Pensando en ti.
Julio.
Domingo 7:30am, hora en la que la mayoría de jóvenes de mi edad seguramente llegan a sus casas después de una gran rumba la noche anterior, u otros, siguen dormidos por haber pasado la noche entera viendo películas o cualquier otra cosa, para mí, era la hora del desayuno especial, preparado por una de mis personas especiales.
Diez minutos antes, debería estar bañada, vestida y perfectamente “arreglada” para desayunar junto a mi familia, media hora antes de salir de casa con mi abuelita para acompañarla a misa, como cada domingo por la mañana.
Sonaron las campanas indicando que la hora se aproxima, no le tomo mucha importancia ya que de igual forma siempre llegamos diez minutos antes a que comience. Por lo tanto, me permito disfrutar de los deliciosos hotcakes con Nutella, especialidad de mi abue.
—¿Llevas todo en tu mochila, mi amor? — Asentí tratando de no ahogarme con la porción que mantenía en mi boca.
—El misal junto al rosario permanecen en mi mochila desde ayer por la tarde, abue.
—¿Cuántas veces debo decirte que no hables con la boca llena, María José? — Mi abuela depositó un cálido beso sobre mi coronilla. Me gustaba hacerle pequeñas bromas con mi comportamiento, a veces hacia ruidos durante el almuerzo solo para llamar su atención y recibir sus pequeños reproches, solía dejar la ropa fuera del cesto para escuchar sus leves gritos llamándome por mi nombre completo para que recoja mi reguero.
—¡Buenos días por la mañana! —La voz de mi padre resonó dentro del pequeño comedor, los domingos siempre eran así, tranquilos y alegres, siempre, después de la eucaristía, nos recogía mi padre y abuelo junto a Ramón, mi pug, en la entrada de la iglesia para después dar una vuelta por el pueblo, nos gustaba pasear los cinco juntos y hacer las compras del mandado junto a muchas otras cosas innecesarias.
—¿Cómo amaneció la señorita gruñona el día de hoy? — “Señorita gruñona” sobre nombre favorito de mi papá para referirse a mí, lo ha usado desde que tengo uso de razón, más específicamente desde mi nacimiento, le encanta contar la historia del porqué comenzó a llamarme de esa manera, siempre dice que desde bebé me enojaba por todo, básicamente, y no dejaba que nadie me tomara en brazos si no era él o alguno de mis abuelitos. Y realmente esa parte de mí no ha mejorado, pues las únicas personas que logran ablandar mi corazón son ellos tres junto a Ramón.
La fama que se me ha dado en el pueblo suele ser muy confusa, con el solo hecho de mencionar “La nieta de Martita” es razón para que las vecinas rueden los ojos o alardeen de mi buen comportamiento. Quienes me conocen en verdad, saben que mi vestimenta es todo lo contrario a mi personalidad y quienes no, bueno, pues ellos solo juzgan.
—Buenos días, Señora Martita — Al ser un pueblo pequeño, y viejo, todos conocemos a todos, y todos andamos en boca de todos, y bueno, mi abue es una de las personas más queridas aquí. Caminaba con ella sosteniéndola de uno de sus arrugados brazos ayudándola a subir los cortos escalones que dan directo a las puertas de la iglesia. —María José, un gusto que nos estás acompañando un domingo más — Nos saludó el señor Carlos, un hombre alto y robusto de barba blanca, recuerdo que de pequeña solía confundirlo diariamente con Santa Claus, logrando hacer que una navidad se personificara y nos ayudara junto a mi padre a repartir regalos entre los niños que no podían recibir uno.
—Buenos días, Carlitos — Saludó mi abuela. —Hoy es un buen día para no molestar a mi nieta ¿No crees?
—No trato de molestarla, ya sabe que Poché es bienvenida las veces que quiera entrar a la casa del señor.
