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🩸👑 LA SANTA CAÍDA Y LA VENGANZA CARMESÍ 👑🩸

Sinopsis

Una santa caída. Una reina del Infierno. Un amor que sobrevivió a la muerte y una profecía capaz de destruir los tres reinos. Freen Sarocha fue condenada por el Cielo sin saber que su alma ocultaba el legado de la Primera Reina de Elyndra. Becky Armstrong, la temida Reina del Infierno, guarda los recuerdos de una vida pasada en la que ambas compartieron un reino, una corona y un amor que terminó en tragedia. Ahora, entre secretos, traiciones y una guerra que amenaza con consumirlo todo, deberán descubrir quién destruyó su mundo y por qué la Emperatriz Celestial teme tanto que vuelvan a encontrarse. Pero hay una verdad que podría cambiarlo todo: de la unión de ambas podría nacer un heredero con el poder de reunir la luz, la sombra y la magia primordial. Un poder que ni siquiera los dioses podrían controlar. El Cielo las separó por miedo a lo que podrían crear. Esta vez, tendrán que decidir si están dispuestas a desafiar al destino. Porque algunas coronas se heredan. Otras se conquistan. Y algunas nacen del amor que el universo entero intentó destruir.

Genero:
Romance
Autor/a:
Queen
Estado:
hace 2 días
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1-EL JUICIO DE LA SANTA


I. EL DÍA EN QUE EL CIELO DEJÓ DE SER SAGRADO

El cielo estaba sangrando.

Sobre las torres de Aurelion, la capital del Reino Celestial, las nubes doradas se habían teñido de un rojo tan intenso que parecía imposible distinguir el amanecer de un presagio de muerte.

Las campanas del Santuario de los Siete Soles repicaban sin descanso. Sus sonidos atravesaban las avenidas de mármol blanco, se extendían sobre los jardines suspendidos entre las nubes y alcanzaban los distritos donde los habitantes contemplaban el firmamento con una mezcla de temor y desconcierto.

Hacía trescientos años que no ocurría algo semejante.

Los sacerdotes más ancianos lo llamaban una señal de corrupción.

Los astrólogos aseguraban que se trataba de una anomalía en los ciclos celestiales.

Los soldados preferían no pronunciar ninguna explicación.

Sin embargo, en el interior del santuario, una mujer sabía que aquella luz roja no era una anomalía.

Era una advertencia.

Freen Sarocha permanecía arrodillada sobre el círculo de consagración, en el centro de una sala cuyas columnas se elevaban hasta perderse entre arcos de oro y cristal. Llevaba un vestido blanco de mangas largas, bordado con hilos plateados, y una capa que caía sobre sus hombros como una cascada de seda.

Su largo cabello castaño oscuro descansaba sobre su espalda. Algunos mechones se habían soltado de su peinado, rozándole las mejillas.

Sus manos estaban libres.

No necesitaban cadenas.

Las runas grabadas en el suelo absorbían cualquier manifestación de magia, mientras siete guardianes celestiales permanecían apostados alrededor de la plataforma. Sus armaduras resplandecían bajo la luz de los vitrales, pero ninguno se atrevía a mirarla directamente a los ojos.

Freen conocía a aquellos hombres.

Había sanado sus heridas. Había protegido a sus familias. Había compartido con ellos los campos de batalla cuando las criaturas de las fronteras intentaron invadir los territorios celestiales.

Uno de ellos incluso le había jurado lealtad eterna.

Ahora sostenía una lanza dirigida hacia su corazón.

Freen levantó lentamente la cabeza.

—¿Desde cuándo una santa necesita tantos guardias para escuchar una acusación?

Nadie respondió.

Su mirada recorrió la sala hasta detenerse en las puertas principales.

Esperaba encontrar a la persona que había solicitado aquella audiencia.

En cambio, encontró al Consejo Celestial.

Siete figuras vestidas con túnicas blancas y doradas avanzaron por el pasillo central. Sus rostros permanecían ocultos tras máscaras ceremoniales, símbolos de una tradición según la cual la justicia debía estar por encima de cualquier identidad individual.

Freen siempre había admirado aquella tradición.

Hasta aquella mañana.

El hombre que encabezaba la comitiva, el archisacerdote Maelior, se detuvo frente al círculo.

—Freen Sarocha, protectora de los santuarios del norte, guardiana de los sellos occidentales y portadora de la bendición de los Siete Soles.

La voz del anciano resonó por toda la sala.

—Has sido convocada ante el Consejo para responder por crímenes contra el orden celestial.

