Vida boa, brisa e paz

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Summary

Harry es divertido y transparente, aunque también es pescador ya que vive en un pueblo de la costa. Un día de regreso a su hogar se encuentra a Louis, un chico muy tímido y sencillo que vende en un pequeño puesto accesorios y artesanías del mar, sin embargo el castaño casi no le responde o habla a pesar de que el mayor siempre busca pasar tiempo con él. Harry quiere hacer que las olas y el sol envuelvan el cuerpo de Louis. Este OS pertenece al #BLSFF2021

Status
Complete
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1
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n/a
Age Rating
16+

Vida boa, brisa e paz

Cuando el despertador suena a las tres cuarenta de la mañana del primer lunes de julio, Harry se levanta sin problemas soltando un corto bostezo antes de restregarse un ojo y caminar hacia su baño para prepararse y salir a pescar. Clío no se inmuta cuando él se levanta, ni por el ruido que hace dentro del baño mientras se ducha para alejar cualquier rastro de sueño, y cuando sale, la joven golden retriever está acurrucada bajo el lío de cobijas que dejó él.

Mientras Harry cubre con una camisa roja de franela su ancha espalda de piel dorada por el sol, Clío abre uno de sus oscuros ojos para verlo. Ella lo observa así mientras Harry se pone un pantalón impermeable viejo y su chaleco para pescar, abriendo sus dos ojos sólo cuando lo ve cepillando su largo cabello rizado y gruñéndole cuando se acerca a despedirse. Clío siempre se pone malhumorada cuando él sale a pescar tan temprano y ella se queda, sin embargo es todo decisión suya porque en el fondo sigue siendo una cachorra muy floja que prefiere dormir por la madrugada que acompañar a Harry a pescar por mucho que le guste el mar.

—Tal vez volvamos al anochecer. ¿Qué te parece, niña?— le pregunta Harry para tranquilizarla, riendo bajito cuándo la ve mover la cola bajo las cobijas.

Deja a Clío en la cama y toma su lonchera que preparó antes de irse a dormir ayer, luego toma sus utensilios de pesca, echándose algunos encima en el chaleco, y sale de casa para subirse a su vieja Chevy.

Ya que es aún de madrugada las calles de Looe siguen durmiendo, salvo por unas cuantas camionetas que Harry reconoce al pertenecer a algunos de sus colegas. No son muchas, sin embargo, porque son pocos los pescadores que como Harry prefieren salir a pescar en la madrugada durante el verano.

—Buenos días, muchacho— lo saluda el capitán Anthony cuando lo ve aparcar en el estacionamiento del malecón.

—Buenos días, capitán— saluda Harry, haciendo un gesto marinero de saludo que hace reír al hombre de cabellos manchados de gris—. ¿Saldrá hoy a altamar?— le pregunta al verlo vestido con su típico uniforme de capitán de navíos.

El capitán Anthony es un hombre de más de cincuenta años al que Harry conoce desde que era un niño. Su padre siempre ha sido amigo del hombre y solían pasar bastante tiempo juntos cuando Robin aún vivía en Looe pero desde que se mudó junto a Anne a Plymouth, cuando Gemma empezó la universidad hace algunos años, su comunicación es escasa sin embargo Harry se encarga de enviarles sus saludos cada que se encuentran.

—Así es, muchacho. Hay un grupo de franceses que ha venido al pueblo especialmente a pescar y quieren hacerlo en altamar, debo preparar el velero— se encoge de hombros el mayor, palmeando la espalda de Harry cuando pasa junto a él que está sacando sus cosas de la Chevy.

Caminan juntos por el malecón hasta el muelle en un silencio somnoliento por parte del capitán. Harry repasa el cielo con sus ojos verdes mientras caminan, agradecido de mirar las estrellas tan visibles puesto que eso pronostica un día claro sin nubes y buen clima. Tal vez luego de pescar algunas caballas y venderlas en el mercado del puerto pueda unirse al barco que sale a pescar bacalao y tuna a altamar a las ocho de la mañana, así estaría de vuelta en tierra a las cinco y podría ir por Clío luego de comer para llevarla a un paseo a la playa al atardecer. Ella le perdonará que no la lleve precisamente a pescar, es una jovencita inteligente y habiendo pasado ya cuatro veranos con él sabe que en estas fechas prefiere la pesca de madrugada que al atardecer. Es un hombre mañanero, para la mala fortuna de Clío, de modo que le gusta más aprovechar el amanecer y volver a casa a dormir cuando el sol se oculta.

Harry sale de sus pensamientos cuando el capitán Anthony se despide de él al llegar al muelle, dejándolo para ir hacia su velero. El ojiverde se dirige entonces hacia el final del muelle, donde puede ver ya a un par de colegas preparando sus cañas.

—Buenos días, señores— saluda Harry amablemente.

En Looe, Harry es uno de los pescadores más jóvenes. Siendo un pueblo tan pequeño donde todos se conocen, Harry sabe que eso se debe a que la mayoría de las personas de su generación son chicas que ahora se dedican a vender el pescado en el mercado del pueblo o a estudiar fuera en Plymouth como su melliza. Él podría haberse ido con Gemma también para estudiar y conseguir un buen trabajo después como lo hizo ella, sin embargo la escuela nunca fue su fuerte como tampoco el de su mejor amigo Bill, que también se dedica a pescar. Harry está bien con eso, no le importa que los chicos más jóvenes que él crean que desperdicia su vida pescando cuándo podría salir del pueblo. Esa es otra razón por la que es de los pescadores más jóvenes, los pocos hombres de su edad se fueron del pueblo y los más chicos que él han nacido con la mira lejos también. Y eso está bien para él, porque no le importa.

Harry de verdad es feliz haciendo lo que hace, la pasión por la pesca viene en su sangre gracias a su padre que fue uno de los mejores pescadores del pueblo en su tiempo. Robin batía todos los récords impuestos en el muelle por los demás pescadores y Harry siempre estaba acompañándolo para verlo, de modo que los hombres que fueron compañeros de su padre y que aún no se retiran lo acogen como un igual a pesar de su edad, porque saben que para él pescar no es sólo un juego, es su modo de vida.

—Buenos días, muchacho. Prepara ya tu caña o vamos a dejarte sin peces— le advierte el señor Smith, que casi deja escapar en ese momento su caña cuando un pez pica.

Riéndose del señor Smith, Harry prepara su propia caña y la lanza al agua, acomodándose a unos metros del señor Waters que le da un sencillo asentimiento de cabeza al verlo, tan serio como siempre.

Con un ligero bostezo y su caña en el agua, Harry espera que el próximo amanecer y su excelente carnada le permitan pescar unas buenas caballas o garfish para llevar a vender.

🌅

Louis se despierta a las siete treinta de la mañana, como lo ha hecho cada día de la última semana que ha pasado en Looe, y se apresura a entrar al baño para prepararse para su nuevo día.

Lleva en el pueblo veinte días, pero hasta hace una semana que comenzó a trabajar ya que su dinero empezó a disminuir luego de que tuvo que comprar medicinas para la gripe que contrajo por el cambio constante de clima. Podría haberse movido a otro pueblo como normalmente hace, vendiendo sus artesanías en el camino para pagarse los siguientes días de hospedaje, sin embargo algo en Looe lo hizo querer quedarse más tiempo de modo que ha terminado trabajando en el pequeño hostal al que llegó para hospedarse en su primer día en el pueblo. Ahora sus días comienzan siempre a la misma hora y pasa sus mañanas limpiando habitaciones y toda la gran casa en realidad. Obviamente hay quien lo ayuda, la señora Catina lo hace. Ella ha sido muy buena con él, considerando que fue la que sugirió que le ayudara en el hostal si quería quedarse más tiempo en el pueblo.

—El señor Anthony salió hoy muy temprano, hijo— es de las primeras cosas que le dice la señora Catina esa mañana al verlo entrar en el comedor luego de bajar de su habitación—. Fue con el grupo de franceses que llegaron antenoche, los llevo a pescar.

—Tal vez lo vea en el malecón hoy cuando lleve mis artesanías— sonríe Louis, tomando su habitual trapo para limpiar.

—Seguro que sí, hijo— le sonríe la mujer, sirviendo un vaso de jugo de naranja para pasárselo a él—. Hay que desayunar para limpiar las habitaciones de esos muchachos antes de que vuelvan con Anthony, ya ves que han resultado ser algo especiales— se queja ella, haciéndole reír.

—Al menos son lindos— dice Louis risueño, haciéndola rodar los ojos.

—Hoy que vayas al puerto vas a ver qué hay chicos más guapos en el pueblo que esos extranjeros, sólo que no los has visto por estar aquí siempre— le reprende con cariño, sirviendo dos platos de huevos con tostadas para ambos—. Para alguien que viaja de lugar en lugar para conocer el mundo, desde que llegaste aquí no has conocido más que el hostal.

—En mi defensa, llegue con una gripa terrible— se defiende, haciendo reír a la mujer mayor—. Pero ya estoy mejor y planeo quedarme más tiempo aquí para ver todo lo que no he podido antes, aunque sea poco como dice usted— habla con una sonrisita que se le contagia a Catina.

—Estoy segura de que aquí en Looe te vas a quedar, aquí está la casa que buscabas, hijo— le sonríe con cariño.

Corresponde la sonrisa con su corazón sintiéndose cálido. Tal vez es el amor maternal de Catina lo que lo ha hecho quedarse más tiempo del planeado en Looe, pues en esta mujer y su marido ha encontrado el cariño que perdió hace algunos años cuando sus padres murieron en un choque de autos.

Tratando de no pensar en cómo desde los dieciocho años salió de casa en busca de su bienestar y un sitio donde sentir que pertenece, se dedica a desayunar escuchando a la señora Catina contarle sobre lo que hay que hacer ese día. Y mientras su cabeza lentamente comienza a volverse un pequeño caos de recuerdos del pasado e incertidumbre por su futuro, está agradecido nuevamente por el error que cometió la mujer que le vendió un boleto de ferri para Inglaterra y no para Dinamarca como él había querido.

Porque tal vez su corazón sigue muy triste por haber perdido a su única familia y con ellos su estabilidad y quizá está cansado de buscar un nuevo sitio que llamar casa, temiendo por lo que venga en su futuro, pero al menos en Inglaterra ha encontrado algo de paz. Y en Looe se siente como si estuviera por un buen camino hacia todo lo que quiere, un hogar.

🌅

Harry amarra sus rizos en un rollete acomodándose su gorra y seca el sudor con su camisa de franela cuando se la quita, dejándose sólo el chaleco de pesca, observando la tierra acercarse conforme el barco de pesca regresa al muelle de Looe. Hoy sólo salieron tres hombres además de él y su mejor amigo, de modo que junto a Bill tendrán que seguirlos al bajar para repartir las ganancias. Esta pesca va para Londres, especial para un conjunto de restaurantes de cuáles el encargado de compras está ahora esperándolos con el pago acordado por ella. No siempre tienen compradores exclusivos, pero cuando los hay es bueno porque es más la paga.

—Te vi en la mañana ignorando a Frannie cuando estabas vendiendo pescado en el mercado— le dice Bill deteniéndose junto a él, observando la vista que ofrece el estribor del barco—. También oí que volviste a rechazar a Mickey el fin de semana. ¿Para que eres bisexual si de todos modos ignoras a todas tus posibles parejas?

Hay una reprimenda explícita en el tono de voz de su mejor amigo que le hace reírse al tiempo que se gira para mirar al castaño. Se encoge de hombros bajo los ojos verde olivo de Bill que se estrechan, molestos.

—Ya deberías de dejar de molestarte cada vez que ignoro a algún amigo de Sophie, no estoy interesado en nadie del pueblo— le recuerda a su mejor amigo con una risa, asomándose por el barandal de estribor hacia el mar que lo hace sonreír con su color azul resplandeciendo por el sol.

—No te puedes pasar la vida follando sólo cuando visitas a Gemma en la ciudad, alguien de allá nunca querrá seguirte a este pueblo. ¿Cuándo sentaras cabeza así?— la preocupación genuina de su mejor amigo por su vida amorosa lo hace reír más. Ignora a Bill y estira una mano para tratar de alcanzar el mar o al menos la espuma que se crea con el movimiento del barco, pero su mejor amigo gruñe y lo jala por el chaleco para enderezarlo—. Deja de ser un niño— lo regaña.

—I’m a sailor marching on a wave— lo contradice cantando, haciéndole rodar los ojos—. Oh I’m a failure…

—No eres eso— regaña Bill, empujándolo cuando Harry se acerca a él moviendo sus caderas mientras tararea su canción.

—And all my best friends they’re gonna have to find me— sigue Harry cantando, riendo cuando Bill cierra los ojos negando con la cabeza, gruñendo por la parte que viene—. ’Cause on my death bed I’ll be lost at sea happy as can be— canta casi en un grito, haciendo que Bill lo golpee en el estómago.

Su mejor amigo sin embargo se une a su canto, después de todo es la canción favorita de ambos cuando van en altamar.

—My señorita’s at home and she’s waiting for me— canta Bill, haciendo reír a dos de sus compañeros del día que se acercan a ellos atraídos por sus risas y canto—. Make margaritas so we can have fun whoo she got lonely at shore while I was at sea— Harry se ríe por la pasión con que su amigo canta ese pedazo y los otros pescadores también.

—I traded my phone for the sun, but when the waves crash down I’ll be ok— le sigue Harry, cantando hacia el sol su parte favorita, disfrutando las risas y la brisa y el momento con su mejor amigo, su única compañía además de Clío en el pueblo desde que su familia no está con él—. I’ll find my way back home one day and when the waves calm down I’m in my space alone at sea at my own pace— puede sentir la mirada comprensiva de Bill en esa parte, haciéndolo abrir los ojos.

—I’m a sailor marching on a wave— cantan los dos, riéndose cuando sus compañeros les aplauden.

Terminan la canción ahí, tambaleándose entre risas cuando el barco toca el muelle. Bill y él corren para amarrarlo y bajar su ancla, ahorrando el trabajo a los pescadores más grandes que les palmean las espaldas mientras bajan.

—Siempre es divertido tenerlos en la tripulación, muchachos— les dice felizmente el señor Smith a quien le tocó ser el capitán tras el timón este día de pesca.

Harry y Bill aceptan el halago sonriendo, siguiendo a sus compañeros para bajar la pesca y llevarla al muelle donde espera el encargado del restaurante que la pidió. Es el señor Smith quien se encarga de repartirles la paga después y luego Harry y Bill toman sus cañas y redes junto al resto de su carnada para irse.

—¿Quieres comer conmigo y Sophie?— pregunta Bill mientras caminan por el muelle hacia el malecón, donde se detienen un momento dejando pasar a sus compañeros.

—Paso por hoy, tal vez otro día— promete Harry con una sonrisa.

No es que quiera evitar a su mejor amigo y su esposa hablándole sobre quienes consideran potenciales parejas amorosas para él, Harry ya tiene planes con Clío y el resto de pastel de atún que preparó el sábado.

—Pero que sea verdad— se queja Bill mientras vuelven a caminar hacia el lado izquierdo del malecón del pueblo, hacia donde comúnmente parquean sus camionetas—. Hey, eso es nuevo— le llama la atención Bill, señalando con su caña hacia el frente.

Harry parpadea hacia donde su mejor amigo señala, deslumbrado por el sol que le da de frente en la cara, y se sorprende al ver a varios metros de distancia, en el medio de la acera, un pequeño puesto que esa mañana no estaba.

—¿Es el capitán Anthony?— inquiere Bill, caminando con entusiasmo hacia el nuevo sitio compuesto únicamente por una mesa y una sombrilla de playa de colores llamativos, donde el hombre nombrado está hablando con un pequeño joven que Harry no había visto antes—. Mira, creo que vende collares. Tal vez haya uno bonito para Sophie— divaga Bill.

Ellos no pueden saludar al capitán Anthony porque conforme se acercan al puesto el hombre se aleja hacia el parqueadero. A Harry no le importa, de cualquier modo lo pudo saludar durante la madrugada que llegaron ambos, además está más interesado en el nuevo joven al que observa atento mientras se acercan.

Harry sabe que es nuevo en el pueblo porque conoce a todos los jóvenes de Looe, después de todo es un lugar realmente pequeño, también lo sabe porque con lo bonito que es recordaría haberlo visto antes. Sigue a su propio ritmo a Bill, que sigue divagando sobre un regalo para su esposa, sin perder de vista ningún detalle del joven que acomoda sus collares y artesanías sobre la mesa, con la piel dorada brillando con el reflejo del sol. Harry mira con atención su cabello plumoso y castaño, así como las suaves curvas que resaltan bajo un jeans recto y una ligera playera de resaque color gris. Sus pies lucen pequeños en unos vans negros y lleva pulseras en ambas muñecas casi hasta el antebrazo, todas de hilos llamativos.

Luce realmente bonito, piensa Harry mientras terminan de acortar la distancia con el pequeño puesto. Luego cuando están por fin ahí, su respiración hace este nuevo truco de atorarse en algo muy parecido a un suspiro asombrado cuando lo deslumbran un par de ojos tan azules como el horizonte en el mar. El nuevo chico no es sólo bonito, es absolutamente arrebatador, hermoso en una manera tan etérea que hace boquear un poco a Harry cuando el ojiazul les da su atención al verlos llegar.

