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Ya estoy acostumbrado a las miradas. Me miran los que están desesperados por sexo y los que sienten envidia de lo que no tienen. Incluso me miran los que tienen relaciones sanas.
Mientras camino por el campus de la Bangtan University, recibo estas miradas por todos lados. En la secundaria me pasaba lo mismo, así que no me sorprende.
En el instituto me consideraban un fuck boy, si es que así quieres llamarlo. La verdad es que tengo mucha experiencia en el mundo del sexo. Aunque me acostaba con muchas, era bastante popular. Hasta las chicas que me tiraba una vez y luego dejaba me querían. Es más, después de eso se peleaban más por mí.
Nunca he sido de tener relaciones. No me gusta la idea de estar atado a alguien. No quiero andar detrás de una persona como un perro ni que me prohíban explorar otras oportunidades. Con oportunidades me refiero a otras chicas, claro. El compromiso no es lo mío.
En la universidad espero que mi vida no cambie demasiado. Me gusta cómo era todo en el instituto. Ejercicio, estudio, sexo y dormir. Esa era mi rutina y pienso seguirla aquí también. Tenía buenas notas, un buen cuerpo y una vida sexual increíble. Lo disfrutaba mucho.
Ya pasé por la orientación. Hoy es el día en que encuentro mi fraternidad, los chicos con los que voy a pasar casi todo el tiempo. Probablemente sea la fraternidad donde pase toda mi carrera.
Tengo tres cosas principales que busco en una fraternidad. Privacidad, que no haya toque de queda y que se permita el sexo en la casa.
Ya revisé dos fraternidades y ambas eran algo raras. O eran muy ruidosos y molestos, o eran unos nerds estirados. A estas alturas, voy a ir a ver cualquier casa que quede.
Estar en una fraternidad significa menos gastos. Además, me sirve para alejarme de mis estúpidos padres, a quienes les importo un bledo.
Miro el mapa del campus y luego levanto la vista hacia la casa que tengo enfrente. —Debe ser aquí —murmuro para mis adentros mientras camino hacia la puerta. El lugar se ve decente y bien cuidado por fuera. No he investigado nada sobre esta fraternidad. Como dije, ya estoy desesperado.
Toco el timbre y la puerta se abre casi de inmediato. Aparece un chico riéndose, más bajo que yo y con el pelo rosa.
Muy atrevido. Obviamente es gay. ¿En qué lío me he metido?
Casi suelto una carcajada al pensarlo, pero la voz del chico me interrumpe. —Hola —dice sonriendo—. ¿En qué puedo ayudarte?
Arrugo la nariz y vuelvo a mirar el mapa. —Esto es... estoy en la fraternidad correcta, ¿verdad?
Él levanta una ceja y me recorre con la mirada, de pies a cabeza. —Sí, aquí es —responde recalcando cada palabra, todavía analizándome.
Niego con la cabeza y me río un poco, mirando hacia otro lado. ¿En qué rayos me he metido?
El chico me jala hacia adentro de la casa. Suelto un jadeo mientras tropiezo con mis propios pies.
—Ha llegado otro chico. Este sí que parece prometedor —grita el de pelo rosa. Luego me mira y sonríe—. Tenemos más reglas que la mayoría de las fraternidades. Seguro que ya te diste cuenta.
—Bueno, en realidad no he... —empiezo a explicar que no sé nada de ellos, pero una voz más profunda me interrumpe.
—Ah, así que vienes a unirte. —Un rubio alto me extiende la mano. Se la doy rápidamente.
Apretón firme. Voz grave. Intimida. No es gay. Para nada gay.
—Bueno, vengo a echar un vistazo, supongo —me río—. Necesito un lugar donde quedarme al menos mi primer año, tal vez más. Tengo que mantener los gastos bajos. No tengo muchos ingresos ahora mismo.
Un chico más alto de pelo castaño se me acerca. Me agarra la barbilla y me gira la cabeza de un lado a otro. Examina mi cara un momento antes de sonreír y soltarme. —Sabes, con esa estructura ósea podrías ganar muchísimo dinero como prostituto.
Este chico tiene mucho estilo para vestir y se nota que se cuida la piel. Eso, sumado a cómo habla, lo delata. Super gay. Mega gay. El colmo de lo gay.
—Gracias, supongo —respondo entre risas.
—Mjm —escucho a alguien murmurar detrás de los otros. Un chico nuevo sale de entre ellos y me mira con desprecio—. No parece que tenga lo necesario para estar aquí.