Freen sostuvo su mirada.

—¿Qué crímenes?

Maelior abrió un pergamino.

—Uso de magia prohibida. Manipulación de los sellos primordiales. Contacto con entidades infernales y conspiración contra la autoridad de la Corona Celestial.

Por primera vez desde que había entrado en el santuario, Freen dejó de respirar con normalidad.

No porque tuviera miedo.

Sino porque acababa de comprender que aquello no era una investigación.

Era una sentencia que habían decidido pronunciar antes de escucharla.

—¿Contacto con entidades infernales? —repitió.

—Existen testimonios que te vinculan con fuerzas que amenazan el equilibrio de los tres mundos.

—He pasado los últimos doce años reparando las grietas que vuestros propios ejércitos dejaron en las fronteras.

—No estamos aquí para discutir tus servicios pasados.

—Entonces, ¿para qué me habéis convocado?

El silencio que siguió fue más revelador que cualquier respuesta.

Freen se incorporó despacio.

Los guardianes tensaron sus armas.

Ella los observó con una expresión que habría resultado divertida de no ser tan dolorosa.

—Tranquilos. Si hubiera querido escapar, no habría esperado a que terminarais de recitar vuestras acusaciones.

Maelior enrolló el pergamino.

—Tu arrogancia no te ayudará.

—Y vuestra cobardía tampoco os salvará.

Un murmullo recorrió las filas de los sacerdotes.

El archisacerdote endureció la voz.

—¡Estás ante el Consejo Celestial!

—Lo sé. Por eso esperaba encontrar justicia.

Freen miró las columnas doradas, los vitrales que representaban las victorias de los dioses y las estatuas de las antiguas divinidades que habían bendecido aquel lugar.

Había creído en todo aquello.

Había dedicado su vida a protegerlo.

Y, aun así, ninguno de los presentes parecía dispuesto a concederle siquiera el derecho de defenderse.

—Mostradme las pruebas —exigió.

Maelior hizo una señal.

Dos guardianes avanzaron con una caja de cristal negro. En su interior descansaba un fragmento de piedra oscura, atravesado por vetas carmesíes que parecían palpitar como venas bajo una piel transparente.

Freen sintió que algo se movía dentro de su pecho.

Una presión sorda.

Un recuerdo que no llegaba a convertirse en imagen.

—Este fragmento fue encontrado en la cámara donde se custodian los sellos primordiales —declaró Maelior—. Tu firma mágica ha sido identificada en él.

Freen contempló la piedra.

No la había visto nunca.

Sin embargo, una voz susurró en algún rincón de su memoria.

Elyndra.

La palabra surgió con tanta claridad que estuvo a punto de pronunciarla en voz alta.

Parpadeó.

La sensación desapareció.

—No sé qué es eso —dijo finalmente—. Y jamás he entrado en la cámara de los sellos sin autorización.

—Tu firma mágica no puede falsificarse.

—Todo puede falsificarse cuando quienes investigan un crimen son los mismos que necesitan encontrar un culpable.

El rostro de Maelior se contrajo.

—¿Estás acusando al Consejo de fabricar pruebas?

—Estoy preguntando por qué nadie ha considerado la posibilidad de que alguien esté intentando abrir los sellos desde dentro.

Aquellas palabras produjeron un silencio inmediato.

Demasiado inmediato.

Freen observó a los siete consejeros.

Uno de ellos bajó ligeramente la cabeza.

Otro cerró los dedos alrededor de su báculo.

Y el tercero, sentado al extremo derecho de la plataforma, dejó escapar un suspiro que parecía más cercano al alivio que a la indignación.

Ella lo notó.

Siempre había sido buena observando aquello que los demás intentaban ocultar.

—¿Qué hay detrás de esos sellos? —preguntó.

Maelior cerró la caja de cristal.

—No tienes autorización para conocer esa información.

—Entonces, ¿cómo podéis acusarme de manipularlos si ni siquiera me permitís saber qué protegen?

—¡Basta!

La voz no pertenecía al archisacerdote.

Procedía de una figura que acababa de aparecer en el balcón superior.

La Emperatriz Celestial.

Todos se inclinaron de inmediato.

Los guardianes golpearon el suelo con el extremo de sus lanzas. Los sacerdotes bajaron la cabeza y el Consejo se arrodilló ante la soberana de los dominios celestiales.

Freen fue la única que permaneció inmóvil.

No por desafío.

