Laureles: Una obra al amor

Summary

¿Qué haces si te digo que las pinturas cobran vida con el toque de la luna? La historia de un guardia de galería que literalmente se enamorará del arte. “Bel enfer céleste”

Status
Ongoing
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1
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n/a
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16+

Capítulo I


“¿Quién anda ahí?”


Me gustaría ser artista para tomar el lienzo y pintarles la escena en donde esta historia empieza, pero espero que el trazo de mis letras sea suficiente para que el comienzo se plasme en el papel y hagamos de esto una obra de arte, déjenme enseñarles una obra al amor.

El rítmico sonido del tormento era el ruido de fondo en una ciudad que anhela con desesperación rascar el cielo.

El vidrio empañado provocaba la inocente tentación de trazar dibujos sobre las ventanas sofocadas, empapadas de pequeñas gotas de lluvia que se deslizaban a través de la superficie.

Actos simples que se convirtieron en una distracción sublime, la cual, duró tan sólo unos pocos minutos antes de que Harry recordase a la persona frente a él.

Entrelazó sus manos y las colocó detrás de su espalda. Prestó atención, apesar de no comprender de qué mierda estaba hablando.

—...Y mi suegra sigue insistiendo en que no debemos adoptar, pinche vieja metiche.— La mujer se veía molesta, por lo que el rizado se limitó a asentir con los labios apretados, fingiendo que había escuchado hasta el más mínimo detalle.

—Bueno, ya no importa, se está haciendo tarde.— Suspiró y encogió sus hombros, esbozando finalmente una sonrisa de ojos cansados. —Harry, cariño, espero que tengas una linda noche. Confío en ti ¡Suerte en tu primer día!

—Gracias, señora Moon. Ojalá pueda resolver los problemas con su suegra, nos vemos mañana.

—No me hago esperanzas...— Se despidió brevemente cerrando la puerta para por fin retirarse.

Y es así como su jornada y nuestra historia comienzan...

Harry Styles es un hombre que hasta hace poco trabajaba como detective del FBI en Washington. Ejerció tal cargo desde los veinte años y siempre se le consideró uno de los mejores en su campo.

Pasó poco tiempo para que le ofrecieran un ascenso como director de la oficina, pudo haberse convertido en la persona más joven en ocupar el puesto, sin embargo, declinó la oferta y meses después anunció su retiro de manera permanente.

Muchos lo cuestionaron y sólo unos cuantos obtuvieron respuestas.

Gracias a la recomendación de su ex colega y amigo de la policía, Styles logró conseguir un nuevo empleo como guardia nocturno de una linda galería de arte en Nueva York.

No era tan malo.

Desde el principio su jefa no dudó en comentar lo singular que era el

establecimiento, Harry por otro lado, no veía la gran particularidad de la que presumía, es decir, sólo es arte ¿Qué hay de especial en ello?

Es innecesario hablar de lo poco que le encantaba su trabajo, pero morir de hambre tampoco le resultaba tentador. Resignado y con linterna en mano, da el primer paso para vagar por el lugar.

¡Vaya galería! Parece un jodido museo, piensa el guardia. Los pasillos eran amplios, hasta el más pequeño rincón podría ser llamado exhaustivamente hermoso. A estas horas de la noche el vacío se desborda y todo resplandece con más fuerza, es como si el lugar mostrase su belleza sólo para sus ojos.

Se permitió escuchar melodías agradables a través de sus audífonos, el sonido casi imperceptible, deshaciéndose de la abrumadora soledad.

Tarareaba en un susurro mientras recorría los pasillos, los cuadros colgados en los muros le parecían hasta cierto punto... Interesantes.

Hay que aclarar que el guardia nunca ha odiado el arte como tal, lo que jamás entendió es la extraña glorificación que se le tiene.

Muchas obras eran hermosas, la manera en que los lienzos tenían gotas de sudor y lágrimas mezcladas con pintura era dramático al punto de impresionar, desde un paisaje hasta la complejidad de buscar el sentido humano. Reconocía la habilidad de aquellos artistas, la bendita forma de plasmar su talento.

