PROLOGO
El pecado de los que sueñan
La primera vez que vi un cadáver caminar tenía siete años.
Era mi madre.
La habían sepultado tres días antes, en la cripta familiar, bajo una losa de mármol que llevaba grabados su nombre y las virtudes que el sacerdote le atribuyó durante las exequias. Recuerdo el olor de los lirios, el llanto de las doncellas y las manos enguantadas de mi padre oprimiendo mis hombros mientras descendían el ataúd.
Aquella noche desperté al escuchar que alguien llamaba a mi puerta.
Tres golpes.
Después, el roce de unas uñas contra la madera.
—Gerard, hijo mío, abrid.
Reconocí su voz.
Me incorporé entre las sábanas. La luna iluminaba los cortinajes del lecho y el fuego de la chimenea se había reducido a unas pocas brasas. Sobre la silla descansaban mis ropas de luto, cuidadosamente dispuestas por la doncella.
—Madre —respondí.
La cerradura giró lentamente.
Mi madre entró descalza.
Llevaba el mismo vestido negro con que la habían amortajado. El encaje de las mangas estaba húmedo, y pequeños terrones de tierra caían de sus cabellos mientras avanzaba hacia mí. Su rostro conservaba la palidez de los últimos días de enfermedad, aunque sus ojos, abiertos desmesuradamente, parecían seguir el movimiento de algo que reptaba por el techo.
—Venid conmigo, Gerard.
Extendió una mano.
Yo había pasado tres días llorando su muerte. La había llamado hasta quedarme sin voz y suplicado a Dios que me permitiera verla una vez más. Sin embargo, cuando la tuve frente a mí, permanecí inmóvil, observando la tierra que ensuciaba la alfombra.
—Estáis muerta —le dije.
Mi madre sonrió.
Una sustancia oscura comenzó a escurrirle entre los dientes.
—También vos lo estaréis.
Desperté gritando.
Acudieron dos doncellas, mi aya y, finalmente, mi padre, quien me reprendió por alterar el descanso de la casa. Cuando intenté contarle lo sucedido, me abofeteó y ordenó que retiraran los cuentos de aparecidos que, según él, habían corrompido mi imaginación.
A la mañana siguiente encontraron tierra sobre mi almohada.
La doncella encargada de mi alcoba fue despedida por negligencia.
Nunca confesé que había guardado un pequeño puñado bajo el colchón.
Mi nombre era Gerard Hasell. Había heredado un ducado de considerable antigüedad y una fortuna que habría bastado para alimentar a varias generaciones de hombres ociosos. Mis antepasados sirvieron a la Corona, financiaron guerras, compraron voluntades y engendraron hijos legítimos con una perseverancia que los cronistas familiares consideraron admirable.
Yo heredé sus tierras, sus títulos y una inclinación por ciertas prácticas que habrían provocado la ruina de cualquiera de mis iguales.
Desde mi más tierna infancia padecí sueños de una naturaleza singular.
En ocasiones despertaba en habitaciones desconocidas, rodeado de muebles que jamás había visto. Otras recorría corredores interminables donde las paredes rezumaban humedad y se escuchaban plegarias pronunciadas en lenguas extrañas. Vi hombres ahorcados que continuaban moviendo los labios, mujeres cuyos rostros habían sido arrancados y criaturas que se arrastraban bajo las camas de los moribundos.
Aprendí a reconocer sus voces.
También aprendí a guardar silencio.
A los nueve años descubrí que podía despertar dentro de mis propios sueños. A los doce conseguí permanecer en ellos el tiempo suficiente para recorrer lugares que desaparecían en cuanto abría los ojos. A los quince había adquirido la costumbre de colocar una vela encendida junto a mi lecho, convencido de que ciertas presencias evitaban aproximarse mientras hubiese luz.
Me equivoqué.
Una noche encontré la vela apagada y, sobre la almohada contigua, la impresión de una cabeza.
Jamás había permitido que nadie compartiera mi cama.
Al volverme, escuché una risa.