Sino porque, al contemplar a la mujer que acababa de entrar, sintió un frío inexplicable recorrerle la espalda.

La Emperatriz vestía una túnica de seda blanca, bordada con constelaciones doradas. Su cabello plateado caía sobre sus hombros y una corona de siete puntas descansaba sobre su frente.

Era hermosa de una manera casi inhumana.

Su rostro transmitía serenidad, sus movimientos eran delicados y su presencia llenaba la sala con una autoridad que no necesitaba levantar la voz para imponerse.

Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Freen, algo cambió.

Fue apenas un instante.

Una contracción imperceptible en sus labios.

Un destello de reconocimiento.

Y, debajo de ambos, un miedo antiguo.

Freen no supo por qué lo reconoció como miedo.

Solo supo que estaba allí.

—Levántate, hija de la luz —ordenó la Emperatriz.

Freen no obedeció inmediatamente.

—¿También vos habéis venido a escuchar mi defensa?

La soberana descendió los escalones del balcón.

—He venido a impedir que cometas un error del que ya no puedas regresar.

—¿Qué error?

La Emperatriz se detuvo frente a ella.

Por un momento, pareció que iba a responder con sinceridad.

Después extendió una mano y le acarició la mejilla con una delicadeza que resultó más inquietante que cualquier amenaza.

—El de creer que eres distinta de aquello que llevas dentro.

Freen apartó el rostro.

—No vuelvas a tocarme.

La sala entera pareció quedarse sin aire.

Nadie hablaba así a la Emperatriz Celestial.

Nadie.

Sin embargo, la soberana no reaccionó con ira. Retiró la mano lentamente y observó a Freen con una tristeza tan cuidadosamente construida que habría engañado a cualquiera que no estuviera acostumbrado a estudiar los rostros ajenos.

—Es una lástima —murmuró—. Siempre fuiste una de las criaturas más prometedoras que hemos protegido.

Freen sintió que aquellas palabras contenían una amenaza.

Pero no tuvo tiempo de responder.

La Emperatriz se volvió hacia el Consejo.

—El juicio continuará.

Maelior inclinó la cabeza.

—Majestad, el Consejo recomienda retirar a Freen sus privilegios y someterla a una purificación inmediata.

—¿Purificación? —repitió Freen.

La palabra le provocó un escalofrío.

Había visto aquella ceremonia una sola vez.

Un sacerdote acusado de corrupción había sido colocado dentro de un círculo de luz, donde su magia fue arrancada de su cuerpo hasta dejarlo convertido en una sombra vacía.

No lo habían matado.

Habían hecho algo peor.

Lo habían despojado de aquello que lo hacía ser él mismo.

—No podéis hacer eso sin demostrar mi culpabilidad.

La Emperatriz volvió a mirarla.

—La seguridad de los tres mundos está por encima de los deseos de una sola mujer.

—Entonces, ¿por qué tenéis miedo de escucharme?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Por primera vez, la serenidad de la soberana se resquebrajó.

Freen lo vio.

Y comprendió que había tocado algo que no debía.

Algo antiguo.

Algo que la Emperatriz había mantenido oculto durante demasiado tiempo.

—Que comience la purificación —ordenó la soberana.

Los guardianes se abalanzaron sobre Freen.

Ella intentó apartarse, pero las runas del suelo se iluminaron y una fuerza invisible la obligó a caer de rodillas.

El dolor le atravesó las piernas.

Una cadena de luz se cerró alrededor de sus muñecas.

—¡No he cometido ningún crimen!

Nadie respondió.

—¡Miradme cuando os hablo!

Los guardianes evitaron sus ojos.

Freen forcejeó contra las cadenas mientras las runas comenzaban a extraer la magia de su cuerpo.

El dolor se extendió por sus brazos.

Primero fue una presión.

Después, una quemadura.

Finalmente, algo parecido a una mano hundiéndose en lo más profundo de su alma.

Freen apretó los dientes.

No les daría el placer de escucharla suplicar.

La luz aumentó.

Y entonces, debajo del dolor, algo despertó.

Una voz femenina.

Lejana.

Suave.

Terriblemente familiar.

No venía del santuario.

No venía de los sacerdotes.

Venía de un lugar que Freen no recordaba haber conocido.

«No permitas que te arrebaten la corona».

Freen abrió los ojos.

Durante una fracción de segundo, el santuario desapareció.

En su lugar vio un palacio de cristal oscuro, torres que ardían bajo un cielo rojo y un jardín cubierto de rosas negras.

Vio sus propias manos, pero no eran las manos de la santa.

