Capítulo 1 - El Filo del Legado
¿Qué son los sueños?
Gotas de lluvia chocando contra el asfalto pulido y el sonido agudo de las sirenas de coches de policía y ambulancias arremetía por las calles nocturnas. Sonidos que se intercalaban, peleando por imponerse uno sobre el otro.
Lo que vemos en ellos.
En el centro de la ciudad, un edificio iluminaba la fría noche de tormenta con llamas carmesíes extendidas hasta vertiginosas alturas que casi alcanzaban las nubes oscurecidas.
La policía acordonó rápidamente la zona. Los bomberos trataban de apaciguar el fuego con tecnología punta. Vehículos, uniformes y herramientas, todos compartían el mismo logo. El mismo que yacía torcido en lo alto de la entrada al edificio incendiado, con el metal humeante en las zonas quemadas.
Lo que sentimos mientras los tenemos.
En una de estas ambulancias, que solo contaba con una camilla, se encontraba un hombre en estado crítico.
—Synt… —el hombre intentó pronunciar un nombre, pero su voz se hundió entre balbuceos y una respiración anómala.
Las estructuras imposibles que se crean en nuestro cerebro.
Entre la multitud al otro lado del cordón policial, una reportera se abría paso con micrófono en mano y la mirada fija en el candente caos del edificio.
No dudó. Cuerpo y mente alineados. Sin conflicto y aceptando las consecuencias. La reportera atravesó la cinta policial y se acercó al edificio en llamas. Un dron se acercó con precisión, captando el mejor ángulo posible en cada toma.
—¡Reportamos en vivo desde el Centro de Vinculación Artificial! —comenzó, sujetando su micrófono con ambas manos frente a su pecho—. ¡El incidente en la propiedad privada de la familia Nox ha dejado miles de heridos! ¡Muchos de ellos se encuentran en estado crítico!
Una voz distorsionada por el ruido de la tormenta y las llamas interrumpió la narración de la reportera. Ella acercó la mano a su oreja para escuchar atentamente a la voz al otro lado del pinganillo y asintió levemente.
—Vale… —su voz tembló levemente, pero su mirada se mantenía firme frente al dron—. ¡Una víctima mortal confirmada! ¡Los sanitarios informan sobre extremidades desaparecidas en los heridos de gravedad!
Antes de poder continuar, dos policías se acercaron hasta la reportera. Uno de ellos inhabilitó el dron con una simple descarga eléctrica al tocarlo con la yema de sus dedos.
—¡Se encuentra en una zona comprometida! —avisó el otro policía—. ¡Por favor, retírese de inmediato!
Entre ambos escoltaron a la reportera de vuelta al otro lado de la cinta policial.
¿Son… reales?
Un destello de luz descendió desde las nubes ennegrecidas. El estruendo resonó por toda la ciudad. La lluvia no parecía que fuera a amainar pronto.
Entre el caos, donde las fuerzas del orden actuaban dentro de sus posibilidades para salvar vidas, algo comenzó a formarse. Ninguno de los presentes podía verlo, solo sentirlo.
No era algo tangible. Una bruma que comenzaba a rodear el edificio entero. Palpitante. Como si esta masa etérea acabase de nacer. O quizás… renacer.
[17 de Mayo del 4207 // 08:04]
[Edificio residencial de la familia Nox, habitación de Alen]
Una habitación dormida, inmersa en la oscuridad. Un ambiente frío y tan tenebroso como el de un callejón nocturno, con un ventanal teñido de un negro opaco como responsable.
Debajo del ventanal y en las esquinas se distinguían los bordes de los muebles iluminados por luces led blanquecinas.
El reloj marcó las 08:05 y el silencio de la habitación fue interrumpido por una alarma.
Los cristales opacos diluyeron el color negro para volverse completamente transparentes, dejando pasar la luz del sol. Los muebles minimalistas de una madera negra homogénea se veían claramente y sus luces se atenuaron.
La alarma continuó sonando, ahora acompañada por una melodía instrumental animada.
A pesar del aparente orden bajo el manto de oscuridad, ahora sustituido por la luz solar, la habitación estaba repleta de objetos metálicos, piezas dañadas y algo parecido a esqueletos robóticos incompletos.
Toda la habitación cobró vida ante la luz del sol. Entre todo el desorden metálico, un hombre se alzó entre las sábanas de una cama deshecha.