Lo que en su opinión consideraba irracional y estúpido, era esa supuesta inexplicable sensación que aborda a las personas al "admirar" el arte, esa que las hace venerar trazos en una tela por hacerlos sentir.

¿Pero sentir qué?

¿Cuál es lienzo que rasga tu corazón? ¿Cómo derramar las pinturas a la par de las lágrimas? ¿Cuántas pinceladas se convierten en caricias al alma?

¿Sentir qué?

Sentir la necesidad de ponerte de rodillas para entregarle tu completa devoción a un conjunto de trazos inamovibles.

Sentirse irracional y estúpido para hacerlo.

Tan absurdo, tan ilógico. Ninguna obra le ha dado la oportunidad de experimentarlo.

Y no.

Simplemente no lo comprendía.

¿Pero de eso va esto, no? De la dramática y fantasiosa historia de cómo un guardia de galería aprende a admirar el arte en una tardía noche de otoño, era de esperar que breves segundos después sus ojos verdes cayeran ante los trazos de un cuadro.

La pintura de un hombre.

Su rostro podía ser la envidia del sol por cada rayo de luz que emitía, y la inspiración de la noche por cada oscura sombra que contrastaba.

Quizás lo que llamó su atención fueron las estrellas que se hacían pasar como pecas discretas en sus mejillas, aunque dudo mucho que su atención haya podido alejarse de aquellos labios coloreados delicadamente con rojo, como si el artista hubiera sangrado específicamente para conseguir aquel puritano tono.

Un hombre con un menudo cuerpo que te hacía bendecir al pintor por enfurecer a Dios al crear un lío de pensamientos impuros, y al mismo tiempo, hacerte reconocer que sí existe el paraíso.

Era su cabello castaño perfectamente dibujado, haciendo que Lucifer tuviera envidia por la manera en que caía, puede que haya sido esa nariz de botón, la cual era la manera más justa de definir la perfección, pero todo se pierde en cuanto llegas a esos ojos...

Azules, tan azules que soló podías pensar en ahogarte en ellos deseando tocar fondo, ojos que lo único que te daban era la esperanza de poder perderte en ellos ¿Qué era ahora? Era un suicida con afán de saltar al vacío y volar en esos hermosos cielos.

—Joder...—Leyó el nombre de aquel retrato.

« Bel enfer céleste »

El corazón de Harry saltó, palpitó con furia, sus manos estaban nerviosas por acariciar la tela, y por un segundo, sentir que el mundo más bello estaba en ellas.

Y sí, lo reconoció, era una obra maestra de la que sin pensar, de la que sin saber quién era el hombre o el autor, entregó su devoción.

Y se sintió tan irracional y estúpido al hacerlo.

La única verdad es que admirar el arte es la prueba de que el amor a primera vista existe, o al menos, el concepto.

Ese fue el instante en que el guardia de galería aprendió lo que era caer embelesado por un conjunto de trazos inamovibles.

Y esto sólo está empezando.

Continuó con su jornada sin despejar sus pensamientos sobre aquella pintura, sus pasos resonaban en un ritmo constante, se detuvo por un segundo y miró a su alrededor, pues se sentía observado.

Apuntó la linterna hacia varios lugares.

—¿Quién anda ahí?— Exclamó dudoso, pero sin perder la firmeza en su ronca voz.

Ignoró las miradas insistentes que percibía y asumió que sólo era su mente jugando con él. Negó con la cabeza y susurró —Por supuesto, estoy solo.

Inhaló y exhaló, inclinó su cabeza hacia arriba pidiendo misericordia. De verdad anhelaba una noche sin sorpresas.

—Estoy solo.— Repitió y suspiró.

Sacándolo de sus pensamientos, una de sus canciones favoritas se coló por sus oídos, empezó a mover la punta del pie de acuerdo al ritmo, y dio ligeras palmadas en su muslo de la misma manera.

Cruisin' for a bruisin'

No pudo evitar realizar toda la coreografía con movimientos poco acertados, imitaba los gestos y sonreía de vez en cuando.

Al terminar, agitó su cabello y reía ligeramente por el show tan ridículo que dio, no hubo vergüenza en él, pues nada ni nadie pudo haberlo visto, eso lo reconfortaba.

