Prologo
"Débil…"
Las nubes, enredadas y arremolinadas, pintaban el cielo de tonos grises e impedían el paso de la luz. Parecía que pronto se volverían un huracán.
Abajo, en la superficie, un tronco emergía de la tierra contorsionándose como una serpiente. Su tamaño era inconmensurable. Su sombra se extendía como un eclipse, pintando con una sutil oscuridad allá por donde pasara antes de ir cayendo a medida que el tronco volvía a la tierra.
Pero aun con la falta de luz natural y el manto sombrío del tronco, la superficie podía verse con claridad. Era como estar al pie de un volcán. La tierra estaba tibia; nubes de polvo se creaban y destruían como susurros en el aire; cráteres y grietas llenas de sangre se acumulaban como si una batalla de miles se hubiera llevado a cabo, pero no había cadáveres ¿Entonces?
La respuesta estaba a simple vista, y era la misma que permitía ver toda esta destrucción: armas.
Espadas, lanzas, arcos, dagas y otras armas, tantas como respiraciones da una persona en su vida, de múltiples formas y tamaños. Flotando como si la gravedad no les afectara. Doradas e incrustadas con piedras preciosas, evocaban tal belleza que serían la envidia del tesoro más grande. Brillaban con una luz celestial que contrastaba con el oscurecido cielo, haciéndo parecer el paisaje lleno de luciérnagas.
Pero además de su belleza, las armas tenían algo más en común: todas apuntaban sus filos mortales a un mismo lugar, a un hombre empalado por sus armas hermanas en aquel imponente tronco que salía de la tierra.
El hombre estaba seco, esquelético. Su piel estirada y pegada a sus huesos le daba el aspecto de un árbol marchito. Si no fuera por el dorado de las armas y el rojo que escurría de ellas, nadie notaría su existencia.
Pero a pesar de su lamentable aspecto, aún podían verse indicios de su grandeza pasada. Tatuajes rúnicos adornaban su cuerpo, líneas cortas y entrelazadas que daban la impresión de haber sido hermosas y de que alguna vez brillaron con luz propia. Pero ahora solo eran manchas desfiguradas en su piel arrugada.
Aunque el hombre estaba más con los muertos que con los vivos, tenía la cabeza alta. Su expresión era serena y su mirada reflejaba una determinación tan inmensa como el tronco que lo sostenía.
Esa determinación estaba dirigida a la mujer que levitaba frente a él.
"¿Es mi muerte lo que deseas?", continuó con un tono cortante la mujer. Su voz era una mezcla de belleza y poder; una, que los muertos se levantarían al oír; una, que jamás desobedecerían.
Aunque su voz insinuaba la belleza de su semblante, no se podría saber. Su rostro permanecía oculto tras una máscara blanca tallada con misteriosas inscripciones rúnicas, solo dejando sus ojos al descubierto: fulgores solares colisionando entre sí.
Pero lo que no decía su rostro e insinuaba su voz, lo confirmaba su esbelto cuerpo de tez blanca. Las mismas runas que adornaban su máscara parecían haber sido pintadas en su cuerpo, trazadas por el delicado baile del pincel y la tinta, danzando al compás de su hermoso cabello dorado.
Todo ello acentuado por un vestido blanco decorado con intrincados diseños en tonos amarillos, negros y rojos.
El vestido dejaba al descubierto su espalda por la que se dilucidaban tras su cabellera, curvas sinuosas de un rojo intenso escurriendo como gotas de lluvia sobre la superficie.
"Si es mi muerte lo que deseas", dijo la mujer con una calma fría antes de apuntar al hombre con el dedo, y como si recibiera una orden divina, la lanza a su lado se preparó. "Búscame".
"¡Túúú…!", rugió el hombre con odio, mientras levantaba su mano hacia la mujer con un esfuerzo supremo. Sonidos rotos salían de su cuerpo hecho pedazos mientras se estiraba hacia ella.
Un silbido metálico cortó el aire, cual guillotina al caer…