Con un solo gesto de la mano izquierda de aquel hombre, el sonido de la alarma cesó por completo y dejó paso a una voz artificial que resonó por toda la habitación.
—Buenos días, señor Alen —comenzó la voz sin rostro—. Hoy es martes, 17 de mayo. Le deseo un gran día. Y como dice su padre: “Que las innovaciones no paren de iluminarnos”.
El mensaje finalizó y la música animada hizo una transición suave a una música ambiental que se fusionó con la del resto de la casa.
—¿Desear un buen martes…? —dijo Alen con voz ronca—. Los martes son como pegarse dos tiros en la rodilla…
Concluyó la frase antes de abrir sus ojos por completo.
Todavía en mitad de la ensoñación, Alen dirigió su mirada hacia el ventanal y en él pudo vislumbrar su propio reflejo.
Pelo corto rizado de color negro carbón y mechas rojizas. Un leve brillo carmesí iluminó sus ojos de color salmón. El brillo se fue rápidamente y el color de toda la habitación parpadeó en tonos grisáceos por unos instantes.
La mente del joven Alen difuminó su reflejo sobre el cristal para perderse en la gran ciudad al otro lado, sin horizonte a la vista.
Cor Caeli
“Corazón del Cielo”
Una isla artificial levantada en el golfo de Vizcaya, entre las costas del norte español y el oeste francés. No pertenecía a ninguna de las dos. Independiente desde su fundación, Cor Caeli se alzaba a varios metros sobre la superficie del mar, asentada sobre una plataforma de más de doscientos kilómetros cuadrados. A los laterales, enormes túneles se sumergían para conectar la isla con ambos países.
La ciudad cuenta con más de un milenio de historia bajo la dirección de la familia Nox, comenzando por su fundador, Leonor Nox. Desde entonces, Cor Caeli creció hasta albergar a casi cuatro millones de personas: científicos, artistas, trabajadores y familias procedentes de todos los rincones del mundo.
Desde las alturas, su silueta hacía honor a su nombre.
Los sectores inferiores formaban una densa trama de edificios entrecruzados, estructuras geométricas irregulares y calles que parecían superponerse unas sobre otras como si fueran tejido orgánico. Hacia el norte, el terreno se elevaba y daba paso a rascacielos cada uno más prominente que el anterior. La disposición de ambos extremos dibujaba, de manera imperfecta, la figura de un corazón humano.
Puentes suspendidos unían distritos a cientos de metros de altura. Jardines verticales trepaban por las fachadas residenciales y, en el centro de la ciudad, un holograma gigantesco se alzaba lo suficiente como para ser visible desde prácticamente cualquier punto de la isla.
Pero había algo que se repetía en casi todas aquellas estructuras.
Noxite.
El material sobre el que los Nox habían construido buena parte de su legado. Poseía una resistencia comparable a la del diamante y una maleabilidad extraordinaria, pero era su aspecto lo que hacía inconfundible a Cor Caeli: superficies metálicas pulidas, teñidas de reflejos azulados que cambiaban de tonalidad a medida que la luz del sol recorría la ciudad.
Todo en Cor Caeli parecía haber nacido de la misma fórmula. Los Nox lo imaginaban primero. Después, lo construían.
Calles. Sistemas. Tecnologías que años más tarde terminaban adoptándose en el resto del mundo habían nacido allí, en una ciudad que nunca dormía y que parecía incapaz de dejar de crear.
Cor Caeli. Hogar de la innovación y de la gran familia Nox.
Alen mantuvo la mirada sobre aquellas vistas durante unos segundos más antes de apartarse del ventanal y dirigirse al piso inferior.
[17 de Mayo del 4207 // 08:32]
[Edificio residencial de la familia Nox, sala de estar]
La música ambiental continuaba en bucle por toda la casa. Lo bastante baja como para no resultar molesta, aunque tras demasiado tiempo podía terminar clavándose en la cabeza.
La sala de estar era amplia y sobria, decorada con lo justo. Un sofá con forma de C descansaba sobre un desnivel hundido junto a otro gran ventanal, todavía oculto tras las cortinas. Frente a él, unas escaleras ascendían hacia la segunda planta.
