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Entre Espinas y Oro

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Sinopsis

Alba creía conocer el rumbo de su vida. Tenía estudios, responsabilidades y un futuro que, aunque imperfecto, le pertenecía. Todo cambia cuando despierta en un mundo que no comprende, lejos de todo lo que conoce y atrapada en una realidad donde las personas pueden ser compradas y vendidas. Arrastrada por fuerzas que no controla, Alba deberá sobrevivir entre mercaderes, esclavos y extraños habitantes de un reino oculto en los bosques. En un lugar donde la belleza puede ser tan peligrosa como una espada y donde la libertad tiene un precio que pocos están dispuestos a pagar, aprenderá que sobrevivir no siempre significa vivir. Pero Alba no es una heroína destinada a cambiar el mundo. Solo es una mujer decidida a conservar aquello que nadie ha logrado arrebatarle: ella misma. Una historia de fantasía, supervivencia y crecimiento personal inspirada en el universo de Tolkien.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Belen
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
21
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

I. Amaneceres violentos


¡Pum!

El fuerte golpe en la madera de la embarcación consiguió que Alba abriera los ojos. Lo primero que llegó a su cerebro cansado fue el olor a excremento y, después, los murmullos lastimeros de rezos a deidades que no reconocía ni por nombre ni por fe.

Aturdida, volvió a cerrar los ojos. La tensión acumulada de días de hambre y frío había debilitado su cuerpo a tal punto que no podía permanecer despierta. Si a eso le añadía que las extremidades estaban agarrotadas en una posición que no sabía describir, pero que se adaptaba a las necesidades de varios más y no a las propias...

La realidad le golpeó como una ráfaga de viento.

Incómoda y con la cabeza apoyada contra un palo de madera en la pared, miró la oscura habitación y la poca luz de la luna que se filtraba por las tablas sueltas de la pequeña embarcación en mal estado. Sin poder moverse libremente, la niebla de la noche y el suave vaivén de la lámpara colgando de un costado le resultaban reconfortantes. Le daban una sensación de libertad que no tenía.

Además, los pequeños puntos luminosos a lo lejos, quizás otras embarcaciones navegando a la par, parecían estrellas que titilaban y se perdían en la oscuridad.

—¡Ay! —alguien gimió lastimero en la oscuridad.

Alba, con el cuerpo entumecido por el frío y por dormir en el suelo, ocultó la cabeza entre las vigas de madera mohosa. Llevaba días escuchando el mismo lamento. Sus propios lamentos fueron escuchados más veces de lo que hubiera deseado si estuviera en casa. Las cadenas de sus manos y pies crujieron cuando se movió tratando de incorporarse, solo consiguió lastimarse y proferir unas cuantas maldiciones. Gimió de dolor y se mantuvo quieta, con la mirada perdida en el techo.

«Es el quinto día», se dijo mentalmente. Llevaba en la misma pesadilla cinco días seguidos, y lo sabía porque los había contado desde que fue capturada.

Suspiró.

Las rendijas de la barcaza dejaban entrar una tenue luz de luna. Ya recordaba por qué había escogido ese lugar arrastrando a los demás a su lado, a pesar de sus protestas. ¿Se equivocó? Sí, pero no se arrepentía. Ese era el único lugar donde podía ver el exterior, aun si eso los mataba de congelamiento.

¡Ja!

De todos modos, estarían muertos, así llegaran vivos. El olor del excremento le llegó con más fuerza apenas giró la cara para mirar a las personas a su lado. Cinco pobres desgraciados atados de pies y manos, sentados unos al lado de otros. Y todos tenían la misma expresión de muertos en vida en sus rostros. La mujer de mediana edad a su lado ya no se movía con la misma fuerza con la que se opuso a subir a la embarcación. Los diez azotes habían hecho un buen trabajo de domesticar su espíritu y... matarla.