—No le pidas agua al desierto, Carlitos, ella viene solo por acompañarme, cree que no me doy cuenta de cuantas veces bosteza durante la hora que dura la celebración. — Y mi abue tenía toda la razón, respeto las creencias de cada quien, aunque no las comparta, y deberíamos comenzar a normalizar el creer en Dios, más no en la religión. No abriré debate solo trataré de dar mi punto, la religión la hace la gente, y la gente es una mierda. Aquí en San Gabriel y en todo el planeta. —El día en que yo no esté, no esperen que ella vuelva a misa. — Me parecía sumamente innecesario el típico comentario de mi abue, me rehusaba a que cada día ella lo viera como si fuese el último, aun nos faltaban muchas misas a las cuales asistir.
—No digas eso abu, aún queda mucho tiempo.
—Exacto, Doña Martita, el día en que su nieta cruce las puertas de la iglesia, le prometo que usted estará para presenciarlo, o al menos, para expandir el chisme
—¿Me estás diciendo chismosa, Carlitos?
—Para nada, mi señora. Mejor pase, antes que le ganan su lugar.
Inmediatamente al cruzar aquellas puertas de madera, observé como cada domingo la estructura y detalles de aquella vieja catedral, los muros y las figuras tan bien definidas, las pinturas de ángeles en el techo, los vitrales de colores. Muchas personas dirían que es exagerado, a mí me parece impresionante e interesante la historia que puede haber detrás de ese bello arte.
Con mi abuela, nos sentamos en el mismo lugar de siempre, a la orilla de la banca número cinco, un lugar donde se podría ver a cada persona que pase a la eucaristía, pero en palabras de mi abue era algo como “Justo al lado de las bocinas para escuchar perfecto al cura”
Quince minutos de celebración y mis ojos ya no soportan más el sueño, he cabeceado más veces que en una clase de historia, este día me resulta algo pesado, es diferente a todos los domingos anteriores y no logro el saber por qué.
Momento de la ofrenda, o como mi mejor amigo Julián diría, la hora del cover. Y es ese momento justo en donde ayudo a mi abue a buscar en su pequeño monedero unos cuantos centavos cuando levanto la mirada.
A lo largo de mi corta vida jamás había visto un perfil tan perfecto, ni unos labios tan apetitosos, ni un cabello tan llamativo, ni si quiera el mío con los diferentes tonos de colores que ha llevado, y los ojos, ni hablar de ellos, dos esferas marrones claro tan profundos. No sé qué fue lo que hizo que durante lo que resto de la misa no pude, ni quise, separar mis ojos de aquella obra de arte humana que se robó mi completa atención.
—Bueno antes de darles la bendición, me gustaría agradecer a la familia Calle por su gran bondad y humildad al apoyarnos con una donación para el hospital infantil. — Ladee mi cabeza, debían ser nuevos en el pueblo o solo estaban de visita. —Por eso sería un honor para nosotros que por favor reciban esta ofrenda en símbolo de agradecimiento por su buen corazón.
Un par de niños del orfanato se acercaron a un hombre alto bien vestido para hacerle entrega de una canasta con lo que parecía ser una pequeña despensa.
—Seguro es otro hombre rico que quiere destruir una parte del pueblo para construir algún centro comercial. No me sorprendería. —Sonreí. si esas eran las intenciones del señor Calle, ya lo veía dentro de dos semanas corriendo bañado en barro de regreso a su ciudad contaminada.
—No haga corajes anticipados, abu, vea que eso le puede hacer daño.
—Prométeme que el día que tu seas una arquitecta exitosa, no vas a andar destruyendo el hogar de familias.
—Se lo prometo si usted me promete no golpear al señor Calle al salir de la iglesia.
—No me gusta hacer tratos contigo. —Se cruzó de brazos formando un leve puchero, solía comportarse como una pequeña niña y me llenaba de ternura los gestos que hacía cuando se encontraba molesta.
—En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. — Rodé los ojos —Nos podemos ir en paz.
Tomé el brazo de mi abuela ayudándola a caminar por aquellos pasillos que daban directo a la salida cuando inconscientemente comencé a buscar a aquella desconocida de ojos avellana.
Volteaba para todos lados tratando de localizarla, no podía ser posible que de un momento a otro hubiera desaparecido, mucho menos podía ser una alucinación mía.