Alen desayunaba sentado en una de las esquinas de una gran mesa de noxite situada detrás del sofá. El material reflejaba bajo la luz un tenue brillo azulado.
Frente a él esperaba un gofre bien tostado. El borde naranja parecía crujiente incluso antes de tocarlo. El sirope brillaba sobre la superficie y una bola de helado de vainilla, colocada en el centro, comenzaba a derretirse lentamente por el calor.
Colores capaces de sugerir olores. Mirarlo casi equivalía a saborearlo.
Para Alen, no.
Los tonos cálidos y fríos del desayuno se deshicieron ante sus ojos hasta convertirse en una gama de grises. No era la primera vez. A esas alturas conocía demasiado bien aquella pérdida momentánea.
Desvió la mirada.
Como siempre, mirase donde mirase allí estaban. Infinidad de nombres, todos terminados en el mismo apellido.
«Creado por [X] Nox».
El mismo emblema repetido sobre electrodomésticos, vajilla, mobiliario y sistemas domésticos: una N azul cian de trazos finos, inclinada sobre una esfera blanca perfilada del mismo color.
La mirada de Alen terminó detenida en el borde del plato. Allí había otro nombre grabado.
Bluena Nox.
[Recuerdo de Alen]
[6 de Diciembre del 4198 // 22:53]
[Edificio residencial de la familia Nox, sala de estar]
La sala estaba cubierta de decoración festiva. Luces cálidas, adornos suspendidos y un árbol de Navidad robusto junto a la chimenea.
En mitad del salón, una mujer levantaba a un niño por encima de su cabeza mientras ambos reían sin preocupación.
[21 de Agosto del 4204 // 11:27]
[Funeraria de la ciudad, sala de velatorio]
El mismo niño, años después, permanecía frente a aquella mujer.
Esta vez los separaban un cristal y un ataúd.
A su alrededor se reunían familiares, figuras influyentes, científicos y personas vinculadas a la política mundial. Rostros conocidos para cualquiera que siguiera de cerca el apellido Nox.
Alen no conocía a nadie.
[Fin del recuerdo de Alen]
—Madre… —susurró.
El nombre seguía bajo sus dedos cuando oyó pasos al otro lado de la sala.
—Hijo, buenos días —saludó un hombre mientras descendía las escaleras.
—Buenos días, padre.
Redo Nox se acercó a la mesa. Alto y delgado, con el cabello negro carbón corto y rizado, la piel clara y unos ojos verdosos que el cansancio hacía parecer más apagados de lo habitual.
—Siento pedirte esto otra vez, pero esta noche tendrás que cuidar de tu hermana. Me quedaré hasta tarde en el centro de investigación. ¿Puedes hacerme ese favor?
—Claro…
—Gracias. En serio —Redo apoyó una mano sobre el respaldo de la silla cercana—. Esta investigación está resultando mucho más complicada de lo que imaginé. Todavía no entiendo cómo mi tío llegó siquiera a plantearse algo así.
Alen jugueteó con el tenedor antes de hablar.
—Padre… ¿por qué decidiste continuarla? ¿No habría sido mejor dejarla estar?
Redo tardó unos segundos en responder.
—Entiendo que lo pienses. Yo también sé lo que es crecer con un padre menos presente de lo que hubiera querido —dijo al fin—. Y más después de perder a mamá…
La voz se le quebró apenas un instante.
Redo se volvió hacia el ventanal y abrió las cortinas. La ciudad apareció al otro lado como un organismo gigantesco atravesado por luz, movimiento y sonido.
—Pero no podemos quedarnos atrás.
Torres sostenidas por campos magnéticos se alzaban sobre los distritos. Los jardines verticales sobre fachadas de cristal fotovoltaico. Vehículos se deslizaban por carriles aéreos y terrestres con una sincronización casi coreográfica, mientras drones de reparto zumbaban entre edificios.
Más allá, el holograma central de Cor Caeli dominaba el paisaje con noticias, anuncios y un chat global que se actualizaba a tal velocidad que resultaba imposible seguirlo.
El zumbido constante del progreso.
—Esto es lo que somos, Alen. Los Nox construimos el mañana.
Redo apoyó los dedos sobre el cristal. En el reflejo, por un instante, pareció mucho mayor de lo que era.