—H-hola— saluda tímidamente con una voz aguda y tan bonita que Harry está seguro de que así deben sonar las sirenas.

—Hola— regresa el saludo sin dudar, tal vez fijándose más de la cuenta en su bonita boca rosada de labios delgaditos y en su pequeña nariz de botón cubierta de un sonrojo producto del sol.

Bill parece no escucharlos por observar con atención los collares en la mesa, soltando exclamaciones de admiración que hacen al ojiazul centrar la atención en él. Harry parpadea atontado cuando se ve privado de esos ojos tan azules, guiando su mirada hacia el bonito chico. Lo ve observar a su mejor amigo en silencio y con atención, sonriendo genuinamente por lo interesado que luce Bill por las artesanías.

—¿Crees que éste le guste a Sophie?— le pregunta Bill a Harry luego de un momento, levantando un bonito collar hecho de hilo blanco y caracoles del mismo color.

—Seguro, es precioso— responde Harry luego de mirar un segundo el collar antes de volver su vista al bonito artesano, que los ve a ambos con una sonrisa que luce un poco confundida.

—Me lo llevaré, ¿cuánto es?— pregunta Bill al ojiazul, mostrándole el collar elegido, el chico bonito parpadea un poco choqueado antes de levantar tres dedos.

—T-tres euros— responde en un pequeño chillido nervioso que hace sonreír a Harry, que no puede evitar mirarlo algo embobado.

Bill parece notarlo mientras saca un billete de cinco euros –del fajo de billetes que le ha dado el señor Smith en el muelle– ya que se ríe un poco dándole una mirada a Harry antes de darle el billete al ojiazul, que lo recibe rápidamente con una gran sonrisa para luego devolverle una moneda de dos euros como cambio.

—¡Gracias!— dice con entusiasmo el ojiazul haciendo reír un poco a Bill y suspirar otro poco a Harry.

—A ti, hasta luego— responde Harry rápidamente en lugar de Bill, haciendo que el ojiazul lo mire.

Hay confusión en la mirada azul sin embargo cuando Harry levanta su mano en un gesto de despedida, cuando Bill empieza a tirar de él por medio de su chaleco, el bonito chico hace lo mismo dándole una sonrisa brillante que arruga sus ojos en las orillas.

—Fíjate por donde caminas y cierra la boca, pareces menso— se ríe Bill de él cuando no puede evitar mirar por encima de su hombro hacia el puesto donde el ojiazul se ha quedado, acomodando de nuevo su mercancía.

Harry quiere replicar ante lo dicho por su mejor amigo pero entonces se tropieza con sus propios pies y la caña de pescar, haciendo carcajear a Bill que lo sostiene rápidamente por el codo con su mano libre, haciéndole gruñir con un sonrojo.

—Es muy bonito— es todo lo que puede decir Harry como defensa ante su torpeza.

Su repentina honestidad sin filtro hace reír aún más a Bill que niega con la cabeza mientras siguen caminando hacia sus camionetas, sin decirle nada cuando vuelve a voltear hacia atrás con esperanza de ver otra vez al ojiazul y sin lograrlo por la distancia y la resolana del sol contra el pavimento.

—Es nuevo en el pueblo— dice Bill lo obvio, mirándolo con una sonrisa suave—. Parece extranjero, tal vez está de paso.

La clara posibilidad en esas palabras hace fruncir el ceño a Harry, que camina hacia su Chevy sin sorprenderse al ver la vieja Ranger de Bill justo a un lado.

—De todos modos, podrías ser su amor de verano— sugiere su mejor amigo rápidamente, tratando de animarlo.

No tiene éxito a pesar de que Harry sonríe. No sabe porque esa posibilidad lo hace sentir triste aunque no conoce nada del chico de ojos azules.

Puede no haber sido bueno para la escuela pero es lo suficientemente inteligente para saber qué ha sido flechado por un par de ojos azules mientras se sube a su camioneta. Rápido y ridículo, sin embargo cierto. Puede no saber nada de ese chico pero ya quiere verlo otra vez y tal vez hablarle, preguntarle él mismo si está en Looe de paso y si acaso no quiere alguien que caliente su cama durante su estancia en el pueblo o sólo un tour y un té.

—¡Nos vemos mañana!— se despide Bill de él, que agita su mano en un gesto de despedida por medio del cristal del parabrisas de la Chevy.

Se apresura a volver a su casa para comer rápidamente antes de tomar la correa de Clío y sacarla. Trota con ella desde la casa hasta el malecón y cuando llega de nuevo a éste, ya pasan de las seis de la tarde.

No sabe exactamente porque pero sigue el impulso que tiene de volver al puesto de artesanías pero cuándo llega a donde lo vio, luego de mucho tirar de la correa de Clío, el bonito chico ya se está yendo, cargando con su mesa plegable y su sombrilla colorida.

Harry no logra acercarse a él cuando el ojiazul ya ha cruzado hacia la otra acera, emprendiendo su camino. Con un suspiro rendido, Harry tira de sus rizos color caoba mientras lo ve caminar ajeno a su alrededor, perdiéndose entre las calles del pueblo.

🌅

A las ocho de la mañana del martes cuando Harry está subiendo al barco de pesca está agradecido por primera vez de no tener a su mejor amigo en la tripulación. Trabajan bien juntos, porque Bill ama pescar casi tanto como él, pero este día Harry tiene en mente un objetivo que cumplir al bajar.

Así que trabaja como cada día, haciendo reír a sus compañeros que disfrutan de su carácter afable y su humor tan divertido. Harry bromea sobre casi todo pero también es siempre el primero en tener preparada su red o su caña lista con carnada fresca y el primero en correr a atracar el barco en el muelle cada que vuelven a tierra luego de un largo día de pesca en altamar.

Cómo ese día cuando el barco de pesca llega de nuevo a puerto a las cinco de la tarde, Harry corre a ayudar a bajar el ancla y luego sigue junto a todos al señor Waters que es el encargado de la paga del día. Harry esta vez no tiene ni idea del destino del botín traído de altamar, sin embargo es feliz con el fajo de billetes que se le da y sus compañeros notan su felicidad cuando se despide de todos con más alegría de la usual.

Mientras camina por el muelle hacia el malecón, puede sentirse hambriento pero ignora su hambre para buscar el puesto de artesanías que miro el día anterior.

Sin embargo la suerte de Harry no es buena, porque este día no encuentra nada. Frunce el ceño viendo vacío el sitio que ocupaba ayer el bonito ojiazul, sintiéndose tan desilusionado que duele un poco. No sabe que habría dicho de haber encontrado el puesto pero es lo de menos porque seguro algo se le habría ocurrido y ahora no hay oportunidad de descubrirlo, el chico y sus collares no está por ningún lado, Harry lo rectifica caminando hacia el lado derecho del malecón para ver si no cambio de sitio y luego otra vez del lado izquierdo sin hallar nada. Resignado, se dirige a su Chevy arrastrando su red de pesca con la cabeza baja, pateando las pequeñas piedras que encuentra en el camino.

Y debe de estar presentando toda una imagen, preocupando a quienes lo ven porque nadie en el pueblo lo ha visto nunca tan cabizbajo, y no le importa. Harry en serio quería ver al bonito chico de ojos de mar y voz de sirena, tanto que cuando la voz de Bill llega a su mente recordándole que el chico podría haber estado de paso en el pueblo se siente aún más triste por no haberlo encontrado.

Trata de recuperar su ánimo diciéndose qué tal vez el ojiazul pudo haber quitado antes su puesto, animándose ante el pensamiento de poder encontrarlo al otro día, y se sube a su vieja Chevy para volver a casa y saciar el hambre que estaba dispuesto a aplazar por quizá hablar con el ojiazul.

Cuando vuelve a casa Clío se encarga de borrar todo rastro de su tristeza y desilusión brincándole encima para lamerle la cara con emoción.

—Hola, niña, también te extrañé— se ríe Harry, atrapando a su hiperactiva chica en un abrazo que la alza del suelo y por el cual ella no se queja, acomodándose contra él como un enorme bebé—. ¿No hiciste maldades hoy?— le pregunta dejándola de nuevo sobre el suelo de la estancia.

Cualquiera podría pensar que está loco si lo oyen hablando con Clío, pero él cree que son más locas las personas que no hablan con sus mascotas. Al menos Harry se volvería demente si no lo hiciera, porque Clío puede no responderle con palabras pero lo hace con gestos que lo hacen sentirse menos solo en una casa que ha quedado grande y silenciosa con su familia viviendo en Plymouth.

—Vamos a preparar algo de comer, ¿qué dices? Luego tal vez podamos ir a la playa, aún es temprano para dormir— sigue hablando Harry con Clío que le contesta a sus planes con emoción, ladrando feliz y moviendo su pesada cola contra el suelo de baldosas—. Eso pensé, que estarías de acuerdo— se ríe, acariciando tras sus orejas como sabe que le gusta.

Prepara con mantequilla y ajo los restos de una tuna que tuvo la suerte de atrapar la semana anterior en el muelle, es sencillo y no lo hace pensar demasiado. Harry puede ser realmente parlanchín y alegre cuando anda en el puerto, pero cuando está solo en casa lo cierto es que lo invade una especie de tristeza que no puede evitar nunca. Supone que es por el hecho de vivir solo cuando siempre tuvo con él a su melliza y sus padres.

A veces, cuando Harry se siente así, cree que debería de hacerle caso a su mejor amigo y tal vez salir con alguien del pueblo. Bill tiene razón cuando dice que alguien de la ciudad no se mudaría a un sitio como Looe y Harry mismo está seguro de que alguien de la ciudad no se quedaría de verdad con un pescador aunque éste sea realmente atractivo –puede pecar de narcisista, pero al diablo, él sabe que lo es porque sus ojos verdes como las esmeraldas en un rostro de mandíbula angulosa y facciones masculinas que al sonreír y mostrar sus hoyuelos se vuelven tan juveniles, más su piel dorada por el sol, rizos caoba y cuerpo bien tonificado en suma lo hacen un hombre de atractiva belleza–.

En ocasiones le gustaría que su oficio fuera más valorado, después de todo si los pescadores no existieran cómo tendrían su pescado fresco en sus platillos despampanantes de restaurantes de cinco estrellas o incluso en los rápidos Fish&Chips, sin embargo incluso en el pueblo las nuevas generaciones lo ven como algo mediocre.

¿Por qué a él y a sus compañeros los miran como si su trabajo no fuera grato pero a los turistas que vienen y hacen su famosa pesca deportiva los idolatran? Les perdonan su feo deporte sólo por el dinero que tienen para permitírselo, pero la pesca deportiva es algo horrible, Harry lo sabe, porque ellos ni siquiera tienen respeto por los peces, sacándolos del agua para sus estúpidas fotos trofeo y devolviéndolos al agua sin saber el choque que es para esas criaturas que muchas veces terminan muertas en el fondo del océano sólo por haber sido sacadas un par de segundos de su hábitat, al menos los pescadores profesionales saben lo que hacen y tienen algo de respeto por cada criatura marina, ellos no les permiten ese sufrimiento y les dan a cada pez sacado del mar un propósito digno. El trabajo de Harry es importante, le gustaría que más personas lo vieran y le gustaría encontrar a alguien que crea que él es más que suficiente con su oficio. Harry no quiere alguien que se conforme con un pescador, como sabe que muchas chicas e incluso chicos del pueblo piensan al verlo –que están conformándose con alguien que como ellos no salió del pueblo–, él quiere alguien que sabiendo cuál es su oficio crea que es digno y asombroso.

Harry sólo quiere alguien que comparta con él la felicidad de vivir del mar y su respeto por éste. Alguien que no sea Clío, claro, que espera ansiosa su paseo en la playa, agitando su cola contra las baldosas mientras espera paciente que él termine de comer.

—Ya va, ya va— se ríe cuando se pone de pie con su plato vacío. Camina a la cocina de nuevo para lavarlo, con Clío siguiéndolo impaciente—. Necesitas trabajar en tu paciencia, Clío. Siéntate un momento, debo buscar tu correa— le reprende y aunque su voz no se eleva en ningún momento ella parece captar el mensaje porque sus orejas se aplastan graciosamente cuando se sienta en una actitud enfurruñada por la llamada de atención—. Eso es, chica inteligente.

Va en busca de la correa de Clío cuando termina de lavar los platos que ensució al comer y de paso se cambia el pantalón de trabajo por un jean calzándose unos tenis en lugar de sus botas de pesca. Aunque la casa no es tan grande –son sólo tres habitaciones cada una con un baño bien equipado, más una gran cocina que hace también de comedor, una estancia no muy grande pero tampoco muy pequeña eso sí bastante agradable, lo único realmente grande es el patio pero Clío no se queja ni él– cuando Harry se sumerge en sus pensamientos, el silencio lo vuelve todo enorme y sofocante, por lo que se apresura a salir.

El paseo a la playa resulta ser algo más para beneficio suyo que de Clío. Aunque trata de dejar de pensar en su soledad, es todo lo que hay en su cabeza. Sabe que es joven, tiene sólo veinticinco, pero aun así se siente como un viejo que se ha quedado solo para siempre. En sus peores momentos tiene que reconocer que ha pensado en irse a Plymouth a seguir a su familia –a sus padres que cuando se fueron hace seis años con la excusa de acompañar a Gemma durante sus estudios ya no volvieron al pueblo porque encontraron más cosas que hacer en la ciudad, a su melliza que ahora tiene un empleo estable en el que conoció a su novio con el que lleva ya cuatro años– sin embargo la idea de dejar su empleo le sabe mal. Ojalá pudiera vivir siempre en altamar pescando, sin tener que preocuparse de si se quedará solo toda la vida o encontrará alguien con quien volver a sentir que su casa es un hogar.

—Te quitaré la correa pero tienes que portarte bien, ¿entiendes?— le habla Harry a Clío cuando llegan al malecón luego de trotar desde su casa. En lugar de mantenerse en la acera siguiendo el muro de piedra, ellos bajan a la arena aprovechando que la marea lo permite. Clío se entusiasma al sentir el suelo arenoso húmedo en sus patas, moviendo estás con felicidad casi como lo haría un caballo, lista para echarse a correr, Harry rueda los ojos agachándose para quitarle la correa—. Cuando yo te llame, tienes que regresar o no volveremos en días— le recuerda, quitándole por fin el lazo.

Clío echa a correr, alzando arena a su paso y corriendo más rápido cuando una ola se acerca y la espuma moja sus patas. Se detiene cuando está varios metros más lejos que él sólo para voltear a verlo, asegurándose de que siga ahí con ella. Harry alza la correa en un gesto que ellos conocen bien, es la manera que tiene él de decirle que la está vigilando, esperando por ella mientras juega. Si Clío fuera la niña que él a veces siente que es, está seguro de que gritaría felizmente pero en su lugar su golden retriever ladra fuertemente antes de echarse a correr otra vez, jugando con las olas.

Se quita los tenis que para fines prácticos se puso sin calcetines y entierra sus dedos en la arena, conectándose a tierra igual que Clío, sintiendo como la presencia del mar ayuda a relajar su mente logrando alejar ahora sí sus pensamientos sobre su vida solitaria. Harry no podría cambiar la plenitud que le da el océano por nada, ni siquiera por una vida de lujos en la ciudad.

Sigue el mismo camino que Clío sin perderla a ella de vista, la golden retriever voltea cada tanto a verificar que él esté cerca así que realmente a Harry no se le dificulta el seguirla en la distancia viéndola jugar. Por lo pronto que está el caer de la noche, ya no hay ningún tipo de embarcación en el mar ni en el canal, pero Harry puede ver a lo lejos en el muelle a varios compañeros preparándose para pescar esa noche. Clío también los ve y ladra en dirección a ellos varias veces, creando una sinfonía que hace reír a Harry, está seguro de que ella se uniría a sus compañeros si pudiera y por los gritos que los hombres lanzan al oírla ellos la recibirían gustosos, sin embargo Clío permanece en la arena y para fortuna de su dueño no sube hacia el malecón para escapar al muelle.

También saluda a sus compañeros silbando hacia ellos, ya que no puede ladrar como Clío que se le queda viendo al oírlo, ladeando la cabeza en confusión al no saber de qué parte de él sale ese gracioso sonido. Se ríe de su fiel compañera que al verlo se alegra por su cambio de humor. Los animales de compañía son realmente muy inteligentes, Harry sabe que su mascota puede sentir cuando su estado de ánimo decae y cuando sube también, como ahora que le ladra felizmente antes de seguir jugando, sin preocuparse más por la tristeza que presentaba él.

Harry decide detenerse un momento cuando los tenis se le resbalan por no llevarlos bien sujetos. Los deja en la arena mientras echa un vistazo a Clío, asegurándose de que ella note que se ha detenido, cuando ambos se ven toma asiento en la arena para ver el mar mientras ella sigue jugando. Sabe que no volverá hasta que la llame y que no se alejara más ahora que él se ha detenido ahí, así que se relaja luego de hacer una montaña de arena en la que recargar su espalda y contempla a su otro fiel compañero, el mar azul.