—Te noto muy inquieta, Majo. ¿Pasa algo? ¿A quién buscas? — Preguntó mi abue obligándome a detenerme frente al cura Vicente para que, de nuevo, nos diera su bendición y nos “Bañara” de agua bendita.
—A nadie abue, no busco a nadie. — Respondí tratando de convencerme a mí misma, sin dejar de voltear a todos lados tratando de localizarla.
—Señora Martita, sin falta como ningún domingo. — Saludó el padre estrechando la mano de mi abue. Me miró —María José, un placer tenerte de vuelta.
—Padre Vicente, sabe que no faltare ni un solo domingo que venga mi abu.
—Trata de cuidar más tus comportamientos, Poché, la gente anda hablando.
—La gente habla mucho, padre y todo el tiempo, ya no me sorprende andar en boca de todos.
—¿Les doy la bendición? —
—Por favor, padre. —Respondió mi abuela antes de que dijera algo que según ellos no debía. Se supone que nos acababa de bendecir, no me haré virgen, en el contexto religioso, con tantas bendiciones al día, Rodé los ojos.
—En nombre del padre... —Mi abue me miró frunciendo su ceño por no bajar la cabeza, rodé los ojos otra vez y le hice caso. —Del hijo y del espíritu Santo. —
—Amén. — Capté la mirada de los dos cuando, de nuevo, no respondí.
—¿Cuándo será el día que te dignes a decir amén, Poché? — Encogiéndome de hombros sonreí, así como molestaba a mi abue durante el almuerzo, hablando con la boca llena y dejando la ropa regada por todo el cuarto, al cura Vicente lo molestaba cada que nos daba la bendición, no respondía una sola palabra de cuatro letras. Lo veía innecesario.
— Durante la tormenta en noviembre, Padre. — Guiñé un ojo dispuesta a continuar con mi camino al lado de mi abu, cuando de nuevo, esos ojos hipnotizantes color avellana se postearon frente a los míos. De cerca se veía más hermosa de como la recordaba.
—Señora Martita, permítame presentarle al Señor Germán Calle y su familia en persona. —
—Un riquillo más. — Mi abue y su forma amable de presentación.
—Señora Martha. — El señor Germán sonrió. —Crecí en este pueblo, le prometo que no estoy aquí por lo que usted piensa.
—Lo tendré en la mira, Calle.
—¡Poché! — Llamó mi atención el cura.
—¿Qué clase de nombre es Poché? — Podía notar que lo que tenía de hermosa lo tenía de sangrona, rodé los ojos.
—Ella es Daniela Calle, hija única del señor Germán. Ambas son de la misma edad. ¿Quién mejor que tú para que le muestre el pueblo?
—No creo que...
—A mí me encantaría. — Esa chica era rara, primero parecía burlarse de mí apodo ¿Y ahora quiere que le muestre el pueblo?
—Tal vez otro día será. — Sonreí.
—No sea maleducada, vaya a darle el paseo a la señorita. — Obviamente la razón para que mi abue se pusiera de parte del cura era demostrar a la familia Calle que el pueblo es del pueblo, y no les permitirán tratar de adueñarse de él.
—Bien, pero será después de...
—Ningún después, vaya ahora. — Bufé.
Una sonrisa triunfante adorno los labios de la castaña haciendo que rodara los ojos inmediatamente, un hábito al que últimamente me estaba acostumbrando.
Me despedí del padre Vicente y mi abuela comenzando a caminar en dirección a la plaza principal del pueblo sin voltear a ver si es que la chica me seguía o no, algo en ella me incomodaba mucho, y no porque me sintiera acosada o algo por el estilo, más bien, me sentía hipnotizada por su belleza, me intimidaba su mirada oscura, y esa sonrisa ponía mis piernas a temblar.
—¿Cómo se supone que me mostrarás el pueblo si llevas como veinte minutos caminando hacia ninguna dirección? —
—No me gusta hablar con desconocidos. — En parte era verdad, jamás me he considerado alguien social, me costaba demasiado decir un simple “Hola” había personas a las que les respondía el saludo más por costumbre que porque a mí me naciera, tenía pocos amigos y siempre fui extrovertida, la interacción de cerca con personas me incomodaba mucho y mis manías a causa de la ansiedad lo confirmaban, como en este momento. Si caminaba hacía ningún rumbo, no era porque no quisiera estar cerca de esa chica, al contrario, me moría de ganas por saber más sobre ella, pero mis miedos no me lo permitían, las manos me sudaban, pasaba repetidas veces la mano sobre mi cabello, mi respiración se aceleraba sin poder controlarlo. Y todo, gracias a la chica de ojos avellana que me veía con una sonrisa divertida.
