Mi Prometido & Mi Hermana
Faltaban cuarenta minutos para mi boda cuando Elisa, mi hermana, terminó de acomodarme el velo por tercera vez.
Había pasado los últimos diez minutos detrás de mí, estirando la tela, retrocediendo para observarla y encontrando de inmediato algún defecto que solo ella parecía capaz de ver. Yo había intentado permanecer quieta, pero después de casi tres horas entre maquillaje, fotografías y personas entrando y saliendo, empezaba a sospechar que pedirle inmovilidad a una novia era una forma particularmente cruel de tortura.
—Si vuelves a girar la cabeza, lo dejo así y cuando veas las fotografías dentro de veinte años no quiero escuchar una sola queja —advirtió con una horquilla entre los labios.
La observé desde el espejo, divertida a pesar de los nervios que llevaba toda la mañana ignorando.
—Dentro de veinte años tendré problemas más importantes que un velo torcido, Elisa. Además, llevas quince minutos diciendo que ya terminaste. Empiezo a pensar que solo disfrutas tirándome del cabello.
Rio y colocó la horquilla.
—Lo que disfruto es impedir que salgas pareciendo una víctima de un huracán. Treinta segundos más y después puedes volver a controlar el sistema financiero nacional.
Rodé los ojos, aunque la sonrisa permaneció. Era algo que Elisa repetía desde hacía años: según ella, yo no podía atravesar una cena familiar sin hablar de tasas de interés o resultados trimestrales. Marco también solía burlarse. Decía que algún día me encontraría dormida abrazada a un informe financiero en lugar de a él.
Por eso resultaba absurdo que la prensa económica llevara semanas hablando de mi boda como si no fuera una boda.
La unión Borda-Ibarra.
Banco Borda y Banco Ibarra llevaban décadas compitiendo por clientes, patrimonios y cada oportunidad lo bastante grande como para ocupar páginas enteras de los periódicos. Mi padre presidía el primero; Vicente Ibarra, el segundo. Marco y yo, aparentemente, éramos la prueba de que dos familias que llevaban años intentando superarse podían por fin compartir algo sin convertirlo en una guerra. Resultaba especialmente conveniente ahora que ambos bancos negociaban juntos la adquisición de una tercera entidad que llevaba meses intentando evitar el colapso.
La operación era enorme. Mi boda, aparentemente, también: cuatrocientos invitados entre empresarios, accionistas, miembros de ambos consejos y periodistas que habían conseguido invitación bajo la promesa de no convertir la recepción en una conferencia de prensa.
Mi padre repetía que aquella boda transmitía estabilidad. Yo prefería pensar que simplemente me casaba con el hombre al que llevaba siete años queriendo.
—Estás haciendo esa cosa otra vez —comentó Elisa.
—¿Qué cosa?
—Irte mentalmente a una reunión. Deberías estar pensando en tu noche de bodas.
Lo dijo con un tono tan deliberadamente sugerente que fruncí la nariz.
—Gracias, justo la imagen que necesitaba con cinco personas entrando y saliendo de la habitación.
Se rio, y iba a añadir algo cuando la puerta se abrió. Mi padre entró sin llamar. Héctor Borda llevaba toda mi vida entrando en las habitaciones como si las puertas fueran una formalidad que existía para otras personas. Vestía un esmoquin perfectamente ajustado y sostenía el teléfono; incluso el día de la boda de su hija parecía estar a una llamada de distancia de alguna emergencia financiera.
—Treinta y cinco minutos —anunció—. Los Ibarra ya están abajo y varios miembros del consejo preguntaron si podrán saludarte antes de la ceremonia.
—No pienso hablar de trabajo antes de casarme, papá. Si alguien me pregunta por la adquisición con este vestido, fingiré que no sé qué es un banco.
—Eso sí sería noticia.
Se acercó y por un instante dejó de parecer el presidente de Banco Borda. Me besó la frente con cuidado de no arruinar el maquillaje.
—Tu madre habría estado orgullosa de verte.
La ligereza de la habitación desapareció. Miré hacia arriba para impedir que los ojos me ardieran.
—No hagas eso ahora. La maquilladora ya amenazó con abandonarme si vuelvo a llorar.
—Entonces no llores. Hemos gastado demasiado dinero en ese rostro.
—Eso sí suena a ti.
Respondió una llamada casi al mismo tiempo que cruzaba la puerta.
—Algún día voy a esconderle ese teléfono —murmuré.
—Moriría antes del almuerzo —respondió Elisa, recogiendo su bolso de un sillón.
La miré. Había algo extraño en ella. No parecía asustada, solo más distraída de lo habitual, como si parte de su atención estuviera en algún lugar fuera de aquella habitación. Su teléfono se iluminó. Lo miró, y la expresión se le borró del rostro durante apenas un instante antes de bloquear la pantalla.
—¿Todo bien?
—Sí, claro. Necesito ir al baño antes de que empiece todo.
