Capitulo 1
Jimin
—Ya he cumplido los veintiuno, Tae —le recuerdo, sonriendo como loco porque sé lo mucho que eso lo saca de quicio—. Puedo tomarme una copa si quiero.
Mi hermano Tae se casa. Su prometido Hobi y él no querían una ceremonia tradicional, así que se les ocurrió que era mejor arrastrarnos a todos a un pueblecito del sur del California y celebrar el enlace en un lujoso complejo junto al mar. La boda no es hasta dentro de una semana, pero ambos debían estar aquí unos días antes para concretar algunos detalles y me han traído con ellos.
Aunque yo no soy el único al que han invitado a compartir estas minivacaciones preboda. Jeon Jungkook, el mejor amigo y padrino de mi hermano, también está aquí. Ahora mismo, mientras Tae y yo discutimos sobre mi derecho a consumir alcohol como el adulto que ya soy, Jungkook y Hobi se encuentran a unos metros de nosotros, bailando en una pequeña pista al aire libre. Descalzos en la arena y rodeados de al menos otras dos docenas de clientes del hotel.
Tae me dedica uno de sus ceños fruncidos, de esos que reserva para las reuniones de trabajo en las que le encargan un proyecto en un plazo inasumible. Es arquitecto y forma parte de un enorme conglomerado de empresas que se dedican a un número aún mayor de actividades; Jungkook trabaja con él.
—Que puedas beber no significa que tengas que hacerlo.
Me encojo de hombros y desvío la vista hacia el atractivo camarero que me está preparando un cóctel de nombre impronunciable y aspecto delicioso. Sombrillita de papel incluida.
—Creo que eso es exactamente lo que significa —le digo, solo para fastidiarlo.
Llevarnos la contraria es casi una tradición entre nosotros. Todos los que tengáis hermanos mayores sabréis a lo que me refiero; las discusiones son inevitables.
El camarero regresa, coloca la bebida frente a mí, haciendo caso omiso de la mirada asesina de Tae, y me dedica un guiño.
—Vas a meterte en problemas —afirma mi hermano con un suspiro. Y no, no es una pregunta.
Me bebo un sorbo y le doy un golpecito con el dedo a su propia copa.
—No seas hipócrita.
Tae tiene siete años más que yo y a veces se comporta más como un padre que como un hermano. Supongo que el hecho de que perdiésemos al nuestro, cuando yo era demasiado pequeño siquiera para guardar algún recuerdo de él, lo marcó de una forma que no soy capaz de comprender del todo.
Cuando le doy otro sorbo más largo a mi copa, él mira alrededor como si buscase a alguien para que le diese la razón. Pero Hobi y Jungkook siguen bailando y no hay nadie que le eche una mano.
—Mamá va a matarme —murmura para sí mismo, resignado—. No tenía que haberte traído.
Mi madre no llegará hasta el día antes de la boda. Pero, por mucho que proteste Tae, no va a cargarle el muerto de nada. Al contrario que mi hermano, mamá es muy consciente de que ya no soy un niño.
Bebo un nuevo trago del cóctel para no poner los ojos en blanco, y el alcohol baja abrasándome la garganta, como fuego líquido derramándose hasta mi estómago. Calentándolo todo a su paso.
—Solo es una copa —trato de tranquilizarlo. Mi intención es beberme unas cuantas más, pero eso no es algo que él necesite saber—. ¿Por qué no vas con Hobi? Seguro que quiere bailar con su futuro marido.
Su expresión se relaja en cuanto menciono a su novio. Llevan juntos desde el instituto y no he visto jamás a una pareja más enamorada el uno del otro.
Tras unos segundos de duda, me brinda una sonrisa repleta de cariño y me dice:
—Prométeme que no te meterás en líos.
El día que repartieron la sensatez, Tae se quedó con la suya y con la que me correspondía a mí, así que no lo culpo por preocuparse. Pero antes de que pueda hacerle una promesa que no sé si seré capaz de cumplir, Jungkook irrumpe en la conversación. Se abalanza sobre mi hermano al tiempo que ríe a carcajadas y le da unas palmaditas en el hombro.
