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Más allá de la incógnita

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Sinopsis

Alfred es un profesor de matemáticas experimentado que confía en sus conocimientos y métodos de enseñanza. Su perspectiva se pone a prueba cuando acepta dar tutorías a Wyatt, un joven que ha terminado sus estudios, pero no puede obtener su certificado debido a tres materias de matemáticas pendientes. Convencido de que puede ayudarlo a superar sus dificultades, Alfred considera el caso un desafío más. Sin embargo, trabajar juntos los enfrentará a diferentes desafíos, donde aprenderán del uno del otro.

Genero:
Drama,Fantasy
Autor/a:
KeilyMiyah
Estado:
hace 3 minutos
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo I.

—Cuando tenemos una ecuación algebraica, nuestro objetivo es encontrar el valor de la incógnita. Para hacerlo, debemos mantener la igualdad en ambos lados. Recuerden que cualquier operación que realicemos en uno de ellos también debe aplicarse al otro.

Alfred escribió un nuevo ejemplo en el pizarrón. Su letra era ordenada, los pasos estaban separados con claridad y cada operación ocupaba su propio espacio.

—Veamos. Si tenemos tres equis más seis igual a quince, ¿Qué hacemos primero?

Algunos estudiantes bajaron la mirada hacia sus cuadernos. Otros siguieron copiando el ejemplo anterior. Desde el fondo del salón llegó una respuesta.

—¿Restar seis?

—Correcto. Restamos seis en ambos lados de la igualdad. Nos queda tres equis igual a nueve. ¿Y ahora?

—Dividir entre tres —respondió otro alumno.

—Exactamente.

Alfred escribió el resultado y encerró la respuesta en un recuadro.

—Por lo tanto, equis es igual a tres. No olviden comprobar sus resultados sustituyendo la incógnita por el valor que encontraron. Resolver una ecuación de este grado no consiste únicamente en llegar a una respuesta, también debemos asegurarnos de que sea correcta.

Se apartó del pizarrón y recorrió el salón con la mirada.

—¿Alguna duda?

Durante unos segundos no se escuchó nada. Un par de estudiantes intercambiaron miradas, pero ninguno pareció dispuesto a preguntar.

Finalmente, un joven rubio levantó la mano.

—¿Cuándo serán los exámenes, profesor?

—Dentro de dos semanas. Todavía tienen tiempo para repasar, así que les recomiendo no dejar todo para el último momento.

El joven rubio asintió y bajó la mano.

—Si hay algún tema que no entiendan, pregúntenme antes del examen. No esperen hasta ese día para descubrir que no saben resolver una ecuación.—Aclaró Alfred.

Algunos alumnos soltaron una risa discreta.

—Lo digo en serio —añadió Alfred con una pequeña sonrisa—. Después no quiero escuchar que no tuvieron tiempo suficiente para estudiar.

Juntó las manos en una palmada breve para recuperar la atención del grupo.

—Bien, si no hay más dudas, pueden empezar, abran su libro de ejercicios en la página doce y resuelvan del uno al doce. Excepto el número tres: hay un ejercicio duplicado por un error de impresión. No pierdan tiempo intentando encontrar una diferencia entre ambos.

Se escucharon varias páginas al pasar y el roce de los lápices contra el papel. Alfred regresó a su escritorio, donde revisó unas notas mientras los estudiantes comenzaban a trabajar.

El timbre sonó poco después, se escucharon algunas quejas, otros celebrando la hora del receso.

—Los ejercicios quedan de tarea, los revisaré la próxima clase. —anunció Alfred mientras cerraba su libro—. Recuerden repasar lo de hoy.

Los estudiantes comenzaron a guardar sus materiales. Algunos salieron conversando sobre lo que harían al terminar las clases, mientras que otros, se quedaron a jugar cartas y a charlar. Alfred borró los ejercicios del pizarrón, recogió sus cosas y salió del aula.

------

En la sala de profesores, estaba llena. En la enorme mesa había recipientes con comida y varias tazas. También, una pila de documentos que alguien había dejado junto a la cafetera. Dos profesores conversaban parados cerca de la ventana, mientras una mujer revisaba unas hojas con cansancio.

Alfred saludó al entrar y ocupó una de las sillas libres. Durante unos minutos, hablaron de cosas cotidianas como el tráfico de aquella mañana, el precio de la comida y una reparación que todavía no terminaban en uno de los salones. La conversación pasó después a los asuntos del centro educativo sobre los exámenes extraordinarios, faltaban pocos días y tenían presión por parte del trabajo administrativo.

—Todavía tengo que revisar las solicitudes de recuperación —comentó la profesora Eliana—. No sé cómo voy a terminar con todo antes del viernes.

—Al menos tú tienes varios alumnos por grupo —respondió secamente Garrick, un profesor mayor de carácter severo. —Yo tengo uno que parece empeñado en hacerme revisar el mismo examen durante todo el año.

—No empieces —intervino una tercera voz—. Todos tenemos estudiantes que nos preocupan.

—No digo que no. Pero hay casos que de verdad ponen a prueba la paciencia. —Protestó.

—Hablando de exámenes.—continuó Eliana. —¿Se enteraron del muchacho que sigue sin acreditar matemáticas? El que no puede recibir su certificado.

Uno de sus compañeros levantó la cabeza.

—¿Todavía sigue con eso?

—Sí. Por lo que escuché, ya presentó el mismo examen de opción múltiple seis veces y no ha conseguido aprobarlo.

