La noche oscura

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Summary

Amaya es una cazadora de vampiros, ser tomada prisionera por el príncipe de sus enemigos cambiará todo cuanto cree sobre la guerra entre humanos y vampiros. * En un mundo donde el vampirismo es conocido solo por los líderes mundiales y se debe a una condición genética, Amaya es una cazadora perteneciente al rango élite de La Orden (Organización destinada a la vigilancia y destrucción de vampiros). Toda su vida la ha dedicado a su entrenamiento como guerrera, a sentir un profundo odio y desprecio por los vampiros quienes asesinaron a su familia, pero todo eso cambiará cuando conozca a Ryu el príncipe de sus enemigos. Él la llevará al límite, a enfrentar sus principios y a sus compañeros. Juntos descubrirán que una guerra amenaza a la especie humana y pronto deberán tomar un bando en ella. Amaya descubrirá que no todo es lo que parece y que la oscuridad yace no solo en el corazón de los vampiros, sino también en aquellos en quienes debería confiar.

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Rehén

Era evidente que el enfrentamiento se estaba complicando y la lluvia torrencial que dificultaba sus movimientos lo hacía más patente. Fue un error ese ataque, ellos eran solo tres y la escolta del vampiro más de diez.

Amaya, con un movimiento certero, desplazó la espada por el cuello de uno de los guardaespaldas vampiro, la sangre le salpicó la cara mientras la cabeza del ser nocturno rodaba a sus pies. Tuvo que saltar para atacar a dos más que se le venían encima. Casi no podía ver por la lluvia, sin embargo, sus oídos estaban atentos y escuchaba cerca de sí al pequeño Tiago, luchando aguerrido, al igual que Karan, su líder de división.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Karan— A pesar de que ya acabamos con los guardaespaldas mortales, los vampiros nos superan.

Amaya sabía que tenía razón, no tenían oportunidad de vencerlos, sin embargo, ¿cómo podrían huir? Los vampiros eran demasiados. Su cuerpo se movía prácticamente solo ante el ardor de la lucha, seguía desplazándose hacia adelante, desgarrando la piel de los inmortales que la atacaban a ella y a sus compañeros.

—¡Saca a Tiago de aquí! —le gritó Amaya a Karan colocándose a su lado y apartándose de la cara algunos mechones rubios escapados fuera de la trenza—, Les daré algo de tiempo para que alcancen las motocicletas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el cazador rubio, asustado. Él sabía que ella podía ser muy terca y necia, a veces arriesgando su vida para salvar a sus compañeros como si ese fuese solo su deber.

Una decena vampiros resistían todos los ataques de los jóvenes cazadores, se movían ágiles y blandían las espadas casi con tanta destreza como ellos. Amaya tenía que apurarse si quería salvar a sus amigos.

—No te preocupes, te seguiré.

Karan dudó. Volteo a ver a Tiago quien parecía no aguantar por mucho más tiempo el combate. Un rápido salto y estuvo delante de Tiago, de un solo golpe derribó al vampiro que luchaba con él.

Amaya se aseguró que Karan y el pequeño Tiago estuvieran empezando a huir para poder cubrirlos. La carretera donde luchaban estaba bordeada de árboles, así que ella saltó y con su espada cortó una gruesa rama que arrojó al grupo de vampiros, quienes cayeron al suelo aturdidos por el ataque.

Los muchachos aprovecharon la oportunidad para escapar. Tiago y Karan subieron a una de las motocicletas mientras Amaya corría hacia la otra.

De las sombras, sin que lo advirtieran, surgió un vampiro.

Antes de que la cazadora subiera a la motocicleta, el ser nocturno tomándola desprevenida le asestó un fuerte golpe en la cabeza que la derribó en el acto. Inconsciente, cayó sobre un pozo de lluvia. El vampiro, sin ser visto por los otros dos cazadores, tomó a la muchacha y se la llevó.

Tiago advirtió la falta de Amaya después de haber recorrido varios metros. Retrocedieron, pero al llegar al lugar de la lucha, solo encontraron su espada llena de sangre en un charco de lluvia. Ella no estaba.

Karan se sintió desfallecer, de pronto las piernas no podían soportar su peso. Cayó de rodillas con los puños apretados sobre el asfalto mojado.

Tiago comenzó a gritar y a correr sin rumbo fijo tratando de encontrarla. No sabía qué hacer, no podía dejar que se la llevaran. Los vampiros no tomaban prisioneros, él lo sabía. Aun así, quería resistirse a creer que la vida de su amiga estaba perdida. Impotente, se volvió hacia Karan quien se había puesto de pie y mostraba una mirada llena de odio en el atractivo rostro.

—¡Vámonos! —exclamó con rabia—, tenemos que informar a la Orden.

—¡Pero no podemos dejarla! —sollozó Tiago. Miraba la carretera como un niño desamparado, amasaba sus cabellos oscuros con sus manos en un gesto afligido.

—No podemos hacer nada ahora, debemos idear un plan para rescatarla. Si Amaya sigue viva la encontraremos, La Orden no se permitirá perderla.

