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Tabitha

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Sinopsis

Tabitha es una mujer que se ve atrapada en una situación de lo más extraña al ser arrancada de los brazos de su família. Colaboración con Leo Alcaraz Oliver para Halloween 2026.

Genero:
Horror
Autor/a:
Angel Novo
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Todo lo que puede salir mal

Al poco tiempo de empezar la mudanza, nuestra abuela enfermó mucho. Mis padres estuvieron con ella hasta el final.

Agradezco lo que hicieron por ella… Pero para mi hermana y yo fue muy difícil pasar por ello solas.

Somos hermanas gemelas, por lo que compartimos la vida de otra manera. No quiero decir que somos idénticas en personalidad pero por lo menos nos entendemos sin mucho esfuerzo.

Éramos muy jóvenes… Apenas teníamos trece años. Papá y Mamá casi no estaban en casa.

Cuando no estaban cuidando a la abuela estaban trabajando.

Mis padres siempre han sido un poco distantes… Aunque ahora lo entiendo… Lo hicieron lo mejor que pudieron, no es fácil criar a una hija siendo padres primerizos y ya ni hablemos de gemelas.

Mamá es muy reservada, no quiero decir que es mala, pero si no le sacas conversación ella no hablará, supongo que yo he salido más a ella que a papá.

Papá es el completo opuesto, dulce, cariñoso y alegre.

Tengo muy claro a quién se parece Abigail.

Desde hace un par de años ya… Cinco para ser exactos.

Las cosas han ido bastante mejor desde entonces.

Vivimos en un pequeño vecindario a las afueras de la ciudad donde todas las casas son iguales. No es nada lujoso, pero al menos fue barato.

Realmente no tenemos muchos vecinos, nos conocemos todos y si algún día hay algún problema, sabemos que podemos confiar los unos de los otros.

El problema es que es como una especie de pueblo dormitorio. Las personas que viven aquí no están todo el día y solo vienen para dormir.

Además que no ayuda el hecho de que mi hermana y yo somos las más jóvenes. Ahora tenemos diez y ocho. La persona más joven a parte de nosotras tiene treinta y cinco años.

Hasta hace poco, cuando todos trabajaban… Mi hermana y yo éramos las únicas. Pero no pasaba nada porque también somos mejores amigas.

Al cumplir los diez y ocho, decidimos dejar de estudiar para poder ayudar en casa.

Mi hermana Abigail tiene una personalidad muy diferente a la mía… Ella es social, alegre y muy activa.

Por otro lado, yo soy un poco más reservada.

Ambas conseguimos nuestra licencia de conducir al mismo tiempo, pero ella tuvo suerte y encontró trabajo enseguida.

Yo sigo buscando el mío.

A veces este lugar puede llegar a ser muy silencioso. Sobre todo cuando estoy sola.

El silencio es ensordecedor y me paso el día pegada al móvil enviando currículos a empresas que nunca responderán.

Un coche suena a la distancia y se detiene justo enfrente de nuestra casa.

Nuestra habitación tiene una ventana enorme que me permite ver quién hay en el coche.

La puerta del coche se abre, revelando a mi hermana cargando unas bolsas.

Me apresuro hacia la puerta para ayudarla.

Justo segundos antes de que introduzca la llave, cierro el pestillo para que no pueda entrar.

— ¡¿Cual es la contraseña?! — Pregunto en voz alta para que pueda oírme.

— ¡No me fastidies Tabi! — Asiente molesta. — Déjame entrar que voy cargada.

Así es como me llama ella, mi nombre es Tabitha aunque ella me llama Tabi. Del mismo modo que yo le llamo Abi en lugar de Abigail.

Su tono de voz es muy leve, como si estuviera exhausta.

— ¡No te dejaré entrar hasta que me digas la contraseña!

Nos queremos mucho y hemos pasado demasiado tiempo juntas… Pero seguimos siendo hermanas y nos gusta molestarnos la una a la otra.

— Venga ya… Ya estamos mayorcitas para esto ¿No crees?

— Te recuerdo que fuiste tú quien decidió la contraseña.

— Juntas… Para siempre. — Dice medio asqueada.

De un solo movimiento consigo girar el pestillo y abrir la puerta para ayudarla.

— Eres lo peor.

— ¡Lo sé! — Exclamo contenta.

Abigail no se detiene ni para saludarme, algo común cuando está muy cansada y necesita darse una ducha.

— ¿Qué es todo eso que llevas ahí? — Pregunto confusa. — Fuimos a hacer la compra ayer.

— Una compañera de trabajo lleva días hablando sobre una marca de dulces… Y no he podido aguantar más.

— ¿Dulces?

— Bueno, hay un poco de todo… Chocolate, caramelos…

Al oír la palabra caramelos, mis ojos se desvían rápidamente hacia la bolsa.

— No te preocupes Tabi, no es solo para mí… Quiero compartirlos contigo, mamá y papá.

— Eso es si los vemos.

— ¿Te han dicho algo? — Pregunta con un tono inquieto.

— No… Pero a juzgar por la hora que llegaron ayer… Supongo que hoy será igual.

— Trabajan demasiado. — Asiente.

Después de colocar los caramelos en un recipiente de cristal, Abigail se va a la ducha. Dejándome sola de nuevo.

— ¡Te robo un dulce! — Digo en voz alta.

Seguramente no me haya escuchado, a estas alturas ya se habrá metido en la ducha.

Puedo resistir la tentación de comerlos todos durante unos segundos hasta que consigo decidir cuál probar.

Todos los dulces vienen envueltos en su propio plástico.

No puedo resistirme ante uno de los bombones con envoltorio verde.

— No es tan bueno como dicen…

Se está haciendo de noche, por lo que espero a que Abigail termine de ducharse y vuelvo a mi habitación.

Una notificación suena en mi móvil. Para mi sorpresa es un correo electrónico.

— ¿A estas horas? … Será publicidad… Lo revisaré por la mañana.

Es una noche tranquila.

