Capítulo 1
17 de Agosto de 2025
El reloj rozaba la medianoche, marcando la hora exacta de echar el cierre. Llevábamos ya medio mes arrastrando números rojos; con casi todo el pueblo huyendo hacia la costa para disfrutar de sus vacaciones, cada vez dudaba más que este mes viese un dólar de comisión.
Tras dar una última batida por los pasillos para asegurarme de que no quedaba ningún cliente rezagado, apagué las luces. Tiré de la persiana metálica para bajarla y echarle el cierre, pero el chirrido se detuvo en seco a medio camino cuando unas manos se aferraron al borde inferior, frenando el descenso.
—¿Ya estáis cerrando? —preguntó una voz femenina, agitada.
—Sí, señora. Lo siento mucho, pero si necesita algo tendrá que ir a la gasolinera de aquí al lado.
—Por favor, solo necesito un poco de leche y pañales para mi bebé. Tengo el dinero, de verdad.
Abrió una cartera desgastada, mostrándome un billete arrugado de veinte dólares bajo la escasa luz del exterior.
—Lo siento, de verdad. Pero mi jefe es estricto y me obliga a cuadrar la caja en cuanto acaba el turno. —Se lo pido por favor, chico… —Su voz se quebró ligeramente—. Tengo a mi pequeño de once meses en el coche esperándome. Es una emergencia, por favor.
Miré mi reloj en un acto instintivo. Las 00:02 h. Ya iba con retraso. Volví a fijar la vista en la mujer. Tenía el rostro desencajado por la angustia, unas ojeras profundas que delataban noches en vela y pequeñas gotas de sudor frío brotando de su frente. No era la simple prisa de una compra de última hora; había una desesperación genuina que me removió por dentro.
Solté el tirador de la persiana con un suspiro pesado, rindiéndome.
—Joder. Tiene un minuto, ni uno más.
La mujer no esperó a que la persiana subiera por completo; se escurrió por el estrecho hueco con desesperación. Yo, sin embargo, pulsé el botón y esperé a que el metal terminara de enrollarse del todo.
Mientras el eco de sus pasos apresurados resonaba hacia el fondo del local, volví a encender las luces principales. Me apoyé en el mostrador, siguiéndola a través de las cámaras de seguridad. He de admitir que no perdió el tiempo. Agarró exactamente lo que me había dicho y fue directamente hacia la caja.
—Déjeme todo por aquí —le indiqué—. Voy a cobrarle rápido y así acabamos antes. Tanto usted como yo lo agradeceremos.
Fui pasando los artículos por el escáner, rompiendo el silencio con cada agudo pitido.
—¿Eso sería todo?
—Sí, eso sería todo.
—Perfecto, pues serían cuarenta dólares… ¿Qué está haciendo?
En el breve lapso en que aparté la vista de su compra para mirar el precio en la pantalla, la situación había dado un vuelco escalofriante. Al girarme, me topé de frente con el cañón oscuro de una pistola apuntándome al pecho.
—Tanto tú como yo sabemos que no voy a pagar esta cuenta. Ábreme la caja registradora —amenazó, avanzando lentamente hacia mi posición sin desviar el arma.
—Llevamos un mes sin mucha caja, así que…
—¡He dicho que me la abras! —alzó la voz, desesperada, cargando el arma.
Intenté evaluar la situación, pero la mente se me atascó. Tenía a escasos metros a una mujer armada que parecía infinitamente más agobiada por la situación que yo. Mientras tecleaba el código para abrir la caja registradora, la observé de reojo. Estaba temblando, con los ojos muy abiertos y casi al borde del llanto. Si no fuera por la pistola en su mano, habría parecido que ella era la atracada.
El cajón metálico saltó hacia afuera.
—Lo siento por esto, chico, pero mi pequeño tiene prioridad —dijo con la voz quebrada.
Agarró los billetes con torpeza y, antes de que pudiera reaccionar, dio un paso al frente. El pesado acero de la culata impactó brutalmente contra mi ojo izquierdo. El mundo dio un vuelco, la visión se me nubló de golpe y caí completamente aturdido.
Joder, menuda mierda. Eso fue lo único que logré pensar en mi mente mientras el dolor empezaba a latir al ritmo de mi propio corazón. No sé cuántos minutos pasé ahí tirado, tratando de recuperar el aliento, pero cuando por fin logré ponerme en pie, ya no quedaba ni el olor de la mujer. Me arrastré hasta la entrada y volví a bajar la persiana. Esta vez, la cerraba de verdad.
Miré el reloj, entrecerrando el ojo lastimado que ya se estaba empezando a hinchar. Las 00:18 h. Si me daba prisa, seguramente conseguiría alcanzar el autobús de las 00:30 h. No podía permitirme llegar tarde a la biblioteca… otra vez. La señora Conrad ya me había pasado por alto un par de retrasos este mes, y no quería seguir acumulando broncas.
