Chapter 1
–Existe la posibilidad de que siga con vida. SeHun apartó la mirada de los documentos que su secretaria le había dado a firmar. Hasta ese momento, apenas había prestado atención a las palabras del funcionario que estaba hablando. Sólo había transcurrido una semana desde el fallecimiento de su tío y tenía tantas cosas que hacer para preparar su propia coronación que intentaba resolver tantas como pudiera al mismo tiempo.
–Repita eso –ordenó, súbitamente interesado.
El hombre, que estaba junto a la puerta, se estremeció bajo la mirada intensa de SeHun.
–Discúlpeme, Excelencia. Decía que, si piensa seguir adelante con su boda con Bae Irene, deberíamos investigar todos los informes que nos lleguen sobre su difunto esposo. Como bien sabe, el cadáver no se llegó a encontrar.
SeHun habló con voz tranquila, aunque el comentario del hombre lo había irritado. –No se recuperó porque desapareció en el desierto, ChanYeol. LuHan está enterrado bajo un mar de arena.
Como siempre, SeHun sintió una punzada de dolor por su hijo. Él había perdido a su esposo, pero le dolía más que ShaoRan hubiera perdido a su padre. No en vano, el suyo había sido un matrimonio de conveniencia, no de amor.
Aunque esperaba que LuHan no hubiera sufrido, su pérdida le preocupaba poco.
Lu Han había sido un bello hombre, pero nada excepcional por otra parte. Sosegado, encantador y perfectamente formado para asumir las responsabilidades de su estatus, había sido lo que su esposo debía ser. Y SeHun no era por entonces el heredero al trono, estaba seguro de que también habría sido un buen rey. Un rey bonito y sin carácter.
Pero de eso no lo podía culpar.
A pesar de ser medio estadounidense, LuHan había crecido con su padre y había recibido una educación tan tradicional y conservadora como la de la mayoría de las personas de Jahfar. SeHun no había olvidado que, cuando se conocieron, él le preguntó qué esperaba de la vida y LuHan respondió que sólo quería lo que él quisiera.
–Existe un informe en el que se afirma que lo han visto con vida, Excelencia.
SeHun apretó el bolígrafo con el que estaba firmando y puso la mano libre en la mesa. Necesitaba apoyarse en algo sólido, en algo que le recordara que no estaba en mitad de una pesadilla.
Para acceder al trono, necesitaba un o una cónyuge. Bae Irene iba a ser aquella esposa. Y se iba a casar con ella en dos semanas.
En su mundo no había lugar para fantasmas.
–¿Quién lo ha visto con vida, ChanYeol?
ChanYeol tragó saliva. Su piel cetrina brillaba por el sudor, aunque el palacio se había reformado y el aire acondicionado parecía funcionar bien.
–Kim MinSeok, un competidor empresarial de Hassan Lu, señor –respondió ChanYeol–. Al parecer, estuvo hace poco en la isla de Maui. Afirma que vio a un hombre en un club, un cantante que se hacía llamar Xiao Lu… y que se parece mucho a su difunto esposo, Excelencia.
–¿Un cantante de club?
SeHun miró a ChanYeol durante casi un minuto antes de estallar en carcajadas. La idea de que LuHan hubiera sobrevivido al desierto y se dedicara a cantar en un club de Hawai le parecía absolutamente demencial. Además, nadie sobrevivía al desierto de Jahfar sin la preparación y el equipo adecuados.
Y LuHan no estaba preparado cuando desapareció. Se internó en el desierto solo, de noche. Al día siguiente se levantó una tormenta de arena que borró totalmente sus huellas, hasta el punto de que lo buscaron durante varias semanas y no encontraron el menor rastro.
–ChanYeol, creo que el señor Kim MinSeok debería ir al médico. Es evidente que el sol de Hawai es aún más brutal que el de nuestro país –bromeó.
–Pero hizo una fotografía, Excelencia.
SeHun se quedó rígido.
–¿La tienes contigo?
–Sí, la tengo.
ChanYeol le ofreció un sobre. JongIn, el secretario de SeHun, se adelantó, alcanzó el sobre y lo dejó en la mesa.
SeHun dudó un momento antes de abrirlo. Y miró la fotografía durante tanto tiempo que, al final, la vista se le nubló.
No era posible. No podía ser él. Pero efectivamente, cabía la posibilidad de que lo fuera.
–JongIn, cancela todos mis compromisos de los tres próximos días –ordenó–. Y llama al aeropuerto para que preparen mi avión.