Despierto al día siguiente. La luz que entra por la ventana me ciega y lo primero que hago al levantarme es abrir la ventana para que se ventile la habitación.

Antes de ir a desayunar, recuerdo el correo que me llegó ayer, por lo que no tardo mucho en encender el portátil y leerlo.

Para mi sorpresa es un correo de una empresa donde envié mi curriculum.

Es complicado mantener la compostura, llevo esperando una respuesta desde hace tiempo.

Al leerlo detenidamente, una sonrisa aparece en mi rostro.

“... nos gustaría concertar una entrevista en persona. ¿Tienes disponibilidad el …”

Doy un salto de alegría y salgo corriendo hacia el comedor.

Mis padres están sentados tomando el desayuno.

— ¡Tengo una entrevista de trabajo el …

— ¿Para qué necesitas una entrevista de trabajo? — Pregunta mi madre. — ¿Acaso no estás bien aquí?

Puedo notar como la sonrisa desaparece de mi rostro.

— Llevo… buscando una oportunidad desde que cumplí la mayoría de edad… Igual que Abi…

— Abi siempre ha sido mejor que tú. — Dice mi padre. — En todos los aspectos.

Con lágrimas en mis ojos y sin saber qué hacer en esta situación. Salgo corriendo hacia fuera de casa.

Al escuchar el comentario, Abigail sale de la cocina y me sigue.

— ¡Espera, Tabi! — Grita corriendo detrás de mí.

Las lágrimas nublan mi vista y me obligan a detener mi escapada.

Abigail no tarda en llegar hasta mí y me da un abrazo.

— Seguro que no lo han dicho en serio.

Su rostro está pálido, prácticamente sin emoción. Parece que a ella le ha afectado tanto como a mí, pero quiere ayudarme.

— No es solo cuestión de si lo han dicho o no… Es cómo y cuándo lo han dicho. — Hago una breve pausa. — Lo he contado con muchísima ilusión y se me han quitado las ganas de todo.

— Vamos Tabitha, seguro que ayer tuvieron un mal día y siguen resentidos. No quiere decir que piensen lo que han dicho. Estoy segura de que ha sido una broma y están muy orgullosos de ti.

— Eso espero, intento ser mi mejor versión pero ya sabes que a veces me cuesta sentirme útil.

— Lo sé…

Abigail vuelve a darme un abrazo, pero esta vez no deja ir.

— Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti y de en quién te has convertido.

— ¿Qué dices Abi? ¡Si somos idénticas!

— ¡Sabes que eso no es cierto! Puede que seamos físicamente idénticas, pero nuestras personalidades son prácticamente opuestas. Tu tienes tus ideas y yo tengo las mías.

El abrazo termina, Abigail saca un pañuelo de su bolsillo y limpia mis lágrimas.

— ¿Has contestado al correo de la entrevista? — Pregunta sonriendo.

— No… Estaba tan contenta que mi reacción ha sido ir a contarlo…

— Vale entonces quiero que volvamos a casa, vayas a tu habitación sin hablar con nadie y contestes a ese correo. Yo hablaré con papá y mamá para descubrir por qué han dicho lo que han dicho. Ya sabes que ellos no son así.

Regresamos juntas a casa y entramos por la cocina para evitar el comedor.

Abigail hace una señal para que vaya directamente a mi habitación.

— ¡Espera, Tabi! — Dice Abigail con un tono dulce.

Me giro para ver si necesita algo.

— Como no te has despertado a la misma hora de siempre te he preparado el desayuno y tenía pensado llevarlo a tu habitación.

Hace una señal para que mire encima de la mesa.

Para mi sorpresa hay un plato con tostadas y mantequilla untada, junto a un café.

— Gracias Abigail, de verdad. — Digo de la forma más sincera posible.

— Llévate uno de estos también, ya sabes que el chocolate nos hace sentir mejor.

Introduce la mano en el recipiente de cristal con los dulces que trajo ayer y me ofrece un par de bombones y caramelos.

— Los probé ayer después de que fueras a tu habitación… Están increíbles.

— Comí uno de los verdes ayer… No están mal.

— ¿No están mal? ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermana?

Las dos nos reímos.

Vuelve a introducir los dulces en el recipiente y busca todos los otros colores.

— Se que elegiste el verde porque es tu color preferido, ¡Pero tienes que probar los otros!

Abigail pone cuatro dulces de colores diferentes en el plato junto a las tostadas y me dice que vaya a la habitación.

Durante los siguientes minutos y a pesar de lo que ha sucedido, empiezo a sentirme un poco mejor… Seguramente sea por las tostadas con mantequilla. La comida sabe mejor cuando la preparan para ti.

Vuelvo a leer el correo electrónico y respondo rápidamente mientras que la adrenalina llena mi cuerpo.

Un clic, es lo único que hace falta…

En el plato solo quedan los bombones, el color preferido de Abigail es el morado, así que ese es el que voy a probar.

Posiblemente me vayan mejor las cosas si dejo de elegir por colores.

Vuelvo a leer mi respuesta antes de confirmar mientras abro el dulce, el sonido del envoltorio abriéndose inunda la habitación por completo.

Justo antes de terminar de abrirlo, envío el correo y desvío mi atención al dulce de nuevo.

Este dulce es extraño, a diferencia del que comí ayer, este tiene un relleno extraño, aunque parece chocolate es líquido.

— ¡Tabi! — Dice Abigail asustándome.

Al girarme, veo que la puerta de la habitación está abierta y Abigail tiene una cara extraña, como si me hubiera llamado varias veces.

— Perdona. — Me disculpo. — Supongo que estaba tan concentrada que no te he oído entrar.

Cierra la puerta lentamente y se sienta junto a mi lado.

— He hablado con ellos… — Dice refiriéndose a nuestros padres.

— ¿Y bien?

— Las palabras han salido de forma equivocada, ellos no querían decir lo que dijeron, simplemente les cuesta entender que en todo este tiempo solo has recibido una respuesta, cuando dices que has enviado tantos curriculums.