—¿Seis veces el mismo examen? Vaya... Me da lástima. Debe ser frustrante haber terminado prácticamente todos los estudios y no poder recibir el certificado por una materia.

—No es solo una —aclaró—. Tiene pendientes las de cuarto, quinto y sexto semestre. La de cuarto es la que ha intentado acreditar seis veces. Las otras dos las reprobó hace poco, antes de terminar las clases.

—Entonces tiene bastante por resolver —comentó Garrick dando un sorbo a su café, luego continuó. —No podemos hacer el trabajo por él. Si se le dan oportunidades, si se le explica el contenido y si se le proporcionan ejercicios, en algún momento tiene que demostrar que aprendió.

—No sabemos cuánto ha estudiado ni qué dificultades tiene —replicó la profesora—. No podemos dar por hecho que no se esfuerza.

—Y tampoco podemos asumir que la culpa es de la escuela cada vez que alguien reprueba. Comentó Alfred quien había escuchado la conversación mientras comía. Dejó los cubiertos a un lado y prosiguió. —Al final, el examen evalúa lo que el alumno ha aprendido. Nosotros podemos explicar los procedimientos, resolver dudas y proporcionar material para practicar, pero también tiene que saber aplicar los conocimientos por su cuenta.

—Hablas como si fuera así de sencillo, Alfred—comentó su compañero.

—No he dicho que lo sea. Digo que es parte de lo que se espera de un estudiante.

—¿Y nunca has tenido a alguien que no consiga entender tus explicaciones?

Alfred se encogió ligeramente de hombros. —He tenido alumnos con dificultades, por supuesto. Pero suelen avanzar cuando revisamos los ejercicios y corregimos sus errores. Hasta ahora, no recuerdo un caso que haya terminado acumulando tantas materias pendientes.

—Entonces debes de tener un método infalible —bromeó su compañero.

Alfred sonrió apenas. —No diría tanto. Pero conozco mi materia y sé cómo preparo mis clases. Mis alumnos suelen obtener buenos resultados.

—Eso sí te lo reconozco —admitió otro docente—. Eres bastante organizado.

—Procuro serlo. Facilita el trabajo de todos.

El comentario cerró la discusión entre algunas risas. Sin embargo, Eliana, volvió a mirar los documentos que tenía delante.

—De cualquier forma, espero que ese muchacho encuentre una solución. Ya debe de estar cansado de intentarlo.

Alfred no respondió, se limitó a terminar su almuerzo mientras la conversación pasaba a otros asuntos. Fue entonces cuando el secretario administrativo apareció en la sala. Llevaba una carpeta roja bajo el brazo y varias hojas en la mano. Echó un vistazo a los profesores reunidos y se acercó a Alfred.

—¿Podría hablar contigo un momento en privado?

Alfred levantó la mirada.

—Eh, claro.

Ambos salieron al pasillo. El secretario se apartó de la puerta y revisó rápidamente su agenda antes de hablar.

—Alfred, ¿Qué día y hora tienes disponible esta semana?

—El viernes por la mañana ¿Por qué?

El secretario comprobó sus anotaciones. Su expresión se relajó ligeramente.

—Perfecto. Quería pedirte un favor. Estoy organizando tutorías para los estudiantes que tienen materias pendientes, en especial para un muchacho que sigue sin acreditar matemáticas desde hace un tiempo.

—Ah, creo que acabo de escuchar a unos compañeros comentar su caso.

—No me sorprende. El asunto lleva tiempo dando vueltas por aquí.—El secretario bajó la voz y miró hacia la sala antes de continuar.—La última vez que vino a la oficina estaba muy alterado. Terminó agachado en el suelo llorando y nos reclamó que necesitaba atención personalizada. Según él, no ha podido aprobar porque nadie le enseña de la manera que necesita.

Alfred lo escuchó sin interrumpir.

—Le hemos ofrecido distintas alternativas para que repase los contenidos. Incluso le recomendamos herramientas de inteligencia artificial que pueden explicarle los ejercicios paso a paso y ayudarlo a resolver sus dudas. Pero sigue insistiendo en que necesita un profesor que trabaje con él individualmente, el problema es que no he encontrado a ningún docente con disponibilidad pero no quiero seguir aplazándolo sin ofrecerle alguna opción al joven.

El secretario consultó de nuevo su agenda.

—Si pudieras empezar el viernes nos ayudarías bastante. Por supuesto, tendríamos que organizar el horario y confirmar que el estudiante pueda asistir.

Alfred reflexionó unos instantes antes de preguntar.

—¿Tienes su historial académico?

—Puedo enviártelo esta tarde, junto con sus datos de contacto.

—Bien. Lo revisaré antes de hablar con él. Así sabré qué contenidos tiene pendientes y podremos organizar las tutorías. Cuenten conmigo para darle tutorías particulares.

El secretario pareció aliviado.

—Te lo agradezco, Alfred. De verdad. Llevo varios días intentando encontrar a alguien que pueda hacerse cargo. Te enviaré la información en cuanto regrese a la oficina.

El secretario se despidió y volvió a sus tareas.

Alfred regresó a la sala de profesores y terminó su almuerzo pero su atención ya no estaba en él. Pensaba en el compromiso que se había metido, y en la idea de enfrentarse a un problema que, hasta entonces, nadie había conseguido resolver. Aunque no conocía al estudiante ni sabía por qué había reprobado tantas veces, la posibilidad de trabajar con él le resultaba interesante. Alfred confiaba en sus propias capacidades para afrontar el caso y estaba dispuesto a descubrir por dónde empezar.

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