Cuando estaba cerca de la parada del autobús, este ya había llegado y estaban bajando pasajeros. Aunque estaba lejos, le hice señas para que me esperara mientras aligeraba el paso para llegar, pero fue inútil. Como si yo fuera invisible, el conductor hizo caso omiso a mis aspavientos. Las puertas se cerraron con el característico soplido de los frenos de aire y el motor volvió a sonar, alejándose por la carretera boscosa.
Me quedé allí quieto, intentando recuperar el aliento. Estaba completamente solo en mitad de la noche. Siendo agosto, el aire de Oakhaven se sentía espeso, cargado con esa humedad constante que a veces llega a asfixiar. El zumbido de los insectos veraniegos era lo único que rompía el silencio, mientras el sudor se me pegaba a mi habitual chaqueta oscura y el latido sordo de mi ojo magullado me recordaba que la noche ya estaba siendo un desastre.
Pero no podía quedarme clavado en la acera lamentándome; mi segundo trabajo me esperaba. Saqué el móvil del bolsillo y solté un suspiro al ver la pantalla iluminada: las 00:31. Según el mapa, tenía por delante treinta y cinco minutos de caminata a buen ritmo bajo el calor estancado de finales de verano, y mi turno en la biblioteca empezaba a la una en punto. Resignado, eché a andar en medio de la penumbra, confiando en que la señora Conrad tuviera algo de piedad y no me despidiera por llegar tarde. O, al menos, eso necesitaba creer para dar el siguiente paso.
Al final, logré llegar a la biblioteca con apenas diez minutos de retraso. Teniendo en cuenta el atraco y la caminata nocturna, me esperaba algo mucho peor.
Entré directo al cuarto del personal para intentar adecentarme un poco antes de fichar. El espejo del pequeño baño me devolvió una imagen lamentable: el sudor me brillaba en la frente y mi ojo izquierdo ya era un bulto hinchado que empezaba a teñirse de un morado bastante feo. Me quité mi habitual chaqueta oscura, que a estas alturas se me pegaba a la espalda por el bochorno asfixiante de agosto, y me eché un buen puñado de agua helada en la cara.
Solté todas mis cosas en la sala de descanso, solté un suspiro de resignación y salí hacia la sala principal. El silencio absoluto del edificio me envolvió de inmediato, haciendo que el latido sordo de mi dolor de cabeza resonara aún más.
Por delante me quedaban cuatro largas horas de colocar libros en las estanterías, organizar el archivo y, sobre todo, luchar para no quedarme dormido en el proceso. Pero, en el fondo, sabía que tenía suerte. Era un trabajo tranquilo que me permitía refugiarme en la lectura cuando la madrugada se estancaba. Y lo mejor de todo: la señora Conrad no cubría este turno, así que me libraba de sus broncas y de cualquier pregunta sobre mi cara magullada. Durante el resto de la noche, solo estaríamos los libros y yo.
—Oye, Ethan —dijo una voz femenina a mis espaldas.
Di un respingo que me provocó una punzada sorda en la cabeza.
—Me cago en… Joder, Brooke, no me des esos sustos. ¿Tú no te habías ido ya?
Brooklyn era mi compañera de trabajo. Nos cruzábamos a diario en el cambio de guardia, ya que ella cubría el turno anterior al mío. Era más joven que yo; dudaba que pasara de los diecinueve años. Estudiaba en la universidad local y compaginaba las clases con la biblioteca. Siempre me ha parecido algo digno de admirar, yo no sé si tendría la energía para hacer tantas cosas a la vez. Apenas superaba el metro sesenta y llevaba el pelo rubio, aunque nunca he tenido claro si es su color natural o se lo tiñe… algún día se lo preguntaré.
—Perdón, pensaba que sabías que todavía seguía aquí —se disculpó. Dio un paso al frente y me tendió una pequeña bolsa de hielo—. Ten. La tenía guardada en el congelador desde la última vez que te pasó esto. ¿Cuántas veces van ya este mes?
Agarré el plástico helado y me lo apliqué sobre el ojo magullado, dejando escapar un siseo ante el brusco contraste de temperatura.
—Con esta, cuatro —suspiré, sintiendo de golpe todo el agotamiento acumulado—. Desde que empecé a trabajar en la tienda, nunca ha habido tantos robos.
—Deberías plantearte dejar esa tienda. Te pagan una miseria y cualquier día de estos el golpe no va a ser solo con la culata.