Toma una profunda respiración, sintiendo la brisa en sus pulmones tal como le gusta, y se pone a juguetear distraídamente sus dedos entre la arena mientras contempla el paisaje y cada tanto le echa una mirada a Clío. Es así como encuentra una conchita blanca que mira atentamente al hallarla. No es una sorpresa cuando su hallazgo lo lleva a recordar al ojiazul que miro vendiendo collares ayer en el malecón.

Harry piensa en el bonito chico de nuevo, sintiéndose repentinamente amargo cuando la voz de su mejor amigo aparece también en su mente otra vez. No sabe que esperaba hoy realmente, pero de verdad quería encontrar a ese chico. Las probabilidades de que el ojiazul haya llegado a Looe para vivir son muy pocas, Harry lo sabe aunque en el fondo quisiera pensar que el pequeño chico llegó al pueblo en busca de una vida tranquila y feliz como la de él.

Tal vez después de todo si se siente terriblemente solo como para desear que el primer chico bonito que ha aparecido en Looe se quede a formar una vida con él. Es claro que no tiene esa oportunidad, su vida es buena pero no tanto y el pequeño extranjero seguro que ya no está más en el pueblo, ningún extranjero se queda tanto tiempo después de todo.

Bleu! [¡Azul!]— un grito en una voz masculina cargada de acento francés lo hace fruncir el ceño y voltear a ver hacia el camino que ha dejado atrás.

Su respiración se entrecorta cuando vislumbra al chico que ha invadido sus pensamientos desde ayer y hoy casi todo el día. El bonito ojiazul se encuentra caminando en la playa, siguiendo el mismo camino que había hecho él, mientras lleva en una mano una pequeña cubeta de color verde chillón que Harry reconoce como una pieza de juego de playa para hacer castillos de arena. Además del infantil instrumento en su mano izquierda, el pequeño chico lleva un pantalón de mezclilla que no le cubre los tobillos y una camisa de botones blanca, además hay en su cabeza un sombrero de pescador de mezclilla y va descalzo; cuando se agacha y levanta un caracol que mira contra el reflejo del sol, que lo ilumina exquisitamente con su arrebol, es una vista tan sublime que Harry casi se echa a llorar.

El sentimiento le dura poco, sin embargo, porque un hombre alto y pelirrojo viene detrás del pequeño ojiazul y vuelve a gritar ”Bleu!” logrando que el chico salte y lo mire, sonriendo muy grande. Harry puede sentir su estómago caer ante eso, revolviéndose en su caída de una manera dolorosa cuando alcanza a ver cómo intercambian palabras antes de que caminen juntos deshaciendo el camino que Harry hizo, yéndose lejos sin que él tenga oportunidad de ver de cerca otra vez a esa encantadora belleza.

—Amor de verano un carajo— gruñe recordando a Bill, lanzando lejos la concha que encontró.

Harry siempre ha sido un cabrón celoso, pero lo que siente mientras el ojiazul se marcha con ese francés es una sensación que le aterra. Él ni siquiera conoce realmente al chico y aun así quisiera con todas sus fuerzas ser el hombre que ahora lo acompaña. Sin embargo, aunque lo fuera, no habla ni un gramo de puto francés y por primera vez en su vida se arrepiente de haber sido tan malo en la escuela que ni siquiera pudo aprender un poco de la segunda lengua que le enseñaban en la secundaria pública.

— ¡Clío!— grita a su cachorra cuando luego de que pasa su rabieta silenciosa de celos ya no quiere seguir más ahí. Silba para llamar la atención de ella que levanta la cola y las orejas con atención al oírlo—. ¡Hora de irnos, chica!— ordena, agradecido de que ella haga caso a la primera, trotando de vuelta a él.

Tal vez debería de resignarse a que si quiere seguir siendo un feliz pescador, su única compañía será siempre Clío.

🌅

—Hey, creí que no llegarías— saluda a Harry la voz de su mejor amigo, a las cuatro cincuenta de la mañana del miércoles cuando se baja de su Chevy en el estacionamiento común del malecón.

—Casi no lo hago, me quedé dormido— admite Harry, tomando sus cosas de la parte trasera de su camioneta—. Pero oye, ¿tú qué haces aquí? Creí que este año pescarías por la noche, eso dijiste— acusa, mirándolo ceñudo.

Bill se encoge de hombros, alejándose del cofre de su camioneta donde, Harry está seguro, estaba recargado esperándolo.

—Cambie de opinión por Sophie, así paso más tiempo con ella durante la tarde— sonríe Bill y Harry rueda los ojos—. ¿Por qué te quedaste dormido? Nunca lo haces— quiere saber Bill, mirándolo con sospecha.

—Hable hasta tarde con Gemma— dice con facilidad, una verdad a medias.

Si bien habló con su melliza, no fue por más de una hora. La llamada sólo se prolongó mientras Gemma lo guiaba para encontrar en su habitación sus viejos libros de francés de la secundaria y trataba de enseñarle algunas palabras básicas e imitar el acento. Su melliza sólo quiso saber porque su interés por aprender de repente esa lengua y si bien a ella le dijo que el motivo eran un par de ojos azules que le estaban quitando el sueño, a Bill no quiere decirle nada de eso en absoluto.

—Bien, espero la hayas saludado de mi parte— asiente Bill de buen humor, pasándole por encima de los hombros su pesado brazo izquierdo.

Harry se queja alejándolo con un golpe ya que el brazo de Bill ha aplastado sus rizos halándolos de manera dolorosa. El de ojos color olivo se ríe de él, tomando del cofre sus propias cosas para caminar a su lado hacia el muelle.

Ellos se acomodan junto a otro grupo de pescadores y a Harry le alegra ver que son más que el lunes. Ya que son más de siete, Harry y Bill se unen al bote del señor Edson y lo ayudan a remar algunos metros lejos del muelle para que los otros tengan más espacio en el muelle. Otro trío de pescadores sigue el ejemplo.

—Mantengan sus bromas por lo bajo, si los peces no pican por sus risas los aventare del bote— les advierte el señor Edson, haciendo que los dos jóvenes rían por lo bajo haciéndole verlos mal.

Sin embargo Bill y Harry obedecen al hombre mayor y tratan de mantenerse lo más silenciosos posible mientras lanzan sus cañas al mar. La tranquilidad con la que pescan por las madrugadas es de las cosas favoritas de Harry, incluso si todos los demás hombres mayores piensan que él y su mejor amigo son incapaces de quedarse quietos sabe que Bill disfruta de esa tranquilidad también.

A Harry hoy esa tranquilidad le sirve para repasar en su mente lo que trato de aprender ayer de francés. Aunque en clases nunca fue bueno, cuando hay algo que es de verdad de su interés logra aprenderlo con gran velocidad, algo que le sucedió con su oficio por ejemplo, de modo que anoche se le logro pegar bastante de todo lo que tuvo que haber aprendido en un solo año de secundaria. Él ahora sabe cómo pedir disculpas en francés aunque el que lo haya aprendido es más un mérito de su melliza, que le dijo que empezara aprendiendo primero esa palabra. Harry sabe que lo hizo porque Gemma piensa que él en algún momento muy cercano va a necesitarla con lo torpe que es, ella lo conoce realmente bien. Así que mientras el cielo empieza a clarear y los peces pican los anzuelos, Harry hace su trabajo de memoria mientras repasa en su mente cada palabra que aprendió y su significado.

Para cuándo zarpan en el barco para la pesca en altamar, Harry se siente más confiado y las palabras en francés se repiten con más facilidad en su cabeza. Las repasa por lo bajo también, agradecido de que el ruido del motor del barco y las olas rompiendo contra la estructura de este evite que alguien –Bill, más que nada– lo escuche tratando de imitar el acento con el que Gemma le hablo al teléfono para ayudarle.

Si es sincero con él mismo, Harry no sabe porque lo hace. Incluso si ahora cree que podría entablar la más trivial de las charlas en francés, nada le asegura que pueda hacerlo con el chico francés que él espera. Sabe que hay una gran probabilidad de no mirar hoy al ojiazul –Bleu, se corrige a sí mismo, recordando como ayer el bonito chico respondió a ese nombre ante el otro hombre de Francia–, sabe que podría ya haberse marchado del pueblo.

Y aun así, cuando elevan las redes y echan los pescados en una sola hielera, Harry pide quedarse con los pequeños tesoros que siempre se cuelan entre la pesca, nadie se opone aunque Bill lo mira extrañado, y Harry simplemente hurga entre las cosas mientras vuelven a tierra, echando en una bolsa de tela las pequeñas conchas y caracoles que le parecen más bonitos, guardando celosamente una pequeñísima perla que le hace pensar aún más en el pequeño francés.

—¿Para qué diablos quieres todo eso?— le pregunta Bill mientras lo ve cargar con la bolsa, de dónde Harry saco sus anzuelos que guardo entre su lonchera para poder usarla.

Harry se encoge de hombros con una sonrisa mientras baja del barco, cargando sus demás cosas. Bill lo mira con sospecha pero ambos siguen a los otros pescadores para recibir su paga.

Piensa en la mejor manera de escaparse de Bill para que este no descubra su esperanza por encontrar al francesito en el malecón, sin embargo Sophie le ahorra el trabajo cuando la encuentran esperando a Bill en el muelle.

—¿Seguro que no quieres unirte a nosotros, Hazza?— le pregunta Sophie cuando expresa sus intenciones de llevarse a Bill a comer al pequeño restaurante que está a unos metros del muelle.

—No, adelante. No quiero ser mal tercio— se niega con una sonrisa, está secretamente demasiado feliz de que ellos tomarán un camino diferente al suyo incluso si Bill tiene su carro cerca de su Chevy. Harry palmea la espalda de su mejor amigo y besa la mejilla de Sophie con cariño—. Pásenla bien, chicos. Disfruten su cita— se despide de ellos.

—Adiós, Hazza— ambos se despiden de él al unísono, haciéndolo reír.

Camina con tranquilidad mientras se aleja de ellos, no queriendo que Bill siga sospechando de él, pero después de una mirada sobre su hombro para asegurarse de que ellos también se han marchado por el otro lado, Harry apresura un poco más su paso rezando en silencio por poder encontrarse al ojiazul.

Y tal vez los dioses en que le gusta creer se apiadan de él luego de todo su esfuerzo por aprender algo de francés en un sólo día, porque Harry encuentra el puesto del chico bonito en el mismo sitio donde ayer esperaba hallarlo.

—Bonjour [buen día]— saluda al llegar, atrayendo sobre él la azul mirada que lo deja un momento sin aliento—. C-comment vas-tu? [¿Cómo estás?]— pregunta con torpeza por los nervios que le causa el bonito chico que sólo lo ve frunciendo el ceño.

Luce precioso y eso no ayuda a la torpeza y nervios de Harry, en realidad. Lleva puesto el mismo sombrero de pescador que llevaba ayer y unos pantalones aún más cortos que dejan ver a Harry sus pantorrillas tonificadas de piel dorada. La camisa de botones que lleva hoy también es blanca como la de ayer, pero esta es de mangas largas y no cortas. Su rostro está sonrojado y aunque mira a Harry con mucha confusión que confunde al rizado también, cree que no ha visto jamás en ningún sitio un hombre tan bonito.

El pequeño chico alza su mano en un saludo copiando a Harry cuando éste realiza el gesto con torpeza al no recibir una respuesta. Ambos se miran con confusión pero los ojos azules brillan con atención hacia él, como si esperara algo más a pesar de que Harry es el que espera una respuesta a su pregunta que no llega. Tratando de controlar sus nervios, Harry deja sobre la pequeña mesa del más bajo su bolsa de tesoros para poder peinar hacia atrás sus rizos sueltos en un gesto nervioso y al bajar la mano toma de la mesa lo primero que llama su atención, que es una pulsera de hilo negra con caracoles blancos.

—Combien c-coûte ceci? [¿Cuánto cuesta?]— pregunta esperando esta vez sí obtener una respuesta.

—Un euro— responde el ojiazul luego de un par de segundos, en los que frunció el ceño pareciendo pensar.

Su voz aguda y alegre hace sonreír a Harry que rebusca en su chaleco de pescador por alguna moneda.

—Vous êtes nouveau en ville [eres nuevo en el pueblo]— lo que Harry quiso preguntar suena más como una afirmación que suelta mientras le da al ojiazul una moneda.

Sus dedos se tocan a penas, revolviendo el estómago de Harry de la mejor manera, casi como si hubiera mariposas dentro. Se siente ridículo al pensarlo e incluso se sonroja un poco, pero el más pequeño no lo nota por guardar su moneda.

—Désolé, mon f-français est ro-rouillé [Perdona, mi francés está oxidado]— responde el chico mirando a Harry a través de sus largas pestañas mientras revuelve en su caja de monedas para sacar otra, el vuelto de Harry que parpadea confundido puesto que de lo oído sólo ha entendido que el más bajito se está disculpado y algo sobre ¿su francés?—. Je ne suis pas française [No soy francés]. No inglés— habla de nuevo, con más seguridad en su tono aunque Harry ni siquiera ha notado la vacilación en su primera oración por lo cautivado que está con su voz, aunque de estas últimas si entiende las dos palabras finales que parecen desinflarlo por dentro.

—Yo...— dice torpemente ante esas palabras, tomando en automático la moneda que le tiende el ojiazul y tragando saliva al ver su rostro un poco más de cerca, notando en su mejilla izquierda tres pequeños lunares formando el triángulo de verano que lo hacen suspirar un poco—. Joder, eres precioso— suelta sin pensar pero se alegra de inmediato al notar que el más pequeño no le ha entendido por su ceño fruncido y su boquita en una mueca que Harry gustoso podría borrar con sus labios—. Excusez-moi, au revoir [Disculpa, adiós]— se despide, excusándose por su torpeza como bien predijo Gemma al enseñarle las palabras para disculparse.

Harry se marcha rápido con las mejillas sonrojadas furiosamente, olvidando sobre la mesa la bolsa que él planeaba darle al ojiazul de otra manera. Sin embargo no nota eso por apresurarse hacia su Chevy, alejándose tan rápido que para cuando Louis se percata de la bolsa y le llama a gritos para devolverla, Harry no lo escucha así que no se percata del verdadero idioma del pequeño extranjero.

—Ei, menino! Menino! Marinheiro! [¡Hey, muchacho! ¡Muchacho! ¡Marinero!]

🌅

Louis vuelve al hostal al atardecer llevando con algo de dificultad sus cosas. Sonríe cuando el señor Anthony, que se encuentra sentado en el porche, se pone de pie y se acerca a ayudarlo cuando lo ve llegar batallando. Deja que el hombre lleve su mesa plegable y sombrilla, que deja en una esquina del porche.

—¿Cómo te fue hoy, hijo?— le pregunta el hombre, invitándolo a sentarse junto a él para que descanse un momento por el trayecto difícil.

—Oh, muy bien. Vendí varias cosas, las mujeres del pueblo son muy amables y todas quieren algo— responde con una sonrisa, jugueteando distraídamente en sus manos la bolsa ajena que olvidaron en su puesto.

—¿Qué es eso?— le pregunta el capitán al notarlo, haciendo arder las mejillas de Louis.

—Un joven lo olvido en mi puesto— responde con sinceridad al hombre mayor—. La llevaré mañana por si vuelve por ella— se apresura a decir, haciendo sonreír al hombre.

—¿Era un joven guapo?— pregunta Catina con una sonrisa, saliendo al porche junto a ellos. Louis se gira a verla sorprendido y ella ríe, sin avergonzarse por dejar claro que estaba escuchándolos.

Louis niega con la cabeza avergonzado y se pone de pie rápido, haciendo reír a la pareja mayor por sus mejillas sonrojadas. Se escapa dentro de la casona sin responderles, bufando cuando los escucha reír. Aunque los adora, y ama que sean los únicos con los que puede hablar libremente al ambos conocer su lengua materna, Louis se avergüenza siempre que bromean a su costa.

Mientras sube a su habitación, responde a la pregunta de la señora Catina en su cabeza. Claro que era guapo, piensa recordando al joven pescador de ojos del color de las esmeraldas y largos rizos caoba. Louis creyó que era guapo desde la primera vez que lo vio el lunes –cuando estaba acompañado de otro pescador del que Louis a penas y recuerda su rostro de lo cautivado que quedó por el rizado ojiverde– y está sinceramente agradecido de haberlo visto hoy otra vez con más detenimiento. El rostro de facciones angulosas y masculinas del pescador invade la mente de Louis mientras entra a su cuarto, cerrando la puerta antes de dejar sobre la cama sus cosas, y suelta un suspiro ante el recuerdo del joven hombre que intento hoy hablar con él.

El recuerdo de su voz cargada de acento inglés hablando torpemente el francés lo hace sonreír mientras se sienta en la cama. Louis no puede entonces contener su curiosidad por la bolsa que el hombre dejó en su puesto, de modo que la abre y vuelca su contenido sobre la cobija.

