PROLOGO
Lo supe en el instante en que sus ojos encontraron los míos.
Estaba arrodillado, con las manos hundidas entre la arena húmeda, las nubes de humo ascendía al cielo, espeso y negro, arrastrando consigo el olor de la arena caliente y la sangre. A mi alrededor, las tiendas ardían como antorchas bajo el sol del mediodía. Los estandartes fueron arrancados de sus postes y yacían sobre la arena, pisoteados por las botas de los soldados
No podía escuchar mis propios pensamientos, solo un zumbido que llenaba el vacío de mi cabeza. Me recordaba a las ráfagas de viento que me han acompañado durante las noches en el desierto; heladas, impredecibles, cargadas de aromas extraños que llegaban desde tierras lejanas. Pero aquel día, el viento traía consigo un perfume que jamás había conocido. Pólvora, azufre y carne quemada, fundido con el llanto y el desconsuelo de una aldea.
¿Qué clase de perfume era ese?
Los aullidos de aquellas criaturas extrañas que devoraron la aldea resonaban por todas partes. Los soldados reían mientras saqueaban las tiendas, arrancaban lo que quisiera de los cuerpos y limpiaban sus espadas en las ropas de los muertos. Uno de ellos pasó frente a mí, estaba empapado de sangre hasta los codos. Mi primer encuentro con personas del exterior me resultó escalofriante, quise apartar la mirada más no pude. Escuché como el viento se rompió con el retumbar de unas botas, los soldados apartaron su paso con la cabeza inclinada, abriendo un pasillo entre los cuerpos.
Y por ese pasillo caminó él.
Aquel que caminaba entre las ruinas de lo que yo consideraba mi mundo, no parecía pertenecer a aquel lugar. De pie alli, vestido de negro y oro, con su tunica agitandose suavemente con el viento; no me crei que fuera un hombre. Siempre había creído que un monstruo debía parecerse a uno, pero él no se parecía a nada a lo que yo imaginaba como uno. Cuando sus ojos encontraron los míos, comprendí muchas cosas.
Sus pupilas estaban dilatadas, consumían casi por completo el iris. Nunca antes había visto esa mirada en los ojos de alguien, sin rastros de humanidad. La crueldad que hervía en el oscuro mar de sus ojos, me sumergió en el fuego de un infierno que no conocía. En el centro del oceano, se alzaban dos soles de plomo al rojo vivo que me quemaban la piel. Quedé inmóvil, por un segundo el mundo pareció detenerse. Pero a mi alrededor, los soldados seguían riendo, las llamas continuaron devorando las tiendas, pero yo solo podía verlo a él.
Se detuvo frente a mí, y el silencio se hizo más pesado.
Inclino su cuerpo, sin que sus rodillaas tocaran la arena; se mantuvo en cuclillas, inclinando la cabeza. Sus dedos —largos, pálidos, con anillos de metal — se extendieron hacia mi rostro. Toqué la arena con las palmas intentando retroceder, pero mis brazos no respondieron, parecía que mis huesos fueron reducidos a cenizas. Me atrapó el mentón. Su pulgar trazó la línea de mi mandíbula con una lentitud deliberada, y sentí náuseas.
Sus dedos se cerraron con más fuerza.
—Mírame.
Lo hice y me arrepentí, porque en aquel instante comprendí que mi vida acababa de cambiar para siempre.
—Interesante —murmuró.
No entendí qué había encontrado en mí y no quería saberlo. Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios. Retiro su mano y chasqueó los dedos, un sonido pequeño. Y después, dos soldados se acercaron a mi por los lados, me sujetaron por los brazos. Intenté luchar, clavando los talones en la arena, sabía lo que venía y buscaba desesperado a alguien que me ayudara, pero nadie acudió. Ulijah ya no estaba para ayudarme.
El hombre se detuvo a contemplar mi desesperación —A partir de ahora... —dijo—, eres mío.
Sentí que aquellas palabras eran peores que una sentencia de muerte, porque la muerte habría sido misericordia. Yo no sabía todavía qué quería de mí. Mientras me alejaban de las ruinas de lo que alguna vez fue el hogar de los Jhegy, mantuve los ojos clavados en los suyos.
Tal vez este era mi castigo por anhelar la muerte toda mi vida. Luego de orar a las noches sin luna y al rugido del viento, mis suplicas fueron atendidas después de un largo tiempo. Y el mismísimo Ángel de la Muerte había ascendido del Río de los Muerto para llevarme a la bruma del silencio.
«Por toda la eternidad., voy a odiarte Kalix…»





![Omega Of The Moon [KOOKMIN]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_5d69c853fece43fa14845a8b39b9f701.jpg)