— No me gusta como lo estás diciendo… — Confieso preocupada. — ¿Tú también lo crees?

— ¡En ningún momento he dicho eso! Simplemente pienso que has contactado con las empresas equivocadas.

Mi temperatura corporal empieza a subir.

— ¿Enserio piensas eso? y ¿Por qué no me lo dijiste antes en lugar de esperar meses?

— No es que piense eso Tabi, es simplemente que ahora que nuestros padres lo han mencionado, creo que tienen un poco de razón. ¿No crees?

— ¿Quien lo ha dicho? — Pregunto enfadada. — ¿Ha sido mamá?

— Eso no tiene importancia, porque ahora voy a ayudarte yo.

— ¿Ahora tú también piensas que soy una inútil? — Digo casi chillando. — ¿Qué ha pasado con lo que has dicho antes?

Sé que Abigail no lo está diciendo en mal sentido, estoy segura de que quiere ayudarme. Pero algo me impide razonar como siempre. Por algún motivo no puedo tranquilizarme y solo tengo ganas de ponerme a chillar.

Me levanto de la silla, mirando a Abigail.

Ella sigue sentada, mirándome sin saber qué hacer.

La puerta se abre por completo, es mamá.

— ¿Qué está pas…

Pierdo los estribos por completo y salgo de la habitación empujando todo lo que hay en mi camino incluyendo a mamá.

De fondo escucho a mi hermana suplicando que me calme pero cada vez la oigo menos.

Los cuatro estamos en el comedor, veo como me están gritando pero no puedo escucharlos. Tampoco oigo mi propia voz.

La rabia se ha apoderado por completo de mi cuerpo, soy consciente de lo que sucede pero no puedo intervenir. Mi mano levanta el plato con los restos del desayuno de papá y lo lanzo en la dirección donde está mi hermana.

Abigail coge su teléfono y se marcha corriendo a otra habitación, dejándome a solas con mis padres.

Mamá me está hablando, pero no consigo oír lo que dice.

No puedo parar de lanzar cosas.

Los segundos se convierten en minutos. Abigail sale corriendo de la habitación y se dirige a la puerta principal.

Los próximos segundos suceden muy rápido.

Dos hombres con atuendo de policía entran a casa y se abalanzan sobre mí para inmovilizarme, me levantan y me trasladan hacia el coche patrulla. Dejándome en el asiento trasero sin poder salir.

Cuando consigo calmarme, es demasiado tarde. El coche ya está en marcha y nos dirigimos hacia algún sitio.

— ¿Dónde vamos? — Pregunto con voz temblorosa.

— A comisaría. — Dice el conductor.

Su voz es terrorífica mente monótona.

A lo largo del trayecto, los dos policías están callados.

Estoy empezando a asustarme mucho.

La zona en la que estamos no tiene comisaría, por lo que tengo asumido que me llevarán a la ciudad más cercana.

Nuestro barrio es pequeño y la única carretera es tanto la salida como la entrada. Es una carretera recta que cuando llega al final se bifurca en dos carreteras opuestas.

El camino de la izquierda lleva a la ciudad, mientras que el otro camino lleva a un bosque.

El coche se detiene justo antes de la bifurcación, proporcionando tiempo suficiente como para asegurarse de que no viene ningún coche.

Los dos agentes intercambian miradas y comienza a sonar el ruido intermitente de la señal de giro.

Nos movemos lentamente y el conductor guía el coche hacia el camino de la derecha.

— ¿No íbamos a comisaría? — Pregunto incomoda.

No responden.

Durante lo que parece una eternidad nos vamos adentrando cada vez más en el bosque, hasta que termina la carretera.

Los policías intercambian miradas una vez más y el copiloto baja del coche antes de abrir una de las puertas traseras.

El individuo me mira fijamente y se sienta a mi lado.

No puedo evitar fijarme en una cicatriz que tiene en el cuello.

El conductor está callado y el otro policía está sentado junto a mi sin mover un músculo.

La tensión es innegable.

— ¿Qué va a pasarme? — Pregunto esperando lo peor.

El policía mete la mano en su bolsillo, saca un objeto y gira su cabeza lentamente para hacer contacto visual conmigo.

En cuestión de segundos, revela que es un spray y me lo echa en la cara.

Intento llevar mis manos hacia mi cara para taparme, pero es demasiado tarde, sea lo que sea esa sustancia está funcionando. Mi visión se nubla hasta que mis ojos se cierran por completo, dejándome totalmente inconsciente.

Despierto en una habitación cerrada, sin ventanas y con una única puerta.

La puerta es lo que más destaca de la habitación. Es una puerta de hierro.

Las paredes son blancas, aunque tienen un tono amarillento por el reflejo de la luz.

Estoy encima de un colchón tirado en el suelo.

Al levantarme todo empieza a dar vueltas. Estoy muy mareada, no sé exactamente qué ha sido ese spray… Ni cuanto tiempo he estado inconsciente.

El sonido de unos pasos revela a un grupo de personas acercándose a gran velocidad.

Tras unos segundos en completo silencio, alguien gira el pestillo del otro lado.

Doy unos pasos hacia atrás para acercarme a la puerta.

La puerta se abre por completo, revelando que al otro lado hay una mujer y dos hombres detrás.

La mujer va vestida de blanco, mientras que los dos hombres van vestidos con un mono amarillo.

— No te preocupes Tabitha. — Dice la mujer con un tono calmado. — Estamos aquí para ayudarte.

No se que hacer exactamente, nunca me había visto en una situación similar.

— ¿Dónde estoy? — Pregunto asustada.

— Eso no importa ahora.

Su rostro cambia por completo intentando formar una sonrisa de lo más forzada.

— Necesito que nos acompañes, vamos a hacerte unas analíticas y nos gustaría que no pusieras resistencia.

Mi cabeza asiente sin pensarlo.

Los dos hombres entran en la habitación y cada uno me coje de un brazo, guiándome hacia la salida de la habitación.

La mujer me mira de arriba a abajo, da media vuelta y empieza a caminar por el pasillo.