Llevaban anillos de oro antiguo y estaban manchadas de sangre.

Y frente a ella había otra mujer.

Una mujer de cabello oscuro, vestida de negro y carmesí, con una corona de espinas doradas.

No podía distinguir su rostro.

Pero sintió el dolor de perderla.

Un dolor tan profundo que su cuerpo entero pareció recordar una muerte que todavía no había vivido.

La mujer extendió una mano hacia ella.

«Freen».

Su nombre.

Pronunciado con una intimidad que ninguna persona del Cielo habría podido reclamar.

Freen intentó acercarse.

La visión se quebró.

El santuario regresó de golpe.

Las runas estallaron bajo sus rodillas.

Una onda de energía carmesí recorrió la sala y arrojó a los guardianes contra las columnas. Los vitrales temblaron. Las lámparas se apagaron una tras otra y una grieta apareció en el mármol, extendiéndose desde el círculo de consagración hasta los pies de la Emperatriz.

Los sacerdotes gritaron.

Maelior cayó de espaldas.

Y Freen permaneció arrodillada en el centro de la destrucción, respirando con dificultad.

Sus cadenas habían desaparecido.

Sobre su muñeca izquierda brillaba una marca que no estaba allí antes.

Un círculo incompleto atravesado por una corona de espinas.

La Emperatriz la contempló.

Esta vez no consiguió ocultar su terror.

—No —susurró.

Freen levantó la cabeza.

—¿Qué me habéis hecho?

La soberana retrocedió un paso.

Solo uno.

Pero bastó para que Freen comprendiera que aquella mujer, capaz de ordenar la purificación de una santa sin pestañear, acababa de ver algo que jamás había esperado contemplar de nuevo.

Algo que conocía.

Algo que temía.

—Guardias —ordenó la Emperatriz—. Que nadie abandone el santuario.

Los soldados obedecieron.

—Majestad —intervino Maelior—, ¿qué significa esa marca?

La Emperatriz no respondió.

Su mirada permanecía fija en Freen.

Y, por primera vez, la santa tuvo la certeza de que el juicio no había sido convocado para castigarla por un crimen.

Había sido convocado porque alguien temía lo que podía llegar a recordar.

II. LA VOZ DETRÁS DE LA PUERTA

Freen fue encerrada en una cámara situada bajo el santuario.

No era una prisión común.

Las paredes estaban construidas con piedra blanca, cubierta de símbolos destinados a neutralizar la magia. No había ventanas y la única puerta poseía tres cerraduras, cada una protegida por un sello celestial.

En el centro de la habitación descansaba una cama estrecha.

Junto a ella había una jarra de agua y un plato de comida que Freen no había tocado.

Llevaba varias horas sentada en el borde del colchón, contemplando la marca de su muñeca.

El círculo incompleto no había desaparecido.

Tampoco dolía.

Sin embargo, cada vez que intentaba tocarlo con su magia, sentía una presencia al otro lado de una puerta invisible.

Una presencia que parecía esperar.

Freen cerró los ojos.

Intentó recordar la visión del santuario.

El palacio.

Las rosas negras.

La mujer de la corona de espinas.

Y aquella voz.

Su nombre había sonado diferente en sus labios. Más antiguo. Más íntimo.

Como si la hubiera pronunciado miles de veces.

—¿Quién eres? —susurró.

La marca emitió un tenue resplandor rojo.

Freen contuvo el aliento.

No había nadie en la habitación.

Aun así, escuchó una respuesta.

«Alguien que llegó demasiado tarde».

Freen se puso de pie.

—¿Dónde estás?

Silencio.

—¡Muéstrate!

La lámpara del techo parpadeó.

Una corriente de aire frío atravesó la habitación y las sombras de las esquinas se alargaron sobre las paredes.

Entonces apareció una imagen fugaz sobre la piedra.

Una corona.

Un trono.

Un jardín en llamas.

Y, durante un instante, el rostro de la mujer que Freen había visto en el santuario.

No consiguió distinguir todos sus rasgos.

Solo unos ojos oscuros, cargados de una tristeza que parecía imposible de medir.

La visión desapareció.

Freen se llevó una mano al pecho.

No comprendía por qué sentía deseos de llorar.

No conocía a aquella mujer.

Jamás la había visto.

Y, sin embargo, una parte de ella parecía haber estado esperándola durante toda su vida.

—¿Quién eres? —repitió, esta vez en un susurro.

La respuesta llegó acompañada de una sensación que no supo nombrar.

