LA ECUACIÓN DEL AMOR

Sinopsis

˜”*°• ᴇꜱᴛᴀ ʜɪꜱᴛᴏʀɪᴀ ɴᴏ ᴍᴇ ᴘᴇʀᴛᴇɴᴇᴄᴇ ꜱᴏʟᴏ ʟᴀ ᴀᴅᴀᴘᴛᴏ ᴀʟ ᴍᴇᴡɢᴜʟꜰ, ᴄʀÉᴅɪᴛᴏꜱ ᴄᴏʀʀᴇꜱᴘᴏɴᴅɪᴇɴᴛᴇꜱ ᴀʟ ᴀᴜᴛᴏʀ/ᴀ ᴏʀɪɢɪɴᴀʟ ᴅᴇ ʟᴀ ᴏʙʀᴀ. •°*”˜ ° ☪ ᴍᴇᴡɢᴜʟꜰ ° ☪ ᴀᴅᴀᴘᴛᴀᴄɪóɴ ° ☪ ʀᴏᴍᴀɴᴄᴇ ° ☪ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱᴇxᴜᴀʟ ᴇxᴘʟíᴄɪᴛᴏ ° ☪ 28 ᴄᴀᴘíᴛᴜʟᴏꜱ + ᴇᴘíʟᴏɢᴏ ° ☪ ʀᴇꜱᴜᴍᴇɴ Gulf Kanawut cree que las matemáticas son lo único que une al universo. Él crea algoritmos para predecir las compras de los clientes, un trabajo que le ha dado más dinero del que sabe qué hacer y mucha menos experiencia en el departamento de citas que el promedio de treinta años. No ayuda que Gulf tenga Asperger y los besos franceses le recuerden a un tiburón al que un pez piloto le limpia los dientes. Su conclusión: necesita mucha práctica, con un profesional. Por eso contrata al escolta Mew Suppasit. El despampanante vietnamita y sueco no puede darse el lujo de rechazar la oferta de Gulf, y acepta ayudarlo a marcar todas las casillas en su plan de lección, desde los juegos previos hasta la posición más que misionera ... En poco tiempo, Gulf no solo aprende a apreciar sus besos, sino a anhelar todas las otras cosas que él lo hace sentir. Pronto, su relación sensata comienza atener un extraño sentido. Y el patrón que surge convencerá a Gulf de que el amor es el mejor tipo de lógica …

Estado:
Completado
Capítulos:
29
Rating
5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

—Sé que detestas las sorpresas, Gulf. Con el fin de expresar nuestras

expectativas y de proporcionarte un tiempo razonable, deberías saber que estamos preparados para tener nietos.

La mirada de Gulf Kanawut abandonó de golpe su desayuno para clavarse en el rostro de su madre, que envejecía con mucha elegancia. Un suave maquillaje resaltaba esos ojos de color castaño oscuro que la miraban con un brillo acerado.

Eso no auguraba nada bueno para Gulf. Cuando a su madre se le metía algo en la cabeza, era como un tejón melero con ansias de venganza: beligerante y tenaz, pero sin gruñidos ni pelaje.

—Lo tendré en cuenta —replicó Gulf.

La sorpresa dio paso a una miríada de pensamientos aterrados. Los nietos

significaban «bebés». Y pañales. Montones de pañales. Pañales tóxicos. Y los bebés lloraban, con aullidos propios de una banshee que ni los mejores tapones antiruidos podían bloquear. ¿Cómo podían llorar tanto y tan fuerte siendo tan pequeños? Además, los bebés significaban maridos. Los maridos significaban novios. Los novios significaban citas. Las citas significaban... sexo. Se estremeció.

—Tienes treinta años, Gulf. Nos preocupa que sigas soltero. ¿Has probado

Tinder?

Cogió el vaso de agua y bebió un buen sorbo, tragándose sin querer un cubito de hielo. Tras carraspear, dijo:

—No, no lo he probado.

Solo con pensar en Tinder, y en la correspondiente cita que el servicio prometía conseguirle, se puso a sudar. Detestaba todo lo relacionado con las citas: la desviación de su cómoda rutina, la conversación tonta y a veces

desconcertante y, cómo no, el sexo...

—Me han ofrecido un ascenso —le dijo a su madre, con la esperanza de distraerla.

—¿Otro? —le preguntó su padre, que bajó el ejemplar de The Wall Street Journal de modo que se veían sus gafas de montura metálica—. Te ascendieron hace menos de dos trimestres. Es fenomenal.

