EL PROTECTOR - Kookmin

Sinopsis

Jimin es un adolescente de diecisiete años que se aburre con facilidad, es tozudo y tiene grandes carencias afectivas de una figura paterna. En general, nadie se hizo cargo de él nunca. Jungkook es el vecino misterioso que vive en el apartamento de al lado, y cuando todo explota, es el único que puede ayudarlo. Su padre se ha fugado con droga robada y la mafia para la que trabajaba quiere secuestrarlo. Jungkook es un veterano de guerra, tiene experiencia no solo con las armas sino también con el combate cuerpo a cuerpo, es inteligente y, al final del día, la única persona que parece preocuparse un poquito por Jimin. Pero Jungkook tiene secretos y un pasado doloroso, y custodiar a un mocoso irritante es lo último que necesita en su vida. ---Daddy kink, daddy issues, smut +18, escenas explícitas, angst. ---Está MUY inspirado en la película Leon: The Professional. Hay muchas referencias a la obra y prácticamente todo el principio está basado en ella.

Estado:
Completado
Capítulos:
40
Rating
5.0 380 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Todos nacemos con un destino escrito. Algunos lo tienen más claro, otros lo tienen más fácil.

Jimin, sin embargo, tenía que tragárselo a la fuerza cada mañana. Se tapaba la nariz para no respirar, igual que un niño al que obligan a comerse un plato que no le gusta.

―¡Park Jimin! ―la voz ronca y desagradable retumbó desde las escaleras del rellano. Rápidamente, el chico tiró el cigarro por el hueco de la escalera y se puso de pie. Fue justo cuando su padre abrió la puerta de la casa―. ¡¿Se puede saber qué demonios haces ahí fuera?!

Huir de ti. De esta casa. De todos.

―Y-yo... esto...

―¡Entra de una puta vez y limpia la cocina, pedazo de inútil!

El pelinegro asintió bajando la mirada y obedeció. Su padre hizo el gesto de entrar poco después, pero se detuvo. Jimin era demasiado curioso como para no fijarse en el motivo.

―¿Y tú qué miras, eh?

Su padre soltó el bufido. Jimin supo que no iba por él. Primero, porque él no lo estaba mirando. Segundo, porque la voz de su padre ya no sonaba tan firme ni tan ruda.

Jimin levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de su vecino.

El vecino misterioso, pensó Jimin. Sintió una mezcla de inquietud y algo extraño en el estómago.

Aquel hombre era alto y reservado. Se había mudado al apartamento de al lado hacía menos de un año y debía andar por los treinta. Se quedó mirando fijamente al señor Park y luego pasó de él. Llevaba bolsas de la compra en las manos. Desde luego, eso era mucho más productivo que pelearse con un borracho en el paro.

El señor Park lo miró como un chihuahua mira a un pastor alemán. Seguramente, el vecino misterioso podría tumbar a su padre de un solo golpe.

Pero a ti no te va a tumbar, pensó Jimin para sus adentros. Así que se fue a la cocina y se puso a limpiar.

...

Jimin pasaba más horas fuera de casa que dentro. Y no era porque fuera al instituto, aunque un chico de diecisiete años debería estar allí. Jimin terminaba sus tareas muy rápido por la mañana. Limpiaba la casa de arriba abajo y cocinaba para su madrastra, su padre y su hermanastro pequeño. Luego salía al rellano a fumarse un cigarro. Su padre estaba demasiado ocupado llenándose la panza como para preocuparse.

Su madrastra era prostituta. Se iba de casa a la hora de comer, que era cuando se levantaba, y no volvía hasta la madrugada. Con suerte, Jimin ya estaba dormido. Pero muchas noches no era así. Entonces solo podía escuchar a su padre follándosela en el baño de al lado, que era el único que había en la casa.

