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Destinos Entrelazados

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Sinopsis

Joshua Tanaka, de cinco años, pierde a sus padres en un accidente: su tío Kenji los mandó matar por la herencia del hotel. Huérfano y en un orfanato, descubre la verdad y jura vengarse. Años después, bajo una identidad falsa, se convierte en el chófer de su propio tío para destruirlo desde dentro. Pero su plan se complica cuando conoce a Aoi, la sirvienta que lleva el dije de su madre... y que se enamora de él sin saber quién es. Entre la venganza que lo consume y un amor que no quiere sentir, Joshua tendrá que decidir cuál de los dos destinos lo define. Una historia de drama, suspenso y venganza donde cada capítulo esconde un secreto y cada amor tiene un precio.

Genero:
Drama
Autor/a:
MarcosJuarez
Estado:
Completa
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La Herencia Maldita

Osaka, Japón. Una ciudad que nunca duerme… excepto aquella noche.

En el barrio de Tennoji, entre callejones que olían a ramen y tiendas que cerraban tarde, se alzaba un edificio modesto de tres plantas.

En la primera había una tienda de artículos tradicionales: teteras de hierro, furoshiki de colores, incienso y pequeños talismanes. En las dos plantas de arriba estaba el pequeño hotel familiar. No era gran cosa —doce habitaciones, un vestíbulo con el tatami gastado y una recepción de madera oscura—, pero era el orgullo de la familia Tanaka.

Quienes conocían el lugar sabían que no era un hotel lujoso. Algunas puertas se atascaban en los días húmedos y el suelo crujía en el pasillo del segundo piso. Sin embargo, los huéspedes regresaban por la amabilidad de sus dueños, por el té caliente que les ofrecían al llegar y por aquella sensación de estar en un sitio donde alguien se preocupaba por ellos. Hiroshi solía decir que un negocio pequeño podía ofrecer algo que los grandes hoteles olvidaban: un hogar lejos de casa.

La noche había caído sobre el barrio cuando sonó el teléfono de la casa de los Tanaka.

Hiroshi Tanaka, un hombre de treinta y cinco años con una mandíbula firme y la mirada tranquila que había heredado de su padre, estaba en la sala repasando las cuentas de la tienda cuando el teléfono interrumpió su concentración. Su esposa, Yuki, una mujer de gestos suaves y una risa que iluminaba el local entero, estaba en la cocina lavando las últimas tazas de té que habían usado los huéspedes del hotel.

—¿Diga? —contestó Hiroshi, con el lápiz aún en la mano.

Al otro lado, una voz formal y pausada lo saludó:

—¿Hiroshi Tanaka? —preguntó el interlocutor—. Soy el señor Nakamura, abogado de la familia Tanaka. Lamento informarle que su padre, Kazuo Tanaka, ha fallecido esta tarde. Ha sido un infarto. Rápido y sin sufrimiento. Mis condolencias.

Hiroshi se quedó en silencio un largo momento. El lápiz se le escapó de los dedos y cayó sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Padre? —murmuró, como si necesitara confirmarlo.

—Sí. Lo siento mucho, señor Tanaka. Su padre dejó instrucciones claras: el testamento se leerá pasado mañana en mi despacho. Es importante que asista. Y también su hermano, Kenji.

Hiroshi cerró los ojos. Sentía el peso de la noticia aplastándole los hombros, pero también algo más, algo que no supo nombrar en ese momento: una inquietud que le rozó la nuca como un viento frío.

Durante años, había imaginado que algún día recibiría una llamada sobre la salud de su padre. Kazuo no era joven y últimamente se cansaba con facilidad, aunque nunca aceptaba ayuda sin protestar. Hiroshi recordó sus manos ásperas, la manera en que revisaba personalmente las habitaciones y su costumbre de probar el té antes de servirlo a los clientes. No estaba preparado para que todos esos recuerdos se convirtieran, de pronto, en cosas del pasado.

Yuki, que había oído la conversación desde la cocina, se acercó y le tomó la mano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz suave.