—Podría dejar de ser una desconocida si te dignaras a hablarme.
—¿Qué más necesito saber de ti? —Me crucé de brazos.
—Que en realidad no deseaba este paseo, solo quería poder salir de casa un par de horas, y deseaba que alguien lograra convencerme de permanecer en este cochino pueblo pe...
—No vuelvas a llamar “Cochino” a mi hogar, Calle. Que apuesto lo que quieras a que la ciudad de dónde vienes es literalmente mil veces más cochina.
—No sabes lo que estás diciendo. —Cruzó los brazos sobre su pecho y frunció el ceño.
—Mira hacía aquella montaña y dime ¿Qué ves? —
—Árboles y mucha tierra.
—Mira bien, Calle. Concéntrate.
—Los rayos del sol, naturaleza ¿Una cascada? — Asentí.
—¿Qué ves en tu ciudad?
—Edificios y contaminación. — Sonrió. —¿Me llevas a la cascada?
—Con todo gusto. —
En silencio seguimos nuestro camino por el sendero que daba directo a la orilla del río que rodeaba aquel pequeño pueblo.
Me moría de ternura al ver cómo la castaña trataba de caminar sin tambalear sobre el camino empedrado. Ahogada en nervios y llena de miedo me atreví a tomar su mano con cuidado de cualquier que pudiera ser su reacción, para ayudarla a andar tranquila, ella no reprochó, al contrario, me miró a los ojos y sonrió entrelazando nuestros dedos.
La llevé hasta la pequeña montaña formada por una gran piedra, escalamos, sin soltarnos hasta la parte más alta donde nos sentamos dejando caer los pies.
—¿No crees que nos alejamos mucho del centro? —
—No te preocupes, nos encontrarían, cualquier cosa.
Otro de los dolores de cabeza de mi abue, generados por mí, era cuando me escapaba de casa, o de clases y terminaba aquí, pensando en todo y nada, fundida en sueños despierta.
—Tengo el presentimiento de que este es algo así como tu lugar seguro. —
—Así es.
Algo extraño de mí era no lograr compartir con nadie más mis momentos íntimos conmigo misma, ni mis lugares, ni nada que para mí pareciera privado. Algo en ella me hizo romper esa pequeña barrera de privacidad y por alguna razón quería que ella fuera parte de eso.
—¿Vienes aquí muy seguido?
—Solo cuando necesito pensar.
—¿Piensas muy seguido?
—¿Tú no piensas todo el día? — Su carcajada sonó como eco dentro de aquel mini bosque cubierto de grandes árboles.
Su risa, combinada con la brisa y el silencio hizo mi corazón latir fuertemente, no sabía lo que me estaba pasando, pero no me desagradaba.
—Perdona si fui grosera antes.
—No hay nada que perdonar.
Ese fue el comienzo de la etapa más hermosa de mi vida, el momento en que comencé a sentir que el amor sí se había hecho para mí, cuando me vi en sus ojos y supe que quería reflejarme en ellos por el resto de mis días, cuando escuché su carcajada y le devolvió el brillo a mi alma, el instante en que nuestras pieles se rozaron y comprendí que quería permanecer impregnada en ella por toda la eternidad.
Daniela Calle es el regalo más bonito que la vida me pudo haber dado, ella me enseñó lo bonito de la vida, del amor, de la comprensión, me hizo aceptar que todos necesitamos sentirnos amados y que todos somos capaces de amar con el corazón entero, me enseñó que “Lo anormal” en realidad puede ser la felicidad de algunos.
Con sus brazos me protegió, limpio mis lágrimas, pero sobre todo me amó, y sé que me ama como nunca podría amar a nadie más.
KS.