Tanteó entre la oscuridad con sus dedos por la madera áspera y mohosa hasta la cara de la mujer. La tibieza aún persistía, débil pero ahí estaba. Aliviada, miró con detenimiento a los demás como no lo hizo apenas le colocaron las cadenas. Ninguno parecía tener más edad que la moribunda mujer. Tomó una larga bocanada de aire contaminado. Se arrepintió. Había algo más en el aire: quizás carne podrida. La misma muerte los rondaba. El agua rancia de la mañana batalló en sus entrañas por salir.

Y eso de por sí se consideraba lo menos aterrador; al menos ella no tenía a las ratas rondándola como la parca. Llevaba dos días escuchando a sus captores lanzar cuerpos semidevorados por ellas.

Sonrió sin gracia. Sus compañeros de cadena debían odiarla por condenarlos al frío y no al tibio calor del centro, pero al menos allí no morirían por alguna enfermedad al ser mordidos o devorados cuando dejaran de moverse, por la asfixia de los demás en busca de más calor, o por robar comida.

«¡No!», gritó con los labios apretados. Hoy era el quinto día en el que la pesadilla no terminaba y estaba cansada. Sus puños se apretaron con fuerza sobre la tela áspera del vestido; la sensación le desgarró la piel sensible de las yemas de los dedos. Nunca en su vida había vestido algo tan burdo, pero allí estaba. Acostada en mitad de la oscuridad, presa y con las posibilidades reducidas a dos opciones: morir o morir.

No aceptaba ninguna.

—¡Estamos cerca! —se oyó el grito hueco de un hombre desde el exterior.

Alba frunció el ceño. «¿Llegar? ¿Dónde exactamente?». Se estremeció al pensar en los lugares donde serían llevadas. Un amargo sabor le llenó la boca. Las cadenas en sus muñecas y tobillos tintinearon ante el evidente nerviosismo que le recorría el cuerpo. Si bien había estado en esa situación, no había asimilado del todo el peligro. Aún creía que pronto despertaría.

«¡No! ¡No quería quedarse!»

Alba se negó a aceptar la realidad. No al menos cuando hacía una semana se encontraba en casa, sobrealimentando a los viejos gatos de su vecina, hablando con su madre por teléfono y discutiendo con Jake por cualquier tontería.

¡Zas!

Las cadenas que le ataban las muñecas fueron jaladas; su cuerpo huesudo cayó hacia delante sobre la espalda flacucha de un adolescente, despertando su ira. Gritó y trató en vano de darse la vuelta y golpearlo por despertarlo. Se disculpó en repetidas ocasiones hasta que su voz se perdió entre los gritos del adolescente y su propio llanto. Sus pobres rodillas habían sufrido la mayor parte del impacto y ni siquiera quería mirar para saber que estaban destrozadas.

—¡Perra asquerosa! —la insultó—. ¡Tus disculpas no me sirven de nada! ¡Este señor te dará una golpiza apenas salga de aquí!

«¡No! ¡Debía existir una forma de volver!»

Su respiración se fue volviendo cada vez más irregular; el pecho le subía y bajaba con fuerza. Las cinco personas atadas a Alba por la misma línea de cadena la miraron un segundo con algo parecido a la lástima. El más cercano la arrastró por los hombros y la sentó de nuevo en su lugar. Nadie tenía el estado emocional para crear rencillas o guardar rencor, no cuando al bajar del barco existía una gran posibilidad de que no se volvieran a ver nunca más.

—¡Perra, esper...!

—¡Cállate y deja dormir! —uno de los hombres atados al adolescente lo calló con un golpe en la cabeza—. Nadie quiere oírte.

Hubo unos gritos más, pero nada fue tan significativo como para que los nervios de todos se alteraran. Ya habían experimentado de primera mano la desesperación y el miedo de ser vendidos. Solo... habían tenido el tiempo suficiente para resignarse y aceptar su nueva realidad.

