ENTRE LO CORRECTO Y LO REPUGNANTE Prólogo
ENTRE LO CORRECTO Y LO REPUGNANTE
Prólogo
La puerta que no debía existir
La primera vez que escuchó llorar a los muertos, pensó que estaba volviéndose loco.
No fue un grito.
Tampoco una voz.
Fue tristeza.
Una tristeza tan profunda que le hizo detenerse en mitad de la habitación, con una mano apoyada sobre la pared y la respiración entrecortada.
Afuera llovía.
El agua golpeaba los ventanales de aquel edificio antiguo mientras el viento hacía crujir las estructuras. Eran casi las tres de la madrugada y llevaba varias horas intentando dormir sin conseguirlo.
Había algo extraño en el silencio.
No era ausencia de ruido.
Era como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración.
Se incorporó lentamente.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Miró el reloj.
3:17 a. m.
Entonces volvió a sentirlo.
Esta vez no era tristeza.
Era miedo.
Un miedo ajeno, desesperado, que se apoderó de su pecho como si alguien estuviera utilizando su cuerpo para experimentar una agonía que no le pertenecía.
Cerró los ojos.
Y vio algo.
Una mujer.
Estaba sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho. Tenía las manos cubriéndose el rostro y repetía algo que él no alcanzaba a comprender.
No era un recuerdo suyo.
Nunca había visto a aquella mujer.
Sin embargo, conocía su desesperación.
Podía sentirla.
Podía sentir el peso de una pérdida que no había experimentado, el arrepentimiento de una decisión que no había tomado y el dolor de alguien a quien nunca había conocido.
Abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba vacía.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Tengo que dormir...
Entonces escuchó tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Venían del otro lado del pasillo.
Se quedó inmóvil.
Conocía aquel edificio. Había recorrido sus habitaciones decenas de veces. No había ninguna puerta al final del corredor, solamente una pared de concreto que separaba el departamento de las escaleras de emergencia.
Pero los golpes volvieron a escucharse.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez acompañados de una voz.
—Ayúdame...
La voz era femenina.
Él salió de la habitación.
El pasillo estaba oscuro. La iluminación de emergencia parpadeaba débilmente, proyectando sombras sobre las paredes.
Avanzó despacio.
Cada paso parecía aumentar aquella sensación que llevaba minutos atormentándolo.
Cuando llegó al final del corredor, se detuvo.
Había una puerta.
Una puerta de madera oscura, con una pequeña manija de bronce.
No tenía sentido.
Aquello no podía estar allí.
La pared había estado vacía desde que se mudó al edificio.
Extendió una mano, pero no llegó a tocarla.
—No abras.
La voz apareció detrás de él.
Se giró inmediatamente.
No había nadie.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Volvió a mirar la puerta.
Desde el otro lado llegó un sonido parecido a una respiración entrecortada.
Después, un susurro:
—Por favor...
La desesperación volvió a invadirlo.
Pero esta vez había algo diferente.
No era solamente una emoción.
Eran muchas.
Cientos.
Quizá miles.
Dolor, angustia, rabia, culpa, miedo.
Todo mezclado en una corriente insoportable que parecía atravesarle el cuerpo.
Cayó de rodillas.
Se llevó ambas manos a los oídos, aunque sabía que aquello no estaba entrando por ellos.
—¡Basta!
Las emociones desaparecieron.
Y entonces escuchó una voz distinta.
No venía de la puerta.
Tampoco del pasillo.
Parecía surgir directamente de sus pensamientos.
—Ahora puedes escucharlos.
Él levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién eres?
—Alguien que lleva mucho tiempo esperando.
La manija de bronce comenzó a girar.
Él retrocedió.
—¿Qué hay detrás de esa puerta?
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Entonces la voz habló:
—Aquello que las personas necesitan encontrar cuando ya no saben dónde están.
La puerta se abrió unos centímetros.
Una luz cálida escapó por la abertura.