—Leonor Nox apostó por la humanidad durante los tiempos oscuros de finales del siglo XXI y sentó las bases de la sociedad que conocemos. Después, uno tras otro, cada Nox dejó su propia marca en nuestro legado.
Alen permaneció inmóvil.
—Hanna Nox unificó continentes con métodos que, en su época, parecían absurdos. German redefinió la energía solar hasta convertirla en el sistema autosostenible que alimenta esta ciudad. Bluena… —Redo hizo una pausa—. Tu madre conectó el mundo mediante una macrored capaz de modificar incluso la forma en que las naciones se relacionaban entre sí.
Se giró hacia su hijo.
—Y yo voy a terminar lo que mi tío no pudo. Voy a crear algo que lo cambie todo.
Las palabras pesaron sobre Alen como cadenas.
—Aquella investigación consumió su vida. Murió creyendo que había fracasado. Yo voy a demostrar que tenía razón. Que era posible.
Un pitido interrumpió la conversación. Redo consultó el reloj holográfico de su muñeca y su expresión cambió al instante.
—Lo siento, hijo. Parece que algo ha vuelto a fallar en el centro. Tengo que irme. Cuida de Fane esta noche, ¿sí?
No esperó respuesta. Tomó su chaqueta y abandonó la vivienda.
Alen siguió mirando el ventanal unos instantes más.
—¿Cambiar…? —murmuró—. Esta ciudad…
Algunas luces del salón parpadearon.
—Este mundo…
En el holograma central, los comentarios aparecían y desaparecían antes de que pudiera terminar de leerse ninguno.
Los colores volvieron a desvanecerse.
—Esta sociedad no ha cambiado una mierda.
Terminó el desayuno sin notar el sabor. Recogió el plato, lo lavó y lo dejó sobre la encimera. En el metal oscuro de los muebles apareció su reflejo deformado.
Dieciocho años. Rodeado de tecnología que medio mundo envidiaría. Heredero de un apellido que prometía grandeza antes incluso de que uno aprendiera a hablar.
Y, aún así, vacío.
Alen regresó a la sala y levantó la mirada hacia las escaleras.
—Mejor voy a revisar a Fane.
El gris permaneció unos segundos más antes de retirarse poco a poco.
[Edificio residencial de la familia Nox, pasillo de la segunda planta]
Alen se detuvo frente a una puerta de madera tallada con una precisión casi obsesiva. Golpeó suavemente un par de veces.
—¿Fane? ¿Estás despierta?
—¡Entra!
La habitación de su hermana era el opuesto casi exacto de la suya. Limpia. Ordenada. Cada objeto parecía ocupar el lugar que alguien había previsto para él.
Excepto las paredes.
Patrones morados y azules se entrelazaban entre diagramas, mapas neuronales, esquemas del cerebro humano y registros de ondas correspondientes a diferentes estados de consciencia.
Fane estaba sentada frente al escritorio, rodeada de hologramas que reproducían actividad cerebral en tiempo real. Llevaba el cabello negro recogido en una cola alta y sus ojos verdes, demasiado despiertos para aquella hora, recorrían datos a una velocidad difícil de seguir.
—Y… —murmuró—. Estás pensando en…
Giró la silla de golpe y apuntó hacia Alen con los dedos índice y corazón de la mano derecha. Dos pequeños sensores metálicos, semejantes a anillos modificados, reaccionaron al movimiento.
Los hologramas cambiaron.
La información capturada se simplificó ante el monóculo sujeto al ojo derecho de Fane.
—¡Gatos gorditos! —anunció con absoluta seguridad.
Alen dejó escapar una sonrisa.
—Casi. Estaba pensando en qué comprar para cenar. Curiosa forma de darle los buenos días a tu hermano.
—Entonces sigue sin ser exacto…
Fane se quitó el monóculo con una mezcla de frustración y entusiasmo.
—¿Nuevo proyecto? —preguntó Alen—. ¿Cómo va?
—Como has podido ver, todavía le queda. De todas formas, aún estando tan verde, puedo ver la actividad cerebral de quién apunto. También detecta emociones simples y extrae algún dato útil. Nada del otro mundo, todavía.
Alen reparó entonces en las ojeras bajo sus ojos.
—¿Has pasado toda la noche despierta con esto?
Fane se encogió de hombros mientras hacía girar la silla.
