Cementerio
—¿Y qué tan bueno es el parkin? Nunca había probado uno. ¿Será como el mochi, así de chicloso?... Ah, no conoces el mochi. Es un pastelito redondo, de colores… Aunque, ahora que lo pienso, eso suena más a brownie… ¡Ya sé! Mañana te traigo un mochi y un brownie para que los conozcas. Mmm, ¿dónde está mi celular? Mejor busco una imagen del parkin…
Fiorella estaba sentada en un rincón, sobre una lápida. Sí, era muy irrespetuoso, pero a esas alturas ya no le importaba. Era tarde, hacía frío y la luz del atardecer apenas iluminaba el cementerio, dándole un aspecto lúgubre. Su novia llevaba dos horas hablando al vacío como una loca. No estaba realmente loca, pero, de no ser lunes, estaba segura de que más de una persona que pasara por allí habría pensado lo contrario. Fiorella suspiró. Ojalá estuviera loca. Que Luz estuviera loca sería un inconveniente, pero mucho más llevadero que lo que vivía por su culpa al menos tres veces al mes.
—Amor.
—¿Qué?
—Deja de buscar en tu mochila, yo tengo tu celular.
—¿Sí?
—Sí. Me aburro de estar aquí; el mío se quedó sin batería —Fiorella le mostró el celular y se lo tendió. Luz lo tomó animada—. ¿Ya terminaste? Mira qué hora es, tengo hambre.
Aquella mención hizo que Luz la mirara. Fiorella estaba segura de que ni siquiera se había fijado en cuánto tiempo llevaba recostada sobre aquel mausoleo, parloteando al aire. Luz se ruborizó.
—…Sí, me tengo que ir.
Fiorella sabía que eso no se lo estaba diciendo a ella.
—¿Mañana? Oh, claro, mañana puedo…
Fiorella tosió con fuerza. Los hombros de Luz cayeron.
—No, mañana no puedo… Yo, yo intentaré… Sí, eso puede ser… ¿Qué?... Oh, tal vez… Te prometo que haré todo lo posible.
Luz se levantó, se sacudió la tierra de los pantalones y se le acercó. Fiorella quería saber exactamente qué acababa de prometer su novia, pero no podía preguntárselo todavía. Había muchos escuchando. El cementerio estaba vacío, pero había muchos escuchando, y nunca era buena idea discutir frente a tantos. Sobre todo frente a esa mujer.
Sarah Ellen, la nueva amiga de Luz. Le ponía los pelos de punta. Luz tendía a sentir compasión por cualquier desafortunado, sobre todo si era un fantasma, pero a Sarah ya le estaba dedicando demasiado tiempo.
Fiorella se levantó de la lápida y se acomodó la mochila de utilería en el hombro. La llevaba por si surgía algún trabajo de último minuto, de los que exigían salir corriendo y pagaban bien. Pero, después de aquella tarde, ni un millón le habría parecido suficiente. Luz se despidió con una sonrisa y agitó la mano hacia el mausoleo antes de seguirla.
Fiorella apuró el paso, pero no se volvió hacia Luz hasta que dejaron atrás la entrada del cementerio.
—¿Y bien? ¿Qué acabas de prometerle?
—Es que me pidió que…
Luz bajó la mirada y jugueteó con el teléfono entre las manos.
—¿Qué?
—Que la visitara más seguido. Dice que le recuerdo a uno de sus hijos. Los extraña mucho.
Fiorella la miró de reojo.
—Luz, no vamos a estar aquí toda la vida. Yo pienso que—
—¿Y si…?
Fiorella se detuvo y la miró. Luz había levantado la cabeza y la observaba con los ojos muy abiertos.
—No. Conozco esos ojos, Luz. No.
—Pero ni siquiera he dicho nada…
—Me prometiste que no volverías a aceptar casos gratis. La última vez que lo hiciste, comías pan con pan.
Luz no contestó. Caminaron hasta el paradero y tomaron un taxi de regreso al hotel. Una vez en marcha, Luz giró la cabeza para mirar atrás. Fiorella siguió su mirada: la entrada del cementerio se alejaba cada vez más.






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