El club estaba abarrotado de gente. Los turistas y los residentes llenaban el interior y el exterior del local, hasta la playa cercana. El sol se empezaba a ocultar en el horizonte, pero el cielo aún estaba claro cuando LuHan subió al escenario y ocupó su sitio detrás del micrófono.
Las puestas de sol eran tan rápidas en la isla que, un momento después, la claridad desapareció y las nubes se tiñeron con tonos morados y rojos.
Era una vista preciosa, una vista que siempre le había enamorado y que siempre despertaba su melancolía, aunque no estaba seguro del origen de aquella sensación.
Era como si hubiera perdido algo que no podía recordar.
De repente, la música llenó el vacío de sus recuerdos.
LuHan se giró hacia la multitud. Lo estaban esperando. Estaban allí por él. Cerró los ojos y empezó a cantar, perdiéndose en el ritmo de la melodía. Cuando subía a un escenario, se convertía en Xiao Lu. Y Xiao Lu era un hombre seguro, que controlaba todos los aspectos de su vida. A diferencia de Lu Han.
Cuando terminó la canción, empezó con la siguiente.
Las luces del escenario daban mucho calor, pero estaba acostumbrado. Llevaba una ropa de baño y un sarong¹ para estar a tono con la isla, aunque no cantaba muchas canciones de Hawai. Se había puesto un collar de conchas blancas y una tobillera a juego. Su largo y suelto cabello se había vuelto más rubio y más rizado por el efecto del sol y del agua del mar.
LuHan sonrió al pensar, brevemente, que su padre se habría horrorizado por su pelo y por el atrevimiento de su indumentaria. Al ver su sonrisa, uno de los espectadores malinterpretó el gesto y se la devolvió, pensando que le sonreía a él. A él no le importó.
Formaba parte del juego, parte de la personalidad de Xiao Lu.
Pero Lu no terminaría la noche con aquel hombre. Ni con ningún otro.
Tenía la sensación de que no habría sido adecuado. La tenía desde que llegó a los Estados Unidos y se liberó de las expectativas y de las responsabilidades que su padre le había impuesto desde niño. Ahora era un hombre libre, pero un hombre libre con la impresión de que se debía a alguien.
–Un aplauso para Xiao Lu–dijo el guitarrista cuando él interpretó la última canción.
La gente rompió en aplausos.
–Gracias –dijo LuHan–. Ahora nos vamos a tomar un descanso. Volveremos con ustedes dentro de quince minutos.
LuHan bajó del escenario y aceptó el vaso de agua que le ofreció YiXing, el dueño del club. Después se dirigió al camerino, que estaba en la parte trasera del local, y se sentó en una silla, apoyando los pies en el arcón de bambú que hacía las veces de mesita.
Las risas y las voces de la playa le llegaban con claridad a través de las paredes, muy finas. Sabía que los músicos de su banda llegarían de un momento a otro, a no ser que hubieran optado por salir a fumarse un cigarrillo.
Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y apretó el vaso de agua helada contra su cuello. Una gota se perdió en su pecho y le provocó un escalofrío de placer.
Entonces oyó un ruido en el pasillo. Un momento después, supo que alguien acababa de entrar en el camerino. Lo supo porque era una habitación pequeña y podía notar su presencia. Pero no abrió los ojos. Al fin y al cabo, la gente siempre estaba entrando y saliendo del Ka Nui.
Sin embargo, LuHan se extrañó cuando los segundos pasaron y el recién llegado se mantuvo en silencio.
Evidentemente, no se trataba de ninguna de las camareras del local, que a veces entraban a buscar algo, ni de ninguno de los músicos.
Abrió los ojos y vió a un hombre alto, de aspecto amenazador, que se encontraba de pie junto a la puerta.
LuHan sintió tanto pánico que no fue capaz de emitir ningún sonido. Al principio, sólo notó su gran altura y su anchura de hombros, pero poco a poco empezó a distinguir sus facciones.
Se estremeció al comprender que era un hombre de Jahfar. De cabello y ojos oscuros, su piel mostraba el tono inconfundiblemente moreno de una piel sometida a los rigores del desierto. Aunque llevaba una camiseta de color azul marino y unos pantalones caqui en lugar del dishdasha² tradicional, tenía la mirada de un hombre del desierto, con la intensidad de los que vivían en el límite de la civilización.
El temor lo dominó hasta el extremo de no poder mover un solo músculo.
–Dímelo. Dime por qué –declaró el desconocido.
Él parpadeó sin entender nada.
–¿Por qué? –repitió.
El hombre era tan alto que tuvo que mantener la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos. Y los latidos de su corazón se aceleraron cuando comprendió que, por algún motivo, estaba muy enfadado con él.