Louis frunce el ceño con una suave sonrisa en su rostro cuando ve todas las pequeñas conchitas y caracoles, jadeando sorprendido cuando encuentra entre ellas una perla pequeña. Incluso si parece diminuta, Louis sabe que debe de tener mucho valor así que la guarda de nuevo dentro de la bolsa prometiéndose devolverla a su dueño aunque en su cabeza ya esté pensando en lo bonita que quedaría en un collar de conchitas e hilo blanco. Louis se promete que si el joven pescador no pasa por su puesto mañana, recurrirá a la señora Catina para que ella le ayude a dar con el dueño de la bolsa. Sabe que eso sería fácil, una descripción detallada del pescador y ella o su esposo sabrán de quién se trata puesto que conocen a todos en el pueblo.

Tiene la tentación de incluso hacerlo en ese momento, pero está seguro de que si se muestra lo más mínimamente interesado tendrá que soportar algunas burlas de la pareja que prefiere ahorrarse.

Vuelve a guardar cada pequeña concha y caracol en la bolsa junto a la perla, amarrándola muy bien antes de guardarla dentro del morral que utiliza para cargar sus artesanías, y los utensilios para hacerlas, para así no olvidarla al día siguiente. Luego se pone de pie y entra en el pequeño baño de su habitación para darse una ducha y bajar para ayudar con la cena.

—Pourquoi ne reviens-tu pas en France avec nous, bleu? [¿Por qué no vuelves con nosotros a Francia, azul?]— le pregunta Antoine a Louis después de la cena, mientras Louis ayuda a Catina a levantar del comedor los platos en los que cenaron ellos y los tres franceses que se hospedan en el hostal como él. Louis frunce su ceño al oírlo, tratando de entender su pregunta pero antes de tener oportunidad de hacerlo el francés sigue hablando—. Je suis sûr que vous vendriez mieux votre artisanat sur nos plages qu’ici, sans vous offenser [Estoy seguro de que venderías mejor tus artesanías en nuestras playas que aquí, sin ofender]— la voz de Antoine vacila un poco al final y Louis se da cuenta que es porque el capitán Anthony sigue en el comedor como él.

—¿Qué ha dicho? No entendí todo— pregunta Louis al capitán Anthony que está serio, de modo que Louis sabe que lo que haya sido no fue de su agrado.

—Pregunta que si porque no vuelves a Francia con ellos, cree que sus playas son mejores para que vendas tus artesanías que Looe— traduce Anthony para él, mirando mal al francés que se nota molesto porque lo excluyan de la charla al hablar un idioma que desconoce. El capitán es un políglota que ayuda mucho a Louis.

—Non, merci. Ici c’est sympa et je vends bien [No, gracias. Aquí es lindo y vendo bien]— responde Louis, con su oxidado francés, para Antoine y para el capitán Anthony agrega—. Además no hay tontos franceses aquí.

El capitán Anthony se ríe de sus palabras y Antoine frunce el ceño en desagrado, levantándose molesto cuando está seguro de que las palabras que no ha entendido han tenido sólo el fin de ridiculizarlo.

Louis y el capitán ven marchar al pelirrojo compartiendo una risa cómplice, entonces Louis se sienta frente al hombre mayor para preguntarle algo que empezó a rodar por su cabeza mientras ayudaba a Catina a preparar la cena y durante esta.

—Capitán, ¿usted no tendrá algunos libros que puedan ayudarme a aprender su idioma?— pregunta sin molestarse en esconder de su voz la esperanza por una respuesta positiva.

—¿Quieres aprender inglés?— pregunta el hombre con algo de confusión que incrementa cuando Louis asiente rápidamente—. ¿Y eso?— inquiere con sospecha.

—Bueno, estaba pensando que si planeo continuar en Inglaterra por un tiempo lo mejor sería aprender su lengua— responde Louis fácilmente, encogiendo un hombro antes de mirarlo con una tímida sonrisa llena de nostalgia—. Además mi mamá siempre me dijo que si quería abrirme todas las puertas en este mundo tenía que dominar el inglés y el español, pero sólo sé español— se ríe de él mismo, haciendo reír también al hombre mayor.

—Tu madre tenía mucha razón— le sonríe el capitán, palmeando con suavidad las manos de Louis que reposan sobre la mesa—. Estoy seguro de que tengo algunos en el ático, mañana que se vayan los franceses los buscaré para no molestarlos con el ruido de las cajas hoy— le promete a Louis que asiente de inmediato—. Si acaso no te sirven, conseguiremos otros, hijo.

—¡Muchas gracias, señor Anthony!— agradece Louis con gran entusiasmo.

Louis de verdad quiere aprender el idioma porque es cierto que planea quedarse más tiempo en Inglaterra. O más bien en Looe, porque Louis cada día, cada minuto, se siente más seguro de que este pequeño y tranquilo pueblo puede ser su anhelado hogar.

No es que quiera también poder hablar con el joven pescador de ojos esmeraldas al que está seguro de que, de seguir en Looe, se encontrará más de una vez. Claro que no.

🌅

Harry procura dormirse temprano luego de haber sacado a Clío a un paseo rápido. Esta vez no trato de ir en busca del ojiazul, demasiado avergonzado aún por su torpe intento de charla como para tratar de encontrarlo de nuevo, sin embargo se colocó en la mano derecha la pulsera que le compró e incluso se la dejo puesta al irse a dormir al anochecer, agotado por su día y la falta de sueño.

Sueña esa noche con el bonito extranjero nadando entre las olas resplandecientes por el sol. Es un sueño agradable, que lo hace despertar de buen humor cuando su alarma suena a las tres cuarenta para un nuevo día de pesca.

Harry trata de no pensar mucho en el extranjero mientras trabaja, pero es fácil recordarlo cuando está rodeado del mar que le recuerda a sus bonitos ojos. Así que piensa en él mientras amanece con su caña en el mar y piensa en él mientras va en altamar. Trata de hacer su día tan normal como siempre, bromeando con sus colegas y Bill como cualquier otro día de trabajo, sin embargo su mente está llena del precioso ojiazul. Se encuentra a sí mismo preguntándose sobre el chico mientras hace su trabajo de memoria, preguntándose qué idioma hablara en realidad si no es el francés.

Repasa en su cabeza el momento que vivió con el chico, recordando con maravilla sus ojitos azules y las pecas de su mejilla, repasando su voz con detenimiento tratando de encontrar el acento que lo haga saber su idioma. Ya no se molesta en pensar si el bonito chico estará de paso en el pueblo o no, en cambio trata de descubrir su idioma prometiéndose aprenderlo para hablar con él. Es su nueva misión.

Y así como se encuentra pensando continuamente en el chico de ojos azules, Harry se halla volviendo a pedir quedarse con los tesoros de las redes cuando suben la pesca al barco. Guarda celosamente, en una bolsa de plástico que trajo de casa inconscientemente para esto, las conchitas y caracoles que desprende de las redes antes de que cada compañero pase por la suya.

—¿Para qué quieres eso?— le pregunta Bill mirándolo con sospecha igual que el día anterior.

—Para el chico que hace collares— admite esta vez con un encogimiento de hombros.

Bill no hace más preguntas y Harry lo agradece, ayudándolo a atracar el barco cuando vuelven a puerto dando por concluido otro buen día en altamar. Ellos siguen a sus colegas para recibir su paga como cada día, despidiéndose de todos con buen humor.

—¿Y estas seguro que estará ahí?— pregunta Bill mientras caminan fuera del muelle y Harry sabe a qué se refiere de inmediato.

—En realidad no lo sé, sólo tengo esperanza— sonríe encogiendo un hombro—. Ayer casi hablo con él— dice orgulloso.

Le cuenta a su mejor amigo lo sucedido el día anterior mientras caminan hacia sus camionetas y cuando alcanzan a ver el puesto de artesanías, Harry suelta un suspiro de alivio que divierte a Bill.

—Ahora, te dejo para que te avergüences a ti mismo tú solo— le dice Bill divertido palmeándole la espalda antes de seguir su camino, dejándolo a unos pasos del puesto.

Su voz debió de llamar la atención del bonito artesano porque mientras Bill sigue su camino cuando pasa por el puesto el ojiazul lo mira con atención antes de volver su mirada a Harry que sigue a unos pasos.

—Menino marinheiro! [¡Muchacho marinero!]— llama el ojiazul al reconocerlo, saltando sobre su asiento en el muro del malecón.

Harry parpadea al oírlo, sorprendido de que le esté hablando a él. Se acerca con rápidamente mientras lo ve dejar sobre el muro los hilos con los que trabajaba y en su lugar sacar de un morral de colores la bolsa de tela que Harry olvidó ayer.

—Hola, sigues en el pueblo— saluda Harry sin poder creerlo, mirándolo maravillado cuando por fin está frente al puesto.

El ojiazul lo mira confundido al oírlo pero le sonríe ampliamente.

—Hola— le regresa el saludo, pero Harry sabe que no ha entendido todo lo que dijo así como él no ha entendido las palabras con las que se dirigió el ojiazul hacia él.

El bonito extranjero extiende entonces la bolsa de Harry hacia Harry que niega rápidamente. Puede no hablar el idioma del chico, pero es claro que le está devolviendo los tesoros porque no sabe que los llevaba para él en primer lugar.

—No, son tuyos— se niega Harry a aceptar la bolsa, haciendo gestos con las manos para hacerse entender.

El ojiazul frunce el ceño al oírlo, ladeando su cabeza confundido. Es un gesto que le recuerda a Clío, lo que lo enternece. Sonríe suavemente al chico, mostrándole la bolsa de plástico con los tesoros de hoy para dársela igual.

—Mira, son tuyos también— le dice, extendiéndole la bolsa.

—Você quer que eu fique com isso? [¿Quieres que lo tenga?]— habla el ojiazul, tomando la nueva bolsa con un profundo ceño fruncido.

Harry no está muy seguro de lo que ha dicho el joven pero al sonar como interrogación, asiente de inmediato. Con suerte, tal vez le ha preguntado si se lo está dando cosa que es así.

—Son tuyas, para tus collares— le trata de explicar con mímica a lo que se refiere, señalándole sus hilos y después sus collares en la mesa.

El extranjero parece entenderle entonces, porque le da una sonrisa tan grande que arruga sus ojitos azules.

—Obrigado, marinheiro [Gracias, marinero]— le dice el ojiazul con su gran sonrisa, apretando contra su pecho las dos bolsas.

Hace sonreír a Harry al verlo así. Están más cerca que ayer, de modo que Harry se percata de lo bajito que es en realidad, embobándose al tener tan cerca su belleza. Su piel es tersa a la vista y Harry quisiera tocarla, como quisiera también acomodar sobre su cabeza el sombrero de pescador que lleva el ojiazul complementando su sencilla vestimenta de hoy que consiste en ese pantalón de mezclilla que deja a la vista sus tobillos y una camisa verde pistache. Verlo con el sombrero de mezclilla le recuerda al sombrero amarillo que usaba su padre, el mismo con el que Harry jugaba de niño a pretender ser el pescador que ahora es.

—¿Puedo quedarme contigo mientras haces tus collares?— Harry se atreve a preguntarle, sin dejar de mover sus manos con torpeza para hacerse entender.

El ojiazul lo mira intrigado pero asiente, dándole una confundida sonrisa a Harry que se sienta en el suelo recargándose contra el muro del malecón, dejando sus cosas con torpeza en donde puede. Escucha la risa del bonito extranjero que se burla de su torpeza, pero sonríe cuando éste se une a él en el suelo.

—Eu não te entendo, marinheiro, mas obrigado pelos tesouros [No te entiendo, marinero, pero gracias por los tesoros]— dice el ojiazul tan bajito que Harry cree que no quiere que lo escuché.

Ambos se miran con suaves sonrisa antes de que el ojiazul tome sus cosas y reanude su trabajo, esta vez sentado junto a Harry en el suelo.

Ellos pueden no entender el idioma del otro, sin embargo eso no es impedimento para que pasen una tarde agradable. Harry se olvida de su hambre o al menos la aplaza mientras ve con atención como su bonito extranjero teje conchitas con hilos de colores hasta formar bonitos collares y pulseras. Así pasan poco más de una hora, en la que el ojiazul atendió a algunas señoras y le hizo una pulsera roja a Harry que le dio con una gran sonrisa como agradecimiento por sus dos bolsas de tesoros, hasta que el chico comienza a guardar sus cosas dándole una tímida sonrisa a Harry.

—Supongo que ya te irás— suspira Harry poniéndose de pie cuando lo ve hacerlo también. Ayuda al más bajito a guardar sus cosas, ayudándole a cerrar la sombrilla y doblar su mesa—. Sé que no me entiendes, pero espero verte otra vez mañana— le dice con esperanza.

—Adeus marinheiro, obrigado [Adiós marinero, gracias]— le dice el ojiazul sonriendo, alzando su mano de dedos delgados en un gesto de clara despedida que hace sonreír a Harry, que se apresura a imitarlo.

—Adiós, ojitos de mar— se despide Harry, dejándolo partir.

Lo ve cruzar la calle con sus cosas, sonriéndole cuando lo ve voltear sobre su hombro en su dirección. El ojiazul le corresponde la sonrisa, luego sigue su camino lejos de él y Harry sigue el suyo, caminando hacia su Chevy con una gran sonrisa y la pulsera nueva de hilos rojos que el ojiazul le dio.

Sólo cuando llega a casa y Clío lo recibe con hiperactivo entusiasmo, Harry se da cuenta de que durante todo el tiempo que compartió con el ojiazul jamás confirmo si su nombre es Bleu. Se promete a sí mismo hacerlo si lo encuentra al día siguiente. Ojalá.

🌅

Louis despierta el viernes sintiéndose inusualmente feliz. Tiende su cama con una sonrisa genuina en su rostro de la que no es consciente, luego entra al baño a darse una rápida ducha y mientras baja las escaleras se sorprende al haber estado tarareando una vieja canción todo ese tiempo. Encuentra a Catina en la estancia y ella le sonríe al oírlo, tarareando también lo que le hace reír.

—Estás muy contento hoy, Lou— comenta con una sonrisa, haciéndole una seña para que se una a ella en la cocina.

El capitán Anthony está ahí al igual que Julian, el joven más chico de los tres franceses. Él le sonríe amablemente a Louis al verlo, pero no trata de hablarle como Antoine hace constantemente.

—Los compañeros de Julian se han ido al amanecer, él se quedará en Inglaterra, parte esta tarde a Londres— le cuenta el capitán Anthony a Louis cuando se sientan todos a desayunar.

Cuándo terminan Catina se encarga de la cocina y Louis sube a limpiar las habitaciones desocupadas. Ahora sólo quedan él y Julian de momento, pero por los señores de la casona Louis sabe que esa misma tarde estará llegando gente. Si bien no es un pueblo tan concurrido como otros, en verano atrae mucho turismo pescador y el capitán Anthony ya se está preparando para guiar a los nuevos turistas en altamar.

El pensamiento de eso trae a la mente de Louis al joven pescador de ojos esmeraldas. Se encuentra sonriendo aún más amplio sin poder evitarlo, recordando como a pesar de no poder entenderse el joven se quedó con él para verlo tejer sus collares. Cuando piensa en las bolsas de pequeños tesoros que le obsequió, las mejillas de Louis se calientan.

—¿En qué piensas, hijo?— lo asusta la voz de Catina cuando lo encuentra en una de las habitaciones. La mira sorprendido lo que la hace reír—. Supongo que no querrás decirme, eh— se burla con cariño, entrando a la habitación con él—. Deja eso, Lou. Ya hicimos mucho por hoy, empezaremos con tu primera lección de inglés antes de que te vayas al malecón— le sonríe, tomándolo de la mano para sacarlo.

Louis se entusiasma ante eso, siguiéndola de buena gana hacia la estancia. Ahí ya están acomodados en la mesa de centro los cinco libros que el capitán Anthony bajo ayer del ático para él.

—Aprenderás conmigo y si surge alguna duda, Anthony las puede resolver para ti cuando vuelvas— dice Catina palmeando el asiento a su lado.

Catina no preguntó porque su interés por aprender el idioma como lo hizo el capitán, en cambio se mostró entusiasmada por enseñarle. Ella le recuerda mucho a su madre, así que Louis se encuentra constantemente sintiéndose como un pequeño mimado junto a la señora de cabellos castaños con reflejos de plata. Así pasan desde el mediodía hasta las dos de la tarde repasando los libros y todo lo que Louis ya conoce del idioma que si bien es poco, lo hace sentir menos perdido.

—Eres muy inteligente, mi niño— le alaba Catina con una sonrisa, repasando el pequeño ejercicio que lo puso a hacer—. Estoy segura de que pronto lo hablaras tan bien como yo— le guiña un ojo, haciéndolo reír.

No es que Catina hablé el mejor inglés, pero sinceramente Louis se conformaría con su nivel. Así él podría entenderse con el joven pescador como ella con el capitán Anthony. El solo pensamiento lo hace sonreír ampliamente.

—Gracias— le responde sin perder su sonrisa, cerrando los libros y la libreta que uso para guardarlos al percatarse de la hora en el reloj de la estancia—. Me iré ahora y volveré a la misma hora para ayudarle con la cena— promete Louis, haciéndola rodar los ojos.