Era una voz masculina, suave, extraordinariamente agradable.
—Todavía sois demasiado joven.
Me incorporé de inmediato.
La alcoba estaba vacía.
Durante semanas aguardé que aquella voz regresara. Dejé encendidas las velas, mantuve las cortinas abiertas y fingí dormir cuando escuchaba pasos en el corredor. Llegué a esconder un pequeño cuchillo bajo la almohada, aunque nunca habría sabido explicar contra quién pretendía utilizarlo.
La voz no volvió a manifestarse.
Al menos, durante algunos años.
A los veintiún años poseía una belleza que las damas elogiaban sin demasiada discreción, una fortuna considerable y un carácter que mis conocidos juzgaban difícil de soportar. Había heredado el ducado y aprendido a administrar sus privilegios con bastante eficacia. Mis servidores me temían, mis acreedores me respetaban y las familias de buena posición continuaban enviándome invitaciones con la esperanza de obtener algún beneficio de nuestra relación.
Había comenzado, además, mis estudios de nigromancia.
La biblioteca occidental de mi residencia albergaba manuscritos adquiridos en monasterios abandonados, tratados de alquimia, grimorios encuadernados en piel y ciertos volúmenes cuya procedencia jamás figuró en mis registros. Algunos contenían instrucciones para invocar a los muertos; otros describían ceremonias destinadas a obtener el favor de entidades cuyo nombre había sido cuidadosamente borrado.
En el sótano mandé disponer una estancia para mis experimentos.
Los criados recibieron órdenes de mantenerse alejados.
Una madrugada, después de concluir un rito que exigía sangre fresca y la pronunciación de siete nombres antiguos, descubrí una inscripción sobre la piedra del altar.
No la había trazado yo.
Los caracteres eran desconocidos. Habían aparecido entre las manchas de sangre, grabados con tal profundidad que la punta de mi cuchillo apenas consiguió desprender algunas partículas de la piedra.
Me incliné para examinarlos.
Una gota cayó sobre mi mano.
Levanté la vista.
Del techo pendía una larga cabellera oscura.
Retrocedí, derribando el candelabro. Las llamas se extendieron sobre el suelo, alcanzaron el borde de mi casaca y me obligaron a desprenderme de ella. Cuando conseguí recuperar la lámpara, el techo estaba vacío.
La inscripción había desaparecido.
Aquella noche dormí profundamente.
Soñé con un jardín cubierto de nieve.
Había conocido muchos amantes.
Algunos fueron hermosos; otros poseían una inteligencia que encontraba más atractiva que sus facciones. Hubo quienes me ofrecieron una devoción conmovedora y quienes intentaron obtener de mí riquezas, favores o promesas matrimoniales. Rara vez permanecieron a mi lado el tiempo suficiente para convertirse en una molestia.
Sus nombres se habían desvanecido de mi memoria con los años.
En cambio, todavía podía evocar el perfume de aquel desconocido.
Lo percibí por primera vez durante uno de mis sueños. Había abierto los ojos en una estancia iluminada por lámparas de aceite. Sobre una mesa descansaba una vasija de porcelana, y detrás de un biombo se escuchaba el movimiento pausado de alguien que se desvestía.
El aroma del sándalo impregnaba las cortinas.
Me acerqué sin hacer ruido.
Al otro lado distinguí la silueta de un hombre. Su cabello caía sobre los hombros y sus manos se ocupaban en desatar una prenda de seda. La luz proyectaba su sombra contra el papel del biombo, permitiéndome seguir el movimiento de sus brazos.
—Os ruego que os volváis —dije.
El desconocido permaneció inmóvil.
—¿Habéis oído?
Una risa discreta respondió a mi exigencia.
Me disponía a rodear el biombo cuando la lámpara se extinguió.
Sentí unos dedos sobre la nuca.
La presión me obligó a inclinar la cabeza. Una boca rozó mi oído y pronunció unas palabras en una lengua que desconocía. Intenté volverme, pero el desconocido me sostuvo con una fuerza extraordinaria.
