El suicidio de Candelario Obeso
1. El suicidio de Candelario Obeso
Tomás Fines, mancebo de piel aceitunada y cabellos negros, de nariz quebrada y ojos penetrantes, ascendió la calle 10 desde el costado de la Catedral, junto a la Plaza de Bolívar. Una lluvia caía intermitente sobre las aceras empedradas, apenas iluminadas por los amarillos resplandores que arrojaban las lámparas de gas empotradas cada dos esquinas. El campanario de la Catedral, sepultado sobre un lecho de nubes azuladas, anunció la medianoche y Tomás apuró su andar. Llegaría tarde. El poeta Candelario Obeso lo había citado para entregarle el manuscrito de su novela sobre sus amoríos con la hija del General Melo. Lo había escrito, le dijo, para justificarse ante el Presidente Aquileo Parra, luego que los guardias presidenciales lo capturasen el mes pasado deslizándose sobre el tejado de su casa.
—¿Un poeta que también es un ladrón? —le había preguntado el Presidente Parra—. ¿Intentaba asaltar mi casa o la del General Melo?
Por siete meses había arriesgado su reputación por amor, diciéndose que al día siguiente abandonaría sus andanzas. Sus palabras le habían dado todo en la vida, desde su educación hasta sus idilios, así que recurrió a ellas.
—No puedo contestarle delante de sus guardias —Candelario se excusó—; enciérreme esta noche en una cárcel con una resma de papel, pluma y tinta, y mañana le entregaré una novela de lo ocurrido.
Parra aceptó por respeto a las décimas de Candelario que tanto cautivaban a la sociedad santafereña. Su poema Canción del Boga Ausente había sido celebrado por Rufino José Cuervo y Miguel A. Caro, los filólogos y gramáticos más prestigiosos de Colombia ante el mundo hispánico:
Qué trijte que ejtá la noche,
la noche qué trijte ejtá:
no hay en er cielo una ejtreya...
Remá! remá!
Tomás, entonces joven articulista de El Duende, había dedicado un artículo a la poesía de Obeso, lo que bastó para que el poeta lo acogiera en su círculo íntimo.
Pero aquella noche de lluvia, mientras ascendía la calle empinada, algo desconocido roía las entrañas de Tomás: un presentimiento nebuloso, una sombra.
Recordó la última y tensa tertulia literaria en la Casa Liberal, su olor del oporto y el murmullo de voces cultas, receptáculo que guardaba un salón trasero donde poetas, gramáticos y periodistas se congregaban los jueves. El techo cubierto de vigas de nogal, el paño púrpura de la mesa circular y la lámpara de aceite pendiendo como un sol fatigado, componían una escena que habría encantado a Espronceda.
Candelario, con chaleco de paño gris y ojos febriles, declamó fragmentos del Boga Ausente. Cuando terminó, un silencio denso ocupó la estancia.
Fue Santos —el novelista cínico— quien habló primero:
—Ese poema suyo perturba más que cualquier arenga del Congreso.
Candelario sonrió apenas.
—Perturbar, Don Santos, es también un servicio público. La poesía ha de conmover, fascinar… y divertir, incluso. No nació para servir a partido alguno.
Julio Flórez interrumpió, inquieto:
—Pero el divertimento es fútil. ¿No dijo usted que la poesía carece de función social?
—Dije que no puede ser sierva de facciones —corrigió Candelario—. Pero negar que posee una dimensión ética es ignorar su esencia. Nerón entretenía a sus súbditos con farsas y desmanes, y el entretenimiento era en sí mismo una forma de dominio. Petronio y Séneca, creyéndose neutrales, cooperaron en silencio con sus atrocidades.
Tomás recordaba con nitidez cómo aquella afirmación estremeció al grupo. Un viento helado atravesó la sala. La llama de la lámpara de aceite titiló, y vio cómo las sombras de los presentes se alargaban como espectros en la pared.
Desde su sitio, Tomás observó cómo Julio Flórez, el joven poeta de melena rebelde, se removía incómodo. Él conocía bien el credo estético de Flórez: aquella idea de la poesía como santuario superior a la sórdida realidad. Tomás podía casi palpar el malestar del poeta cuando Candelario habló de la complicidad de los artistas “neutrales”. Veía en el rostro de Flórez el mismo desconcierto de quien recibe un golpe inesperado.
Fue entonces cuando Flórez, con una voz que pretendía sonar despreocupada pero que a Tomás le sonó defensiva, replicó: —Pero Voltaire sobrevivió a su siglo gracias a Zaïre.
Tomás, que había leído a Voltaire, comprendió al instante la trampa en el argumento de Flórez. Mientras el poeta blanco veía en Zaïre solo un ejemplo de belleza atemporal, Tomás miraba a Candelario y entendía que para él la tragedia era un espejo demasiado fiel: una cristiana bautizada en secreto, criada como musulmana en el serrallo de Jerusalén, enamorada del sultán Orosmán, pero condenada por la marca invisible de su sangre y su fe original. Cuando al final se descubre que es cristiana, Orosmán la mata de una puñalada creyendo que lo traiciona, y luego se suicida sobre su cadáver. Como Desdémona, Zaïre obra con rectitud, inmaculada, pero a diferencia de la víctima shakespeareana, Zaïre cae injustmaente culpable por ser lo que es, y por lo que nunca podrá dejar de ser.
Exactamente como Candelario: aceptado mientras recitara décimas y hiciera reír a los santafereños en las tertulias, pero sentenciado en cuanto su piel y su deseo cruzasen la línea prohibida. Zaïre, como Candelario, era tolerada solo mientras no transgrediese las fronteras invisibles de su sociedad; en el momento en que las traspasase, la sociedad la mataría con la misma limpieza con que Orosmán hundió el puñal: por amor y por miedo a la vez.
Lo que Tomás atestiguó entonces le pareció un acto de extraordinaria generosidad. Candelario no rechazó el argumento, sino que lo profundizó hasta dejarlo desnudo:
—Justamente —dijo Candelario—. Pero hay un detalle que su citación olvida, querido Flórez: a Zaïre la matan por ser diferente a la mayoría.