Gulf se animó y se sentó en el filo de la silla.

—Un nuevo cliente, un vendedor online muy importante del que no puedo decir el nombre, nos proporcionó unos conjuntos de datos increíbles y me pasé el día entretenido con ellos. Diseñé un algoritmo para ayudar en algunas de sus sugerencias de compra. Al parecer, está funcionando mejor de lo esperado.

—¿Cuándo se hará efectivo el ascenso? —le preguntó su padre.

—La verdad... —La salsa holandesa y la yema de huevo de su pastel de cangrejo se habían mezclado, de modo que intentó separar los líquidos amarillos con el tenedor—. No he aceptado el ascenso. Era un puesto de director de departamento con cinco personas bajo mi mando y que requería mucha más interacción con los clientes. Solo quiero trabajar con los datos.

Su madre se desentendió de sus palabras con un indolente gesto de la mano.

—Te estás volviendo complaciente, Gulf. Si dejas de ponerte desafíos, no vas a mejorar tus habilidades sociales. Lo que me recuerda... ¿Hay algún compañero de trabajo con quien te gustaría salir?

Su padre dejó el periódico en la mesa y cruzó las manos por encima de la oronda barriga.

—Sí, ¿qué me dices de ese hombre, Philip James? Cuando lo conocimos en la última reunión de empresa, nos pareció bastante agradable.

Las manos de su madre volaron hasta su boca como palomas que se acercaran a migas de pan.

—Ay, ¿por qué no se me había ocurrido? Es muy amable. Y también es una alegría para la vista.

—Está bien, supongo. —Gulf limpió con los dedos la condensación de su vaso de agua. La verdad, había estado sopesando a Philip. Era engreído y sarcástico, pero hablaba claro. Le gustaba eso en los demás—. Creo que tiene varios trastornos de personalidad.

Su madre le dio unas palmaditas en la mano. En vez de volver a colocarla sobre su regazo cuando terminó, la dejó sobre los nudillos de Gulf.

—Pues a lo mejor es buena pareja para ti, cariño. Si tiene problemas propios que superar, puede que se muestre más comprensivo con tu Asperger.

Aunque pronunció las palabras con un tono de voz muy normal, a Gulf le sonaron antinaturales y demasiado fuertes. Una miradita a las mesas cercanas de la terraza exterior cubierta del restaurante le aseguró que nadie las había oído, y luego clavó la vista en la mano que cubría la suya, haciendo un esfuerzo consciente para no apartarla. El contacto no solicitado lo irritaba, y su madre lo sabía. Lo hacía para «aclimatarlo». Aunque lo único que conseguía era volverlo loco. ¿Sería posible que Philip lo entendiera?

—Pensaré en él —replicó, y lo decía en serio. Detestaba mentir y dar largas

incluso más que el sexo. Y, en el fondo, quería que su madre se sintiera orgullosa y feliz. Hiciera lo que hiciese, nunca terminaba de alcanzar el éxito a ojos de su madre y, por tanto, tampoco lo conseguía a sus propios ojos. Un novio lo ayudaría, estaba seguro. El problema radicaba en que era incapaz de atrapar a un hombre, ni aunque le fuera la vida en ello.

Su madre sonrió de oreja a oreja.

—Excelente. La próxima gala benéfica que voy a organizar será dentro de dos meses, y quiero que esta vez vengas acompañado. Me encantaría que el señor James te acompañara, pero si las cosas no salen bien, te buscaré a alguien.

Gulf apretó los labios. Su última experiencia sexual fue con una de las citas a ciegas que le preparó su madre. Era un hombre guapo, lo reconocía, pero su sentido del humor lo había desconcertado. Dado que era inversor capitalista y él, economista, deberían haber tenido muchas cosas en común, pero él no quiso hablar de su trabajo. En cambio, prefirió hablar de la política de empresa y de las tácticas de manipulación, dejándolo tan perdido que no le cupo la menor duda de que la cita fue un fiasco.

Cuando le preguntó sin rodeos si quería acostarse con él, lo pilló totalmente desprevenido. Como detestaba decir que no, había dicho que sí. Se besaron, pero la experiencia no le gustó nada. Él sabía al cordero que había pedido para la cena. A él no le gustaba el cordero. Su colonia le provocó náuseas y, encima, él lo tocó por todas partes. Como siempre le sucedía en las situaciones íntimas, su cuerpo se quedó paralizado. Antes de darse cuenta, él había terminado. Tiró el condón usado en la papelera que había junto al escritorio..., algo que la incomodó, porque ya tendría que saber que esas cosas iban al cuarto de baño, ¿no?; después, le dijo que debería relajarse un poco y se fue. Sabía que su madre se sentiría muy decepcionada si llegaba a enterarse de lo negado que era su hijo con los hombres.