Su aliento descendió hasta mi cuello.
Cerré los ojos.
Todavía conservaba el recuerdo del roce de sus labios, la seda de sus vestiduras contra mis manos y el perfume que parecía desprenderse de su piel. Había algo profundamente humillante en la facilidad con que aquella criatura conseguía perturbarme. Me sujetaba como si tuviese derecho a disponer de mi persona, y yo, acostumbrado a recibir obediencia, descubría que mis órdenes carecían allí de toda autoridad.
—Mostradme vuestro rostro —murmuré.
Sus dedos se deslizaron por mi garganta.
—Todavía no.
Hablaba mi lengua con una pronunciación extraña.
Me volví bruscamente y conseguí sujetarlo por la cintura. La tela cedió bajo mis manos. Durante un instante sentí el peso de su cuerpo contra el mío y el movimiento de sus labios junto a mi mejilla.
Después desperté.
Tenía la camisa abierta.
Sobre mi pecho descansaba un cabello largo y oscuro.
Lo conservé durante años dentro de un relicario.
La magia negra exigía sacrificios.
Conocí esta verdad mucho antes de comprender sus consecuencias. Había presenciado ceremonias en las que se derramaba sangre sobre piedras consagradas, escuchado los lamentos de hombres sometidos a tormentos que los tratados describían con una indiferencia espantosa y contemplado el rostro de quienes, después de invocar determinadas presencias, perdían para siempre el juicio.
Continué mis estudios.
Mis maestros me abandonaron uno tras otro. Algunos huyeron de mi residencia sin reclamar los honorarios convenidos. Otros murieron en circunstancias que dieron lugar a rumores desagradables entre los habitantes de las propiedades vecinas.
Nunca permití que tales habladurías alcanzaran los salones de la corte.
Sin embargo, hubo una advertencia que no conseguí olvidar.
La pronunció un anciano al que había hecho venir desde el continente para examinar ciertos manuscritos orientales. Apenas contempló las ilustraciones, comenzó a temblar. Sus manos recorrieron las páginas hasta detenerse sobre la representación de una figura humana arrodillada bajo un árbol.
—¿Dónde habéis conseguido esto, excelencia?
Le indiqué que prosiguiera.
El hombre cerró el libro.
—Debéis destruirlo.
—Os he pagado para traducirlo.
—Entonces exigid la devolución de vuestro dinero.
Su insolencia me divirtió.
Ordené que trajeran vino y le ofrecí una copa. La rechazó.
—¿Habéis soñado alguna vez con un hombre que os llama por vuestro nombre? —preguntó.
Dejé la copa sobre el escritorio.
El anciano observó mis manos.
—¿Os ha tocado?
No respondí.
—¿Habéis permitido que se acerque a vuestro lecho?
Me levanté.
—Tened cuidado con vuestras insinuaciones.
El viejo comenzó a murmurar una plegaria. Sus labios temblaban de tal manera que apenas conseguí distinguir las palabras.
Cuando intenté arrebatarle el manuscrito, me sujetó la muñeca.
—Si vuelve a preguntaros si deseáis permanecer con él, no respondáis.
Lo hice expulsar de mi residencia.
Tres días después encontraron su cuerpo en una habitación de la posada donde se alojaba. Había muerto arrodillado frente a una pared, con los dedos ensangrentados y las uñas arrancadas.
Sobre el yeso dejó escritas varias palabras.
Mi administrador me las comunicó por carta.
Reconocí los caracteres.
Eran los mismos que habían aparecido sobre el altar de mi sótano.
Durante mucho tiempo creí que aquellas experiencias eran consecuencia de mis prácticas prohibidas. Busqué explicaciones en los tratados que poseía, consulté a hombres instruidos en las ciencias ocultas y sometí mi cuerpo a disciplinas que habrían quebrantado la salud de cualquier persona menos obstinada.
Los sueños continuaron.
En ocasiones despertaba con marcas sobre la piel. Otras encontraba las sábanas húmedas, las almohadas desplazadas y el perfume del desconocido impregnado en mis cabellos.