—No te preocupes, hijo— le sonríe Catina tranquilizadoramente, tomando los libros de sus manos al pararse—. Anda, ve. Yo guardare esto, tú ve a vender. Mucha suerte— el corazón de Louis se hincha cuando ella le da un suave beso en la frente.

—Vuelvo en unas horas— sonríe, atreviéndose a besar la mejilla de la mujer como solía hacerlo con su madre—. Adiós.

Sube corriendo las escaleras, riendo bajito cuándo escucha a Catina reprenderlo. Entra al baño para lavarse el rostro y peinar sus plumosos cabellos castaños que se encuentran ya un poco largos. Se lava los dientes y las manos hasta los antebrazos antes de volver a la habitación y ponerse una playera nueva. Encuentra limpia una blanca con el estampado de una banda española que vio en concierto cuando recorrió las costas del sur de España, se pone esa junto a unos pantaloncillos de mezclilla que le llegan por encima de las rodillas; cuando se deja la playera por fuera, al ser un par de tallas más grande le esconde un poco del short. Sus mejillas se colorean cuando se da cuenta de lo mucho que está tratando de esforzarse en su vestimenta.

Con un suspiro se calza sus vans blancos y toma su sombrero antes de agarrar su morral y volver a bajar las escaleras en busca de Catina.

—¡Me voy ahora!— lanza un grito al que ella responde afirmativamente desde la cocina.

Sonríe cuando encuentra una bolsa de papel encima de su mesa plegable, que con rotulador negro tiene un corazón garabateado juntos a una carita feliz. Al alzarla le llega el agradable olor del bacalhau com natas que le hace agua la boca.

—¡Gracias por el bacalhau!— agradece en otro grito, abriendo la puerta para salir con todas sus cosas.

Louis camina con un poco de dificultad gracias a la estorbosa sombrilla, pero se las ingenia para llegar al sitio que ha estado tomando la última semana en el malecón. Deja sus cosas sobre el muro antes de desplegar la mesa y abrir la sombrilla, sacando de su morral un pequeño mantel amarillo que extiende para acomodar sobre él los collares, pulseras y aretes que Louis mismo hace. Cuando tiene todo acomodado, eleva un poco más el palo de la sombrilla para que la sombra le dé al muro y así sentarse sobre éste, abriendo su bolsa de papel.

A pesar de que ya son casi las tres, gracias al clima de Inglaterra parece ser un poquito más tarde pero eso está bien porque así la gente que evita el sol empieza a salir. Louis come su bacalhau vagando su mirada entre la calle transitada y el inmenso mar bañado por el sol. En el océano, a la distancia, alcanza a ver un par de embarcaciones grandes que se encuentran distanciadas entre sí, una más cerca del muelle que la otra, y Louis se pregunta en cuál de ellas estará ahora el joven pescador.

Incluso si ayer no pudo entenderle nada más que el saludo que el ojiverde le dio, algo en su tono de voz al despedirse hace sentir aún esperanzado a Louis sobre poder verlo hoy. De modo que cuando termina de comer, saca su botella de agua y un chicle, sintiéndose ansioso porque den las cinco de la tarde puesto que espera ver al ojiverde a la misma hora que días anteriores. Para matar el tiempo, mientras tanto, saca algunos hilos y la bolsa de tela que le dio el pescador.

En la bolsa de tela ahora lleva también las conchitas y caracoles que le dio en una bolsa plástica el día anterior; volcando todo con cuidado sobre el muro de contención elige las más bonitas junto a la pequeña perla para comenzar a tejer un collar de hilo negro. Louis le pone todo su empeño, sobre todo para no hacerlo una pieza tan femenina, y pausa sólo cuando tiene algún cliente así se pasa rápido su tiempo.

Para cuándo termina el collar, uno de los barcos ha llegado al muelle pero Louis está casi seguro de que el joven de ojos verdes viene en el que aún se encuentra en altamar, por lo que saca más hilo. Teje un par de pulseras y hace unos aretes con plumas de aves marinas, echando un ojo de vez en cuando al muelle.

Louis salta de su asiento al suelo cuando el segundo barco llega, sintiéndose ansioso. Trata torpemente de arreglar su aspecto, palmeándose la frente en el proceso. Se siente como un adolescente de quince esperando por su amor platónico, a pesar de que en sus veintiún años de vida nunca ha tenido en realidad uno. Si bien ha tenido una que otra aventura en diferentes tierras a las que ha llegado, a Louis nunca le ha gustado realmente alguien como le gusta el joven pescador. Porque puede no entender su idioma ni conocerlo, pero le resulta tan atractivo que no puede evitar suspirar al recordar su rostro de mandíbula definida y labios rellenos y sus preciosos, preciosos ojos. El que sea un marinero también le gusta demasiado, pues incluso sin hablar con él eso le asegura que el rizado ama el mar tanto como lo ama él que, aunque salió joven de Portugal al quedar sin familia, se ha mantenido recorriendo costas pues el océano lo hace sentirse conectado con el planeta y Louis cree que el joven pescador tal vez lo aprecia así también. Además, hay algo en la vibra del joven que hace a Louis sentirse enérgico, como si de alguna manera vibraran en la misma extraña sintonía y él sólo puede culpar a Saray, su amiga gitana de Barcelona, por ese tipo de nuevas creencias.

Sea como sea, a Louis le gusta el joven pescador de una manera que lo tiene deseoso de verlo otra vez, deseoso de comenzar a conocerlo. Para eso el idioma no le es impedimento, al menos así lo siente.

Y tal vez ni siquiera se da cuenta, pero con sus pensamientos invadidos por unos ojos esmeraldas Louis no ha pensado ninguna vez en su siguiente destino.

Con el corazón latiendo ansiosamente, mantiene su mirada clavada en la zona donde se une el muelle con el malecón esperando ver aparecer al marinero. Por fortuna no es mucho tiempo el que tarda en aparecer ante su vista unos rizos del color de la caoba destellando por el sol. Sonríe ampliamente cuando reconoce al pescador por su bonito cabello, detallándolo con su mirada conforme este se acerca, secretamente agradecido de verlo sin su alto amigo castaño.

Distingue una sonrisa enorme en el rostro del ojiverde, una que aparece unos lindos hoyuelos en sus mejillas y hace brillar sus ojos aún más que el sol. Lleva un pantalón de pesca del color de los olivos junto a un chaleco del mismo color, sus botas y nada más. Louis puede o no suspirar un poco al apreciar sus fuertes brazos morenos descubiertos, dejándole ver trazos de tinta que Louis quisiera recorrer con sus dedos hasta aprenderse sus formas. La gorra negra que lleva no evita que sus rizos bailoteen al aire y no lleva lentes de sol así que sus ojos parecen entrecerrarse ante el brillo que los rayos solares pintan en el caliente pavimento. En su mano derecha lleva bien agarradas dos cañas de pescar en las que viene ensartada una lonchera y enredada estratégicamente una red, la sola visión de todo lo que puede sostener con una enorme mano hace burbujear el estómago de Louis pintándole las mejillas de rosa que se vuelve carmín cuando el marinero termina de acortar la distancia quedando frente a él.

Sigues aquí, ojitos de mar— le dice el ojiverde al mirarlo, sonriendo tan amplio que sin dudar Louis le devuelve una sonrisa igual de grande.

Aunque no entiende lo que ha dicho con su ronca voz llena del más exquisito acento británico, Louis asiente sin dudar como si supiera que le han dicho, sin embargo parece adecuado por la emoción en la voz del rizado.

H-hola— lo saluda Louis con timidez, porque él al menos sabe cómo saludar en inglés.

El marinero le sonreí aún más al oírlo, entonces con su mano libre saca de un bolsillo de su chaleco una pequeña bolsa de plástico que hace reír bajito a Louis.

—Te traje más, tal vez podrías enseñarme a hacer pulseras— las palabras del ojiverde vienen acompañadas de extraña mímica a la que aún más extrañamente Louis parece entender.

—¿Quieres hacer pulseras?— Louis pregunta incrédulamente, olvidando que si él no entiende al otro el marinero seguro que lo entiende aún menos.

No hace falta entenderse las palabras, sin embargo. El ojiverde deja sus cosas sobre el suelo antes de treparse con facilidad sobre el muro de contención para sentarse, dándole una sonrisa grande a Louis y palmeando el lugar a su lado para invitarlo a él a sentarse. Louis se ríe bajito, pero de todos modos saca sus hilos y demás cosas para acercarlas a dónde está el rizado ahora y sentarse.

Yo… t-toma— Louis termina completando lo que ha querido decir con su propio idioma, sintiéndose tímido y torpe cuando le extiende el collar con la perla al de ojos verdes.

Oh, te ha quedado realmente bonito— habla el rizado y hay tanta maravilla en su voz que Louis infla el pecho con orgullo, dándoselo—. Esta perla es casi tan bonita como tú— le sonríe el marinero.

Louis frunce un poco el ceño, algo frustrado por no entender al otro. Le hace señas, recurriendo al mismo método que el ojiverde ha usado para hacerse entender, todo para decirle que el collar es ahora de él.

—Te lo regalo— dice bajito, sintiéndose avergonzado sin razón al no poder ser entendido.

El ojiverde sonríe amplio, estirando el collar para estirarlo hacia él y tratar de ponérselo. Louis se congela, mirándolo con los ojos abiertos niega con la cabeza.

—No, no. Es tuyo, para ti— dice escandalizado, señalándole del collar a él para ver si el marinero entiende.

—No quiero, esa perla es tuya— el ojiverde parece negarse también.

Louis frunce el ceño por su tono de voz y el ojiverde aprovecha su contradicción para pasarle el collar por encima de la cabeza. La perla cae graciosamente sobre su frente mientras el marinero trata de ponerle el collar y con un suspiro Louis se resigna, ayudándole después a terminar el trabajo.

—Te pertenece a ti, como mis pensamientos ahora— el tono serio de la voz del pescador lo hace hacer una mueca graciosa por no entenderlo pero su reacción al menos pinta una sonrisa de hoyuelos.

Ese es el segundo día que juntos hacen pulseras. Louis trata de la mejor manera de enseñarle al ojiverde a tejerlas, alabándolo en cada pequeño progreso; si bien el marinero no entiende sus alabanzas, el tono de voz de Louis en suficiente para hacerlo inflar el pecho de orgullo cuando termina de hacer la segunda.

Quiero preguntarte algo— le habla el marinero cuando la hora para partir se acerca. Louis lo mira intrigado al oírlo, bajando sus manos a su regazo para pausar su tejido—. Okay, bueno… yo, mira… mhmm, yo— Louis parpadea confundido al oírlo balbucear y mover sus manos, sonriéndole divertido a lo que el marinero resopla una risa—. Yo, como que un día oí que alguien te gritaba y me preguntaba si… ¿tu nombre es Bleu?— suelta por fin, señalándolo.

Aunque no ha entendido la mayoría de lo que ha dicho el marinero, reconoce fácilmente el nombre que Antoine le otorgó los últimos días. Mira al ojiverde con desagrado por el nombre, negando con la cabeza.

—No, no Bleu— responde rápidamente, haciendo una mueca que se le contagia al pescador.

Si no te llamas Bleu, cuál diablos es tu nombre— aunque parece que eso ha sido más para él mismo que para Louis, la frustración en su voz hace suspirar a Louis.

—No Bleu— repite, porque no quiere oírlo decir más ese tonto apodo.

—Si, si, ya entendí que no te llamas así— resopla el ojiverde, mirándolo frustrado. Vuelve a señalarlo—. Tu nombre— parece rogarle—. Nombre— repite, pero está vez en español.

Louis suelta un gritito sorprendido al oírlo usar ese idioma. Lo mira con esperanza directo a sus confundidos ojos por su grito.

—Mi nombres es Louis— se presenta con una gran sonrisa ante los ojos brillantes del rizado al oír su nombre al fin—. No puedo creer que sepas español— dice emocionado.

—Joder, ¿hablas español y tu idioma extraño pero no inglés?— la voz del ojiverde suena aún más frustrada pero al menos ahora son dos los frustrados porque cuando Louis escucha que ha vuelto a su idioma natal, resopla rodando los ojos, haciéndole reír—. Somos todo un caso, ¿eh, Louis?— sus ojos brillan cuando escucha su nombre en la ronca voz del rizado que le sonríe ampliamente al verlo—. Me gusta tu nombre, Louis.

Louis hace una pequeña mueca al oírlo, entonces lo señala y pide saber el suyo como puede:

—¿Tu nombre?— pide saber en un muy feo spanglish que hace reír al ojiverde.

—Harry, mi nombre es Harry.

Ese día ambos se despiden con menos timidez que el día anterior, usando sus nombres como una despedida que deja en ambos la necesidad de ver al otro pronto otra vez.

—Harry— Louis le dice adiós, agitando su mano, saboreando su nombre todo el camino hasta el hostal.

🌅

A pesar de la suerte de Harry para ver tres días seguidos a Louis, el sábado su suerte lo abandona.

Debió esperarlo desde la madrugada al notar la poca visibilidad de las estrellas, cuando estaba en el muelle pescando y ninguna gaviota cantaba. Sin embargo lo pilla todo por sorpresa cuando es el capitán Anthony quien cierra el puerto a las siete de la mañana, anunciando el acercamiento de una tormenta eléctrica.

—Vayan a casa, chicos— el hombre lo despide junto a Bill, palmeándoles la espalda.

Se quita la gorra con un suspiro resignado, siguiendo a Bill hacia el malecón, gruñendo por lo bajo al cielo que comienza a nublarse más y más con nubes tan grises que parecen negras.

—Vamos, hombre. Parece como si te hubiera dicho que el mundo llegó a su fin— se burla Bill de él, tomándolo por los hombros para obligarlo a caminar frente a él—. El extranjero no se podrá ir con una tormenta, así que seguro lo miraras aún aquí cuando pase— le tranquiliza, porque Harry es tan transparente que su mejor amigo casi puede leer sus pensamientos.

—Se llama Louis— le corrige Harry, saboreando el nombre. Desde que se lo dijo, se ha vuelto su nueva palabra favorita y vaga por su mente constantemente junto a sus resplandecientes ojos azules.

Ellos ya están cerca del parqueadero para ese punto y Harry no se sorprende de ver a Sophie recargada en la Ranger, esperando a su esposo. Con lo apacible que está el lugar, ella lo escucha con facilidad porque frunce el ceño.

—¿Quién es Louis?— pregunta confundida antes de reír cuando Bill corre hacia sus brazos, lanzando sus cosas a la parte de atrás de su camioneta en el proceso—. Cerraron el mercado, así que vine a esperarte aquí— le dice a su esposo.

—Cerraron todo el puerto, cariño. Debemos llegar a casa antes de que cierren el paso del canal— informa Bill.

Eso distrae lo suficiente a Sophie como para que Harry no deba responderle, aunque está seguro de que cuando ella esté en casa le preguntara a Bill y éste fácilmente se irá de boca. Su mejor amigo es un chismoso.

—Debo llegar a casa antes de que comience a llover, Clío se pone como loca con los truenos si no estoy— hace una mueca, despidiéndose de ambos con un abrazo—. Tengan cuidado, nos vemos cuando pase la tormenta.

Suben a sus respectivos autos y siguen diferentes caminos. Ya que Bill y Sophie viven del lado norte del pueblo, pasando el canal del río hacia la montaña, y Harry vive en la parte sur del pueblo, cerca de la playa.

Dado al mal clima realmente no obtuvo mucha pesca, sólo un par de caballas que al menos son algo. Las echa en la hielera que mantiene en la parte trasera de su Chevy, pensando qué tal vez debió compartir una con Bill que se fue con las manos vacías este día. Con un suspiro sube a la camioneta, ahora por lo menos tendrá alimento en casa si la tormenta se prolonga.

Ojalá que no, porque Harry odia la lluvia.

Se apresura a llegar a casa, bajándose de la Chevy para abrir el portón de su hogar y luego meterla dentro, estacionándola en su lugar habitual del patio. Cierra el portón después, asegurándolo bien y agradecido por el muro reforzado que rodea el terreno de su casa.

Abre la puerta de su casa, sin sorprenderse cuando Clío aparece derrapando sus patas por la puerta de su habitación. Ella ya está histérica y ni siquiera ha empezada la lluvia, pero Harry supone que puede sentir su cercanía con sus super poderes caninos.

—Tranquila, Clío, ya estoy en casa— la calma palmeando su cabeza, luego vuelve a salir hacia la camioneta dejando la puerta de la casa abierta.

Clío lo sigue mientras él baja sus cosas de la camioneta para meterlas en su hogar, luego lo acompaña mientras Harry prepara una rápida sopa con pescado fresco.

Para las nueve el cielo luce tan oscuro que a Harry casi no lo sorprende el zumbido de un trueno a la lejanía, sin embargo a Clío sí puesto que ladra fuertemente, asustada. Deja los platos en los que desayuno en el fregadero para después, apresurándose para ir con Clío.

—Anda, niña. Vamos al cuarto, sólo es una tormenta— la tranquiliza, palmeando su lomo para hacerla caminar.

La histérica golden retriever salta sobre la cama apenas entran, hurgando las cobijas deshechas con su hocico para meterse entre ellas. Harry se ríe viéndola, quitándose su ropa de pesca para ponerse un chándal y una playera. Sube a la cama con ella, alcanzando a abrazarla cuando ella se asusta al sonido de otro trueno.

