Chapter 1
El puente y el viento
Mikah observaba el agua a lo lejos, más allá de sus zapatillas rojas, desatadas, que colgaban con sus pies a más de sesenta metros de altura desde la cornisa del puente donde se hallaba sentado. Le gustaban esas zapatillas, quizás más por quién se las había regalado que por las zapatillas en sí, que no combinaban para nada con su traje oscuro. Le gustaban tanto que había decidido usarlas su último día en este mundo.
Desde la cornisa todo se veía hermoso, pero él no veía belleza, solo veía tristeza y muerte. El cielo celeste, que a él le parecía gris, brindaba una suave brisa que lo acompañaba en sus últimos momentos antes de lanzarse al vacío.
—Ya, lánzate —se dijo, y se dispuso a dejar su asiento para saltar al fin.
Un silbido lo detuvo.
—Fiuuuuuuh… puj… ja, ja, ja.
«¿Qué es eso?», pensó. Alguien había hecho esos sonidos, pero él estaba seguro de estar solo. No veía a nadie por más que giraba la cabeza buscando esa voz.
La risa seguía, y no veía a nadie, hasta que a su izquierda pareció aparecer alguien de la nada.
—Yo no saltaría si fuera tú —dijo el joven de pelo negro, largo y enmarañado, que estaba sentado a unos metros de él, mirando hacia abajo.
—¡No me detengas! —gritó Mikah.
—No vengo para eso, amigo… pero… se ve como que va a doler… y mucho.
—¡Vivir duele!
—Palabras… —el joven de cabello largo seguía mirando hacia abajo—. Nada va a cambiar, sabes. Solo porque tú no estés, los problemas que tienes no desaparecerán. Solo que tú no estarás para arreglar ese desorden, y todo empeorará para los que dejas.
Mikah se miró las zapatillas rojas, pensativo.
—No tengo a nadie —no levantó la mirada. La respuesta era más significativa para él mismo que para nadie más.
El joven de cabello largo esperó a que Mikah dijera algo más, pero al no tener respuesta, pensó bien sus siguientes palabras.
—Deom —dijo el extraño, mirando por primera vez a Mikah a los ojos, con unos ojos oscuros y profundos como la noche—. Me llamo Deom y me tienes a mí, amigo… Quédate aquí. Ahí abajo no es un buen lugar.
—… Gracias —dijo Mikah—. Gracias, pero…
—Pero nada.
Deom apareció tras Mikah en un parpadeo y posó su mano sobre el hombro del muchacho. Mikah pensó que lo iba a llevar por la fuerza a la seguridad y quiso forcejear, pero Deom volvió a aparecer, igual que había llegado, en un abrir y cerrar de ojos, a metros de él, atrás, en la seguridad de la valla del puente.
—Ven, amigo —dijo Deom con una sonrisa triste.
Mikah giró bruscamente la cabeza y lo miró confundido. Ese joven le parecía extrañamente familiar y le daba paz con su sonrisa. Tras unos segundos en silencio se dio cuenta de que estaba muy tranquilo, como si los problemas del mundo hubieran dejado de tener importancia. Suspiró profunda y sonoramente.
—Supongo que aún no es mi día —se dijo, y se levantó de la cornisa. Dio una última mirada a la terrible decisión que acababa de abandonar y se dio la vuelta. Justo cuando iba a pisar la acera, alguien lo había salvado… y un viento huracanado vino de repente y empujó a Mikah hacia el borde.
—¡Nooo! —alcanzó a decir mientras caía del puente hacia el vacío, hacia el agua y la muerte.
—… Supongo que sí lo es —dijo Deom, encogiéndose de hombros mientras lo miraba caer.




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