Si había algo bueno en su vida, era el pequeño Hoseok. Con solo cinco años, el niño era una bolita de alegría que hacía que sus días de mierda fueran menos malos. Hoseok había sido un accidente. Probablemente Jimin también lo fuera, pero nunca se atrevió a preguntarlo. Tras el divorcio, su padre se quedó con la custodia. Sí, ese tipo llamado Park Hyungwoon consiguió la custodia de un niño. Empezó a ir a bares de carretera y en uno de esos líos dejó preñada a una prostituta. El destino quiso que se enamoraran y decidieran tener al bebé. Se casaron y Jimin se mudó a casa de esa mujer extraña, que usaba demasiado rímel y tenía las uñas como garras.

El destino era de lo más curioso.

Su padre siempre fue un inepto, un mantenido que no sabía valerse por sí mismo. Si era incapaz de cuidar de él, mucho menos iba a hacerlo de su hijo biológico. Por eso Jimin se había criado solo. A veces, el chico se preguntaba cómo sería su vida si se hubiera ido con su madre. Pero enseguida recordaba que, durante el juicio, sus padres se pelearon a muerte para no tener que quedarse con él.

Qué ironía, ¿verdad?

Jimin terminó de cocinar el revuelto de huevos con salchichas. Preparó un plato para él y otro para su hermanastro. Ya era tarde y Hoseok todavía no había desayunado. Nadie se había molestado en darle de comer.

―¿Tienes hambre? ―Jimin se sentó frente a él en la mesa de la cocina. El niño asintió con una sonrisa. Tenía una sonrisa grande y preciosa. Jimin se preguntaba de dónde la habría sacado. De su madre no era, y de su padre tampoco. Entonces le daba por pensar más de la cuenta y sacaba conclusiones que no debía. Sacudió la cabeza y le sonrió de nuevo―. Bueno, pues te vas a comer este revuelto tan rico. ¿Vale? No quiero ver nada en el plato.

―¿Otra vez revuelto? ―Hoseok se encogió un poco en la silla.

No es que Jimin no tuviera imaginación para cocinar, es que no había otra cosa. Hasta que su madrastra no llegara por la noche con los bolsillos llenos, seguirían igual. A él también le rugían las tripas por unos bollos de chocolate, pero habría que esperar a hacer la compra.

―Esta vez lleva salchichas. Venga, cómetelo.

El niño seguía con cara de pocos amigos.

―Si te lo comes todo, te hago los deberes ―lo tentó Jimin.

No podía ser tan difícil, apenas tenía cinco años.

Hoseok volvió a sonreír con alegría y se puso a comer.

...

Jimin pasaba las páginas del cuaderno con una mano mientras con la otra se llevaba el cigarro a los labios. Tenía las piernas colgando entre los barrotes de la barandilla. Frunció el ceño mirando lo que había escrito.

―Mierda, me ha quedado tan bien que no va a parecer que lo hizo un niño. ―Miró el cuaderno de cerca. Los trazos de lápiz sobre las letras de caligrafía estaban perfectos.

Oyó un ruido y miró hacia abajo. Por curiosidad, asomó un poco la cabeza y se encontró con el vecino misterioso subiendo las escaleras con calma.

―Hola ―murmuró Jimin.

El vecino lo miró de reojo y siguió subiendo como si no lo hubiera oído. Pasó por su lado y Jimin habló de nuevo para no perder la oportunidad.

―Se apellida Jeon, ¿verdad? ―el hombre levantó una ceja―. Lo vi en el buzón.

―Los niños no deberían fumar ―fue lo único que respondió.

Jimin se puso rojo como un tomate.

―No soy un niño, tengo dieciocho años.

Era una mentira piadosa.

Jungkook volvió a ignorarlo. Iba cargado con las bolsas de la compra y miraba con ganas la puerta de su casa.

Justo antes de llegar, una de las bolsas se rompió y todo se desparramó por el suelo.

El destino tenía formas muy curiosas de provocar situaciones... interesantes.

Jimin se acercó a él de un trote, un poco impertinente.