La lluvia todavía no comienza de modo que Harry sabe que todos esos truenos y relámpagos que comienzan a iluminar el oscuro cielo están ahora sobre el mar, acercándose más. Suelta a Clío en un momento de calma para sacar del cajón de su cómoda un par de velas, sabiendo que en cualquier momento se cortará la corriente eléctrica, luego vuelve junto a su histérica mascota.

Pasa así todo el sábado, calmando a Clío con su presencia en medio de la fuerte lluvia. Ella lo sigue a cualquier sitio cada vez que él tiene que dejar su lado por algún motivo. Harry come y cena sopa de pescado, y se duerme tal vez antes de las nueve con Clío acurrucada en su costado. Sin embargo no tiene un sueño tranquilo gracias a la tormenta, pues los truenos y la iluminación de los relámpagos perturba su sueño y el de Clío constantemente.

Para cuándo despierta son las nueve de la mañana y sigue lloviendo, aunque poco pero aun así ni él ni Clío se atreven a salir. Prepara su desayuno, huevos con tostadas y salchichas asadas, y antes de servirse le sirve a Clío sus croquetas. Así desayunan juntos en un silencio brumoso, el humor de ambos aún ensombrecido por el clima que a ninguno de ellos le gusta.

La lluvia no se quita sino hasta las cuatro de la tarde, el cielo se despeja en cuestión de minutos dejando salir el sol que como siempre después de cada tormenta brilla mucho más, reflejando sus rayos sobre las gotas de lluvia que quedaron sobre el pueblo tras la tormenta. El cielo limpio y el pronto canto de las aves saliendo de sus refugios son una invitación para Harry y Clío para salir de su guarida a respirar aire fresco.

Se prepara un rápido emparedado de queso con jamón y tomate, que se come con una sola mano mientras busca ropa y al terminarlo se viste con un jeans ancho rasgado de las rodillas y una simple camisa blanca, se pone unos converses rojos desteñidos y toma la correa de Clío. Va en busca de ella mientras se toma un vaso de jugo, encontrándola trepada en un sillón de la estancia mirando por la ventana hacia el patio.

—¿Quieres salir?— le pregunta sonriendo.

Clío salta del sillón y corre hacia él meneando su cola con felicidad, mirando la correa colgando de la mano de Harry se sienta sobre sus patas traseras sacando la lengua con emoción en espera de qué le ponga el lazo azul.

Bajan a la playa en poco tiempo, saludando en su camino a los vecinos que como ellos han salido a respirar el fresco que dejó la tormenta. Caminan por la orilla de la playa hasta llegar al malecón y luego siguen su camino por la arena en lugar de subir a éste, así van hasta el muelle donde Harry encuentra a varios compañeros de pesca revisando los daños que dejó la lluvia. Se unen a los pescadores en el muelle y Harry se presta para ayudar a sus colegas a mover las embarcaciones mientras Clío corretea y ladra contenta, dejándose acariciar por los viejos hombres.

—Muchas gracias, muchacho, ninguno de estos panzones podía ayudarme a voltearlo— le agradece el señor Edson a Harry cuando le ayuda a voltear su bote que por la marea se volcó.

Harry se ríe de la expresión usada por el señor Edson, palmeándole felizmente la espalda cuando comienzan a caminar para reunirse con los otros hombres. Mientras Harry está ahí en el muelle con la mayoría de sus colegas, acompañado por Clío, escucha pasos resonando por la madera de la construcción.

Sus ojos se reúnen con unos bonitos ojos azules cuando viaja su mirada hacia la procedencia del sonido. Louis le sonríe ampliamente al verlo, caminando junto al capitán Anthony y un trío de personas desconocidas para Harry que, sin embargo, parecen ser familiares para el castaño porque puede verlo hablar fácilmente con todos mientras hacen su camino.

A pesar de las ganas que tiene Harry de acercarse a saludar al ojiazul, lo frena el verlo hablar tan agradablemente con el par de chicas y los dos hombres que le acompañan. Louis puede entenderlos a ellos pero no a él y el pecho de Harry duele con ese hecho. Mientras los ve dirigirse hacia el velero del capitán Anthony, Harry se promete preguntarle al hombre mayor sobre el idioma hablado por su bonito extranjero. Harry sabe que el capitán es un políglota que habla más de seis idiomas, entre ellos es seguro que está el idioma de Louis pero con la suerte de Harry éste quizás es el alemán.

Louis eleva una de sus delgadas manos en un gesto de saludo hacia él cuando sube al velero junto a los otros tres jóvenes, Harry corresponde el gesto con una enorme sonrisa.

—¡Harry!— el señor Smith le llama la atención con un grito, Harry se vuelve a él escuchando las risas de sus colegas—. Hijo, cierra la boca. Ese pobre extranjero seguro se asustó de tu cara de idiota— se burla el hombre.

Harry se pone rojo de vergüenza al verse descubierto por sus compañeros, Clío ladra al son de las risas de los viejos hombres como si tuviera conocimiento del porqué de las burlas. Gruñendo la toma de la correa, dispuesto a irse de ahí.

—Nos vamos, los veré en la madrugada— se despide sonriendo, lanzando una última mirada hacia el velero del capitán Anthony saludando a la distancia al hombre que está soltando las sogas de su embarcación para navegar.

Por fortuna o desgracia Louis no vuelve a reparar en él, pero aun así Harry se siente contento por haberlo visto aunque fuera de lejos y por poco tiempo. Vuelve a casa pidiendo a todos los dioses que conoce que Louis siga en el pueblo aún mañana, deseando unirse a él como días anteriores para juntos hacer pulseras y collares.

🌅

Si Harry llegó a tener alguna duda de si Bill lo apoyaba en su ya notable enamoramiento con Louis, ésta se disipó el lunes al bajar del barco de pesca y encontrarse con su mejor amigo en el muelle.

—Te traje esto para tu chico— es el saludo de Bill, que lo intercepta a la salida de la oficina donde recibió su paga del día. Su mejor amigo le da una bolsa de plástico, con un par de estrellas marinas y algunos caracoles—. Los pedí en el barco, pensé que te haría quedar mejor con él— se encoge Bill de hombros, este día él se fue a altamar más temprano que Harry, ya que no logro despertar para la pesca de madrugada.

—Gracias, colega— le agradece Harry con una amplia sonrisa, tomando la bolsa en la misma mano donde lleva la bolsa de plástico con sus propios caracoles que recolectó hoy de las redes.

No tiene idea de si Louis estará en el puesto o no, y su corazón duele de pensar que podría no encontrarlo, sin embargo se siente agradecido por el gesto de Bill. Pero su mejor amigo puede leerlo muy bien, porque sin necesidad de que verbalice sus pensamientos el más alto le informa:

—Está en su puesto, Sophie me ha dicho— dice Bill para tranquilizar sus pensamientos, sin embargo a la mención de su esposa Harry resuella, palmeando su frente—. ¡Lo siento!— se disculpa Bill rápidamente, antes de que Harry pueda quejarse de él por ser tan chismoso—. Es que me estaba hablando sobre juntarte con Mickey y a mí sólo se me escapó.

—Bill— gruñe Harry su nombre, mirándolo mal.

—Hey, al menos sirvió porque ella sabe dónde se está quedando tu extranjero— lo apacigua Bill con una sonrisa y un guiño.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?— pregunta, tratando de parecer lo más desinteresado posible y sin lograrlo, por la risa que suelta su mejor amigo al palmearle la espalda, haciéndolo emprender su camino.

—Se está quedando en el hostal de los Masen— le informa Bill sonriéndole muy amplio—. Ya sabes que mi suegra es muy amiga de la señora Catina, así que Sophie se ha enterado de que el chico en realidad lleva un buen par de semanas aquí, casi un mes— sus palabras alientan a Harry.

—¿Sabe qué idioma habla? ¿Cuánto tiempo más va a quedarse?— pregunta Harry rápidamente, pero Bill hace una mueca.

—Eso no lo sabemos— admite, pero tratando de alentarlo agrega—. Aún.

—Bueno, al menos ahora sé que tiene mucho tiempo aquí y que sigue aquí— sonríe Harry con esperanza—. Tal vez se va a quedar más tiempo.

—Podría ser, porque está trabajando en el hostal también— agrega Bill, encogiéndose de hombros—. Sophie lo sabe porque la señora Catina lo ha estado llevando con ella cuando hace sus mandados en el mercado, dice que a veces ha ido él solo por pedidos del hostal.

Eso sin duda planta más esperanzas en Harry, que sonríe más amplio y se endereza en su paso como si le hubieran quitado algún peso de encima. Bill se ríe de él, palmeando su espalda otra vez.

—Anda, ve a buscarlo— le despide Bill cuando llegan al malecón, guiñándole un ojo—. A mí Sophie me espera en el restaurante de sus padres.

—Me saludas a todos— sonríe Harry, despidiéndose.

Camina a paso ligero y sin perder su sonrisa hacia el lugar que ha tomado Louis como suyo, feliz de saber de antemano que su bonito ojiazul estará ahí. Mientras se acerca Harry puede verlo charlar con el capitán Anthony y una pareja joven, sin embargo los tres se alejan del puesto conforme Harry acorta más la distancia. Para cuándo Harry llega, el trio de personas ha cruzado la calle pero no le toma importancia cuando Louis repara en él y le sonríe muy amplio, con pequeñas arrugas alrededor de sus ojos azules que se vuelven pequeñitos y brillantes.

Harry está un poco sin aliento cuando se detiene frente a Louis, totalmente embobado por la belleza del castaño que lo ve con alegría. Traga saliva cuando Louis sale de detrás de su mesa, dejándose ver con sus pequeños pantalones de mezclilla que dejan a la vista sus torneadas piernas morenas, la camisa roja que lleva es tallas más grandes que él y ondea ante el movimiento y luce tan pequeño que Harry quiere envolverlo en sus brazos y besarlo hasta el fin de su vida.

—Joder, estás precioso— no puede evitar soltar y Louis suelta una pequeña risita, como si hubiese entendido alguna de sus palabras lo que hace sonrojar a Harry que carraspea un poco, tendiéndole el par de bolsas con tesoros marinos—. Hola— saluda sin perder su sonrojo.

—Hola, marinheiro— le saluda Louis sonriendo, su voz es tímida y una mezcla de su propio idioma y el de Harry, lo que hace sonreír al más alto.

Louis toma ambas bolsas felizmente, con sus ojos brillando ante el visible contenido. Suelta un jadeo sorprendido cuando ve el par de estrellas, que saca rápidamente para tomarlas en sus manos. Mientras Louis inspecciona sus tesoros, Harry deja sus cosas en el suelo y se acerca más al ojiazul que le sonríe muy grande.

—G-gracias, Harry— agradece en inglés, aunque con un poco de dificultad que enciende de rojo sus mejillas.

Es tan arrebatadoramente bonito que Harry pierde el aliento de nuevo. Y tal vez vuelve a perderlo un par de veces más el resto de la tarde que pasa junto a Louis haciendo de nuevo pulseras de conchitas.

🌅

—¿Ya has pensado si te irás de regreso a Portugal con nosotros el miércoles?— le pregunta Flavia a Louis cuando vuelve al hostal al anochecer del lunes.

El buen humor que Louis había conservado durante su camino luego de haber pasado una tarde más junto a Harry se disipa al escuchar la pregunta de la morena que lo intercepta en el pasillo de las habitaciones. Flavia ni siquiera lo saluda pero tampoco está siendo grosera, pues su pregunta ha venido con una sonrisa radiante y ojos chispeantes y Louis sabe que ella y su novio, así como su hermana menor, sólo están felices de haber conocido a alguien más con sus mismos orígenes en un lugar tan lejano como Inglaterra, ellos sólo tienen buenas intenciones e incluso le han ofrecido su casa en Lisboa por si él no quiere volver a Oporto, sin embargo no sabe si está listo para volver a Portugal.

—Yo… no lo sé aún— admite con una tímida sonrisa.

Flavia le sonríe ampliamente a pesar de ello, abrazándolo por los hombros cálidamente para darle un sonoro beso en la mejilla.

—Hey cariño, a veces encontramos nuestro hogar donde menos lo imaginamos— le dice Flavia con cariño, sus palabras conmocionan un poco a Louis sin embargo ella sólo le guiña un ojo, alejándose de él—. Iremos a un pequeño bar que nos ha recomendado el capitán, ¿te unes a nosotros?— Flavia cambia de tema.

—Gracias pero estoy bien, recuerda que yo trabajo aquí por las mañanas— le recuerda Louis riendo—. Diviértanse por mí.

Cena con los señores de la casa cuando se quedan solos al irse los tres chicos portugueses que llegaron el viernes por la tarde. A pesar de que el trio de jóvenes son realmente agradables, la señora Catina no ha estado de un humor muy bueno los últimos días así que mientras están en la mesa, como otros días, tanto Louis como el capitán Anthony tratan de no molestarla con nada. Louis quiso atribuirle al mal clima el humor de Catina, sin embargo con el pasar de los días no tiene idea de que pensar sólo empieza a preocuparse.

—Lavaré los platos— se acomide rápidamente cuando los tres terminan sus platos, levantándose para alzar la mesa.

El capitán Anthony agradece y se va a la sala, pero Catina sigue a Louis a la cocina ayudándole a llevar algunos platos. Su silencio se siente inusualmente tenso, pero Louis no sabe de qué manera preguntarle qué le sucede. A pesar de hablar el mismo idioma, ambos parecen ser malos para hablar de sus sentimientos.

—Iré a dormir temprano— anuncia ella cuando deja los platos en el fregadero, acercándose para darle un maternal beso en la mejilla que a pesar de todo hace sentir cálido a Louis—. Te veo mañana, hijo. Descansa.

—Hasta mañana— sonríe Louis, atreviéndose a darle un rápido abrazo.

Teme haberse pasado, sin embargo la señora Catina le corresponde el gesto. Luego de que ella se marcha, Louis termina pronto con los platos y después va a la estancia para encontrar al capitán.

—Si no necesita nada, me iré a mi habitación— le dice Louis al hallarlo.

—No, hijo. Me quedare aquí esperando a los muchachos, para cerrar. Ve y descansa— le sonríe el hombre, mirándolo desde detrás de un grueso libro.

Louis murmura un bajito buenas noches antes de subir las escaleras a su habitación. Con un pesado suspiro se encierra en ésta, tirándose sobre la cama y cerrando sus ojos. A pesar de traer aún en la cabeza la pregunta de Flavia, el cansancio físico lo vence rápidamente.

Cuando se despierta a la mañana siguiente aún conserva sus calcetines y la misma ropa que utilizo el día anterior para vender en la playa. Apaga el ruido de su alarma sorprendido de verse con esa vestimenta y se levanta tallándose un ojo. Es una fortuna para él el no haber tenido ningún sueño a pesar de la tormenta que tenía en la cabeza, sin embargo el torrente de pensamientos lo abruma cuando está bajo la ducha.

Aunque Louis no quiere regresar aún a Portugal, no sabe qué tan apropiado sería seguir en Inglaterra. Ha pasado más tiempo en Looe del que ha pasado en cualquier otro lugar y el conocimiento de eso lo pone a pensar tal vez de más.

Baja al comedor pensando en que lo mejor es consultar las cosas con la señora Catina. Puede que él ya sienta Looe como el hogar que buscaba, sin embargo no sabe qué tan bienvenido sea a quedarse aquí. Tiene que saber si los sentimientos que tiene no son sólo unilaterales, porque quizás él siente a los señores Masen como otros padres pero, ¿ellos lo querrán así? A pesar de saber que el matrimonio nunca pudo concebir hijos, eso no quiere decir que quieran bajo su hogar a un joven huérfano que pasa ya los veinte años, por mucho que este joven sea capaz de valerse por sí mismo y obtener su propio sustento sin causarles problemas.

—Buenos días, Louis— le saluda Amalia, la hermana de Flavia, cuando lo ve aparecer en el comedor.

No hay rastro de su hermana ni del novio de esta, por lo que Louis asume que deben seguir dormidos y tal vez no tan frescos como luce la menor que se encuentra ya desayunando con el capitán Anthony.

—Buenos días a ambos— sonríe Louis, siguiendo de paso hasta la cocina para buscar a la señora Catina.

La encuentra frente a la estufa, sirviendo un plato de salchichas.

—Buenos días, mi niño— le saluda ella aún sin verlo y él sonríe al haber sido reconocido sólo por sus pasos—. ¿Quieres que te sirva el desayuno ya?

—Está bien— acepta, incapaz de sacar en ese momento lo que lleva en la cabeza. Ver a Catina de tan buen humor lo ha frenado, ha pasado días con un humor oscuro y Louis no quiere arruinarlo hoy.

Se unen a la mesa con Amalia y el capitán y cuando Flavia y Paco bajan, Louis les sirve el desayuno para evitar que Catina se ponga de pie. Por fortuna para Louis, la pareja aún continúa con resaca por lo que no hablan mucho mientras comen de modo que ninguno de ellos le pregunta de nuevo si volverá a Portugal al día siguiente.