Esa noche solo era una más de las tantas desde que habían sido obligados a embarcarse. Cada noche alguien se rompía y lloraba hasta el amanecer, impidiendo al resto dormir en silencio. Solo aquellos con quienes la vida había sido injusta y los había hecho nacer en una realidad donde aprendieron desde su nacimiento que la libertad no estaba en su contrato de vida permanecían impasibles, mirando la oscuridad de la bodega con los ojos vacíos.

Pero Alba nació libre en una sociedad donde la esclavitud fue abolida hace más de cien años; despertar siendo esclava de un día para otro la hizo colapsar. De sus labios brotaron gemidos acallados por sus manos, seguidos de feas lágrimas resbalando por su rostro ennegrecido por la falta de aseo. Y fue ahí, en medio de la densa oscuridad, donde por fin entendió que no tenía escapatoria. No importaba cuántas veces cerrara los ojos, se golpeara la cabeza o saltara: no volvería a casa. Y eso era lo más aterrador: no saber volver.

Y ella... ¡quería volver!

En la oscuridad se escucharon gemidos miserables y corazones latiendo con una fuerza inquieta y desesperada. No era la primera noche en la que alguien se desesperaba y caía en la locura.

Alba cayó inconsciente después de unos minutos de llanto. La falta de alimento la había debilitado a tal punto que no soportaba llorar más de un minuto.

En medio de la oscuridad, un hombre descansaba en una vieja silla de madera mientras comía semillas de girasol. Tenía el vientre grande y unas piernas delgadas que apenas veía en las mañanas al despertar; la barba le llegaba a mitad del pecho, lleno de cáscaras y otros restos de alimentos nocturnos. No había nada atractivo en su apariencia que rescatar, pero aun así en su habitación descansaban dos jóvenes bellas esperando su regreso. A su lado, de pie, descansaba un hombre joven con las manos una sobre la otra debajo del vientre.

—Revisa la mercancía —dijo el hombre de mediana edad.

—Sí, señor.

Peter frunció el ceño y no dijo más. Se acarició la espesa barba, que apenas dejaba ver sus dientes amarillos, mientras escuchaba los gritos de su subordinado en la cubierta del barco. Las primeras luces del nuevo día comenzaban a aparecer en el horizonte y todos comenzaban a despertar. Si calculaba bien, en dos horas estarían en el Puerto Gris.

Sonrió con aire bonachón, aunque sus dientes apenas se dejaban ver. En sus manos ya sentía el peso de las monedas. No era por alabarse, pero había conseguido dos buenos ejemplares que podía vender a un buen precio, y los demás no estaban mal, mas no creía que pudiera deshacerse de ellos en el primer día del mercado. De pensarlo le dolía el alma.

Alba despertó apenas los primeros rayos de sol lograron filtrarse entre la madera suelta de la bodega. Su cabeza y su cuerpo le dolían. Cualquiera que la viera habría pensado que la luz en sus ojos era desesperanza y que en sus pupilas solo se reflejaba un inmenso vacío. Sin embargo, no era así del todo; al ponerse de pie y mirar a su alrededor razonó las consecuencias de cualquier idea que pudiera ocurrírsele.

Antes de que pudiera entenderlo, la puerta de la bodega se abrió de golpe, cegando a todos con la luz repentina y haciendo gemir a los más cercanos. Los demás, como Alba, sintieron la tensión en sus cuerpos y el miedo calar en lo profundo de sus corazones.

—¡Levantaos ya! —gritó un hombre de cabello espeso que no dejaba ver más que una piel cenicienta y ojos negros—. ¡¿Qué esperáis, una invitación?!

Alba se incorporó lentamente, al ritmo de los gritos del viejo hombre y con las piernas débiles. Cada articulación de su cuerpo resentía ponerse de pie. El tintineo de las cadenas la ponía cada vez más ansiosa, y no ayudaba que fueran golpeados si parecían un poco enfermos.

—¡Apurad, pequeñas mierdas!

Cerró con fuerza los labios temblorosos. Desesperada, miró a su alrededor en busca de ayuda, pero solo se encontró con los rostros sucios y desesperanzados de las personas a su alrededor, sin una gota de vida. Verlos solo hizo que la angustia en su pecho creciera más.

