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Relatos sucios

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Sinopsis

Relatos sucios es una colección de relatos independientes, narrados por personajes anónimos. Hombres y mujeres corrientes que cuentan sus experiencias sin filtro alguno. Cada capítulo es el testimonio de lo que ocurrió. En un lugar concreto. En un momento concreto. Entra solo si te sientes preparado para leerlo.

Genero:
Erotica
Autor/a:
OLBauter
Estado:
hace 10 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Hostal de carretera

Era casi la una de la mañana y seguía conduciendo por esa autopista de mierda.

Ni una luz. Ni un paisaje. Todo oscuro. Lo único que veía era el salpicadero, iluminándose con esa luz adormecedora, y las rayas del asfalto una detrás de otra.

Me llamo Ruth y, en ese momento, supe que esa noche no llegaría a la ciudad.

Un cartel desgastado anunciaba un hostal a un kilómetro. No me quedaba otra. Pernoctar por el camino o dormirme al volante y acabar en una caja de pino.

Tomé el desvío.

El sitio era aislado, ruinoso, con un silencio que parecía haberse quedado atrapado en el tiempo. No prometía comodidad. Pero estaba molida y necesitaba una ducha y estirar las piernas. Con eso me valía.

Aparqué. Me quedé dentro del coche un momento. Ni un alma. Había una furgoneta que tenía pinta de estar ahí desde hacía décadas.

Entré por la puerta donde ponía «Recepción».

El recibidor era pequeño y destartalado. Nadie salió a atenderme.

—¿Hola?

Un ruido detrás de una pared. Unos movimientos nerviosos. La puerta se abrió y apareció un chico. Pelo revuelto, camiseta arrugada y una mirada que se fue directa a mi escote.

—¿Tienes habitación para esta noche? —Miré alrededor con una mueca.

El chico se quedó en silencio, como si le hubiera preguntado la raíz cuadrada de algo. Luego, asintió varias veces.

Mientras buscaba la llave, intentó explicarme las normas, los horarios, las tasas. Pero tartamudeaba, y hablaba con una torpeza que me sacaba de quicio.

—No tengo toda la noche. ¿Dónde firmo?

Sacó un cuaderno usado con un listado que parecía escrito por un niño de cinco años. Me incliné para firmar y, otra vez, sus ojos en mi pecho.

Lo miré con el bolígrafo en la mano.

—Si vuelves a mirarme las tetas, te cruzo la cara.

El chico se quedó quieto con los párpados abiertos, más blanco que la cera.

No soy tan chunga, pero estaba agotada. Y a mis treinta y siete años, no iba a permitir que aquel mocoso me mirara como a un objeto.

Me acompañó a la habitación en silencio. Abrió con una llave pesada.

—La cerradura es vieja… Hay que girar la llave dos veces.

Lo miré. No dije nada.

Por dentro, la habitación estaba mejor de lo que aparentaba. No era gran cosa, pero no había cucarachas en el baño ni chinches en la cama. Me explicó cómo funcionaba el termo. Luego, el chico fue hacia la salida.

Me senté, con el cuerpo inclinado hacia atrás y las manos apoyadas en la cama.

—Espera, chico.

Se detuvo en seco.

—¿Cómo te llamas?

—… Leandro —dijo con un hilo de voz.

Crucé una pierna sobre la otra.

—Ven aquí, Leandro.

Sus pupilas se dilataron. Dio un paso tímido.

—Más cerca. No te voy a morder.

Caminó como si cada paso lo acercara a un precipicio. Al llegar frente a mí, lo miré sin levantarme.

—Bájate los pantalones.

La mandíbula se le aflojó. Trató de decir algo, pero no le salió nada.

—¿Eres tímido o estás sordo?

El chico tragó saliva. Se desabrochó los pantalones con las manos temblorosas. La prenda cayó al suelo sin ruido, como si se desprendiera de la única barrera que lo mantenía a salvo.

Observé el bulto tras ese slip que se vende en paquetes de cinco. Tenía una buena tranca. Gruesa, hacia un lado. Y cuanto más la miraba, más se alegraba.

Sin decir nada, le bajé los calzoncillos. La polla salió como un resorte. El chico trató de disimular la erección, pero no tenía ningún control sobre ella. Estaba duro como una piedra. Y aunque me costara admitirlo, su tranca lucía apetitosa.

Exhalé. Como cuando voy a almorzar a casa de mi tía y tengo que comerme esos huevos rellenos por obligación. Pero no tenía opción. Soy de esas que no pueden dormir sin antes tener una buena descarga. Y aquella noche, no llevaba en mi bolso a mi amante de silicona.

—Hoy es tu día de suerte —le dije—. Túmbate.

El chico se tumbó, con la polla mirando al techo y las manos a los lados, esperando a que le dijera qué hacer con ellas.