―Joder ―lo oyó maldecir. El hombre se agachó rápido para recogerlo todo. Jimin se fijó en sus manos. Tenía el tatuaje de una serpiente que llegaba hasta los nudillos.

―Le ayudo. ―Jimin tiró el cigarro a cualquier parte.

―Lárgate.

Pero Jimin ya no miraba sus manos. Sus ojos se habían quedado fijos en unos bollitos de chocolate que se habían salido de la bolsa.

―¿En serio? Me encantan estos bollos. ―Jimin cogió uno y lo miró como si fuera un tesoro―. Es como morder una nube. Nunca he mordido una, pero deben de ser así, ¿a que sí? De esas blancas y grandes que hay cuando...

―Quédatelo y cállate de una puta vez ―gruñó el hombre. Terminó de meter las cosas en la bolsa y se levantó.

―¿De verdad? ¿Me lo puedo comer?

―Te rugen las tripas desde aquí ―contestó con desprecio.

Eso dolió.

Jimin lo miró con vergüenza y rabia. En un arrebato, le lanzó el bollito al pecho. Jeon lo miró con una ceja alzada, como si Jimin fuera un bicho insignificante. El chico se puso todavía más colorado.

¿Pero qué haces? ¿Por qué has hecho eso? Va a pensar que eres tonto.

El hombre miró el bollo que había caído junto a sus botas.

―¿Por qué no vuelves a lo que estabas haciendo? ―Jimin juraría que vio una chispa de burla en sus ojos cuando miró el cuaderno de caligrafía tirado en el suelo.

Jimin se puso rojo de nuevo.

―N-no es mío, n-no...

El hombre entró en su casa y cerró la puerta de un golpe.

Antes de entrar él también, el pelinegro corrió a por el bollo, recogió el cuaderno y se metió en su casa.

...

―¿Te gusta? ―susurró Jimin con una sonrisita.

Hoseok sonrió con los dientes manchados de chocolate. El pequeño partió un trozo del bollo y se lo ofreció a Jimin.

El pelinegro negó con la cabeza enseguida.

―Es todo para ti.

Hoseok insistió con más ganas.

―Está bien. ―Jimin abrió la boca y dejó que el niño le diera el trozo―. ¡Mmm! ―exageró la reacción para que el pequeño se riera.

―¡Le digo que no lo sé! Se lo juro, le entregué la mercancía tal cual usted me la dio. No sé qué ha pasado... Sí, se la di directamente al comprador... ¡No! Ya le he dicho que yo no he tocado nada. Tal cual me llegó... Espere, no, por fav... ¡Mierda!

Jimin vio de reojo a su padre aparecer por el pasillo. Hoseok lo miraba asustado, así que Jimin decidió que era hora de bañarse.

―¿Quieres un baño, pequeñajo?

Hoseok se tragó el último trozo de bollo y asintió despacio.

Hyungwoon golpeó la pared con furia. Se tiraba de los pelos y soltaba todo tipo de palabrotas. Jimin intentó llevarse a su hermano de allí antes de que alguno saliera mal parado, aunque ya sabía quién sería. Su padre nunca tocaría al hijo de su nueva mujer. En cambio a él... Él era su hijo. Su propiedad. Su maldito problema y el de nadie más, porque a nadie más le importaba Jimin.

Jimin deseó fundirse con el feo papel pintado de flores de la pared, como un camaleón. Le gustaban los camaleones. Eran animales bonitos, capaces de camuflarse y desaparecer aunque siguieran allí. Si Jimin fuera uno, su padre no lo vería. Pero Jimin era como un cartel de neón brillante que decía "pégame aquí" cada vez que su padre se cabreaba. Sobre todo cuando recibía llamadas de la mafia para la que trabajaba porque faltaba mercancía.

Park Hyungwoon decía que lo había vendido todo, pero su nariz llena de polvo blanco decía lo contrario.

Algún día, Park Hyungwoon los mataría a todos. Si no era por sus líos, sería a golpes.

...