Ya no había tiempo.

Alguno de sus compañeros de cadena debió darse cuenta de su inquietud y, de un solo tirón de la cadena, la hizo resbalar y caer de rodillas hacia adelante, evitando de esa forma que su desesperación floreciera. Alba gimió de dolor y se quedó quieta, con lágrimas cayendo silenciosamente.

—¡Muévanse! —alguien gritó—. ¡Que se muevan!

¡Zas!

Los llantos sonaron más desesperados y lamentables. Los mercaderes, hombres crueles, enojados por el llanto excesivo, sacaron sus látigos y comenzaron a azotar a las personas sin piedad; entre ellos había dos niños, tres ancianos y una mujer en estado de gestación. Uno de ellos murió. Ya fuera por fortuna o porque su cuerpo se encontraba escondido, Alba no fue golpeada, pero el resentimiento que nació en los corazones no se pudo evitar.

Entre el caos y los aullidos, Alba cubrió sus oídos con fuerza. No sirvió. Aún se podían escuchar los gritos y los lamentos, y entre ellos una frase se clavó en su columna:

«¡Está muerta!», alguien gritó entre la multitud.

La frase se le quedó grabada en la memoria, y la recordaría muchos años después y seguiría sintiendo el mismo frío recorrerle la espalda, como la primera vez.

Después, no hubo más ruido, solo el zumbido sordo de su propia conciencia. Fue tirada hacia adelante, obligada a ponerse de pie y caminar entre golpes y empujones hasta llegar a cubierta. El sol le dio directo en el rostro y no sintió calor, solo el frío golpe de la realidad.

—¡¿Eso es todo?! —gritó Peter, alzando los brazos hacia un hombre delgado y de apariencia enfermiza—. Apenas conseguimos cincuenta este mes y perdemos a uno. Su valor ni siquiera cubre el precio del alquiler del barco.

—Señor, tenemos algunos buenos que se pueden vender por al menos diez monedas de plata —dijo el pequeño hombre, desesperado.

Alba miró el rostro del hombre. Una fea cicatriz le cruzaba la cara, desde la ceja izquierda hasta la comisura de los labios. Él, justamente aquel hombre, había sido quien la capturó aquella noche. Una rabia le quemó el corazón, apagada únicamente por la certeza de que no podía hacer mucho para liberarse. Antes de que pudiera desviar la mirada, el hombre la había captado. No tenía certeza de que la reconociera, porque al fin y al cabo estaba tan oscuro que no se podía ver ni un alma. Ella tampoco lo habría reconocido de no ser por su voz.

Sin embargo, la sonrisa cínica y la forma en que sus dedos se deslizaban por las cicatrices de sus brazos mientras la miraba... Alba pudo haberlo tomado por una mera casualidad, extraña por las circunstancias, pero casualidad, al fin y al cabo. Sus pestañas revoloteaban y escondían sus ojos, esquivando la mirada de aquel sujeto aterrador.

La sensación de ser observada no desapareció durante mucho tiempo, hasta que fueron desembarcados cuando el barco atracó en el puerto. Alba no observó mucho, porque no había mucho que mirar. El puerto era gris, como su nombre. Las tablas del muelle estaban colocadas de manera descuidada. Era una fortuna que nadie hubiera caído al agua todavía. Tampoco quitaba que no hubiera pasado antes.

Apenas ese pensamiento surgió, las cadenas tintinearon y se tensaron. Alguien gritó y Alba se vio a sí misma siendo arrastrada hacia adelante. Una de las personas encadenadas con ella había pisado madera vieja y su cuerpo cayó, arrastrándolos a todos consigo.

Al estar quinta dentro del grupo de diez, su cuerpo quedó suspendido en el aire cuando los hombres que los custodiaban lograron sostenerlos y evitar que todos cayeran al agua. Alba sentía que en cualquier momento sus brazos serían arrancados; el dolor le impedía fijarse en sus compañeros.