«Me llamaste hogar antes de que el universo aprendiera a pronunciar nuestros nombres».

Freen se quedó inmóvil.

La voz se desvaneció.

Y la marca de su muñeca se apagó.

Durante varios minutos, no pudo hacer otra cosa que mirar la pared.

Después escuchó pasos al otro lado de la puerta.

Alguien introdujo una llave en la primera cerradura.

La segunda.

La tercera.

La puerta se abrió.

Maelior entró acompañado por dos guardianes. Llevaba una túnica oscura y un pequeño estuche de plata entre las manos.

—Levántate, Freen.

Ella se volvió hacia él.

—¿Vais a terminar lo que empezasteis?

—La Emperatriz ha ordenado que seas trasladada.

—¿Adónde?

—A la Torre del Exilio.

Freen conocía aquel nombre.

La torre se encontraba en el límite septentrional del Reino Celestial, más allá de los jardines consagrados y de las fortalezas que protegían la capital. Allí enviaban a los condenados cuya existencia resultaba demasiado peligrosa para mantenerlos dentro de los dominios celestiales.

Nadie regresaba.

—¿Cuál es mi sentencia? —preguntó.

Maelior abrió el estuche.

En su interior descansaba un brazalete de hierro blanco, grabado con runas que Freen no reconoció.

—Tu magia será sellada. Tus títulos quedarán revocados y tu nombre será eliminado de los registros del santuario.

Freen sintió que algo se quebraba dentro de ella.

No por los títulos.

Nunca le habían importado tanto.

Sino porque comprendió que no pretendían castigarla.

Pretendían borrarla.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué soy para que me temáis tanto?

Maelior vaciló.

Fue un movimiento pequeño, pero Freen lo observó.

—No sé de qué estás hablando.

—Entonces mírame y repítelo.

El anciano levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Freen durante un instante.

Después apartó la mirada.

Aquello fue suficiente.

Freen sonrió sin alegría.

—Lo sabía.

—No sabes nada.

—Entonces explícame por qué la Emperatriz parecía a punto de morir cuando apareció esa marca.

Maelior cerró el estuche con un golpe seco.

—Hay preguntas que pueden destruir a quien las formula.

—Y hay silencios que destruyen a todo el mundo.

Durante unos segundos, el anciano pareció más viejo.

Más cansado.

Como si hubiera esperado mucho tiempo aquel momento y ahora deseara encontrarse en cualquier otro lugar.

—Hay cosas que el Cielo hizo antes de que tú nacieras —murmuró.

Freen sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué cosas?

Maelior miró hacia los guardianes.

Después se inclinó ligeramente hacia ella.

—Cuando te encuentres con la Reina del Infierno, no confíes en todo lo que te diga.

Freen dejó de respirar.

—¿Lilith?

El rostro del anciano perdió el poco color que conservaba.

—Yo no he pronunciado ese nombre.

—Pero acabas de decirlo.

Maelior retrocedió.

Durante un instante, Freen creyó que iba a confesarlo todo.

En cambio, el anciano recuperó su expresión severa y señaló el brazalete.

—Extiende la mano.

Freen miró el objeto.

Después lo miró a él.

—¿Qué sabe Lilith de mí?

—Extiende la mano.

—¿Por qué debería desconfiar de ella?

Maelior apretó la mandíbula.

—Porque algunas verdades pueden ser tan peligrosas como las mentiras.

Freen comprendió que no obtendría ninguna otra respuesta.

Extendió la muñeca.

El brazalete se cerró alrededor de su piel con un chasquido metálico. Las runas se iluminaron y la marca carmesí quedó oculta bajo una capa de luz blanca.

Freen sintió cómo su magia se replegaba.

No desapareció.

Se escondió en algún lugar profundo, donde el brazalete no podía alcanzarla por completo.

El anciano no pareció advertirlo.

—Llevadla a la torre —ordenó.

Los guardianes la sujetaron por los brazos.

Freen no se resistió.

Antes de abandonar la cámara, volvió la cabeza hacia Maelior.

—Una última pregunta.

El anciano se detuvo.

—¿Qué?

—¿La mujer que vi durante la purificación era real?

Maelior no respondió.

Pero sus dedos se cerraron con tanta fuerza alrededor del estuche de plata que los nudillos se le volvieron blancos.

Freen sonrió.

No era una sonrisa feliz.

Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar la primera grieta en una mentira demasiado grande.

—Gracias —murmuró.

Y salió de la habitación sin volver a mirar atrás.

