en el peso invisible que arrastraba, le resultaba dolorosamente familiar.
Dio un paso hacia ella. Se detuvo. La indecisión lo ancló al pavimento con la misma fuerza con la que, segundos antes, sus piernas habían querido seguirla. Ella dobló una esquina y desapareció, y Ryo se quedó mirando el punto exacto donde había dejado de verla, con la sensación de que algo —una pregunta que aún no tenía forma— acababa de plantarse en un rincón de su pecho donde no había estado antes.
❦
El eco de un piano lejano llegó hasta él antes que ninguna otra cosa: notas sueltas, deshilvanadas, como si alguien las dejara caer desde una ventana abierta varias calles atrás. Ryo se detuvo, reconociendo algo en la caída de esas notas, esa pieza breve y descendente que su madre solía tararear sin pensar mientras cocinaba.
—Preludio en mi menor, Op. 28 n.º 4 —de Frédéric Chopin—. El lector puede escuchar esta pieza en este punto. Chopin : Prelude in E minor, Op. 28, No. 4 Chopin - Prelude in E Minor, Op. 28 No. 4
Por un instante el frío de la noche pareció retroceder, cediendo su sitio a un recuerdo que no había pedido volver.
La música se desvaneció tan rápido como había llegado.
Cuando Ryo levantó la vista, la vio.
Era ella. La misma joven de cabello negro, ahora inmóvil junto a la barandilla de un puente peatonal, la mirada perdida en la corriente oscura que corría por debajo. A sus pies, un pequeño ramo de flores marchitas —el mismo, comprendió Ryo con un escalofrío, que había visto en la fotografía del periódico.
—Esto ya lo he vivido —pensó, aunque nunca había estado allí.
Avanzó despacio, cada paso medido, como si el puente entero pudiera quebrarse bajo un movimiento en falso.
—Oye —dijo, la voz apenas más que un aliento—. ¿Estás bien?
Ella no respondió. Sus manos, aferradas a la barandilla, temblaban con una quietud extraña, la de alguien que ya ha tomado una decisión y solo espera que el cuerpo termine de alcanzarla.
—No deberías estar aquí sola —insistió Ryo, dando otro paso—. Hace unos días, en este mismo puente...
No terminó la frase. No hacía falta.
El viento levantó un mechón de su cabello, revelando por un instante el perfil de su rostro: pómulos altos, una tristeza tan antigua que parecía haber nacido con ella. Y los ojos —cuando por fin los vio, iluminados de refilón por una farola cercana— eran de un azul apagado, como un cielo cubierto de ceniza.
Ella extendió una mano hacia el vacío. Un gesto lento, casi ceremonial.
—¡Espera! —gritó Ryo, y el mundo se quebró.
Ella dio el paso.
—¡No! —El grito se le desgarró en la garganta, pero llegó tarde. La vio caer, el cabello negro ondeando una última vez antes de que la oscuridad del río se la tragara.
Ryo cerró los ojos.
Esta vez el retroceso no fue una presión: fue una tormenta entera contenida detrás de sus párpados, un dolor que le recorrió la columna como un cable al rojo vivo. Cuando el mundo volvió a ensamblarse, cayó de rodillas sobre el asfalto húmedo, jadeando, con el sabor metálico del esfuerzo pegado al paladar.
Se puso en pie. Ella estaba de nuevo junto a la barandilla, ajena a lo que ya había ocurrido y había dejado de existir.
—¡Oye! —Su voz sonó más dura de lo que pretendía—. No hagas esto...
Ella giró apenas la cabeza. En sus ojos no había sorpresa. Solo una especie de curiosidad cansada, como quien observa a un desconocido que ha interrumpido algo privado.
—No sé quién eres —dijo Ryo, acercándose un paso más—, pero déjame ayudarte.
—No lo entiendes —respondió ella, la voz tan baja que el viento casi se la llevó—. No creo que lo entiendas.
Ryo no lo pensó. Cruzó la distancia que los separaba y la rodeó con los brazos, aprisionándola contra su pecho antes de que pudiera moverse hacia la barandilla. Ella se quedó rígida, tan frágil entre sus brazos que Ryo temió, por un instante, estar apretando algo que podía quebrarse con la misma facilidad con la que se rompía el agua.
—Déjame ir —susurró ella, la voz reducida a poco más que aliento.