No jodas, qué voz tan profunda tiene. Juro que sentí mis entrañas vibrar solo de escucharlo. No lo veo para nada gay, pero casi desearía que lo fuera. Es que, maldita sea.
Dije «casi».
—¿Estás dudando de mí? —le pregunto.
Él se ríe y da un paso al frente. —No podrías conmigo, bombón.
¿Qué carajo significa eso?
Vuelve a reírse y se da la vuelta para quedarse con los demás.
Ahora veo que hay seis chicos frente a mí. Algunos parecen más gay que el arcoíris, otros parecen más rectos que una regla y otros simplemente parecen calientes, signifique eso lo que signifique.
El rubio sonríe y ladea la cabeza mientras me mira. —Pero si es muy lindo. Es mejor que otros que han venido hoy.
—Sí, me gusta —dice el de pelo rosa mordiéndose el labio.
¿En qué carajo me he metido?
El chico con la voz tan profunda como el océano vuelve a hablar. —No sé, chicos. ¿No buscábamos a alguien que fuera más... no sé... colorido?
Lo sabía. Gay. Pero en vez de dar media vuelta y buscar otra fraternidad, mi estúpido cerebro se enfoca en que este idiota duda de mí. Odio que me subestimen.
—¿Qué tengo que hacer? —me cruzo de brazos y levanto una ceja. Jamás he rechazado un desafío en mi vida y no voy a empezar ahora.
El rubio alto se adelanta con una sonrisa burlona. —¿Acaso sabes quiénes somos?
—Eh... —hago una pausa, frunciendo el ceño.
El de pelo rosa interviene. —Llamamos a nuestra casa la Sex House. —Me mira fijamente, como esperando que me eche atrás. Al ver que no digo nada, continúa—. La llamamos así por una razón.
Levanto una ceja. Esto se va a poner interesante.
—Mi pregunta sigue en pie. ¿Qué tengo que hacer? —les sonrío con arrogancia.
—Si logras que alguien se acueste contigo en menos de 24 horas, puedes quedarte —responde el rosa.
El chico es guapo, salta a la vista. Es obvio que buscan a los tipos más atractivos para esta fraternidad. Supongo que esta prueba es para ver si tengo agallas, y claro que las tengo. Así que esto no será un problema.
Asiento. —Está bien. Fácil. —Me doy la vuelta para salir, pero un brazo fuerte me detiene. Es el rubio alto de antes. Se nota que es el que manda.
—Ni siquiera sabes lo que implica vivir aquí.
Me encojo de hombros. —Vale, ¿cuáles son las condiciones?
El rubio se muerde el labio. —Todos en esta casa somos muy cercanos —recalca la última palabra, queriendo insinuar algo obvio.
Entorno los ojos, confundido. —¿Y?
—Es un poco lento, ¿no? —se ríe el de rosa.
Le lanzo una mirada asesina y vuelvo a mirar al rubio. —Dilo de una vez.
El rubio se ríe. —Para que se te permita seguir viviendo aquí, tienes que tener sexo con uno de nosotros cada semana —dice con una sonrisa de lado.
Abro los ojos de par en par. —¿Es una broma, no?
El rubio se carcajea. —Yo no bromeo.
—Se los dije, no iba a estar dispuesto —dice el de la voz grave.
Aprieto los dientes. —Nunca dije que no estuviera dispuesto.
El chico de pelo rosa empieza a saltar y a aplaudir de alegría. —¡Bien! Ya quiero ponerte las manos encima.
Levanto una ceja. No puede ser tan malo. Será igual que estar con una chica.
Igualito que estar con una chica.
¿Cierto?
—Bien, ¿entonces solo tengo que acostarme con alguien y entro? —pregunto.
El rubio asiente sonriendo. —Normalmente no seríamos tan rápidos con el proceso, pero hay que admitir que tienes la cara perfecta para nuestro grupo.
Me río. —Soy muy consciente de que soy guapo y esta prueba será pan comido. Solo miren —les digo con desdén.
—Lo creeré cuando lo vea —se ríe el de la voz grave.
—Hablando de eso, necesitamos algún tipo de prueba —dice el rubio.
Asiento con la cabeza. —Sin problema. —Me doy la vuelta para irme con una sonrisa arrogante.
Lo juro por Dios, si no estuviera tan desesperado, me habría largado de aquí.
Obviamente.
Pero tengo que ganar.
Y no es solo porque necesite un sitio donde vivir. Es que esos estúpidos creen que no puedo hacerlo.
Ya verán. Esto será pan comido.
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