—Mi padre ha muerto —dijo Hiroshi, y la voz le tembló por primera vez—. El abogado dice que el testamento se leerá pasado mañana.

Yuki lo abrazó en silencio. No hacían falta palabras. La muerte de Kazuo Tanaka, el patriarca que había construido el hotel y la tienda con sus propias manos, dejaba un vacío que ni el tiempo ni las palabras podían llenar.

Hiroshi apoyó la frente en el hombro de su esposa. Por un instante quiso levantarse, llamar a su padre y preguntarle si todo aquello era una equivocación. Pero el teléfono permanecía inmóvil sobre la mesa y la realidad no cambió. Yuki le acarició la espalda sin apresurarlo. Afuera, una bicicleta pasó sobre el pavimento mojado y alguien cerró la persiana metálica de un comercio.

Esa noche, en el apartamento de Kenji Tanaka, el teléfono también sonó.

Kenji, un hombre de treinta y dos años con el pelo engominado hacia atrás y un traje caro que nunca se quitaba ni en casa, contestó con impaciencia.

—¿Sí?

—Señor Tanaka —dijo la voz del abogado—. Lamento informarle que su padre ha fallecido esta tarde. El testamento se leerá pasado mañana en mi despacho. Es importante que asista.

Kenji no respondió de inmediato. Se quedó mirando el techo y tamborileó los dedos sobre la mesa. Cuando habló, su voz era plana. Demasiado plana.

—Entiendo. Gracias por avisarme.

Colgó y se quedó sentado un largo rato, con la mirada fija en la pared, pensando en el hotel. Pensando en la tienda. Pensando en todo lo que su padre estaba a punto de decidir en su testamento.

Recordó las ocasiones en que había visitado el hotel y había sentido que su hermano recibía todas las miradas de aprobación. Hiroshi conocía a los proveedores, recordaba los nombres de los huéspedes y parecía saber siempre qué decir. Kenji, en cambio, había terminado convencido de que cualquier cosa que hiciera sería comparada con lo que su hermano ya había conseguido. Nunca se preguntaba si esa impresión era justa; para él, la herida se había vuelto una certeza.

Y en sus ojos, fríos y calculadores, no había tristeza. Había otra cosa. Algo que no era propio de un hijo que acababa de perder a su padre.

Pasado mañana, el despacho del señor Nakamura olía a papel viejo y a incienso. Era un lugar pequeño, con una mesa de madera oscura, archivadores metálicos y una ventana que daba a una calle tranquila del centro de Osaka. Hiroshi y Yuki llegaron juntos, vestidos de negro. Kenji llegó unos minutos después, con el mismo traje impecable, el pelo perfectamente peinado y una expresión que pretendía ser de duelo, pero sonaba falsa.

El señor Nakamura, un hombre mayor de gafas finas, los hizo sentar y abrió el testamento con manos temblorosas.

—He sido el abogado de la familia Tanaka durante cuarenta años —comenzó, con voz pausada—. Y he sido testigo de muchas cosas. Pero pocas decisiones han sido tan claras como la que su padre tomó antes de morir.

Desdobló el documento y leyó:

—El hotel y la tienda de la familia Tanaka, así como todas las propiedades y bienes del clan, pasan a mi hijo mayor, Hiroshi Tanaka, en su totalidad. Es mi voluntad que continúe el negocio familiar con la misma dedicación con la que yo lo construí.

Hiroshi sintió un nudo en la garganta. A su lado, Yuki le apretó la mano.

No sintió alegría al escuchar aquellas palabras. Pensó en las horas que su padre había pasado reparando el hotel, en los inviernos en que ambos se levantaban antes del amanecer y en las discusiones que habían tenido sobre cómo mantener el negocio abierto. Recibirlo todo no le parecía un premio, sino una responsabilidad que de pronto pesaba mucho más que antes.

El señor Nakamura hizo una pausa y miró a Kenji por encima de las gafas.

—A mi hijo menor, Kenji Tanaka, no le corresponde ninguna propiedad ni bien de la familia. Esta decisión es irrevocable.