—No puedo. No voy a hacerlo. —Su propia voz, ronca, encontró una firmeza que no sabía que aún le quedaba—. Tienes que confiar en mí.
Por un segundo, algo cedió en ella. Ryo lo sintió: un aflojamiento mínimo, casi imperceptible, en la tensión de sus hombros, como si una parte diminuta de aquella joven hubiera considerado, aunque fuera solo un instante, la posibilidad de quedarse.
Fue suficiente para que Ryo, sin darse cuenta, relajara el abrazo.
Ella se soltó con un movimiento rápido, ágil, el de alguien que ha aprendido a escapar de los brazos que intentan sostenerla. Antes de que Ryo pudiera reaccionar, ya estaba de nuevo junto al borde, y esta vez no hubo titubeo en su cuerpo.
Y entonces, sin apartar los ojos de él, dio el paso.
—Yiruma — Kiss The Rain—. El lector puede escuchar esta pieza en este punto. Yiruma - Kiss The Rain
Ryo no tuvo tiempo de retroceder en el tiempo. Solo tuvo tiempo de correr.
Saltó tras ella.
El aire le arrancó el aliento de los pulmones antes de que el agua lo hiciera. El impacto fue un muro helado que le robó cualquier noción de arriba o abajo; sus manos, sin embargo, encontraron algo en la negrura —un brazo delgado, una muñeca que se aferró a la suya con el reflejo instintivo de quien, incluso queriendo morir, no puede evitar por completo la naturaleza de sobrevivir.
Luchó contra la corriente con los pulmones ardiendo, sin soltarla, hasta que la superficie estalló sobre ambos en una bocanada de aire helado.
—¡Respira! —gritó, arrastrándola hacia la orilla con las últimas fuerzas que le quedaban.
La dejó caer sobre el fango de la ribera y se desplomó a su lado. Un instante después, ella tosió, expulsando el agua en violentas sacudidas, y Ryo dejó escapar un jadeo que era, a partes iguales, alivio y agotamiento.
El silencio que siguió tenía la textura del barro bajo sus manos: frío, denso, imposible de ignorar.
Ella abrió los ojos despacio, como si regresara de un lugar del que no recordaba haber salido. Su mirada, todavía vidriosa, se posó en Ryo sin ningún destello de reconocimiento.
—¿Qué… ha pasado? —murmuró.
—Intentaste saltar —dijo Ryo, con cuidado, como quien maneja algo que podría romperse solo con el tono de voz.
Ella cerró los ojos de nuevo, como si esa información fuera demasiado pesada para sostenerla con los párpados abiertos.
—¿Por qué me salvaste? —preguntó al fin, sin abrirlos.
—Porque no podía dejarte ir sin siquiera saber por qué te rendías.
—No lo entiendes… —repitió ella, esta vez con algo más afilado en la voz, algo que se parecía a la rabia—. es… —continuó, pero apenas comenzó su voz cayó de la misma manera que sus ojos lo hacían.
—Puede que no. —Ryo se pasó una mano por el rostro, apartando el agua que aún le corría desde el cabello—. Pero sé lo suficiente como para no querer que esta sea la última vez que hablo contigo.
Ella no respondió. Se incorporó despacio, temblando, y Ryo hizo el ademán de ayudarla, pero se detuvo a medio camino, la mano suspendida en el aire, sin llegar a tocarla.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Ella lo miró un instante —el tiempo justo para que Ryo comprendiera que aquella mirada no era únicamente vacía, como había pensado al principio, sino llena hasta el borde de algo que no quería nombrar— y después, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oscuridad de las calles de Isogo.
—Espera —dijo Ryo, dando un paso tras ella. Se detuvo.
Algo en la forma en que ella caminaba —sin mirar atrás, sin necesitar que nadie la mirara— le dijo que seguirla ahora sería otra clase de intromisión. La observó alejarse hasta que su silueta se disolvió entre las farolas, y se quedó allí, empapado, con el frío de la noche calándole hasta los huesos y una pregunta clavada en el pecho como una astilla:
¿De qué sirve salvar un cuerpo si el alma ya se ha rendido?
La vio alejarse tal como había decidido no impedirlo. Pero en cuanto su silueta se disolvió entre las farolas, algo en Ryo se negó a quedarse quieto, y la siguió de todos modos, unos pasos por detrás, oculto entre los toldos cerrados de Isogo, sin permitirse acercarse más de lo que su propia sombra ya la rozaba.