Uno de los hombres estira de mi brazo, indicando que siga a la mujer.

El pasillo es largo, lleno de puertas iguales a las de la habitación en la que me he despertado.

Todas las puertas están cerradas.

No me atrevo a hablar, aunque tengo mil preguntas.

Llegamos al final del pasillo donde la única dirección es una puerta grande a la derecha.

Al cruzar la puerta, otro pasillo aún más largo nos espera.

Este pasillo es diferente, en lugar de puertas de hierro, simplemente tiene los marcos de las puertas, por lo que al pasar por delante de uno de ellos, puedo ver claramente lo que hay dentro.

Para mi sorpresa, todas las habitaciones están vacías. Las que no lo están, simplemente tienen una silla con reposabrazos como las que tienen en los hospitales cuando tienen que hacer analíticas de sangre y un pequeño armario.

La mujer se detiene junto a una de ellas y levanta su mano para señalar a los hombres que me acompañen hasta dentro mientras la mujer se marcha.

— Siéntate. — Dice uno de los hombres.

Accedo sin cuestionarlo.

— ¿Qué está pasando? — Pregunto.

Un hombre vestido con un mono azul entra por la puerta. Tiene una mascarilla cubriendo su boca y nariz.

— ¿Tienes problemas con las agujas? — Pregunta con voz ronca.

— No.

Al oír mi respuesta, abre un cajón del armario y saca un paquete con dos jeringas, una de ella contiene un líquido azul.

Utilizando la jeringa vacía, la presiona sobre mi piel para sacar sangre y al terminar utiliza la otra para inyectarme la sustancia azul.

— ¿Qué es…

— La doctora Gómez te espera.

El hombre se marcha sin despedirse y los dos hombres que me han acompañado hasta aquí vuelven a guiarme hasta fuera de la habitación.

En lugar de volver por donde hemos vuelto, seguimos el pasillo. Este camino es distinto al otro, ya no es un único pasillo sino una conexión de varios.

Me cuesta memorizar el camino, parece un laberinto.

Este lugar está mucho más transitado por personas vestidas con indumentarias similares a las personas con quienes me he encontrado.

Llegamos hasta nuestro destino. Una puerta con una placa que lee ‘Dra Gómez’.

Uno de los hombres me suelta para abrir la puerta mientras el otro me empuja para que entre.

Al entrar en la habitación, la puerta se cierra rápidamente.

— Toma asiento.

Parece que la doctora Gómez es la misma mujer que ha venido a mi habitación.

Hago lo que me dice.

— ¿Puede explicarme qué es esa sustancia que me habéis inyectado?

— Es un tranquilizante, para que no…

— ¡No necesito ningún tranquilizante! — La interrumpo.

— Tu familia no opina lo mismo Tabitha. Quieren asegurarse de que estas bien.

— ¡Algo pasa con mi familia! La última vez que hablé con mis padres no parecían ellos. Mi hermana es la única que parecía igual hasta que cambió en cuestión de minutos.

— Tu hermana no nos ha contado lo mismo Tabitha…

La doctora Gómez se sienta en una silla delante de mí.

— Tu hermana llamó a la policía porque estaba preocupada. Dijo que no te reconocía… Que te habías descontrolado y que estabas rompiendo cosas.

— Oiga… Algo está sucediendo… Antes de perder la consciencia iba en un coche de policía y me rociaron con un spray en la cara, he despertado aquí así que me gustaría que explicaran lo que está sucediendo.

— Veo que estás un poco alterada, ¿Te apetece un caramelo?

Se levanta para coger un recipiente lleno de caramelos.

— ¿Un caramelo? — Pregunto confusa.

Dentro del recipiente hay decenas de caramelos con envoltorios de todos los colores.

Introduzco la mano en el recipiente y elijo uno de color morado.

— ¿Has elegido el morado por algún motivo en concreto? — Pregunta mientras vuelve a sentarse.

Esta vez tiene una libreta y un bolígrafo, no se que está apuntando pero es como si me estuviera analizando.

— Es el color preferido de Abi.

— ¿Tu hermana? — Pregunta.

Asiento con la cabeza.

La doctora dirige su mirada hacia la libreta y continúa escribiendo.

No tardo mucho en abrirlo y comerlo.

— ¿Has perdido el control en otras ocasiones? — Pregunta.

— No.

La doctora se levanta y abre la puerta para que los mismos hombres vengan a recogerme.

— Bien Tabitha. — Dice elegantemente. — Con la reducida información que tenemos sobre ti, no podemos sacar conclusiones aún. Durante los próximos días realizaremos unas pruebas, pero por ahora necesitamos que te quedes en tu celda.

— ¿Mi celda? — Pregunto confusa.

— Habitación, quería decir que te quedes en tu habitación.

Los hombres agarran mis brazos y me guían de nuevo a la habitación.

Este lugar es muy extraño, lo cierto es que no sé muy bien cómo sentirme ahora mismo.

Nunca había perdido el control como lo he perdido con mi familia.

Es imposible saber la hora que es, o cuánto tiempo ha pasado desde que vi a la doctora Gómez.

Esta habitación no podría describirse mejor que con la palabra ‘celda’. Tal y como comentó la doctora antes de rectificar.

Me acerco a la puerta de hierro para comprobar si puedo oír algo al otro lado pero no tengo suerte.

No se si es porque realmente no hay movimiento, o porque no pasa el sonido a través de la puerta.

Espero durante lo que parece una eternidad a que suceda algo.

En esta habitación, quien no llega mal de la cabeza se convierte. Hay tan poco sonido y actividad, que casi puedo oír los latidos de mi propio corazón.

La puerta se abre lentamente.

Al otro lado se encuentra la doctora Gómez. Tiene unos ojos negros que te penetran en el alma.

— Buenos días Tabitha. — Sonríe. — Espero que hayas descansado bien, hemos preferido esperar un día para que pudieras recuperarte del shock.

— ¿Ha pasado un día entero?

La doctora asiente.

— Necesito que vengas conmigo.