El silencio que siguió fue pesado. Como el segundo antes de que caiga un rayo.

Kenji no dijo nada al principio. Se quedó sentado, inmóvil, con las manos cruzadas sobre la mesa. Cuando habló, su voz era baja, controlada y peligrosamente calmada.

—Entiendo —dijo lentamente—. Mi padre, en su sabiduría, ha decidido que su hijo menor no merece nada. Otra vez. Como siempre.

—Kenji —intervino Hiroshi con voz suave—. No es así. El hotel y la tienda son el trabajo de toda una vida. Padre quería…

—¿Qué quería? —lo cortó Kenji, con una frialdad que hizo que hasta el abogado se estremeciera—. ¿Qué quería, Hiroshi? ¿Que yo siguiera siendo el hijo que lo avergonzaba, mientras tú te quedabas con todo? ¿Otra vez?

Hiroshi abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no sonara como una excusa. Quería decirle que podían hablar después, que no tenía intención de apartarlo de la familia y que el testamento no borraba los años que habían compartido. Sin embargo, también sabía que Kenji no estaba dispuesto a escucharlo en aquel momento.

Kenji se levantó de la silla con movimientos lentos y controlados.

—Esto no se acaba aquí, hermano —dijo, tan bajo que casi era un susurro—. Esto no se acaba aquí.

Y salió del despacho sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe que resonó en toda la sala.

Hiroshi se quedó mirando la puerta, con una expresión de inquietud que no sabía explicar. Yuki le tomó la mano y él se la apretó, pero no dijo nada.

Tres días después, en un callejón al otro lado de la ciudad, Kenji Tanaka estaba sentado en un bar de mala muerte. Frente a él, dos hombres con gabardinas y sombreros bajos lo escuchaban en silencio.

El lugar estaba casi vacío. Una televisión colgada detrás de la barra emitía un programa sin sonido y la lluvia golpeaba el toldo de la entrada. Kenji había elegido aquella mesa porque quedaba lejos de las ventanas y porque nadie allí parecía interesado en hacer preguntas. Aun así, miraba hacia la puerta cada vez que alguien entraba.

—El coche —dijo Kenji con voz baja—. Tiene que parecer un accidente.

—¿El hijo? —preguntó uno de los hombres con voz áspera.

—No. Solo el hermano y su esposa. El niño no tiene importancia.

Los dos hombres intercambiaron una mirada. Uno de ellos asintió lentamente.

—Será caro.

—Os pagaré bien —dijo Kenji, y sacó un sobre grueso de su chaqueta—. La mitad ahora. La otra mitad cuando esté hecho.

El hombre tomó el sobre y lo guardó sin mirarlo.

—Lo haremos esta noche. La carretera de la costa, cerca del puente. Es un tramo tranquilo, sin cámaras.

Kenji asintió. Tomó su vaso de whisky y lo vació de un trago.

—Que parezca un accidente —repitió, como si necesitara convencerse a sí mismo—. Solo eso.

Por un instante, el rostro de Hiroshi apareció en su memoria: la expresión tranquila con la que había intentado hablarle en el despacho. Kenji apretó la mandíbula y apartó el recuerdo. Se dijo que su hermano le había quitado algo que le pertenecía, aunque sabía que Hiroshi no había redactado el testamento. La excusa no deshacía la decisión que acababa de tomar; solo le permitía seguir adelante sin mirarla de frente.

Esa misma noche, en la casa de los Tanaka, la vida seguía su curso normal.

Joshua, de cinco años, estaba acurrucado en su cama, con un peluche de oso apretado contra el pecho. Su madre, Yuki, le había contado un cuento sobre un dragón que protegía un tesoro, y el niño se había quedado dormido con una sonrisa en los labios.

Antes de dormirse, Joshua le había preguntado si los dragones podían reconocer a las personas buenas. Yuki le había respondido que los cuentos no siempre daban respuestas sencillas, pero que las acciones de una persona decían mucho más que sus palabras. El niño no había entendido del todo la explicación; solo había asentido, satisfecho con la idea de que un dragón pudiera proteger algo importante.