La lluvia arreciaba, fina y constante, pero no la sintió. Tenía la vista fija en la curva de sus hombros, en cómo se encogían con cada ráfaga de viento, como si su cuerpo cargara todavía el peso del agua del canal. No fue prudencia lo que lo mantuvo caminando aquella noche. Fue el mismo instinto que lo había hecho saltar tras ella sin pensarlo: la certeza de que un cuerpo a salvo no es lo mismo que una vida a salvo, y de que él, entre todas las personas de aquella ciudad, era quien mejor conocía la diferencia.
Cuando la vio cruzar el umbral de un portal y la puerta se cerró tras ella, Ryo se quedó plantado en la acera de enfrente, empapado, sin nada ya que vigilar. No sintió el alivio que esperaba. Sintió, en cambio, la misma quietud hueca que conocía de memoria: la de haber cumplido una tarea y descubrir que la tarea nunca fue el verdadero problema. Ella dormiría esa noche bajo un techo. Pero lo que Ryo había visto en sus ojos junto a la barandilla no se había quedado fuera, en la lluvia. Eso había entrado con ella.
❦
Piso de Ryo, más tarde esa noche
El apartamento lo recibió con su silencio de siempre, esta vez más pesado. Ryo se sentó junto a la ventana, aún con la ropa húmeda pegada a la piel, viendo cómo la lluvia dibujaba líneas irregulares sobre el cristal.
No encendió la luz. No hacía falta.
Se acercó al piano y se sentó frente a él, los dedos suspendidos sobre las teclas sin llegar a tocarlas. La imagen de la joven —el azul apagado de sus ojos, el peso con que caminaba, como si cargara algo que ni ella misma podía nombrar— seguía ahí, tan nítida como si aún estuviera de pie frente a él.
—Romance sans paroles, Op. 17 n.º 3 —de Gabriel Fauré—. El lector puede escuchar esta pieza en este punto. Fauré - Romance sans paroles, Op. 17, No. 3 Fauré - Romance sans paroles, Op. 17, No. 3
Al final, tocó. No la pieza de Chopin que había escuchado antes, sino algo más antiguo, más suyo: una melodía que su madre solía tararear mientras él, muy pequeño, aporreaba las teclas sin ningún talento todavía. Las notas cayeron despacio en la habitación vacía, y por un momento el piso pareció menos vacío de lo habitual. Pero el recuerdo, como la música, empezó a cambiar de tono a medio camino: las imágenes felices se distorsionaron, fragmentándose en destellos que ya no eran cálidos —luces de hospital, el sonido de una sirena, la lluvia golpeando un parabrisas.
Se detuvo antes de terminarla. Siempre se detenía antes de terminarla.
Tomó la libreta de tapas negras del cajón del escritorio y la abrió en la página en blanco que había dejado esa misma tarde. Bajo el último caso escrito, añadió una línea nueva, con una letra menos firme de lo habitual:
Hoy la salvé. Pero no sé si mañana bastará con eso.
Cerró la libreta y volvió junto a la ventana, dejando que la humedad de su propia ropa terminara de secarse contra el cuerpo mientras la ciudad seguía titilando abajo, ajena por completo a lo que acababa de ocurrir en un puente de Isogo.
—Nocturno en si bemol menor, Op. 9 n.º 1 —de Frédéric Chopin—. El lector puede escuchar esta pieza en este punto. Nocturne in B flat minor, Op. 9 no. 1 Chopin - Nocturne in B flat minor, Op. 9 No. 1
Dejó que la pieza sonara solo en su memoria, sin tocar una sola tecla más esa noche, mientras el peso de la jornada terminaba de asentarse en sus hombros como una losa que no pedía permiso para quedarse. En algún lugar de esa ciudad, pensó, había una joven de ojos apagados que ahora sabía su nombre —Ryo Nagai— aunque él aún no supiera el suyo.
Y por primera vez en mucho tiempo, la pregunta que se hizo antes de cerrar los ojos no fue cuántos más hasta que no me queden fuerzas, sino una completamente distinta, una que no sabía si temer o agradecer:
¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar por alguien que ni siquiera conozco?



![Omega Of The Moon [KOOKMIN]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_5d69c853fece43fa14845a8b39b9f701.jpg)




