Maewen
Bajé corriendo por la ladera tan rápido como mis piernas me lo permitían. No me podía resistir a descubrir aquellas tierras. Nunca habíamos estado tan cerca del territorio de los licántropos. No entendía porque habíamos ido tan cerca de su frontera. Me daba igual, no iba a dejar escapar aquella oportunidad.
El aire fresco que iba golpeando mi cara según corría me daba una sensación de libertad. De vez en cuanto voy echando la vista atrás para ver si alguien me había seguido. He aprovechado el descanso del entrenamiento para que nadie se percatara de mi ausencia. Aunque estaba segura de que mi hermano ya sabía que me había vuelto a ir. El paisaje que se abría ante a mis ojos era un precioso manto verde que me estaba dejando totalmente hipnotizada.
Sé que, aunque mi padre sea el rey, esos territorios pertenecen a los licántropos y debería haber pedido permiso para entrar en ellos. Tampoco tenía pensado quedarme mucho, había visto una laguna a lo lejos durante el entrenamiento y decidí que tenía que bañarme. Ahora estoy de camino a esa preciosa laguna. Solo me daría un baño y volvería al campamento.
Cuando llegué al final de la ladera, me paré en seco y observé que seguía sola. Me quité la ropa de entrenamiento sin problema. Llevaba puesto el mismo atuendo que todos, unos pantalones ajustados, la camisa fluida y una capa que llega hasta la mitad de la espalda, todo en tonos verde. La ubiqué con cuidado sobre una piedra y la cubrí con hojas por miedo a que alguien la pudiera descubrir. Miré atrás al campamento para comprobar que seguía sola. Fui entrando lentamente en el agua dejando que su suave oleaje acostumbrase mi cuerpo a su temperatura. Cuando solo asomaba mi cabeza y mis hombros fuera de agua, me sumergí por completo dejando que toda el agua me rodeara. Dentro me encuentro con la paz y el infinito silencio que las aguas me proporcionan. Saqué la cabeza para volver a respirar y para mi sorpresa, encontré unos ojos azules y penetrantes mirándome tan sorprendidos como los míos.
-No mires – chille mientras me cubría el pecho con los brazos.
-¡Qué demonios…! - dijo sobresaltado el chico que estaba delante de mí, poniéndose en pie. Era mucho más alto que yo, su torso sobresalía fuera del agua y se podía apreciar lo musculoso que era. Su piel estaba totalmente bronceada, a diferencia de los elfos que por regla general somos de tez pálida y fibrosa.
-No mires tú – espetó furioso, dándose cuenta de que le está observando.
-Salte - volví a gritar.
-Salte tú…- rugió.
Nos volvimos a quedar en silencio mirándonos directamente a los ojos. Por Frey, Dios de la Luz, ¿qué íbamos a hacer? Si alguien me encontraba allí con aquel tipo, terminarían matándolo. Empezó a aproximarse haciéndome retroceder, hasta que mi espalda llegó a una roca y me paré.
-Para… por favor… para - estiré el brazo para que no siguiese acercándose, estaba entrando en pánico. ¿Que pretendía hacer? Cuando mi brazo toco su pecho algo parecido a una corriente atravesó mi cuerpo. El hombre me miró frunciendo el ceño mientras examinaba mi cara.
-Mi ropa está detrás de ti – me dijo suavizando el tono.
-Maewen - escuché de pronto cómo mi hermano me llamaba. Empecé a mirar nerviosamente a los lados, el chico cogió una caña la partió y me la puso en la mano.
- Ropa - dije abriendo mi mano y mi ropa apareció de repente.
-Qué diablos...- murmuró, cerrando los ojos. Yo le miré extrañada -. Ponte la caña en la boca - hice lo que indicó y me empujó bajo el agua.









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