—Ya sabes que necesito la pasta, Brooke —respondí, acomodando mejor la bolsa de hielo sobre el pómulo. El frío me dio un alivio casi instantáneo, adormeciendo un poco la punzada de la herida—. La señora Conrad apenas me da horas suficientes aquí. Si quiero pagar el alquiler este mes, no me queda otra que aguantar en la tienda.
Brooke soltó un suspiro pesado y negó con la cabeza, rindiéndose. Se ajustó la correa de la mochila sobre el hombro. A pesar de ser más de la una de la madrugada, apenas se le notaba el cansancio; supongo que estar en la universidad te acostumbra a vivir a base de café y pocas horas de sueño.
—Solo ten cuidado, ¿vale? Las cosas están muy raras últimamente —dijo, suavizando un poco el tono—. Bueno, te dejo con tus adorados libros. He dejado la sección de historia a medias, así que te toca terminar de vaciar el carrito.
—Gracias por el hielo. Y por dejarme el trabajo sucio —añadí con una sonrisa cansada, viéndola caminar hacia la salida.
Justo cuando estaba a punto de empujar la puerta de salida, Brooke se detuvo en el umbral y se giró hacia mí.
—Oye, antes de que se me olvide. Mañana la biblioteca no abre, así que tienes la noche libre, ¿no?
—Eso creo, sí —respondí, deteniéndome junto al carrito de los libros.
—Mañana montamos una fiesta mis amigos y yo. Es cerca de la universidad, en la casa de uno de ellos. Me preguntaba si querías pasarte. Disfrutar de la noche, beber un poco… ya sabes, esas cosas de universitarios.
La miré desde el otro lado de la sala, con la bolsa de hielo aun presionando mi ojo magullado, y solté un suspiro que sonó casi a risa cansada.
—Brooke, ya sabes que no me gustan las fiestas —contesté—. Y menos con universitarios hormonados hasta los topes y borrachos.
Brooke soltó una pequeña carcajada que resonó con fuerza en la sala vacía.
—Qué amargado eres a veces, Ethan —dijo, negando con la cabeza mientras apoyaba la mano en el tirador de la puerta—. Te vendría bien salir un poco de esta cueva y relacionarte con gente, pero tú mismo. Si cambias de opinión y decides dejar de ser un viejo gruñón por una noche, mándame un mensaje.
—No esperes sentada —respondí, esbozando una sonrisa a medias que me tiró de la piel inflamada del pómulo.
—¡Descansa! ¡Y ponte más hielo cuando se derrita ese! —añadió desde el umbral, guiñándome un ojo antes de desaparecer definitivamente en la pesada y calurosa noche de agosto.
El suave clic de la puerta al cerrarse marcó su partida. Su voz se apagó de golpe, dejando paso de nuevo a un silencio sepulcral. Me quedé a solas frente al mostrador, escuchando únicamente el zumbido constante del aire acondicionado.
Solté un suspiro largo y me separé la bolsa de la cara por un momento, parpadeando para acostumbrar mi ojo izquierdo a la luz de los fluorescentes. Aún palpitaba, pero al menos el frío había adormecido el dolor agudo. Con desgana, caminé arrastrando los pies hacia el carrito metálico que Brooke había dejado a medias en la sección de historia. Era el momento de desconectar el cerebro.
Empecé a encajar los volúmenes en las estanterías con movimientos automáticos. El tacto rugoso de las tapas y el olor a papel viejo siempre me habían resultado reconfortantes. Era un proceso casi terapéutico que no me exigía pensar en atracos, ni en el cañón de una pistola apuntándome, ni en el dinero que me faltaba para pagar el alquiler.
El plan era sencillo: terminar de colocar aquel montón de libros, buscar un buen asiento en el rincón de las novelas de misterio y dejar que las horas de madrugada se consumieran lentamente en paz.
—¿Qué se me ha perdido a mí con todos esos universitarios? —murmuré para la sala vacía, agarrando un pesado tomo sobre historia.
18 de Agosto de 2025
—Quiero que hoy mismo, cuando acabes tu turno, dejes el uniforme en la sala de descanso y que cuando cierres, eches las llaves al buzón —sentenció, con un tono frío que no admitía réplica—. Ya te mandaré tu indemnización a casa, aunque creo que hay motivos de sobra para poder despedirte, Ethan.
Se dio la vuelta y salió por la puerta principal, haciendo sonar la campanilla y dejándome completamente a solas con el zumbido de las neveras de lácteos.
Me quedé mirando el espacio vacío frente al mostrador, apoyando las manos en la madera gastada mientras sentía un nudo en el estómago. Me estaban echando del trabajo.
Así, sin más. Después de tragarme los peores turnos de madrugada y de haberme llevado un golpe en la cara por intentar retener su dinero, yo era el que pagaba los platos rotos. Me pasé una mano por el pelo, abrumado.