Llegó a su oficina con cierto cansancio, observó las cámaras de seguridad por un rato hasta que comenzó a aburrirse. Dio vueltas en su silla y se detuvo para admirar el tormento tras la ventana.

El cielo lloraba y sus lágrimas se hicieron lluvia, el cielo gritaba y sus gritos se hicieron truenos. El cielo era desgracia y los dramáticos encontraron calma.

—Sólo cerraré mis ojos un momento.

Sólo un momento...

Un momento...

Un...

...

Y cayó dormido.

A penas era media noche, pero si el gato duerme, los ratones salen a jugar.

La luz de la luna se hizo más intensa, y las estrellas brillaron con desesperación por convertirse en polvo dorado que se esparció en el aire.

—¡Ya era hora! —Dijo uno de ellos, estirando cada músculo de su cuerpo.

—Ser jodidamente hermoso todo el tiempo duele.

Algunos empezaron a bailar.

Y lo que parecía ser la noche estrellada de Van Gogh inició un vaivén en sus nubes.

El arte urbano que salía de los muros comenzó a ponerle algo de alegría al lugar, las pinturas surrealistas siguen platicando de la complejidad de las perspectivas de la vida, al mismo tiempo que jugaban "¿Adivina quién?"

Otros personajes de los lienzos salieron en busca de sus amantes, vagas pinturas que odiaban el día por separarlos y se convertían en aliados de la noche por permitirles besar sus labios hasta que el sol despierte.

Todas las obras amaban ser arte, el arte es para deleitar, posaban sin parar, escuchando lo difíciles que eran de entender, pero lo magníficos que eran de ver.

La noche era un deleite enfermizo y el día era el alimento de su egocentrismo.

Sin embargo, una sola pintura no se sentía de esa manera, y como esta historia es predecible, la pintura en cuestión era el hombre del retrato, quien se sentía algo indiferente al ser un invento de extravagantes, las personas le decían maravilla y ni siquiera lo conocían, fingen pretender lo que el artista expresó en él, como si nuestra obra no pudiera expresarse por sí mismo.

Decían que significaba miles de sentimientos, pero él no sentía ninguno...

No hace tiempo.

—¿Cómo estás, Céleste? —Preguntó un pequeño gato que se acomodaba sobre su regazo, mientras que él estaba sentado en el suelo con las piernas estiradas.

—Estúpido Calceto, te dije que me llamaras Louis. —Empezó a acariciar las orejas del animal, lo que hizo que este ronroneara.

—Y yo te dije que me llamo Eros Calceto, pero te lo pasas por tu pintoresco cu... —Rodó los ojos cuando Louis amenazó con dejarlo de acariciar. —Bueno, Louis ¿Cómo te encuentras esta noche?

El ojiazul dio un suspiró. —Supongo que estoy bien, creo. Gracias por preguntar ¿y tú? ¿Qué has estado haciendo?

—Tratando de imitar los pasos del nuevo guardia de hace rato, era más duro que el pan de la última cena, pero ya me cansé.—Dijo entre risas.

—El guardia...—Soltó como un susurro, como si su mente pudiera recordar la manera en que el mundano se fijó en él, como si quisiera atravesar el lienzo y sentirlo, formar parte del cuadro, le resultó extrañamente familiar. —¿Crees que dure mucho tiempo aquí?

Mordió sus labios en cuanto la pregunta salió de ellos.

—Puede ser, no lo sabemos Loueh, puede que sí, puede que no, puede que ni siquiera sea real, pero ¿Qué es real? ¿Y si sólo es un espejismo de nuestra locura creciente del encierro constante dentro de un cuadro destinado a vivir en belleza sin realmente hacerlo? ¿y si sólo somos producto de la mente de un hombre que teme a morir en soledad y vaga por su mente buscando consuelo en la simple compañía de un sueño, fingiendo no ser su pobre esquizofrenia?— Habló el felino que ronroneaba y se acomodaba entre sus muslos.

Louis quedó un poco aturdido a las palabras del gato, y abrió su boca buscando las respuestas adecuadas, su ceño se frunció al no encontrarlas, pero de pronto, un ruido los sacó de su ensoñación, pasos pesados y reales.

Mierda, era él.

¿Quién anda ahí?