Me levanté de la cama y me bajé las bragas. Sin ceremonia. Sin quitarme nada más. La blusa puesta, la falda subida. No estaba ahí para regalarle un striptease.

Me puse sobre él y lo miré una última vez. De ese mocoso solo me interesaban su aguante y su polla bien dura. Nada más. Del resto me encargaba yo.

Lo agarré por la base, me coloqué y bajé.

Entró de una sola vez. Bien ajustado, como a mí me gusta. El chico soltó un gemido que parecía más de susto. Empecé a moverme.

Mientras lo cabalgaba, me miraba de una manera extraña, como si aquello fuera una ilusión. Pero mi coño lo engullía de forma muy real.

Intentó llevar una mano hacia mis pechos. Lo aparté de un manotazo.

No habían pasado ni dos minutos cuando el chico se agarró a los bordes de la cama, como si estuviera teniendo un infarto. Su cuerpo se tensó y soltó un quejido roto.

Me quedé quieta sobre él. Noté el calor dentro.

—¿Qué? ¿En serio?

El joven asintió y una sonrisa estúpida le brilló en la cara.

—Serás desgraciado…

Me miró contrariado, como si no entendiera el motivo de mi irritación.

Me bajé de él y me acerqué a su cara.

—Escúchame, chaval. Esto no es por ti. ¿Entiendes? Soy yo la que tiene que correrse.

Leandro me observaba como a un perro al que acaban de reñir. Miré su entrepierna. La polla se le había desinflado.

—No me lo puedo creer… —murmuré.

Me quité la blusa, el sujetador y luego la falda. Lo hice despacio, con intención, tratando de despertar el instinto primitivo de aquel estúpido. Cuando le vi la boca desencajada, me puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo hacia él.

—Vamos, inútil. Fóllame.

Mis encantos surtieron efecto. Leandro se incorporó de un tirón. Apenas le sentí venir, cuando me atravesó el coño con una fuerza renovada. Era obvio que el chico no sabía moverse ni tenía experiencia, pero le ponía la suficiente voluntad como para salvar su honra.

Esta vez le permití que me agarrara las caderas. Me clavaba los dedos como si temiera caerse. Me daba igual. Lo único que necesitaba era que no se desvaneciera y me dejara a medias.

—Métela hasta el fondo. Sin miedo.

El chico se movía como un perrito montando a la hembra, jadeando y con la lengua fuera. Yo empecé a empujar hacia él. Hasta sentir sus testículos golpeándome el clítoris.

—Eso es. Así…

Mi orden salió suave, entrecortada, con ese tono que anuncia el esperado clímax. Dejé de respirar y la descarga me sacudió las piernas. Pero no fue ese temblor que te da la vuelta a los ojos. Fue agridulce, más forzado que encontrado.

Me retiré. Me senté en la cama.

—¿Lo he hecho bien? —me preguntó.

Miré al chico por encima del hombro. Sudado, con el flequillo pegado a la frente y una cara de esperanza que daba lástima.

—No le cuentes esto a nadie. ¿Entendido?

El chico asintió. Seguía de rodillas detrás de mí, con la polla ansiosa.

—Ahora ve a cascártela por ahí.

Se quedó inmóvil unos segundos. Luego se puso los pantalones a trompicones. Recogió las llaves de encima de la mesilla y se fue.

Me fui al baño. Una ducha rápida y a dormir. Antes de cerrar los ojos, traté de olvidar aquel patético episodio. Aunque, al menos, tuve mi deseada descarga.

Me desperté a las siete. No tenía en mente quedarme más tiempo en esa mazmorra disfrazada de hogar.

Me duché otra vez, porque la ducha de la noche me había sabido a nada. Me vestí, me recogí el pelo y me miré en el espejo del baño.

Eché un último vistazo a la habitación y salí.

En recepción no estaba el chico. Había un hombre de pelo oscuro, tirando a los cincuenta, con camisa de cuadros y las mangas remangadas. Cuando levantó la vista del cuaderno, agradecí que no me mirara las tetas.

—Buenos días. Me voy ya.

—Sí. La habitación cuatro.

Lo dijo con un tono extraño, como si la hubiera apuntado en el cuaderno con una nota al margen.

—¿El chico… no está?

—¿Leandro? Ha terminado su turno. Soy yo el que atiende por las mañanas —dejó el cuaderno a un lado—. Son cuarenta y cinco.

Le tendí el dinero. Él lo contó despacio, con los dedos gruesos, y lo guardó en una caja de hojalata que parecía más vieja que el hostal.

—¿Va a la ciudad?

—Sí.

—Tiene usted dos horas largas.

—Lo sé.

Y ahí se quedó la cosa. Él me miró las manos, luego subió por los brazos, hasta llegar a mi boca. La prisa por irme se convirtió de repente en curiosidad. Además, había dormido bien y tenía dos horas por delante que no me apetecía pasar en la carretera.