Cuando la mesa se levanta, los tres jóvenes vuelven a sus habitaciones a prepararse para su día puesto que saldrán a altamar con el capitán Anthony. Louis a pesar de ser invitado se niega amablemente, en su lugar decide quedarse para poder hablar con la señora Catina.

Después de terminar de limpiar la casa, cuando se reúnen en la estancia para su sesión de estudio, es que decide sacar el tema ante ella.

—Flavia me ha sugerido volver con ellos a Portugal— empieza, mirando con atención su libro de texto para no ver a la mujer mayor que suelta un suspiro.

—Me imaginé que eso pasaría— es lo que responde ella, poniendo con suavidad una de sus manos sobre la rodilla derecha de Louis que tiene a su alcance—. ¿Te quieres ir con ellos?— pregunta con cuidado.

—No, no quiero— admite Louis rápidamente, hablando con su corazón—. Pero tampoco sé si es correcto continuar aquí— murmura.

—¿Por qué no lo sería, mi niño?— pregunta Catina suavemente y Louis no puede evitar hacer un suave puchero ante su voz y el lindo mote.

—Porque aunque ya siento que es mi casa no sé si pueda serlo de verdad— responde con un murmullo que se rompe en un frágil sollozo al final.

Catina se apresura a envolverlo entre sus brazos con fuerza y Louis llora cuando puede sentirla besando repetidas veces su cabeza castaña.

—Esta es tu casa si quieres que lo sea, Lou— le arrulla ella y por su tono de voz más ronco Louis puede adivinar las lágrimas en sus ojos, sin embargo no puede verlas por el abrazo que mantienen en el que se siente tan pequeño y amado que sólo puede seguir llorando—. Nada nos haría más felices a Anthony y a mí que tenerte aquí siempre, hijo— admite Catina, separándolo con suavidad para darle un suave beso en la frente—. A pesar del poco tiempo que tienes aquí, nosotros te queremos como el hijo que nunca tuvimos. Si quieres quedarte aquí, nosotros seremos el apoyo que perdiste— le dice con dulzura, haciéndolo sonreír entre sus lágrimas.

—Quiero quedarme con ustedes, quiero que Looe sea mi casa— confiesa con una sonrisa acuosa que Catina seca con besos en sus mejillas.

—Entonces será tu casa, mi niño— Catina lo vuelve a abrazar con fuerza.

Estudiar esa tarde se vuelve fácil cuando se quita ese peso de encima y el humor de Catina mejora aún más luego de su charla. Para cuándo terminan y él sube para limpiarse y poder irse al malecón con sus artesanías, se siente ligero y feliz.

—Te serví almejas en un traste y rellene tu bote de agua, comes bien— le recuerda Catina cuando lo ve bajar las escaleras de nuevo, vestido para otro día de ventas.

Lleva puesto ahora un pantalón de manta blanco que suele ponerse muy poco, pero al que ha tenido que recurrir al tener su ropa en el lavadero aún. Ya que piensa quedarse en Looe, sabe que deberá ir pronto a conseguir un poco más de ropa puesto que no tiene mucha, viajar de mochilero lo ha hecho tener un guardarropa corto en el que sólo tiene lo esencial. Además del pantalón blanco, lleva sus vans del mismo color y una musculosa de tipo crotop verde olivo; se siente fresco y bonito y cuando Catina lo nota y se lo hace saber solo puede sonrojarse.

—Te ves muy bonito, Lou. Vas a vender mucho hoy— le sonríe Catina, guiñándole un ojo para hacerlo reír—. Hasta parece que te has puesto así de bonito para alguien en especial— inquiere sonriendo.

A pesar de haberlo visto llegar diario con su nueva bolsa de tela llena de caracoles y conchitas, no ha logrado sonsacarle ni una sola vez información de su procedencia, sin embargo ahora Louis se siente listo para hacérselo saber. Teniendo segura su estancia permanente en Looe, las esperanzas de aprender el idioma y conocer mejor a Harry crecen en Louis que se siente feliz de hacerle saber a Catina sobre el pescador.

—Hay un joven pescador que por las tardes se queda conmigo a hacer pulseras— confiesa Louis con un sonrojo, tomando la bolsa con su comida entre las manos.

—¿Tiene que ver este joven con tu deseo por aprender inglés?— pregunta Catina sonriéndole.

—Tal vez— se encoge de hombros con una sonrisa—. Él es muy lindo, todos los días me lleva caracoles o cosas para mis collares, creo que los saca junto a su pesca— confiesa azorado, haciendo reír a Catina.

—¿Sabes cómo se llama este joven?— se interesa en saber, siguiéndolo hacia la puerta para que tome sus cosas—. ¿Has podido hablar con él?

—Él habla y habla siempre, pero yo no lo entiendo— admite, encogiendo un hombro—. Sin embargo eso no lo detiene, a veces creo que habla más con el mar que conmigo pero siempre es feliz, así que me pone feliz también— sonríe, recordando a Harry parloteando cada vez que se ponen a tejer pulseras—. Pero si sé su nombre y él el mío, se llama Harry— dice con una gran sonrisa y sus mejillas sonrojadas, ojos brillando ante el recuerdo de su guapo pescador.

—Harry Styles, pero claro que es ese muchacho— responde Catina riendo, palmeando una mejilla de Louis con cariño haciéndolo ponerse aún más rojo—. Oh, mi niño— le tranquiliza con una sonrisa cuando lo ve preocuparse por su risa y por cualquier cosa que podría decirle de Harry al ser claro que le conoce—. Es un gran muchacho, hombre muy trabajador— le guiña un ojo—. Lo conocemos desde niño, sus padres son amigos nuestros.

—¿De verdad?— pregunta asombrado, acomodándose sobre los hombros su morral.

—Así es. Tiene una melliza, pero ella y sus padres viven ahora en Plymouth y él se quedó solo en el pueblo, no quiso dejar la pesca— sonríe Catina con cariño.

—Yo quiero aprender a entenderlo— confiesa Louis, mirando hacia sus cosas para evitar la mirada de Catina que lo ve con dulzura—. Quiero poder responderle cuando habla, saber qué es lo que dice.

—Lo harás, hijo. Tienes tiempo para eso ahora, no te irás y Harry tampoco— le alienta ella, dándole un beso en la frente—. Anda, ve a vender tus cosas. Seguro que lo verás hoy otra vez.

—Tal vez, ayer lo hice— se emociona, sonriendo ampliamente—. Te quiero mucho, mamá Catina. Gracias por dejarme quedarme con ustedes— agradece sinceramente, dándole un fuerte abrazo a la mujer antes de tomar sus cosas e irse.

Catina se emociona ante el nuevo nombre que le ha dado, Louis puede notarlo en su mirada cuando se aleja así que no es necesario que ella diga nada, con una sonrisa compartida ambos saben que el sentimiento es mutuo.

🌅

A pesar de lo que le dijo Bill el lunes y a pesar de haber pasado ese día y la tarde del martes y miércoles junto a Louis, Harry no está seguro sobre la estancia de su ojiazul en el pueblo hasta que puede hablar con el capitán Anthony el jueves que baja del barco de pesca. Su mejor amigo lo deja ir hacia el hombre mayor cuando ve sus intenciones, yéndose solo hacia su camioneta mientras Harry intercepta al capitán en el muelle.

—Buenas tardes, capitán— le saluda amablemente llamando la atención del hombre.

El capitán Anthony sigue manipulando las sogas que atan su velero al muelle cuando le responde a Harry.

—Harry, muchacho— lo reconoce, aun dándole la espalda. Harry deja sus cosas sobre el suelo y se agacha a su altura para ayudarle a atar el navío—. Gracias, chico— el capitán le palmea la espalda cuando termina el trabajo con su ayuda, aceptando la mano que Harry le da después para ponerse de pie—. ¿Vienes del barco?— le pregunta con una sonrisa al ver su caña y red ser tomadas de nuevo, junto a su lonchera y la bolsa de plástico con los pequeños regalos de hoy para Louis.

—Así es, capitán— asiente Harry, asiendo sus cosas—. Yo quería hablar con usted, preguntarle un par de cosas— confiesa, tratando de no sonar tan nervioso como se siente de repente.

Es repasado por la mirada del capitán que por último le sonríe, asintiendo.

—Claro, muchacho. Pregunta lo que quieras— le instruye el hombre, recargándose sobre uno de los troncos más altos que conforman las orillas del muelle.

—Espero no ser entrometido ni un atrevido, pero quisiera saber si puede decirme el idioma que habla Louis, el chico que está quedándose en su hostal— inquiere, tratando de sonar seguro a pesar de que puede sentir sus mejillas sonrojándose bajo la atenta mirada del hombre mayor que sonríe socarronamente.

—¿Eso es para él?— el capitán pregunta en lugar de responder, señalando con su barbilla hacia la bolsa de plástico en la mano izquierda de Harry donde son visibles los caracoles y una gran estrella que pescaron por azar hoy.

Harry se confunde ante la pregunta, pero decide responder con la verdad luego de encogerse de hombros mentalmente.

—Sí, he estado quedándome con lo que se viene entre la pesca que pueda servirle a Louis— admite, dando una media sonrisa al hombre que se ríe suavemente.

—Siempre has tenido esa manera de cortejar a los portugueses, eh muchacho— se ríe el capitán y los ojos de Harry se abren en su totalidad ante el nuevo descubrimiento.

Portugués. Su ojiazul es portugués.

—Todavía recuerdo que así también pretendías cortejar a mi mujer cuando eras niño, obsequiándole caracoles que encontrabas cuando salías a pescar con Robin— continua hablando el capitán, provocando que las mejillas de Harry se vuelvan de un color bermellón.

—¿Louis es familiar de la señora Catina?— pregunta con cuidado, queriendo saber si la procedencia de Louis lo une de alguna manera a los Masen.

El suspiro y la mueca que cruza la cara del hombre mayor confunden a Harry, piensa disculparse al pensar que ha preguntado algo que no debía cuando el capitán habla luego de un encogimiento de hombros, como si estuviera resignado.

—Louis es un joven huérfano que dio con los brazos anhelantes de mi maternal mujer— explica mientras ve a Harry—. Lo trajo aquí el destino luego de años viajando de mochilero, Catina y yo lo hemos adoptado— concluye sonriendo con suavidad, una sonrisa tranquila y amorosa que Harry sólo llegó a ver en el hombre cuando él y su melliza eran más niños, cuando la pareja mayor todavía no sabía que no podrían concebir nunca hijos propios.

—Gracias por contarme esto, capitán— agradece de verdad Harry, mirando al hombre con respeto—. Me alegra que usted y su mujer tengan ahora un hijo, me alegra que Louis se quede con ustedes— admite con una sonrisa de hoyuelos, sintiendo su corazón tranquilo.

—Estoy seguro de que te servirán algunos libros de portugués, eh— inquiere el hombre mayor, cambiando de tema con facilidad y haciendo reír a Harry que asiente rápidamente.

—Si, por favor. Lo agradecería mucho— responde sin perder su sonrisa—. Quiero poder hablar con Louis, entenderlo. Creo que tengo un enamoramiento con él— confiesa sin temor, dejando a flote sus emociones sin pudor.

—Ya lo creo que él contigo también, si el que quiera aprender inglés es una pista— le confía el capitán, guiñándole un ojo, Harry no puede evitar sonreír muy grande, inflando su pecho ante esas palabras—. Te traeré algunos libros mañana y siempre que tengas dudas, puedes ir conmigo o Catina para resolverlas. Ella está enseñando inglés a Louis cada tarde— le cuenta y en su voz es notable el cariño cuando habla de su mujer y a quien consideran ahora su hijo. Ante el recuerdo del pequeño ojiazul, despide rápidamente a Harry—. Pero anda, ahora ve con Louis. Debe de seguir en su puesto y por lo que he oído en casa, debe estarte esperando para hacer pulseras, marinheiro.

Las palabras del capitán hacen reír a Harry, que asiente felizmente. Hace toda una maniobra con sus cosas en las manos para poder hacer un gesto marinero hacia el capitán como despedida, sonriéndole muy grande al hombre.

—Hasta luego, capitán. Gracias por responder mis preguntas— se despide Harry.

—Si no supiera que eres un buen chico y que Louis no estaría mejor con nadie en este pueblo que contigo, no lo habría hecho, muchacho. Ahora vete, no hagas esperar a mi hijo— sonríe el capitán, el orgullo bañando con dulzura el ultimo par de palabras.

Harry asiente haciendo un último gesto de despedida antes de emprender rápidamente su camino hacia el malecón, prácticamente flotando de felicidad hasta el puesto de Louis, agradeciendo en silencio a todos los dioses porque ahora sabe que el bonito ojiazul que ha robado todos sus pensamientos permanecerá en el pueblo por mucho tiempo.

—Hola, creo que eres el amor de mi vida y voy a aprender tu idioma hasta que pueda decírtelo e invitarte a una cita— habla un poco sin aliento cuando llega frente a Louis, que salta de su lugar en el muro de contención del malecón hacia el suelo, parpadeando confundido cuando escucha sin entender todas las palabras de Harry—. También sería bueno si aprendes antes mi idioma, podría invitarte a una cita igualmente— sigue hablando, sonriendo muy grande mientras deja sus cosas en el suelo sin perder de vista a Louis antes de ponerse de pie con la bolsa de plástico que le entrega directamente en sus manos, atreviéndose a sostenerlas entre las suyas en el proceso, perdido en el suave aleteo de las pestañas de su bonito ojiazul que se sonroja ante la repentina cercanía sin embargo no lo aleja, en su lugar le sonríe tímidamente—. Olá, carinho— pronuncia Harry con cuidado, contento de recordar la manera en que siempre oía que saludaba la señora Catina a su esposo.

Tiene un vago recuerdo de lo que significan las palabras con exactitud y lo confirma cuando ve las mejillas del menor sonrojarse. Louis lo ve a través de sus pestañas mientras aprieta gentilmente sus dedos que aún sostienen sus delgadas manos, haciendo sonreír amplio a Harry.

—Hola, mi guapo p-pescador— tartamudea Louis, tan sonrojado que Harry no puede evitar inclinarse y besarle ambas mejillas con emoción hasta arrancarle una risita nerviosa.

Se siente emocionado de oír a Louis hablar su idioma, tal vez se emocionaría más si supiera cuanto ensayó Louis esas palabras con Catina durante su última lección de inglés. Pero eso es algo que Louis sólo le confesará después, quizás.

🌅

Una vez que la nacionalidad e idioma natal de Louis quedaron en el conocimiento de Harry, la suerte parece sonreírle de nuevo puesto que los días se vuelven apacibles sin la constante duda y todo parece anclado desde que supo que Louis no se irá de Looe.

Así las citas para hacer pulseras en las tardes se convierten en charlas interminables en las que pocas veces captan lo que el otro dice, pero el no entender aun sus idiomas no importa cuando pueden interpretarse sólo por su tono de voz. Louis ya ha aprendido que la voz de Harry se vuelve profunda y sabionda cuando está hablándole sobre su trabajo, de la misma manera que Harry ha aprendido que la voz de Louis se tinta de nostalgia cuando habla de un pasado que sólo desea entender.

Y aunque durante la semana posterior a su decisión de quedarse en Looe Louis se mantuvo un poco reacio a hablar en presencia de Harry, avergonzado de hablar sin ser entendido, escuchar a Harry parlotear a su lado sin temor por la falta de entendimiento a su lengua lo hizo soltarse con el pasar de los días. La evidencia de la atracción mutua sólo los orillo a inventarse su propio lenguaje para poder entenderse, basándose en gestos de manos y cortas palabras que fueron aumentando conforme cada uno, en sus casas, aprendían el idioma del contrario mediante libros prestados por el capitán.

Para Harry es realmente complicado tratar de aprender portugués, sin embargo lo intenta con ganas estudiando antes de dormir y durante sus horas de trabajo repasa en su cabeza todo lo aprendido mientras realiza sus actividades de memoria corporal. Le toma casi seis semanas de estudio intensivo, ayudándose de oír a Louis en sus citas tardías para hacer pulseras, el poder realizar una pregunta larga y entender su contestación.

—Você quer dar um passeio mais tarde? [¿Quieres dar un paseo más tarde?]— le pregunta tímidamente a Louis un viernes por la tarde, justo cundo su bonito portugués está empacando su mercancía para volver a su casa con los Masen.

Louis lo mira sorprendido, abriendo muy amplio sus ojos azules. Una sonrisa enorme y brillante se instala en sus labios mientras observa a Harry, deslumbrando al pescador, Louis asiente efusivamente al tiempo que cierra su morral y se lo echa a los hombros.

—Eu adoraria. Te vejo aqui em duas horas [Me encantaría. Te veo aquí en dos horas]— le responde Louis, ayudándose con algunos ademanes para hacerse entender completamente y Harry sonríe amplio porque no le hace falta, lo ha entendido bien.

Se siente casi exultante por eso, sin embargo lo disfraza bien con una sonrisa de hoyuelos que sonroja a Louis. Mordiéndose internamente una mejilla Louis se pone rápidamente de puntitas sobre sus pies y le besa la mejilla lanzándole una coqueta mirada antes de alejarse y caminar hacia su hogar. Harry se apresura entonces a su Chevy y maneja hacia su casa, dispuesto a comer algo antes de volver al malecón otra vez.