–Mírate. Pareces un prostituto –lo acusó.
El terror de LuHan se empezó a difuminar bajo el peso de la rabia. Le pareció un comentario muy típico de los hombres de Jahfar, hombres que se creían con derecho a juzgarlo simplemente porque era un doncel.
Se levantó de la silla, apoyó las manos en las caderas y le lanzó una mirada desafiante y llena de frialdad.
–No sé quién diablos es usted, pero será mejor que se largue ahora mismo de mi camerino y que se guarde sus opiniones.
La expresión del hombre se volvió más tensa.
–No juegues conmigo, LuHan –le advirtió.
Él dió un paso atrás. Sorprendentemente, lo había llamado por su nombre. Eso sólo podía significar que era amigo de su padre o que se habían conocido en algún sitio, quizás en una fiesta o en una cena.
Pero no se acordaba de él. Y estaba seguro de que no habría sido capaz de olvidar a ese hombre si se hubieran encontrado antes. Era demasiado alto, demasiado magnífico, demasiado seguro, demasiado atractivo.
–¿Jugar con usted? ¡Si ni siquiera lo conozco! –se defendió.
Él entrecerró los ojos.
–Quiero saber cómo has terminado aquí. Y quiero saberlo ahora.
LuHan respiró hondo.
–¿Quiere saberlo? Adivínelo –se burló.
Él dio un paso adelante. LuHan deseó retroceder, pero el camerino era tan pequeño que no habría podido.
Además, no quería dejarse acobardar por aquel hombre.
No supo por qué, pero supo que había sido un error.
–No pudiste escapar solo. No es posible –dijo él–. ¿Quién te ayudó?
LuHan tragó saliva.
–Yo…
–¿Estás bien, Lu?
Los ojos de LuHan se clavaron en YiXing, que acababa de entrar en el camerino. El desconocido se giró hacia el dueño del establecimiento, cuyos ojos azules adquirieron una expresión mortalmente dura.
LuHan pensó que YiXing se podía haber ahorrado el truco de mirarlo de esa forma, porque no funcionaría; de hecho, el desconocido lo miró del mismo modo, sin titubear. Y lo último que él quería era una pelea. Sabía que YiXing se sentiría obligado a defenderlo y sabía que terminaría mal.
En aquel hombre había algo frío, feroz, salvaje.
–Estoy bien, YiXing –afirmó–. Este caballero estaba a punto de irse.
–No me voy a ninguna parte.
El desconocido habló con un acento inglés tan perfecto que LuHan supo que era un miembro de la élite de Jahfar. Las familias importantes tenían la costumbre de enviar a sus hijos a colegios del Reino Unido.
–Será mejor que se vaya –intervino YiXing–. Lu tiene que descansar un poco para volver al escenario.
–¿Ah, sí? Pues es una pena, porque LuHan no va a volver al escenario.
–¿Cómo que no voy a volver a… ?
El desconocido dió otro paso adelante y lo agarró del brazo.
LuHan se estremeció. Pero no se estremeció de terror ni de aversión por él, sino de una sensación que no esperaba.
Familiaridad.
Fue como si se conocieran, como si ya hubiera sentido antes su contacto. Fue una sensación cálida y sensual, pero también triste.
Y no supo qué hacer.
–¡Eh! ¡Suéltelo! –bramó YiXing.
LuHan miró al desconocido con confusión y preguntó:
–¿Quién es usted?
Él le dedicó una mirada intensa.
–¿Pretendes que crea que no me conoces?
Él sintió rabia y desesperación al mismo tiempo.
Aquel hombre lo odiaba y ni siquiera sabía por qué. Pero sacó fuerzas de flaqueza y se soltó.
Cuando miró de nuevo hacia la puerta, vió que YiXing había desaparecido. Evidentemente, había ido a buscar ayuda para sacar a aquel hombre del club y darle una buena lección.
LuHan pensó que lo iba a disfrutar.
–¡Por supuesto que no lo conozco!
–¿Que no me conoces? Yo diría que me conoces muy bien.
Su voz sonó tan segura que el corazón de LuHan se aceleró. Aquel hombre debía de estar loco. No había otra explicación.
–Sinceramente, no sé por qué dice eso. –Porque eres mi esposo, LuHan.
sarong: pareo de malasia.
dishdasha: es una prenda hasta los tobillos, por lo general con mangas largas, similar a una túnica. Esta ropa se llama kanzu en el idioma suajili, y se viste comúnmente en el este de África, en Irak, y en países árabes del Golfo Pérsico, Arabia Saudí y Oriente Próximo.