Yuki se quedó un momento mirándolo, con una ternura infinita. Luego, lentamente, se llevó la mano al cuello y se quitó un pequeño dije que siempre llevaba consigo. Era una pieza antigua de plata, con forma de flor de cerezo en miniatura y delicadamente grabada. En el reverso, casi invisible, había una letra pequeña: una «T», inicial de la familia Tanaka.

—Esto era de mi madre —susurró Yuki—. Y ahora será tuyo. Para que siempre lleves algo de mí contigo… pase lo que pase.

Con dedos suaves, le pasó la cadena por el cuello al niño dormido. El dije descansó sobre su pecho, junto al peluche, brillando débilmente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.

—Duerme bien, mi pequeño —dijo, y le dio un beso en la frente—. Te quiero, Joshua. Nunca lo olvides.

Se quedó un momento más mirándolo, como si quisiera grabar aquella imagen en su memoria para siempre. Recordó el día en que su madre le había entregado la joya y le había explicado que algunos objetos familiares guardaban recuerdos que no debían perderse. Yuki nunca había considerado el dije un objeto mágico ni una garantía contra la desgracia. Era, sencillamente, una manera de mantener cerca a quienes amaba.

Luego se levantó, apagó la luz y cerró la puerta con cuidado, dejando al niño dormido con su dije de plata brillando en la penumbra.

En la sala, Hiroshi se ponía la chaqueta.

—¿Seguro que tienes que ir? —preguntó Yuki desde la puerta.

—Es solo un encargo para la tienda —dijo Hiroshi con una sonrisa—. El proveedor de las teteras me pidió que pasara esta noche. Volveré en una hora, como mucho.

—Podría esperar a mañana.

—Mejor no. El cliente lo necesita pronto. No tardaré, te lo prometo.

Yuki sonrió y le dio un beso.

—Ten cuidado.

—Siempre.

Hiroshi miró hacia las escaleras, como si quisiera comprobar que Joshua seguía dormido. Después volvió la mirada hacia su esposa.

—Cuando regrese, podemos desayunar los tres juntos. Hace días que no tenemos una mañana tranquila.

—Te guardaré algo rico —respondió ella.

Fue una promesa sencilla, de esas que se hacen sin pensar que algún día podrían convertirse en un recuerdo doloroso.

Hiroshi salió de la casa y se dirigió al coche familiar, un sedán azul que estaba aparcado en la calle. Arrancó el motor, encendió la radio y se puso en marcha hacia la carretera de la costa.

No sabía que era la última vez que conduciría ese coche.

En el callejón, el teléfono de Kenji vibró. Era un mensaje de uno de los hombres: «En posición. El coche viene».

Kenji miró el mensaje durante un largo momento. Sus dedos temblaban ligeramente sobre la pantalla.

«Hazlo», escribió y envió.

En la carretera de la costa, cerca del puente, en un tramo sin cámaras y sin farolas, apareció un camión de la nada. Hiroshi giró el volante bruscamente, pero era demasiado tarde. El sedán azul se estrelló contra la barandilla, giró sobre sí mismo y cayó por el terraplén hacia la oscuridad.

Hubo un crujido de metal. Un destello de luces. Y luego, silencio.

En el bar de mala muerte, Kenji esperaba. Su teléfono vibró de nuevo.

«Listo. Parece un accidente. Nadie lo dudará».

Kenji leyó el mensaje. Se quedó mirando la pantalla durante un largo rato, sin saber qué sentir. No había triunfo en su pecho. Solo un vacío frío que se extendía por dentro.

—Bien —murmuró, y apagó el teléfono.

A la mañana siguiente, el sol salió sobre Osaka como si nada hubiera pasado. Pero en el barrio de Tennoji, la noticia se extendió como un incendio.

En la casa de Hana, la vecina de los Tanaka, sonó el teléfono a las seis de la mañana. Hana, una mujer de treinta años con el pelo recogido en un moño desordenado, contestó con voz aún dormida.

—¿Diga?

