PREAMBULO
LIBRO 1
“Shelly perdió la cordura”
—¡Es imposible! —gritó Shelly, mientras la maternidad se le escapaba de los brazos. En el arrullo solo quedó un cuerpo vacío: frío, sin color, sin llanto, sin latido. Nada.
Arrulló al pequeño, lo cubrió con mantas blancas, y sintió que la agonía era tan inmensa como la vida misma. Cada latido de su corazón le rompía el pecho en pedazos.
—El Dios de la muerte, tan injusto y egoísta, te ha llevado con él. No permitió que tus ojos vieran los colores de la vida, ni que el calor del sol iluminara tu piel.
La mano de Shelly temblaba mientras limpiaba el rostro de su hijo con un paño de algodón, con una gentileza que ya no pertenecía a este mundo.
—Segura estoy… grandes hazañas te esperaban en tu camino. Tu luz representaba una amenaza para él. Por eso, sus absurdos celos te castigaron quitándote la vida.
El Dios de la muerte descargó su ira en un recién nacido.