Karan quería creer desesperadamente en sus palabras, alejar de su mente el horrible presentimiento de que ya nada podría hacerse. Un nudo en la garganta le hacía difícil respirar. Él era el líder de la división élite, tenía que protegerla, ¿cómo dejó que eso sucediera? Tomó la espada de la joven del asfalto, se dio la vuelta y subió a la motocicleta de alto cilindraje aguardando a que Tiago hiciera lo mismo. El más joven parecía indeciso, no quería irse, hasta que por fin con ojos derrotados caminó hacia su amigo y subió a la otra motocicleta a su lado.

Para Karan, ante la velocidad que llevaba, el viento frío y las gotas de lluvia que golpeaban su cara eran igual a mil pequeñas dagas que le cortaban la piel castigándolo. Estaban juntos desde niños. No recordaba un solo momento sin ella y ahora se había ido. Lo que sentía por Amaya era una pasión que le quemaba por dentro. La amaba desde que tenía uso de razón. La cuidaba de todo y de todos, aunque ella —orgullosa como era—, no aceptara su protección. Ella era terca, altiva, autosuficiente.

El líder de la división élite volvió su rostro hacia la motocicleta que lo seguía y vio a Tiago tras de sí. Estaba seguro de que bajo el casco el chico se deshacía en lágrimas y por alguna razón, eso lo llenó de ira. Aumentó la velocidad para ahogar en el rugido del viento el lamento de su propio espíritu.

Después de varias millas de recorrido por la autopista, se detuvo frente a la gran puerta de hierro de la muralla que protegía La Orden, la organización a la cual pertenecían. El guardia nocturno abrió el fortificado portón cuando vio las motocicletas. Karan lo saludó en silencio para luego rodear el edificio y dejar su vehículo en el garaje, en el parqueadero de las motos.

No quería ver a Tiago, el dolor del chico lo enfurecía, era como un recordatorio de su propia incompetencia. Salió del estacionamiento con paso rápido hacia el interior del edificio, los pasillos apenas alumbrados por escasa luz. Aquella hora la mayoría dormía, excepto algunos compañeros de tercera orden que realizaban el patrullaje de rutina. Siguió caminando hasta detenerse frente a la oficina donde el general Fabio estaría aguardando, sin duda, el reporte de la misión.

Tocó la sólida puerta de roble y una voz grave del otro lado lo invitó a pasar.

El general era un hombre en el quinto decenio de la vida, de aspecto recio y ojos negros, que conservaban siempre una expresión severa. Toda su vida la había dedicado a la caza de la plaga vampírica y según se decía, perdió a su amada esposa y a su pequeña hija durante su juventud en manos de los seres a los que cazaba.

Cuando Karan entró, el general leía sentado frente al gran escritorio de madera algunos documentos. A través de los amplios ventanales a su espalda podía verse la recia lluvia afuera.

Karan posó en él sus ojos azules abatidos. El general supo entonces que la misión no había ido bien.

El líder del clan vampírico de la zona oeste se había dedicado a matar indiscriminadamente sin respetar los antiguos tratados que obligaban a los vampiros a solo cazar “olvidados”. El general les dio, semanas antes a Karan y a su grupo, la orden de detenerlo. Planificaron hacerlo antes de que el vampiro se alimentara, cuando aún estaba débil. Lo estuvieron vigilando por días y sabían que generalmente gustaba de cazar solo. Era una misión relativamente sencilla y decidieron llevarla a cabo esa noche cuando el vampiro volviera a cazar.

Karan le relató a su superior, que lo miraba consternado, lo sucedido. El líder vampírico, a diferencia de lo que esperaban, no estaba solo. Lo acompañaban al menos una decena entre guardaespaldas vampiros y humanos, lo cual les complicó la situación. Amaya logró matar al objetivo, pero los súbditos enfurecidos se les vinieron encima. Su voz se quebró cuando explicó como Amaya, intentando darles tiempo para escapar, se expuso y finalmente fue capturada.

El general escuchó todo en silencio.

—¿Un desafortunado cambio de planes para nosotros en las costumbres del vampiro? ¿O un traidor? —reflexionó el general, con las manos enlazadas bajo su cuadrado mentón. Además, hemos perdido a Amaya. Los vampiros no toman prisioneros.

—Pero ella pertenece a la división élite, si la reconocen quizás no la maten e intentes hacer un trato, ¿no lo cree? —dijo el joven con voz esperanzada.

El general se levantó y se acercó al muchacho que temblaba levemente. Colocó sus grandes manos en los hombros del joven.

—Amaya es muy valiosa, sin embargo, no creo que un trato sea conveniente ahora. Más bien, debemos averiguar cómo lograron los vampiros saber de esta misión. Si tu compañera está viva deberá tratar de arreglárselas sola. Además, ahora que ustedes lograron asesinar a Octavio, no queda más gobierno que el príncipe Ryu. Si está viva debe ser su prisionera y el príncipe ha de estar furioso por el asesinato de su hermano. Rescatarla sería bastante complicado, por no decir imposible.

Karan se sintió todavía más abatido que cuando llegó a la oficina del general. El príncipe Ryu, uno de los tres príncipes vampiros, era más bien un ser anónimo, del que poco conocían, jamás lo habían enfrentado por desconocer sus debilidades. A Karan no le importaba lo de la filtración de la información, su única preocupación era rescatar a Amaya. Una fría determinación se apoderó de él. Aunque nadie quisiera ayudarlo, él no la abandonaría nunca.