Tomás contuvo el aliento. La frase había caído en la sala con el peso de una profecía. En ese instante, vio con total claridad que no estaban discutiendo sobre estética, sino sobre la diferencia abismal entre quien puede permitirse el lujo de la belleza pura y quien debe escribir con la sombra de una sentencia sobre los hombros.
Y entonces presenció el gesto que nunca olvidaría: Candelario alzando su copa y recitando aquellos versos de Flórez con genuina admiración, tendiendo un puente donde podía haber levantado un muro.
Algo se muere en mí todos los días;
la hora que se aleja me arrebata,
del tiempo en la insonora catarata
La audiencia aplaudió al recitador y al poeta, y Tomás comprendió que estaba viendo algo raro en aquel Bogotá de rencillas literarias: un hombre que, estando en la boca del lobo, todavía tenía compasión por la ceguera de su cazador.
La respuesta de Candelario —aquello de las ” Algo se muere en mí todos los días “— dejó a Tomás con una comprensión nueva y terrible. No solo Flórez debía sentirse aludido, sino todos ellos, quienes miraban desde la orilla del privilegio, indolentes, impávidos en sus prejuicios, mientras su amigo navegaba contra corrientes peligrosas.
—Justamente —dijo Candelario—. La obra de arte persiste porque aspira a lo particular, mientras la política ambiciona lo universal. ¿O acaso no puso Shakespeare los discursos más nacionalistas en la boca de Enrique V, sin comprometer su pluma?
Santos rió:
—¿Y usted, Don Candelario? ¿Observa… o habla?
Candelario bajó la mirada.
—A veces temo que hablo demasiado. Y que alguien preferiría que callara.
Un viento helado atravesó la sala. La llama titiló. Tomás vio una sombra cruzar fugazmente la ventana.
Flórez quiso distender la tensión:
—¿Y la señorita Melo? ¿Habrá algo suyo en la novela?
Un segundo de silencio.
Luego, una voz grave:
—Hay amores que encienden repúblicas… y otros que las destruyen.
El reloj marcó la medianoche.
Candelario se levantó:
—Caballeros… en mi epitafio, escribiré que alguien juzgó mi pluma más certera de lo tolerable.
Cuando la tertulia se disolvió y Tomás alcanzó a Candelario en la salida, vio no solo al poeta celebrado, sino también a un hombre que se movía en un tablero donde las reglas eran distintas y mucho más crueles para las fichas negras. Las palabras finales de Candelario podrían ser tomadas como dramatismo o, simplemente, la enunciación de un hecho que todos, excepto ellos mismos, parecían entender:
—Cuide de lo que le confiaré. Mi vida… pende de una novela…
Esa noche, mientras ascendía la calle empinada bajo la lluvia, Tomás Fines sufría la incertidumbre de un presentimiento ominoso que derivó en la certeza fría de estar llevando consigo un manuscrito prohibido, testimonio de certezas que alguien, en las altas esferas del poder, consideraba intolerables.
Ese fue el último instante en que Tomás vio vivo a Candelario Obeso.
Desde el frío de un calabozo de la cárcel episcopal, envuelto en la neblina que se filtraba por una ventanilla enrejada, a la luz de un candil, Candelario transcribió en letra cursiva hermosamente concatenada:
“Mi deseo de superar lo que una vez fui, me llevó a obsesionarme con una dama que heredó la belleza de Helena de Troya, despreciando las formas que Salomón ya había admirado en la Reina de Saba. Negué casarme con Agustina Tadó, la dama de mayor alcurnia de Mompox, y cautivé la imaginación de una manceba de abolengo santafereño, salvando los obstáculos de Santafé de Bogotá en las noches, para dejar caer mis poemarios sobre esferas nacarads, como flecos de nieve que el viento filtra caprichosamente desde el cenit para engalanar los sueños que dieron alas de ángel a mis pies.
Mi contextura fibrosa, cultivada por el ejercicio durante mi mocedad, me legó un cuerpo ágil y liviano, lo que sumado a mi cutis de ónix me permitió volar semidesnudo en las noches sobre media ciudad sin ser percibido por sus habitantes.
El hecho de que nadie más se atreviera a hacerlo me dio más osadía, y al cabo de tres meses de rechazos obtuve la primera correspondencia…”
Al día siguiente el poeta de Cantos de mi Tierra le entregó una novela de sesenta y cinco páginas, en donde, a puño y letra, relataba su idilio con la doncella Geraldine Melo, a quien frecuentaba en las noches, salvando los tejados de las mansiones de los senadores, generales, obispos y presidentes más conspicuos de los Estados Unidos de Colombia.
—¡Esto destruiría nuestra nación, nuestra civilización! —dijo el Presidente Parra tras terminar su lectura, caminando hacia su chimenea—. Queda usted libre, pero le prohíbo que vea de nuevo a la señorita Melo.
El Presidente había entonces arrojado aquella novela al fuego. Candelario la había, desde entonces, reescrito, embelleciéndola con transcripciones de los delicados poemas con que había conquistado a quien llamaba La musa de los cerros. El anunciado compromiso de Geraldine Melo con Francisco Arango, propietario de la Funeraria Arango, y la perseverancia con que la ninfa lo evitaba, había sumido a Candelario en una honda depresión. Sólo Tomás y el poeta Julio Flórez sabían de la existencia de aquella novela.
—La guardo en este cajón —dijo Candelario cierta madrugada, embriagado de chicha—.Si algo me pasa ustedes dos la darán a conocer.
Días después, Flórez le dijo a Tomás que aquella novela destruiría no solo la reputación de Geraldine, sino también el honor del General Melo, el decoro de la Federación y el modus vivendi de su autor.
“Lo espero hoy a la medianoche en mi casa”, había escrito Candelario con pulso nervioso. “Sospecho que alguien más lo sabe”.