III. LA REINA QUE ESCUCHÓ SU NOMBRE

Muy lejos de Aurelion, más allá de las montañas donde terminaban los caminos mortales y comenzaban los territorios que el Cielo había condenado, se extendía el Infierno.

No era un abismo de fuego interminable.

Era un reino.

Tenía ciudades, mercados, fortalezas y leyes antiguas. Sus ríos oscuros atravesaban valles cubiertos de flores nocturnas, mientras las torres de obsidiana se alzaban bajo un firmamento donde las estrellas parecían heridas de luz.

En el corazón de aquel territorio se encontraba el Palacio de las Mil Sombras.

Y en su salón principal, sentada sobre un trono de piedra negra, reinaba Lilith.

Becky Armstrong llevaba un vestido de terciopelo negro, ajustado a la cintura y adornado con bordados carmesíes. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y una corona de oro ennegrecido descansaba sobre su cabeza.

No necesitaba levantar la voz para imponer silencio.

Bastaba con que alzara los ojos.

Frente a ella, tres consejeros infernales discutían sobre una disputa fronteriza que llevaba semanas amenazando con convertirse en una guerra.

—Si movilizamos las legiones del este, podremos asegurar los pasos montañosos antes del próximo ciclo lunar —explicó uno de ellos.

—Y dejar desprotegidas nuestras ciudades del sur —replicó otro.

—Las ciudades del sur no están amenazadas.

—Todavía.

Becky apoyó un dedo sobre el brazo del trono.

El sonido fue leve.

Los tres consejeros callaron.

—¿Habéis terminado de explicar por qué debería enviar a miles de soldados a morir por una frontera que ninguno de vosotros ha visitado?

Nadie respondió.

Becky inclinó ligeramente la cabeza.

—Excelente. Entonces enviad exploradores, reforzad las rutas de evacuación y negociad con los clanes del valle. Si alguien vuelve a proponer una guerra antes de conocer las intenciones de nuestro enemigo, tendrá el privilegio de explicar personalmente su estrategia desde la primera línea.

Los consejeros se inclinaron.

—Como ordenéis, Majestad.

Cuando abandonaron el salón, Becky se quedó sola con sus pensamientos.

Había aprendido a gobernar sin permitir que sus emociones interfirieran en sus decisiones. Durante siglos, había mantenido a raya a los enemigos del Infierno, había derrotado a soberanos que creían poder someterla y había convertido su reino en un territorio que ninguna divinidad se atrevía a invadir abiertamente.

Pero existía una herida que ni el tiempo ni el poder habían conseguido cerrar.

Elyndra.

Cada cierto número de años, el recuerdo regresaba con una claridad insoportable.

El palacio en llamas.

La barrera de luz.

La mano que no había conseguido alcanzar.

Y la mujer que había perdido sin comprender por qué.

Becky cerró los ojos.

No solía permitirse recordar aquella noche.

Los recuerdos no cambiaban el pasado.

Solo le recordaban que había sobrevivido a él.

Entonces, la copa de cristal negro que descansaba junto a su trono se agrietó.

Becky abrió los ojos.

Una línea carmesí atravesaba la superficie del cristal.

Después apareció otra.

Y otra.

En cuestión de segundos, las grietas formaron un símbolo que no había visto desde la destrucción de Elyndra.

Una corona incompleta atravesada por espinas.

Becky se puso de pie tan deprisa que la copa cayó al suelo.

El cristal se hizo añicos.

Una oleada de energía recorrió el salón y apagó todas las antorchas.

Las sombras se inclinaron hacia el trono.

Por primera vez en siglos, Lilith perdió el control de su propia magia.

—No —susurró.

Una de las puertas se abrió de golpe.

Su consejera más cercana, Seraphine, entró en el salón con una espada desenvainada.

—¡Majestad! ¿Qué ha ocurrido?

Becky no respondió.

Contemplaba los fragmentos de cristal esparcidos a sus pies.

En uno de ellos, la corona carmesí seguía brillando.

—Traedme los registros de los sellos primordiales —ordenó.

Seraphine se quedó inmóvil.

—¿Los registros de Elyndra?

Becky levantó la cabeza.

—Ahora.

La consejera inclinó la cabeza y salió apresuradamente.

Becky se llevó una mano al pecho.

No podía ser.

La Primera Reina había muerto.

Su reino había sido destruido.

Y la esencia que había dejado atrás se había desvanecido de los registros del universo.

Becky había pasado siglos buscando una respuesta que nunca encontró.