Nunca sabréis lo que es una risa de verdad si no habéis escuchado reír a Jeon Jungkook. Claro que para él la vida consiste en fiestas, alcohol y un desfile continúo e interminable de chicos y chicos despampanantes. Sigo sin saber por qué no lo han despedido aún. Aunque, por lo que suele contar mi hermano cuando me llama, en la oficina Jungkook se transforma en un tipo eficiente y capaz. El trabajo debe ser con lo único que se compromete de verdad.
Tae y él no pueden ser más distintos. Mientras que mi hermano va a casarse con el primero y único novio que ha tenido, a Jungkook no se le penece una relación seria desde… Bueno, desde nunca. Mamá siempre le dice que debería encontrar un buen chico con el que sentar la cabeza, pero él no duda en afirmar que los buenos chicos no quieren salir con alguien como él.
Es mentira, claro. Cualquier chico estaría encantado de echarle el lazo a Jeon Jungkook.
—Vamos, ve con Hobi —le dice Jungkook a mi hermano—. Yo le echaré un ojo a tu hermanito.
No me gusta como suena «hermanito», tampoco el «pequeño» o «enano» con el que a veces se refiere a mí.
Pero no digo nada. Si consigue que Tae se largue, me olvidaré del hecho de que él también debe creer que sigo siendo un crío.
Miro a mi hermano y compongo mi mejor expresión de inocencia.
—Me portaré bien —afirmo, y Tae aún se lo piensa un momento más.
Al final, le pueden las ganas de ir junto a Hobi y nos deja a solas.
Jungkook se desliza a mi lado y apoya el codo sobre la barra.
—Jimin. —Pronuncia mi nombre con una suavidad que me pone los pelos de punta, al tiempo que inclina la cabeza y un mechón castaño resbala sobre sus brillantes ojos azules.
Tiene el pelo alborotado, probablemente porque ha estado saltando junto a Hobi al ritmo de la música durante la última media hora. Justo el tiempo que Tae ha dedicado a sermonearme.
La anchura de su espalda y el casi metro noventa de puro músculo atraen las miradas de todas los chicos que se afanan por conseguir una copa en el chiringuito. Jungkook siempre ha llamado la atención allá donde va. Incluida la mía. Por desgracia, yo nunca he obtenido la suya. Tal vez porque con mi escaso metro sesenta, a su lado, parezco diminuto. Nada de interminables piernas asomando bajo el dobladillo de mi ropa y tampoco rasgos llamativos; solo ojos castaños y una melena color rubio.
Jungkook se toma la mitad de mi cóctel de un trago y yo aprovecho para terminármela acto seguido. Ahora que lo tengo delante, mi determinación se tambalea. Es imposible que se fije en mí. Si no lo ha hecho en todo este tiempo, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Claro que los últimos años, tras mi marcha a la universidad, solo hemos coincidido en un puñado de ocasiones, y antes de eso yo sí que era un crío. Al igual que Tae, Jungkook tiene ahora veintiocho.
Aprovecho que está intentando llamar la atención del camarero para contemplar de reojo su perfil. Dios, debería ser ilegal que los hermanos mayores tuvieran amigos tan atractivos.
—Necesito otra copa antes de eso —le digo, señalando por encima de mi hombro hacia la zona de baile.
Creo que he visto a Tae dando saltitos de una forma vergonzosa y sin ningún tipo de coordinación.
Jungkook suelta una carcajada, pero tampoco él me ha mirado de frente aún.
—Otra ronda para el caballero —le grita al camarero, y yo vuelvo la vista al frente para evitar que me pille mirándolo.
Cuando ya nos han servido, le da un largo trago a su bebida y por fin se gira hacia mí. Sus ojos resbalan por mi torso hasta mis piernas con una lentitud perezosa, y me pregunto cuántas copas se habrá tomado ya para permitirse ese derroche de atención. Casi parece que estuviera mirándome de verdad.
—Te veo muy bien, peque —dice, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
Mascullo una palabrota. No por el halago, sino porque lo de llamarme «peque» contradice la idea de que el repaso que me ha dado sea verdaderamente apreciativo.