—No puedo evitarlo. El cerebro humano es increíble. Y los sueños… mundos tan personales, tan únicos entre sí.
Se inclinó hacia delante, completamente lúcida.
—Cuando soñamos, el cerebro se vuelve precioso. Es difícil explicarlo. Observarlo en esa fase es como mirar un espejo. Un espejo que refleja la forma más pura de nuestros pensamientos e imaginación. Un plano completamente distinto al nuestro, con sus propias reglas y lógica.
Alen se apoyó en el marco de la puerta.
—Tienes catorce años, Fane.
—¿Y? —preguntó ella, genuinamente confundida—. ¿Debería ser diferente?
—No. En absoluto. Solo… me alegra verte tan feliz con algo que te apasiona.
Alen guardó silencio un instante.
—De hecho, eso me recuerda una cosa importante.
—¿Ah, sí? —Fane sonrió como si ya supiera perfectamente adónde quería llegar.
Alen desapareció por el pasillo y regresó poco después con las manos escondidas detrás de la espalda.
—Catorce años recién cumplidos, si me permites corregir. Y, si soy sincero, no llegué a comprarte nada. Se me fue el tiempo entre las manos.
La sonrisa de Fane titubeo un instante.
—Entonces…
El monóculo en su ojo derecho, mediante la actividad cerebral de Alen, mostró la forma de un objeto familiar para ambos hermanos.
Alen lo mostró sin prolongar más el suspense.
Una navaja de noxite latente tallada a mano.
—Cuando mamá terminó sus investigaciones, dedicó parte de su tiempo a trabajar el noxite a mano. Algunos muebles de esta casa los talló ella misma —explicó Alen—. Esto fue lo último que creó antes de… morir.
Fane dejó de respirar durante un instante.
La navaja no estaba pensada como arma. Su filo, transparente y sin capacidad real de corte, encerraba en su interior una sucesión de nombres que brillaban en azul cian: generaciones enteras de la familia grabadas dentro del material.
En uno de los laterales del mango aparecía una única palabra
«Nox».
—Mamá la creó como símbolo de la fuerza de esta familia. De nuestra capacidad para atravesar las adversidades creando algo nuevo —continuó Alen—. Y creo que tú eres quien debería llevarla.
—Alen… yo no…
—Es tuya.
Le acarició el pelo con suavidad.
—Tu cabecita loca va a lograr muchísimo. Créeme.
Fane recorrió el filo transparente con un dedo hasta detenerse sobre el nombre de Bluena.
Tenía demasiadas preguntas y ninguna encontró salida.
Sonrió mientras se limpiaba las lágrimas.
—Gracias. Es… el mejor regalo que me han hecho nunca.
—Cuídala bien.
—Lo prometo.
Fane colocó la navaja en un marco holográfico sobre la cama. Dos imanes adaptados al material de la navaja la sujetaron entre los diagramas de la pared.
Ambos hermanos permanecieron en silencio unos segundos.
—Bueno, cumpleañera. ¿Qué te parece si lo celebramos?
—¡Pizza! —Fane saltó sobre la cama—. Pizza real, ¿eh? No esa sintética tan rara que sacaron los hermanos Geminis. Que, por cierto, de italianos tienen poco y de pizzeros todavía menos.
—Pizza real. Tranquila, yo me encargo de que así sea.
Alen dudó antes de añadir:
—Aunque Syntia vendrá también.
La sonrisa de Fane finalmente se rompió.
—Oh. Ella.
—Fane…
—No pasa nada —dijo, dejándose caer sobre la cama—. Es tu novia. Es normal que quieras que esté aquí.
—Pero…
Fane paseó la mirada por la habitación mientras buscaba las palabras.
—Hay algo en ella que no termino de entender.
—¿Qué quieres decir?
Los ojos de Fane regresaron a su hermano.
—Cuando habla… todo encaja demasiado bien. El gesto correcto en el momento correcto. La frase correcta. Incluso cuando intenta ser casual, parece que estuviera siguiendo un protocolo. Como un asistente virtual intentando comportarse como una persona.
Alen frunció el ceño.
—Quizá solo intenta caerte bien. A veces es muy reservada con ella misma y eso también le afecta a ella. No todos somos especialmente expresivos con lo que sentimos y frente a ti hay un ejemplo perfecto.