Está completamente sola.

Le sigo por los pasillos interminables.

— Quiero disculparme por lo de ayer… No pretendíamos intimidarte, pero no podía arriesgarme a venir yo sola, sobre todo después de lo que pasó con tu familia.

— Lo entiendo.

— Pareces una persona capaz de razonar. Te hemos estado monitorizado desde que llegaste y…

— ¿Cómo me habéis monitorizado? — Pregunto confusa. — La única forma de ver lo que sucede en mi habitación es estando ahí… Y en la habitación estaba yo sola.

— Tenemos nuestros sistemas. — No debes preocuparte por eso ahora.

La doctora se detiene y mete la mano en su bolsillo.

— ¿Te gustó el caramelo que comiste ayer?

— Es un caramelo… ¿Por qué? — Pregunto confusa.

— Aquí tienes, prueba este. El que comiste estaba teñido del color preferido de tu hermana… — Hace una breve pausa. — El rojo es mi color preferido.

De su bolsillo saca un caramelo con el envoltorio rojo y tiende su mano para que pueda cogerlo.

— No lo abras aún. Resérvalo para cuando estés en tu habitación.

Llegamos a una sala diferente.

En el centro hay una camilla y alrededor hay varias personas. Todas vestidas con trajes formales.

— Oiga doctora. — Intento llamar su atención. — Nunca me ha dicho dónde estoy exactamente.

— ¿Acaso eso importa?

— Por supuesto que sí…

Un hombre se dirige a mi.

— Buenos días Tabitha.

Es de estatura media, un poco más alto que yo. Con una complexión más bien delgada.

— Vamos a hacerte un escáner cerebral. Necesitamos entender qué sucedió aquel día con tu familia.

— ¿Qué está pasando?... Solo he perdido el control una vez en mi vida y tampoco creo que fuera tan grave.

— Tu familia está muy preocupada.

— Ya van dos personas que dicen lo mismo desde que llegué. Pero no tengo ninguna prueba de que sea cierto.

— Te estas alterando Tabitha.

— No estoy alterada, pero si estuvieran tan preocupados, entonces… ¿Cómo es que no han venido a verme?

La doctora Gómez interrumpe la conversación poniendo su mano sobre la mía.

— Entendemos que tengas preguntas, pero este no es ni el momento ni el lugar para hacerlas.

Miro a mi alrededor, hay al menos catorce personas en la habitación.

Me tumbo sobre la camilla y otro doctor coloca una especie de casco con cables en mi cabeza.

— ¿Por qué hay tantas personas aquí? — Pregunto nerviosa.

— Es porque nuestras máquinas de escáner cerebral son distintas. Simplemente están aquí para observar y aprender cómo funcionan nuestros procedimientos.

Nunca me han hecho un escáner cerebral. No se que esperar.

El casco de mi cabeza empieza a hacer un sonido extraño.

La doctora Gómez saca su libreta y comienza a apuntar los resultados que ve en la pantalla.

Noto un dolor agudo en el brazo derecho. Es como un pinchazo.

Al girar mi cabeza veo que el doctor que me ha puesto la máquina en la cabeza, me ha inyectado algo.

La jeringa está vacía… Por lo que no puedo ver si es lo mismo que me pusieron ayer.

La sensación es diferente. Noto un calor que cubre rápidamente todo mi cuerpo.

Este calor es exactamente el que sentí cuando estaba con mi familia.

— ¡Es inmune! — Dice uno de los hombres trajeados perdiendo los estribos.

Mi visión empieza a nublarse.

El resto de personas empiezan a hablar en voz muy alta al mismo tiempo.

— ¿Cómo es eso posible? — Pregunta otro de los hombres. — Doctora, nos prometió una tasa de éxito del cien por ciento.

Mi oído se deteriora rápidamente. Es como si no pudiera oír nada.

Es una situación aterradora. No puedo oír y veo borroso.

Mi cuerpo empieza a reaccionar por sí solo y es como si solo pudiera esperar a que todo pase.

Mis brazos arrancan el casco de mi cabeza y sin voluntad propia me pongo en pie.

No se que es lo que me han inyectado, pero es exactamente como me sentí al perder los estribos en casa.

Dos personas entran corriendo a la habitación. Por mi visión borrosa, no puedo ver quienes son pero puedo distinguir que van vestidos con ropa amarilla. Asumo que son los dos hombres que me acompañaron ayer.

Las dos personas se abalanzan contra mí pero consigo apartarme.

No se que sucede pero puedo ver como mi actitud cambia por completo.

Estoy enseñando el mismo tipo de violencia que mostré en casa.

Tiro al suelo la camilla en la que estaba hace unos segundos y agredo a uno de los hombres trajeados.

La doctora Gómez se acerca a mí para intentar calmarme. Está intentando decirme algo pero no puedo oírla.

Me coge entre sus brazos mientras los dos hombres me estiran.

Mi cabeza se acerca al cuerpo de la doctora Gómez, dejándome ver dentro de su bolsillo.

Ahí está la libreta en la que no para de escribir, junto a dos caramelos más.

En un momento de claridad meto la mano indiscretamente en su bolsillo. Sacando los caramelos y la libreta.

Uno de los hombres vestidos de amarillo se abalanza sobre mi. Separándome de la doctora y tirándome en el suelo.

Aprovechó la situación para introducir la libreta en mis pantalones, por detrás del elástico para evitar que lo vean.

Cuando la situación está controlada, me levantan lentamente.

Los caramelos que tengo en la mano caen al suelo.

La doctora Gómez se agacha a recogerlos.

El sonido regresa a la habitación en forma de susurros. He recuperado parte del oído.

— Si quieres más caramelos, solo tienes que pedirlos. — Dice la doctora Gómez.

Estoy de suerte, parece que nadie se ha dado cuenta de que tengo la libreta.

La doctora pone los caramelos sobre mi mano una vez más.

— Acompañarla a su habitación. — Dice con voz autoritativa. — Y que nadie entre hasta que yo lo diga.