Había investigado las mentiras de la Emperatriz, rastreado los restos de la antigua magia celestial y castigado a quienes participaron en la destrucción de Elyndra.

Pero nunca había conseguido encontrarla.

Nunca había vuelto a sentirla.

Hasta aquel instante.

Una corriente de aire atravesó el salón.

Las sombras se reunieron frente al trono y formaron una silueta femenina.

Becky se quedó inmóvil.

La figura no tenía rostro.

Solo una corona de espinas y un vestido blanco manchado de sangre.

Después, una voz resonó en el interior de su mente.

«Ha despertado».

Becky apretó los puños.

—¿Dónde está?

La silueta comenzó a desvanecerse.

—¡He preguntado dónde está!

Las sombras se dispersaron.

Y la voz pronunció un último susurro.

«El Cielo la ha condenado».

Becky sintió que el mundo entero se inclinaba bajo sus pies.

Durante siglos había imaginado el momento en que volvería a encontrarla.

Había pensado en todas las palabras que podría decirle.

En las preguntas que exigiría responder.

En las disculpas que quizá nunca serían suficientes.

Pero jamás había imaginado que el reencuentro comenzaría con una nueva condena.

Se volvió hacia las puertas del salón.

Sus ojos, oscuros y fríos, adquirieron un brillo carmesí.

—Preparad mi carruaje.

Seraphine regresó justo a tiempo para escuchar la orden.

—¿Adónde vais, Majestad?

Becky recogió del suelo el fragmento de cristal que contenía la corona.

Lo cerró en su mano.

Una gota de sangre descendió entre sus dedos.

—Al Reino Celestial.

—¡Eso es imposible! Las fronteras están protegidas y la Emperatriz jamás permitirá que crucéis sus dominios.

Becky levantó la mirada.

Una sonrisa lenta, desprovista de alegría, apareció en sus labios.

—Entonces tendrá que aprender a vivir con una decepción.

Seraphine tragó saliva.

—¿Qué debo decirle al Consejo?

Becky contempló una última vez el símbolo grabado en el cristal.

Durante siglos había gobernado el Infierno sin permitir que nadie descubriera cuánto le había costado sobrevivir a la pérdida de Elyndra.

Pero aquella noche, por primera vez desde la destrucción de su reino, volvió a sentir algo que creía muerto.

Esperanza.

Y la esperanza podía ser mucho más peligrosa que el odio.

—Diles que Lilith ha recordado una deuda pendiente.

Se dirigió hacia la salida.

—Y que esta vez no pienso permitir que el Cielo decida a quién tengo derecho a perder.

IV. EL PRIMER LATIDO DE LA VENGANZA

En la frontera septentrional del Reino Celestial, una caravana avanzaba entre montañas cubiertas de niebla.

Freen viajaba dentro de un carruaje sin ventanas, escoltada por seis guardianes y un sacerdote encargado de vigilar el brazalete que sellaba su magia.

Nadie había intentado hablar con ella desde que abandonaron Aurelion.

Tampoco lo necesitaba.

Tenía demasiadas preguntas.

¿Por qué la Emperatriz había reaccionado de aquella manera ante su marca?

¿Qué era Elyndra?

¿Por qué Maelior había pronunciado el nombre de Lilith con tanto miedo?

Y, sobre todo, ¿quién era la mujer que aparecía en sus recuerdos?

Freen apoyó la frente contra la pared del carruaje.

Cerró los ojos.

Por un instante, creyó escuchar de nuevo aquella voz.

«No permitas que te arrebaten la corona».

Esta vez, la acompañó una sensación distinta.

Calor.

Como si alguien hubiera tomado su mano.

Freen abrió los ojos.

El brazalete emitía un resplandor rojo bajo la tela de su manga.

Las runas blancas se estaban agrietando.

Una a una.

El sacerdote, sentado frente a ella, se puso de pie de golpe.

—¿Qué estás haciendo?

—Nada.

—¡Tu sello está fallando!

Freen contempló su muñeca.

—Entonces quizá nunca funcionó como esperabais.

El hombre levantó una mano para activar las runas de contención.

No llegó a hacerlo.

El carruaje se sacudió violentamente.

Los caballos relincharon y los guardianes gritaron órdenes desde el exterior.

Una luz carmesí atravesó las cortinas.

Después, todo quedó en silencio.

Freen se incorporó.

—¿Qué ha ocurrido?

Nadie respondió.

La puerta del carruaje se abrió lentamente.