Y, en ese momento, también quería bebés.

Gulf se puso de pie y cogió el bolso.

—Tengo que irme a trabajar. —Aunque iba adelantado con el trabajo, la obligación que implicaban sus palabras era correcta. El trabajo le fascinaba, canalizaba el ansia voraz de su cerebro. También le resultaba terapéutico.

—Ese es mi niño —dijo su padre, que se levantó y se alisó la camisa hawaiana de seda antes de abrazarlo—. Pronto serás el dueño de la empresa. Mientras le daba un rápido abrazo, porque no le importaba que lo tocasen si él daba el primer paso o tenía tiempo para prepararse mentalmente, Gulf aspiró el familiar aroma de su loción de afeitado. ¿Por qué no podían ser todos los hombres como su padre? Lo creía guapo y brillante, y su olor no le provocaba náuseas.

—Sabes que su trabajo es una obsesión malsana, Edward. No lo animes —dijo su madre antes de mirarlo a él y soltar un suspiro muy típico de las madres—.

Deberías salir los fines de semana. Si conocieras a más hombres, sé que

encontrarías al adecuado.

Su padre le dio un beso fugaz en la sien y le susurró:

—Ojalá yo también estuviera trabajando.

Gulf miró a su padre y meneó la cabeza mientras su madre lo abrazaba. El

collar de perlas que siempre llevaba al cuello se le clavó en el esternón al tiempo que la envolvía una nube de Chanel N.o 5. Toleró el asfixiante olor durante tres largos segundos antes de apartarse.

—Hasta el próximo fin de semana. Os quiero. Adiós.

Se despidió de sus padres con la mano antes de salir del elegante restaurante del centro de Palo Alto y echó a andar por las aceras flanqueadas por árboles y boutiques. Después de tres soleadas manzanas, llegó a un edificio bajo de oficinas que albergaba su lugar preferido del mundo: su despacho. La ventana de la esquina izquierda del tercer piso le pertenecía.

La cerradura de la puerta principal se abrió con un chasquido cuando acercó el bolso al sensor, y entró en el edificio vacío, disfrutando del solitario eco de sus pasos sobre el suelo de mármol mientras pasaba junto al mostrador de recepción vacío y entraba en el ascensor.

Una vez en su despacho, comenzó su más preciada rutina. Primero, encendía el ordenador y metía la contraseña cuando se lo pedía la pantalla. Mientras cargaba el software, dejaba el bolso en la mesa e iba a la cocina para llenarse una taza de agua. Se quitaba los zapatos y los dejaba en su sitio habitual, debajo de la mesa. Se sentaba.

Ordenador, contraseña, bolso, agua, zapatos, silla. Siempre en ese orden.

El sistema de análisis de estadísticas, conocido como SAS por la empresa que lo desarrollaba, se cargó automáticamente, y los tres monitores de su mesa se llenaron con flujos de datos. Compras, clics, registros de inicio de sesión, tipos de pagos..., cosas sencillas, en realidad. Pero le transmitían muchas más cosas que las propias personas. Estiró los dedos y los apoyó en el teclado negro ergonómico, ansioso por sumergirse en el trabajo.

—Ah, hola, Gulf, supuse que serías tú.

Miró por encima del hombro y se sobresaltó al ver a Philip James asomado a la puerta. El corte severo de su pelo castaño acentuaba el mentón cuadrado, y el polo de manga corta se le ceñía al torso. Parecía pulcro, sofisticado y listo..., justo la clase de hombre que sus padres querían para él. Y lo había pillado trabajando por placer el fin de semana.

Se puso colorado y se subió las gafas por el puente de la nariz.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a recoger una cosa que dejé olvidada ayer. —Sacó una caja de una bolsa de la compra y la agitó delante de él. Gulf vio la palabra

«Durex» escrita en letras mayúsculas enormes—. Que tengas un buen fin de semana. Yo sé que lo voy a tener.

Rememoró el desayuno que acababa de tener con sus padres. Nietos, Philip, la posibilidad de más citas a ciegas, tener éxito. Se humedeció los labios y se apresuró a decir algo, lo que fuera.