—Eso no puedo negarlo —admitió Fane—. Igual lo estoy sobreanalizando. Papá dice que es mi mayor defecto.
Alen se acercó y le revolvió aún más el cabello con ambas manos.
—Tu mayor virtud, querrás decir. Es lo que te hace tan perspicaz.
Alen esbozó una sonrisa en su cara. Una sonrisa frágil. En silencio, se dirigió a la puerta de la habitación y ahí añadió antes de irse.
—Llegará sobre las ocho. Intenta ser tú misma, ¿vale?
—Siempre lo soy.
Fane se sentó de nuevo en su silla y dio una última vuelta en la silla, quedando de espaldas a Alen.
Cuando la puerta se cerró, sus ojos permanecieron observando el monóculo y los sensores en forma de anillos unos segundos más.
Pensando.
[17 de Mayo del 4207 // 09:14]
[Edificio residencial de la familia Nox, habitación de Alen]
Nada más entrar, Alen volvió a mirar hacia el ventanal.
El holograma central de la ciudad mostraba un nuevo titular:
«Las autoridades desmantelan una red de tráfico ilegal de maquinaria androide en la zona sur de Nero-Washington».
—Mierda.
Se sentó frente al escritorio, apartó varios componentes incompletos y encendió su ordenador holográfico. Navegó hasta una página llamada «NierDroid».
Caída.
—Otra más… Cada vez las tumban más rápido.
Levantó la mirada hacia el holograma de la ciudad y, casi sin querer, terminó leyendo la sección de comentarios de ese mismo titular. Celebraciones. Aplausos. Mensajes agradeciendo a las autoridades.
Apenas podía terminar de leer un comentario antes de que uno nuevo sepultara el anterior.
Alen giró la silla hacia su habitación.
Prototipos incompletos. Piezas dispersas. Esqueletos mecánicos sin terminar.
—¿Y ahora qué?
Nadie le respondió.
Las horas transcurrieron sin dejar nada memorable.
A medida que cayó la noche, los destellos de los vehículos se hicieron más visibles entre las avenidas, formando estelas de luz semejantes a auroras artificiales. La energía solar acumulada durante el día iluminaba la ciudad sin interrupción.
Cor Caeli no dormía.
Alen salió a comprar pizza real. Fane recogió la sala de estar. Y Syntia llegó exactamente a la hora acordada.
[17 de Mayo del 4207 // 20:00]
[Edificio residencial de la familia Nox, sala de estar]
A las ocho en punto sonó el timbre.
Ni antes.
Ni después.
Alen abrió la puerta.
Syntia Kaels esperaba al otro lado con una bolsa abultada colgando de su mano derecha.
Su cabello beige, voluminoso y cortado en capas, dejaba ver varias mechas naranjas entre los mechones. Los ojos avellana destacaban sobre una piel cálida y uniforme, interrumpida en el lado izquierdo por una extensa marca de nacimiento rojiza que cubría el brazo entero y se prolongaba por el costado. Las uñas de esa misma mano eran negras de forma natural.
Por último, a la vista desde cualquier ángulo, posada sobre su pelo yacía una flor de cristal con sus pétalos blancos impolutos semitransparentes ladeada ligeramente hacia la izquierda.
Había algo llamativo en ella sin que pareciera intentarlo. Una presencia equilibrada, demasiado fácil de mirar.
—Hola, Alen —saludó con una voz suave y controlada—. ¿Qué tal el día, cielo?
—Lo demás es discutible, pero la noche empieza bien.
Syntia apoyó la mano izquierda sobre su mejilla y sonrió.
—Me alegra oírlo.
Alen se quedó atrapado un segundo de más en aquella sonrisa antes de fijarse en la bolsa que ella portaba.
—Traigo una selección de películas antiguas —explicó Syntia antes de que pudiera preguntar—. Son de mi padre. Le encanta el cine de los 3000s y tiene una habitación entera dedicada a su colección.
Se acercó a Alen hasta casi rozarlo y bajó la voz.
—Después de cenar podríamos trasnochar viendo alguna.
Alen parpadeó y tragó saliva.
—Eso es… alentador.
—Por supuesto.
Syntia le guiñó un ojo y entró.
Alen cerró la puerta.
—«¿Reservada…?» —murmuró para sí—. Madre mía.
Desde el sofá, Fane observaba.