Se levantó demasiado rápido.
—Hay uno ahí —señalé la puerta lateral de la suite.
Elisa siguió mi dedo con la mirada y por un segundo no supo qué responder.
—Necesito... aire también. Hay demasiada gente y siento que me falta un poco.
—¿Estás nerviosa?
—Tú eres la que se casa, Irene. Se supone que eres tú la nerviosa.
—Precisamente. Me parece raro que estés haciendo mi trabajo.
Sonrió y me besó rápido en la mejilla.
—Vuelvo enseguida. No empieces sin mí.
La vi marcharse sin pensar demasiado en ello. Elisa era mi hermana. Habíamos peleado por ropa, habitaciones y prácticamente cualquier cosa que dos hermanas pudieran encontrar para discutir. Había sido de las primeras personas a las que llamé cuando Marco me pidió matrimonio. Había estado conmigo en la elección del vestido, en la degustación del menú, en la despedida. No existía ninguna razón para desconfiar de ella.
Diez minutos después seguía sin volver. La llamé; no respondió. La coordinadora apareció preguntando dónde estaba, porque necesitaban empezar las fotos familiares.
—Fue al baño —dije—. O eso dijo hace quince minutos.
Fue entonces cuando apareció un mensaje de Marco: Te amo, nos vemos en el altar.
La tensión del pecho se aflojó. Sonreí. Después de siete años, aquello estaba ocurriendo. Habíamos sobrevivido a universidades distintas, a nuestros primeros trabajos, a familias que convertían cada cena en una negociación y a dos bancos que competían incluso cuando insistíamos en que nuestra relación no tenía nada que ver con ellos.
Respondí: Más te vale aparecer.
—Voy a buscar a Elisa.
La coordinadora reaccionó como si hubiera anunciado que pensaba caminar descalza hasta el altar.
—No puedes salir así. Si alguien te ve antes de tiempo...
—Voy a recorrer veinte metros de pasillo, no el salón principal.
Levanté la falda y salí antes de que pudiera seguir discutiendo.
El corredor de familiares estaba casi vacío. Revisé los baños: nada. Detuve a una empleada del hotel que llevaba una bandeja.
—¿Viste pasar a una mujer con vestido color champán? Cabello oscuro, más o menos de mi altura.
—Creo que sí. Entró hace un rato en una de las salas privadas del final del corredor. La última puerta de la derecha.
Le di las gracias. Estaba más molesta que preocupada: si Elisa se había encerrado a atender una llamada justo antes de la ceremonia, pensaba recordárselo el resto de nuestras vidas.
Estaba llegando cuando escuché una voz al otro lado de la puerta. No necesité una frase completa. Conocía esa voz demasiado bien: Marco.
Durante unos segundos no entendí qué hacía allí. Después escuché a Elisa, y no estaba hablando. Era un sonido ahogado, rítmico, que reconocí aunque jamás lo hubiera asociado con mi hermana.
—Más despacio... —jadeó ella, con la voz estrangulada—. Marco, alguien puede notarlo después...
—No me importa —respondió él, con una voz gruesa, irreconocible, una versión de Marco que yo no conocía—. No puedo parar, te juro que no puedo parar.
El resto quedó cubierto por el golpe seco de una mesa contra la pared, cada vez más rápido, y por el sonido de besos que no eran de despedida.
Algo dentro de mi estómago se tensó y luego cayó, como una piedra soltada dentro de mi cuerpo.
No pensé en llamar. Tampoco pensé que pudiera existir una explicación razonable. Puse la mano sobre el picaporte y abrí.
Elisa estaba sentada sobre el tocador, con el vestido de dama de honor arrugado hasta la cintura, aferrada a los hombros de Marco. Él estaba entre sus piernas, con la camisa abierta y el pantalón apenas bajado, una mano en su cuello y la otra en su cadera, moviéndose contra ella con una urgencia que nunca le había visto.
Se separaron tan rápido que Marco tropezó con sus propios pantalones y cayó contra la mesa. Elisa intentó cubrirse, pero las piernas le temblaban tanto que terminó resbalando del borde, agarrándose a la tela arrugada.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Vi primero a mi hermana. El cabello que la estilista había peinado esa mañana caía en mechones pegados a la frente. El escote estaba corrido, los labios hinchados y rojos, el cuello y los hombros marcados por besos recientes que contrastaban con su piel pálida.
Después miré a Marco. La camisa desabotonada, el cinturón suelto, el pecho brillante de sudor. En su cuello había marcas, y cuatro arañazos rojos y paralelos descendían desde su clavícula hasta el centro del pecho. En la mandíbula, un rastro del labial de ella.
Me observaba como si la intrusa fuera yo.
Yo seguía con el vestido puesto, el velo prendido al cabello y menos de treinta minutos para convertirme en su esposa.
Y hacía apenas unos segundos, él había estado dentro de mi hermana.