—¿De verdad necesitas el formato ahorro?

En cuanto las palabras salieron de sus labios, se arrepintió.

Él esbozó su mueca de gilipollas, pero la irritación que le causó quedó suavizada por los dientes blanquísimos que dejó al descubierto.

—Estoy segurísimo de que voy a necesitar la mitad de la caja, porque la nueva asistente en prácticas del jefe me ha invitado a salir.

Gulf se sintió impresionado muy a su pesar. La nueva parecía muy tímida.

¿Quién iba a decir que tenía tantas agallas?

—¿Para cenar?

—Y para algo más, creo —contestó él con un brillo travieso en sus ojos

verdosos.

—¿Por qué has esperado a que ella te invitara? ¿Por qué no la invitaste tú? —Tenía la impresión de que le gustaba dar el primer paso en esos temas. ¿Se equivocaba?

Con gesto impaciente, Philip metió la caja grande de condones en la bolsa de la compra.

—Acaba de salir de la universidad. No quería que me acusaran de asaltacunas.

Además, me gustan las personas que saben lo que quieren y que van a por ello...,sobre todo en la cama. —Lo recorrió de los pies a la cabeza con una mirada calculadora, y él se tensó, avergonzado—. Dime una cosa, Gulf, ¿eres virgen?

Él se volvió hacia los monitores, pero los datos se negaban a tener sentido.

El cursor en la pantalla de programación parpadeó.

—Aunque no es asunto tuyo, no, no soy virgen.

Philip entró en su despacho, apoyó una cadera en la mesa y lo observó con

expresión escéptica. Él se colocó bien las gafas, aunque no le hacía falta.

—Así que nuestro econometrista estrella lo ha hecho antes. ¿Cuántas veces?

¿Tres?

De ninguna de las maneras iba a decirle que lo había adivinado.

—No es asunto tuyo, Philip.

—Seguro que te quedas tumbado y te pones a trabajar con recursiones lineales mentalmente mientras él hace lo suyo. ¿He acertado, joven Kanawut?

Seguramente lo haría si supiera cómo meter gigabytes de datos en su cerebro, pero antes muerto que admitirlo.

—Un consejo de un hombre que ya está de vuelta de casi todo: práctica un

poco. Cuando le pilles el truco, te gustará más, y cuando te guste más, les

gustarás más a los hombres. —Se apartó de la mesa y echó a andar hacia la puerta, con la enorme bolsa de condones oscilando, con descaro, a su lado—.

Disfruta de tu interminable semana.

En cuanto se marchó, Gulf se levantó y cerró la puerta, con más fuerza de la necesaria. El portazo hizo que le diera un vuelco el corazón. Se alisó el pantalón de tubo con manos húmedas mientras intentaba controlar la respiración. Cuando volvió a sentarse a la mesa, estaba demasiado alterado como para hacer algo que no fuera mirar fijamente el cursor parpadeante.

¿Tenía razón Philip? ¿Le disgustaba el sexo porque se le daba mal? ¿La práctica llevaría a la perfección? Qué concepto más intrigante. A lo mejor el sexo era otro tipo de interacción personal en la que necesitaba esforzarse más..., como la conversación casual, el contacto visual y los buenos modales.

Pero ¿cómo se practicaba con el sexo? Los hombres no se arrojaban precisamente a sus pies, como parecían hacer las mujeres con Philip. Cuando conseguía acostarse con un hombre, a este le disgustaba tanto la triste experiencia que una vez era más que suficiente para ambos.

Además, estaban en Silicon Valley, el reino de los genios tecnológicos y científicos. Los solteros disponibles seguro que eran tan ineptos como él en la cama. Con la suerte que tenía, se acostaría con un número estadísticamente relevante en la población masculina y su único logro sería sentir escozor en el culo y una ETS.

No, lo que necesitaba era un profesional.

No solo tenían la garantía de no portar enfermedades, sino que contaban con éxitos demostrados. Al menos, eso suponía, porque si él dirigiera ese sector, eso sería lo que exigiría. Los hombres normales se sentían atraídos por cosas como la personalidad, el sentido del humor y el buen sexo..., cosas de las que él carecía. Los profesionales se sentían atraídos por el dinero. Y daba la casualidad de que él tenía un montón de dinero.

En vez de trabajar en su flamante conjunto de datos, Gulf abrió el navegador y buscó en Google «Servicio de acompañantes en la Bahía de California».