No era yo
El óleo fresco huele a tierra. Me gusta ese olor, sobre todo cuando la pintura empieza a secarse y la superficie deja de brillar. Es entonces cuando el cuadro empieza a parecer terminado.
Estudié la esquina inferior derecha del lienzo, un bodegón holandés del siglo XVII que me había encargado un coleccionista lo bastante rico para querer un pedazo de historia en su sala y lo bastante prudente para no preguntar por la procedencia del lino. Con el pincel del cero deposité un punto de blanco de plomo y una pizca de sombra tostada. El craquelado auténtico corría hacia el borde izquierdo; el mío, inducido con un secador de aire caliente y dos capas de barniz sintético, lo cruzaba a cuarenta y cinco grados. Ni un tasador con lupa estereoscópica notaría la costura.
Para copiar bien hay que entender la obra. Si solo repites las formas, tarde o temprano se nota. Para falsificar a cualquiera hay que pensar como él. Conocer el cansancio de su muñeca, sus manías con el pincel, los materiales que tenía a mano y los que le faltaban.
Sobre la mesa auxiliar, entre los botes de disolvente, había un pastillero de lunes a domingo. El de hoy seguía cerrado.
El timbre sonó en el estudio. Pasaban de las siete y la luz de la tarde teñía el suelo de gris.
—James —dijo Sarah desde el otro lado de la puerta, y entró sin esperar. Conservaba la llave desde que las lluvias de Ravenda inundaron su apartamento, hacía tres meses, y yo nunca se la había pedido.
Olía a humedad y a bergamota con tabaco, un perfume excesivo para alguien tan joven. Llevaba la cámara colgada del cuello, como siempre; hacía semanas que fotografiaba mi trabajo «para el archivo», y yo ya apenas notaba su presencia en el estudio. Dejó el bolso junto a los trapos sucios.
—Vengo por los negativos. Los que te pedí la semana pasada.
—Los dejé en el laboratorio de Orión.
Sus dedos, de uñas impecables, quedaron suspendidos sobre el lomo de un libro de arte flamenco. Giró la cabeza despacio. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz artificial.
—El laboratorio cerró el martes. Fui ayer y la cortina metálica estaba bajada.
Me puse de pie y encendí la cafetera.
—Habré recordado mal el sitio. Estarán en algún cajón.
—¿Por qué mientes por algo tan estúpido? —No había enfado en su voz; era peor, un cansancio condescendiente—. Sabes lo que muestran esos negativos: la firma que encontraste bajo la imprimación de la condesa, antes de que la modificaras. Si el comité de autenticación los ve, todo se cae en un día.
—Yo pinto, Sarah. Tú compras marcos viejos en mercadillos. Es lo único que ocurre aquí.
Soltó una risa corta, sin aire.
—Claro. Y el cliente que te pagó treinta mil dólares por un «descubrimiento inédito» cree en los milagros.
La miré sin mover un músculo.
—Estás cansada. Vete a casa.
—Mañana, James. —Recogió el bolso—. Los negativos estarán sobre esta mesa, o hablarás con alguien menos comprensivo que yo.
La puerta se cerró. Me quedé mirando la mancha de pintura amarilla que había salpicado la pared la semana anterior, con forma de cometa torcido. Sarah tenía razón en una cosa. Lo que no encaja hay que corregirlo antes de que lo devore todo.
El timbre sonó a las cuatro de la madrugada. No encendí la luz. Conozco cada centímetro entre la cama y la puerta. Abrí a un hombre bajo, de hombros caídos, con el abrigo mojado.
—Señor Evans, soy el inspector Miller. Disculpe la hora. Se trata de Sarah Louis: la encontraron hace dos horas en su coche, junto al canal oeste. Su nombre estaba en su agenda. ¿Puede acompañarme a comisaría?
Un segundo de silencio.
—No entiendo. Estuvo anoche en mi estudio, hasta las ocho.
—Son preguntas de rutina.
Cerré la puerta. No sentí pánico; el pánico es para quien no tiene una explicación, y yo siempre las tengo.
En comisaría, Miller anotaba con lápiz y borraba casi todo lo que escribía. Me ofreció una silla de metal que cojeaba.
—Un golpe fuerte en la cabeza, dentro de su propio coche —dijo—. El bolso estaba en el asiento, con el dinero dentro. Pero no encontramos su cámara, y dicen que nunca salía sin ella.
—Entonces fue un ladrón.
—Un ladrón que deja el dinero.
—Era una joven brillante. Una gran fotógrafa. Colaborábamos a veces; me ayudaba a digitalizar catálogos.
—Su última llamada, a las nueve, fue al teléfono de su estudio. Usted dice que se marchó a las ocho.
—Y es cierto. Discutimos por dinero, una compensación por un trabajo que salió mal, y se fue enfadada. Después llamaría para disculparse, supongo, pero yo trabajaba con el secador encendido y no la oí. A las nueve y media salí a comprar disolvente a una ferretería de las afueras.
Había armado la secuencia en el coche, de camino. Era una coartada perfecta porque era verdad en lo esencial. Estuve en la autopista y compré el disolvente. De la ferretería recuerdo cada detalle. Del trayecto, solo que la radio estaba apagada, y no recuerdo haberla apagado.