Estaba en deuda con Candelario, mediador de sus pretensiones amorosas ante el senador Gerardo Vergel, hermano de María del Carmen Vergel, su prometida. Fue el mismo Candelario quien se la presentó cierta tarde, luego de impartir un discurso en apoyo del presidente Aquileo Parra en la Casa Liberal de Santafé, hacia principios del año anterior. La atracción mutua fue inmediata; cada vez que un enamorado observaba al otro, entre la concurrida audiencia, éste se descubría ya observado.
Se sentaron en la última fila, al borde del jardín. María del Carmen se levantó entonces, en medio de una arenga del presidente quincuagenario, para caminar, escoltada por una docena de tornasoladas libélulas, por el camino empedrado que conducía al quiosco central, donde una cocinera y un siervo aderezaban un banquete.
Tomás admiró sus rizos dorados entre cintas argénteas, sus pequeños pasos, la cascada de gasa y golas de seda cayendo grácil desde sus caderas, y un pañuelo de cachemira rosado que ondulaba en el aire como un pétalo de rosa al capricho de la brisa. Se levantó, tomó el pañuelo y lo besó a la luz del atardecer. Avanzó unos pasos, justo cuando María del Carmen enviaba a la servidumbre a disponer la cena.
—¡María del Carmen! —exclamó ofreciéndole el pañuelo.
—Es de usted —respondió ella con lágrimas en las mejillas, cerrando sus puños con las manos de Tomás—. Así no me olvidará.
—¡Qué misteriosa eres! —susurró Tomás, apenas percatándose de que ya la tuteaba—. ¿Cuántos secretos tienes?
—Para unas tres vidas —la voz de María del Carmen se quebró—. Soy una dama de provincia. Mañana debo partir y…
—Quiero que seas mi esposa —dijo Tomás besando la palma de su mano, a espaldas de los sirvientes que ya se aproximaban.
—¿Serás capaz de preguntarme lo mismo en un año? —preguntó María del Carmen con voz trémula.
Tomás sintió un vértigo repentino, como si el jardín entero se inclinara bajo sus pies.
—¿Un año? —repitió desconcertado—. ¿Por qué tanto tiempo? Si nuestros corazones ya se han reconocido…
María del Carmen miró hacia el quiosco, donde los sirvientes disponían los manteles, y luego volvió sus ojos húmedos hacia él.
—Porque debo saber si lo que siento es verdadero —dijo con una firmeza que contrastaba con el temblor de sus labios—. Y porque he encomendado nuestro destino a San Martín de Porres.
—¿San Martín? —Tomás frunció el ceño, intrigado—. ¿El hermano dominico de Lima?
—El mismo —María del Carmen extrajo de su escote una pequeña medalla de plata—. He sido devota suya desde niña. Mi abuela me enseñó a rezarle cuando los demás nos despreciaban por nuestra sangre mezclada. San Martín también era mulato, hijo de un español y de una negra liberta. Conoció el desprecio, la humillación, y aun así se convirtió en santo. Curaba a los enfermos sin distinción de raza, alimentaba a los hambrientos, incluso cuidaba de los ratoncitos del convento cuando otros los habrían envenenado.
La voz de María del Carmen se había tornado apasionada, casi febril. Tomás escuchaba fascinado, pero una duda lo asaltó.
—Perdona mi ignorancia en estos asuntos —dijo con delicadeza, eligiendo sus palabras con cuidado—. He leído algo de teología protestante en mis años de universidad. Los luteranos dirían que esto que describes… ¿no se acerca a la idolatría? Ellos sostienen que sólo Cristo puede interceder. Y los musulmanes, de igual manera, afirman que sólo Alá merece nuestra devoción.
María del Carmen no se ofendió. En cambio, una sonrisa triste cruzó su rostro.
—Lo sé. Mi hermano Gerardo me ha planteado esas mismas objeciones, influenciado por sus lecturas francesas y su admiración por los pensadores ilustrados —respiró hondo—. Pero los santos no son dioses, Tomás. Son intercesores, hermanos mayores en la fe que ya alcanzaron la gloria y pueden abogar por nosotros ante el Padre. ¿No le pides tú a un amigo que hable bien de ti ante alguien importante? ¿Es eso idolatría?
Tomás asintió lentamente, procesando el argumento.
—Continúa, por favor.
—Si buscas una religión similar a la católica en su multiplicidad de figuras sagradas —prosiguió María del Carmen con renovada energía—, no debes compararla con el protestantismo o el islam, que son deliberadamente austeros. Debes mirar hacia la India. La Iglesia católica reconoce aproximadamente diez mil santos, pero en el hinduismo existen decenas de miles de dioses y diosas, cada uno con su función, su historia, sus devotos. ¿Son ellos idólatras o simplemente comprenden que lo divino se manifiesta de múltiples formas para diferentes corazones?
—Es un argumento audaz —murmuró Tomás, genuinamente impresionado.
—Pero hay más —continuó ella, tomándolo suavemente del brazo—. Todo católico está llamado a imitar a Cristo, a ser santo en su propia vida. Los santos no son intermediarios que usurpan el lugar de Dios, sino ejemplos de cómo vivir la fe. Para mí, San Martín es el más cercano a mi corazón, como también lo es San Pedro Claver, por su humildad ante los despreciados, por su amor a los esclavos africanos que llegaban moribundos al puerto de Cartagena. Estos hombres amaron a quienes la sociedad consideraba desecho. Me enseñaron que Dios habita precisamente en los lugares más oscuros, en los más olvidados.
Las lágrimas volvieron a los ojos de María del Carmen.
—San Martín esperó años antes de ser admitido completamente en la orden dominica, precisamente por el color de su piel. Soportó la humillación con paciencia infinita. Nunca se rebeló con amargura, nunca perdió su dulzura. Esa paciencia, Tomás, esa capacidad de esperar con fe… eso es lo que distingue a una persona verdaderamente buena de alguien que sólo experimenta un arrebato momentáneo.