En casa Clío lo recibe efusivamente como cada día y lo sigue cada paso mientras se prepara algo rápido que comer. Cuando termina su comida le sirve a Clío sus croquetas para entretenerla mientras él corre a cepillarse los dientes y ducharse rápidamente. Trata de vestirse lo mejor que puede, alejándose por completo de la fachada de pescador que Louis está tan acostumbrado a ver, Harry se pone su mejor jean oscuro acompañándolo con una camisa azul de estampado floral y su par de converses rojos. Peina sus rizos húmedos lo mejor que puede y cuando sale de la habitación Clío parece aprobarlo, mirándolo interesada con su cabeza cómicamente ladeada.

—Anda, Clío, vamos a pasear— la llama, tomando su correa. Ella corre rápido hacia él, sentándose frente a sus piernas para dejarse poner el lazo—. Vamos a caminar por el malecón, quiero que te portes bien— habla con Clío mientras le asegura el collar y el lazo, tan notablemente nervioso que la golden retriever choca amorosamente su hocico contra su mejilla para calmarlo—. Te voy a presentar a alguien importante, no me dejes ponerme en vergüenza— Clío ladra fuerte ante sus palabras, como una promesa.

Mientras camina de vuelta al malecón, Clío hace alarde de su buen entendimiento al caminar pacientemente con él en lugar de intentar correr tras cada ave que encuentran en su camino. Al llegar Harry busca a Louis entre la gente que pulula por la acera viendo el mar bajo el atardecer, lo busca guiándose por la camisa roja que le vio más temprano y su pantalón de mezclilla que muestra sus tobillos sin embargo el aire escapa de él cuando encuentra a su bonito portugués vistiendo un pantalón ancho color azul que abraza su cintura perfectamente y una musculosa corta del mismo color que los pantalones de trabajo de Harry.

—¡Clío!— grita Louis con emoción cuando lo ve, ignorándolo en favor de la joven retriever que se exalta felizmente al oír su nombre, incluso si proviene de alguien desconocido para ella.

Louis se apresura a acortar la distancia con ellos, riendo alegremente ante la vista de la golden retriever que ladra feliz. Harry boquea aún deslumbrado, mirando de pies a cabeza a Louis desde sus pequeñas vans negras hasta su cabello castaño y plumoso. Se deslumbra aún más con la belleza del pequeño ojiazul cuando Louis se hinca en la acera, sin importarle manchar su pantalón, para rodear con sus delgados brazos el cuello de Clío y abrazarla dejándose besar por ella que lo trata como si lo hubiera conocido por toda su corta vida.

—Prazer em conhecê-la, menina bonita [Encantado de conocerte, chica bonita]— le habla Louis a Clío melosamente, acariciándole tras las orejas como si supiera igual que Harry que ese es su sitio favorito para ser acariciada—. Seu pai fala muito comigo sobre você [Tu padre me habla mucho de ti]— continua Louis y Harry se ríe por lo bajo cuando Clío ladea su cabeza confundida, ladrando como si estuviera preguntando algo a Louis, tal vez le pregunta que maldito idioma es ese que ella no conoce—. No m-me entiende, como tú— se queja Louis, sin dejar de mimarla, mientras mira a Harry con un puchero que él tan sólo quisiera atreverse a besar.

—Lo hará— promete Harry, feliz de que ahora Louis pueda entender el inglés mejor de lo que Harry entiende el portugués, sin embargo él también hace su esfuerzo y mucho—. Você g-gosta [Le gustas]— dice lo mejor que puede, haciendo que Louis lo mire atentamente con una bonita sonrisa iluminando su rostro y arrugando sus ojitos azules, haciéndolo suspirar por toda su belleza deslumbrante—. Eu também [A mí también]— agrega con las mejillas rojas, que se contagian a Louis que lo mira a través de sus pestañas con la más pequeña y tímida sonrisa que hace caer aún más a Harry.

El pobre pescador ha caído en un mar desconocido que lo hace sentir maravillosamente vivo.

—Você é um tolo [Eres un tonto]— responde Louis riendo bajito, poniéndose por fin de pie para ver a Harry que arruga la nariz al comprender el insulto—, como você me fez apaixonar? [¿cómo me enamoraste?]— le pregunta y Harry esta vez frunce el ceño al no entenderlo, sin embargo por el tinte retórico en la voz de Louis adivina qué es algo que su ojiazul esperaba, lo sabe también por la sonrisita coqueta que tan común se ha vuelto en el extranjero cuando se atreve a hablar a pesar de no ser del todo entendido por el pescador—. Me gustas también, marinheiro.

Harry pudo o no suspirar de alivio al oír tal confesión.

🌅

Dado el éxito de su paseo del viernes, vuelven a repetirlo al atardecer el resto del fin de semana pero no es hasta el domingo de la semana siguiente que pueden compartir muchas más horas juntos, con Clío.

Habiéndose puesto de acuerdo el día anterior con ayuda de la señora Catina, Harry pasa por Louis en su Chevy llevando a Clío en la caja disfrutando del sol. Ella ladra con fuerza cuando se detienen frente al hostal y Louis ya está en el patio, sosteniendo la sombrilla que usa para su puesto en el malecón. Harry salta de su camioneta cuando se percata de la pequeña hielera junto a los pies de su extranjero, que sonríe ampliamente al verlo acercarse para tomarla.

—Hola, ojitos de mar— lo saluda Harry, disfrutando del sonrojo que se instala en las mejillas de Louis al oír su apodo que recientemente ha empezado a comprender.

—Hola, Harry— saluda Louis, poniéndose de puntitas para besar su mejilla y riendo cuando Clío ladra en la distancia—. Hice sándwiches para nosotros y Clío, me ayudó mamá Catina— le cuenta, pronunciando cada palabra meticulosamente con su dulce y aguda voz.

Harry está realmente sorprendido, feliz y quizá también un poco celoso de lo rápido que Louis aprende el inglés y lo bien que se desenvuelve con el idioma, aunque su nivel de inglés es aún básico su ojiazul lo habla con seguridad y cuidado, siendo capaz ahora de mantener pequeñas charlas con sus clientes y con Harry. A Harry, por el contrario, aprender portugués le cuesta un poco más pero ahora también puede tener cortas charlas con Louis que cada vez lo alienta más a seguir aprendiendo.

Al menos, se consuela Harry, ya sabe cómo decir lo que tiene semanas guardando en su pecho.

—¿Vamos?— le pregunta a Louis, señalando la Chevy mientras toma la hielera y la sombrilla en sus manos.

Louis asiente sonriendo radiante, sube con naturalidad al asiento copiloto luego de haber saludado a Clío con un beso en la cabeza que la hizo ladrar feliz. Harry sube a su asiento luego de asegurar las cosas en la caja, manteniendo la comida resguardada de su glotona mascota.

Ya que los fines de semana East Looe Beach, la playa donde Harry trabaja, está llena de turistas, Harry maneja hacia el norte siguiendo el río en busca de un sitio tranquilo, como prometió a Louis. Su trayecto es tranquilo y corto, no hablan mucho gracias al ruido del viento impidiéndolo al llevar las ventanillas bajas sin embargo Louis tararea durante todo el camino una canción que Harry no conoce.

—Ya casi estamos ahí— anuncia Harry, adentrando su Chevy más en el bosque hasta salir a una orilla solitaria del río que al aparecer en la vista hace a Louis aplaudir emocionado con una gran sonrisa.

—¡Hermoso!— exclama Louis ante la vista, sonriendo ampliamente al ver a Harry—. Gracias por t-traerme, marinheiro.

—Lo que sea por ti, ojitos— asegura Harry al tartamudeo de Louis, atreviéndose a tomar su mano derecha que descansa en la guantera para darle un suave apretón que hace reír bajito a Louis—. Anda, abajo. Clío está lista para saltar— él no está seguro de que Louis le haya entendido realmente sin embargo ante la mención de la golden retriever el portugués salta del carro con entusiasmo.

Cuando Harry le alcanza, Louis ya ha desatado a Clío que le lame el rostro en agradecimiento haciéndole reír. El hecho de que Louis no crea que eso es asqueroso y por el contrario abrace a Clío entre risas, enternece el corazón de Harry que no puede evitar sonreír, mostrando sus hoyuelos, al verlos.

—Calma, preciosa, você vai me derrubar [Calma, bonita, me vas a tumbar]— dice Louis riendo mientras ayuda a Clío a bajar, que sale corriendo apenas toca el suelo haciéndolo tambalear—. Oh, no, ¡Clío!— grita asustado, pero Harry lo sostiene por la cadera cuando intenta correr tras la alocada cachorra.

—Deixe-a, ela vai f-ficar bem. Não será perdido [Déjala, ella estará bien. No se perderá]— le tranquiliza Harry, atreviéndose a besarle una mejilla a Louis haciéndolo sonreír ampliamente.

Harry ni siquiera puede tener una idea de lo mucho que Louis ama oírlo hablar su idioma.

Pronto se instalan en la orilla del río, acomodando un mantel amarillo y liso sobre la arena y sacando de la hielera los sándwiches qué preparo Louis. Sólo ante el ruido de la comida siendo desenvuelta y su olor apetitoso, Clío vuelve corriendo hacia ellos. Termina con su cuerpo peludo sobre las piernas de Louis que la alimenta felizmente, haciendo suspirar a Harry. El pescador ha descubierto recientemente que no hay nada que lo llené más de paz que ver a Clío y Louis interactuar juntos.

Louis sonríe hacia él como si supiera lo que piensa, acariciando a Clío tras las orejas para hacerla ladrar felizmente. Los dos miran a Harry con ojos brillantes, como si Harry fuera la persona favorita de ambos como ellos son los favoritos del pescador.

—Você quer nadar? [¿Quieres nadar?]— pregunta Harry a Louis algunos minutos después de que terminan su comida, en los que sólo han estado en un tranquilo silencio tirados sobre el mantel viendo hacia el cielo.

Gira su rostro cuando escucha a Louis girar su cuerpo sobre el mantel para quedar bocabajo. Se miran a los ojos y Harry sonríe al ver la sonrisita en los labios de Louis, esa que tanto le gusta y que arruga los ojos azules del portugués de una manera que siempre hace revolotear mariposas en su estómago.

—E-estás hablando mucho portugués, me a-acostumbras— le acusa Louis sin borrar su sonrisa, haciendo alarde de su casi perfecto inglés.

Eu devo aprender [Debo aprender]— responde con un encogimiento de hombros que hace reír a Louis.

—Leve-me a nadar [llévame a nadar]— le contesta Louis con los ojos en blanco, poniéndose de pie con un ágil movimiento.

Ahora, Harry tuvo que haber pensado bien en la tortura que invitar a nadar a Louis significaría para él. Todo el aire se le escapa cuando ve a Louis abrir su camisa blanca de botones, dejando a la vista su pecho desnudo. La piel en su abdomen es más blanca que la piel de sus brazos delgados y fuertes, dejando en evidencia la falta de los besos del sol. Harry hace un esfuerzo por no tocar a Louis mientras lo ve así, un esfuerzo que se vuelve sobrehumano en el momento que Louis desabrocha su pantalón de mezclilla y lo deja caer al suelo, quedándose sólo en un pequeño short de baño color azul marino. Nadie puede culpar a Harry por recorrer con su mirada llena de adoración el bonito cuerpo que queda al descubierto ante su vista.

—Parece que você poderia me comer [Parece que me podrías comer]— murmura Louis con una risita coqueta y es por su tono de voz, tan risueño pero susurrante, que Harry sabe que esperaba no ser entendido o escuchado, sin embargo el mismo pescador se sorprende al entender lo dicho.

Y vaya, Harry sí que podría comerlo.

Louis no le da tiempo a responder o siquiera reaccionar, el portugués corre hacia el agua luego de dejar tiradas sobre el mantel sus prendas de ropa. Clío sale corriendo tras él al oírlo, dejando olvidado el trozo de madera con el que jugaba para saltar al agua junto al ojiazul aunque no tan grácilmente como éste lo hizo. Ambos se ríen ante el chapoteo de Clío que se sumerge en el agua para luego sacudir su cabeza mojando el rostro de Louis haciéndole chillar.

El agua del río no es tan dulce como debería dada a la cercanía con su desembocadura en el mar, lo que además le suma una fuerte corriente que crea pequeñas y continuas olas en el agua cristalina que destella con los rayos del sol. Harry se quita el pantalón quedando en su propio bañador amarillo y luego de quitarse la playera, atrapa la mirada de Louis sobre él. Se miran por lo que parecen horas aunque no es más que un minuto y Harry no sabe que piensa Louis pero él cree que Louis podría ser una sirena por tanta belleza y por esa manera elegante en que se sumerge en el río para escapar de su mirada, dejándolo atontado y con ganas de seguirlo a los confines de la tierra, incluso si no lo ha oído llamarlo con un canto.

Cuando Louis vuelve a salir a la superficie, Harry aún continua en la orilla con los pies en la suave arena. Se alegra de ello al ver a Louis comenzar a flotar sobre su espalda, riendo cuando las olas lo mueven y entrecerrando los ojos al sol. Harry hace mucho que está perdido de amor por Louis, lo sabe bien pero lo confirma aún mejor en ese momento.

Quisiera hacer que las olas y el sol envuelvan el cuerpo de Louis por siempre.

—Ven, marinheiro. Dijiste nadar— le reprende Louis sin dejar de flotar, tarareando una dulce melodía que encanta a Clío haciéndola flotar alrededor de él—. Vida boa, brisa e paz… Nossas brincadeiras ao entardecer, rir atoa é bom demais. O meu melhor lugar sempre é você [Buena vida, brisa y paz… Nuestros juegos del atardecer, reír es demasiado bueno. Mi mejor lugar eres siempre tú]— canta Louis, hechizando también a Harry que se lanza al agua sin mucha gracia para nadar hacia él.

Louis escapa de él con una risa antes de que Harry pueda llegar a su lado. Cuando Harry se da cuenta, Clío resopla como si estuviera riéndose de él y escapa a la orilla desde donde ladra con fuerza cuando Louis reaparece con una risa.

—Você é a razão da minha felicidade, não vá dizer que eu não sou sua cara-metade [Tú eres la razón de mi felicidad, no digas que no soy tu mejor mitad]— vuelve a cantar Louis, mirándolo tan fijamente que Harry se vuelve color carmín. Su corazón se acelera cuando comprende parte de la letra de la canción y Louis no deja de cantar para él—. Meu amor, por favor, vem viver comigo no seu colo é o meu abrigo [Mi amor, por favor, ven a vivir conmigo en tu regazo está mi refugio]— tararea sonriendo, estirando sobre el agua una mano hacia Harry que se acerca embobado.

Esta vez Louis no escapa de él cuando acorta la distancia y Harry lo atrapa con las manos en su cintura, donde parecen encajar. Una ola les hace tambalear y Louis ríe con fuerza haciendo ladrar a Clío que los ve desde la orilla y Harry quisiera pasar muchos años, toda su vida, oyendo esa familiar melodía de los dos dueños de su corazón riendo juntos.

—Estou muito apaixonado por você [Estoy muy enamorado de ti] las palabras que tanto le ha costado a Harry aprender escapan de su boca con facilidad en ese momento.

Los ojos de Louis centellean al oírlo y cuando se centran en los labios de Harry éste sabe perfectamente que hacer. Aún con sus manos en la cintura de Louis los acerca aún más hasta que ambos pechos se tocan y se amoldan, como si hubieran sido hechos para eso, entonces inclina su cabeza sobre el rostro de su bonito ojiazul y simplemente lo besa.

En algún lugar ocurre un tsunami y en algún otro se reproduce una especie que se creía estaba por extinguirse y ellos sólo se besan por primera vez, labios tímidos pero hambrientos y alientos fusionándose como uno solo en una exploración de dulce descubrimiento.

Las manos de Louis, con pequeños callos y rozaduras producto de los hilos de nylon con los que teje sus artesanías, suben por el pecho desnudo de Harry en una lenta y medrosa expedición que se detiene hasta llegar a su cuello de donde se sostiene y juega con los rizos húmedos que escapan del rodete que Harry no deshizo. Así se besan por horas o minutos, Harry con gusto lo convertiría en una vida, hasta que su necesidad de aire los separa sólo un poco, lo suficiente para que tomen una nueva bocanada de aire que parecen compartir ante tal cercanía.

Entonces, porque los dioses en los que cree Harry son buenos y aprecian su arduo esfuerzo por aprender otro idioma sólo para entender al destinatario de su más sincero amor, Louis dice:

—También estoy enamorado de ti— con la voz más dulce y encantadora que Harry ha escuchado nunca, incluso más que la de una sirena.

Luego Louis lo besa hasta que pierden el aliento de nuevo. Y vuelven a hacerlo, toda la tarde.

Y la tarde siguiente.

Ellos se besan mucho, se besan cada día y noche por años en los que viven felices en el pequeño pueblito que es Looe donde Louis encontró un nuevo hogar y Harry pescó su verdadero amor.