Onix y Daniel
Capítulo 1
Para Onix, un chico de dieciocho años, la vida era perfecta. Vivía en una elegante casa de escaleras de mármol y pinturas famosas; su jardín parecía una selva amazónica en miniatura, adornado por una fuente que lanzaba agua y rodeado de plantas con flores que crecían entre piedrecillas blancas.
La mayor parte del día vestía una especie de pijama rosa con orejas de conejo. Era bajito, flaco, con el pelo castaño rebelde, imposible de peinar, y unos ojos de un marrón tan oscuro que parecían negros; eran enormes y daban la impresión de un cervatillo asustado.
Por supuesto que usaba otras ropas, pero todas tenían que ser como pijamas. Odiaba algunos tipos de texturas, por eso prefería vestir así, con pantuflas rosas.
Era la luz de los ojos de sus padres. Su madre se sentía especialmente culpable: de niño, Onix era muy inquieto y se cayó desde una gran altura, golpeándose la cabeza. El doctor de entonces les había advertido que tal vez no podría desarrollar su intelecto por completo y requeriría cuidados especiales, a lo que ella dedicó el máximo empeño.
Onix no era difícil de cuidar. Tenía rutinas específicas: se levantaba generalmente cerca de las once de la mañana y desayunaba café negro con cereales de una marca específica. Hubo momentos en que su madre tuvo que recorrer toda la ciudad para conseguirle esa marca, pero lo hacía de buena gana. Onix era muy agradecido y creaba hermosos dibujos, mundos imposibles, castillos. El problema era que si no conseguía el cereal específico, simplemente no comía, y como ya era de por sí flaco, ella se esforzaba al máximo en complacerlo.
Su padre, por otra parte, cargaba con su propia culpa. Pensaba que si hubiera estado más tiempo con su esposa, aquel accidente no habría ocurrido.
La vida de Onix transcurría entre los videojuegos, los dibujos y, secretamente, la lectura en las madrugadas. Aprovechaba la muy nutrida biblioteca de su madre. Necesitaba ese silencio absoluto; la lectura calmaba su mente, porque en el fondo quería conocer el mundo exterior.
—Onix, ¿qué hacés, hijo? —preguntó la elegante mujer rubia, de ojos azules y nariz aguileña.
—Mami, estoy viendo un video de pollitos. ¿Me podés conseguir unos cuantos? —dijo sentándose al lado de su madre.
La mujer le besó la cabeza y le dio un golpecito suave en la espalda, mientras Onix acariciaba las orejas largas de su pijama rosa.
—Ay, hijo. Ensuciarán todo.
—Prometo que lo limpiaré todo. —Los ojos de Onix brillaban con expectación; sus grandes ojos eran suficientes para derretir el corazón de su madre.
—Está bien. Mandaré hacer un galpón a Don Arsenio, pero no entrarán en la casa. ¿Está bien?
—Gracias, mami. Te quiero mucho.
⁂
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la casa de Daniel todo era solemne.
Daniel era un hombre blanco, de cabello azabache, ojos azules y un tatuaje discreto bajo la manga con símbolos griegos. El estilo de la casa era sobrio: líneas rectas, paredes blancas, luces en forma de candelabros en la cocina, cuadros con figuras geométricas abstractas y un predominio absurdo de luz blanca. Afuera, el jardín estaba adornado por helechos y plantas sin flores, con agrupamientos de piedras en forma de hélices o del yin y el yang representados por piedras blancas y negras.
Al mediodía, exactamente, todos estaban sentados a la mesa: sus hermanas, su padre y su madre en extremos opuestos. El único sonido era el lento movimiento de un reloj pendular.
Los alimentos debían guardar la proporción exacta: cierta cantidad de carne, otra de verduras, pan. Si algún comensal quería servirse más, cada porción debía mantener esa proporción.
—Dani, ¿cómo te ha ido en los exámenes de la facultad? —preguntó su padre mientras se abotonaba el traje gris importado, manteniendo la postura erguida.
Daniel bajó el tenedor con lentitud, masticó y tragó con suavidad. Su manzana de Adán subía y bajaba al ritmo en que los últimos bocados desaparecían de su boca. Se secó los labios con una servilleta de tela estampada con motivos campestres.
—Excelente, papá. Estoy entre los primeros.
—Como debe ser un hijo mío —agregó el hombre con firmeza, dando a entender que solo esperaba perfección de su hijo.
Sus hermanas estaban ajenas a esa exigencia. Para ellas la vara era diferente, aunque no necesariamente más blanda: debían mostrarse amables, delicadas. Pero ellas sabían moverse con la corriente; cuando él no miraba, salían de fiesta.
Luego, don Félix recibió una llamada. Debían moverse rápido y concretar la adquisición de un banco en bancarrota que les permitiría ingresar a todo el país. La aplicación era sencilla de usar y tenía una gran cantidad de clientes. Lamentablemente, uno de los directivos había desviado una suma enorme de dinero y fue hallado culpable, pero el dinero se evaporó.
A pesar de eso, era un banco con mucha proyección: estaba en los celulares de todo el país y las transacciones eran ridículamente sencillas de realizar. Sin duda, un genio el creador. Lamentablemente, el grupo directivo no supo aprovechar aquella oportunidad.

![A Birthday Wish [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_034629ee2decde814c57c92d853aac2b.jpg)

![La cuenta pendiente con mi alma gemela [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_9fef36d5e2a402e1ba893fa490a378a8.jpg)