—¿Y por eso me pides un año? —preguntó Tomás, comenzando a comprender.
—Sí —María del Carmen apretó la medalla entre sus dedos—. Un año no es nada comparado con una vida entera juntos. Pero es suficiente para demostrar si lo que sentimos es un capricho del corazón o algo que puede resistir la ausencia, la distancia, las dificultades. San Martín esperó, y su paciencia lo santificó. Si tú esperas, sabré que tu amor es verdadero.
—Esperaré —declaró Tomás sin vacilar—. Esperaría diez años si fuera necesario.
María del Carmen negó con la cabeza, sonriendo a través de las lágrimas.
—No será necesario. Un año bastará —hizo una pausa, mirando hacia la casa—. Además, debo ser sincera contigo. Mi padre tiene otros planes para mí. Planes políticos.
—¿Políticos? —Tomás sintió que el estómago se le contraía.
—El gobernador de Bolívar tiene un hijo, un hombre cuarenta años mayor que yo, viudo dos veces —la voz de María del Carmen tembló de asco—. Mi padre ve en esa unión una oportunidad de consolidar su influencia en la región. Ya ha iniciado conversaciones.
—¡Eso es monstruoso! —exclamó Tomás, olvidando la discreción.
—Por eso necesito este año —explicó María del Carmen con urgencia—. Si nos encomendamos a San Martín, si demostramos con nuestra paciencia que nuestro amor es digno, el santo intercederá ante Dios para que se haga realidad nuestra unión sagrada. No puedo luchar sola contra mi padre, contra las convenciones sociales, contra los intereses políticos de mi hermano. Necesito saber que Dios mismo bendice nuestro amor. Y necesito saber que tú eres capaz de esperarme incluso cuando todo parezca perdido.
Tomás tomó las manos de María del Carmen entre las suyas.
—Esperaré —repitió con voz firme—. Y rezaré a tu San Martín, aunque no conozca bien las oraciones. Le pediré que interceda por nosotros, que nos dé fortaleza.
—No necesitas palabras elaboradas —susurró María del Carmen—. San Martín era un hombre sencillo. Bástate con pedirle con el corazón sincero.
Los sirvientes se aproximaban ya, cargando bandejas humeantes. María del Carmen se separó de Tomás, enjugándose rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano.
—Guarda ese pañuelo —dijo antes de regresar al auditorio—. Y cuando dudes, cuando la espera se vuelva insoportable, bésalo como lo besaste hoy al atardecer. Yo estaré haciendo lo mismo con su par, pidiéndole a San Martín que mantenga vivo tu amor hasta que podamos estar juntos.
Tomás la vio alejarse, el pañuelo de cachemira rosado apretado contra su pecho, y supo que esperaría. Esperaría aunque el mundo entero se interpusiera entre ellos.
Desde entonces habían iniciado un epistolario semanal a través de Candelario, quien frecuentaba la casa del senador Vergel en su calidad de personero de Mompox. Con una estatura de ciento ochenta centímetros, Vergel era el senador más robusto del Congreso; su fuerza descomunal era motivo de leyendas en sus corredores: se decía que había derribado a un toro a los trece años y que era capaz de levantar cincuenta kilos con una sola mano.
Cada carta de María del Carmen llegaba perfumada con esencia de azahar y sellada con lacre rojo. En todas, sin excepción, aparecía una pequeña estampa de San Martín de Porres, recordándole a Tomás su promesa de paciencia. Y en todas, María del Carmen le contaba pequeños milagros: una tía enferma que había sanado tras rezarle al santo, un ratón que había salvado de las trampas del granero, un mendigo al que había dado de comer en honor de la caridad martiniana.
Tomás guardaba las cartas en una caja de cedro junto al pañuelo rosado y, cada noche, antes de dormir, rezaba torpemente al santo mulato de Lima, pidiéndole que acortara los días hasta el reencuentro y que ablandara el corazón del padre de María del Carmen.
Fue así que María del Carmen se enteró, por boca de su hermano, que Tomás se había destacado como capitán de las huestes que derrotaron a las tropas conservadoras en la Batalla de los Chancos. Tomás, por su parte, supo por boca de Candelario, que María del Carmen era la rica heredera de la Hacienda de los Vergel en Lebrija, Tres Esquinas.
Justo una semana antes de su muerte, Candelario había solicitado formalmente, en representación de Tomás, la mano de María del Carmen al senador Vergel.
—Quisiera complacerlo —había dicho el Senador Vergel—. Pero hay un hacendado, dueño de varios terrenos en Usaquén, que también ha solicitado a María del Carmen como esposa.
—María del Carmen nunca le habló a Tomás de otro pretendiente —Candelario titubeó.
—Infiero que mi hermana está enamorada —el senador lo observó de pies a cabeza, con ojos que no ocultaban su sorpresa, ora por la osadía del poeta, ora por su ingenuidad.
—De Tomás Fines—asintió Candelario—, María del Carmen será feliz. Ella lo ama, y él a ella.
Gerardo permaneció en silencio por unos breves instantes, sus ojos contemplando, junto a su ventana, la reproducción del Moisés de Miguel Ángel en mármol de Carrara.
—¿Infiero entonces que el tal hacendado no existe, mi querido amigo? —intervino Candelario.
El senador calló por unos instantes, presa de una creciente indignación. ¿Quién era ese mulato sin dinero y sin abolengo para cuestionar su palabra? Incluso si fuera mentira, ésta exigía respeto y obediencia de cualquier hombre educado en los modales de la diplomática o hipócrita sociedad bogotana. Reconsideró que ni Tomás ni Candelario eran oriundos de la capital, por lo que optó por expresar lo concreto.
—Candelario… —lo espetó irritado—. El joven Tomás es un abogado sin influencias.
El poeta de Mompox se abstuvo de responderle, de pie, ante él, sosteniendo su sombrero de fieltro en la mano.
