CAPÍTULO 1: UNA NOCHE TRAUMATICA
En una noche de lluvia que caía copiosamente, el viento movía con fuerza las ramas de los árboles y hacía crujir las paredes de madera de una humilde vivienda en un barrio de las periferias de la ciudad. Su techo de láminas de zinc parecía que en cualquier momento se iría volando o que sería atravesado por las gotas que caían como balas.
En la sala de aquella casa, un hombre y una mujer, ambos esposos, discutían acaloradamente: insultos y ofensas saltaban de un lado a otro, casi al punto de llegar a la violencia física.
En una de las habitaciones, una pequeña niña de cinco años yacía acurrucada debajo de su cama; para ella era como un cálido refugio, pero estaba acostada sobre el frío suelo de concreto que le quitaba el calor. Presionaba la boca contra el viejo pelaje costurado de un osito panda de peluche al cual el tiempo le había perdido un ojo y las pequeñas manos traviesas de su dueña le habían arrancado la nariz. Con cada reclamo que escuchaba, trataba de contener las lágrimas llenas de tristeza que luchaban por salir de sus ojos.
De pronto, una mano le sujetó con fuerza el brazo, como si tuviera la intención de sacarla a rastras de debajo de la cama. Ashley, asustada, presionó con más fuerza el peluche contra el pecho y ahogó un medio grito que se le quedó en la garganta.
—Ashley, sal de ahí —susurró con suavidad una voz. Sus ojos color miel se abrieron con temor.
Frente a ella, estaba su hermano Erick, un pequeño de nueve años; más bajo de estatura y más flaco que los niños de su edad, quien, aunque su corazón latía acelerado por el miedo, mantenía dibujada una tenue sonrisa en su rostro, tratando de aparentar una serenidad que obviamente no tenía.
Junto a Erick estaba su inseparable amigo Chester, un perro de raza Retriever de Nueva Escocia, de pelaje color café claro y lamentable estado físico por las carencias de sus dueños. Era la fiel mascota y guardián de la familia, que fue el último obsequio de su fallecido abuelo materno.
Ambos niños se sentaron juntos en el suelo, pegados al borde del colchón; iluminados por la luz cálida de un foco que parpadeaba cada cierto tiempo y que dibujaba la silueta de los tres en la pared.
La pequeña niña, cuyos brazos apretaban el pelaje con olor a viejo de su peluche —el cual parecía ser el único que no temblaba en aquella habitación—, volteó su desanimada mirada hacia su hermano, que la rodeaba con un brazo, y con una voz apagada, como si hubiese perdido la alegría de su infancia, le preguntó:
—¿Por qué mami y papi pelean tanto? Me da miedo cuando gritan.
Erick soltó un suave suspiro y le respondió:
—Los adultos son así, siempre gritando por todo y por nada. Pero tranquila, Honey —el apodo cariñoso que solo él le decía—. Ya les va a dar sueño, se van a ir a dormir y mañana van a estar como si nada hubiera pasado.
—¿Tú crees?
—Sí; es más, voy a decirles que ya basta, que no podemos dormir por sus gritos —contestó.
—No, no vayas —le suplicó Ashley, aferrándose al brazo de su hermano para tratar de detenerlo—. Se pueden enojar más y te podrían castigar.
—Relájate, no pasa nada —repuso él—. Quédate aquí, que yo ya regreso.
Junto con Chester, siempre a su lado, se dirigió rumbo a la sala donde aún se encontraban discutiendo sus padres.
Al llegar al lugar, el sonido de una violenta cachetada le estremeció los sentidos. Atónito por la impresión, vio a su madre caer al suelo, derribada por el despreciable acto de su padre, quien en la otra mano sostenía un filoso cuchillo de cocina.
—¡Nooo! ¡Papaaá! —gritó angustiado Erick, corriendo hacia donde yacía su madre y cubriéndola con su pequeño cuerpo.
Muriendo de miedo y temblando como si frente a él tuviera a una fiera salvaje, hincó las rodillas en el suelo y extendió sus brazos, con la esperanza de detener las malas intenciones de su padre, cuyo semblante deteriorado y olor rancio parecían los de una persona que se había ahogado en alcohol durante varios días.
Erick, con su piel erizada y con una mirada que mezclaba terror y odio hacia su papá, le recriminó entre lágrimas:
—¿¡Qué diablos te pasa!? ¿¡Cómo te atreves a golpear a mamá!?
Al escuchar los gritos de su hermano que sonaron más que la misma tormenta, Ashley corrió hacia la sala, encontrando a su madre en el suelo, a su hermano de rodillas, a Chester que no paraba de ladrar y a su padre sosteniendo firmemente el cuchillo en su mano temblorosa.
Frente a tan horrible escena, Ashley soltó un alarido desgarrador. El llanto que tanto había reprimido se liberó de golpe y corrió afligida hacia donde estaba su madre, quien en ese momento volvió en sí al escuchar el clamor de sus hijos.
Al ver a los niños ahí, indefensos y aterrados, la mujer se sentó rápidamente en el suelo y, tomando a sus hijos, los apretó contra su pecho, dándole la espalda a su esposo. Ella, aún aturdida por la cachetada, alzó su mirada inundada de odio, con tono desafiante, pero con su voz entrecortada por el miedo, soltó una amenaza:
—¡¡No te atrevas a hacerle daño a mis hijos, porque te juro que te mato!! ¡¡Lárgate de aquí, maldito!!
El hombre respiraba pausadamente, como si cada aliento le doliera, agachó su mirada, dando la impresión de que muy dentro de él, le agobiaba saber el sufrimiento que le estaba causando a su familia. Aun así, levantó la cabeza, clavó sus ojos sobre su aterrada esposa e hijos y, con tono afligido, les dijo:
—Ya no lo soporto… Ellos están acabando con mi vida. —Hizo una pausa para dar un compungido suspiro y continuó—: Van a estar mejor sin mí.
Acto seguido, el hombre soltó el cuchillo, que tintineó contra el piso de concreto. Abrió la puerta con tanta fuerza que casi la saca de su marco y se marchó; desapareciendo en la tormenta y dejando a su familia destruida y temblando por lo que acababan de vivir.
La madre de los niños, de nombre Adriana, gateó presurosa por el suelo hasta la puerta y de golpe la cerró con llave. Recogió el cuchillo que su esposo había dejado caer al suelo, tomó entre sus brazos a los niños y rápidamente se encerraron en una habitación.
Ella, ignorando el terror que le sacudía todo el cuerpo, abrazó a sus hijos con fuerza y les besó las frentes para tratar de calmarlos. La cachetada aún le dolía, como si le hubiese aflojado la mandíbula, y con voz quebrantada por el miedo les repetía a los pequeños que todo iba a estar bien, que nunca permitiría que nadie les hiciera daño.
Los niños temblaban de pánico y sollozaban en silencio, el cual, como un somnífero, fue cerrando sus ojos mientras su madre vigilaba su sueño.
Chester, como el guardián que siempre había sido, vigiló la casa de su familia toda la noche, mientras la tormenta continuaba su castigo sobre la ciudad.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