—Por cierto —dije—. Tuve problemas con el agua caliente.

El hombre levantó una ceja.

—¿Qué ha ocurrido?

—El termo. Creo que no va bien.

No había ningún problema con el termo. Pero me apetecía que aquel hombre subiera conmigo, y no quería mostrar desesperación para conseguirlo.

Buscó la llave bajo el mostrador.

—Vamos a verlo.

Subimos en silencio. Él delante, yo detrás, mirando su espalda ancha y cómo se movía al andar. No estaba nada mal para la edad que tenía.

Abrió la puerta y fue directo al baño. Hizo unas comprobaciones. Examinó el termo. Abrió el grifo.

—Parece que va bien.

Siguió revisando, dispuesto a encontrar el fallo. Aunque no lo hubiera.

—Déjelo —dije—, puede que yo no haya sabido usarlo.

Salimos del baño y nos quedamos en medio de la habitación. En ese momento, me di cuenta de por qué le hice subir. Tenía ganas de follármelo.

Sin más, me bajé las bragas delante de él. Las saqué por los tobillos y las dejé encima de la mesilla.

El hombre se quedó mirándolas. Luego desvió la mirada hacia mí.

Seguí quitándome la ropa, hasta quedar desnuda, y me tumbé en la cama con una sonrisa.

No hizo falta nada más.

El hombre tragó saliva. Se abalanzó sobre mí como si llevara meses sin catar a una mujer. Su boca me devoraba el cuerpo mientras se quitaba la ropa.

No podía controlarse. Me mordió los pezones con tal fuerza que me erizó la piel. Pero no dije nada. Prefería la intensidad a un roce que se olvida al segundo.

Me separó los muslos con un movimiento brusco. Me cogió con ganas.

Levantó mis piernas por los tobillos y empezó a embestir como si le fuera la vida en ello. Sin esperar a que yo me acomodara, sin preguntar. Me empaló de una vez y siguió metiendo, más fuerte, con más énfasis.

Mientras me atravesaba las entrañas, me sujetó el cuello con una mano y con la otra me agarró un pecho. Me clavó literalmente a la cama.

En un momento de arrebato, el hombre siseó entre dientes.

—Voy a darte lo que quieres, zorra.

No era la primera vez que alguien me llamaba así. No me importó.

Me dio la vuelta sin avisar. Me puso a cuatro patas, me agarró por la cintura para que no me escapara. Me llevó contra el cabecero y no paró. Un ritmo sostenido, brutal, de esos que te dejan sin aliento.

Agarré la barandilla de la cama y aguanté. Me estaba dando un repaso memorable, de los que se recuerdan con el tiempo. Le dejé que se corriera dentro, sin sacarla. Luego siguió, hasta que me hizo correr a mí después.

No fue un temblor agridulce como el de aquel inútil. Fue de verdad. El cabrón me hizo temblar hasta las pestañas, y me tuve que morder el brazo para no gritar.

Cuando acabó, se quedó un momento dentro, como si quisiera asegurarse de que lo recibía todo. Luego salió y se sentó en el borde de la cama.

Me levanté como pude. Las piernas no me sujetaban bien. Me pasé un clínex, me acomodé las bragas y me estiré la falda. Él se subió los pantalones y se abrochó la camisa.

Nos quedamos en silencio en la habitación. Luego me tendió la mano.

—Por cierto, me llamo Andrés.

Alargué la mía hacia él.

—Ruth.

Nos saludamos como dos desconocidos que acaban de presentarse. Con la diferencia de que él tenía la mirada brillante y yo el coño lleno de leche.

Regresamos juntos a recepción, como si por fin hubiéramos solucionado lo del termo.

En el mostrador volvió a su sitio. Y ahí, mientras organizaba las cosas, pasó una mujer con un cesto lleno de colada.

—Voy a tender la ropa, cariño.

Me quedé quieta, mientras el hombre veía extenderse la duda en mi cara.

—Es un negocio familiar. Ella es mi mujer.

Lo miré, y la pregunta salió sola.

—¿Y… el chico?

—Es mi hijo.

—Ah.

—Aunque aún le queda mucho por aprender —bromeó, con cierto orgullo.

Asentí despacio.

—Ya.

Al ver que no decía nada más, el hombre preguntó:

—¿Anoche le atendió bien?

Miré la escalera que iba a la habitación. Luego lo miré a él, con el coño aún dolorido.

—Muy bien… Los dos.

El hombre sonrió.

—Me alegro. Para eso estamos.

Le devolví la sonrisa.

Salí del hostal, me subí al coche y arranqué.

Miré por el retrovisor mientras me alejaba. El edificio se quedaba atrás, tal como lo encontré. Vi a la madre y esposa tendiendo la ropa. Pero ninguno de los dos salió a despedirme. Ni el padre ni el hijo.

Mejor.

Hay secretos que deben quedar en familia.

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