Una brisa helada levantó los velos de seda de las cortinas y se filtró por la amplia ventana de su mansión del barrio La Candelaria, desde donde Candelario divisó el campanario de la Catedral Mayor de Santafé, torre inmensa y solitaria ante el cielo azul que cubría la vasta sabana cundiboyacense.
—Si Tomás no ha hecho uso aún de sus influencias —terció Candelario—,es porque no lo ha considerado necesario. Tomás es hijo del comerciante griego Aristóteles Fines.
Los ojos de Gerardo brillaron de súbita codicia.
—¿El dueño de la distribuidora Fines?
—Sus ventas de quesos y vinos griegos generan cerca de veinte empleos —repuso Candelario—. Don Aristóteles tiene poderosos amigos en las magistraturas, incluso en la Presidencia.
El senador lo observó con creciente interés.
—No solo vinos griegos, sino también franceses, italianos, portugueses, españoles…
—¿Podría escuchar al muchacho? —Candelario insistió—. Él podrá persuadirlo mejor que yo.
Vergel asintió y dedicó la mañana siguiente a averiguar sobre la familia y el capital del pretendiente.
La cita con su futuro cuñado se concertó al siguiente atardecer. Una de sus sirvientas lo recibió y les sirvió una taza de chocolate con almojábanas de Arcabuco.
—Don Aristóteles es un hombre generoso —dijo Vergel arrellanándose en un sofá de seis puestos—. Ya lo hizo a usted dueño de un lote en Teusaquillo.
—¿Lo conoce?
—Compro con frecuencia sus vinos.
—Me entregó un lote de diez hectáreas —asintió Tomás—; y con su venta adquiriré la casa de la esquina adyacente.
—Ya veo.
—Le aseguro que lo arriesgaré todo por la felicidad de su más valiosa posesión.
El Senador Gerardo Vergel contrajo el ceño favorablemente impresionado.
—No soy un monstruo que se opone a la felicidad de mi hermana —Gerardo lo tranquilizó mordiendo una tajada de queso fresco—. Cuando compre su casa nos invita…
—¡Gracias! Queremos casarnos este fin de año.
—Y entonces —el senador Gerardo Vergel endureció su semblante—, con mucho gusto, haremos público su compromiso.
La venta del lote se había realizado la semana anterior, y la promesa de venta de la casa de Don Saúl Cano ya estaba firmada. Sólo faltaba esperar el desembolso y la consignación del saldo para concluir el trato.
Una figura oculta por capa y sombrero sevillano lo sacó de su ensimismamiento: venía en dirección contraria y cambió hacia la acera opuesta. Tomás cruzó la calle instintivamente. Poseedor de un agudo sentido del olfato, tenía la costumbre de aspirar el rastro de los transeúntes, en busca de aromas que delataran su estado y condición, ya fuera un perfume, un condimento o un halo de alcohol. Reconoció una fragancia a colonia inglesa y un acre olor a pólvora. Presintiendo lo peor, tomó la empinada carrera quinta hasta la calle tercera, en donde tocó a la puerta de Candelario. Esta cedió de inmediato. Entró a tientas hasta alcanzar el escritorio del poeta, en donde encontró una lámpara de gas que encendió estallando una cerilla.
Al voltearse descubrió aterrado el rostro sanguinolento de Candelario, su garganta destrozada, sus pupilas observándole. Un revólver yacía en su mano derecha; en la izquierda sostenía un sobre cerrado. Abrió rápidamente el cajón inferior del escritorio y tomó el nuevo manuscrito de la novela de Candelario. Lo ocultó en el bolsillo secreto de su gabán.
Avanzó con piernas temblorosas sobre el cadáver de su amigo. Se agachó para tomar el sobre y sintió pasos cercanos.Trató de ocultarse tras las cortinas, pero desistió a la fatídica luz de una lámpara que reveló la presencia de Geraldine Melo, dos enfermeras y el señor Arango. Tomás se excusó, pero fue llamado asesino por Geraldine, quien se desgañitó en un llanto que la postró junto al cadáver. Tomás balbuceó unas palabras incomprensibles.
—¿Es usted el hijo de Aristóteles? —preguntó Arango.
—¡Sí! —articuló Tomás.
—¡Asesinó a Candelario! —gritó Geraldine.
—Descubrí el cadáver hace ya una hora —dijo Arango con una palidez cetrina en sus mejillas, tal vez presa del remordimiento—. Discúlpela. Fui yo quien la obligó a venir. Había descubierto varias cartas del poeta en la casa del General. No sabía que alguien podía llegar a estos extremos…
—¿Por amor? —preguntó Tomás retóricamente.
Al día siguiente los periódicos publicaron que el famoso poeta costeño Candelario Obeso se había quitado su vida por un desamor con una dama de la alta sociedad, cuya identidad se abstenían de revelar.
—Le tiró al blanco y le dio al negro —comentó el novelista Santos con un dejo de desprecio en el café Trattoria de la Avenida Jiménez.
—¡Le desgarraron el cuello como si fuera un ternero! —gritó un soldado ebrio desde la mesa contigua.
—¡Ustedes no saben nada! —exclamó Tomás, incapaz de contenerse.
—¿Y qué es lo que sabes acaso? —replicó Santos aspirando su pipa—. ¿Qué Candelario no fue, de hecho, rechazado por la señorita Melo?
Tomás se contuvo de responder ante las miradas amenazantes de los comensales del café italiano.
Presa de una aciaga inducción, se encaminó hacia la mansión de su tía Aidé, en la calle veinte con séptima, en donde su primo Fidel jugaba veintiuna cada tarde.
No percibió, al cruzar la acera, al hombre corpulento, de rasgos aindiados, de casi dos metros de altura, que lo observaba desde la esquina con mirada oblicua.
Llamó a la puerta y Juan, un anciano alto, de piernas zambas, brazos robustos y barriga prominente, abrió las puertas precavido, oteando las esquinas.
—El amo no está —musitó mecánicamente.
—¿No va a jugar hoy?