Los dos hombres estiran de mis brazos una vez más hasta sacarme al pasillo.

He recuperado parte del control de mi cuerpo. Lo que me permite caminar de una forma segura para que la libreta no se deslice por el pantalón y me descubran.

Al llegar a la habitación, uno de los hombres me suelta para abrir la puerta y el otro me lanza dentro.

— Menudo espectáculo has montado. — Dice uno de ellos.

La puerta se cierra rápidamente.

Mi visión se recupera por completo.

Saco la libreta de mis pantalones y la escondo debajo del colchón para que no la encuentren si vuelven a venir por mi.

Ahora tengo bien claro que estas personas no quieren ayudarme. Es más… Estoy convencida de que algo más siniestro está sucediendo dentro de estos muros.

Tras unas horas, mi temperatura corporal vuelve a lo normal y de hecho creo que he recuperado el control por completo.

Esta vez ha durado más. Supongo que es por lo que sea que me han inyectado.

Un par de horas más pasan y no oigo nada de movimiento detrás de la puerta.

Vuelvo a acercarme y pongo la oreja sobre el frío hierro para verificarlo de nuevo. No se oye nada al otro lado.

Me acerco de nuevo al colchón y lo levanto ligeramente para poder acceder a la libreta.

Si es como ayer, supongo que no volverán hasta dentro de un día. No creo que sea un peligro leer lo que dice la libreta.

No lo leo por completo, aquí hay mucho contenido. Pero leyendo ciertas frases puedo descifrar más o menos de qué trata cada página.

“La sujeto Nº 23 muestra síntomas similares a los de previos pacientes al entrar en contacto con la enzima f70…”

“Familia reporta un comportamiento errático, falta de coordinación en las extremidades, violencia extrema…”

“El comportamiento es inesperado. De ciento cinco mil sujetos sólo veintitrés individuos han resistido los efectos…”

“La enzima f57 no ha producido efecto visual al ser inyectada directamente. Se abre una petición para un escáner cerebral y monitorizar la enzima f70 activamente…”

“La sujeto Nº 23 ha accedido voluntariamente al escáner. La enzima f70 está produciendo resultados inesperados una vez más…”

“Los niveles de ansiedad de la sujeto Nº 23 están subiendo considerablemente. De nuevo se reportan falta de docilidad, posible pérdida o deterioro de la capacidad auditiva. No responde a órdenes…”

“A pesar del descontrol de la sujeto Nº 23, el escáner ha sido un éxito. Siendo la primera vez que se puede monitorizar los efectos de la enzima f70 en un individuo con vida…”

No puedo creer lo que estoy leyendo.

Aterrorizada, lanzo la libreta al centro de la habitación y me siento en una de las esquinas de la habitación. Específicamente la que está más lejos de la puerta.

Lágrimas empiezan a caer sobre mi rostro.

Al poco tiempo oigo unos pasos apresurados al otro lado de la pared. Lo que significa que puede oírse lo que sucede fuera de la habitación y me permitirá adelantarme a futuras situaciones.

Limpio mis lágrimas y la puerta se abre lentamente.

Es la doctora Gómez. Para mi sorpresa no está acompañada.

Al entrar en la habitación, lo primero en lo que se fija es que su libreta está tirada en el suelo.

Se agacha rápidamente y la mete en su bolsillo.

— ¿Cómo has conseguido esta libreta?

— Esta habitación está demasiado vacía. — Digo levantándome.

— ¡Quédate sentada! — Dice con un tono dulce.

— Cuando estábamos en la sala del escáner, vi la libreta en el suelo y la cogí para dibujar. — Miento. — Así podría decorar un poco esto.

La doctora me mira.

— Pero al llegar me he dado cuenta de que no tengo nada con lo que dibujar sobre el papel. — Me río. — ¡¿No es absurdo?!

La doctora se sienta a mi lado.

— Cuando estábamos en la sala con aquellos hombres trajeados… Uno de ellos dijo algo…

Me preparo para lo peor.

— Dijo que les prometió una tasa de éxito del cien por ciento. ¿A qué se refería? — Pregunto sin esperar una respuesta.

La doctora toma aire.

— Estamos en una institución privada. Las familias traen a sus seres queridos cuando les resulta difícil cuidar de ellos.

— Eso no me lo creo. — Confieso indignada.

— ¿A qué te refieres?

— Mi hermana Abigail llamó a la policía para detener el conflicto. De hecho… Dos policías vinieron por mí y me subieron en un coche patrulla. Cuando les pregunté dónde íbamos, me dijeron que íbamos a comisaría. Pero me durmieron y desperté aquí.

Miro a la doctora.

— Como puede imaginar doctora, me cuesta creer lo que me está contando.

— Al ser mayor de edad, tus padres no tienen control sobre tus acciones. Pero firmaron una petición escrita para que te internaran aquí. Incluso firmó tu hermana.

Eso no es posible. No tiene sentido que mis padres firmen eso. Y mucho menos mi hermana.

— Me rociaron con un spray en el coche patrulla y desperté aquí… ¿Cuánto tiempo estuve dormida?

— Un par de horas. — Revela la doctora.

— No entiendo cómo en cuestión de unas horas, el coche patrulla contactó con vosotros, mi familia se desplazó hasta aquí para firmar la petición de internamiento, me trajeron hasta aquí y hasta me cambiaron de ropa. — Digo confusa. — Estos trámites duran más de unas horas.

— Tienes razón, no debería haberte mentido. Te mantuvimos dos semanas dormida. Por eso seguramente estabas conmocionada al despertar.

Al oír esas palabras, mi corazón empieza a latir rápidamente.

— ¡¿Dos semanas?!

La doctora da unos pasos hacia la dirección de la puerta.

— ¿Qué pasó con los otros veintidós? — Pregunto firme.

Se detiene sin mirarme.

— ¿Cuánto has leído? — Pregunta enfadada.

— Lo suficiente.

La doctora Gómez reanuda su marcha y cierra la puerta de nuevo.