—¿Y de qué discutieron exactamente?
—De negocios. Sarah era ambiciosa; creía que las obras valían más de lo que dictaba el mercado.
Miller me miró un largo rato y borró algo en su libreta.
—Qué calma la suya, señor Evans.
—Soy artista, inspector. Acostumbro a mirar las cosas desde cierta distancia. Si uno se pierde en los detalles, nunca termina la obra.
Los días siguientes fueron de visitas y llamadas. La policía vino dos veces, pasó una lámpara ultravioleta sobre las mesas —buscaba rastros que no encontraría; yo sé limpiar mejor que nadie— y se llevó un par de cuadernos de bocetos. La coartada resistió. El peaje de la autopista del sur me grabó a las nueve y cuarenta y cinco, el ticket de la ferretería marcaba las nueve y cincuenta y dos y el dependiente, un chico con auriculares que apenas levantó la vista, recordaba al hombre de abrigo oscuro que pagó en efectivo.
Algo en el borde de mi mente empezó a agrietarse, una línea fina como un pelo sobre el barniz fresco. Aquella semana encontré los negativos de Sarah al fondo de un cajón que ya había revisado tres veces. Y una tarde, buscando una referencia para el bodegón, saqué el libro de arte flamenco sobre cuyo lomo habían quedado suspendidos los dedos de Sarah. Detrás había una cámara pequeña, de las que se dejan en el monte para fotografiar zorros. Ella la había puesto allí sin decírmelo. La policía había buscado sangre y armas; nadie levantó los libros.
Repasé las imágenes de aquella noche. En la de las nueve y diez se veía el caballete y, al fondo, en el cristal del ventanal, un reflejo. Una silueta. Mi abrigo, mis hombros, la inclinación de la cabeza cuando me concentro. Sostenía el marco de roble macizo de la condesa, el que nunca salía de la pared.
No soy yo, pensé. Es un efecto óptico, una superposición de capas.
Y entonces aparecieron detalles que no había querido mirar. El peso del roble. El teléfono sonando a las nueve, y yo mirándolo sonar sin contestar. La radio apagada en el trayecto hasta el canal, donde ella fumaba en su coche después de cada discusión. Su ventanilla bajando. Un crujido. Y después su abrigo, con el cuello manchado del mismo amarillo de plomo que esa noche tenía yo en la punta de los dedos, y me molestó que su cuerpo quedara torcido sobre el asiento, como una composición mal resuelta. Y la correa de su cámara enrollada en mi muñeca, y el golpe del agua negra del canal.
No era yo. El James que pintaba bodegones y compraba disolvente en una ferretería de las afueras no podía haber hecho algo tan burdo. Eso pertenecía a otro.
Levanté la vista. El marco de la condesa colgaba de su pared, limpio, como si nunca se hubiera movido.
Miller volvió un martes por la tarde. Ya no traía libreta, sino una carpeta marrón, gruesa, que dejó sobre la mesa junto al caballete.
—Su coartada es perfecta, señor Evans. —Me quedé inmóvil, con el pincel a dos milímetros de la tela—. Volví a hablar con los vecinos, esta vez por usted y no por ella. La vecina del segundo saca al perro a las nueve y diez. Vio salir su coche a las nueve y doce, no a las nueve y media.
—Es una vecina con un perro y un reloj —dije. Mi voz sonó lejana.
—Del estudio al peaje hay doce minutos. El peaje lo graba a las nueve y cuarenta y cinco. —Miró el reloj, aunque no lo necesitaba—. Le sobran veintiuno.
Abrió la carpeta.
—El canal queda a cinco minutos de aquí. Sarah murió hacia las nueve y veinte.
—Es una interpretación.
—El laboratorio encontró amarillo de plomo en el cuello del abrigo de Sarah. —Miller miró la mancha de la pared—. Es un pigmento raro.
Cerró la carpeta y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.
—Se puede cubrir una mancha, señor Evans. Eso no significa que haya desaparecido.
Se fue sin cerrar del todo. La puerta quedó entreabierta y dejó entrar un aire frío.
Me acerqué al bodegón. En la esquina inferior, donde las grietas del tiempo se cruzaban con las mías, había una imperfección, una pincelada más gruesa de lo debido, un rastro de blanco de plomo sobresaliendo como una cicatriz en la superficie mate. Bastaba raspar la capa con la cuchilla, aplicar un poco de disolvente y repintar el fondo hasta que pareciera que nunca había ocurrido.
La puerta de la calle se abrió con suavidad. Oí pasos ligeros en el pasillo, que arrastraban un poco el talón derecho, como siempre que ella estaba cansada.
—James —dijo mi madre desde el umbral, con esa preocupación cotidiana que no ha cambiado en cuarenta años—. ¿Sigues trabajando? Se te va a hacer tarde.
No me giré. En el cristal del ventanal, una silueta se recortaba contra la luz de la tarde.
—Cariño, no olvides tus pastillas —insistió ella, con una taza humeante en las manos.
—Ya voy.
Levanté la cuchilla de afeitar, la acerqué al lienzo con la punta de los dedos y me quedé mirando la imperfección de la esquina, preguntándome cuánto costaría borrar todo lo demás.
—No era yo —susurré al vacío.