Syntia respondió a aquella mirada analítica con un saludo casual y una sonrisa medida.
Fane miró a su hermano como si acabara de obtener una prueba.
«¿Lo ves?». Gritaban sus ojos.
Syntia se acercó un poco más a ella.
—Hola, Fane. Cuánto tiempo. ¿Eso que llevas es un invento nuevo?
Señaló el monóculo con su índice izquierdo.
—No exactamente. Lo tengo desde hace un tiempo. Me resulta útil para estudiar.
Fane activó discretamente los sensores de sus dedos y apuntó hacia Syntia desde el otro lado del sofá, ocultando la mano entre los cojines.
El monóculo comenzó a recibir datos.
Actividad cerebral normal. Nada fuera de lugar.
Alen, que había seguido toda la maniobra desde lejos, exhaló por la nariz.
—Syntia, puedes dejar las películas en mi habitación. Fane y yo prepararemos la mesa.
—Escaleras arriba, al fondo y a la derecha —respondió ella antes de que él pudiera indicárselo—. Entendido.
Syntia desapareció por el pasillo de la segunda planta.
Fane mantuvo los sensores orientados hacia ella hasta perderla de vista.
Alen se colocó entre su hermana y las escaleras.
Los sensores cambiaron de objetivo y en el monóculo se mostró una combinación inmediata de irritación, nerviosismo y desazón.
—¿Qué se supone que esperas ver? —preguntó.
—Te lo he dicho. No termino de fiarme de ella.
Alen dejó escapar un suspiro, cansado de la recurrente discusión.
—¿Por qué te da tan mala espina su forma de ser?
—Todos tenemos fallos —respondió Fane—. Nadie actúa de forma perfecta todo el tiempo. Ella hace demasiadas cosas bien. Debe de…
—Ahora sí estás exagerando.
—Mi mayor virtud, ¿no?
—Siguiendo tu propia lógica, quizá su defecto sea precisamente esa forma extraña de relacionarse que tanto te incomoda.
Fane bajó la mirada.
—Puede ser… pero sigo sin fiarme.
Alen se arrodilló frente a ella.
—Fane. Sé que te preocupas por mí. Y te lo agradezco, de verdad.
—Pero…
Alen tardó unos segundos en continuar.
—¿Recuerdas cuando murió mamá? Padre se encerró en el trabajo. Tú te refugiaste en tus estudios. Cada uno intentó soportarlo como pudo.
Fane asintió en silencio.
—Yo también lo intenté. Quise enfocarme por completo en mi pasión, pero no funcionó. No tenía nada que me hiciera sentir que importaba. Nada en lo que pudiera decir que era bueno. Y, mire donde mire, aquello que me gusta está considerado obsoleto y tabú.
Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra el sofá.
—Ese sentimiento ya estaba ahí antes de que mamá muriera. Después solo empeoró. Y Syntia… Ella fue la primera persona que consiguió hacerme sentir alguien.
Alen levantó la vista.
—Necesito esto, Fane. Necesito creer que soy algo más que un fracaso rodeado de genios.
El monóculo continuaba mostrando datos.
Vulnerabilidad. Desesperación. Soledad. Nada fingido.
Fane sintió un nudo en la garganta.
—No eres un fracaso…
—Pero me siento como uno. Cada día. En esta casa llena de nombres grabados sobre el inmaculado legado de la familia. ¿Y yo? —Alen sonrió con amargura—. Me he resignado a ser como el tío de padre. «Otro Nox que no inventó nada». Pero a pesar de eso, he encontrado a alguien que me hace feliz. No quiero perderla.
Fane se quitó el monóculo y lo dejó a un lado.
—Está bien. Le daré una oportunidad, de verdad. No más análisis raros.
Aun mientras lo decía, una parte de ella seguía notando una grieta imposible de localizar.
Algo que no encajaba.
—Gracias.
Alen se levantó y le tendió la mano.
—Ahora, ¿preparamos la mesa antes de que la pizza se enfríe?
Fane aceptó la mano extendida de su hermano y ambos se dirigieron hacia la mesa del comedor. Ninguno de los dos reparó en la figura inmóvil en lo alto de las escaleras. Syntia permanecía oculta entre las sombras del pasillo superior.
La oscuridad hacía imposible distinguir su expresión facial.






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