Juan hinchó su bigote profuso y miró a su interlocutor con sumisa mansedumbre.
—¡Tomás será siempre bienvenido! —vociferó una voz aguda desde el interior—. A ambos nos gusta leer en francés, aunque, hay que decirlo, yo soy más un hombre de armas tomar.
Juan chasqueó sus labios contrariado y abrió la puerta de par en par. Tomás ya había reconocido el tono de voz de su primo Fidel.
—¡Mírenlo! —vociferó presa de un pretendido afecto fraternal.
—Hola Fidel...
—¡Por Dios! —Fidel reprendió a Juan en un repentino ataque de furia—, ¿qué espera este lacayo? ¡Es mi primo!
Juan lanzó una mirada de impotencia a Tomás, quien, sonriendo con sorna, le entregó su sombrero de fieltro y su abrigo. Atravesó un corredor de mármol, dejando que sus tacones de caoba resonaran, y entró a una sala inmensa en donde siete sillones vacíos rodeaban a Fidel. Sus brazos delgados reposaban sobre una mesa circular forrada en un grueso paño color púrpura.
Un mechón de cabello azabache caía sobre un ojo de Fidel, quien barajaba las cartas con destreza.
—Juan Nimio es mi mayordomo —Fidel lo disculpó—. Desde mi infancia me ha sido demasiado fiel; sabe que abandoné mi puesto en la Universidad del Colegio del Rosario y son pocos los académicos y poetas que me visitan. De hecho, los evito, pues no dejan de ser unos tristes pedigüeños, alfiles del status quo.
Tomás sonrió displicente; ya era vox populi que lo habían despedido por embarazar a una maestra. Jamás había congraciado con aquel pariente y amigo de farra, quien había desperdiciado un futuro lucrativo como Director de Publicaciones de la Universidad del Colegio de Nuestra Señora del Rosario, para dedicarse a la aventura y la farra como tahúr. Melenudo y delgado, de cara redonda y ojos porcinos, Fidel tenía un timbre de voz áspera que suavizaba con risas repentinas motivadas por los comentarios más triviales, pero tan convincentes que sus ojos se humedecían hasta derramar lágrimas de hilaridad.
—¿Dónde estuvo anoche? —preguntó Tomás con creciente impaciencia.
—Siéntese y juguemos una partida —repuso Fidel con esa risa estentórea que tanto enervaba a Tomás—. Si gana, se lo diré; si pierde, me acompañará a un largo viaje a una zona peligrosa del país.
—¿A dónde?
—Lo sabrá si pierde.
—Es un trato —Tomás aceptó.
—Parta —demandó Fidel luego de barajar el naipe.
Tomás dividió la baraja en tres partes que juntó al azar.
Un siete de copas y un as de bastos lo llevaron a plantar. Fidel enseñó entonces un as de espadas y una sota de copas.
—Me alegra que no haya apostado su fortuna —lo espetó Fidel.
Tomás contrajo sus labios y consideró acusar a su primo de fraude. Se rumoraba que Fidel solía guardar un as en su manga. Paúl Benavidez, un soldado ebrio, había también afirmado que en la pasada guerra civil contra Mosquera, en el fragor de una batalla, Fidel había asesinado a tres de sus deudores a bocajarro. Su testimonio jamás fue corroborado. Tres días después, una misteriosa carroza atropellaba a Paúl Benavidez sobre la carrera séptima.
—¿Podría ver sus mangas?
El labio inferior de Fidel tembló, y Tomás se preguntó si su primo era presa del nerviosismo o de la ira, o quizás de los dos.
—¡Apostemos su nueva casa! —exclamó Fidel—. ¡Si tengo cartas, no tendrá que viajar conmigo, y si no tengo, su casa es mía.
Tomás consideró ha había ido demasiado lejos. Desistió sacudiendo su cabeza en gesto negativo.
—Ahora puedo indicarle nuestra ciudad destino —dijo Fidel con evidente satisfacción—: Bucaramanga.
Tomás sabía que el gigante tahúr Trimegisto Corrales, a quien Fidel había herido en una reyerta a cuchillo frente al Palacio de San Carlos, vivía en Girardot, por lo que presumió que el viaje no sería por el río Magdalena hasta Barrancabermeja, sino atravesando las escarpadas montañas de la Cordillera Oriental Andina, con el abismal Cañón del Chicamocha como colofón.
—¡Tengo compromisos en Santafé de Bogotá! —exclamó Tomás con rabia e indignación—. ¡Deme una revancha!
Fidel barajó el naipe con interés.
—Sé que usted es un ágil soldado —dijo—. Le ofrezco, por añadidura, una pesa de esmeraldas de Muzo.
—No seré cómplice de sus crímenes —musitó Tomás levantándose de su asiento—. Todos sabemos que usted es un asesino.
—Esta vez no eliminaré cristianos —Fidel rio—, sino indígenas. Le ayudará a cimentar su hogar con Doña María del Carmen Vergel.
Tomás no pudo evitar un gesto de sorpresa que ya se dibujaba en su rostro. El recuerdo de su amada le heló la sangre. Hasta entonces creía que su compromiso era un secreto.
—¿Quién se lo dijo? —preguntó.
—El mismísimo Senador Vergel —respondió Fidel.
—¡Imposible!
Fidel sonrió complacido.
—Cierto domingo nuestro congresista recogió una carta —dijo—, en la sacristía de la Catedral, justo después de que el correo apostólico llegara. Fue entonces que se encontró con tu prima Ifigenia, mi hermana menor, a quien —toda Santafé de Bogotá lo sabe—, el Senador corteja desde los quince años en la misa de las diez. Durante la celebración de la eucaristía, el Senador no ocultó cierta aprehensión. A la salida de la Catedral se excusó y se retiró de la compañía de Ifigenia varios minutos para conversar con el concejal Ojeda, quien manifestó cierta contrariedad por lo que evidentemente era una mala noticia para él. Al volver, Ifigenia interrogó al Senador, y éste no tuvo otra opción que confesarle que María del Carmen ya no sería la prometida del Concejal, sino la suya, primo Tomás, en virtud de una promesa que el senador ya le había hecho a usted y a Don Aristóteles.
