Uno
Un llanto infantil rompió la concentración de Loraine Sinclair, haciéndola olvidar el balance de ganancias y pérdidas que preparaba para el consejo de administración de la empresa Barrington.
Un niño. Había un niño en el departamento de contabilidad.
Estaba levantándose de la silla cuando su compañera Patricia entró en el despacho, con un bulto rosa en los brazos.
—¡Sabía que había oído llorar a un niño! —exclamó Loraine.
Patricia sonrió, mirando al lloroso querubín de pelo rubio y gordezuelas mejillas.
—Tú y la mitad de Phoenix. Esta enana tiene unos pulmones de hierro.
—¡Qué rica es! ¿Me la dejas? —preguntó Loraine.
—Claro. No sé qué hacer para que deje de llorar.
Cuando Loraine tomó a la niña, la cosita rubia levantó hacia ella sus ojos azules rodeados de largas pestañas húmedas. El corazón de Loraine dio un vuelco.
—Hola, cariño —susurró. La niña dejó de llorar y se metió el puñito en la boca.
Loraine sentía una extraña congoja. No había nada en el mundo que deseara más que tener un hijo. A pesar de ser una mujer moderna y profesional, su verdadero sueño era casarse y formar una familia.
Pero, según iban las cosas, seguiría siendo sólo un sueño. Tenía treinta y un años y, en los dos últimos, no había conocido a nadie con quien quisiera salir y mucho menos casarse.
A nadie, excepto a Jungkook.
Una sensación dolorosa atravesó su corazón al recordarlo. Pero Jungkook no era el hombre adecuado y Loraine lo sabía.
Para empezar, eran completamente opuestos. Ella era una persona tranquila, mientras él era un aventurero. A ella le gustaba la rutina y a Jungkook, el cambio. A ella le gustaba cuidar del jardín y cocinar, mientras que, para Jungkook, pasar un buen rato significaba tirarse en paracaídas o bucear en aguas infestadas de tiburones.
Pero, lo más importante, Loraine deseaba un hogar y una familia y Jungkook le había dicho desde el principio que él no estaba interesado en eso.
Debería haber sabido que no era hombre para ella, pensaba Loraine, pero Jeon Jungkook era irresistible. No sólo porque era guapo, encantador, inteligente y divertido, sino por algo más... algo invisible y eléctrico, algo que ocurría cada vez que estaban juntos.
El liberaba algo dentro de ella. Cuando estaba con Jungkook, no se sentía tímida, ni aburrida. Cuando estaba con Jungkook, se sentía guapa, divertida, atractiva y... atraída. Tan atraída que, por primera vez en su vida, había ignorado lo que le decía su cabeza y se había dejado llevar por su corazón.
Pero había aprendido la lección. Ella deseaba un hombre con el que construir un futuro, un hombre con el que compartir sus sueños de permanencia y estabilidad. Los hombres como Jungkook no estaban hechos para convertirse en maridos y padres, y eso no cambiaría nunca.
Loraine miró a la niña que tenía en los brazos y, con ternura, secó las lágrimas que mojaban su carita. La niña sonrió, mostrando tres diminutos dientes.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Patricia.
—¿Hacer qué?
—¿Cómo haces que deje de llorar?
—No lo sé. Se me dan bien los niños —contestó—. Es un ángel. ¿Quién es su madre?
—Tu nuevo jefe.
—¿Rex ha contratado a un nuevo vicepresidente para asuntos financieros?
—Por fin —contestó Patricia—. Después de hacernos trabajar como esclavos desde que se retiró el señor Martin.
Loraine sonrió. Las excentricidades del dueño de la empresa, el anciano Rex Barrington II, eran conocidas por todos. Cuando Rex quería algo, lo quería para el día siguiente, y esperaba que sus empleados pusieran toda su energía en conseguirlo. Su capacidad de trabajo hacía que los que trabajaban para él se volvieran locos, pero también era una de las razones por las que Barrington se había convertido en una de las empresas hoteleras más famosas del mundo.
—Rex sólo quería asegurarse de que contrataba al mejor. Especialmente ahora, que está decidido a retirarse y dejar las riendas del negocio a su hijo —sonrió Loraine, mirando a la niña—. ¿Cuándo empieza a trabajar el nuevo vicepresidente?
—El lunes —contestó Patricia.
—¿Tan pronto?
—Ya conoces a Rex.
—¿Y por qué ha venido hoy, si es viernes?
—Rex insistió en que viniera a conocer a todo el mundo en cuanto su avión aterrizara en Phoenix. Y a mí me tienen de niñera.
—¿Cómo es? —preguntó Loraine—. Un hombre que se trae a su hija al trabajo debe de ser un hombre encantador.
—De eso precisamente había venido a hablarte —dijo Patricia, con expresión preocupada—. ¿Recuerdas cuando me contaste que habías estado enamorada de tu jefe hace dos años...?