Hubo mañanas en que apenas podía levantarme.
También hubo noches en las que permanecí despierto hasta el amanecer, temeroso de cerrar los ojos y descubrir que aquella presencia me aguardaba al otro lado del sueño.
Aun así, siempre regresaba.
Confieso que llegué a encontrar placer en mi propia aprensión. Me acostaba con el corazón agitado, escuchando los sonidos de la residencia mientras aguardaba que el sueño me venciera. Cuando finalmente reconocía aquella voz, una satisfacción vergonzosa se apoderaba de mí.
El desconocido parecía conocer mis pensamientos.
Se burlaba de mis temores, censuraba mis caprichos y encontraba diversión en recordarme que mi título carecía de importancia en aquellos lugares.
Una noche me llamó por mi nombre.
Sin tratamiento alguno.
Lo abofeteé.
Su rostro se volvió lentamente hacia mí.
Durante algunos instantes permaneció inmóvil. Después se llevó los dedos a la mejilla y contempló la pequeña mancha de sangre que había quedado sobre ellos.
Sonrió.
Jamás había visto una expresión tan hermosa.
Tampoco había sentido semejante espanto.
La madrugada se aproximaba cuando interrumpí mis recuerdos.
Había escrito durante varias horas, acompañado únicamente por el crepitar de la leña y el ruido de la lluvia contra los cristales. Sobre mi escritorio descansaban los mismos manuscritos que consultaba en mi juventud, aunque algunas de sus páginas se habían vuelto tan frágiles que apenas me atrevía a tocarlas.
A veces me preguntaba qué habría sido de mi existencia si hubiese atendido las advertencias de aquellos hombres.
Quizá habría contraído matrimonio, engendrado herederos y envejecido entre las comodidades de mi posición. Mis descendientes habrían conservado el ducado, y mi nombre figuraría en los registros familiares junto al de tantos caballeros cuyas vidas transcurrieron sin acontecimientos dignos de memoria.
Pero nunca fui particularmente aficionado a la obediencia.
Había cometido pecados que ningún sacerdote habría podido absolver. Contemplé horrores que habrían de acompañarme mientras conservara la facultad de recordar y participé en ceremonias cuya descripción habría exigido una cantidad considerable de tinta.
También había amado.
Escribí aquella última palabra con cierta repugnancia.
Durante años la consideré propia de los espíritus débiles, una afección que inducía a los hombres a cometer imprudencias y a las mujeres a sacrificar su dignidad. Me burlé de quienes lloraban por sus amantes y desprecié a los que consentían humillaciones con tal de conservar un afecto que jamás les había pertenecido.
Después conocí el peso de una ausencia.
Conocí los celos.
Y aprendí que un hombre podía llegar a desear la muerte de aquel cuya pérdida sería incapaz de soportar.
Nunca pretendí que mis memorias despertaran compasión. Quien llegara a leerlas encontraría en sus páginas suficientes motivos para condenarme. Había sido cruel por placer, orgulloso por costumbre y despiadado cuando mis deseos tropezaban con la voluntad ajena.
En cuanto a él...
La pluma se detuvo entre mis dedos.
Creí escuchar pasos detrás de la puerta.
Permanecí inmóvil, aguardando.
Después llegó hasta mí un perfume familiar.
Sándalo.
Las llamas de los candelabros se inclinaron hacia la ventana cerrada. Sobre el escritorio, la tinta comenzaba a espesarse, y el relicario que conservaba junto a mis manuscritos se abrió sin que nadie lo tocara.
Dentro descansaba aquel cabello oscuro.
Lo vi moverse.
Al otro lado de la puerta escuché una respiración pausada.
Tres golpes resonaron sobre la madera.
Los mismos tres golpes que había escuchado cuando tenía siete años, la noche en que mi madre regresó de la sepultura.
—Gerard.
Reconocí la voz.
Durante un instante permanecí sentado, con la pluma suspendida sobre el papel.
Después sonreí.
—Habéis tardado demasiado.








