Prólogo
¿Qué harías si un día se presenta en tu casa la ex del niño sicario más famoso de Europa y te ofrece una entrevista con él a cambio de que le ayudes a recuperarlo? Ella le necesita y, bueno, tú también, porque a eso te dedicas. Eres reportera y recopilas información sobre criminales, los estudias y analizas, y escribes libros sobre sus vidas. Siempre te ha interesado descubrir qué es lo que tiene que ocurrir en la cabeza de alguien para que un día simplemente decida salir a matar a otros seres humanos.
El problema es que tú eres tu propia fuente de información. No vas a esperar a que las noticias, el telediario, la NCA o la Europol revele lo que ya se sabe: la mitad de las veces, ni siquiera ellos revelan toda la verdad. Además, tu intención al escribir no es redactar un informe objetivo del crimen en cuestión, sino ‘humanizar’ y, pieza por pieza, desarticular la mente del criminal.
A eso me dedico.
Escribo biografías criminales. Estudio la mente de los delincuentes. Tengo contactos en Scenews, en Independent y en la BBC, lo cual ayuda a mis investigaciones y reportajes. El problema es que casi nunca obtienes la historia completa: los medios de comunicación te ofrecen esa parte del evento que quieren que veas. Por eso, apenas tenía dos libros escritos y estaba trabajando en el tercero, consciente de que no podía poner todo mi empeño.
Quería presentarle al mundo a los criminales más peligrosos y buscados, desvelar sus mentes mecánicas, desnudar al demonio en su interior. Esa era mi finalidad. Aunque había logrado publicar dos obras relativamente buenas, la mayoría de mis investigaciones se limitaban a los informes ya conocidos después del encarcelamiento o abatimiento del mentado criminal. Nunca había tenido la oportunidad de dirigirme a un psicópata o un asesino sin policía, cristaleras o abogados de por medio. De hecho, rara vez podía hablar directamente con él. Por eso no había publicado más libros.
Hasta que Georgia Leiford tocó mi timbre un diecinueve de marzo, alrededor de las cinco de la tarde, y dijo a través del telefonillo que era la ex del niño sicario, o el Ángel Caído, no me lo pensé dos veces.
Este era un caso ya olvidado en Londres, pero, por lo que Georgia me dijo, el niño sicario ya había crecido y seguía cometiendo crímenes, pero por su cuenta. Este caso podía ser mi historia, mi biografía definitiva, mi obra maestra.
Quizá piensen que acepté por interés propio, con tal de beneficiarme económicamente a costa de la vida de alguien más.
Bueno, él era un asesino. Desenmascararlo y ganar dinero por ello no sonaba como una mala idea.
Al menos, no al principio.
Ahora, terminada, editada y corregida la biografía del Ángel de la Muerte, no queda más que decir excepto que él, sin lugar a dudas, fue mi historia definitiva.