Realmente no tengo ni idea de lo que está sucediendo, solo he leído un poco por encima de la libreta.

Solo sé que han mencionado ‘Docilidad’ y ‘Control’.

Eso no puede ser bueno.

Al rato vuelvo a oír pasos fuera y la puerta vuelve a abrirse.

Esta vez no es la doctora, sino uno de los hombres vestidos de amarillo.

Tiene una bolsa en la mano.

— La doctora Gómez quiere que tengas esto.

Me entrega una libreta con un lápiz.

— ¿Para qué es esto? — Pregunto confusa.

— Le dijiste a la doctora que la habitación estaba demasiado vacía y que querías dibujar.

Asiento confusa.

El hombre se marcha y vuelve a cerrar la puerta.

La doctora sabe que le he mentido, incluso sabe que he leído al menos parte de los contenidos de la libreta.

Durante los próximos días. La puerta solo se abre una vez cada día. Y los hombres vestidos de amarillo me entregan una bandeja con la comida necesaria para sobrevivir y un poco más.

Al no tener nada más que hacer, me he pasado estos días dibujando en la libreta y pensando… Pensando mucho.

Cada hoja que he dibujado la he arrancado y puesto en un lugar diferente de la habitación.

No sé dibujar, pero puedo defenderme para que se entienda.

La puerta se abre de nuevo. Hoy no me han dado la comida aún.

Para mi sorpresa es la doctora Gómez.

— Buenos días Tabitha.

Es la primera vez que veo a la doctora después de la conversación que tuvimos. Supongo que ha estudiado sus próximos pasos.

— ¡Veo que has estado ocupada! — Dice sorprendida.

La doctora mira todos los dibujos individualmente. Y se agacha para mirar uno en concreto.

— ¿Quién es esta mujer que has dibujado?

— Me sorprende que me lo pregunte, debería reconocerla ya que según usted ha firmado una petición física de internamiento.

— ¿Acaso no vio a mi hermana Abigail cuando vino a firmar?

La doctora se levanta.

— Necesito que me acompañes, hemos decidido que vamos a explicarte lo que realmente ha sucedido.

La doctora sale de la habitación y deja la puerta abierta. Naturalmente le sigo hasta su despacho.

Nada en el despacho ha cambiado desde la última vez que vine y me ofreció esos caramelos.

Nos sentamos en la misma posición que la última vez.

— Me temo que ha habido un terrible malentendido. — Confiesa.

Observo toda la habitación.

Me sorprende que no haya un poco más de seguridad… Sobre todo después de todo lo que ha sucedido.

Si quiero salir de aquí, esta es mi oportunidad. Pero tengo que pensar rápido.

— ¿Lo que leí en la libreta es cierto? — Pregunto.

— Aquí vienen los casos más violentos. Aquel líquido azul que te inyectamos antes de nuestra primera conversación era un calmante… Y el que inyectamos durante el escáner no era más que una versión mejorada del calmante, pero aún estamos de pruebas.

Detrás de la doctora hay una ventana. No puedo ver el suelo al otro lado por lo que asumo que estamos como mínimo en un primer piso.

— ¿Qué hay de estos veintidós individuos? — Pregunto para despistar. — ¿Por qué nos llamáis sujetos?

— Hemos probado el calmante en un grupo reducido de personas. De ese grupo reducido, no ha tenido efecto sobre veintitrés. De hecho ha tenido el efecto contrario. Os ha vuelto agresivos.

Lo que está contando la doctora tiene sentido, excepto que cuando perdí el control inicialmente, no estaba internada y que yo sepa no me inyectaron nada. Algo no me cuadra, pero no hago preguntas. Me conviene que por ahora piense que me lo creo.

La conversación dura un par de minutos. Mentira tras mentira y a cada cual más obvia.

— Bueno Tabitha. Espero que esta conversación haya clarificado un poco las cosas y te haya tranquilizado.

— Pues la verdad es que sí. — Miento. — Ahora que ya sabéis que es el calmante lo que me ha hecho violenta… ¿Puedo marcharme?

— Me temo que no, por desgracia no sabemos si tiene efectos secundarios. Por lo que tendremos que seguir haciéndote pruebas.

Más mentiras, es otra forma de decir que no quieren que salga porque ‘se la verdad’.

— Creo que va siendo hora de volver a tu habitación.

La doctora se levanta y queda en el marco de la puerta esperando a que la acompañe.

Salimos de su despacho y me detengo por un segundo.

Esta es mi oportunidad de salir. Ese despacho tiene la única ventana que he visto, no puedo malgastar la ocasión.

— ¿Sucede algo? — Pregunta con tono dulce.

— ¿Puedo coger uno de los caramelos de su despacho? Al menos uno de color distinto a los que ya he probado.

La doctora asiente y vuelvo a entrar.

Esta vez me fijo mejor en la puerta. Esta tiene un pestillo que se cierra desde dentro y no hay ranura para abrir desde el otro lado.

Al llegar hasta el recipiente que contiene los caramelos, me detengo un momento para pensar cual coger.

Al final me decido a coger uno aleatorio y miro a la doctora. Por suerte no ha entrado en el despacho y me está esperando fuera.

Me acerco lentamente a la puerta, mi corazón late como nunca antes y puedo notar que cada paso que doy hacia adelante es más pesado.

Al llegar al marco de la puerta la doctora se gira y sigue caminando por el pasillo para que la siga.

Me quedo dentro del despacho y cierro la puerta con el pestillo. Obligando a la doctora a volver corriendo.

— ¡Abre la puerta Tabitha! — Dice aporreando la puerta. — ¡No lo repetiré!

¡No puedo creer que haya funcionado! Ahora ya solo queda la parte difícil… Escapar.

Corro hacia la ventana, pero no puedo abrirla, está cerrada con una llave que no tengo.

El material parece cristal, por lo que seguro que puedo romperlo.

Observo fuera de la ventana, es un lugar que no había visto antes. Además este lugar está rodeado por bosque.

Mirando hacia abajo, confirmo mi teoría. Estamos en un primer piso.