Tomás sonrió displicente, sacudiendo su cabeza.
—Ahora usted comprende las razones de mi negativa —insistió Tomás—. Tengo con que apostar una baza final.
—Mon ami! —Fidel lo espetó—. ¿Piensa arriesgar la dote de su amada?
Tomás extrajo el manuscrito y lo depositó sobre la mesa. Las pupilas de Fidel se tornaron oscuras. Tomás se acercó a su primo y reconoció sin sorpresa la penetrante fragancia a colonia inglesa.
—¿Qué es esto? —carraspeó Fidel.
—Un testimonio por el que su protector podría ser despedido del gobierno.
—¿El General Melo? —titubeó Fidel aludiendo al amante de su madre, quien, para congraciarse con Fidel, mantenía archivados todos sus procesos judiciales. Su despido significaría una larga condena en la Gorgona.
Fidel sonrió complaciente. Entregó el naipe a Tomás, quien lo barajó y entregó de vuelta a su anfitrión.
Jugaron hasta exponer sus cartas. Esta vez Fidel triunfó con el as de espadas y el as de copas.
—Las probabilidades de sobrevivir el viaje son de tres a una —asintió Tomás hondamente contrariado—. Trimegisto Corrales ha puesto un precio a su cabeza.
Fidel suspiró conciliatorio sin atreverse a contradecirlo.
—¡Pedro! —exclamó—. ¿Para qué tengo dos sirvientes si nunca están pendientes de lo que uno hace?
Un hombre fornido, de bigote prusiano y patillas pobladas bajo un cráneo despoblado, de unos setenta años, salió de la cocina secándose sus manos en una servilleta y se inclinó ante la mesa de juego. Vestía una camisa blanca de algodón y un pantalón de cuero.
—Sería monstruoso destruir esa novela —balbuceó Tomás—. ¿No podemos enterrarla? ¡Una novela es un legado…!
Tomás extendió una mano temblorosa hacia el manuscrito.
—¡No!
—Antes de que insista en quemarlo… —su voz adquirió una gravedad inesperada— permítame leer al menos unas páginas. No soy un cura que absuelve; pero sí soy un hombre que debe comprender lo que va a destruir.
Fidel arqueó una ceja, divertido.
—Tiene tres minutos, primo. Después de eso, mis dedos arderán por lanzarlo al fuego.
Tomás no esperó más. Abrió las hojas con urgencia reverente, como quien desdobla un sudario. La letra inclinada de Candelario, firme y armoniosa, desprendía aún el olor tenue de la tinta fresca. Tomás comenzó a leer en voz baja, mientras Fidel bebía aguardiente y Pedro observaba desde las sombras.
“Dicen que la pasión es un yugo, pero para mí fue un látigo que me obligaba a cruzar cada noche los tejados de Santafé con sigilo de gato moribundo… Cerraba los ojos al saltar entre las techumbres, como si así mis pupilas, traicioneras, no pudieran brillar a la luz de la luna y delatarme ante algún soldado insomne. Cada salto era una oración; cada caída, un sacrilegio. Y sin embargo, en los brazos de Geraldine nacía mi resurrección nocturna. A su lado, el mundo dejaba de ser hostil.
“O eso creía.
“Hasta la noche en que el sueño me venció.
“No sé cuánto tiempo estuve dormido, pero al despertar sentí que los brazos que me rodeaban ya no eran los de mi amada doncella. Había sobre mí una figura distinta, más pesada, más… inhumana. No vi su rostro, pero sentí la aspereza de su barba. No sé si aquello ocurrió realmente o fue apenas un espectro tejido por mi imaginación exhausta. Pero su olor a colonia de lila marchita quedó impregnado en mi piel como un tatuaje invisible.
“Es ese mismo olor que reconocí después —con un terror que me paralizó— cuando fui presentado al prometido de Geraldine, el señor Francisco Arango, dueño de la Funeraria Arango, ataviado a la moda inglesa, con traje negro, pelliza púrpura borgoña, corbata carmín de seda y abrigo de paño escocés azul oscuro.
Su piel olía a la misma mezcla indecible de tierra húmeda, hierro tibio y perfume de lila podrida. No sabría explicarlo mejor; su aroma era el de algo pretérito, o algo que jamás debió existir, como si las miasmas de los cientos de cadáveres que sepultaba se hubieran impregnando en sus límpidas prendas de vestir.
“Desde aquel día, mi corazón se volvió un animal inquieto. Me pregunté si Geraldine había confesado nuestros encuentros. O, peor aún, si su marido era cómplice de ellos. ¿Y si era él la figura que estuvo sobre mí aquella noche? ¿Y si compartían un pacto? ¿Y si el hombre, viejo y doblemente ajado por los años y por la muerte, toleraba mis visitas porque saciaban algún designio innombrable?
“Comencé a investigar. Arango viajaba por largas temporadas a varias ciudades de provincia: Popayán, Pasto, Bucaramanga, Tunja, Honda.
“Supe por indiscreciones de una criada que la madre de Arango había vivido en Alemania durante su juventud, donde frecuentó médicos excéntricos que practicaban transfusiones de sangre. La ciencia del siglo XIX avanza con osadía y torpeza: se hablaba en los periódicos de París de experimentos que trasvasaban la sangre de corderos a enfermos, y de ciertos doctores que pretendían prolongar la vida injertando fluidos ajenos en venas gastadas. Algunos pacientes morían; otros enloquecían; otros, dicen, despertaban con una vitalidad que no era la suya.
“Conocí también que la familia Arango padecía, según rumores médicos, una dolencia sanguínea: una escasez enfermiza de sangre que les obligaba a someterse a transfusiones regulares para no desfallecer. No sé hasta qué punto la ciencia de nuestro tiempo haya comprendido estos misterios; no soy hombre de laboratorios. Pero sí sé reconocer el color de la muerte cuando se esconde bajo la piel de un vivo. Y en la casa de los Arango ese color residía en cada cortina, en cada alfombra, en cada respiración contenida.