No era la luz de una habitación.
Al otro lado había un paisaje.
Un cielo inmenso, de un azul imposible. Árboles que se extendían hasta donde alcanzaba la vista y un campo cubierto de flores blancas que se movían lentamente, aunque no había viento.
Era hermoso.
Demasiado hermoso.
Y, sin embargo, algo estaba mal.
Desde aquel lugar llegaban los mismos lamentos que había escuchado minutos antes.
Miles de personas llorando.
Algunas suplicaban.
Otras gritaban.
Y otras permanecían en silencio.
Un silencio mucho peor que cualquier grito.
Entre los árboles distinguió varias figuras humanas.
Estaban inmóviles.
Todas miraban hacia la puerta.
Una de ellas comenzó a caminar.
Era una niña.
No tendría más de ocho años.
Llevaba un vestido blanco y tenía los pies descalzos. Se acercó lentamente hasta quedar a pocos metros de él.
La niña levantó la mirada.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Vas a ayudarnos?
Él intentó responder, pero no pudo.
La niña extendió una mano.
Y entonces sintió algo que jamás había experimentado.
No era miedo.
Era una felicidad inmensa.
Una alegría que no podía pertenecer a una persona que estaba llorando.
Por un instante, quiso entrar.
Quiso atravesar aquella puerta y abrazar a la niña.
Quiso ayudar a todos.
Pero algo dentro de él se quebró cuando comprendió de dónde provenía aquella felicidad.
No era suya.
Era de alguien más.
Alguien estaba disfrutando de todo aquel sufrimiento.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, con la voz temblorosa.
La niña bajó la mano.
Su expresión cambió.
—No deberías haber venido.
Detrás de ella, las figuras comenzaron a retroceder.
Una por una.
Como si algo se aproximara desde el interior de aquel lugar.
La luz cálida se volvió tenue.
Y la voz que había escuchado antes regresó.
Esta vez estaba mucho más cerca.
—Todavía no estás preparado.
Él miró hacia el interior.
Entre los árboles había aparecido una figura.
No podía distinguir su rostro.
Pero sabía que lo estaba observando.
Y, por alguna razón, tuvo la certeza de que aquella presencia no estaba mirando sus ojos.
Estaba mirando algo mucho más profundo.
Algo que ni siquiera él sabía que tenía.
—¿Quién eres? —preguntó nuevamente.
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
Entonces habló.
—La pregunta no es quién soy.
La puerta comenzó a cerrarse.
—La pregunta es cuánto de ti estás dispuesto a perder cuando descubras lo que puedes hacer.
Él se lanzó hacia adelante.
—¡Espera!
Pero la puerta se cerró.
El golpe resonó por todo el edificio.
Y el silencio regresó.
Durante varios segundos permaneció arrodillado frente a la pared.
Porque ya no había ninguna puerta.
Solamente concreto.
Una pared fría y completamente normal.
Se levantó con dificultad y retrocedió.
Entonces escuchó un último susurro.
Esta vez no provenía de ningún lugar.
Estaba dentro de él.
—No todos los que necesitan ser salvados quieren ser salvados.
Se quedó inmóvil.
Y comprendió que aquella noche no había descubierto una puerta.
Había descubierto algo mucho peor.
Que existían cosas capaces de sentirlo.
Cosas que conocían sus pensamientos.
Cosas que podían encontrarlo incluso cuando estaba solo.
Miró nuevamente el reloj de su muñeca.
3:33 a. m.
Y por primera vez en su vida sintió miedo de cerrar los ojos.
Porque sabía que, si volvía a dormir, quizá no despertaría en el mismo mundo.
Algunas semanas después, en una ciudad atravesada por montañas y cubierta aquella mañana por un cielo gris, un estudiante de diecisiete años observaba por la ventana de su aula.
Se llamaba Jhonathan.
Y todavía creía que el dolor de los demás era algo que podía comprenderse con suficiente atención.
No sabía que estaba equivocado.
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