Los gritos duraron apenas unos segundos.

Después, el grupo volvió a avanzar.

Como si nada hubiera ocurrido.

—¡Caminen rápido! —alguien gritó desde tierra firme—. ¡Malditos animales! ¡Hoy estoy destinado a perder dinero por vuestra culpa!

Alba fue jalada y puesta de pie a la fuerza. Sus piernas aún temblaban, pero logró caminar entre tambaleos. Las dos personas que habían caído al agua temblaban a su lado y sollozaban quedamente. La cadena vacía se arrastraba a sus pies. Ella misma mantuvo los ojos fijos en la madera del muelle, esquivando los lugares que le resultaban menos peligrosos de pisar, hasta que tocó tierra firme.

La sensación de estar pisando tierra la hizo suspirar de alivio. Nunca creyó decir que embarrarse los pies de lodo le gustaba tanto. Solo entonces pudo robar breves miradas alrededor. Las cabezas gachas de los otros esclavos se hundían en aquel paisaje gris y desolador. No había muchas casas de más de dos pisos a casi diez metros de donde se encontraban. Un patíbulo de madera frente a ellos se alzaba imponente. Su respiración se volvió irregular cuando conectó todos los puntos.

—¿Escuchaste...? —alguien dijo.

Centró sus oídos en la charla de los captores tras ella.

—Un grupo de elfos está en camino.

—¿Elfos? —respondió incrédulo otro—. ¿Crees que quieran evitar la venta esta vez?

—No, no les importa si lo hacemos, siempre y cuando no nos adentremos en su territorio —dijo con convicción el primero y luego bajó un poco la voz para que nadie más escuchara. Alba agudizó aún más el oído—. Suelen comprar unos cuantos cada pocas décadas. Al jefe lo contactan cuando les interesa comprar algunos y piden cierto número con ciertas condiciones.

—Nunca he visto uno. —Alba distinguió la emoción en la voz del hombre—. ¿Cuántos pidieron esta vez?

—Unos diez. Quieren renovar personal del palacio del rey Thranduil.

Algo en el tono de aquel hombre la hizo ponerse alerta.

Entre todos los esclavos, incluidos los que habían muerto, se contaban treinta. Alba no creía que existiera una forma posible de que ella aceptara ser vendida, porque no era una esclava. Pero si no podía evitarlo, quería un lugar donde al menos tuviera la mínima dignidad. Y no estaba segura de que la fortuna de unos esclavos significara necesariamente la bondad de un rey.

Una fea sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. El contraste entre su cara cubierta de suciedad y su cabello enmarañado y sucio era terriblemente grotesco. Antes, cuando era libre y su mundo giraba en torno a preocupaciones mundanas, una sonrisa parecía solucionar sus mayores conflictos.

Siempre había alguien dispuesto a consolarla.

Ahora, cubierta de suciedad y con el cabello enmarañado, solo provocaría repulsión.

—¿Diez nada más? —La decepción en el tono del segundo la hizo salir de su estupor.

—Solo diez —concordó el primero—. No compran muchos esclavos, pero los compran al doble del precio. Por eso el jefe está muy contento.

Los dos hombres guardaron silencio unos segundos. Alba lo interpretó como una sutil aceptación mutua de la generosidad de aquellos elfos. Habían adquirido muy pocos esclavos los últimos dos meses y una quinta parte eran personas débiles. Solo el primer grupo que iba adelante estaba compuesto por jóvenes fuertes y de buena presencia.

Alba no tuvo que hacer muchos cálculos para saber que ellos serían los vendidos como prioridad y que su propia vida apenas valía unas pocas monedas.

La idea le revolvió el estómago.

Veintiséis años.

Veintiséis años de vida reducidos a una cifra.

A un intercambio de monedas entre desconocidos.

Cerró los ojos con fuerza.

No era una esclava.

No importaba cuántas cadenas llevara en las muñecas.

No importaba cuántas veces la llamaran mercancía.

Seguía sin serlo.

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