—¡Joder! —grité, lanzando un bolígrafo con todas mis fuerzas contra las puertas de las neveras.
El boli rebotó contra el cristal con un chasquido agudo y cayó al suelo. No había hecho nada mal. Tan solo había cometido el error de confiar en la buena fe de las personas. Una rabia sorda, cargada de pura impotencia, me apretó el estómago.
Lo de anoche había sido la primera vez que me ocurría algo así. Siempre bajaba la persiana a mi hora y cumplía con mi trabajo, pero claro, como últimamente la tienda había sufrido varios robos, y la mala suerte quiso que todos coincidieran con mi turno nocturno, para el jefe la conclusión era evidente. En su cabeza, yo no era una víctima; seguro que estaba compinchado con los ladrones.
—Oye, chico. Perdona que te moleste, pero ¿te encuentras bien?
La voz pausada de un hombre mayor me sacó de golpe de mis pensamientos. Me giré, casi avergonzado por mi arranque de rabia, y me topé con un anciano que me observaba desde el otro lado de la caja.
—Sí… perdóneme a mí —murmuré, pasándome una mano por la nuca—. Hoy no ha sido un buen día. —Es normal que no todos los días sean buenos, pero, aun así, no deberías enfadarte por nimiedades. —Lo intento, pero son demasiadas cosas —suspiré, apoyándome con pesadez en el mostrador—. Cuando te esfuerzas muchas veces y nunca consigues nada, al final te resignas y acabas aceptando lo primero que se te pone por delante.
El hombre asintió lentamente. Tenía una mirada curtida, comprensiva, de esas que parecen haber visto ya de todo.
—Cuando volví de servir a nuestro país en el ejército, me costó mucho adaptarme a la vida cotidiana otra vez —comenzó a decir—. Tendría tu edad, aproximadamente. Siempre andaba enfadado con la vida, ya que nada salía como yo quería. Ni trabajo, ni pareja, ni amigos. Pero me convencía a mí mismo de que tampoco los necesitaba. —Supongo que era normal en esa época —respondí, sintiendo que la tensión de mis hombros aflojaba un poco—. Volver de la guerra no es fácil para nadie.
Él negó levemente con la cabeza y me miró directo a los ojos.
—Hay muchas guerras que no se libran con armas, chico, y creo que tú estás metido en una ahora mismo. ¿Sabes cómo empecé a mejorar? —¿Cómo? —Aprendiendo a decir que no. Piénsalo. Y toma, esto es para ti.
Extendió la mano sobre la madera gastada del mostrador y dejó caer algo con un suave tintineo. Eran unas chapas de identificación militar, del clásico aluminio plateado que llevan los soldados al cuello. Antes de que pudiera reaccionar o darle las gracias, el anciano se dio la media vuelta y salió de la tienda, dejando que la campanilla de la puerta sonara a sus espaldas.
Me quedé allí, a solas de nuevo, deslizando el pulgar sobre el frío relieve de las chapas.
—¿Y por qué me da esto a mí? —murmuré para la tienda vacía, sabiendo que ya no habría respuesta.
Bajé la vista hacia mi mano y examiné las chapas. Pasé la yema del pulgar sobre el relieve áspero de las letras troqueladas en el metal frío y desgastado.
Morgan Archibald. 8364912750. O POS. Católico.
Nunca he sido de llevar nada al cuello, pero pasé la cadena de bolitas por mi cabeza y dejé que el aluminio cayera sobre mi pecho. Se sentía extraño, pero me prometí a mí mismo que lo usaría solo hasta que volviera a cruzarme con ese hombre para devolvérselas.
Casualmente, mi último turno resultó ser el más tranquilo y agradable desde que empecé a trabajar allí. Curioso, cuanto menos. En cuanto llegó la hora, cumplí las órdenes del jefe a rajatabla: dejé el uniforme doblado en la sala de descanso, bajé la persiana por última vez y deslicé las llaves por la ranura del buzón. Así me despedía del que había sido mi ingreso principal desde la primavera. Dejaba atrás muchos recuerdos, y no todos buenos.
Esta vez sí logré llegar a tiempo a la parada. Mientras esperaba al autobús bajo el calor estancado de la noche, la oferta de Brooke se abrió paso en mi cabeza. ¿Debería ir? Al fin y al cabo, me acababan de despedir y tenía la madrugada libre. ¿Debería plantarme en esa casa y despreocuparme de mis problemas por una noche?
Me llevé la mano al pecho y palpé el relieve de las chapas a través de la tela de mi camiseta, recordando la mirada curtida de aquel hombre.
—Aprender a decir que no… —murmuré para mí mismo en la oscuridad.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