El sacerdote retrocedió hasta chocar contra la pared.

En el exterior, los seis guardianes estaban arrodillados sobre la nieve. Sus armas yacían a varios metros de distancia, intactas, pero cubiertas por una fina capa de hielo negro.

Y frente al carruaje había una mujer.

Vestía de negro y carmesí.

Su largo cabello oscuro se movía bajo el viento de la montaña. Una corona de oro ennegrecido descansaba sobre su cabeza y sus ojos parecían contener una noche sin estrellas.

Freen no sabía quién era.

Pero, cuando sus miradas se encontraron, el mundo pareció detenerse.

La desconocida la observó como si acabara de presenciar el regreso de una muerta.

Como si quisiera acercarse y, al mismo tiempo, temiera que un solo movimiento pudiera hacerla desaparecer.

Freen sintió un dolor inexplicable en el pecho.

La marca de su muñeca ardió.

La mujer dio un paso hacia ella.

—Freen.

Su nombre.

La misma voz del santuario.

La misma voz de sus sueños.

Freen se aferró al borde del carruaje.

—¿Quién eres?

La mujer se quedó inmóvil.

Por primera vez, la Reina del Infierno pareció incapaz de encontrar las palabras adecuadas.

Sus ojos recorrieron el rostro de Freen, buscando señales de la mujer que había amado, rastros de la reina que había perdido y pruebas de que aquella aparición no era una cruel ilusión del Cielo.

Pero Freen solo la miraba con desconfianza.

No había reconocimiento en sus ojos.

No había recuerdos.

Solo una pregunta.

Becky tragó saliva.

—Mi nombre es Lilith.

Freen sintió que el brazalete se partía.

Los fragmentos de hierro blanco cayeron sobre la nieve.

Bajo su piel, la marca carmesí volvió a despertar.

Lilith bajó la mirada hacia ella.

Y entonces, desde algún lugar profundo de la memoria de Freen, surgió una última imagen.

Un jardín de rosas negras.

Un palacio en llamas.

Dos mujeres frente a frente.

Y una promesa pronunciada bajo un cielo que se desmoronaba.

«Si alguna vez vuelvo a encontrarte, no permitas que vuelvan a decidir por nosotras».

Freen se llevó una mano a la cabeza.

La imagen desapareció antes de que pudiera comprenderla.

Cuando volvió a mirar a la desconocida, Lilith tenía los ojos húmedos.

—¿Nos conocemos? —preguntó Freen.

Becky cerró los dedos alrededor de la corona que llevaba en la mano.

Había esperado siglos para volver a escuchar su voz.

Ahora la tenía frente a ella.

Viva.

Respirando.

Y sin recordar a la mujer que una vez había amado.

Lilith quiso decirle que habían compartido un reino, una corona y un amor que había desafiado a los dioses.

Quiso contarle que el Cielo había mentido.

Que Elyndra no había caído por accidente.

Que la Emperatriz había destruido todo lo que ambas habían construido porque temía aquello que podían engendrar juntas.

Pero, al contemplar la expresión de Freen, comprendió que no podía exigirle que creyera en una historia que ni siquiera recordaba.

Así que eligió las únicas palabras que todavía podía ofrecerle.

—Todavía no —respondió Becky—. Pero creo que el Cielo ha hecho todo lo posible para que nunca descubras por qué.

A lo lejos, sobre las torres de Aurelion, la Emperatriz Celestial contemplaba la frontera a través de un espejo de obsidiana.

Cuando vio a Lilith frente a la santa caída, cerró los ojos.

Había esperado siglos para evitar aquel encuentro.

Había borrado nombres, destruido archivos y condenado reinos enteros para impedir que la Primera Reina regresara.

Pero ahora las dos estaban juntas.

Y la marca carmesí había despertado.

La Emperatriz apoyó una mano sobre el espejo.

—Preparad el ritual —ordenó.

Una sombra se movió detrás de ella.

—¿El ritual de purificación, Majestad?

La soberana abrió los ojos.

En sus pupilas brillaba un miedo que ninguna criatura viva debía contemplar.

—No.

El espejo se agrietó bajo sus dedos.

—El ritual de aniquilación.

Porque si Freen recordaba quién había sido...

Si Lilith descubría toda la verdad...

Y si ambas comprendían por qué el Cielo las había separado...

Entonces no solo perdería su corona.

Perdería el universo que había construido sobre las ruinas de Elyndra.

Y, por primera vez en toda su existencia, la Emperatriz Celestial no sabía si podría impedirlo.

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