“Aun así, seguí visitando a Geraldine. Mi pasión era más grande que mi cordura. Me juré no dormir jamás en sus brazos; me juré mantenerme vigilante como si fuese soldado en guerra. A veces lo lograba. Pero otras noches… otras noches escuchaba pasos. Pasos que no eran de ella. Pasos que se deslizaban con suavidad reptil sobre las tablas del piso. Y yo, tembloroso, no sabía si permanecía despierto o si, por el contrario, aquel sueño que temía tanto me había atrapado de nuevo.
“Llegué a pensar que el General Melo permitía que Arango vigilara mis amoríos, o tal vez fuese mi delirio. ¿Por qué no me denunciaba? ¿Por qué no mandaba soldados a apresarme? La respuesta era evidente: Geraldine tenía veinte años; su prometido, cerca de setenta y cinco. Tal vez veía en mis visitas un alivio inevitable, un pecado tolerable para una mujer condenada desde su boda a una infidelidad perpetua si no quería marchitarse en soledad.
“A veces ella lloraba después de amarme. «No puedo irme contigo a Mompox», repetía. «Mi vida está atada. Mi deber está escrito.» Y yo sentía, cada vez con mayor claridad, que aquel miedo no provenía de sus padres ni de sus amigas, sino de una entidad invisible que respiraba entre las paredes y presenciaba nuestra cópula. Algo que aguardaba a que yo durmiera para cernirse sobre mi cuerpo, mientras mi alma recorría las esferas espirituales del sueño, cerrando las puertas de mi ser y dejándolo indefenso ante abusos que jamás habría querido descubrir.
“Describiré ahora —en esta novela autobiográfica que ofrezco como advertencia a tantos amantes precipitados de mujeres inalcanzables— las pruebas que demuestran que no miento. Porque estos Camazotzes —o, según los mayas quichés del Popol Vuh, murciélagos humanos demoníacos que ansían sacrificio y sangre— se deleitan en practicar actos contra natura que ultrajan la virilidad del hombre y profanan tanto a vírgenes como a parejas que se aman…”
Fidel le arrebató el manuscrito.
—Van cuatro minutos, primo.
El silencio en la sala era tan espeso que parecía un líquido negro.
Pedro seguía inmóvil, aferrado a la servilleta como si fuera un escapulario.
—Ahora comprendo —musitó Tomás, pálido— por qué no puede quemarse esto. Más que un romance… es una advertencia de algo más macabro.
—¿Legado a la cultura nacional? —carcajeó Fidel interrumpiéndolo.
—¿Lo has leído?
—Cualquier monstruosidad es preferible a un matrimonio anulado porque la novia entrega su virginidad a un africano —repuso Fidel torciendo el manuscrito en sus manos.
—Candelario fue el mejor dramaturgo. ¿Sabía usted que tradujo el Otelo de Shakespeare? Ese romance entre el moro y Desdémona que fue una imaginaria leyenda del pasado; ha ocurrido aquí, en Bogotá.
—Esperemos que el Senador Vergel no cambie de opinión —Fidel lo interrumpió presa de una cólera creciente.
Y tomando el manuscrito lo lanzó a las ascuas del fuego que crepitaba en su chimenea.
Tomás observó aquellas páginas evaporarse a medida que su rostro palidecía. Así terminaba, en este mundo, una vida consagrada a las letras. Pero, en el otro mundo, Candelario descubriría —Tomás así lo creía firmísimamente —, que todo lo vivido era preservado en la eternidad, desde un cortejo que a los 17 años realizó por meses a una chica que nunca fue suya, hasta sus subrepticias noches en los barrios más abyectos de Santafé.Veía a Candelario dueño de una gran mansión con vista a un lago de aguas translúcidas bajo el cielo azul pálido de Cajicá. Durante el día escribía y en las noches asistía a un teatro al que acudían millones de ánimas a ver las obras de teatro de todas las eras y naciones. Sus obras, como todas las de aquellos que creyeron en su arte, eran también representadas en las fiestas dionisíacas del siglo V a. C., pues además de la migración espacial de la que disponemos en este mundo, en el siguiente universo cada ser dispone de la migración temporal, que permite, a voluntad, moverse de un siglo a otro.
Abandonó sus especulaciones metafísicas, y concluyó que, si había alguien que, ciertamente, podría dominar la voluntad del Senador Vergel era Ifigenia. Fidel sabía jugar sus cartas.
—¿Por qué? —protestó Tomás.
—Usted ya me lo dijo —rechistó Fidel entregándoselo a Pedro—. El General Melo es mi protector.
El manuscrito no se había consumido totalmente debido a una roca que lo protegía de las llamas. Tomás avanzó un paso, pero fue detenido por Fidel, quien levantó su dedo índice hacia Pedro. El sirviente se encaminó hacia la chimenea, a un costado del recinto.
—Al menos tuvo tres lectores —añadió Fidel contrayendo sus labios.
Pedro tomó las ascuas de un estante adosado contra la pared, y removió las hojas del manuscrito que sobrevivían al fuego.
“Todas fueron consumidas por las llamas,” pensó Tomás con un agudo dolor en el pecho. “¿Había sido Fidel contratado por Arango?”.
—Deme un día para arreglar mis compromisos —Tomás asintió a Fidel tras una larga pausa.
—Tiene tiempo hasta la medianoche —Fidel lo espetó removiendo con un atizador las hojas cenicientas del manuscrito en las llamas de su chimenea—. Partimos a la madrugada.
Tomás volvió a su casa paterna en San Victorino y aceitó sus revólveres. Retaría a Fidel a un duelo luego de acusarlo de esconder ases en sus mangas. Redactó su testamento y escribió una carta a María del Carmen, explicando los motivos de su decisión.