—¿Señora Hana? —la voz al otro lado era la de un oficial de policía—. ¿Es usted familiar de Hiroshi Tanaka?

Hana se sentó en la cama de golpe, despierta del todo.

—Soy su vecina. ¿Qué ha pasado?

—Ha habido un accidente en la carretera de la costa —dijo el oficial con voz grave—. El señor Tanaka y su esposa… Lo siento mucho. No sobrevivieron.

El mundo se detuvo.

Hana apretó el teléfono contra la oreja, sin poder respirar. No podía ser. No podía ser verdad.

—¿Y el niño? —preguntó con la voz quebrada—. Tienen un hijo. Joshua. Tiene cinco años. ¿Dónde está el niño?

—El niño estaba en casa —dijo el oficial—. No viajaba con ellos. ¿Puede usted hacerse cargo de él hasta que llegue la familia?

Hana miró hacia la ventana, hacia la casa de los Tanaka, donde Joshua dormía sin saber nada.

—Sí —susurró—. Sí, yo me hago cargo.

Colgó el teléfono. Sus manos temblaban.

Durante unos segundos se quedó sentada, incapaz de moverse. Recordó las veces que Yuki había cruzado la calle para llevarle una taza de té, o cuando Hiroshi le había arreglado una bisagra sin aceptar dinero a cambio. No eran simples vecinos. Eran parte de la pequeña rutina que hacía que el barrio se sintiera como una familia.

Salió de su casa y cruzó la calle con paso incierto. Entró en la casa de los Tanaka con la llave de repuesto que Yuki le había dado para emergencias.

Subió las escaleras con el corazón golpeándole el pecho.

Y abrió la puerta de la habitación de Joshua.

El niño seguía durmiendo, con su oso de peluche apretado contra el pecho y una sonrisa tranquila en el rostro. No sabía nada. No sabía que su padre y su madre nunca volverían.

Hana se quedó en la puerta, mirándolo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no hizo ningún ruido.

—Lo siento, pequeño —susurró con la voz rota—. Lo siento tanto.

Se sentó en el borde de la cama, junto al niño dormido, y le tomó la mano. Entonces vio el pequeño dije de plata sobre su pijama. Lo acomodó con cuidado para que no se enganchara en la ropa y sintió que aquella joya, tan pequeña, era ahora una responsabilidad que debía proteger.

Joshua se movió y abrió los ojos lentamente.

—¿Hana? —preguntó, todavía adormilado—. ¿Dónde está mamá?

Hana intentó responder, pero la voz no le salió al principio. Le apartó un mechón de pelo de la frente y le acarició la mano.

—Estoy aquí contigo, cariño.

—¿Y papá? ¿Ya volvió?

La pregunta le rompió el corazón. Hana sabía que no podía explicarle una pérdida así de golpe, pero tampoco quería mentirle.

—Ha ocurrido algo muy triste —dijo con cuidado—. Tus papás tuvieron un accidente. Los médicos intentaron ayudarlos, pero… no van a volver a casa.

Joshua la miró sin comprender. Esperó unos segundos, como si las palabras fueran una broma que pronto terminaría. Después apretó el oso contra el pecho.

—Pero mamá dijo que me iba a guardar el desayuno…

Hana lo abrazó. Joshua comenzó a llorar, confundido por una realidad demasiado grande para sus cinco años. Ella no intentó pedirle que dejara de llorar ni le prometió que todo volvería a ser como antes. Solo lo sostuvo, repitiéndole que no estaba solo.

Fuera, en la calle, una sirena lejana se acercaba. Osaka despertaba a un nuevo día, indiferente al dolor que acababa de nacer en el corazón de un niño de cinco años que aún no sabía cómo vivir sin sus padres.

Y en algún lugar de la ciudad, Kenji Tanaka miraba por la ventana de su apartamento, con el teléfono apagado en la mano, y sentía el peso de lo que había hecho aplastándole los hombros.

La herencia maldita había cobrado su primera víctima.

El precio, sin embargo, apenas empezaba.

-continuara

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