Me desplazo hacia la silla más cercana, con intención de usarla para romper el cristal y saltar, pero al coger la silla la puerta se abre de un golpe seco, revelando uno de los hombres vestidos de amarillo.

Sin pensarlo dos veces y con el corazón a mil, corro hacia la ventana y atravieso el cristal con mi propio cuerpo de un salto.

La caída es dura, pero no fatal.

El suelo está cubierto de cristales rotos.

Intento ponerme de pié apoyándome sobre mis manos. Haciéndome unos cortes bastante profundos.

Espero no perder mucha sangre.

Al ver el estruendo, un hombre vestido de negro se acerca a mi corriendo, intentando abalanzarse sobre mi.

Me retiro ligeramente para esquivarlo y cae sobre el suelo.

— No te resistas. — Dice el hombre aún en el suelo. — No puedes salir de aquí.

Me agacho y cojo uno de los cristales rotos para defenderme.

El hombre se levanta rápidamente, revelando una pistola enfundada en su cinturón.

Intenta abalanzarse de nuevo, esta vez me dejo atrapar y una vez en sus brazos utilizo el cristal para clavarlo en su pierna.

El hombre me suelta y empieza a gritar del dolor, dándome una oportunidad para quitarle el arma.

Un grupo de hombres vestidos igualmente aparece junto a la doctora Gómez y me apuntan con sus armas.

La adrenalina se apodera de mí obligándome a apuntarles a ellos también.

— Vamos Tabitha. No hagas tonterías.

Cambio mi objetivo y apunto directamente a la doctora.

Durante los próximos segundos, la tensión se puede sentir.

— Está bien Tabitha. ¡Tu ganas!

No se que hacer.

La doctora saca algo de su bolsillo.

Unas llaves de coche

— Eres libre. — Dice mientras presiona el botón del mando. — Vamos a ver donde vas.

Uno de los coches que hay aparcados se desbloquea.

La doctora me lanza las llaves y las cojo sin dejar de apuntarle.

Lentamente me dirijo hacia el coche y al entrar, me sorprendo al ver que nadie se ha movido…

¿Realmente van a dejarme salir?

Los cortes de mis manos escuecen al ponerlos sobre el volante.

Unos segundos más tarde pongo el coche en marcha y sigo la carretera.

Me adentro más y más en el bosque, pero la carretera sigue.

No puedo creerlo… Ha sido más fácil de lo que me esperaba.

Al terminar la carretera, llego a una ciudad en la que nunca había estado. Pero no tardo mucho en ver carteles apuntando hacia una ciudad que si reconozco.

El trayecto dura un par de horas y por fin alcanzo a ver la carretera que me permitirá llegar a casa.

No he parado de mirar el retrovisor desde que he salido. Por fortuna parece que nadie me está siguiendo.

Aparco el coche de mala manera justo enfrente de casa, y con muy pocas energías debido a la gran cantidad de sangre que he perdido consigo llegar a la puerta.

Mis manos apenas pueden levantarse, pero consigo tocar lo suficientemente fuerte como para que se oiga si hay alguien dentro.

Estoy dejando un charco de sangre en el suelo.

— ¡Ya va! — Suena una voz en el interior de casa.

Abigail abre la puerta con cara de preocupación.

— ¿Qué ha sucedido?

Apenas consigo murmurar una palabra, el cansancio se está apoderando de mi. Intento darle un abrazo.

— Entra en casa, voy a llamar a una ambulancia.

Le hago caso. Unos pasos más adelante Abigail cierra la puerta y me acompaña hasta una silla de plástico que tenemos.

Mis padres miran horrorizados sin saber qué hacer.

Papá queda inmóvil mientras que Mamá deja escapar un grito al ver mis heridas.

Abigail utiliza su teléfono para llamar a emergencias.

— ¡Una persona acaba de llamar a nuestra puerta! Está gravemente herida.

No consigo oír lo que le dicen.

— No, no le conocemos. Tienen que darse prisa, está en muy mal estado.

¿Mi propia hermana gemela no me reconoce?

Lágrimas empiezan a salir de mis ojos.

— No te preocupes, una ambulancia está en camino. — Dice Abigail. — ¿Cómo has dicho que te llamas?

El caramelo que he cogido del despacho de la doctora Gómez presiona mi pierna izquierda a través del bolsillo.

Al sacarlo me doy cuenta de que el caramelo es de color morado.

Miro a mi hermana mientras abro el caramelo.

— ¿De verdad no me reconoces? — Pregunto indignada.

Ni mis padres ni Abigail saben qué hacer.

Como el caramelo como último alivio.

Suena el timbre y es mamá quien va a abrir esta vez.

La temperatura de mi lengua empieza a subir descontroladamente una vez más y se va desplazando hacia el resto de mi cuerpo.

Es la misma sensación que he estado teniendo.

A pesar de las palabras de mis padres, no consigo oír nada y noto como voy perdiendo el control rápidamente.

Por la puerta entra una cara conocida. Es la doctora Gómez con los dos hombres que iban vestidos de amarillo. Solo que ahora van vestidos de enfermeros.

Mi vista comienza a nublarse de nuevo. Pero no se si esta vez podré resistirlo, he perdido mucha sangre y estoy agotada.

Cuando consigo darme cuenta de lo que ha sucedido, ya es demasiado tarde.

Ahora entiendo los números que hay apuntados en esa libreta…

Ciento cinco mil personas han ingerido estos caramelos… Eso quiere decir que todas esas personas están bajo el control de la institución…

Lo que querían hacer conmigo no era probar un calmante, sino estudiarme para encontrar la forma de controlar a quienes no nos afectó.

Caigo rendida al suelo.

Una figura conocida se agacha y pone su mano sobre mi mejilla.

El descontrol empieza a calmarse, dejándome escuchar una última frase…

— Pobre Tabitha… — Dice la doctora Gómez. — Esto no tendría que haber pasado, no te preocupes… Vamos a curarte y a asegurarnos de que la próxima vez no puedas escapar.

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