Jungkook debe haberme escuchado. Suelta otra carcajada, ronca y sensual, y el sonido hace eco en partes de mi cuerpo demasiado íntimas. El calor se apropia de mis mejillas con sorprendente rapidez, algo que no suele ser habitual en mí, cuando percibo sus ojos fijos en mi rostro.
—Odio que me llames «peque».
—Es que lo eres. Tamaño bolsillo —bromea, y, ahora sí, me obligo a hacer girar el taburete para encararlo y fulminarlo con la mirada de una forma adecuada.
Me lo encuentro más cerca de lo que esperaba, inclinado sobre mí y con una sonrisa bailando en los labios. Tan tan tentadores. Tiene la mirada algo turbia, seguramente debido al alcohol, pero incluso así es el tipo más guapo que he visto jamás. Puente nasal moderadamente alto, largas pestañas de un tono algo más oscuro que el de su pelo. Y sus hoyuelos… una marca a cada lado de sus labios que dan ganas de lamer…
Un triángulo de piel morena asoma bajo el cuello desabrochado de la ridícula camisa hawaiana que lleva. Solo él podría vestir algo así y estar encantador igualmente. Aunque no pueda verlo, soy muy consciente de que bajo la prenda hay un estómago firme, trabajado y delicioso.
De mi boca brota un bochornoso gemido que empeora la rojez de mis mejillas.
—¿Estás bien, enano? —me pregunta, y su mirada se demora más de la cuenta sobre mis labios.
Se inclina un poco más hacia mí. Su aroma, mezcla de sal, playa y algún tipo de perfume con toques cítricos y amaderados, me deja aturdido durante un momento.
Cuando no respondo, hace girar mi taburete para colocarme de espaldas al chiringuito y apoya las manos en la barra, a los lados de mi cuerpo, dejándome acorralado. Normalmente no suele acercarse tanto; claro que mi hermano suele estar siempre pululando a mi alrededor para evitar que cualquiera de sus amigos se tome excesivas confianzas conmigo.
—¿Enano?
—Estoy bien. —Le sonrío con una seguridad que no siento—. ¿No estás demasiado cerca?
Sus cejas se elevan hasta formar dos arcos perfectos.
¿Por qué tiene que ser tan absurdamente atractivo?
—¿Te incomodo? —inquiere, y esboza una sonrisa ladeada, marca de la casa.
—Invades mi espacio personal. allá vamos…
Si Tae y yo discutimos, la dinámica entre Jungkook y yo no es muy distinta; o al menos así ha sido desde que recuerdo. Me pone nervioso, y eso hace que no me pare a pensar demasiado en lo que digo.
—Y eso te incomoda —insiste, sin dejar de sonreír. Pongo una mano sobre su pecho y lo empujo; no soy capaz de pensar teniéndolo tan cerca. Pero él no se retira ni permite que yo lo mueva—. No es mi intención.
—Sigues haciéndolo. Invadir mi espacio —aclaro, y vuelvo a empujarlo, esta vez con las dos manos.
Ni él cede ni yo retiro las manos. Así que, por un momento, permanecemos inmóviles, observándonos. Hasta que él baja la mirada hacia el lugar donde mis manos se apoyan en su pecho y deja escapar un ruidito desde el fondo de la garganta. Puede que sea lo más erótico que he escuchado jamás.
Cuando por fin retrocede, me bajo de un salto del taburete. Una pésima idea, si me permitís decirlo, porque al alcohol de las dos copas que me he bebido sentado se agita en mi estómago y luego se me sube directo a la cabeza. Lo siguiente que sé es que Jungkook me tiene sujeta por la cintura y estamos aún más cerca que hace unos segundos. Su aliento me acaricia la mejilla y el calor de sus dedos traspasa la fina tela de mi camisa.
—¿En qué momento has crecido tanto, Jimin? —susurra muy bajito, tanto que no estoy seguro de que sea eso lo que ha dicho.
Pero quizás sí que lo haya escuchado bien. Y tal vez, después de todo, mi plan de vivir una noche loca con Jeon Jungkook no sea tan descabellado.